La otra botella

Puede y debe mejorar…

Julio 13, 2009 · 21 comentarios

Esta semana he de irme a Punta Cana a cumplir con un compromiso. No estoy seguro de poder colgar nuevas entregas hasta por lo menos el fin de semana, pero podré leer y responder a comentarios.

En uno de esos momentos de autoanálisis que casi acaban en autoflagelación, me he puesto a pensar que La Otra Botella, aunque es muchas cosas para mucha gente, no es todo lo que debería.

Este blog lo inicié hace ya poquito menos de dos años y medio, cuando se lanzó Lomejordelvinoderioja.com. Desde entonces ha llovido bastante y La Otra Botella ha sufrido varias transformaciones, entre ellas un traspaso a la sensacional plataforma de WordPress y la adquisición de su propio URL. Llegó un momento, a mediados del año pasado, en que por poco se me muere el blog por un período de conflicto personal que tuve. Por momentos no entendía que valiera la pena continuarlo. Pero gracias a las arengas de amigos y a la idea de iniciar el julepe de nuevo en otra parte, La Otra Botella sigue vivita y coleando.

Como toda afición de las buenas, este blog para mí se ha convertido en algo apasionante. Le dedico energías. Me exijo a mí mismo llevarlo de nivel en nivel, buscando sensaciones e ideas nuevas y reevaluando constantemente las sensaciones e ideas de siempre.

Claro, la visión de un hombre que labora sólo en algo apasionante puede a veces nublarse, a veces distorsionarse. Uno necesita que los amigos, e incluso los extraños de buena voluntad, aporten ángulos al campo visual, alimenten el panorama para crear perspectivas nuevas.

De ahí que apele a ustedes que me leen, a 153 entradas del reinicio de La Otra Botella, para que me den sus sugerencias, sus quejas, sus deseos y sus jodas diversas para con este espacio.

¿Qué, a juicio de ustedes, debo hacer para mejorar La Otra Botella?

No estoy hablando de aumentar exposición, generar tráfico, o cualquier otra chorrada técnica  (aunque importantes, lo son), sino al nivel más humano y creativo. ¿Qué falta aquí? ¿Qué sobra?

El buzón de sugerencias queda oficialmente abierto. Se sorprenderán de lo cuán abierto. Ustedes dirán… Les dejo con una cantante que me acompañará durante el trayecto a la playa. Por momentos la siento esta tonadita de Camille  como una especie de “Don’t Worry, Be Happy” para gente como yo…

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Nueva defensa del tiempo

Julio 12, 2009 · 21 comentarios

No hace mucho charlaba con un buen amigo cuyo hijo nació en el 2007, igual que los míos. Hablábamos de los vinos del natalicio de nuestros vástagos que guardaríamos para alguna celebración futura, cuando ya los chicos tuviesen edad de apreciar tanto los vinos como el detalle.

No poco conflictiva es la voluntad que nos lleva a este tipo de gesto intergeneracional con la industria del vino hoy día, y es por eso que ahora, pensando en esa amable conversación con mi amigo, procederé a revelarles otra de las  12 Cosas Que Más Joden a Camblor de la Cutureta Actual del Vino™.

Es el tiempo. Bueno, concretamente es  lo mucho que se ha devaluado el tiempo en cuanto al vino se refiere.

Este amigo y yo hemos tenido que aguantar—es verdad, lo juro—no poca mofa por esta determinación de guardar vino para nuestros hijos, que a muchos les parece anacronística y ridícula. Ya saben, nos toca frecuentemente oir  del orden de “Mis vinos me los bebo yo ahora y mis hijos que se busquen la vida…”

Les parecerá raro, pero la palabra clave para mí en esa sentencia no tiene que ver con el egoismo del padre en cuestión, sino con la marca temporal fijada: Ahora.

Duele pensarlo, pero una de las peores enfermedades del vino hoy día es inmediatez patológica. Sencillamente hemos dejado de concebirn el vino como algo que pueda transcender nuestro momento, mucho menos múltiples generaciones humanas. Aún cuando la “crítica” que propulsa la cultureta habla de largas  “ventanas de consumo” para X o Y enotrofeo, lo hace de un modo que no deja de hacerme intuir un deseo de que esas “ventanas” abran antes mejor que después.

Son fuertes las acusaciones que hoy deposito a la puerta de la cultureta: Egoismo, majadería, inmediatismo, facilismo intelectual… Probablemente crispe a unos cuantos, pero eso no es nada raro en este eterno ejercicio en el gentil arte de hacer enemigos que es La Otra Botella.

Se ha hablado de “vino bien envejecido” desde la antigüedad. Ya entre los romanos el vino viejo era preciado. Sin embargo, lo de guardar vino con el fin de que sus asperezas se pulieran y sus bondades se integrasen en un conjunto armónico  óptimo es una noción que sólo cobra fuerza y extensión en el s. XIX, cuando la burguesía se consolida como poder económico mayor. O sea que las tradiciones de envejecer el vino en la bodega del consumidor, aunque ya tienen su tiempillo, en realidad podrían debatirse como relativamente jóvenes en términos históricos. Pero no creo, vamos. Que siglito y medio como que da solera y ponerse a discutir con eso huele a petulancia.

Sólo puedo hablarles con certeza de mi propia experiencia, en la cual, eso sí, lo de envejecer el buen vino lentamente era algo virtuoso, altamente deseable. Ya hacen buena cantidad las botellas de cuarenta, cincuenta, sesenta, setenta u ochenta años que me ha tocado probar y que me han dejado lelo del placer, absorto ante algo que jamás podría dar un vino joven, maravillándome ante algo que parecería mágico. 

En parte es esa magia la que queremos legar a nuestros hijos aquel amigo y yo. También la extraña ilusión que hace ver la evolución de un vino de la misma edad de uno. Todavía recuerdo el primer vino de 1968 (terrible añada en casi todo el mundo, menos en un par de sitios) que probé. Se diría que comencé por la cumbre. Era el Vega Sicilia “Unico” 1968. Yo tendría veintitantos. Y el vino estaba tan enérgico como yo. Exhibía ya sus cositas, como un joven adulto astuto y bien instruido que deja entrever la extensión de sus estudios, pero se notaba que tenía toda la vida por delante. El mismo vino, probado a mis treinta y mis cuarenta, daba impresiones radicalmente diferentes . Se me habrá escuchado comentar en mi cumpleaños más reciente, con una copa de él en la mano (compensación por el mágnum corchado que abrió el Dr. K para mis cuarenta) que “coño, está más joven que yo”.

Y eso no solamente puedo decirlo de aquel “Unico”. También hay un puñado de riojas clásicos a los que puedo apelar en mis cumpleaños, con similar efecto. Contemplar el paso del tiempo para el vino crea la posibilidad de nuevas y maravillosas perspectivas a la hora de contemplar el paso de ese tiempo para uno mismo. El vino se convierte a la vez en la magdalena, en el espejo del porvenir y en la máquina del tiempo.

Pero, triste y jodidamente, la cultureta no entiende de esas cosas. Dos argumentos devastadores: El público pide vinos para consumo ya y los vinos, dado eso que pide el público, sencillamente no se hacen como se hacían antes, con la misma estructura, con la misma chicha interior. ¡Eeeeeee cultureta, ahay!

No que el consumidor inmediatista deje de buscar ciertas cosas características del vino bien envejecido: Redondez, dulzor especiado, finura.. Pero lo hace caricaturizando esas cualidades, llevándolas a parámetros falsamente cuantificables que “evalúa” per se e independientes uno de otro. Pero lo que le hace el tiempo a un gran vino va mucho más allá de lo medible y lo expresable. Ocurren cosas especiales en ese reposo, se alimenta un carácter. Cosa que no importa, vamos, porque “redondez” en sí la logras en nada con hipermaduración, enzimas, texturizantes, micro-ox, etc. Importa poco lo que viva el vino después de que salga de la bodega, mientras lo compren todo y podamos repetir el proceso año tras años.

Por suerte, el amigo del que les contaba y yo aún podemos encontrar vinos que guardar para cuando nuestros hijos tengan veinte, treinta, hasta cuarenta años. Vinos que vimos nacer como los vimos nacer a ellos. Vinos cuyo progreso podemos seguir (claro, mientras ganas y fuerzas nos permita la edad) y vinos que quizás nos darán la dicha de ver a nuestros hijos adultos flipar en colores ante ellos. Muchos no son vinos de las regiones que tradicionalmente un caballero guardaba en su bodega a largo plazo. Aquellos nobles burdeos de antaño que nos enseñaron lo que nos enseñaron son los primeros que ya no se hacen como se hacían, o sea que apostar por ellos es cosa de tontos. Incluso los hermanos más jóvenes de aquel Vega Sicilia que me enseñara por primera vez el valor del tiempo ya no se le parecen en lo absoluto. Pero hay sus cositas, hay sus cositas. El que busca, encuentra.

Por casualidad, anoche platicaba con otro amigo y le conté que había comenzado a redactar esta entrada del blog. Me preguntó con cara de serio: “¿Pero cuánto estás tú dispuesto a esperar por un vino? ÷No temes morirte antes de verlo llegar a su perfección?” Yo le respondí: “¿Qué sé yo; diez, veinte, cincuenta años… Los que la vida me dé. Si me muero, me jodí. Una apuesta más que perdí y punto. Mientras no lo haya apostado todo, santos y buenos”.

Mi interlocutor cerró el tema diciendo: “Bueno, yo es que eso de los diez años no lo veo. Imagínate que haya que esperar diez años después de comprarse una cerveza para tomársela”.

Y es que al final es eso. La cultureta trata la idea de los grandes vinos de este mundo como lo que no es.

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Cositas y cosotas: 10.07.2009

Julio 10, 2009 · 4 comentarios

Un artículo del Wall Street Journal me ha estado saliendo hasta en la sopa en los últimos días. Traducido no muy prolijamente, su título indica que “el mercado del vino de lujo se estremece por la crisis económica”. El artículo va de como muchas bodegas californianas productoras de “vino premium” afrontan decisiones extremas por motivo de una dramática baja en sus ventas. Aunque se sigue consumiendo mucho vino en Estados Unidos, las botellas por encima de los US$25 en tienda se las están viendo feas para encontrar quien las saque a bailar en el actual clima económico. Incluso, alega el artículo, “hasta los consumidores con amplios recursos han recortado gastos en cuanto a vino caro se refiere”.

La pieza del Wall Street Journal, junto a esta otra de CNBC, de temática relacionada pero llevada por una tangente (y, por cierto, lamentable en cuanto a errores ortográficos), me puso casi inevitablemente a pensar en aquella cata de Ribera del Duero que hice con Patricio Tapia en Wine & Spirits. Desorganizado como tiendo a ser, delante mío en el escritorio todavía está la hoja con las identidades de aquellos vinos. 18 de ellos tienen su precio de venta al público al lado del nombre. De esos 18, 14 están en o por encima de ese punto crítico que son los US$25, la frontera tras la cual se considera un vino “de gama alta”. Más significativo aún, me parece, la mitad de esos 14 “de gama alta” tienen precios por encima de los US$40, estando cinco por encima de los US$70.

¿Que a qué viene todo este desglose? Pues esta lista se me antoja sintomática de la condición en que el negocio mundial del vino se dió de narices con la crisis. El Wall Street Journal se enfoca en California y CNBC en Australia, pero los problemas son indudablemente de todas las regiones que hoy producen vino y, más importante aún, aspiran a vender vino “de lujo”.

No incurriré en otra de mis diatribas sobre la caterva de imbéciles que creyeron que  el mercado del vino “de lujo” era ilimitado, que podían llegar con cualquier vinacho disfrazado de tecnología y madera y vender la botella a US$100, que siempre habrían gringos con más dinero que sentido común, infinitamente boyeantes, para comprar botellas hipercaras. Sólo diré que la lógica y la mesura no han caracterizado los últimos quince años en la industria del vino a nivel mundial. Ahora, a joderse.

Lo que sí diré es que comienza a vislumbrarse una gran purga en el mundo del vino. Dice el artículo del Wall Street Journal: “La bajada sigue a un largo período de ‘boom’ para los vinos de gama alta, propulsado por un aumento en la riqueza y el interés en el vino de los norteamericanos. En recesiones anteriores la alta gama—menos desarrollada que ahora—se vió relativamente inafectada” (Mi traducción).

Lo malo de párrafos así es que parecen simples, pero requieren cierta interpretación para traducirlos del cínico absoluto. Veamos…

1. “Propulsado por un aumento de la riqueza”: Cualifiquemos un poquitón, señoras y señores. Resulta que la “riqueza” generada por las diversas burbujas especulatorias de los últimos tres lustros ha resultado ser bastante volátil, que no puro espejismo. Y si era un espejismo lo que alimentaba al “boom”, va y el mundo se acaba a lo T.S. Eliot, con un gemido.

2. “Y el interés en el vino…”: En una buena parte de los casos, dicho interés se basaba pura y simplemente en delirio de estatus. Además, lo informaban fuentes un tanto cuestionables. Mucho vino hipercaro justificaba su precio a base de puntos, que engendraban ovejismo entre gente con poder adquisitivo (o la ilusión óptica de poder adquisitivo), ergo demanda inmediata.

3. “En recesiones anteriores la alta gama—menos desarrollada que ahora—se vió relativamente inafectada”: Léase, en recesiones anteriores la gama alta no estaba  ni una fracción de una fracción de una fracción lo sobresaturada que lo está hoy. Se componía de un número limitado de marcas de reputación sólida, vendidas a precios relativamente elevados, pero que distaban galaxias enteras de la ridiculez especulatoria que nos ocupara en tiempos recientes. Ah, y el público de esa gama alta tenía una liquidez mucho más sólida—perdonen ustedes el juego de metáforas mixtas, pero no puedo resistir—que los vaporosos espejismos de los que acabo de hablarles más arriba.

La sobresaturación de un medio en el que definitivamente no hay con que alimentar a todos los sobresaturantes llevará—es inevitable—a la muy darwiniana extinción de muchas entidades que resultarán o demasiado débiles, o sencillamente redundantes. La contracción del mercado será figurativa y literal, viniendo primero de la demanda y luego de la oferta. Esto quizás sea salutario. Los que queden quizás queden por haber demostrado que pueden hacer un producto con atractivo probado aún en las malas.

Muchas víctimas de la moda andan por ahí. Y uno aquí, observando de soslayo como la moda acaba por ser víctima de sí misma.

Pero bueno, en otro orden de ideas, que al final viene a ser el mismo, pues todo conecta, etc., les traigo la más refrescante lectura sobre vino que he encontrado en los últimos meses. Como para alegrarle el verano a cualquiera.

Viene cortesía del doctísimo Don Rice en un hilo de Wine Disorder y se trata de un ensayo publicado por primera vez en julio de 1862, en All the Year Round, revista editada nada más y nada menos que por Charles Dickens. De la colección de documentos de mi querido amigo Don, aquí tienen ustedes una meditación sobre “Vinos ligeros” que demuestra cuanto y cuan poco hemos cambiado en siglo y medio. Commentez et discutez, como decía aquel profesor mío de la universidad…

Para uqe no piensen que ando con el pH demasiado bajo, les dejo con un videito dulce, neutralizante, no darwiniano, etc.

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Viñetas de Manhattan 7: La última noche que pasé contigo…

Julio 8, 2009 · 9 comentarios

Fue una excelente visita. Fue una visita intensa. El hotel nos salió bueno. Todas las gestiones que teníamos que hacer las hicimos. La suma final es que Josie y yo lo pasamos muy bien en este viajecito a Nueva York. Ciertos matices tristes hubo, pues la depresión económica se nota mucho en la ciudad. No caminas dos cuadras sin encontrarte alguna tienda que alguna vez frecuentaras cerrada, el local con letreros de “Se Alquila”. Resulta más fácil conseguir reserva en restaurantes que antes hubiesen estado irremediablemente completos. La mercancía en algunas tiendas de lujo tiene aire de inmovilidad.

Aunque es imposible hacerse inmune a ciertas consideraciones socio-económico-político-históricas mientras se contempla tal panorama, mi mujer y yo habíamos venido a recargar pilas. Yo lo hice plenamente, por mi lado. Ella, por el suyo, también. En cuanto a mí, quien haya seguido los últimos artículos en este espacio de seguro concluirá que la marcha fue exhaustiva. Muchos eventos de amigos y vino, uno tras otro. A decir verdad, era justo que el último día y la última noche mi mujer y yo decidiésemos llevarlos a otro paso.

Eso quiere decir que embarcamos en un maratón de shopping olímpico, claro está. Hay que revitalizar el closet y la economía, sí señor.

Pensarán ustedes que es anticlimáctico culminar esta serie con algo que no sea la crónica de un jeebus apoteósico. Quizás tengan razón. Pero mi vida es mucho más que esas cosas. A veces los momentos a dos, con una sola botella y una comida deliciosa dicen más.

Perdón por el momentito cursi. Les decía que andábamos caminando por SoHo y era absolutamente inevitable irnos a almorzar tacos en La Esquina, aquella taquería de la que alguna vez les contara. Es que Josie siente debilidad por la comida callejera mexicana.

El Café de la Esquina, en el cuchillo de Lafayette y Broome.

El Café de la Esquina, en el cuchillo de Lafayette y Broome.

Esta vez no fuimos a la taquería “de a pie”, sino al lado, al siempre repleto Café de la Esquina. Igual puede uno comerse ahí unos tacos divinos, con ingredientes fresquísimos perfectamente preparados y combinados. Pero además hay platos de cocina. Y ponen cerveza. Hasta un puñadito de vinos tienen en la carta. Cosas de mi Nueva York querida: ¿Dónde han visto ustedes un sitiecito mexicano superinformal en que el tinto de la casa sea un Blaufrankisch?

Fiel a su usual deseo, Josie tenía que comer tacos. Yo, por mi parte, pedí de entrada un ceviche “Vuelve a la Vida” que… Pues eso. Acabas vivito y con los poros abiertos. Luego, haciendo caso omiso al angelito de las narices que se me paró en el hombro izquierdo a decirme que si colesterol, que si calorías, me pedí los chilaquiles que me ofreció como “especial del día” nuestra camarera. Aunque me pareciera loable la oferta de vino, cervecita Dos Equis fue la bebida.

Chilaquiles en el Café de la Esquina

Chilaquiles en el Café de la Esquina

SoHo siendo SoHo, probablemente el atractivo de La Esquina y su Café para muchos es el ambiente seudo-b0emio-chic (es que en esa zona todo es “seudo”, señores, por favor…), pero nosotros siempre iremos por la comida. Sencilla, muy bien hecha y con un servicio amable y atento.

Para por la noche, después de haber hecho la maleta, teníamos una cena especial. Siempre recurro a mi gran amigo SFJoe para consultas sobre lo que gastronómicamente vale entre los nuevos restaurantes de Nueva York. En esta ocasión me recomendó a Marea, en Central Park South. “Un buen sitio para una salidita romántica”, fue lo que me dijo mi amigo. Además, se trata de un nuevo local de la misma gente de Convivio, genial restaurante italiano del que ya en su momento les conté. Marea lleva abierto sólo un par de meses, así que es bastante primicia esto, tomando en cuenta mis limitaciones.

Mirando al lado de nuestra mesa en Marea. Saquen ustedes sus propias conclusiones sobre la crisis y los restaurantes neoyorquinos. Eran las diez de la noche.

Mirando al lado de nuestra mesa en Marea. Saquen ustedes sus propias conclusiones sobre la crisis y los restaurantes neoyorquinos. Eran las diez de la noche.

El decorado del sitio es moderno con toques toques eclécticos, elegante y relajante. Predomina en el menú, como el nombre del restaurante lo indica, la cocina del mar. Para mí uno de los principales atractivos de Marea es el crudi bar. Porque soy débil con pescados y mariscos impecables que no ven cocción alguna.

Pero me adelanto… Siendo Marea hermano de Convivio, esperaba que la carta de vinos fuese otra obra maestra de ese magistral sumiller que es Levi Dalton. Pero el sumiller que salió a nuestro encuentro y que se declaró autor de la interesante lista en Marea era un joven llamado Francesco Grosso, a quien creía recordar de antes, aunque quizás no… No sé, su cara y tono de voz me sonaban mucho. Esta carta de Francesco abunda en cositas interesantes del lado esotérico de las cosas. Hay muchos vinos de terroir a buenos precios para apelar a enómanos diversos que vayan en busca de experiencias singulares. Como yo, más o menos. Coincidencialmente, hace poco leí, de una autora que siempre me he encontrado cuestionable, un artículo interesante, precisamente sobre la creación de la lista de vinos de Marea.

Lubina a las algas con almejas, vegetales de primavera y caldo a la soprasatta.

Lubina a las algas con almejas, vegetales de primavera y caldo a la soprasatta.

Algo bueno que tiene la crisis es que ha alentado a muchos restaurantes caros en Nueva York a revisar un poquito los precios e incurrir en la práctica del prix fixe. Marea no es excepción y su menú prix fixe te da la ventaja de poder elegir cualquier combinación de antipasto, primo y secondo en la carta. Si sabes lo que haces, hay poco margen de error.

En mi caso, salí bien en dos de tres. Comencé con una perfecta selección de crudi y mi plato fuerte fue la lubina a las algas con vegetales primaverales y caldo a la soprassata. Donde me equivoqué un poquito fue dejándome arrastrar por mi amor a las mollejas, de las cuales venía rellena la pasta que me sirvieron de primo. Digamos que procesadas como relleno de pasta las mollejitas quedaban sabiendo, en las inmortales palabras de mi esposa, “un pelín a salchichita de coctel”. Vamos, que la asociación me la bajó inmediatamente, por así decirlo.

El kerner de Manni Noessing.

El kerner de Manni Noessing.

En cuanto a vino, busqué en la carta algo que me diese la versatilidad de un buen riesling para manejar una mesa con platos variopintos de mar y tierra. Al final me decidí por un Manni Nössing, Südtirol-Alto Adige 2007. Mi única experiencia anterior con la kerner es de Abbazia di Novacella (ya la he contado aquí). Es una variedad híbrida de riesling y trollinger (una uva tinta) y riesling desarrollada para climas extremos. O algo así. El caso es que el de Novacella me ha resultado un vino sumamente versátil y con muy buena transparencia mineral y quería probar otro.

Suerte, porque este de Nössing lleva las cosas a otro nivel. Limpio, floral,  vivísimo, con mucho nervio y mineralidad cortante. Pero tiene también amplitud y suculencia frutal. Muy bien enfocado, fresco y sí, versátil.

La cocina, el ambiente, el servicio y la carta de vinos aseguran que repetiré en Marea en el futuro. Con los postres, Francesco nos brindó un par de copitas de sabrosos vinos, cortesía de la casa. Pero tras pagar la cuenta, cuando pregunté por él para darle las gracias, me dijeron que se había ido temprano, pues era su cumpleaños. Me quedé sin felicitarlo a varios niveles y agradecer. Ahora lo hago.

Epílogo:

Mi tributo a La Esquina, en una cálida noche dominicana...

Mi tributo a La Esquina, en una cálida noche dominicana...

Ya en Santo Domingo, rendí homenaje tanto al almuerzo en la Esquina como a la cena en Marea, a mi manera y en mi casa. Para cenar una noche preparé una versión freestyle del “Vuelve a la Vida” de la esquina convertido en ensalada. Tiraditos de atún blanco marinados brevemente en una mezcla de puré de chipotle, jugo de naranja, jugo de lima, miel, cilantro en grano, comino tostado, menta y cilantrillo picados y aceite de oliva, servidos sobre ensalada de lechuga, ma;iz fresco, tomaticos, aguacate y cebolla roja.

¿Con qué vino la serví? Pues con el único kerner que tengo disponible aquí, el de Novacella. Digamos que para no olvidar el de Nössing con la comparación…

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Viñetas de Manhattan 6: Crimen y castigo…

Julio 6, 2009 · 9 comentarios

Okey, el título no es que venga particularmente al caso, pero me parecía apropiado si lo que uno quiere es justificar la publicación del siguiente collage a la entrada de la entrada:

Bueno, quizás otro título podía haber sido “En Tía Pol. Sin Gerry Dawes” siendo los caretos de los protagonistas de la composición muestras de indignación al personaje cuyo nombre aparece en dicho título.

Les de sesera rápida ya se habrán imaginado de que va todo esto. Quedo con Brad Kane, Carlos Hübner-Arteta, Jayson Cohen, el verdadero Jay Miller y Gerry Dawes para cenar en Tía Pol—favorito emporio de tapas de nuestro círculo de amistades—y abrir unas cuantas botellitas decentonas. Como ya se está volviendo costumbre, mi buen amigo Gerry (a quien, dicho sea de paso, no veo desde hace ya más de un año) se raja a último momento, alegando compromisos editoriales, viajes y cosas así. Vamos, que nos lo ha hecho tantas veces ya que casi nos lo esperamos y bromeamos sobre como el viejo me está sacando el cuerpo últimamente.

Pero la excusa de esta vez fue… Digamos que fue motivo de un cierto follón. Resulta que al otro día (mi último de esta visita a Manhattan), don Geraldo era panelista en un panel sobre garnacha regenteado nada más y nada menos que por Pepe Peñín.

¿Tengo que decir más? Pensándolo bien, el gestuario facial como que se nos quedó un poco corto. ¡Manda cojones por lo que lo bota a uno un amigo!

En fin, les diré que la cocina de Tía Pol estaba en plena forma. Tapas de cocina diversas, cada una al parecer más cojonuda que la anterior, se sucedieron en nuestra mesa. Josie estaba con nosotros. Ella había tenido una experiencia bastante negativa en Tía Pol el noviembre anterior, a causa de una porción de croquetas tacañísima que nos tocó sentados en el área principal del local. Pero esta noche estábamos en el salón de atrás, el privadito, con los amigos. Mi esposa disfrutó de todas las croquetas que quiso.

¿Qué bebimos?

Pues de la carta del restaurante a mí se me ocurrió pedir algo de color claro, ya que parecía haber demasiado tinto en la mesa. Comenzamos con el Ameztoi, Rosado  “Rubentis”, Getariako Txakolina 2008. Un rosado “de precisión” es como me gusta llamarle al Rubentis. Su belleza radica en poseer a la vez ligereza de trazo y  exquisita delineación de aromas y sabores. Se puede decir de él que es a la vez delicado y electrizante—suave y de “alto contraste”. Fresa y melón, marinidad perfecta, un tono de hierbas secas, otro de cereza. Muy largo. Muy fresco. Muy bonito.

Seguimos con el Trimbach, Riesling “Cuvée Frédéric Emile”, Alsace 2001: Primario, apretado y potentemente mineral, con notas de kerosén sobre limón, melocotón y flores blancas. Firme y largo. Aunque con comida se relaja mínimamente, insiste en que se le dé tiempo.

Jay siempre se bota. Esa noche nos tenía el Château Giscours, Margaux 1961. En un principio apagado, como si estuviese ya en franca decadencia. Pero engañaba. Con un ratito de aire floreció preciosamente: Carne curada, rosas secas, todo tipo de bayas silvestres, piedras trituradas, agua de violetas… Sedoso en boca, maduro, elegante. Tras una hora en la copa comenzó a apagarse de repente, pero fue sólo para volver a sorprendernos al final de la velada con otro renacimiento de aromas y sabores.

El pobre Kane nos trajo un Bodegas Bilbainas, “Viña Pomal” Reserva Especial, Rioja 1962 de una compra reciente que hizo en España y resultó estar terriblemente corchado. Otro que se merece las caras del collage. Seguimos con un Fourrier, Gevrey-Chambertin “Clos Saint-Jacques” 2000 cortesía de Jay. Los borgoñas tintos del 2000 siguen manifestándose. Una añada de placeres precoces, excelente para beber en lo que uno espera otras más de guarda. Fruta roja purísima se presenta de plano, pero da inmediatamente paso a capas de multifloralidad, especias y minerales. Suculento en boca, amplio y muy maduro. Largo, con una agradable nota de piel de manzana al final.

Coincidencialmente, yo había traido un Fourrier, Morey-Saint-Denis “Clos Solon” 2006. Confieso motivo egoista: Tenía muchas ganas de probarlo. Me gustó mucho que tuviéramos dos vinos de este excelentísimo elaborador y que, encima, fuesen de añadas comparables (el 2006 creo que va a ser como el 2000 en cuanto a sus ventanas de consumo). La misma pureza frutal del Clos Saint-Jacques, pero con fruta ligeramente más oscura. Frambuesa negra, cereza, aceite de lavanda, laurel y piel de naranja. Compacto. Sabroso. Quiero volver a verlo en cuatro o cinco años.

Concluimos con un Philip Togni, Cabernet Sauvignon, Napa Valley 1992, mentoladamente perfecto ejemplo de las bondades en las que antaño fuese tan pródiga Napa y que ahora raras veces da. Mentol, tierra negra, caramelo, lavanda, tinta china, arándano negro y frambuesa. Carnoso, puro y con una cierta rústica nobleza. Largo, con taninos vivaces de té negro. Encantador vino.

Y pensar que noches así eran antes cosa de rutina para mí… Ahora, viviendo en Santo Domingo, disfruto de otro tipo de privilegios. Pero nada hará que deje de extrañar esa buena compañía, esa confianza, esa buena comida y esa generosidad con el buen vino que tan fácil resultaba en Nueva York. Algunas veces, hasta aparecía Gerry Dawes…

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Queridos spammers…

Julio 5, 2009 · 2 comentarios

En los últimos tres o cuatro meses me he topado con un fenómeno muy curioso. Debiera molestarme, pero más bien acabo encontrándomelo cómico.

Resulta que me llegan notificaciones de WordPress sobre “Comentarios esperando aprobación” y los comentarios a los que van adheridos son publicidad, a veces descarada, a veces críptica, sobre el vino de alguna bodega en un país de habla hispana. Ya saben, cosas del orden de “Un vino de terroir que todos deben probar”, o “Producto de la pasión y dedicación de Zutanito de Tal, el Oprobius ‘Viñas Viejas’ es, entre otras cosas, la hostia…”

Como notarán, esos mensajes que promueven un vino no los apruebo. Van inmediatamente a mi carpeta de “Spam”. En cierta medida, sé que me debe hacer sentir bien que los enviantes de los mensajes consideren este medio suficientemente importante como para intentar colar su publicidad. Y hasta colaría, se los juro. El problema es que estos mensajes, aparte de flagrante “spam”, me resultan de una mediocridad horripilante.

Vamos, que ponerle un poquito más de ganas y creatividad al asunto no estaría mal. Aburrir al personal, encima de querer endilgarle publicidad insolicitada de vinos que no ha reseñado, ni probado, o de cuya existencia no sabe, pues como que queda feo. Parece una de aquellas estrategias de marketing de Manolito, el pana de Mafalda, para promover el Almacén Don Manolo.

Ustedes bien saben a quienes me refiero. Si leen esto, les insto a intentar colarme sus anuncios de nuevo. Eso sí, lo que intenten colarme, que sea imaginativo, excitante y verdaderamente informativo. Muéstrenme que de verdad se lo laboran. Háganme sentir que vale la pena prestarles un pedacito de alguna de mis secciones de comentarios. Eso sí, les recuerdo que soy tan exigente con la publicidad (es parte de mi trabajo en la vida real, por si no lo sabían) como con el vino.

Creo que es justo, ¿no? Si pretenden que aparezca su anuncito furtivo, háganmelo imaginativo, excítenme con él. Cumplan con mis estándares, carajo.  Que me den ganas de probar el vino…

Hasta aquí este segmento aclaratorio de mis medalaganarias reglas de juego.

Ah, y que no vayan a creer Laureano Serres y todos los demás hacedores de vino que tienen la autopromoción descarada preaprobada en este medio que este tema va con ellos. Amigos somos. Hemos compartido el pan, el vino y unas cuantas batallitas. Esta advertencia sólo aplica a los desconocidos que vienen del éter así porque sí.

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Cositas y cosotas: 03.07.2009

Julio 3, 2009 · 5 comentarios

Iba a comentar algo sobre Jay Miller, el Wine Advocate, y la noticia de que ahora ya publican reseñas de vino con puntuaciones menores de 85. Hay una curiosa historia sobre eso en Dr. Vino, por si les va el tema.

Está también lo del gran jefe de Vinexpo rebuznando que la internet no es una herramienta apropiada para la venta de vino  ni tiene suficiente alcance en el mercado del mismo. Memeces que dice la gente de la industria y la cultureta. Si les rinde el asunto, lo tienen en Decanter.com.

Michael Jackson sigue muerto.

Les iba a contar de una noche en la que hice una receta de la revista Food & Wine al pie de la letra, incluyendo seguir la recomendación de vino que pone. Pero eso lo dejaré para otro momento.

Disculpen. Es que de repente me vale… He tenido una semanita agobiante (nada que ver con la narración de la cata de Ribera del Duero en Wine & Spirits, lo prometo).  Me largo a la playa un par de días,  a ver si me da la brisa de mar en los pulmones y el sol en el cráneo. Es justo y necesario.

Nos vemos la semana que viene.

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Viñetas de Manhattan 5.3: Al final, Fear and Loathing in Ribera…

Julio 2, 2009 · 18 comentarios

Ya pasábamos del horario pautado para la cata. Temía yo que fuesen mis rezagos, amateur no acostumbrado a los ritmos de una cata pro como soy. Patricio y Chris siempre acababan con sus tandas de copas antes que yo. Intentaba apresurarme, pero me era difícil. ¿Sería por mis notas excesivamente prolijas y minuciosas? ¿O sería sencillamente que estaba dedicando demasiado tiempo a cada vino en busca de algún aspecto positivo que resaltar?

Porque hay que darle la cara al asunto: Esto había sido un catálogo de impotabilidad. Pero a mí se me había contagiado una misteriosa voluntad diplomática de crear consensos y me empeciné en demasiadas ocasiones en encontrar algo a recomendar a otros en un conjunto que, francamente, yo mismo no consumiría ni de coña.

Esto me puso de cara con uno de los problemas fundamentales de la prensa del vino hoy día para el tipo de bebedor que soy: La necesidad de actuar como promotores de cualquier tipo de vino, sin importar las objeciones estéticas individuales de uno, que se lleva las copas a las narices, el vino a la boca, que se deja los dientes negros (me va a costar una pasta el blanqueado, para el que aún no he hecho cita, ahora que me acuerdo). Es que me resulta imposible participar de una “imparcialidad” artificial. Pruebo una muestra, no me gusta, saco una microconclusión. Veintipico de muestras más tarde, si hay muy pocas que me gustan, comienzo a acercarme rápidamente a macroconclusiones. Inevitable. 

Y lo que pasaba con los vinos en esta cata ponía ciertas arruguitas en el debate sobre filosofías de elaboración. Okey, mucho monovarietal de tempranillo, lo que de por sí no me parece conducente a gran excitación. Okey, alcoholes subiditos, golosería, redondez fofa y acideces entre lo meramente suficiente y lo nulo. Okey los vainillazos del roble nuevo. Todo eso responde a una estética vitivinícola determinada que no me gusta, pero que tiene su audiencia.

Por mayoría aplastante, los vinos me resultaron aburridísimos. Encima, considerando lo modernotes que eran todos, andaba mucha volatilidad zafada y no pocos procesos bacterianos en feliz actividad. Encima, las texturas  aportadas al juego por los taninos de madera no me parecían particularmente negociables ni para un lado ni para el otro. Me encantaría conocer a alguien que se encuentre ese apretón secante de boca agradable… Además, las acideces bajas en tantos de estos vinos me hacen cuestionar lo que es verdadera estructura y lo que es madera superimpuesta “a modo de estructura”, resultando en entes con un esqueleto artificial llevado por fuera. Yo pensaba que el punto de la modernez era lograr vinos “perfectos” (una buena se traía mi amigo Tapia con este tema en su nuevo proyecto Vinorama), pero ahora me confundo. Porque si aquí había algo sublime, o se me pasó, o existía en el plano negativo de la definición kantiana de “sublime”.

Nos quedaban cuatro vinos por probar y yo había quedado con mi mujer para almorzar en un sitio bonito…

Pagos del Infante, “Lynus”, Ribera del Duero 2004: Mismo color de la mayoría. Notas de sotobosque, cuero y chocorroble sobre fruta estofada en la nariz. Medicinal, pesado y amarguete en boca, trayéndome a la mente la imagen de un Campari obeso y feamente alopécico. Final recortado, caliente.

Pagos del Rey, Tempranillo Reserva  ”Condado de Oriza”, Ribera del Duero 2003: Granate amoratado, denso y oscuro. Nasalmente, un ofensivo coctel de nam pla (salsa de pescado fermentado muy popular en ciertas cocinas del sudeste asiático) y jugo de ciruela pasa. Huele a canícula. En boca es plastoso, sin centro, con fruta potajesca. Intentar encontrar el positivo aquí es como chapaletear en mar abierto sin saber donde queda el norte.

Balbas, Tempranillo Gran Reserva, Ribera del Duero 2001: Aquí la fruta roja quisiera dar la cara, pero acaba apabullada por roble nuevo. Lástima. La madera se apodera de la nariz y te destruye el paladar a puro taninazo lijoso. Se siente detrás fresa-frambuesa con un levantadito acídico, haciendo el esfuerzo… Pero acaba aplastada en el alud de tablones. 

Arzuaga, Tempranillo Gran Reserva, Ribera del Duero 2001: Huele a bolitas de naftalina, vainilla, café viejo, eucalipto y Ribena. Extrañamente, hay en esta copa un toquecito de aguja. Amorfismo morado-negruzco en boca, viscoso y alcohólico. Activamente desagradable.

Algo hay que decir sobre estos dos últimos vinos, ya vista la hoja con las identidades y, sobre todo, los precios. El Balbas sale por US$80 según lo que pone aquí. El Arzuaga por… ¡US$150! O bueno, quizás no hay que decir nada…

Aunque los vinos fueron lo que fueron, quedé muy agradecido a Patricio, Chris y Wine & Spirits por la oportunidad de unírmeles en su trabajo y entender un poco. Definitivamente, cuando crezca creo que quiero ser astronauta.,,

Me encontré con Josie en un romántico bistro del Upper East Side, viejo favorito. Lo primero que me dijo al verme: “¡Pero tienes la boca negraaaaaaaa!”

Por casualidad, en el vacío vagón de metro que pillé subiendo a almorzar con mi esposa, ví unos anuncios de cerveza que me llamaron la atención, no por la cerveza anunciada, sino por la sonrisita irónica que me traían a los labios, pensando como iba en las objeciones que me suscitaron los 34 riberas que acababa de catar. Porque en este mundo hay vino y hay vino, pero al final la diferencia está en la bebibilidad

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Viñetas de Manhattan 5.2: ¿Glamour? ¿Qué glamour?

Julio 2, 2009 · 6 comentarios

 

Esta era la información con la que contábamos mientras realizábamos la cata. Nada más. Nada menos.

Esta era la información con la que contábamos mientras realizábamos la cata. Nada más. Nada menos.

Que fueron un montón de vinos. Seguían llegando las copas numeradas y al trio dinámico en la mesa de Wine & Spirits no se nos veía particularmente contentos. Hab;ia que encontrar algo que recomendar. Había que intentar ponerse en el lugar del consumidor promedio, o al menos del menos enochalado. Había que imaginar a los vainillófilos del mundo, a los fans incondicionales del jugo de ciruela pasa…

 

En fin, que alguna vez en plan bromista le hablé a Patricio Tapia del “glamour” de ser catador y crítico profesional en la cultureta actual del vino y les juro que no lo vuelvo a hacer. Tener que zumbarse tanda tras tanda del tipo de vino que estábamos catando lo veo como una especie de apostolado autopunitivo con severo desgaste corporal incluido.

Llevábamos veintiuna muestras y me dolían las encías. Además, estaba un poco nervioso por andar pensando en algo bueno que decir sobre alguno de estos vinos. Dos me habían parecido aceptables de los veintiuno. Dos.

Cuando sea mayor, no quiero ser catador profesional. No quiero imaginarme tener que hacer esto todos los días. Ni tan siquiera una vez al mes.

Pero bueno, seguimos con los riberas, que faltaba aún una buena tajada.

Pagos del Rey, Tempranillo Crianza “Condado de Oriza”, Ribera del Duero 2005: Aquí, por alguna razón y si se puede, pasamos a un color un tanto más intenso. Potaje de guisantes mezclado con Robitussin en la nariz. En boca, hostilmente aburrido. Plano, con fruta negra globular revestida de taninos barrileros ásperos. Finalito truncado. Sólo para masoquistas.

Comenge, Tempranillo “Don Miguel”, Ribera del Duero 2005: Volátil de primer plano. Luego huele rechoncho, asopado y mermeladón. Plano, sonso. Aburridísimo. Una nota de caldo de pollo  con laurel en el medianillo final.

Bodegas Bohorquez, Tempranillo “MMII”, Ribera del Duero 2005: De no ser por la cantidad de madera que le han forzado a cargar y por un puntito bonbonesco un tanto vulgar, esto podría funcionar. Fruta roja viva y presente, bien embarrada de crema de vainilla. Especiado y masticable, con la mejor acidez que he encontrado en la mañana (nada difícil llevarse el premio…). Recomendable si el precio es el justo.

Bodegas Balbas, Reserva, Ribera del Duero 2005: Crayolas y orina de caballo, ciruela roja y un chorrito de limón. Cereza en boca. Levemente áspero de textura, masticable. Acidez media. Muy tánico. Final satisfactorio, con buen equilibrio y frescura. Se mueve bien y pide un chuletón. Otro que podría recomendar si no anda disparado de precio.

Pago de los Capellanes, Reserva, Ribera del Duero 2005: Otro nivel de oscuridad aún. ¿Quién lo hubiera querido? Cerezas con pepitas del más agresivo roble nuevo, maceradas en oporto y recubiertas de chocolate. Masacote medicinal en boca. Pesado y alcohólico. Posgusto larguito, masticable, con buen agarre. Pero el conjunto es tan inóspito que poco importa.

Arzuaga, Tempranillo Reserva, Ribera del Duero 2005: Volvemos al granate opaco de antes. Eucalipto y zapatillas deportivas sudadas llevan a una globularidad morada que confirma la tendencia australoide de esto. Supermasticable, supermorado, sin vestigios de chispa vital. Me duelen los dientes.

Viña Arnáiz, Tempranillo Crianza “Arribeño”, Ribera del Duero 2004: Aquí el granate opaco tiene un bordecito atejado. Volátil, con caramelo y coco por delante, luego notas de aceite de lavanda, cereza, ciruela fresca y balsámicos. Ah, no se me olvide la vainilla… Fruta roja masticable con una inesperada y bonita ligereza de movimiento. Especiado, con una notita caldosa en el posgusto largo y granuloso.  Se bebería.

Bodegas Convento de San Francisco, Tempranillo, Ribera del Duero 2004: Otro con bordillo atejado. Cuestionable aroma de hormigas trituradas, caramelo, vainilla y ciruela pasa. Bueno, cuestionable no—retable, a este punto. Plano y sopesco, con el maderazo superimpuesto en un caldo denso, sin vida. Final corto y amargón. ¿Qué diablos se hace con algo así en la copa? Honestamente, preferiría beber leche de magnesia.

Balbas, “Ritus”, Ribera del Duero 2004: Hilarante nariz gelatina de frambuesa y coctel de pimientos del piquillo conservados entrementina y extracto de vainilla. De verdad, huele cómico este vino. Globular en boca, goloso y envainillado hasta el hartazgo empalagoso. Final cortito, secante. Cosas tontas y raras que prueba uno en esta vida…

(Concluye en la próxima entrega)


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Viñetas de Manhattan 5.1: Cata, confesión, sufrimiento…

Julio 1, 2009 · 3 comentarios

El fan de Coldplay en cuestión...

El fan de Coldplay en cuestión...

A Patricio Tapia le gusta Coldplay.

Esto lo dijo con cara de vergüenza, que es la única que corresponde a semejante confesión. Se encogía de hombros. De los altoparlantes conectados a su iPod—que brindaba una peculiar banda sonora a nuestra cata de Ribera del Duero en Wine & Spirits—salían Yo La Tengo y The Notwist. Imposible entender el lapsus, pero bueno, el primer paso es admitir el vicio. Y, para robarme y corromper sus propias palabras, si “hay vicios como tatuajes”, esto de Coldplay es más o menos como un “Wynona Forever”, en términos de cool musical.

Continuaban las rondas de tortu—er, cata… Más apuntes resumidos.

Bracamonte, Tempranillo “Roble”, Ribera del Duero 2007: Mismo color de la mayoría. Opaco. Azúcar prieta, romero, ciruela fresca, cereza y un deje de pasa dorada. En boca picantino y vivaz, con buena fruta roja acentuada por menta. Notita de remolacha hervida en un posgusto sorprendentemente largo y fresco. Del precio depende mi entusiasmo.

Martín Berdugo, Tempranillo “Barrica”, Ribera del Duero 2007: Jarabe para la tos. ¿qué, tartamudeo? Final piadosmanete breve. Horrendo.

Annosus, Tempranillo “Nobile”, Ribera del Duero 2006: Coctel de frutas enlatado Del Monte con crema de coco y vainilla. Goloso, globular y terriblemente tedioso. Corto. El equivalente vínico de llevar calcetines negros con sandalias en la playa.

Conde de San Cristóbal, Tempranillo, Ribera del Duero 2006: Habitual color en la secuencia. Peste compostada, de legumbres hervidas hasta despojarlas de toda identidad, de ciruela pasa hinchada a vainillazo puro. Globular, dulce, pesadote y con demasiado tanino tablonero. Calor alcohólico. ¡Pffftché!

Bodegas J.C. Conde,  Tempranillo “Neo”, Ribera del Duero 2006: Ciruelas pasas y canela en un conjuntillo odorífero francamente repugnante. Jugo de ciruela pasa, caldo de pollo y tablones en la boca. Recortado de final, por suerte. Recomiendo huir.

Alonso del Yerro, Tempranillo, Ribera del Duero 2006: Perro mojado, granos de vainilla socatos, o quizás carobo socato… Dentífirco, ciruela-cereza. Nariz inatractiva. Redondo, aciruelado y sin ningún punto de enfoque. Corto y sin agarre. Vacuo.

Cillar de Silos, Tempranillo “Torresilo”, Ribera del Duero 2006: Barniz y toffee barato sobre sopa de ciruelas. Plano, fofo y alcohólico. Tan recomendable como la sala de espera del dentista.

Martín Berdugo, Tempranillo Crianza, Ribera del Duero 2006: Misma densidad visual. Caldoso. Leves notas oxidativas. Vainillazo. Goloso en boca, medicinal en plan semi-Listerinesco. Ciruela y especias. Taninos gruesos. Simplón y bajo el mínimo de reglamento de encanto.

Cruz de Alba, Tempranillo Crianza, Ribera del Duero 2006: Barniz, ciruela, chocolate de leche y remolacha hervida en una nariz sonsa, inapetecible. En boca un sudoroso glóbulo de jugo de ciruela pasa. Taninos secantes en un posdisgusto recortado. Brrrr…

Balbas, Tempranillo Crianza, Ribera del Duero 2006: De ahora en adelante, si no comento sobre color, es que es otro granate opaco más. Huele a zapatería, Salvavidas (los dulces con el hueco en el medio) y madera. Masacotesco, extraño, de acidez justita, especiado. Posgusto medio. En realidad, considerando lo que ha caido hasta ahora, no objeto. Se dejaría beber, sobre todo si es barato y las circunstancias son adecuadas.

Arzuaga, Tempranillo Crianza, Ribera del Duero 2006: Una leve medicinalidad seguida por café y chocolate, carne y cereza sobremadura en la nariz. Goloso y picantino en boca, masticable. Buena presencia, aunque al final torna quizás demasiado dulce y alcohólico. Buena persistencia. Si es barato e invierno, pues, le entramos.

Bodegas J.C. Conde, Tempranillo “Neo Punta Esencia”, Ribera del Duero 2006: Jarabe para la tos sabor cereza y pintalabios viejo (gracias, Cecilia Carballo, por este inolvidable descriptor que ahora puedo utilizar de iniciativa propia por primera vez) en nariz y boca. Torpe y esperablemente cortito. De los de pasar de largo mirando hacia otro lado.

Alonso del Yerro, Tempranillo “María”, Ribera del Duero 2006: Apesta a vómito. Bacterianamente fastidiado. En la línea para la impresión palatal pongo: “¡No, en la boca noooooo!”. No importa si tiene posgusto o no. Terrible. Recomendarlo requeriría una lobotomía frontal.

Arzuaga, Tempranillo “Amaya Arzuaga”, Ribera del Duero 2006: Leve volatilidad, especias y frambuesas frescas. La nariz promete. En boca es apagadillo  y me decepciona un poco. Masticable, con buena presencia frutal, aunque la fruta sea más bien simplona, monótona. Taninos granulosos en un buen final, con acidez presente. Pide un poco de tiempo y comida cuando llegue el momento de consumo. Veinte dolaritos los pagaría yo por esto. ¿Pero cuáles son las probabilidades de que ése sea el precio?

(Continuará)

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