La otra botella

Cositas y cosotas: 06.11.2009

Noviembre 6, 2009 · 6 comentarios

Desde hace unos días me escuece una pregunta: ¿Quién será “Mi Vino y Yo”, que ha dejado en el foro de Verema.com joyas como ésta sobre cierta reunión celebrada por la cábala WieFuturística en el Hotel Villamagna en Madrid el 26 de octubre?

¿Quién será?

Bueno, quien quiera que sea, diré aquí abiertamente que le considero uno de mis héroes y un candidato que ni pintado para los Premios El Botellazo™ 2009. En esta nixonada que podría acabar siendo el Wine Future Rioja 09, este caballero o es el mismísimo “Garganta Profunda”, o está muy, muy cerca de él.

“Pablo”, quien declara verse amenazado con expulsión del foro de Verema.com si insiste en discutir todas las fascinantes interrogantes generadas por Pancho Campo MW y su Wine Future Rioja 09, debiera hacer lo que hice yo hace unos años y mandar a cualquiera de los señores moderadores a buen sitio. Muy liberador, eso. Y luego puede venirse para acá, que aquí sí tenemos deseos de llegar a la verdad del caso, sea cual sea.

Y otra notita veloz respecto a lo del Wine Future: Se anuncia en la antigua morada de este blog que la Asociación de Enólogos de Rioja se ha montado su propio Salon des Refusés en respuesta al sarao campero-futurista de Logroño. El día 9 celebrarán una cata de garnachas riojanas que quizás debieron ser consideradas para la “cata magistral” de Robert Parker en Wine Future. BIen hecho, señores. Si les funcionó a los pintores impresionistas en el s. XIX, tiene que funcionar ahora también, digo yo. A catar, disfrutar y debatir en serio el futuro.

Volviendo con el tema de asuntos de los cuales probablemente jamás sabremos todo lo que quisiéramos saber, Hanna Agostini y Robert Parker han desistido de las demandas que se habían puesto la una al otro y el otro a la una. Todavía Agostini tiene pendiente un proceso por alegado fraude en Burdeos [¡Ultima hora! Hanna Agostini recién fue hallada culpable en el "Caso Geens" por un juzgado en Burdeos, o sea que nada de "pendiente"]. Al menos con respecto a Parker, tiene un par de batallas menos.

De repente se me olvidaba por qué venía esto al caso. Pero ahora me acuerdo: Es que no se crean, lo afecta a uno tener que leer la palabra “fraude” tan frecuentemente en el mundo de hoy.

La noticia de al lado de esa última sobre Parker y Agostini en Decanter.com abre con una cita curiosa:

Hay considerables dudas entre los comerciantes norteamericanos sobre como van a vender la nueva y aparentemente estelar añada 2009.

Los comerciantes comprarán futuros de los burdeos del 2009, pero dicen que les quedan añadas previas a;un sin vender, sigue incierta la economía y la tasa de cambio les es muy desfavorable y dudan que Robert Parker vaya a darles a estos vinos puntuaciones más altas que las que adjudicó a los del 2008 (Mi traducción).

Pues vaya usted a saber… ¿La tormenta perfecta de infortunio económico? ¿La necesaria dosis de realidad en un negocio del vino gobernado por pajas mentales del orden de “si lo hacemos y decimos que es bueno nos lo comprarán al precio que nos dé la gana”?

La vida es como es y el mundo es muy traicionero. Hay una lección importante en todo esto. Sólo falta que sea entendida.

Ah, cuando ví en Dr. Vino el titular que conducía a un artículo sobre “vinos libres de la Mafia”, pensé que iba de otra cosa…

También: La semana pasada me llegó la copia que pedía a Amazon.com de Liquid Memory: Why Wine Matters, el “nuevo” libro de Jonathan Nossiter. Las comillas van porque esto no es más que una versión en inglés de Le goût et le pouvoir, un libro del que quizás ya les hablé en la otra versión de este blog, hará como dos años. Este lanzaiento anticipa la salida al mercado norteamericano (el 29 de este mes, como tres años tarde) del paquete de DVDs con la serie completa de Mondovino. La enochaladura neoyorquina anda muy apasionada con el libro de Nossiter, aunque los reseñadores profesionales no están siendo muy bondadosos con Nossiter. Salvo anticiparles que la versión francesa se leía infinitamente mejor que la inglesa en cuanto a tono, me guardaré mis opiniones para un artículo futuro, pues precisamente ahora me estoy leyendo Liquid Memory.

Se habrán dado cuenta de que estoy muy fragmentario, muy picaflor en cuanto a los temas de esta semana. Es que, lo confieso, tengo la cabeza en un montón de cosas ahora mismo. No tengo más remedio que limitarme en la discusión de las cosas y confiar en que a buenos entendedores, pocas palabras basten. Por si acaso pasó desapercibido el enlace en mi entrega de ayer, les invito de nuevo a considerar lo que entiendo como la lectura necesaria de la semana, en el blog de Alice Feiring. Ya pronto hablaremos a profundidad sobre lo que es o no es vino natural.

Y ahora, videito. Anoche, un frecuente visitante a estas páginas me acusó de “hortera” en mis gustos musicales. De otra persona, eso hubiese sido una declaración de guerra, pero en este caso lo dejo pasar. Hablaba este amigo sobre la absoluta, rampante, completamente anárquica heterogeneidad de mis preferencias y creo que lo hacía desde la rigidez de alguien a quien le gusta encasillar, categorizar claramente. Pero para mí la música esm como el vino, algo que tiene que tocarme de forma personal. Por los más diversos motivos, diversos géneros pueden hablarme en su propio idioma y yo sencillamente entenderlos con el cuerpo. Así me ha pasado con una bandita de Malawi que no puedo sacarme de la cabeza últimamente. Me voy a la playa dentro de un rato, que es fin de semana largo en Dominicana y hay que aprovechar. En el carro, de seguro iremos cantando ésta de The Very Best con el chico de Vampire Weekend:

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Los visitantes 1: Llegadas, cumpleaños, aniversarios…

Noviembre 5, 2009 · 4 comentarios

Ya saben ustedes. Me pasé un ratitp en mi adorada Nueva York con Josie. Varias visitas médicas y un par de gestioncitas de trabajo me robaron buena parte de los días. Pero, como dijera alguna vez el inmenso Sabina, las noches no.

Llegamos en un momento muy particular del año. Parecían estar en la ciudad todos los que son y ser todos los que estaban. Había mucho de esto por un lado y de aquello por el otro, lo que hacía todo un evento de casi cualquier conversación que a uno se le ocurriese sostener.

Nada, que llegábamos mi mujer y yo muy necesitados de revivificarnos con la energía de Nueva York en una semana de un enérgico que no veas.

Encima, llegamos el día de nuestro tercer aniversario de bodas. Ojo, Josie y yo vivimos diez años juntos pero no legalmente revueltos antes de decidir matrimoniarnos, cosa que hicimos porque mi hermano no quería tener “sobrinos bastardos”, o algo así. Ah, también llegábamos el día del cumpleaños de Michel Abood.

A las siete de la noche de ese último miércoles de octubre nos bajamos del Subway en Delancey y caminamos desorientados un rato por Chinatown, intentando hallar el camino a The Ten Bells, donde festejaba el antedicho un año más de vida. Pasaríamos meteóricamente por el festejo en cuestión, pues lo del aniversario de bodas iba en serio y teníamos reservaciones en un lugar de Tribeca. Pero sobre eso, luego.

The Ten Bells es un garito que se ha convertido en destino obligado para toda la comunidad amante, hacedora y/o mercadeadora de vinos naturales y biodinámicos en Nueva York. En más de una ocasión durante esta vuelta por la ciudad, el grito de guerra del after hours enochalado fue “¡Nos vemos en The Ten Bells!” Allí se estaba dando cita casi todas las noches la tribu de vignerons naturales que invadía Nueva York… Pero sobre eso, luego.

La cuestión es que llegamos a The Ten Bells, un bar pequeño, con paredes de ladrillo y decorado rústico, muy acogedor, muy suyo. Allí estaban algunos de los sospechosos habituales: Brad Kane, el verdadero Jay Miller y, por supuesto, Michel. Ya me habían anunciado que la cocina en The Ten Bells era buena, pero mi mujer y yo no íbamos a probarla. Comeríamos solitos, romantiquitos, etc. Luego.

Tenía muchísimas ganas de pillar a alguien que me aclarase una duda sobre esa cocina, eso sí. El menú era más o menos el de un bar de tapas de orientación definitivamente españolista. Sin embargo, la carta de vinos es muy mayormente francesa e italiana, compuesta por el tipo de vino natural que da su atractivo al sitio. Como todo conecta en esta vida, no pude evitar una caprichosa conexión intergaláctica al fiasco aquel de la “cata magistral” en Wine Future Rioja  donde no iba a servirse ningún rioja hasta que se formó el pedo que se formó. Un bar de tapas casi sin vino español: ¿Concepto novedoso? ¿Justicia poética? ¿Agravio? Vaya usted a saber…

Veníamos del trópico a una fría y lluviosa noche manhattaniana. Sin embargo, debo confesar que lo que menos me apetecía como primera copa de la noche era un tinto robusto. Hubiese preferido una champañita bien seca y precisa, para afinar las cuerdas de mi mente. Pero copa de tinto robusto fue lo que Brad Kane me puso en la mano. Un Léon Barral, “Jadis-Didier Barral”, Faugères 2006 térreo, sutilmente animal y arromerado, musculoso, “Tremendo macho de vino” fue lo que puse en mi libreta. Vaya usted a saber.

Aunque parezca mentira, hasta aquí esta parte de la historia. En el cumpleaños de Michel duramos escasamente media hora, en la cual yo me bebí esa única copita. Incluso podía haber omitido la narración. Pero no quería dejar de alertarles sobre la existencia de otro gran bar de vinos neoyorquino. Ya lo saben.

Para la cenita de aniversario a mi señora y a mí nos apetecía pescado fresquísimo, aunque no particularmente sushi. No sé si les he contado que vivo en una isla del Caribe donde es casi imposible encontrar pescado de calidad que no te lo vendan hipercongelado. En realidad no sé a que se debe semejante abominación. Existen múltiples hipótesis al respecto, que abarcan desde la venta de toda la buena pesca en alta mar hasta “la ausencia de un gusto por el pescado” entre la población local.

No creo que tenga que explicarles mucho lo que ese fenómeno jode, sea cual sea su explicación.

Basados en una recomendación de Javier M., amigo de este blog, y en una reseña sumamente positiva de la Time Out New York que mi mujer estuvo hojeando en el avión, nos decidimos por Thalassa, un griego ultrachic frente a Tribeca Grill en Franklin Street. Javier me había dicho que no me perdiese al sumiller del sitio, personaje generoso y pintoresco del que debía hacer fotos que se verían muy chulas en el blog, etc.

Pero dicho sumiller no apareció durante toda nuestra cena, que, para decirlo de plano, se quedó muy corta en cuanto a nuestras expectativas.

Sería porque era la noche del primer juego de la Serie Mundial de béisbol entre los Yankees de Nueva York y los Phillies de Filadelfia. Probablemente nos tocó una noche en la que Thalassa sencillamente  ”no estaba en lo que tenía que estar”. De plano, al entrar al restaurante nos sorprendió lo vacío que estaba. Parece ser un patrón de nuestras visitas recientes a Nueva York: Local inmenso, poquísimos comensales (ver lo que nos pasó en Rouge Tomate, en plena Restaurant Week, en el viaje pasado). Con nuestra mesa hacíamos tres ocupadas. Eso sí, las otras dos tenían en ellas gente de muy alto calibre. CEO de megabanco (que hasta hace poco fuese CEO de conglomerado de medios) junto a diversos patricios neoyorquinos.

En cuanto a la comida yo iba a ser un cliente fácil. Quería pescado impecablemente preparado como plato principal y eso obtuve con la dorada que ordené. El acompañante de coles de bruselas perfectas también me resultó muy satisfactorio. El servicio fue preciso y amable. Pero hasta ahí llegamos con lo inequívocamente positivo.

A Josie se le ocurrió pedir una preparación más “creativa” con turbot a la sartén sobre puerro ancho y alcachofas con fricasé de hierbas. Aunque suena atractivo, la ejecución de los diferentes elementos y la presentación del todo dejaba mucho que desear en cuanto a equilibrio y armonía.  Y yo, de entrante, me pedí un plato de vieiras de Maine envueltas en kataifi crujiente con reducción de balsámico y aceitunas kalamata y una cantidad de mantequilla de oveja que hubiera hecho pensar que estábamos en los sesenta. Ya saben, antes de que se inventaran lo del colesterol… Este plato venía mencionado en la reseña de Time Out con adjetivos como “pillowy” y “delicate” que no podían distar más de la realidad. A saber en que consistirá la dieta diaria de la persona que compuso esa nota.  Estos dos que menciono resultaron ser platos inesperadamente aparatosos que debieron ser ejecutados con mano mucho más ligera. Echémosle la culpa a la Serie Mundial. Probablemente en la cocina se distrajeron con el juego de pelota.

La carta de vinos se me había anunciado como “interesante”. Yo esperé encontrarme una amplia gama de vinos griegos con que mojar la cena, pero la selección, considerando el calibre del restaurante, era bastante modesta y, encima, se orientaba mucho hacia vinos griegos internacionalizados. Lo que no me hizo muy feliz.

En lo que sí es fuerte la lista, paradójicamente, es en chardonnay. Muchísimas referencias de California. Y una buena tajada de borgoñas de diversas estirpes, algunos de ellos efectivamente interesantes, pero quizás para otro contexto. En lo que tomaba mi decisión sobre una botella nos pedí un par de copas del Papaioannau, Assyrtiko “St. Elias”, Vino Regional de Corinto 2008. A decir verdad, no me fijé que era de Corinto y lo probé inicialmente creyéndolo de Santorini. Fruta amarilla pulidita, sutiles florales y un fondo mineral inesperadamente… ¿Blanco? Encima, hay una cremosidad que me hace pensar en madera. Inmediatamente dí para atrás en la carta y fue así que me percaté de la realidad. No está mal. Sencillito. Olvidable.

Para la cena pedí el Spyros Hatzyiannis, Assyrtiko, Santorini 2008, no por particular preferencia inter pares, sino porque era el único vino que aparecía en la carta de esa uva y esa isla que tanto me fascinan. ¿Chardonnay de California? Todo el que quieras. ¿Assyrtiko puro y mineral de Santorini? Puesssssssssssssssss… Este, hay que decirlo, dista mucho de los más atractivos que he probado. Ligero, con lo justo de marinidad, pero sin ese aspecto volcánico que da a los mejores assyrtikos su gran profundidad. Seco. Notitas herbáceas. Texturalmente sobrepulido. Anodino. Es triste que, teniendo variedades ancestrales que dan vinos de muchísimo carácter, tantos productores griegos decidan sumarse a las filas globalistas. Como si eso condujera a alguna parte.

Me pasé la noche entera repitiendo el gusto a mantequilla de las vieiras. Quizás en ese desafortunado plato esté la clave de tanto chardonnay californiano en la carta de vinos. Les gusta la mantequilla a los de Thalassa.

No se preocupen, que aunque no comenzamos tan bien, la cosa mejoró inmediatamente.

(Continuará)

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¿Y si pasara que…? La encuesta de la semana

Noviembre 4, 2009 · 14 comentarios

Acabo de regresar de Nueva York para encontrarme una cantidad desmoderada de asuntillos exigiendo mi atención en la oficina. Cosas que nada tienen que ver con La otra botella si nos hacemos de la vista gorda ante el muy gordo hecho de que son las que me pagan los vicios y virtudes aquí descritos.

Pero un momentillo puedo sacar para una encuesta crucial…

Resulta que hace un par de días comencé a leer chismes en Facebook sobre movimientos en la Twitterósfera que podían resultar—dependiendo, claro está, del ángulo de observación—alarmantes o hilarantes.

Reportaba una amiga muy informada sobre esas cosas que James Suckling, el mismísimo “Mister Supertoscano” del Wine Spectator que vimos haciendo el tonto hace unos años en Mondovino, anda ahora proclamando su admiración por los vinos naturales.

Se ha puesto de moda que principales figuras del lado más oscuro de la enocultureta hagan proclamas de este orden. Incluso, de un tiempo a esta parte, ya se ven muchos productores naturales recibiendo el cuestionable “premio” que es una puntuación alta de tal o cual influyente publicación norteamericana.

De ser real el pronunciamiento atribuido a Suckling… ¿Será que los miratendencias de repente se han enfocado en el “vino natural” como la mejor próxima opción de marketing a gran escala? ¿Habrá sencillamente ocurrido una toma de conciencia muy loable entre los más famosos apoyadores de la esperpentificación tecnovínica? ¿Qué diablos pasa?

En fin, que me pareció interesante preguntar.

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Ocupen su localidad… La encuesta freestyle de la semana

Octubre 28, 2009 · 1 comentario

Pues resulta que no me va a dar el tiempo ni para componer una encuesta propiamente dicha para este miércoles. Son las seis de la mañana y en un rato me voy de viaje. Pero vale dejar alguito y que el sondeo tome su propia forma alrededor.

He estado escuchando todo tipo de rumores sobre “invitaciones” a Wine Future Rioja que flotan por ahí, incluso entradas a la “cata magistral” con Robert Parker que de repente no encuentran dueño, etc. Esos rumores son extrañísimos, considerando que la web del evento declara las inscripciones cerradas y las entradas “agotadas” desde hace tiempo. Pensar que el evento estaba ya a capacidad y se declaraba desde hace semanas su “rotundo ‘exito” en términos taquilleros no cuadra particularmente con eso de que a miembros de la prensa con “acuerdo de cooperación” se les ha invitado de cachete ahora. Particularmente considerando que aquellos “pases VIP” costaban una pasta.

La encuesta esta semana viene “freestyle”. Que conteste quien quiera, o quien pueda: ¿Qué es lo que está pasando? ¿Hay algo de verdad en esos rumores? Y, si de verdad andan regalando entradas a este “megaevento, ÷cómo le sentará eso a quienes pagaron la tarifa de admisión completa? ¿Alguien de los que me lee se entera de algo?

Que conste, estas preguntas las hago con toda honestidad. Se leen muchas cosas en esta internet del vino y es el interés de La otra botella separar la verdad del mero chisme infundado, el proverbial trigo de la paja, vamos…

Commentez et discutez. Y ahora, si me disculpan, mi adorada Nueva York me espera. Me merezco un reencuentro con ella.

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Alguna noción sobre lo que pide mi mercado (personal)

Octubre 27, 2009 · 14 comentarios

Desde hace un año y medio vivo en la República Dominicana. Vine aquí, como saben quienes me conocen un poquito, desde Nueva York. Nueva York: Epicentro del consumo vínico, donde hay absolutamente de todo, por más “esotérico” que sea, y absolutamente todo encuentra demanda. Yo crecí en Santo Domingo. Aquí viví entre los 7 y los 18 años, cuando me marché a estudiar en Estados Unidos. En el tiempo transcurrido entre aquella partida al extranjero y ahora se ha desarrollado lo que cariñosamente llamo mi “enomanización”. Una inmensa parte de mi educación, pragmática y sentimental, la compusieron la gastronomía y el vino. Casi un cuarto de siglo se ha ido volando y yo he visto muchas cosas, a nivel personal y a nivel de los diversos mundos que me apasionan, particularmente el del vino.

No ha sido fácil la adaptación a Santo Domingo. Digamos que vine “dañado” por la hiperdisponibilidad en Manhattan de todo lo que se me antojase. Aquí he tenido que “relajar” un poco mis estándares en cuanto a vino: He bebido cosas que hace dos años ni remotamente hubiese considerado tocar, he revisado mi presupuesto, he aprendido a encontrar algún placer aún cuando tengo objeciones éticas y estéticas a algo–quizás placer dentro de las mismas objeciones… No estoy seguro de que esto me haya hecho una mejor persona. De hecho, quizás me esté perjudicando, minando poquito a poco mis facultades críticas y haciéndome olvidar lo que antes tenía claro.

Disculpen ustedes. Que me pongo un tanto sentimental. Un tanto deprimente. Y otro incomprensible.

La cuestión es que no ha sido fácil. Pero creo que contemplar el presente y el futuro d la cultureta actual del vino y, más importante, de la verdadera cultura del vino, desde este microcosmos caribeño me ha ver ángulos que antes hubiesen pasado desapercibidos en esto del vino. No deja de sorprenderme que en este país en que ahora habito haya la cantidad de vinos que hay. Si bien la mayoría proviene de un relativo puñado de entidades corporativas grandes (ojo, no me tomen lo de “entidades corporativas grandes” literlamente, hablo lo mismo de Concha y Toro o Kendall-Jackson que de una semimaginaria “Ribera del Duero, Inc” p “Albariñokaslimón International Corporation”). Que hasta aquí se haya extendido la cultureta, o sea, la moda global del vino es testimonio del poder de la cosa. Arqueo la ceja derecha cada vez que veo como reclamo comercial de algún “nuevo” producto vínico argentino los puntos de Robert Parker, el Wine Spectator o el Wine Enthusiast, ese esperanto espeluznante de la cultureta. Y sin embargo también me digo a mí mismo burlonamente: “¡Hay que joderse!”

Claro, estos enoproductos corporativos siguen siéndome tan repelentes como lo han sido siempre. La vasta mayoría tiene muy poco que ver con lo que verdaderamente disfruto en un vino: Elaboración natural, compatibilidad con una buena comida, honestidad y transparencia a su terruño, capacidad de ser refrescantes y de invitarlo a uno al próximo trago, capacidad de estimular mi intelecto más allá del más simple agrado o el más directo asco… Pero la presencia de estos facsímiles de vino aquí me hace pensar en otras posibilidades. E incluso en otras realidades.

He tenido la suerte de encontrarme un par de mportadores pequeñitos en Santo Domingo que tienen portafolios en los que aparece alguna que otra semblanza de vino de verdad. Intentando apoyarlos, les compro frecuentemente y los recomiendo a amigos y conocidos. Invariablemente, paladares acostumbrados a chilenitos químicos y riberones tabloneros tienen una revelación ante algún lagrein del Südtirol o un barberita piemontés que, sin ser tan-tan, sin embargo provocan a beber de una forma para muchos aquí otrora desconocida.

Lo que me lleva a una pregunta crucial para el futuro del vino, ya que tanto hablamos de eso últimamente: ¿Será que la expansión global del vino sólo puede ser lograda eficientemente en los mentecatificantes términos de la cultureta, o existirá una manera de expandir el alcance global del vino de verdad?

Estoy consciente de que es antitético a la naturaleza del vino artesanal el querer que exista a escala suficiente para cubrir el mundo entero. Una de las peores patologías de la cultureta actual del vino es que promueve un deseo en el entusiasta de “haberlo probado todo”, un imposible a nivel mundial aún con el vino de mayor producción. Anda por ahí el comentario mordaz de que en Las Vegas cada año se consume más Château Pétrus del 82 que lo que jamás fuese producido de esa añada en esa dirección. Extrapolen ustedes a su gusto.

Se habla mucho de “conquistar mercados” (adjuntar gentilicio que más les guste) y del “consumidor” en el abstracto, pensando en números mucho más que en individuos o grupos de individuos consumiendo vino, creando fidelidad al vino. Se habla de “conquistar” mercados y se apela a consignas del tipo “la unión hace la fuerza”, aunque dicha unión luego se compruebe que no es en el interés de quien en un principio se creía. Y tenemos lo que tenemos. Les ruego la paciencia para tirarnos un videoclip (disculpen, queridos amigos, que no pueda insertarlo, pero Vimeo no es tan generoso como YouTube para esos menesteres, así que hay que ir al sitio) muy ilustrativo de ciertas patologías de la cultureta actual del vino. Es un video que propone “soluciones” especiosas, basadas en un modelo bastante paternalista-proxenetista de las cosas, a decir verdad. Y ya sabemos como acaban las pobres putas que no traen al chulo el billete esperado… Pero quizás me queda un poco exagerada esa imagen. Lo dejo a juicio de ustedes.

No que en ese video sea todo desperdicio. Muy bien está lo de hacer un esfuerzo comunitario para sacar a flote una comarca, una denominación, un país productor, incluso. Pero ya es hora de comenzar a darse cuenta de que ciertos modelos están un poquito gastados. “Consolidad marcas” en el portafolio de un megaimportador sólo rinde beneficios para el pequeño elaborador de vino hasta un punto. Y el sacrificio en cuanto a las idiosincrasias de la tierra y el elaborador mismo pueden ser grandes. Muy grandes. “Acuérdate del alma dijo el gordo vendedor de carne”, iba una canción del gran Sabina. Eso.

La internet del vino ha tenido un efecto muy salutario en la medida en que ha abierto la posibilidad de disentir de los gurús, los hacedores de gusto, los marketeros y tantos otros entes prepotentes y deprimentes de la cultureta. Cada día surgen blogs como setas después de un incendio. Se hacen contactos entre individuos que discuten sobre aquello de que supuestamente no se discutía, sus gustos, que establecen micromercados a los que elaboradores, importadores y otros comerciantes del vino pueden y deben apelar, sin tanto mediador, sin tanto filtro, sin tanta dictadura.Cada quien ha de evaluar, siendo profunda e implacablemente realista, lo que le conviene.

A propósito de nada y todo, un par de notas de un vinito sabroso que compré y bebí aquí en Santo Domingo recientemente. Uno de esos importadores pequeños  de los que les hablaba más arriba trae cositas interesantes (si bien no de productores tan artesanales como quisiera yo, en la muchos casos). Lo que le compro queda testimoniado por la cantidad de etiquetas italianas que aparecen retratadas en estas páginas. Vinos de diversos puntos de Italia se han vuelto la opción para aquellos en este pequeño mercado participante en la dinámica global que necesitamos salirnos un poco del mismismo riberesco-napachilenista.

Es casi cómico: Aquí decir “vino español”, por ejemplo,  es decir una tremenda cantidad de vinos perfectamente intercambiables, comprados “en paquete” a megabodegas multirregionales. O a bodegas que aspirarían a serlo y siguen el modelo “trajeado” del “wine business”. Hay sus honrosas excepciones, pero no muchas. Si uno busca algo de originalidad y autenticidad, hay que inclinarse a italianos. Irónico, ¿no? Antigua colonia española, donde el castellano tiene ventaja implícita por herencia y por pura conveniencia. Y sin embargo…

En fin, que una botellita del Nino Negri, Rosso di Valtellina DOC 2007 me pareció un soplo de aire fresco. Color fresa-granate transparente, brillante. Aromas de hojas secas, azúcar prieta, fresa, cereza y ciruela frescas y humo. Limpio, sencillo y alegre, con muy buena persistencia en un posgusto de acidez viva que me recuerda a naranja rubí. La cuvée es de nebbiolo, prugnola, rossola y pignola, envejecida en inox y en roble de formato grande. Un tintito de buen precio, ideal para una tarde tropical desenfadada con amigos. No es para tirar cohetes ni tampoco algo que pondría yo como ejemplo irrefutable de mis ideales vínicos, pero en realidad no es que la cosa aquí esté para ponerse demasiado exigentes en cuanto a motivos de alegría. Uno al que recurriré de nuevo en el futuro, conociéndome.

¿Tengo que decirles que esto es una metalección en los orígenes de la demanda?

He intentado hacer hoy una de esas entradas nutritivas. Me voy a Nueva York mañana temprano y lo único que publicaré en los próximos seis o siete días será esto y la encuesta de la semana mañana. Les dejo hoy con música. Una de The Faint, cuyo título, con suerte, será lo que los libros de historia dirán sobre nosotros…

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Cositas y cosotas: 23.10.2009

Octubre 23, 2009 · 13 comentarios

Voy a intentar no decir nada sobre Pancho Campo y el Wine Future Rioja 09 en esta entrega noticiosa. De verdad. Cero. ¿Que no fastidie? ¿Que ya lo puse sobre la mesa y va a ser como el proverbial elefante en la habitación?

Bueno, la intención es lo que cuenta.

Estaba leyendo hace unos días en Decanter.com, siempre generosa fuente tanto de noticias de verdad como de tonterías, que el Hunter Valley Wine Industry Climate Change Case Study ha arrojado ciertas hipótesis bastante duras para esa región vinícola australiana. Aparentemente, a causa del cambio climático, los australianos del Hunter deberán plantearse la utilización de nuevas variedades de uva más resistentes al calor si insisten en seguir con lo de la viticultura. Es interesante eso. ¿Variedades de uva más adecuadas al calor como el tomate, ciertos chiles, el melón o el aguacate quizás?

Años ya llevamos algunos diciendo que muchas regiones debieran plantearse reorientaciones del cultivar. Y no sólo en Australia. Económicamente, la cosa anda muy jodida. Si a eso sumamos los efectos del cambio climático… Ya, ya, dije que no iba a permitirme momentos de todo conecta. Que hablar de “cambio climático y vino” no tiene por qué sugerirnos el tema de Panch…

¡Que no!

Pero quizás de verdad todo conecta. Otra historia en Decanter.com va de como los productores de Burdeos ahora se preocupan por satisfacer las expectativas–creadas a base de pura hipérbole por los habituales prescriptores–en torno a la cosecha 2009. Aunque se ha venido hablando de una “añada excepcional”, e incluso de otra de tantísimas “añadas del siglo” que han habido en tiempos recientes, Aunque se cacarea sobre una “cosecha perfecta”, aparentemente muchos châteaux enfrentan un reto a la hora de mantener controlados los alcoholes en los vinos, pues la añada ha salido, digamos, un tanto madurilla.

A ver, tomemos el siguiente parrafito:

Noemi Ruelloux, gerente de comunicaciones de Château Haut-Bailly, declaró a Decanter.com que uno de los más grandes retos que encaran a los enólogos es mantener el equilibrio en los vinos después de una “cosecha perfecta. (Mi traducción)

¿Seré yo el único que me encuentro una nada fina ironía en eso de reconciliar falta de equilibrio natural (porque si hay que hacer trapisondas enológicas para lograrlo creo que muy “natural”, lo que se dice “natural” no puede ser) con una “cosecha perfecta”? ¡Ay, merlot a 15%! ¡Ay, la humanidad!

Y después algunos se quejan de las trompetillas que tiendo a soltar cuando me vienen a hablar en serio del Burdeos actual.

Ya que hace un momento mencioné la palabra “hipérbole”, siguen en la internet del vino los cuestionamientos en torno a la credibilidad del hiperbolista-en-jefe de la cultureta actual del vino (e inventor de la hipérbole numérica), Robert M. Parker Jr. Dr. Vino devuelve al candelero el tema de cierta reciente cata a ciegas de burdeos de la “fenomenal” añada 2005 en la que Mr. Parker, por decirlo brevemente, no puso una. Aparentemente, ahora Parker ha publicado sus notas numéricas de los vinos catados en la noche en cuestión y no son para nada consistentes con las impresiones que diese durante la cata, según confirman asistentes a la misma, con todo y audio. Ante las insistentes preguntas de los participantes en el foro de discusión de erobertparker.com sobre sus serias inconsistencias, el gurú norteamericano acusó a “algunos” de “querer quitarle al vino todo lo que tenga que ver con diversión” (mi traducción).

Me susurran al oido que la palabra equivalente a  “diversión” en ciertas lenguas aborígenes de América del Norte se traduce literalmente al castellano como “mentecatez”. Para que sepan.

Una línea argumental esta de la “diversión” que bien podía ser parienta no muy lejana de la de Mr. Parker fue la esgrimida por Pedro Sanz, presidente del Gobierno de la Rioja, en un debate hace un par de días. Según la noticia de Rioja2.com:

“Ojalá vengan más Ferias como éstas y más catas de Robert Parker” ha dicho Sanz, al tiempo que ha cargado tintas contra el anterior presidente de la DOC Rioja, Ángel Jaime Baró, miembro del Partido Riojano. “Lo que ocurre es que al señor Jaime Baró le molesta que durante su mandato no pudo conseguir traer una feria como ésta” y ha concluido, “lo mejor que le ha podido pasar a la DOC es que Jaime Baró se fuera de ella”.

Pero que no… ¡Que no iba a hablar de eso, carajo!

Una para el commentez et discutez: El Chicago Tribune sacó recientemente un artículo con el listado de “Las 10 peores modas gastronómicas de esta década”. Entre las tendencias citadas están la ostentación vínica, la gastronomía molecular, los platos principales de cuarenta dólares, las espumas, la “deconstrucción” culinaria y  los chefs como putones mediáticos. Mayormente de acuerdo por aquí. Pero saquen ustedes sus propias conclusiones.

Del departamento de noticias felices, les anuncio que la semana que viene vuelvo con Josie a Nueva York. Algo de trabajo y el coñazo de las visitas médicas de siempre, pero también la celebración de nuestro aniversario de bodas, la gran cata del portafolio de Louis/Dressner (ocasión magnífica para probar vinos naturales excepcionales y hablar con la gente buena que los elabora), cierto evento en el que se vertirá una cantidad nunca vista de vinos envejecidos en ánfora y algún par de asuntillos interesantes más. Ya les contaré.

Ahora, videito. No se por qué, pero viernes por la mañana estoy de un humor algo ochentero. La voz de Richard Butler en esta versión acústica de “Love My Way” me recuerda una trompeta con sordina que bien podría ser de Miles Davis en uno de sus períodos eléctricos.  O me recuerda una queja de amante somnoliento. O una frase sabia de un borrachín a la más maldita de las horas, cuando le cierran el bar.  The Psychedelic Furs, una gran banda…

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¡Guain Fiuchur Espéin y olé!: La encuesta de la semana

Octubre 21, 2009 · 20 comentarios

Cuando llegué a aquella importante universidad en el noreste de los Estados Unidos para iniciar mis estudios doctorales en literatura comparada, me encontré con algo muy raro. Aunque la inmensa mayoría de mi experiencia universitaria anterior había sido en literatura inglesa, norteamericana y francesa, los poderes del departamento al que ingresaba estaban empecinados en hacer de mi su latinoamericanista. Nada me disponía particularmente a ello. Aunque tenía sólidos conocimientos sobre muchos importantes libros en lengua española, distaba mucho de poder llamarme especialista. ¡Pero soy cubano, qué carajos! Eso les bastaba a mis profesores-en-jefe.

Una sobredeterminación-a-partir-del-exterior muy similar me ocurrió en el tema del vino cuando me iniciaba en aquellos primeros foros de debate de mediados-finales de los noventas. Entraba un tipo con nombre latino y automáticamente a preguntarle de vino español o chileno (los vinos argentinos, uruguayos, etc. aún no se llevaban mucho en aquel entonces).

Ahí mi suerte fue que de verdad tenía experiencia. Cuando comencé a apasionarme intensa y profundamente por el vino era un estudiante universitario, con todas las trabas presupuestarias que ello implica.Corría 1986-1987, No había mucho money. Aunque de vez en cuando ahorraba mi platica y me daba el lujo de un gran burdeos (en aquellos tiempos comprabas un buen cru de Pauillac o Margaux por veinte dólares) , por fuerza mi consumo diario–y, consecuentemente mi educación–se vió orientado a vinos de Rioja y otras zonas españolas que en aquel momento comenzaban a darse a conocer. España me daba muchos vinos de verdadero placer a precios excepcionales. Yo exploraba y exploraba, descubriendo maravillas que no tenían nada que envidiar a vinos franceses del doble o el triple del precio. Aunque la imitación bodeguera ocurría y había gente intentando hacer reservas riojanos en, digamos, Extremadura, te ibas de una región a otra en España y los vinos tenían identidad, tenían duende propio. En mi esfera juvenil de hedonismo realista ajustado a la verdad de un presupuesto de chico de diecinueve, España era una maravilla.

Le damos a fast-forward y aparecemos veintipocos años después, en el clima actual. Hay una inmensa, devastadora crisis económica global. El vino español que tan interesante y atractivo era, por su carácter, su diversidad y su buen precio, ya no lo es. Lo que antes creí conocer, ya me resulta completamente ajeno. Ahora vivimos en la era de los puntos, de la ostentación bodeguera, de marcas “ultrapremium” basadas más en morro puro que en calidad intrínseca del vino, de blanquitos que son poco más que Kas Limón con alcohol y tintazos fofos, hiperalcohólicos y enmaderados que pesan más y cautivan menos que una losa funeraria. Miras en las listas de precios de una gran tienda de vinos en Nueva York, Miami, Houston, Chicago, Los Angeles o San Francisco y te das cuenta de que los precios de los diversos vinos españoles ahora andan promediando en la treintena dolarina. Y eso jode. Encima, jode más que hay tanto vino idéntico. Y que te encuentras las mismas marcas grandes donde quiera, o sea que del igualismo no te saca ni ese “Dios” que dicen. ¿Tu guía para negociar tanto vino caro con tan poca diferencia? Los cartelitos con los puntos, porque esa es la estrategia genial de marketing que hay. 99 puntos es diferente a 97. Y claro, 95…

Pero otra cosa que no nos la quita nadie, al menos por el momento, es la crisis. El tema, señoras y señores, está mal. Todos los días leemos más reportes sobre bajas en el consumo, en las exportaciones, etc. Los viticultores y bodegueros de muchas zonas del mundo—no sólo España—se las ven feas. Porque no debe hacer mucha gracia vivir bajo el peso de paletas y paletas de un ribera que sacaste al mercado a 70 dólares la botella y que sencillamente se rehusa a moverse, a pesar de sus noventa y tantos en el Wine Advocate.

Me consta que España tiene mucho de muy excitante que dar en términos de vino. Me he emocionado ante varios tintos, blancos y rosados  artesanales gallegos o vascos que he probado en los últimos años, cuyos precios no andan tan mal. Vinos distintivos, con terroir. Igualmente, alguna que otra bodeguita en Rioja ha tomado conciencia de qué es que y de repente vuelve a respetar más su terruño que lo que dice el “crítico” prescriptor de turno. En Cataluña igual. Y no digamos nada del Sur. Creo que donde único puede uno tener revelaciones transcendentes a precios modestos en el mundo actual del vino es entre generosos andaluces. Prefiero pensar eso de “generoso”, en el caso de esos vinos, igualmente como sustantivo identificativo y como adjetivo designador de una feliz disposición de carácter.

Como bien hemos dicho muchos aquí en los últimos meses, la única manera sana de plantearse el futuro es con conciencia del pasado. En algún momento de los noventas a alguien le pareció que todo lo de los puntos, el vino hecho a la medida y a precios cada vez más escandalosos era una estrategia de mercado viable, que en el extranjero hay billete y siempre comprarán. Pero las cosas son como son y ahora vemos lo que vemos. La “idea genial” de 1999 se ve, de repente, en 2009, como una evidente gilipollez. Puede que venga alguno con el pueril sonsonete de que lo que digo me hace un reaccionario con nostalgia de un pasado perdido, pero no. Más bien me gustaría verme como un realista que reconoce que en algún momento de la ruta, algún golpe de timón puso al vino en la dirección equivocada, pero hay aún oportunidad de rectificar el curso.

Todo trance en este mundo tiene salida. La idea de la pregunta de hoy es que nos planteemos qué diablos ha pasado, clara y lúcidamente, para luego plantearnos lo que, como consumidores habituales de vino que somos (señores mercadólogos, aquí tienen un buen focus group donde los haya), necesitamos ver. La “industria grande”, ésa de los megagrupos bodegueros, los superstands en Vinexpo y los ejecutivos trajeados que no han puesto sus lustrosos zapaticos de Ferragamo en un viñedo jamás probablemente pase olímpicamente de lo que aquí se ventile. Pero eso no quita que se ventile…

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Ponle tú el nombre…

Octubre 20, 2009 · 5 comentarios

Lo que son las cosas… Cuando dije que ya iba a abandonar los diversos temas en torno a Pancho Campo MW y Wine Future Rioja 09, comenzaron a surgirme interesantes consideraciones respecto a ambos. Pero de verdad que ya estoy cansado. La única conclusión a la que he podido llegar es que todo esto es un reflejo bastante claro del estado actual de la gran industria del vino, movida a base de pretensiones, la locura del dinero virtual, trapicheos de dudosa índole, vanidad, desinformación y la mentecatez de tantos, entre muchas otras cosas. Personalmente, he llegado a ver eso que llamo “la cultureta actual del vino” como un compendio de sordideces mejor mirado como una página de 13 Rue del Percebe o, si uno anda más grandilocuente y apocalíptico, como un paño pintado por Hieronymous Bosch.

Resultaría frustrante ponerse a buscar el “macroescándalo” en todo lo que ha pasado alrededor de Wine Future Rioja 09. No creo, francamente, que encontremos ahí un cataclismo político watergatiano. Por ello quizás los medios han preferido dejar esto sin cubrir, lavarse las manos entre murmullos de “A Dios que reparta suerte…” y “Ya se arreglarán entre ellos y todo seguirá igual, así que uno a quedarse en buenas…” De que la historia vendería si alguno se dedicara a trabajarla como debe, vendería. Pero hay que ver si vale la pena ponerse a trabajar mucho cuando hay un “acuerdo de colaboración” y se entra de cachete al sarao por no trabajarse la historia precisamente como se debe. Por cierto y dicho sea de paso, me provocó una carcajada ver como Jancis Robinson describía los problemas legales de Pancho Campo en Dubai como “a Biz tiff”. Los angloparlantes con cierto sentido del humor encontrarán una deliciosa ironía en la frase.

En principio, la imagen de la izquierda es uno de los paños del tríptico El jardín de las delicias terrenales, que todos ustedes saben bien donde encontrar para verlo “en vivo”. Es una obra siempre fascinante para mí, precursora de muchos genios de diversas disciplinas, entre ellas la comedia negra y la más acérbica sátira política. Les invito hoy, que es martes, a idear un calce nuevo para esta imagen, considerando que el Bosco quizás la vuelve a pintar ahora, tantos siglos después, pensando en la cultureta actual del vino.

→ 5 comentariosCategorías: El Affaire Campo
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Una reflexión con alvarinho y albariños

Octubre 17, 2009 · 16 comentarios

Esta nota iba a titularse “De cuatro, uno”, pero luego me lo pensé mejor. Es que va de cuatro vinos de una misma variedad, de los cuales… Bueno, you get the picture.

En realidad, tres de los vinos me dejaron que ni fu ni fa. Clásicos del enotedio donde los haya. Las inmortales palabras de mi mujer definen igualmente a los tres: “No me voy a poner a decir nada malo. No tengo nada malo que decir. Pero tampoco tengo nada bueno.”

Tres albariños comprados localmente en Santo Domingo. Tres vinos técnicamente correctísimos, estériles, anónimamente refrescantes, con el mínimo imaginable de aquella distintividad de la que les hablaba el otro día. Los comparo con un Santa Rita, Sauvignon Blanc “120″ que utilicé anoche en un risotto de langosta y chanterelles y sale ganando el Santa Rita en virtud de costar entre la mitad y una tercera parte de lo que tee piden aquí por esos tres albariños.

Esperen, que luego les digo cuales son. Pero antes hay que pensar en lo caro que sale aburrirse en la cultureta actual del vino. Aún en el menos hiperinflado de los mercados de exportación del albariño gallego, los vinos tienden a tener como precio mínimo aproximadamente US$16-20, sean de productores relativamente pequeños o conglomerados industriales. Con los precios comenzando a ese nivel, uno esperaría algo de auténtico, de bonito, de especial. Pero…

Tomemos el caso, por ejemplo, del Pazo Pondal, Albariño, Rías Baixas 2007. O no lo tomemos, porque no hay mucho de que asirse. La nota de cata es minimalista: Cítricomanzanita y otra fruta de identidad indefinida que quisiera parecerse a melocotón blanco, pero… Suave y ligero. Inocuo.

La misma nota de cata aplica a un Pazo Pondal, Albariño “Leira”, Rías Baixas 2007. Literalmente. En mi libreta se repiten casi exactamente las palabras sobre ambos vinos, consumidos el primero a varios días del segundo. Ninguno de los dos ofende en lo absoluto a la nariz o paladar. Aunque, cuando te das cuenta de que estas botellas de nada blanca te costaron US$20 cada una, el mosqueo conjunto de la billetera y el cerebro está casi garantizado.

Por cierto, este “Leira” lo había visto de añadas anteriores en la tienda del importador con una pegatina circular que decía que había ganado “90 puntos” de Parker. El 2007 no la tiene.

El tercer gallego fue un Fillaboa, Albariño, Rías Baixas 2007. En este espacio he declarado en unas cuantas ocasiones que el “Selección Finca Monte Alto” de Fillaboa es lo más cercano a un albariño decente que puede uno comprar en Santo Domingo. Su “hermanito” más “básico” es, pensando en lo dicho sobre aquel, un desencanto. Cítricos y un toquecito tropical que recuerda esa frutita medio prima del litchi que se llama quenepa en Puerto Rico, limoncillo en Santo Domingo y mamoncillo (mi versión favorita) en Cuba. Hay sutil salinidad. Pero el efecto total, aunque carilimpio,  es plano, sin dimensionalidad ni largo. Aquí la falta de excitación es más grave, pues el precio sobrepasa los US$27.

Me gustaría no descartar que esta insulsez sea cosa de la añada. Aún entre lo que he probado de algunos productores favoritos de albariño (Do Ferreiro, Palacio de Fefiñanes), los vinos me parecieron menos que completamente convincentes. Sin embargo, no sé… Sospecho que en el caso de estos tres la elaboración también tiene lo suyo que ver. Me asaltan muchas preguntas. ¿A estos precios, no deberían estos vinos dar más que lo que te da cualquier blanquito industrial? ¿Acaso la “perfección técnica” elimina las señas distintivas y nos deja en esto? ¿Cómo diablos puede eso ser deseable? Y en estos tiempos de crisis económica, ¿cómo se les quedará el mercado?

Yo siempre tiendo a pensar en lo que me da el vino de suyo, de realmente único, de intelectualmente estimulante. Un vino—particularmente un vino que compro por encima de los US$20—necesita ser mucho más que un lavagaznates correcto para ganarse mi estima. Estos tienen problemas en ese aspecto.

Llego a otro par de preguntas clave: Y si esto es la única experiencia de albariño que tiene un enoneófito, ¿volverá? Además, porque recuerdo claramente haber recomendado a los principales importadores en Santo Domingo bodegas con albariños infinitamente más originales y expresivos que estos, ¿qué será lo que motiva a tener el portafolio lleno de vinos tan idénticos? ¿No les excita la diversidad?

Pero bueno, para sacarme del tedio me fui a la neverita de emergencia, la que contiene los vinos importados a mano por mí. Saqué una botella del Quinta do Feital, “Dorado” Alvarinho Superior, Subregião de Moncão, Vinho Verde 2005.

Quienes llevan un tiempecito conociéndome saben que me he manifestado como  fan de la labor vitivinícola de Marcial Dorado, un gallego transplantado al otro lado del Miño que hace este blanco maravilloso con sus vides viejas. O bueno, no me queda claro si lo seguirá haciendo. Recientemente alguien llamó mi atención a una noticia de Europa Press que implicaba a los Dorado y a Quinta do Feital en actividades de narcotráfico. Es que les digo que ni entre los que uno cree como “buenos…” Hay un dichito dominicano muy aplicable: “De debajo de cualquier yagua vieja te sale tremendo alacrán.”

Tal parecería que no voy a poder volver a escribir una entrada de este blog sin anexos policiales. En este caso, ungran vino se ve embarrado de chorizo. Pero bueno, no deja de ser un gran vino…

Al salir al mercado hace un par de años, este Dorado era un alvarinho bastante angular, muy centrado en su mineralidad y con acidez cortante. Ha adquirido amplitud con el paso del tiempo. Bellos aromas de toronja blanca, jengibre, té verde, lirio, jazmín y mirabelle con un fondo de mineralidad blanca que parecería pulsante. Lo mismo en boca. Vibrantes cítricos sobre mineralidad profunda con una cierta carnosidad de cereza blanca que resulta muy rieslinguesca. Posgusto largo y complejo, especiado y mineral, muy textural.

Pude ver, por el precio que aún llevaba sobre la cápsula, que la botella me costó poquito más de US$20 en una tienda de Puerto Rico. Así pos sí. Qué pena de gran vino a buen precio. Esa conexión con el narco hace que no pueda menos que verlo con otros ojos.

Y ahora, para acabar como me gusta acabar, Frankel con la pista titular de un disco que estoy poniendo mucho aquí, Anonymity Is the New Fame:

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Cositas y cosotas: 16.10.2009

Octubre 16, 2009 · 12 comentarios

La noticia me llegó a principios de semana por canales “extraoficiales”. Random House había decidido solucionar fuera de corte la demanda interpuesta por Michael Broadbent a causa del libro The Billionaire’s Vinegar, de Benjamin Wallace.

Decanter.com anunciaba en sus titulares del martes:  ”MIchael Broadbent gana caso de libelo por las ‘Botellas Jefferson’”.

Pues sí, el caso quedó a favor el veterano autor y subastador a quien yo he profesado gran respeto y admiración en otras épocas de mi vida, cuando era más impresionable. Pero en realidad hablar de “victorias”–y mucho más de “victorias aplastantes”–me parece un poquito cuestionable. Random House tomó una decisión de negocios y cedió para evitar tener que ir a las cortes. Cuestión de evaluar costos y optar por lo más barato. Ofrecieron disculpas a Michael Broadbent por cualquier inconveniente causado y se acordó que The Billionaire’s Vinegar no se publicará en el Reino Unido, donde fue radicada la demanda original de Broadbent.

La abogada de Broadbent explicó la naturaleza de las alegadas injurias a su cliente del siguiente modo:

El libro hace alegatos que sugieren que el Sr. Broadbent se comportó  de manera no profesional en la forma en que subastó algunas de esas botellas, y que su relación y negocios con Hardy Rodenstock, quien descubrió la colección original [que contenía las famosas "Botellas Jefferson" falsas] se sospechaba que podía ser impropia.” (De Decanter.com; mi traducción)

Por su parte, Benjamis Wallace, autor del libro, publicó en exclusiva en Dr. Vino una carta explicando su posición sobre el caso. “Nunca fuí demandado personalmente por el Sr. Broadbent y no tomé parte del acuerdo y las disculpas negociadas por ‘este y Random House”, dice (mi traducción).

¿Yo qué les voy a contar? En realidad sigo estando de parte de Benjamin Wallace y considero excepcional su libro. The Billionaire’s Vinegar se lee como uan trama detectivesca, pero al final es una profunda reflexión sobre algunos de los aspectos más terribles de la cultureta del vino en el último par de décadas. Como lo hiciera alguien en un comentario al post de Dr. Vino, sinceramente le deseo suerte al Sr. Broadbent en la misión de rescatar lo que quede de su legado. No creo que tenga culpa alguna Benjamin Wallace, quien solamente narraba magistralmente los hechos. Los negocios con Hardy Rodenstock, aunque Broadbent los hiciese con toda la inocencia y buena fe del mundo, al final lo embarraron. Y el embarre, tristemente siempre e injustamente a veces, trae su factura.

Michael Broadbent es posible que se dejara llevar por el entusiasmo cuando lo de las “Botellas Jefferson”. Es posible que fuese engañado en un timo elaboradísimo. Uno puede especular en cualquier dirección. Para mí la lección que queda es que en la cultureta del vino, esta fulgurante hoguera de vanidades, aspiraciones sociales, chulería, cogebobos y mentecatez, hay que andar muy al loro. La ingenuidad y su prima la credulidad son mala compañía en este medio, especialmente para el amante honesto del vino. Hemos llegado a un punto en el que más vale, para que no le pase a uno lo que a Michael Broadbent con Hardy Rodenstock (por poner sólo uno de montones de ejemplos posibles), no fiarse de nada ni nadie hasta verificar exactamente de que va.

¿El futuro del vino? Ni idea. Pero el pasado reciente y el presente son un asquito. Cada día surge un fraude nuevo, se levanta una nueva nube de especulación y sospecha sobre tal o cual escarceo o choriceo. Los medios especializados en este tema que tanto nos apasiona parecen todos estar vendidos al mejor postor. A los que no estamos aquí siguiendo ninguna frívola moda, ni pretendiendo lucrarnos, ni buscando nada más que no sea el disfrute profundo de una cultura rica y milenaria, todo esto nos parte el alma.

Lo que me lleva al tema que tanto tiempo nos ha estado ocupando en recientes semanas. Sí, ha sido responsable de un aumento en el tráfico de este blog la cobertura que he dado al “Affaire Campo” y a los tejemanejes en torno a Wine Future Rioja 09. Hay mucha gente fascinada por el asunto, aunque pocos se atreven a derramar sus opiniones sobre él en público. Menos aún son los dispuestos a investigar el caso a fondo, buscando la verdad, sea cual sea. Y algunos te dicen tener evidencia, pero se la guardan “para defender el pellejo y no cerrarse puertas, que la cosa está muy mala”.

Mierda.

Yo ya llevo tiempo con una retahila de preguntas sin respuesta (comenzando por aquella sincera pregunta a Javier Arauz sobre los estudios médicos de Pancho Campo, que sigue sin responder; buscas “Dr. Francisco Campo” en Google y no te sale mucho más que alguna cuasialmodovaresca coincidencia pretérita del nombre, publicada en El País en 1983 con relación a algún anestesiólogo chileno con Mercedes Benz en Barcelona). Llevo tiempo manteniendo toda la ecuanimidad que me es posible, dejando que vaya cayendo la evidencia por sí sola y encendiendo sobre ella la luz que tengo a mi disposición. Pero todo esto parece ser un caso de empeñarse en alumbrar a quienes insisten en andar a oscuras, tenga eso las consecuencias que tenga. Labor quijotesca. Cosa de locos.

Es por eso que he decidido finalmente decir “A otra cosa, mariposa”. Si surge evidencia concreta que inculpe o exculpe a alguien, que me llamen, me la enseñen y entonces comentaré, pero mientras tanto quisiera que estas páginas recobrasen un ritmo menos frenético. Quisiera, fuera de la industria del vino y sus trapicheos (que, dicho sea de paso, rarísimas veces han creado nada que yo remotamente desee beber, pero sí dan mucho de que hablar con lo que pretenden llamar “vino”), encontrar otro ritmo, otro flow.

¿Les conté que la gente detrás de Twitter va a sacar un vino?  El vino “Marca Twitter” se elaborará en asociación con Crushpad, una firma vinificadora de San Francisco. Ayer en CNN comentaban que costaría US$20 la botella, una sustancial porción de lo cual irá a beneficio de Room to Read, un fondo de alfabetización infantil. La presentadora del programa añadió, de repente, “Por US$20 deberá ser bueno, ¿no?” Su compañero en cámara se encogió de hombros.

La otra botella aún no está en Twitter. Me basta con esto y con Facebook, la verdad. Pero el diablo son las cosas. Va y un día me tientan. No creo que sea con vino…

Y ya, Final feliz con videito musical de Lambchop, que va muy bien con el discurrir de este viernes:

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