La otra botella

Nueva York 1: Terroir y el verano del riesling

Septiembre 26, 2008 · 9 comentarios

Había leido y escuchado lo suficiente sobre el lugar como para sentirme entusiasmado. Y mi entusiasmo se tradujo en que me hallara yo en un taxi rumbo a la esquina de 1ra Avenida y la 12 a escasas horas de haber llegado a Nueva York. Iba solo, pero bueno, a veces hay que hacer las cosas así.El propósito manifiesto de mi retorno a la ciudad envolvía visitas médicas y un par de reuniones de negocios. Pero también me proponía una necesaria renovación personal a base del tipo de buena comida y buen vino que es tan difícil de hallar en Santo Domingo, donde resido actualmente.

En busca de vigor y vino de verdad me dirigía yo a Terroir , el nuevo wine bar de moda en el East Village (413 E. 12th St., New York, NY; http://wineisterroir.com/). Con ese nombre, esperaba encontrar algo que me viniera como un oasis tras semanas perdido en el desierto.

Hablando de “perdido”, me dió mi trabajito encontrar a Terroir. El taxi me dejó en la esquina de Primera y debo haberle pasado por al lado un par de veces antes de percatarme de que el bar queda donde queda. Es que el letrero es de bronce oscuro, sobre fondo de lajas no particularmente contrastantes, sin iluminación directa. Pero bueno, al fin dí con él y obtuve puesto en la barra fácilmente.

Visitando la web de Terroir podrán hacerse una idea muy clara de lo que me encontré yo en términos de la oferta vínica y gastronómica. Excelentes piscolabis y platitos de bar para acompañar una amplia selección de vinos enfocados en lo natural y auténtico. Claro, puntilloso como soy, mirando la carta descubrí unos cuantos lapsus, al menos en términos de purismo terroirístico. Vamos, que si voy a buscar un rioja convincente en ese aspecto, no va a ser de Muga, aunque sea el Prado Enea 98 (¡nada más y nada menos que a US$25 la copa! Porque Nueva York es Nueva York, ¿eh?). Es que lo que fuera un gran vino riojano en sus últimas añadas lo veo algo desmejoradillo. Y la bodega en sí como que cada día se me australiza más, o sea que fallo ahí para este qine bar que…

Por lo demás me resultó genial. La banda sonora durante toda mi estadía fue The Clash. Creo que nos pasamos London Callin (edición deluxe) y Super Black Market Clash completos.  Ser atendido por un barman que sabía la historia del sonsonete de piano de “Rock the Casbah” (fue cosa de Topper Headon, el baterista, que se puso a inventar en un receso de grabación…) y el tipo de guitarra que prefería Joe Strummer, además de hacer recomendaciones certeras de vino y comida, es algo especial—un lujito. Se me olvidó el nombre del muchacho, pero la verdad es que brilló.

En cuanto a la atmósfera, pues el público típico chic bohemio veintrentón, alternativoide y de actitud estudiada. El sitio gozaba de una semipenumbra no muy catatoria, pero favorecedora a la hora del ligoteo, del cual parecía haber bastante.

Tomemos el caso de un par de chicas sentadas a mi izquierda en la barra. El bartender, viéndome estudiar la oferta de rieslings correspondiente a un evento llamado “Summer of Riesling” que la gerencia se traía entre manos, tras decirle yo que mis circunstancias me obligaban a optar por lo seco, me sugirió que comenzara mis libaciones con un Balthasar Ress, Schloss Reichartshausen Riesling Kabinett, Rheingau 2007. Me divertía yo con la carta en sí, cuyo diseño gráfico era un cruce de collage dadaista y afichería punk. También me divertían mucho unas camisetas que venden, con eslogans del orden de “No barrique, no Berlusconi” y otros pronunciamientos legendarios del mundo del vino de verdad. Marketing, sí, pero del simpático.

Me divertía, les decía, y ocurrió el caso en cuestión. Dos chicas, muy guapas ellas, con aire de solteras y en busca, disfrutan copas de vino en la barra de Terroir. A la pelirroja (¿les dije que una era pelirroja?) se le acerca un individuo de vestimenta pijística y perilla. El tipo se presenta y entablan conversación. Alcanzo a escuchar como él intenta cautivar a nuestra heroina con su saber enológico. En una le suelta, con aire de “debes impresionarte”, que está preparando su examen para la Court of Master Sommeliers y comienza a soltarle todo un currículo de lo que ha hecho para acreditarse en el mundo del vino. Un cuadro de glamour y estrellato, pinta…

Por poco se me sale el riesling por las narices de la risa.

Esto tiene que haber sido uno de los más peculiarmente pedantes intentos de ligarse a alguien en un wine bar que he presenciado en mi vida (y les aseguro que he presenciado cada cosa…) La pelirroja, por suerte, decidió pasar del barbitas casi al mismo tiempo que éste le soltó lo de los Master Sommeliers y parecía a punto de embarcarse en una disertación sobre su “varietal” favorito.

Pero me extiendo demasiado en lo atmosférico. El Reichartshausen es un vinito precioso, fresco, de acidez risueña y con mineralidad sutilmente aspirínica. Por delante, la fragancia abunda en flores que algún día serían frutas cítricas y té blanco. En la boca está del lado angular de la categoría de los abocaditos, entrando esbelto y erguido y explotando sin la más mínima vacilación en el paladar medio con ola tras ola de toronja, fresa silvestre y minerales. Muy largo. Mejor comienzo, difícil de pedir. Acompañado por la comedia que se desenvolvía a mi lado, perfecto. Lo imaginé como un vino con fino sentido de la ironía y un talento acojonante para el mot juste

Seguí, tras breve deliberación, con un Mohr, Riesling Trocken Erstes Gewachs Lorcher Bodental-Steinberg, Rheingau 2004: De primera intención da melocotón y mirabelle. Acto seguido se percata uno de que hay, en el corazón de todo, un intrigante elemento de fruta roja. Mineralidad levemente medicinal. Amplio en boca y—hay que decirlo—mucho más simple que el anterior, lo que, hablando de “fino sentido de la ironía”, resulta irónico considerando que esto declara rimbombantemente ser un Erstes Gewachs (o sea, el equivalente germánico de premier cru). La carnosidad extra que lleva, en un formato seco, acaba por no ayudar a la impresión total. Más precisión y menos suculencia hubiese sido mejor.

Seguí también consejo del amable barman para la comida, probando una ensalada toscana de tomate, parmesano y atún, croquetas de risotto y un panino de jamón de pato, hongos y taleggio. Una cena sencilla que rompía mi dieta baja en carbohidratos, pero bueno, ya que estaba de turismo y joda y encima en un bar, pues…

Aunque ponían un montón de tintos por copa que me hubiese interesado probar bajo otras condiciones, ¿por qué abandonar los rieslings, habiendo tanto de interesante? Así que seguí con el Hirtzberger, Riesling Smaragd “Hochrain”, Wachau 2001. Creo que en estos momentos copear este vino en barra o restaurante es la mejor manera de hacerlo disfrutable a la clientela. La aireación propiciada por esta modalidad de servicio ayuda mucho a un vino que de una botella recién abierta hubiese estado de un impenetrable que no quiero imaginarme. En términos astronómicos esto sería una especie de enano blanco cuya energía se manifiesta, en vez de en calor, en aromas y sabores ahumados, pizarrosos y cítricos (particularmente naranja rubí). Cremoso de textura, con un cierto aspecto de cera. Denso. Intenso. ¿Les dije que intenso? Posgusto muy largo, apretadísimo.

¿Ya le echaron una ojeada a la carta de vinos de Terroir? Habrán notado que los precios por copa no son nada tímidos, por así decirlo. Pero me parece que tampoco son caros, considerando el volumen que te sirven y la calidad de los vinos. Además, a los que me leen en Europa, nada, que con lo que pronto va a valer (o, mejor dicho, a no valer) el dólar si las cosas siguen como van en la economía norteamericana, esos precios serán para ustedes, los de divisas poderosas, una bicoca. Pero al volumen. Digamos que no quería excederme en cuanto a unidades de alcohol. Ir a ver a mi endocrinólogo a la mañana siguiente de una bebienda de mayores no es buena idea. El hombre me manda a hacer cuanto análisis existe. Si me encuentra las enzimas del hígado algo animadillas, me mete tremendos rapapolvos.

Se notaba tranquilo ya el bar cuando decidí que podía tomarme sólo una copa más. Quise aligerar de cuerpo tras el Hochrain, pero no mucho. Me pedí una del Paul Blanck, RIesling Grand Cru “Schlossberg”, Alsacia 2004. Entre una marejada de limón y mandarina me encuentro con un higo fresquísimo. Al morderlo, se realínean circuitos en mi cabeza y de repente sólo puedo concentrarme en la arena que piso y en un aire especiado. Un vino largo, elegante y de mucha viveza, que se las arregla para ser a la vez sensual y cerebral.

Salí de Terroir contento, con riesling correindo por mis venas y una canción en los oidos:

 

 


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9 respuestas hasta el momento ↓

  • Gabriel Haro // Septiembre 27, 2008 a 5:05 am

    Me ha agradado leer esta descripcion muy literaria del local en cuestion, y las pinceladas sobre los personajes que se encontraban en el lugar, donde el vino y la musica tambien son protagonistas. Estos últimos son tratados de una forma muy natural y de uso cotidiano, sosa que se agradece. Eso si que para mi gusto, que es una opcion sólo personal prefiero escuchar a Ute Lemper, o musica con vocalista de jazz un poco melacolica, en fin solo es una opcion.

    Saludos.

  • Manuel Camblor // Septiembre 27, 2008 a 6:14 am

    Gabriel,

    El East Village, en un bar de gente “cool…” Lo que sonaba tenía, casi por necesidad, que ser punk-fusión icónico. Como comparación, en Momofuku Ssäm, otro lugar que me gusta mucho en el área, lo que suena es una curiosa combinación de AC/DC y The Ramones.

    Vamos, que sitios con Ute Lemper sonando seguro que hay también. En Terroir hasta hubiese quedado muy bien, intercalado con The Clash y algo de Velvet Underground, Ute Lemper cantando a Kurt Weill.

    En un plan menos intenso que The Clash, te recomiendo algo que escuché en otro sitio y que me hizo sonreir. La chica se llama Robin McKelle.

    M.

  • Patricio Tapia // Septiembre 28, 2008 a 1:47 pm

    Y yo, con algo de placer culpuso, me compré una de esas camisetitas con Mascarello que parece el che, verde guerrilla. No lo pude evitar. Y me gustó el bar. Grieco la sabe hacer bien. Un saludo. Y felicitaciones por este nuevo local. Se ve y se siente mejor.

    pt

  • Manuel Camblor // Septiembre 28, 2008 a 6:25 pm

    Hola Patricio. Muy bueno verte por estos rumbos. En algún artículo tuyo leí que me leías en mi otra versión. Ahora estoy aquí para seguir de “junior curmudgeon” con ánimo y colorido. Me hacía falta el cambio de aire, la verdad. He redescubierto el entusiasmo por bloguear.

    Debo confesar que yo sucumbí a la tentación de las camisetas también, pero me salvé de consumar la trastada porque no tenían XL en ese momento. Lo que siempre digo es que no hay nada más frustrante que una disposición de pecar a la que se le cierra una puerta.:-)

    M.

  • Patricio Tapia // Septiembre 29, 2008 a 9:03 am

    Claro que te leía. Llegué por mis compatriotas chilenos Méndez y Coralo, dos desalmados. Soy fan de La Otra Botella y me divierte mucho tu escritura.

    Y ahora, hablando de cosas trascedentes, de pecados consumados y de frustraciones varias, confieso por mi parte que no sólo me compré la camisetita ésa, sino que además presumí de ella. Como verás, algo realmente patético. Cuántos avemarías me recomiendas?

    Estamos en contacto.

    pt

  • Manuel Camblor // Septiembre 29, 2008 a 6:29 pm

    Me temo que no podría recomendarte ninguna penitencia, Patricio. Yo hubiera llevado la camiseta de lo más ufano también, igual que todavía me pongo un antique de Wine Therapy que tengo para ir al gimnasio y que espero ansiosamente la salida de las camisetas de Wine Disorder.

    Qué cosas, ¿no?

    M.

  • Olaf // Septiembre 30, 2008 a 1:12 pm

    La verdad es que ha sido muy agradable la primera entrada del blog (despues de la introductoria) y como dice Gabriel, me ha gustado la descripción de la situación.
    Saludos

    Olaf

  • Sobre Vino // Octubre 8, 2008 a 5:39 pm

    Siguiendo tu recomendación me acerqué a Terroir. A mi también me resultó dificil de encontrar. Natural, y es que está cerrado los domingos noche.

    La carta es decididamente punk en su diseño, así que no me sorprende que pasases tu estancia escuchando a The Clash.

    Gracias por el resto de recomendaciones para NYC. Fue una guía muy valiosa.

    Un abrazo

  • En casa, de vacaciones 4: Un nuevo favorito gastronómico en Nueva York « La otra botella // Noviembre 27, 2008 a 11:33 am

    [...] Hearth, la recomendación vino amplificada por mi tan agradable experiencia el pasado septiembre en Terroir, el bar de vinos que tiene la misma gente de Hearth justo al lado del restaurante. A;gp ,e decía [...]

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