Archivo mensual: septiembre 2008

Palabras con #$&%$*@ luz 2: Cápsulas para ser exitoso

Del mismo folletín publi—perdón, es que soy incorregible, de la misma revista especializada de donde saqué aquel maravilloso epistema del Carlos Falcó sobre el vino español “post-agrario”, he aquí una joyita más, Esta es de un artículo titulado “Francia despierta: La nación europea se está reinventando para ofrecer cosas nuevas a los amantes del buen vino”. Abre con la siguiente andanada:

“La venta de vinos franceses en [el mercado dominicano] ha bajado mucho en los últimos diez años, siendo remplazados por vinos de  España y Chile. Las razones son lógicas; durante mucho tiempo, los franceses se durmieron, produciendo los vinos que a ellos les gustaban, haciendo caso omiso a las cambiantes exigen [sic] del mercado internacional, mientras que los productores de Chile y España producían vinos para satisfacer las demandas del mercado.”

El artículo procede luego a argumentar que, encima de esos factores está el problema lingüístico, siendo las etiquetas francesas imposibles de decifrar para el “enófilo” spanglishablante promedio. Etc., etc., etc. Y los salvadores de Francia, los relojes despertadores que sacaron al país de su letargo, son Michel Rolland y Bernard Magrez.

Pero el desenlace es tan predecible—en términos del gran complejo enomercadológico internacional—que resulta aburrido en este caso. Quedémonos con este pronunciamiento inicial sobre “los franceses”—porque  aparentemente un país que tiene cientos de Appéllations d’Origine Contrôlées para los vinos de sus diversas regiones es, a la vez, un ente perfectamente homogéneo. Locos estarán esos “franceses”, haciendo “los vinos que a ellos les gustaban”. No seré yo quien se embarque en la quijotesca labor de defender a “Francia”, ente abstracto y misterioso, ahuyentador del inocente e indefenso  “enófilo” en ciernes del s. XXI.

Curioso aquí es el curso de acción que se sugiere como deseable para “triunfar”. Porque, obviamente, se penaliza al individualista que pretende hacer un producto—no importando que éste sea de alta calidad—acorde con sus idiosincrasias regionales o nacionales. ¿Que tu tradición, tu terruño y tu clima y tu estética personal como elaborador dan un tipo de vino al que le pones el nombre de su lugar de origen junto a tu propio nombre? Pues si eso no es lo que quiere “el mercado”, bien jodido te ven los de esta revista.

“El mercado”. Otro concepto tan popular en el comercio actual del enoproducto y que yo no entiendo. Trato, pero no. No lo entiendo. Será que soy tonto, porque no puedo visualizar a la inmensa cantidad y variedad de consumidores de vino que hay en el mundo como algo tan claramente delimitado. Lo más que puedo hacer es visualizar una especie de mínimo común denominador consumista, dócil e irremediablemente ignorante, que se dice “amante del buen vino”, pero en realidad no desea aprender tres carajos sobre él. Aún así, me resulta difícil aplicar semejante concepto a nada en particular. “Los hombres enloquecen congregados/Sólo mejoran uno a uno”, decía una canción del último álbum de Sting que pude tragarme. Pero, ¿qué pasa si la congregación viene predeterminada desde afuera, dictada por quien vende? ¿Qué pasa si la congregación en realidad sólo existe en la imaginación de comerciantes perezosos?

En fin, que hay que considerar no lo que dice sobre Francia y su manera de hacer vino este pasajito, sino lo que dice sobre Chile y España, que pone como ejemplos de éxito a nivel internacional. A la porra el individualismo. Ahora triunfas si te conviertes en la cortesana sumisa, complaciente e—sobre todo—incuestionante de ese tiránico  mínimo común denominador mercadológico que siempre quiere más de lo mismo.

Se preguntarán ustedes por qué pongo aquí, en un blog que se ve tan lejos de donde vivo reseñas sobre el contenido de una publicación que sólo se consume a nivel local. La idea es sencilla: Siempre hay alguien “educando” a alguien como le da la gana en alguna parte del mundo. Observar el proceso de la divulgación desinformativa acerca del vino que impera actualmente en tantos lugares es, al menos para mí, muy divertido.

Por mi parte, siendo como soy, prefiero pensar en otros términos sobre las cosas buenas que puedan pasarle a Francia, por ejemplo…

 

Y perdonen, amigos, que arriba reutilice una imagen que ya apareciera en la anterior encarnación de La otra botella.El genial y desconocido artista que la produjo se merece todo mi respeto, al encapsular en ella tan perfectamente la extraña locura que es el mercadeo del vino hoy día.

 

 

 

 

 

Nueva York 2: Gordos. A Dieta. Con vino.

Mi buen amigo Brad Kane ha tenido una excelente iniciativa. Parece que un día se miró al espejo y se vió todo lo rotundo que es. Algo parecido a lo que me pasó a mí hace unos meses. Le ha dado por ponerse a dieta. Una gran cosa. Este servidor de ustedes lleva ya un par de meses en una ídem y, a decir verdad, estoy obteniendo buenos resultados. No he tenido que hacer grandes sacrificios. Más bien ha sido cosa de realinear mi cocina y mi ingesta de ciertas sustancias. El peso ha comenzado a irse solito.

  

Pues resulta que Kane se ha puesto en un régimen parecido al mío, o sea, bajo en carbohidratos por las noches, con mucha carne magra y ensalada. A eso nos hab7a invitado a Greg del Piaz y a mí durante la segunda noche de mi más reciente visita a la Gran Ciudad™. A Greg, que también es del equipo de los bons vivants de silueta abundante, seguro que también le vendr7a bien un menú “light”.

Claro, que no nos vinieran a fastidiar con que no podía haber vino…

Kane se lució en el mercado y la cocina, hay que decirlo alante. Ensalada de tomates heirloom (esos que parecen engendros mutantes, pero que en realidad son de variedades ancestrales y dan tremendo sabor; en este caso algo muy profundo y altamente afrutado) y rúcola, seguida por falda de res a la parrilla con vegetales al horno. Excelentes ingredientes y muy buena ejecución.

Yo había llevado el único blanco que habría sobre la mesa. Cuando entré a Crush esa tarde y ví que ya había llegado, no pude evitar entusiasmarme por el Blanco Nieva, Verdejo “Pie Franco”, Rueda 2007. Lo seguiré diciendo siempre: El trabajo que hace Pepe Herrero aquí es algo a galaxias de los habituales estándares  de homogeneidad globalista que favorece su región. Por si no se los he dejado claro en el pasado: Este, en las cuatro añadas que he podido probar, me ha demostrado ser un verdejo en verdad excepcional y un modelo a seguir para quienes trabajen con esta variedad.

Pero bueno, déjame dejarme de tanta coba, que va y a Pepe se le sube a la cabeza…

No que el vino no la amerite, insisto. Este 2007 tiene su arenosa mineralidad muy por delante, con un sutil deje talcoso añadiendo interés. Se trata de un Pie Franco en etapa discreta, con una nariz que enfoca aspectos que, aunque menos obvios oara quien sólo busca primaria, no dejan de ser cautivantes. La fruta está ahí, pero en segundo plano: Manzana verde y limón envueltos en suelo. En boca, el mayor atractivo radica en la ligereza y precisión con que se presentan los sabores y en la interesante texturalidad del posgusto, que es todo mineral ahora mismo. Deliciosamente refrescante, te tienta a beberlo sin pensarlo, pero así uno se perdería todo lo importante.

Al parecer, Brad y Greg habían tenido una cena la noche anterior en la que había sobrado vino. Como la cosa iba de barolos, lo que quedaba lo guardaron y así nos vimos ante un par de especímenes que se favorecían por la aireación. El Boasso, Serralunga, Barolo 1999 estaba bastante accesible y muy interesante. Especiado, térreo, con aspectos de cereza amarga, hongos desecados y violetas. Muy largo y con taninos cuya masticabilidad es de cuidado. Jovencísimo.

Lo otro con lo que me aparecí yo ocurrió por culpa de mi visita a Terroir la noche anterior. Como ya les dije, allí venden camisetas impresascon la célebre consigna del gran Bartolo Mascarello: “No barrica, No Berlusconi”. Durante la visita vespertina a Crush decidí que, al no haber encontrado la camiseta en mi talla, haría honor a Sre. Mascarello de otro modo, o sea, aportando el Bartolo Mascarello, Freisa Nebbiolata, Langhe 2005.

Mr. del Piaz trajo a colación el tema de la filiación entre la freisa y la nebbiolo. Según yo tenía entendido, estudios científicos confiables habían arrojado que la freisa era antepasada directa de la nebbiolo y ambas son primas distantes de la viognier. El de Bartolo Mascarello es un freisa que, por su poder y estructura, podría bien sustentar hipótesis sobre una relación más cercana entre freisa y nebbiolo. El nombre no es casualidad.

En un principio esto es rarísimo: Gaseoso y con peste a zapato viejo. Le toma buena parte de una hora encontrar su ritmo y convertirse en un vino potente, oscuro, con una cierta rusticidad, pero también con su peculiar encanto. Aromas de cuero, brea, violetas y ceniza sobre arándano y frambuesa negra. Carnoso, hipertánico y muy persistente. Los sabores vienen envueltos en concreto recién vertido. Un vino muy interesante. Ah, nunca pierde del todo la aguja, que es lo que más raro lo hace.

Siendo tres gorditos a dieta, no queríamos excedernos demasiado en las libaciones. Había el resto de una botella del Vietti, Nebbiolo “Perbacco”, Langhe 2005 abierta la noche anterior y con eso concluimos.

Los que no lo sepan ya podrán imaginar que mi relación con los vinos de esta casa piamontesa no es la más feliz. El estilo de muchos de esos vinos oscila entre lo desagradable y lo ofensivo para mí, aunque de alguna que otra botella de la gama baja habré derivado cierto placer. Les dejaré adivinar a qué categoría pertenece este “Perbacco”. Extraño. Masivo. Torpe. Con un aspecto de toffee en nariz y posgusto que me molesta de plano. Además, calor alcohólico y taninos secantes de madera añadidos a una fruta de considerable carga tánica no son necesariamente la receta para que un vino tenga éxito conmigo.

Por suerte quedaba una gotica del Nieva Pie Franco para limpiar el paladar y devolver la armonía a las cosas antes de retirarme a mi hotel… Decidí caminar un poquito por el Upper East Side antes de montarme en un taxi. Estoy muy canturreón últimamente. Andando por ahí, iba tarareando ésta del querido Andrés:

 

 

Palabras con #$&%$*@ luz

“España ha hecho los deberes en materia de equipamiento de las bodegas y formación de personas cualificadas. En elaboración de vinos estamos al nivel de otros países, pero hay que superar la etapa agraria y optar por hacer vino de calidad, aunque con costes más bajos, como los hacen los australianos.”

Esta capsulita de no-sé-exactamente-qué me la encontré en un folletín publici—perdón, en una revista especializada publicada por uno de los distribuidores locales de vino en Santo Domingo. El pronunciante es nada menos que Carlos  Falcó, Marqués de Griñón, en una entrevista para EFE. “Palabras con puñetera luz”, le dije a Josie tras proceder a leérselas.

Lo que me resulta curioso es eso de “superar la etapa agraria”. ¿Alguien le habrá explicado a este distinguido caballero que el vino es, por uno de esos azares del destino, un producto inevitablemente agrícola? ¿Qué pasó con aquello de que “el buen vino se hace en el viñedo? ¿Se divorcia al fin el “vino de calidad” del campo en la mente de Carlos Falcó? El artículo viene con foto del ilustre, vestido de ilustre sport y parado gallardamente delante de un viñedo que aparece en soft focus y yo comienzo a sentir instantáneamente una pestecilla a disonancia cognitiva que probablemente acabe siendo de cuidado.

Recuerdo que Falcó alguna vez habló de que “diseña” sus vinos. También recuerdo como decía que sus vinos caros eran “couture” y los de precio más módico eran  prêt-à-porter”. La imagen me resultó coqueta y recordé fábricas en China de ésas que fabrican masivamente ropa, bolsos, o lo que sea, para las grandes casas del mundo de la moda. Puede esto explicar algo.

Pero, hablando de moda, ¿estarán ya pasadas de ídem las botas enfangadas y nos veremos ante hordas de embatados y trajeados haciendo vino? “Superar la etapa agraria” implicará que el campo y las vides sólo quedan para fotos de brochure de marketing? Obviamente, si el “vino de calidad” es puro asunto de tecnología de punta y profesionales titulados, el viñedo bien podría no importar, ¿no? ¿Vivan la pepa y el vino post-agrario?

Así, de plano, una distopía entre lo irrisorio y lo alarmante. Bouvard. Pécuchet. Falcó.

Que alguien me lo explique, por favor. O que me indique lo que tengo que fumarme para alcanzar el plano mental en el que se reconcilia uno con ideas así.

La revista especializada da mucho más de sí, it turns out. Otros epistemas luminosos vendrán luego.

Nueva York 1: Terroir y el verano del riesling

Había leido y escuchado lo suficiente sobre el lugar como para sentirme entusiasmado. Y mi entusiasmo se tradujo en que me hallara yo en un taxi rumbo a la esquina de 1ra Avenida y la 12 a escasas horas de haber llegado a Nueva York. Iba solo, pero bueno, a veces hay que hacer las cosas así.El propósito manifiesto de mi retorno a la ciudad envolvía visitas médicas y un par de reuniones de negocios. Pero también me proponía una necesaria renovación personal a base del tipo de buena comida y buen vino que es tan difícil de hallar en Santo Domingo, donde resido actualmente.

En busca de vigor y vino de verdad me dirigía yo a Terroir , el nuevo wine bar de moda en el East Village (413 E. 12th St., New York, NY; http://wineisterroir.com/). Con ese nombre, esperaba encontrar algo que me viniera como un oasis tras semanas perdido en el desierto.

Hablando de “perdido”, me dió mi trabajito encontrar a Terroir. El taxi me dejó en la esquina de Primera y debo haberle pasado por al lado un par de veces antes de percatarme de que el bar queda donde queda. Es que el letrero es de bronce oscuro, sobre fondo de lajas no particularmente contrastantes, sin iluminación directa. Pero bueno, al fin dí con él y obtuve puesto en la barra fácilmente.

Visitando la web de Terroir podrán hacerse una idea muy clara de lo que me encontré yo en términos de la oferta vínica y gastronómica. Excelentes piscolabis y platitos de bar para acompañar una amplia selección de vinos enfocados en lo natural y auténtico. Claro, puntilloso como soy, mirando la carta descubrí unos cuantos lapsus, al menos en términos de purismo terroirístico. Vamos, que si voy a buscar un rioja convincente en ese aspecto, no va a ser de Muga, aunque sea el Prado Enea 98 (¡nada más y nada menos que a US$25 la copa! Porque Nueva York es Nueva York, ¿eh?). Es que lo que fuera un gran vino riojano en sus últimas añadas lo veo algo desmejoradillo. Y la bodega en sí como que cada día se me australiza más, o sea que fallo ahí para este qine bar que…

Por lo demás me resultó genial. La banda sonora durante toda mi estadía fue The Clash. Creo que nos pasamos London Callin (edición deluxe) y Super Black Market Clash completos.  Ser atendido por un barman que sabía la historia del sonsonete de piano de “Rock the Casbah” (fue cosa de Topper Headon, el baterista, que se puso a inventar en un receso de grabación…) y el tipo de guitarra que prefería Joe Strummer, además de hacer recomendaciones certeras de vino y comida, es algo especial—un lujito. Se me olvidó el nombre del muchacho, pero la verdad es que brilló.

En cuanto a la atmósfera, pues el público típico chic bohemio veintrentón, alternativoide y de actitud estudiada. El sitio gozaba de una semipenumbra no muy catatoria, pero favorecedora a la hora del ligoteo, del cual parecía haber bastante.

Tomemos el caso de un par de chicas sentadas a mi izquierda en la barra. El bartender, viéndome estudiar la oferta de rieslings correspondiente a un evento llamado “Summer of Riesling” que la gerencia se traía entre manos, tras decirle yo que mis circunstancias me obligaban a optar por lo seco, me sugirió que comenzara mis libaciones con un Balthasar Ress, Schloss Reichartshausen Riesling Kabinett, Rheingau 2007. Me divertía yo con la carta en sí, cuyo diseño gráfico era un cruce de collage dadaista y afichería punk. También me divertían mucho unas camisetas que venden, con eslogans del orden de “No barrique, no Berlusconi” y otros pronunciamientos legendarios del mundo del vino de verdad. Marketing, sí, pero del simpático.

Me divertía, les decía, y ocurrió el caso en cuestión. Dos chicas, muy guapas ellas, con aire de solteras y en busca, disfrutan copas de vino en la barra de Terroir. A la pelirroja (¿les dije que una era pelirroja?) se le acerca un individuo de vestimenta pijística y perilla. El tipo se presenta y entablan conversación. Alcanzo a escuchar como él intenta cautivar a nuestra heroina con su saber enológico. En una le suelta, con aire de “debes impresionarte”, que está preparando su examen para la Court of Master Sommeliers y comienza a soltarle todo un currículo de lo que ha hecho para acreditarse en el mundo del vino. Un cuadro de glamour y estrellato, pinta…

Por poco se me sale el riesling por las narices de la risa.

Esto tiene que haber sido uno de los más peculiarmente pedantes intentos de ligarse a alguien en un wine bar que he presenciado en mi vida (y les aseguro que he presenciado cada cosa…) La pelirroja, por suerte, decidió pasar del barbitas casi al mismo tiempo que éste le soltó lo de los Master Sommeliers y parecía a punto de embarcarse en una disertación sobre su “varietal” favorito.

Pero me extiendo demasiado en lo atmosférico. El Reichartshausen es un vinito precioso, fresco, de acidez risueña y con mineralidad sutilmente aspirínica. Por delante, la fragancia abunda en flores que algún día serían frutas cítricas y té blanco. En la boca está del lado angular de la categoría de los abocaditos, entrando esbelto y erguido y explotando sin la más mínima vacilación en el paladar medio con ola tras ola de toronja, fresa silvestre y minerales. Muy largo. Mejor comienzo, difícil de pedir. Acompañado por la comedia que se desenvolvía a mi lado, perfecto. Lo imaginé como un vino con fino sentido de la ironía y un talento acojonante para el mot juste

Seguí, tras breve deliberación, con un Mohr, Riesling Trocken Erstes Gewachs Lorcher Bodental-Steinberg, Rheingau 2004: De primera intención da melocotón y mirabelle. Acto seguido se percata uno de que hay, en el corazón de todo, un intrigante elemento de fruta roja. Mineralidad levemente medicinal. Amplio en boca y—hay que decirlo—mucho más simple que el anterior, lo que, hablando de “fino sentido de la ironía”, resulta irónico considerando que esto declara rimbombantemente ser un Erstes Gewachs (o sea, el equivalente germánico de premier cru). La carnosidad extra que lleva, en un formato seco, acaba por no ayudar a la impresión total. Más precisión y menos suculencia hubiese sido mejor.

Seguí también consejo del amable barman para la comida, probando una ensalada toscana de tomate, parmesano y atún, croquetas de risotto y un panino de jamón de pato, hongos y taleggio. Una cena sencilla que rompía mi dieta baja en carbohidratos, pero bueno, ya que estaba de turismo y joda y encima en un bar, pues…

Aunque ponían un montón de tintos por copa que me hubiese interesado probar bajo otras condiciones, ¿por qué abandonar los rieslings, habiendo tanto de interesante? Así que seguí con el Hirtzberger, Riesling Smaragd “Hochrain”, Wachau 2001. Creo que en estos momentos copear este vino en barra o restaurante es la mejor manera de hacerlo disfrutable a la clientela. La aireación propiciada por esta modalidad de servicio ayuda mucho a un vino que de una botella recién abierta hubiese estado de un impenetrable que no quiero imaginarme. En términos astronómicos esto sería una especie de enano blanco cuya energía se manifiesta, en vez de en calor, en aromas y sabores ahumados, pizarrosos y cítricos (particularmente naranja rubí). Cremoso de textura, con un cierto aspecto de cera. Denso. Intenso. ¿Les dije que intenso? Posgusto muy largo, apretadísimo.

¿Ya le echaron una ojeada a la carta de vinos de Terroir? Habrán notado que los precios por copa no son nada tímidos, por así decirlo. Pero me parece que tampoco son caros, considerando el volumen que te sirven y la calidad de los vinos. Además, a los que me leen en Europa, nada, que con lo que pronto va a valer (o, mejor dicho, a no valer) el dólar si las cosas siguen como van en la economía norteamericana, esos precios serán para ustedes, los de divisas poderosas, una bicoca. Pero al volumen. Digamos que no quería excederme en cuanto a unidades de alcohol. Ir a ver a mi endocrinólogo a la mañana siguiente de una bebienda de mayores no es buena idea. El hombre me manda a hacer cuanto análisis existe. Si me encuentra las enzimas del hígado algo animadillas, me mete tremendos rapapolvos.

Se notaba tranquilo ya el bar cuando decidí que podía tomarme sólo una copa más. Quise aligerar de cuerpo tras el Hochrain, pero no mucho. Me pedí una del Paul Blanck, RIesling Grand Cru “Schlossberg”, Alsacia 2004. Entre una marejada de limón y mandarina me encuentro con un higo fresquísimo. Al morderlo, se realínean circuitos en mi cabeza y de repente sólo puedo concentrarme en la arena que piso y en un aire especiado. Un vino largo, elegante y de mucha viveza, que se las arregla para ser a la vez sensual y cerebral.

Salí de Terroir contento, con riesling correindo por mis venas y una canción en los oidos:

 

 

Un nuevo comienzo…

Bienvenidos al nuevo hogar de La otra botella. Mi humilde blog, en el que vierto mis historias y sinceras opiniones sobre vino, vida, cultura y montones de cosas más, nació el 26 de abril del 2007, en el portal de vinos del Diario de la Rioja, www.lomejordelvinoderioja.com. Desde esa fecha hasta la semana pasada, generé allí más de 200 entregas. Veo el período que pasé en aquel portal como una especie de “primera edad” mía en la blogosfera y confieso un cierto sentimentalismo al respecto.

Aquellas páginas vieron mucho: Catas sensacionales repletas de vinos irrepetibles, igual que la diaria bebienda en mi hogar; apasionados debates sobre la industria actual del vino; el nacimiento de mis hijos; el fallecimeinto de figuras admiradas y queridas por mí; la música que mueve mis días; alguna noticia que estuviera yo entre los primeros en reportar a la enochaladura hispana; una que otra diatriba hinchapelotas de ésas que tan bien se me dan; mis andanzas por mi Nueva York adorada; mi mudanza de Nueva York a Santo Domingo… En fin, mucho. Pero lo que más vió La otra botella fue algo valiosísimo para mí, que va mucho más allá de lo bebido, lo pensado y lo narrado: La convivialidad.

En esta primera entrega de la “segunda edad” de mi blog no puedo menos que recordar la primera vez que escribí en la fase anterior. Abrí con una traducción creativa de unas líneas de John Wilmot, segundo Conde de Rochester:

“¡Oh, esa segunda botella es la más sincera, sabia e imparcial amiga que tenemos! Nos dice la verdad sobre nosotros mismos y nos obliga a hablar la verdad a los demás. Exilia a la zalamería de nuestras lenguas y a la desconfianza de nuestros corazones”.Creo que esto encierra el espíritu de lo que me dispongo a hacer—bueno, a continuar haciendo en este nuevo sitio. Mi blog se llama como se llama por esta cita del de Rochester, y de ella saca inspiración a nivel primario. Siempre digo que el vino me demuestra su verdadera virtud cuando, bebiéndolo con amigos, nos provoca a abrir esa otra botella, cuando queremos quedarnos con él por la sensación de amable gregariedad que nos provoca. Mi meta es comunicar eso aquí. O al menos intentarlo.

En el mundo actual, con un complejo industrial-mercadológico aparentemente obsesionado por banalizar, venalizar—que no fetichizar completamente—algo a la vez tan mundano y tan mágico como el vino, pretendo brindar un espacio donde pararnos a pensar, a comentar, discutir y quizás hasta transcender el discurso que lo ve todo como función de mercado. Quien busque una validación de los clichés que pasan hoy día por educación del “enófilo” se llevará un soberbio desencanto. Aquí no vamos a andar de mitos. Este es un espacio donde les hablaré yo un poco y, con suerte, engendraré conversación entre amigos sobre lo que vemos, bebemos y vivimos, tan cómodo o incómodo como nos sea lo visto, bebido y vivido. El vino, estoy convencido, tiene la capacidad de hacernos mejores seres humanos. Dejémonos hacer y compartamos el beneficio.

Hablarles de una “segunda edad” de mi blog sería una propuesta bien monga si el blog permaneciese igual que en su fase anterior. Como notarán, ahora habita en un dominio propio, algo que llevo deseando desde hace tiempo. La plataforma técnica me parece mucho más eficiente que la anterior y creo que a todos ustedes les será mucho más fácil de usar a la hora de comentar sobre mis escritos.

Aparte de las mejorías en cuanto a acceso e ingreso de posts y comentarios, planeo también implementar un mejor sistema de etiquetas y, eventualmente, colocar un archivo de mis artículos viejos, por si a alguien alguna vez le da por leerlos. También aumentaré considerablemente mi lista de sitios y blogs de referencia necesaria. Ustedes tendrán acceso a todas las mismas fuentes que yo, lo que me imagino nutrirá mucho más nuestras interacciones en la sección de comentarios. Además, voy a ponerle ganas a incorporar alguna otra firma en este espacio. Tengo unos cuantos amigos con mucho de inteligente y útil que decir. Sólo me falta convencerles, a ver si nos brindan un poquito de su talento.

Una cosita más: Muchísimas han sido las veces en que alguien me ha pedido que me ponga la gorra de educador y haga introducciones prácticas a diversos vinos y diversas regiones vitivinícolas del mundo en las que tengo un poquito de experiencia. Hasta ahora me he resistido a la idea. Sin embargo, creo que es un buen momento para experimentar, o sea que una vez al mes dedicaré una entrega del blog—más larga o más corta—precisamente a brindar a quienes la deseen una entrada a alguna región o algún tipo de vino que me apasione. Nada de reciclaje de manuales o información seca. Nada de pretenciones de “objetividad”. Pretendo presentarles las cosas como yo las veo y pues, si eso de algo sirve, muy contento me sentiré. Claro, si alguna sugerencia apareciese sobre lo que ustedes quieren verme cubrir aquí, la agradezco infinitamente.

Bueno, ya por hoy. A quienes vienen conmigo desde antes, gracias por estar aquí, queridos amigos. A quien pueda llegar nuevo, también gracias por estar aquí. Seguro que en amigos nos convertiremos. De copa en copa, llegamos a La otra botella.