Recuerdo…

Recuerdo como, hace un par de añitos, se levantó tremendo follón por ciertos escritos que algunos publicáramos en torno a Pancho Campo, su vida, sus milagros y su credibilidad. Ayer tarde recibí la noticia de que Campo había “renunciado” a su título de Master of Wine. Esto, posiblemente poniéndose alante, ya que cuentan las malas lenguas que la investigación ordenada por el Institute of Masters of Wine de las antedichas vida, milagros y credibilidad de Campo en virtud de eventos recientes que todos conocemos. Vamos, que se tiró por la borda antes de que lo tiraran. O por lo menos eso cuentan las malas lenguas. Que son muy malas, sí señor.

La cuestión es que Pancho alega que ahora se dedicará de lleno a la promoción de “eventos musicales y deportivos”, dejando atrás su chamuscada carrera en el negocete del vino.

Quería yo, que estoy un tanto haragán en esto de escribir, dedicarle al ex-MW una canción, por lo de su renovada carrera en el mundo del entretenimiento…

Vídeo

Kiko Veneno, “Los managers”

Del magistral álbum de 1998, Puro veneno. Kiko y Cía. hacen una simpática versión del clasicazo de Pata Negra. En la letra podríamos añadir a un nuevo personaje, “El Pancho”.

¡Piiiiiiiiip!

Hola, amig@s. Es difícil de creer que hace ya más de un año que abandoné mi actividad como bloguero. La otra botella fue, durante bastante tiempo, un proyecto que me ocupaba mucho. Pudo haberse visto en algunos momentos como una obsesión. Me sentía extrañamente obligado a estar al día, a opinar sobre el vino y su condenada cultureta. Hasta que un día dejé de sentirme así.

Cualquiera hubiese pensado que “me liberé”,  que dejé de lado algo tan acaparador de mi tiempo y energías que se hacía patológico. Pero no. Si bien dejé una patología, me metí en otras. Los más cercanos a mí saben como estoy de mi trabajo, el de pagar los vicios… O sea que no es que haya tenido mucho rato para extrañar a La otra botella.

La cosa es que te largas, te dedicas meramente a beber vino, sin preocuparte por tomar notas, o fotos, o por hacer comentarios inteligentes, y la cultureta va y cambia. Viejas alianzas se disuelven. La gente suelta ideas que antes tenía como dogmas. Figuras enaltecidas caen en picado. Surgen un millón de voces blogueras (¡Porque carajo, hoy todo quisque tiene un puñetero blog de vinos! Por más que quisiera, de un año a esta parte mantenerme “al día y en la cosa” sobre todo lo que se escribe de vino sería una labor interminable). Aquellas nociones “extremas” de las que una vez fui paladín semisolitario ahora son abrazadas cálidamente por ese millon de nuevas voces blogueras. Y yo, pues, llegué a pensar que no hacía falta. Batman se retiró a la baticueva y se dedicó a jugar a la bolsa online, a dar el coñazo en Facebook y a soñar con volar.

La cuestión, ya que hoy entré a aprobar unos comentarios laudatorios y me entró el gusanillo escritoril, es: ¿Y cómo se vuelve?

Aunque el discurso y los medios hayan cambiado, la cultureta del vino sigue dando de que hablar, si bien ya sus tejemanejes frauduentosm chanchullos y vergüenzas la hagan más digna de El jueves que de una disertación filosófica, puede que aún el Camblor pueda hacer algo con ella. Que aún haya otra botella más por abrir.

Como hacerlo continúa eludiéndome. Pero quería dejarles estas líneas para que sepan que me lo estoy pensando, y que de nada vuelve el cubano calvo a fastidiar la paciencia. Sólo hace falta algo que venga en el aire e inicie una fermentación.

A todos los que me han venido siguiendo la pista este año y algo, que han continuado suscritos al blog y me han manifestado que esperan por mí, que qué coños me pasa, un fuerte abrazo y mi más sincero agradecimiento. Si esto vuelve a coger candela, es culpa de ustedes.

Apuntes de buena vida en una crisis existencial 2

Ciertamente es verdad que nos llega buen vino de regiones que nos eran desconocidas e indisponibles hace sólo veinte años. Pero para mi paladar eso significa muy poco, pues muchos de estos vinos se unen a una aglomeración internacional de vinos de clima caliente cuyo efecto trae a la mente aquella vieja frase británica: “Mucho de una muchedad”. ¿Que hay otra fuente más de los mismos vinos de los que ya tenemos tantos? No estoy seguro de que eso deba importarme.

- Terry Theise, Reading Between the Wines

Ya les dije. Vuelvo al libro de Terry Theise. Me satisfizo tanto su lectura que quisiera prolongarla, sacando pedacitos de la sabiduría de Theise y aplicándolos a mis próximas entradas. No sé para cuantas valga esto, pero por lo pronto al menos media docenita se me ocurren.

“Mucho de una muchedad”. Genialmente, Theise da en el clavo sobre el extraño malestar que vive la cultureta del vino actualmente. Demasiado de lo mismo. Y esto aplica al vino mismo, pero también a sus diversos discursos. Encarémoslo: Los tres o cuatro registros que tiene la enochaladura a principios del s. XXI se han vuelto harto repetitivos. Sea cual sea la temática a la que nos aferramos, tendemos a demasiado de lo mismo. Como cantantes de repertorio limitado, no sólo damos el coñazo al prójimo, sino que acabamos por aburrirnos a nosotros mismos con nuestro cantar. Aquel primer centenar de notas de cata que publicamos en la red, o aquel primer centenar de airados debates que tuvimos en torno a igual número de botellas, no saben a lo mismo después de que hemos repetido lo mismo dos, tres, cuatro o cien centenares de veces.

Demasiado de lo mismo. La cantidad de vinos idénticos que tenemos a nuestra disposición. La cantidad de “noticias” de onanismo comunal en la cultureta del vino: Fulano recibió tal premio, un chino se gastó una cantidad obscena en una subasta de burdeos de copete, fulano es el primer Master of Wine de Paraguay, siete vinos del Priorat ganan 100 puntos Parker… Pasa uno de meramente blasé a muerto de asco en un abrir y cerrar de ojos.

La cita de Theise y toda esta perorata viene a que pretendo seguir entediándolos con las notas de bebienda tomadas en Nueva York en julio. Esto antes de pasar a contarles de ciertas excursiones vínicas más recientes. No es dar el coñazo por dar el coñazo, ojo. Veo esos apuntes en el iPad y me parecen dignos de un poquito de análisis. No importan en sí los “descriptores” con los que salgo si no consideramos por qué salgo con ellos—qué proceso me lleva no solamente a reconocer una conexión nemómica, sino a exponerla de esta manera tan peculiar.

Con suerte llegaré a una explicación de por qué actualmente me da vergüenza tomar notas cuando pruebo un vino. ¿Será porque temo eventualmente sentir necesidad de compartir mis apuntes y, por consiguiente, aburrirnos a mi prójimo y a mí mismo? ¿O será algo más?

Media docena de notas completas tengo en la pantalla. Lo más obvio es que reflejan mi deseo de evadirme de ese “mucho de una muchedad”.  Según puedo observar, opera en mí una promiscuidad que no obedece a ansias de acumular referencias,  sino a un legítimo deseo de sentirme estimulado—sensual e intelectualmente—en diferentes maneras por diferentes vinos. Me dejo atraer por una infinidad de vinos. Doy oportunidades incluso cuando creo que no son merecidas. Me dejo llevar, sabiendo que el vino valida todo lo mejor de mi existencia. Pero, ¿necesito tomar notas?

Me recuerda todo esto a alguien:

Y él escribe. O sea que la necesidad de anotar… Bueno, no sé. Pero quizás es precisamente para poder marcar esos fenómenos—vinos, mujeres, canciones, películas, libros, cuadros, zapatos, páginas web, platos—que rompen con la “muchedad”.

La media docena que les decía…

Gilbert Picq, “Vosgros”, Chablis 1er Cru 2000: Un claro ejemplo de oxidación prematura.

Fuera de la nota les comentaré brevemente lo mucho que me joden estas botellas chafadas de borgoña. Vinos con los cuales pretendí formar una relación a mediano o largo plazo, de los cuales compré botellas para probar a los dos, tres, diez, veinte años. Vinos con los que quería, para abusar de un cliché, crecer. Y sin embargo, toda expectativa queda traicionada por un fenómeno para el que hay cien explicaciones y no hay ninguna.

J. & H. A. Strub, Riesling Spätlese “Niersteiner Delberg”, Rheinhessen 2002: Siguiendo con la liquidación de inventario de dudosa longevidad, adquirido cuando creía que tendría todas las semanas del mundo en Nueva York para irlo liquidando eficientemente, nos tiramos a otra región que no sea Borgoña. Aquí me sorprendo con un riesling ligero y de dulzor moderado. Limpio, brillante y aún primario. Un vino no muy complejo, que se deja beber muy mansamente, igual hoy que cuando lo compré.

Que no pase desapercibido: En esa mansedumbre es precisamente donde radica su encanto, su valor para mí. Un vino que se acopla a mi vida, que no pretende grandezas. Que está feliz siendo bebido. Un punto sobre el que recalca mucho Terry Theise en su libro es ése: Nunca despreciemos los vinos que sólo aspiran a ser consumidos sin complicación, en la tranquila cotidianeidad.

Ah, por cierto, creo que el importador a EEUU de este vino lo fue… Terry Theise.

A. J. Adam, Riesling Kabinett “Hofberg”, Mosel 2009: Una nariz de potpourri, comino tostado, arena y toronjamelocotón sobre mineralidades discretas, pero decididamente presentes. Un poco más dulce de lo que esperaba. Bien primario y, aunque trae mucho, desorganizado. Fruta amplia en un paso de boca grácil, con notas de jengibre en el paladar medio. Largo, rico. Un tanto sulfúrico. Le falta tiempo para ganar precisión y decidir lo que quiere hacer con sus atributos.

Joseph Matrot, “Les Chalumeaux”, Puligny-Montrachet 2002: Otra del haber cambloriano abierta por miedo a oxidación prematura. Está muy bien. Salino. turrón de Alicante, pera y limón con mineralidad fina, muy presente. Completamente seco, pero cremoso de textura. Primario. apretado. Excelente acidez en un posgusto largo con notas de cardamomo y canela. Buen puligny, que me costó barato en su momento. Lo que lo hace doblemente meritorio.

Alberto Tedeschi, “Spungola Bellaria”, Monteveglio IGT 2007: Botella comprada en Chambers Street Wines, a recomendación de Jamie Wolf. Andaba yo naturalero ese día y… Muy bonito color dorado intermedio Sidresco en boca, con notas de piel de pera y perifollo, comino en grano, piedras calientes y madreselva. Lo mismo en boca. Salino, con textura granulosa, muy buena acidez y buen largo. Suculento cítrico de toronja rosada. Muy especiado. Carne ahumada. Un vino complejo, completo, con muchísimo carácter.

Interrumpo la progresión en este momento de vinos tan deliciosos para recordarles la principal razón por la que me encanta Nueva York: Allá me acuerdo de lo mucho que me gusta cocinar. Salgo a la calle y me encuentro con ingredientes que me inspiran con su frescura e impecable calidad, que me piden que me ponga creativo.  Copiar y comentar todas estas notas de vinos y recordar los platos con los que fueron acompañados me hace pensar que desde ahora pasaré un mes de cada año en Nueva York, preferiblemente en primavera u otoño y con mis hijos. Me costará lo suyo alquilar un apartamento con cocina, pero creo que valdrá la pena. Es algo que me debo a mí mismo y que le debo a mi familia.

Bueno, volviendo a la materia…

Thomas-Labaille, “Cuvée Buster” Monts Damnés, Chavignol, Sancerre 2008: Mineral de una forma sorprendentemente poderosa, este Buster póstumo, considerando que las últimas dos o tres añadas brillaron más bien por frutalidad. Limpio, con aromas de perifollo, yerbabuena y limón sobre notas calizas. Muy vivo, con vibrante acidez y mineralidad granular en boca. Excelente vino para crudi.  O sashimi. Largo. Compacto. Ultracrujiente. No he probado mucho sancerre del 2008, pero si esta muestra de economía frutal traducida en esbeltez y mineralidad es seña, va a ser una añada que me proporcione bastante placer.

Domaine Philippe Gilbert, Rosé, Menetou-Salon 2009: Luminoso color de fresa coralina, o coral afresado, no sé… Mineralidad finamente salina es la primera impresión nasal. Luego fruta roja fresquísima y jengibre. Lo mismo en boca. Completamente seco, con un delicado amargor en el paladar medio. Largo y etéreo. De este vino me hubiese bebido un par de cajas en el transcurso del verano, de haber tenido acceso regular a él. Lástima que ya no vivo en Manhattan.

Domaine Ostertag, Muscat “Fronholz”, Alsacia 2007: Botella consumida la noche en que llegamos de nuevo a Santo Domingo tras aquellos felices días en Nueva York. El vino lo importa mi amigo César Castro, de Terroir Santo Domingo y uno de los encargados de mantenerme provisto de bebestibles en estas tierras, donde “mucho de una muchedad” nunca parece ser suficiente. Añado esta nota aquí porque me aparece en la misma página que la de ese rosadito de Menetou-Salon. Vaya usted a saber.

Nariz bullanguera y putonga de toronja, litchi, agua de rosas, melón y azúcar pastelera. Sí, gewurzesca… Pero también trae una muy admirable carga mineral—el lado serio detrás se su sandunga, por así decirlo. Toquecito de detergente en el conjunto. Lo mismo en boca. Seco, pero muy, muy frutal. Aunque muy disfrutable, me quedo esperando un poquito más en el posgusto y no me lo da.

Hasta aquí estos apuntes, que no sé ya si están o no están en contexto. Es la vaina de intentar compartir experiencias. Siempre faltará algo. Siempre te quedarás corto.

Bueno, he blogueado por hoy. Ya me dirán si esto ha servido para algo. Les dejo con un videito de un artista que recién he descubierto. Se trata de Peter Mulvey, con cuyas letras me identifico tremendamente y cuya destreza guitarrística envidio desmoderadamente. Si me sentara a escribir canciones ahora, a mis cuarenta y tantos, desearía que fuesen una millonésima parte de lo gustosas que…

 

 

 

Interludio musical

Siempre he sentido una irresistible atracción a The Velvet Underground . Cosas de la vida, que no importa lo que me pase o lo que sienta, siempre encuentro alguna canción de ellos que me sirve de banda sonora perfecta.

En el álbum “pop” de los Velvets hay una cancioncita de ésas de caminar por el parque, infinitamente tarareable. Si la cantas lenta, es una canción de cuna irónica. Si la aceleras, es… Bueno, tiene  una cantidad cebollesca de capas. Mirando el solazo tropical, otras cincuenta capas más.

El otro día me encontré una versión de “Who Loves The Sun?” que no era la original. Hafdis Huld, la divina islandesa que prestara su voz a GusGus. Me enamoré.

Lejos de la angular dureza electrofunky, aquí la acompaña sólo un ukelele (en forma de Flying V, nada menos, lo que es una gozada y quiero uno…). Un milagrito de economía musical y emocional. Eso. Sólo quería compartir el  placer que es Hafdis…

Apuntes de buena vida en una crisis existencial 1

Todos los días pienso en abrir el editor y escribir una entradita. De verdad no quiero que se me marchite el blog. Pero interfiere el trabajo, que no perdona y me requiere mucho. Muchísimo. Al punto de dejarme muy poco tiempo y energías.

E interfieren otras cosas. Como, por ejemplo, el libro de Terry Theise. No estaba yo muy en las de leer libros de importadores americanos de vino después del leñazo de Neal Rosenthal. Pero el tomito de Terry venía bien recomendado y sé que el tipo escribe fenomenalmente, o sea que me lo bajé al iPad en cuanto salió.

No me extrañó para nada que Theise y yo coincidiéramos en muchas ideas. Lo que sí me tomó por sorpresa fue que leerle me sumiera en una especie de crisis existencial en cuanto a mi acercamiento al vino y a mis textos sobre vino. De repente me encontré valorando la complejidad y la simplicidad por igual, encarando alegremente lo inefable y, sobre todo, considerando inútiles un par de libretas que tengo llenas de notas de cata pendientes de publicación.

Para hacerles el cuento corto, me encuentro mis notas de cata no solamente inútiles, sino aburridísimas. Incluso como ayudas a la memoria a mí mismo me sirven de poco, pues redundan. En los casos de vinos buenos, no me recuerdan nada que haya yo tenido yo ocasión de olvidar, pues ese tipo de vinos se te mete y no sale.

Quizás haga un reporte sobre Reading Between the Wines, que así se llama este potentísimo libro de Terry Theise, o quizás no. Quizás extienda mis comentarios sobre él a varias entradas, en la medida en que sienta su influencia cuando me siente a escribirlas. O no sé. Vamos a ver lo que pasa.

El asunto es que estoy escribiendo ahora. Y eso es bueno.

Me había quedado al principio de contarles lo que hice en aquel viaje a Nueva York a principios de julio. Desde que vivo en Santo Domingo, Nueva York me late como el fantasma de un miembro amputado. Extraño aquello tremenda, dolorosa y constantemente, pues no me acostumbro a este entorno al que decidí mudarme. Pasarme doce días en Manhattan, en un apartamento alquilado con su cocina (que aunque no óptimamente equipada, bregó) fue un bálsamo mientras estuve allá. Volví a la buena vida, con excelentes vinos y cocinando cada noche con ingredientes orgánicos de impecable calidad—el tipo de materia prima cuya ausencia de los mercados en Santo Domingo más me duele, ya saben, vegetales cuidadosamente cultivados, sin abonos químicos, pesticidas, etc., o carnes sin hormonas, antibióticos y otras porquerías nefastas, o ¡pescado fresco!. No me faltaron esas cosas en Nueva York. Estuve feliz un rato.

No me cansaré de repetirlo: Uno no sabe lo crucial que resulta en una cocina civilizada algo tan sencillo como papitas bebés frescas hasta que va a buscarlas en el mercado y se harta de buscarlas sin encontrarlas.

Mirando mis apuntes ahora, en Santo Domingo y a unos meses—demasiados meses—de distancia, pues me pongo a comparar y busco la manera de reconciliarme con mi ya-no-tan-nueva existencia.  Aquí no hay muchas de las cosas que me otrora me daban confort y dirección: Las recompensas que justifican el durísimo trabajo de cada día. He de transarme por otro orden de compensación. El truco está en llegar a conformarme. ¿Lo lograré algún día?

Disculpen si parezco divagar sin sentido. La culpa es de las ausencias, que me desorientan. Y la culpa también es de Terry Theise, porque su libro acaba de echarme a perder cualquier esperanza que aún albergase yo para la supervivencia de la nota de cata como modo de comunicar algo.

Las listicas de supermercado o inventarios de despensa haciéndose pasar como descripciones. La hipérbole onanística. La más que cuestionable motivación detrás de seguir colgando esos parrafillos cuya conexión con algún vino alguna vez ingerido o escupido es… Bueno, eso, más que cuestionable.

Pero en mis libretas existen los parrafillos de marras, prolijamente redactados en mi letrica. Cagüenellos. Hasta vergüenza me dan. No sé que hacer con ellos. Me da cosa tirar las libretas en el cajón del reciclaje (particularmente porque no estoy muy seguro de que aquí en Santo Domingo los encargados del reciclaje reciclen nada), quizás por alguna bíblica culpita que me dice que desperdiciar la semilla es pecado mortal. Y esas notas se suponía que fuesen la semilla de algo, por estériles que ahora me parezcan.

No lo pienso más. Aquí les endilgo una decena de estas vainas, con todo y fotos de las correspondientes botellas. A ver si a alguien le sirven de algo y me lo dice. Así me sentiré mejor.

Guy Bossard-Domaine de l’Écu, “Expression d’Orthogneiss”, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 2007: Amplio, con mucha fruta amarilla y naranja sobre flores blancas. Cítrico y salino, con muy buena garra. Excelente aperitivo para una tarde perfecta en Manhattan. De esos vinos que, cuando tus sentidos están en atención, los llevan al siguiente nivel de feliz alerta.

Edmunds St. John, “Bone Jolly” Gamay Noir Rosé, Witters Vnyd., Eldorado Cty., California 2009: Purísima cerefresa con un deje de cardamomo. Un aroma rico, sencillo y sencillamente atractivísimo. Muy transparente, completamente seco y masticable en boca. Largo y sabroso. Cada sorbo genera sed del próximo. Delicioso.

Insertemos algo en el espíritu del libro de Terry Theise: El bueno de Steve Edmunds se refirió a este vino en Facebook (le tengo entre mis amigos) como “el más sexy Bone Jolly” de su historia. Puede que lo sea. Puede que no. Es innegable que sexy sí que lo es. El “>” o “<” me resulta absolutamente irrelevante si quiero escaparme de la obsesión cuantificatoria/comparatista que ha sobreocupado a la cultureta del vino en los últimos dos decenios. ¡Que cada vino exista en función de cada botella en su interacción conmigo! Y listo. Esta botella de Bone Jolly

Bernard Baudry, Rosé, Chinon 2009: Un color delicado, de rosa inglesa con destellos coralinos. Hermoso. Nariz frutal, simpática, de fresas, melón de Castilla, anís y arena. Lo mismo en boca. Redondo y rico. Nítido golpe de toronja y un deje sutil de papaya madura en un posgusto largo y bastante menos tenso que las dos añadas anteriores.

Occhipinti, “SP68″, Sicilia IGT 2008: Heno, cuero, barro cocido y alcanfor adornan fruta de incredible pureza. Limpio, fresco y brillante a la vista, la nariz y el paladar. Largo, especiado, con una irresistible jugosidad. Algo me sugiere zarzaparrilla.

Fuera de la libretica, algo que añadir. Existe una razón de peso por la que la imagen de la botella de este SP68 es más grande que todas las otras. Es para llamar atención a un importantísimo detalle en ella. Quisiera hacer copias de la etiqueta para regalarlas a todos los bodegueros y enólogos de zonas mediterráneas que alegan que las rutinarias graduaciones de 14 y 15% en sus vinos son “inevitables”. El 12.5% de alcohol que con tan conspicua elegancia lleva este precioso tinto de la Srta. Occhipinti—vino, dicho sea de paso, que podría beber todas las noches del resto de mi vida natural sin cansarme de él—es la más fehaciente prueba de que es hora de dejarse de esos bullshiteos.

Pena das Donas, “Alma Larga” Godello, Ribeira Sacra 2008: Un godello distinto. nada de exuberancias florales de jaboncito de olor, ni coqueteos golosos. Huele cítrico y mineral, seco y austero. Me gusta. Ese tipo de linearidad estoica tirando a minerales oscuros me atrae. Jugoso en boca, toronjoso y con un deje de pera, pero seco y con un centro firmd que no tiene nada que envidiar a un buen chablis. Largo, con fuerte nervio. Loiresco. Su severidad me es irresistible.

Lucien Crochet, Pinot Rosé, Sancerre 2009: Otro rosado de Crochet que se tambalea en la frontera de los Buenos modale y la anodinidad. Bonito color asalmonado. Manzana, melon y cereza en la nariz con la justa mineralidad de fondo. Jugoso, agradable, con notas de violetas y rosas secas adornando el retronasamen. Pero el todo resulta un tanto aburrido.

Para que no vaya a contagiarse lo aburrido de ese rosado de Sancerre a esta página, démonos una pausa. Ya en otras ocasiones les he contado sobre Rouge Tomate y como se ha convertido en uno de mis restaurantes favoritos en Manhattan, sobre todo a la hora del almuerzo. Su Business Menu es un chollazo. Tres platos por US$29, de una cocina esmerada, con exquisitos ingredientes orgánicos, bellamente presentados. ¿Qué más puede uno pedir.

Nada, que quería darles mi habitual mención y saludo, porque allí he estado ya unas cuantas veces este año y pienso repetir muchas más. La foto a la derecha es de un divino filetito lubina a la plancha sobre caldo de azafrán. Platos que me inspiran…

Y ahora, a vueltas con las notas. Las fotos de las botellas todas las tomé en la esquina de aquella cocinita en el apartamento que alquilamos.

Barrère Viticulteurs, Clos de la Vierge, Jurançon Sec 2009: La nariz comienza en un juego de manzana y mineralizad, surgiendo luego una tercera corriente de guanábana en el medio que hace el juego mucho más interesante. Amplio y con excelente fruta en la boca. Mucho agarre también. Largo, cítrico y especiado de posgusto, con una textura ligeramente granulosa.

Bernard Moreau, Chardonnay, Bourgogne 2008: Un borgoñita muy dugno por debajo de los US$20. Nariz levemente oxidativa de manzana asada, azahar y potente mineralidad, con vainilla tangencial, muy controlada. Excelente boca, viva, concentrada, con un potente nervio acídico-mineral. Posgusto en capas, muy rico.

Kiralyudvar, Tokaji Sec, Hungría 2006: Adquirido por como US$15 a insistencia del dependiente de Columbus Circle Wines, resulta ser una ganga extraordinaria. Y de ésas la verdad es que no hay tantas hoy por hoy… Color dorado medio, luminoso. Huele a algo mucho más dulce: Mirabelle, albaricoque desecado, algo de piña, cardamomo, humo , oxidación y un deje de botritis, quizás. En boca es abocado, amplio y vivísimo. Muchas capas de sabor, cada una con un vapor salino-dulce. Muy intenso e interesante.

Domaine Rollin, “Hautes Côtes de Beaune”, Bougogne 2007: Nariz bella, pero tímida. Frambuesa y cereza, rosas y bulbos de anís, junto con una sutil nota prosciuttesca y roca triturada. En boca más o menos lo mismo, con excelente acidez y buenos taninos. Se deja beber muy bien en el proceso de cerrarse.

Josef Leitz, “Eins, Zwei, Dry” Riesling Trocken, Rheingau 2009: Limón y toronja blanca con buena mineralidad. Limpio,seco y refrescante. Para beberlo sin pensárselo en absoluto. Te bajas la botella solito/a sin darte cuenta.

Se me antoja que el placer que me dió este rieslingcito seco de Leitz es muy parecido al placer que me dan las jícamas. No sé si les he contado alguna vez, pero la jícama es uno de mis vegetales favoritos. Adoro su textura, su frescura y su jugosidad. Y más que nada adoro el hecho de que esas cualidades vienen en un empaque que, a decir verdad, no es lo más estéticamente agraciado de exterior.

Una delicia, la jícama. Le rindo homenaje ahora desde Santo Domingo, donde la jícama ni crece, ni es importada. Una lástima, la verdad, porque sospecho que gustaría. Su sabor es el de un eterno verano, como el que hay aquí.

¿Habré escrito demasiado ya? Me parece que sí. Como no había colgado una entrada desde hace tanto, he perdido un poco el sentido de la proporción. Me quedan algunas notas de bebienda más. Las pondré en una segunda parte, que ya estoy un poco cansado y ustedes deben estarlo también. Les dejo con un videito. Peter Mulvey es un cantautor a quien he estado oyendo mucho últimamente. Me gustan su estilo en la guitarra, su voz y sus letras. “Some People” es una canción de su último álbum que para mí dice mucho de lo que es buena vida. A ver…

¡Sáquenme de aquí!

Gracias a todos los lectores/amigos de este espacio que me han enviado amables notitas para decirme que es bueno, que siga, que no lo abandone, etc. De verdad que se aprecian las palabras de aliento y, cránlo o no, tengo todas las intenciones del mundo de continuar blogueando. El problema, como he repetido muchas veces en los últimos meses, es que la vida y el trabajo que paga el cole para mis hijos interfieren. Comienza y acaba uno cada día tan sobrecargado y machacado que queda poco rato, mucho menos energía, para ponerse a platicar sobre el vino y su cultureta virutera.

No serán estas breves líneas otra colección más de quejas y propósitos vacíos. Les prometo que haré todo lo posible por organizarme, por encontrar mejores cosas que beber y contar, por escribir. Mi vida diaria es despiadada. Pero aún bajo la más cruel de las tiranías, un espíritu fuerte encuentra el espacio en que seguirse desarrollando.

Pero a lo que iba… Que a la mierda todo: ¡Me voy de vacaciones! Tras cuatro años enteros sin cruzar el charco, el los próximos días lo cruzaré, cayendo brevemente sobre mi Europa querida para comer y beber alguito, encontrarme con un puñado de amigos queridos y dedicarme a algunas trapisondas de ésas de como-si-no-hubiera-nada-más-jodiendo-la-paciencia. O sea que no me esperen blogueando in extenso o sistemáticamente todavía. Les diré cositas sobre lo que me encuentro en mi merecidísimo (coño, créanme, me lo merezco) asueto a través de la paginita de Facebook, para que sepan en que estoy. Resulta, cuando uno anda tan acelerado por la vida, reconfortante el límite de 420 caracteres de los estatus que puede uno publicar allí.

Ya ya. Eso era. Les dedico una brillante canción del grupo venezolano Tomates Fritos, que bien podía haberla escrito yo, pues llevaba meses cantándola en mi mente y, aparentemente, en voz alta por las calles de Santo Domingo, sin haberla escuchado nunca. Hasta que alguien me pasó el mp3, pues le hizo mucha gracia el que existiese una especie de “nudo místico” entre estos muchachos y yo, que expresábamos el mismo sentimiento con una melodía no disimilar, en lugares distantes. Amigas y amigos, Tomates Fritos: