Hace solamente un par de semanas que hice mi anuncio de hiato y debo confesarles que me han parecido a la vez demasiado y muy poco tiempo.
Tenía un cierto mono de bloguero, pero a la vez sentía ansiedad en cuanto a retornar a la actividad sin haber organizado mis pensamientos y—más importante aún—sin sentirme todo lo fresco y vitalizado que quería estar.
Llega la segunda semana de febrero y, eso sí, como soy hombre de mi palabra, aquí estoy, atormentado por severas dudas sobre si continuar un régimen como el que me caracterizara hasta el otro día. Quizás he sido demasiado prolífico, lo que puede ser un coñazo. Considerando que según un estudio reciente, 1.1 de cada 10 adultos mayores de 30 años con conexión a la internet mantiene un blog, ¿quién diablos tiene tiempo para leer tanto material, particularmente si uno que otro bloguero se monta posts interdiarios de mil y pico de palabras y con montones de enlaces a lectura secundaria?
Es que soy un tipo muy considerado, les digo…
Junto con mis tantísimas ruminaciones en cuanto al tema de la cantidad de entradas que produzco, está lo de la calidad. Yo me autojuzgo constantemente, pensándome como un internauta cualquiera, que llego a leerme así, de la nada… ¿De qué voy?
No es casualidad que brutalizara yo el título de un cuento de Raymond Carver, “What We Talk About When We Talk About Love”. Podemos sustituir la ginebra que propulsa la conversación de los cuatro protagonistas del relato por vino y más o menos… Bueno, utilicen la imaginación.
La otra botella es, en principio, un blog sobre la cultura del vino. Es también, inevitablemente, un blog sobre el consumo de vino (mucho vino, dicho sea de paso). Es también un blog sobre las circunstancias en que sucede dicho consumo—físicas, emocionales, sociales, históricas, políticas, económicas… A cada rato se oye un poco de música que acompañe el meditar. O les llamo a ser solidarios con una causa noble (Haití es el más reciente ejemplo). O me encuentro con algún libro, fotografía, cuadro, amigo (la gente tiene una habilidad increible para convertirse en obra de arte a mis ojos) y… Ocurre lo que ocurre. Ya saben. Como suelo decir, todo conecta. Y este blog acaba siendo, al final, sobre el vivir y el beber de este hombre calvo, regordete, altamente sarcástico, bastante preocupado y deprimido ante el mundo que lo rodea (lo admito para que nadie especule) y rápidamente envejeciente. En torno a botellas de vino ocurren mis momentos de mayor lucidez, honestidad y goce intelectual (aquella jouissance mental de la que hablaba Roland Barthes, apoyado en Lacan). A ellos hago honor aquí. De ellos hablo cuando blogueo de vino.
Y a veces tengo amplio motivo para creer en las inmensas recompensas de este blog mío, más allá del desahogo (o narcisismo, según se vea) de escribir. La principal de estas recompensas es como me une a gente. Ya la página de La otra botella en Facebook va por más de 250 fans, muchos de los cuales no conozco en lo absoluto. Sin embargo, ver sus avatares en el recuadro allí, o en las páginas de comentarios de este blog, me hace pensar en ellos como amigos reales—los que he tenido el placer de encontrarme en vivo—y potenciales—los que aún no—de mi persona, ya que parecen serlo de mis textos. A los que dicen que estar tan “internetizado” es un aislante y un asesino del contacto humano les propongo que, al contrario, si uno tiene suerte, es tremendo potenciador de afinidades electivas, que son la verdadera base del afecto.
Tomemos, por ejemplo, la joven pareja dominicana con quien salimos a cenar Josie y yo el jueves pasado. César Castro-Pou y su novia Mary Ann acaban de regresar a su país después de unos añitos estudiando en Barcelona. César me abordó por primera vez al enterarse de que este bloguero enómano perdido vive y bebe en su ciudad natal, mire usté… Me preguntó por un mensajito de Facebook como me hacía para sobrevivir vínicamente. Yo le conté. Me escribió desde Barcelona sobre su retorno y
su decisión de dedicarse a importar vino de verdad a este país. Yo le ofrecí todo mi apoyo. Mensajes fueron, mensajes vinieron. Y hace unos días pudimos reunirnos a verificar que no solamente eramos seres reales, sino que encima hasta somos buena gente. Todo gracias a un blog de entre millones que hay hechos por treintones, cuarentones, cincuentones y otros dizque adultos pobladores de la red.
¿Qué les cuento? Pues que nos reunimos en esa trattoria a la que siempre voy, donde de vez en cuando me permiten llevar alguna botelluca y, además, tienen una lista de vinos decente. Para comenzar nos pedimos un Foradori “Myrto” 2006, blanco ganador de un Botellazo™ al “Vino Que Más Ha Hecho Por la Salud Mental de Camblor”, y nos salió no rana, sino ranísima. Horrible peste sulfúrica que no hubo aireación que le quitara. Y estuvimos esperando su disipación durante casi tres horas… Para compensar por este fiasquillo, ordené de la carta un Abbazia de Novacella, Kerner, Alto Adige 2007, viejo amigo que no defraudó. Perfumado y casi graso en boca, pero con vibrante acidez y mineralidad. Además, para agasajar a estos nuevos amigos, yo había llevado un Pierre Damoy, Chambertin Grand Cru 2000—botella importada a mano por Josie en algún momento, adquirida por recomendación del personal de alguna tienda manhattaniana.
Demasiada madera encima, pobrecito. No que no hubiese un buen vino debajo, con bastante concentración y bonitos elementos florales, frutales y térreos. Pero la carga tablonal viajaba separada del todo, molestando con un vainillazo trivializante. Pena. Quizás integre algún día, pero como era la única botella que tenía de él y asumí que los 2000 son para beber antes mejor que después, quizás ya no me entere.
¿Que por qué saco a trapo esto? Pues vinos insatisfactorios, y sin embargo, satisfactorios al propiciar un buen encuentro de enómanos hardcore en un lugar donde, a decir verdad, no parece abundar esa especie. La vida a veces se porta bien. De eso hablo yo cuando blogueo de vino. Antes de ponerme a contarles sobre todo lo que hice en mi más reciente visita a Nueva York (habrá revelaciones explosivas), una cancioncita de The Rosebuds que viene mucho al caso…
El comienzo del 2010 ha sido terrible de muchas maneras. La primera tiene que ver con mi marcada falta de inspiración para bloguear, que se ha vuelto aún más notable en las últimas dos semanas, tras el terrible terremoto que destruyera a Haití. nación vecina del país en que actualmente habito.
Intento despejarme un poco de las preocupaciones, zafarme de los hilos noticiosos, zafarme de los intentos de telemaratón, porque estoy consciente de una vaga necesidad de escribir sobre algo más. Pero, francamente, no tengo muy claro sobre que. Anoche abrí una botella que me vino regalada. Era del Argiolas, “Costera”, Cannonau di Sardegna DOC 2006
¿Les conté también que estoy viendo mucho CNN últimamente? Pues me salió un anuncio curioso el otro día. Aparentemente, la marca de endulcorante dietético norteamericana Splenda® ha lanzado una nueva variante de su producto “enriquecida con fibra”, para ayudar a ya ustedes saben que. Como diabético insulinodependiente, consumo bastante Splenda, pero del “regular”. Es con lo que endulzo los múltiples cafés que me tomo al día. Es un producto que te lo venden como supuestamente obtenido de azúcar natural, pero sin la carga de hidratos de carbono y las calorías del azúcar. Y la verdad es que endulza aceptablemente.
Sigo esperanzado los despliegues de generosidad provenientes de todas partes del mundo, destinados a ayudar a Haití tras el terrible terremoto de la semana pasada. Anoche Josie y yo vimos el telemaratón de CNN, en el que se recaudaron más de US$9,000,000, y Joel Madden (el cantante de la banda Good Charlotte) declaró: “Nosotros somos todo lo que tiene Haití”. Palabras muy ciertas. Sin nuestra ayuda, Haití queda reducida a la desesperanza absoluta.
Si la tragedia en Haití deja el corazón roto, ver la solidaridad de la gente en todas partes para con las víctimas del terremoto de la semana pasada va un buen trecho en el camino a hacerlo a uno sentir menos esa rotura. Y lo inspira a uno no solamente a dar y actuar, sino a seguir dando y actuando al máximo. No es momento éste para flaquear. La ayuda a nuestros hermanos haitianos debe seguir. Si no podemos ayudar económicamente, podemos dar de nuestro tiempo y continuar motivando a otros a donar.
Street Wines, con vinos de Louis/Dressner Selections. Las últimas noticias son que
Iba ya a saltarme el “Cositas y cosotas” de esta semana, pues en realidad lo que ocupa principalmente mis energías mentales y físicas es ayudar a las víctimas del terrible terremoto del martes en Haití. Por favor, si no lo han hecho aún, tomen conciencia y colaboren con todo lo que puedan. Donen generosamente a la organización benéfica que prefieran. Donen dinero, donen sangre, donen medicamentos, alimentos… Pero por lo más que quieran, no piensen que “la vida sigue” e ignoren este desastre. Recuerden, hoy es por Haití, pero mañana puede ser por cualquiera de nosotros, sin importar cuan desarrollado, poderoso o estable creamos el país en que vivimos.
Perdonen si lo que sigue les suena un poquito desganado. Mi mujer me aconsejó escribir la entrega, aunque en realidad el ánimo no estuviera, por lo de intentar despejar un poco la preocupación.
En una noticia que quizás pudiese estar relacionada, la revista Sibaritas de Pepe Peñín dejará de publicarse. Esto lo tengo del genial blog de Alfredo Selas,
Como todo conecta, vale poner otra noticia de Decanter sobre Burdeos. O dos. Resulta que hay 
Me da por acordarme de un vino del cual he consumido un par de cajas ya en los dos años que llevo viviendo en Santo Domingo, el Viña Ardanza 2000 de La Rioja Alta S.A.


