Del mismo folletín publi—perdón, es que soy incorregible, de la misma revista especializada de donde saqué aquel maravilloso epistema del Carlos Falcó sobre el vino español “post-agrario”, he aquí una joyita más, Esta es de un artículo titulado “Francia despierta: La nación europea se está reinventando para ofrecer cosas nuevas a los amantes del buen vino”. Abre con la siguiente andanada:“La venta de vinos franceses en [el mercado dominicano] ha bajado mucho en los últimos diez años, siendo remplazados por vinos de España y Chile. Las razones son lógicas; durante mucho tiempo, los franceses se durmieron, produciendo los vinos que a ellos les gustaban, haciendo caso omiso a las cambiantes exigen [sic] del mercado internacional, mientras que los productores de Chile y España producían vinos para satisfacer las demandas del mercado.”
El artículo procede luego a argumentar que, encima de esos factores está el problema lingüístico, siendo las etiquetas francesas imposibles de decifrar para el “enófilo” spanglishablante promedio. Etc., etc., etc. Y los salvadores de Francia, los relojes despertadores que sacaron al país de su letargo, son Michel Rolland y Bernard Magrez.
Pero el desenlace es tan predecible—en términos del gran complejo enomercadológico internacional—que resulta aburrido en este caso. Quedémonos con este pronunciamiento inicial sobre “los franceses”—porque aparentemente un país que tiene cientos de Appéllations d’Origine Contrôlées para los vinos de sus diversas regiones es, a la vez, un ente perfectamente homogéneo. Locos estarán esos “franceses”, haciendo “los vinos que a ellos les gustaban”. No seré yo quien se embarque en la quijotesca labor de defender a “Francia”, ente abstracto y misterioso, ahuyentador del inocente e indefenso “enófilo” en ciernes del s. XXI.
Curioso aquí es el curso de acción que se sugiere como deseable para “triunfar”. Porque, obviamente, se penaliza al individualista que pretende hacer un producto—no importando que éste sea de alta calidad—acorde con sus idiosincrasias regionales o nacionales. ¿Que tu tradición, tu terruño y tu clima y tu estética personal como elaborador dan un tipo de vino al que le pones el nombre de su lugar de origen junto a tu propio nombre? Pues si eso no es lo que quiere “el mercado”, bien jodido te ven los de esta revista.
“El mercado”. Otro concepto tan popular en el comercio actual del enoproducto y que yo no entiendo. Trato, pero no. No lo entiendo. Será que soy tonto, porque no puedo visualizar a la inmensa cantidad y variedad de consumidores de vino que hay en el mundo como algo tan claramente delimitado. Lo más que puedo hacer es visualizar una especie de mínimo común denominador consumista, dócil e irremediablemente ignorante, que se dice “amante del buen vino”, pero en realidad no desea aprender tres carajos sobre él. Aún así, me resulta difícil aplicar semejante concepto a nada en particular. “Los hombres enloquecen congregados/Sólo mejoran uno a uno”, decía una canción del último álbum de Sting que pude tragarme. Pero, ¿qué pasa si la congregación viene predeterminada desde afuera, dictada por quien vende? ¿Qué pasa si la congregación en realidad sólo existe en la imaginación de comerciantes perezosos?
En fin, que hay que considerar no lo que dice sobre Francia y su manera de hacer vino este pasajito, sino lo que dice sobre Chile y España, que pone como ejemplos de éxito a nivel internacional. A la porra el individualismo. Ahora triunfas si te conviertes en la cortesana sumisa, complaciente e—sobre todo—incuestionante de ese tiránico mínimo común denominador mercadológico que siempre quiere más de lo mismo.
Se preguntarán ustedes por qué pongo aquí, en un blog que se ve tan lejos de donde vivo reseñas sobre el contenido de una publicación que sólo se consume a nivel local. La idea es sencilla: Siempre hay alguien “educando” a alguien como le da la gana en alguna parte del mundo. Observar el proceso de la divulgación desinformativa acerca del vino que impera actualmente en tantos lugares es, al menos para mí, muy divertido.
Por mi parte, siendo como soy, prefiero pensar en otros términos sobre las cosas buenas que puedan pasarle a Francia, por ejemplo…
Y perdonen, amigos, que arriba reutilice una imagen que ya apareciera en la anterior encarnación de La otra botella.El genial y desconocido artista que la produjo se merece todo mi respeto, al encapsular en ella tan perfectamente la extraña locura que es el mercadeo del vino hoy día.



Bienvenidos al nuevo hogar de La otra botella. Mi humilde blog, en el que vierto mis historias y sinceras opiniones sobre vino, vida, cultura y montones de cosas más, nació el 26 de abril del 2007, en el portal de vinos del Diario de la Rioja,