Archivo mensual: octubre 2008

¡Nos jodimos!

Primero que nada, quiero agradecer sinceramente a todos los amigos de este blog que me han mandado buenos deseos y palabras de aliento en los últimos días. Como dejé saber en un comentario a mi última entrada, mi hijito Julián estuvo hospitalizado un par de días con un problemita pulmonar que, por suerte, ya parece irse resolviendo. El bebo está en casa con nosotros, tan alegre y juguetón como siempre.

¡Pero vaya susto que hemos pasado!

Siendo el padrazo dedicado que soy, pasé largos ratos en aquella suite del hospital. Mientras Julián dormía me dedicaba a responder e-mail y a leer noticias en la red mediante mi nuevo supercomunicador intergaláctico Blackberry. El miércoles recibí este artículo de WebMD, un sitio de informaciones médicas que frecuento. Poco después, me llegaban otras versiones de la misma historia desde varios diarios ingleses. También, Ricardo Chávez me envió un enlace a la noticia en MSN Latina. Decanter.com, algo rezagada,  no vino a reportar la historia sino hasta hoy.

El conciso título de esta entrega resume precisamente las implicaciones de la noticia, de resultar 100% válidos los resultados del estudio del que trata.

Resulta que los doctores Declan P. Naughton y Andrea Petroczi, de la Kingston University en Londres realizaron un análisis de muestras de vinos blancos y tintos provenientes de 15 países y descubrieron entre las muestras provenientes de un buen número de países europeos la presencia de metales pesados como cobre, vanadio, manganeso, zinc y plomo, entre otros.

La alarma viene de que esos metales se encuentran presentes en niveles potencialmente tóxicos, aún con un consumo de vino moderadísimo. Beberse una sola copa cada día tendría suficiente toxicidad cumulativa para causar severos trastornos de salud con el paso de los años. Se habla de diabetes, mal de Parkinson, cáncer… A los que llevamos ya nuestros añitos bebiendo alguito más de una copita diaria, lo dicho, ¡nos jodimos!

Curioso resulta que el análisis de Naughton y Petroczi exonera a vinos de Brasil, Argentina e Italia, los cuales no presentaron los niveles tóxicos de metales pesados. Los peores países en cuanto al contenido de metales pesados en los vinos evaluados fueron Hungría, Eslovaquia, Francia, Austria y España.

Todavía tengo que indagar mucho más en cuanto a los pormenores de este estudio. Alguito he leido yo sobre la presencia de cantidades significativas de sulfato de cobre en vinos bajo tapón de rosca. Pero quisiera entender mejor como llegan todos estos metales pesados a los vinos analizados. ¿Un caso extremo de terroir perverso? ¿Una contaminación externa? ¿Y qué hacen en Brasil, Argentina e Italia de diferente para que los vinos no tengan esta potencial toxicidad? Además, me interesaría enterarme del tipo de vinos de los que estamos hablando, pues no me basta solamente con “blancos y tintos” como descripción. Culpar a naciones enteras por unas cuantas muestras de vino que permanecen anónimas es, en el mejor de los casos, un argumento dudoso si no hay una sustentación irrefutable de la generalización. Es que noto en la cobertura de prensa de este estudio un cierto sensacionalismo del que no puedo dejar de sospechar.

Yo me quedo aquí, pensando en no dejar de disfrutar del vino. Tarareo una tonadita de BranVan 3000 titulada “Montréal”", la que va:

One day God woke up on old Mount Royal,

just a dream of the human form;

threw stones and cans

and comic books  in a kettle

and you came out like a shining goddess,

Heavy Metal…

Tres de CVNE y archivística…

Anoche anduve por la Cava Baja de Alvarez y Sánchez, aquí en Santo Domingo, para probar los reservas de CVNE junto a Víctor Urrutia y José Luis Ripa, vicepresidente ejecutivo el uno y director de exportación de la bodega el otro. A José Luis le conocía de antes. Una vez asistí a una cata-charla de vinos de CVNE y Contino que presidiera mi querido amigo Jesús Madrazo en Puerto Rico y en ella participó también José Luis. A víctor me lo encontraba por primera vez y la verdad es que me pareció un tipo muy interesante con el que he de charlar mucho más en el futuro.

Los presentados fueron tres vinos, comenzando por el CVNE, Reserva, Rioja 2004. No poca curiosidad sentí cuando Víctor se refirió a este vino como “un reserva moderno”. Amiga ha sido mi familia, parecería que desde siempre, de esto, otrora conocido cariñosamente como “CVNE 5to. Año” y si bien nunca he considerado los vinos de CVNE riojas clásicos en el más estricto sentido de la palabra, debo decir que arqueé una ceja ante esta abierta profesión de modernidad. Cosas mías…

El perfil es más o menos el mismo de siempre, aunque quizás con taninos de madera más evidentes y un tanto intrusivos en este momento. Hay buena viveza frutal y frescura en el paso de boca. Es en el posgusto donde la textura se hace un poquito granulosa y secante, pero no demasiado, por suerte. Funciona. Si el perfil le ha cambiado, no es que me vaya a molestar. Sigue siendo inmediatamente discernible como rioja y, sobre todo, pidiendo comida.

Luego probé el CVNE, “Viña Real” Reserva, Rioja 2001. Aquí, aunque se trata de un vino agradable y bien estructurado, me encontré con una pequeña duda en cuanto al perfil de sabores. Fruta negra con cuero y notas térreas. Hasta ahí, todo bien. Pero me falta algo tanto en el paso de boca como en la estructura profunda de este vino. Siento un ligero déficit de acidez y una falta de garra en los taninos que me preocupa un poco. Ademés, en el paladar medio la fruta se siente un poquito plana, falta de élan. No sé por qué, pero se me hace que el Viña Real va cada día más a tempranillo, dejando de lado otras variedades que fueran instrumentales a las cuvées que constituyeron los más fenomenales ejemplos de esta marca que probara yo en mi vida. Encima, añadiendo a la impresión de falta de energía, se siente aquí un cierto calor glicérico.

Siguió el CVNE, “Imperial” Reserva, Rioja 2004. Al igual que los dos anteriores, no me emocionó especialmente. Un Imperial sedoso, especiado y muy primario, con fruta negra bien madura y buen peso. Largo y cálido. Se deja beber amablemente ahora, pero creo que unos añitos más de botella le harían bien.

Dirán ustedes que mi nota es positiva, y en efecto, lo es. Entonces, ¿por qué declaro a la vez que no hubo particular emoción? Pues lo que me pasó aquí fue que no encontré ese duende que hace para mí un rioja extraordinario, esa tensión especial, ese garbo al moverse. Estos reservas de CVNE, todos de añadas alegadamente excepcionales, son vinos muy competentemente hechos a los que no les haría ascos jamás. Pero, recordando como me impresionaron cuando eran de la misma edad sus hermanos de añadas de los ochentas, no puedo evitar preguntarme si los vinos han cambiado, o si he cambiado yo.

Hablando de cambios, asistí a este evento sin mi siempre presente libretita negra. Tuve que ponerme astuto a la hora de tomar una “nota de cata” de los vinos. Me alegro de no haber tenido la libreta, pues se hubiera visto rara en una degustación que era mucho más social que técnica. Además, descubrí una ayuda de emergencia que sospecho se me hará muy valiosa en el futuro.

¿De qué se trata? ¿Cómo plasmó Camblor sus impresiones sobre estos tres CVNEs sin papel y pluma? ¡Pues llamándome a mí mismo y dejándome mensajes en el móvil!

No sé por qué no se me ocurrió antes. Si el móvil es cámara de fotos y video, calendario, receptor de mensajes de texto, teléfono y veinte cosas más, ¿qué le cuesta hacer de libreta de vez en cuando? Es menos conspicuo, si se va a tomar notas de voz, hacer una breve llamada por teléfono que sacar una de mis tantas grabadoritas digitales. Llamémosle una modesta eureka…

Durante este evento se suscitó un par de veces una pregunta interesante. Dos amigos de estas páginas querían saber si aún es posible ganar acceso al contenido viejo que gener entre enero del 2007 y finales de septiembre de este año, la versión anterior de La otra botella. La respuesta es afirmativa. Sencillamente hay que utilizar la vieja dirección. Gracias a la amabilidad de la gente de lomejordelvinoderioja.com, todo el material sigue ahí y el buscador funciona perfectamente. Hay un chino que se ha dedicado a dejar decenas de mensajes en las secciones de comentarios de muchos posts después de mi mudanza. No he quitado lo que puso. Está en chino. Igual me está mentando la madre o está haciendo una aportación valiosa sobre cualquiera de los temas que tanto nos apasionan. No sé. La cuestión es que el archivo de La otra botella está vivito y coleando, si se da el raro caso de que alguien lo necesite.

Errores fatales y otras burradas

En un momento de tranquilidad el pasado fin de semana, me dediqué a ponerme al día en mis lecturas internéticas. Ojo, “ponerme al día” porque había dejado pasar cuatro o cinco días sin dedicar mis madrugadas a leer los blogs de amigos y los diversos sitios de noticias sobre vino y gastronomía que tiendo a frecuentar.

No sé por qué, me dió por leer sobre política norteamericana y la ya global crisis financiera. A veces me pongo en ésas.

Pues caí en una entrega del genial Wine Camp de Craig Camp sobre las (erróneas) valoraciones de cosechas y vinos hechas a través de los años por James Suckling, crítico de vinos italianos para el Wine Spectator . En esencia, Craig denuncia la proclividad del Sr. Suckling a sobrevalorar añadas que, en regiones otrora caracterizadas por vinos sutiles y elegantes como Piamonte y Toscana, dan vinos hipermaduros, ostentosos, de taninos acolchados y con el obligatorio embarricamiento francés que caracteriza la más moderna enomodernidad. Suckling le planta puntuaciones de 99 y 100 a cosechas como 1997 y 2000 en Piamonte y Montalcino, premiando la opulencia de los vinos por encima de su tipicidad, su compatibilidad con comida, su longevidad o su mera bebibilidad (esto en oposición a la desgraciada “catabilidad” que tienen tantos vinos hipertróficos hoy por hoy, los que catas in poderte beber más de un sorbo o dos). 

Craig alude a la forma en que Suckling y la publicación para la que trabaja parecerían penalizar la delicadeza en los vinos, recompensando con las más altas puntuaciones solamente lo grande y obvio, las supertetas por encima del carácter. También discute directamente como los elaboradores piamonteses habrán aceptado las valoraciones de Suckling en términos de puro marketing, para ayudarles a mover el vino, pero que no comparten esos juicios ni de lejitos, reconociendo que las añadas en cuestión tendrán sus virtudes, pero distan de la excelencia en términos tradicionales.

Donde esta excelente exposé me pierde es cuando Craig Camp insta al Wine Spectator a la autocrítica y la aún más importante autorrectificación.

¿Para qué? No vale la pena conceder a esa revista mayor valor o legitimidad, en términos de información verdaderamente usable para quienes de verdad sentimos pasión por el vino. Sus puntuaciones debemos tomárnoslas como lo que son, meras fabricaciones mercadológicas, y seguir de largo. Si nos cuesta creer que James Suckling no tenga ni puta idea, podemos ver de nuevo su momento en el film Mondovino y confirmar.

Craig, al final de su artículo, nos brinda un enlace a la “Carta abierta a los elaboradores italianos de vino” escrita por Tom Hyland en su interesantísima web Learn Italian Wine. Hyland también habla de las valoraciones de Suckling, pero llevando las cosas a un plano mucho más útil para nosotros, los consumidores que queremos verdadera diversidad y originalidad en nuestra experiencia vínica. En vez de pedir a Suckling y al Wine Spectator que reconsideren sus valoraciones de ciertas añadas y cierto tipo de vinos, insta a los elaboradores mismos a no caer en la trampa de hacer vino sólo para impresionar a un sector de la crítica. Porque al final de todo estamos hablando de eso: Un sector. Una voz en lo que debe ser una feliz discusión entre muchas voces distintas, todas con algo que aportar.

Hyland explica como muchos elaboradores italianos andan dedicados a producir vinos “como les gustan a los americanos”, o sea, rimbombantes, hipermaduros, siropescos, bajos en acidez, con taninos mullidos y con potente presencia de roble. Acto seguido, explica también que esta idea de “los americanos” es muy injusta y deja fuera a mucha gente con gustos diferentes. Hyland invita a estos vinateros a hacer vinos auténticos, asegurándoles que el mercado no es un monolito y hay gustos para todos los estilos. Hacer vino buscando puntos de Robert Parker o el Wine Spectator, considerando a estos representativos de la totalidad del mercado americano, es una idiotez de primer orden. Es, porque George W. Bush está en el poder y existe Sarah Palin, que es el W con moño y tetas, pensarse que eso es representativo de la totalidad de todos los norteamericanos.

O sea que vean ustedes como, saliéndome de la política gringa, vuelvo a caer en ella.

Ah, esta entrada quizás venga cociéndose en mi mente desde antes de leer a Craig Camp y Tom Hyland. La semana pasada me encontré con palabras ahora inmortales en el olimpo de la enoridiculez pos-posmoderna, emitidas (aunque en realidad se me ocurren otras designaciones más onomatopéyicas para la actividad que las produjo) por Ezio Rivello, ex-enólogo de Banfi y uno de los más vocales individuos en el escándalo del Brunello di Montalcino: “No se ganan 100 puntos del Wine Spectator usando sólo sangiovese”.

Es que algunos tienen una escala de prioridadessssssssssssssss…

Hablando de prioridades y en otro orden de ideas: El sábado me dí, navegando por YouTube, con una cosa feísima. Ya había leido las noticias sobre el pleito entre Prince y ese galáctico repositorio de videos. Prince pretendía prohibir el uso de sus videos y su imagen en YouTube, alegando “bastardeo” de su música. Al final lo que logró fue que se quitara el audio a todos los clips que incluyen música suya. O sea que nada de disfrutar videos de Prince en el tubo. Pero lo peor de todo es que Prince no se limitó a sus propias interpretaciones de las canciones de su autoría.

Iba yo en busca de la lindísima versión de “Starfish and Coffee” que hiciera Matt Nathanson y me encuentro que todos los videos vienen sin sonido. Busco otras versiones de canciones de Prince y la cosa es más extraña. Me encontré que el video “oficial” de “I Feel for You” por Chaka Khan (démosle la cara, esa canción es casi más de la fenomenal CHaka que de Prince) no tiene sonido. Sin embargo, dando un poco más de refinamiento a la cosa:

Igual pasa con “Nothing Compares 2 U” por Sinèad O’Connor. El video “oficial”, mudo. Pero…

Dos versiones magistrales de tremendas canciones. La “Starfish and Coffee” de Nathanson, si me creen, es lindísima. A mis hijitos les encanta y a mí me fascina cantársela. Pero video con sonido no hay. Por culpa de Prince y las locuras que le entran.

Esto de un artista al que hemos visto versionando cosas de otra gente muy frecuentemente. Incluso alguna vez, en la otra encarnación de este blog, apareció el pequeño genio llevando “While My Guitar Gently Weeps” a niveles que… Bueno, ustedes lo vieron. Prince rutinariamente hace versiones de canciones de James Brown, The Ohio Players, Led Zeppelin y un montón de gente más. Hace videos de concierto que incluyen esas versiones (por ejemplo, éste), pero no deja que otros artistas hagan lo propio con su música, aunque las versiones que hagan sean excelentes.

Me he declarado muchas veces “fan” de Prince, pero ahí me perdió. ¡Qué estupidez!

Día 9: Un rescate y algunas memorias de bebienda doméstica

No sé por qué, se me antojó que debía rescatar una nota de cata que incluí el mes pasado en una de las últimas diatribas que publiqué en la encarnación previa de este blog. En un lamento titulado “¿Proto-réquiem?” metí, de forma un poquito forzada, lo siguiente:

Otra noche, ante una dietética ensalada con gambas y aguacate, me abrí el Schnaitmann, Riesling Trocken Uhlbacher, Wurttemberg 2006. Este lo compré en Chambers Street Wines durante mi última estadía en Nueva York. La nariz es más bien reservadita, con melocotón blanco y limón tocando una económica melodía (la sinestesia es lo único que queda, diría un amigo mío) sobre el poderoso y sincopado ritmo que marca una mineralidad tremenda. Lo importante aquí, queda claro inmediatamente, es una monumental mineralidad tizoso-cuárzica. Completamente seco y con excelente acidez para complementar su mineralidad, esto te hace la boca agua. La mineralidad se manifiesta en capas de textura, una de grano fino sobre otra de grano grueso, sobre otras diez más dando distintas impresiones. Largo y muy sabroso precisamente por esa texturalidad.”

Considero prudente este rescate porque hoy, en el noveno día de mi ciclo abstemio, consultaba mi libreta de apuntes y ví lo que ponía debajo del comentario arriba transcrito. Dice: “72h. Casi no se ha movido. La fruta se amplia, pero sin llegar a sobrepasar el rol de la mineralidad. Tras el melocotón se percibe una nota de humo y otra de pimienta verde. Al final, lo que rige aquí sigue siendo pura textura.”

Nueve días con sus respectivas noches sin vino. Ya, ya… Hice aquella pausa en este ciclo para lo de Col d’Orcia, pero aparte de eso, me he portado bien y, aunque el vino me ha hecho falta con las cenas de cada noche, lo llevo bastante bien. Aparte, siento que comienzo a deshincharme un poco. Los pantalones van aflojando. Quiero ver si al final de la experiencia puedo meterme en una talla menor.

Aprovecho para irme poniendo al día en cuanto a mis anotaciones de las últimas semanas. El inicio de esta nueva fase del blog no me ha permitido dedicarle un rato a la bebienda en casa, pero considero que sa, la cotidiana, la íntima, aquella que va en el presupuesto doméstico y de la que conversamos cada noche Josie y yo, es la verdaderamente importante. El vino, después de todo, no es para mí lujo, sino parte elemental del buen vivir, y eso no es cosa de “a ratos”, sino de siempre. Incluso una botella que no nos guste tanto, o una que francamente nos disguste, es enriquecedora por lo que nos hace hablar y compartir.

En una andábamos celebratorios, viernes por la noche y con algún pâté a la hora del aperitivo. Abrí el Drappier, Brut “Carte d’Or”, Champagne NV.

Debo confesar un poco de confusión. No sé lo que me pasa, pero últimamente abro botellas compradas en Santo Domingo de champañas que antes disfrutara rutinariamente en Nueva York y no me saben igual. Tomen, por ejemplo, el caso de mis comentarios recientes sobre el Pol Roger 98, que en repetidas ocasiones me he encontrado falto de enfoque y un tanto flácido… Pues esta Carte d’Or me hizo temer más de lo mismo y hacerme todo tipo de preguntas. Inicialmente es brioche tostada rellena de toronja y cereza sazonadas con jengibre, pero olisqueada en la distancia, a unas cuantas cuadras de la repostería. Tímido también resulta un airecillo mineral que se trae. Los aromas resultan tan distantes que no se sabe si vienen o van. En boca entra cremoso el vino, especiado y con buena acidez, pero, hablando de ir y venir, no va hacia donde yo hubiese esperado. La burbuja se siente gruesa, carente de elegancia, y hay un aspecto dulce que me hace pensar o en dosage torpe o en que esto contiene lo suyo del 2003. O las dos cosas… Falta nervio y decisión aquí. Se deja beber, si uno no espera mucho. Lamentablemente, su precio en este mercado es lo suficientemente elevado como para garantizar precisamente que uno espere.

Otra: Marqués de Riscal, Verdejo “Reserva Limousin”, Rueda 2007. No sé lo que me poseyó a darle una oportunidad. Todavía recuerdo una cena con Helio San Miguel en Nueva York, en el desaparecido Patria. Correría 1999. Yo llevé un par de añadas de esto, que serían de mediados de los noventas. La impresión en aquel momento fue muy similar a la de esta botella, o sea que si hay algo que pueda decirse de este vino, es que es muy consistente. Un verdejo decentito embadurnado con mantequilla y espolvoreado con vainilla e hinojo. Raro concepto, sí señor… En boca, entre notitas de manzana verde, se mete un amargor que  Vacila entre lo vegetal y lo mineral. Un tallo de mata, entalcado para salir a bailar. El peor problema aquí es uno de dos: O el roble está haciendo a la fruta parecer insustancial, o la fruta es insustancial y es por ello que el roble le queda como un extraño disfraz.

Aunque en este clima mayormente lo que me apetece es beber blancos, no dejo de probar tintos. Así cayó el Valduero, Crianza, Ribera del Duero 2005 con algún bifecito. Según tengo entendido, en Ribera el 2005 fue punto menos (¿O punto más? Es que mi memoria en estos días deja mucho que desear…) que el 2003 en términos de la caló y las consiguientes supermadurez de la uva y densidad de los vinos. Esta añada de un viejo amigo, al menos, eso es precisamente lo que refleja. Josie y yo nos tomamos una copita cada uno con la cena, dejando más de las dos terceras partes de la botella en la nevera para probar el vino la noche siguiente. Y la otra. Y la de más arriba.

Notas de cata idénticas en todas.

Huele y sabe a Three Musketeers (un dulce americano de chocolate malteado, para los que no hayan tenido esa experiencia. Los tonos lácteo-roblísticos, de primera intención, resultan incómodamente dominantes. Será porque más allá lo que se nota es una fruta confitada y de acieez marginal. Denso. Recio. Taninos un tanto rústicos, duros y de grano ancho. BUen largo, pero es un vino francamente incómodo de beber ahora mismo. ¿Evolucionará? No sé decirles. Durante cuatro noches estuvo esto en mi nevera y yo retorné a él en busca de afirmación, pues no es ningún secreto que he sido desde hace mucho tiempo admirador de los vinos de Valduero. Pero el avance aquí fue mínimo, casi nulo. Hmmmmm… Habrá que ver lo que pasa.

Bueno, ya les dejo por el fin de semana, a menos que explote algún notición en el mundo del vino y sienta el impulso incontrolable de comentar que tantas veces me entra. Chica de buen ver. Voz deliciosa. El videito que les pongo hoy, por si les apetece, va en una onda distinta a la que últimamente me traigo. Robin McKelle, cantando algo de Steve Miller (algunos amigos tengo que probablemente tengan el 45 original de este “hit” ochentero):

 

Iberoamérica en cata 12: ¿Ya es otoño?

Como tengo nueva casa para mi blog, decidí que debía participar en la más nueva edición de Iberoamérica en cata. No es que se me hayan puesto fáciles las cosas. Lo primero, el evento caía medio a medio de dos semanas abstemias que me habían sido prescritas por mi médico. Lo segundo, el tema sugerido por el buenazo de Joan Gómez Pallarès como que no le va a esta isla donde ahora vivo. Porque lo de “vinos de otoño” en realidad me ponía en la ruta de la nostalgia de nuevo, pensando en Nueva York y en mi época favorita cada año.

Me encanta el otoño, especialmente en Nueva York. Comienza a hacer un poquito de frío, pero no lo suficiente como para hacer necesario abrigarse mucho. Uno puede tirar tela, complacer al dandy y andar con algún abrigo de peso ligero o mediano, abierto, o con una chaqueta bien hecha sobre uno de esos suéters de cuello de tortuga que me gustan tanto. Además, se acaban las sudoraciones que me hacen tan odioso el verano… Y la temporada es generosa con vegetales que me encantan. Ir a buscar tanta bella cucurbitácea al farmer’s market era una de mis actividades favoritas. Bueno, quizás después de lo que hacía con las cucurbitáceas en cuestión cuando llegaban a casa. Y no digamso nada de la magia de Central Park cuando los árboles cambian de color. El parque parece presa de un incendio benévolo. 

La cuestión es que ahora vivo en el Caribe, donde las hojas sólo conocen el verde la temperatura se limita a variantes de calorazo. Lo más cercano a “otoño” que puedo concebir en estas latitudes es el final de la temporada ciclónica. Si quiero frío, subo el aire acondicionado. Todo lo demás, en cuanto a otoño se refiere, vive en mi imaginación.

¿El vino del otoño? Pues, el mismo de ayer y mañana. Nada de adaptar el vino al clima aquí. Más bien, la única opción es hacerlo al revés y beber cualquier cosa, esperando que el calor nos sea leve y nos deje disfrutarla.

Y estaba lo de la orden médica. A mis años oné un estertóreo “¡No me joda nadie!” y decidí que haría un hiato en el hiato alcohólico. Pasó una semana desde que había comenzado la pausa. Decidí darme una noche de licencia e iniciar la otra semana al otro día, o sea, hoy. Tenía una invitación de Alvarez y Sánchez, una casa importadora local que ahora comienza a explorar el vino italiano. Ponían anoche los brunellos de Col d’Orcia, una casa antigua y muy reputada de la zona de Montalcino, en Toscana.

El nombre de Col d’Orcia lo había yo leido por última vez la pasada primavera, cuando estalló el escándalo de la alegada adulteración de brunellos por parte de algunas grandes bodegas, entre ellas Argiano, Banfi y Antinori. Pueden leer un interesantísimo, bastante apasionado y sumamente informativo artículo del fenomenal Juancho Asenjo sobre el tema en:

http://elmundovino.elmundo.es/elmundovino/noticia.html?vi_seccion=12&vs_fecha=200804&vs_noticia=1208987495

El escándalo consistió en que un magistrado de Siena ordenó que se investigara a varias bodegas tras acusarlas de “adulterar” sus brunellos, vinos que deben ser monovarietales de sangiovese grosso sometidos a estrictas normas de vinificación y crianza, con cabernet sauvignon, merlot y otras cositas de esas que dan más color, más de esto, de lo otro, y molan más en “el mercado internacional”. Pues el conde Francesco Marone Cinzano, propietario de Col d’Orcia, es a la vez el presidente del consorcio de productores de brunello de Montalcino y, como es de esperarse, una de las figuras más mentadas en la cobertura de prensa del “Brunellopoli”, que es el nombre con el que se conoce este guirigay. Ah, y que no se me olvide, Col d’Orcia, según ciertas fuentes, es una de las bodegas implicadas en la investigación.

Yo, por mi parte, llegaba a probar los vinos tratando de sacarme de la mente todo lo leido sobre el escándalo del Brunello de un tiempo a esta parte. Recordaba vinos más viejos de Col d’Orcia que había catado en el pasado y que me habían gustado y quería dar el beneficio de la duda. Allá la investigación en Italia que saque lo que saque, yo iba a romper mi ayuno alcohólico con un par de brunellos, que son vinos muy otoñales e invernales para mí, o sea, vinos que nada más se me ocurriría beber cuando la temperatura baja dramáticamente.

Me presenté con Josie en el Caffè Milano, un restaurante italiano muy de moda aquí en Santo Domingo, que tiene, dicho sea de paso, tremenda bodega con muchas botellas interesantes. Ahí era el evento de Col d’Orcia. me sorprendió un poco, aunque quizás no debía, encontrarme con un salón lleno de caballeros trajeados bebiendo vino tinto. Yo venía en mangas de camisa, o sea, en el “smart casual” que es el código de vestimenta del lugar donde trabajo. Vino recio. Traje y corbata. No quería ni imaginarme el calor que debían estar pasando muchos ahí, aún con el aire acondicionado. Pero bueno…

Josie estaba concentrada en otra cosa. Ella era una de un puñadito de mujeres. La predominancia masculina era absoluta y mi mujer se sentía, muy a las claras, como bicho raro. Gran parte de nuestra conversación se centró en como podíamos introducir más mujeres en el giro del vino aquí. Necesario. A mí tampoco me va muy bien cuando estoy en compañía exclusivamente de hombres. Inmediatamente echo en falta la gracia y la sensibilidad femeninas. No que esté mal andar entre hombres y beber vino, pero siempre he dicho que con mujeres la cosa mejora.

Lo que probamos… 

El primer vino que nos sirvieron fue el Col d’Orcia, Brunello di Montalcino DOCG 2003. De color no está especialmente profundo. De hecho, muestra bonita transparencia y brillo, aún en la escasa luz del local. A través del vino puedo ver los contornos de mis dedos agarrando el tallo de la copa, lo que es muy buena señal.

Aromáticamente es muy brunello joven: Austero, salino, térreo, con una fruta que no sonríe, sino que te mira con cierta intensidad esperando que hagas algo. Entre la salinidad se desprende un cierto asuntico de tabaco rubio que torna repentinamente en violetas desecadas. En realidad no surge en la nariz casi nada de la sobremadurez que hubiese esperado en un 2003.  Hay algo leve de carácter rostizado en la fruta, pero no me parece particularmente significativo, considerando lo que pasó en muchas otras regiones europeas.

En boca el vino entra suave, sedoso, con fruta negra en la que se aprecia un poquito más ya el calorazo de aquel verano. Pero sorprende por su relativa ligereza. En el paladar medio se manifiesta esa salinidad que por momentos sugiere mineralidad calcárea igual que cuero. Casi inmediatamente golpean los taninos, que no por ser maduros y tener sus aristas redondeaditas dejan de ser muy considerables. Te secan las amígdalas su poquito y es inevitableadvertirr que hay en este vino bastante madera, probablemente en buena proporción madera nueva, por los subsaborcitos cremosos que acompañan a esa sequedad. El posgusto es bastante largo y en él el vino parece ganar peso. Quizás en el calorcito alcohólico que te queda sobre la lengua es que más se siente la añada canicular. No me dan ganas de pensar si esto ha sido manipulado, o si tiene adiciones de alguna variedad que no sea sangiovese grosso. Como comentábamos Josie y yo, se deja beber bastante bien ahora e incluso promete para la guarda. No hay excesos y tiene bastante carácter de brunello, como ya dije.  

Bueno, lo de “se deja beber bastante bien” es relativo. Hay que aclarar que yo, probando este brunello, me encontraba directamente debajo de una de las salidas del aire acondicionado, la cual me daba de pleno en mi rasurado cráneo. Y aún así sentía que sudaba un poquito. Aparte de que los taninos de este vino piden, a falta de tiempo en botella, una comida bastante otoñal y grasa, decididamente el todo pide también un flujo sanguíneo menos animado que el que propica este clima supertórrido en el que ahora vivo.

Pero bueno, procurando no perder de tacto el fresquito de la ventanilla de aire, circulé y saludé a unos cuantos conocidos, hasta verme con una copa del Col d’Orcia, Brunello di Montalcino Riserva DOCG 2000. Aquí el color es similar al del brunello básico, aunque quizás un poquito más claro y con un tono cobrizo entre destellos. Hay un toque de volatilidad en el aroma y un claro achocolatamiento detrás de un impacto de silla de montar sudada y tomillo seco. Luego, antes de llegar a la fruta, otra vez rostizadilla, hay algo de nuez moscada y canela. Hay que decir que todo esto lo presenta algo reticentemente. Hay que darle manigueta a la copa para ir notando los aromas. En boca la impresión es de un vino cerrado, potentemente tánico y un poquito subidito de alcohol. Sin que nadie me mostrara nada adiviné que podía cargar 14% como mínimo y, cuando Josie me mostró el volante con referencias y apuntes bodegueros, resultó que acerté.

Tocaban las ocho de la noche cuando decidimos marcharnos. Acabamos la velada eventualmente comiendo pizza de jamón y hongos en un sitio favorito, acompañándola con una botella del Cantina Terlan, Pinot Bianco “Vorberg”, Alto Adige 2006, floral, suculento, fresco y con una interesante mineralidad aspirinesca. Una cena ligera. Un sabroso blanco. Otoño tropical. 

Hoy ya he vuelto al hiato. Tan rápido redacté esta entrada para poder estar a tiempo con ella el 15 de octubre que se me olvidó incluirles un videito. A esas nociones de otoño tropical con las que concluí, añadamos esta banda, que tan rÉpidamente se ha convertido en una de mis favoritas. Si tuviera veinte años menos, quisiera tener este tipo de energ7a y poder hacer este tipo de música, la de The Kooks:

Lecturas antes de guindar los tenis…

Los que me leen desde hace mucho saben que una parte crucial de mi enochaladura es la literatura del vino. Compro mucho vino. Consumo mucho vino. Casi obsesivamente. E igualmente adquiero y leo libros sobre vino. Cuando me acuerdo, hasta va y recomiendo la lectura de uno u otro, por lo del deleite edificante.

En su superficie, el que yo les recomiende el volumen (ojo a esta palabra, que es un volumen hecho y derecho y pesa como tal el tocho) que les voy a recomendar puede parecer bastante raro. Es que llevo años despotricando contra las guías de vino y éste, si nos ceñimos a una definición estricta de “guía”, podría ser visto como no más que eso.

Se trata de 1001 Wines You Must Taste Before You Die (Universe Publishing, Nueva York 2008), editado por Neil Beckett y con las colaboraciones de un elenco estelar de cronistas del vino de todo el mundo, muchos de ellos responsables, como bien lo pone un anuncio en el interior, de la que considero la mejor revista de vinos del mundo hoy día, The World of Fine Wine.

Me encontré con el tomo durante mi última visita a Nueva York, mientras hojeaba libros de arquitectura, historia del mueble e interiorismo (ya saben, mi métier postizo en virtud del negocio familiar…) en Rizzoli. La portada me motivó un poco de risilla burlona, con su ilustración de una botella de Château Pétrus sobre una bandeja. Imaginé que se trataría de un libro más sobre los vinos aspiracionales que todo neo-enosnob debe “darse” y dárselas de. Me acerqué y le eché un vistazo… Y acabé por llevármelo.

Resulta que la idea no es un compendio de “lo mejor de lo mejor” y no se andan con muchas valoraciones (aunque en alguna ocasión citan puntuaciones de Gault-Millau, o algún otro, pero son las menos). El prefacio de Hugh Johnson y la introducción de Neil Beckett ambos hacen ver que el libro a lo que aspira es a presentar una selección que abarca honestamente la inmensa diversidad del mundo vinícola de nuestros tiempos. Suelta una advertencia preventiva sobre la selección de 1001 vinos que se encontrará uno en las novecientas y pico de páginas que siguen, declarando que seguro habrá quien esté en desacuerdo y alguno que penalice la ejecución, etc., etc.

Yo, por mi parte y a mis años, he llegado a la conclusión de que los grandes libros en mi vida no han sido únicamente aquellos con los que me identifico, ante los cuales asiento vigorosamente, aceptando forma y contenido como irrefutable. También están grandes libros que me han contrariado lo suficiente como para hacerme pensar, reconsiderar, buscar la vuelta de las cosas, comprender otros puntos de vista… Claro, se requiere una fenomenal pericia para lograr un libro así, de los que te hacen discutir con ellos, practicar el arte de la subrayada irónica, meter cientos de comentarios al margen  y soltar interjecciones no aptas para menores, pero que a la vez no puedes soltar, que tienes la obligación de leerte hasta el final.

¡Y mira que peleé con 1001 Wines! Claro, Beckett declara saber que muchos de los vinos incluidos en esta relación están destinados a crear controversia” (¿Le apetece a alguien una copita de Château Pavie 2003? ). Yo puedo imaginar el por qué de esas selecciones y apreciar la importancia de esos vinos en el panorama actual. Esta mentalidad tan tolerante me viene facilitada por la inclusión en el paquete de una bombona de… ¡Mateus Rosé! Anjá. Parecería ridículo, pero pensemos un poquito en los enómanos como un servidor, que llevamos un tiempecillo en esto… ¿No ha pasado algún ejemplar de esa famosa versión portuguesa de la Bocksbeutel por nuestras vidas? ¿Quizás más de uno? Ahí es que uno se da cuenta de que este libro representa una educación en el vino a la antigua, con sus tropezones didácticos, sus encantos y desencantos. Dar cuenta e mil y una botellas sería ese tipo de labor, larga y tan generosa en altas y bajas como una montaña rusa. Incluso un vistazo rápido al “Indice de vinos” que aparece al principio tiende a no ser tan rápido. Engancha. La secuencia de nombres da seguidillas. Si te encuentras un error, como en el caso de quien colocara al Viña Mein en el Loira, eso te invita a ver lo que ponen de Galicia (mis apreciados Juanma Bellver y Luis gutiérrez se lucen ahí y me alegra saber como coincidimos en cuanto a albariños, sobre todo en los casos de Do Ferreiro y Palacio de Fefiñanes; aunque en realidad no es la coincidencia lo que debería de celebrar, sino sus excelentes participaciones, porque excelentes lo son). Luego, de paso, te vas a los generosos andaluces (ese departamento está mayormente a cargo del gran Jesús Barquín, imagínense…) o te das una vuelta por el Mosela o el Rin (les suena Terry Theise? No digamos nada de David Schildknecht), o contemplas las posibilidades en Suiza. Y vas buscando en las páginas indicadas las entradas, leyendo y aprendiendo sobre los vinos. O entrando en desacuerdos de esos míos, que también son muy divertidos.

Ejemplo de una de ésas: Un solo vino del Beaujolais. ¿A que no adivinan de quién? Pues el Georges Duboeuf. “La Madonne”, Fléurie 2005. Ya, ya… Lo que me evitó la trombosis fue ver al pie de la página que también aconsejaban otros productores en Fléurie como Pierre Chermette, Michel Chignard y Clos de la Roilette. Que si no… Porque mira que poner un vino duboeufizado como ejemplo primario de esa apelación. Y no poner más nada del Beaujolais… Ahí fallan.  Y otra: De Château Pape-Clément tal parecería que la verdadera calidad comenzó con… ¡Aaaarrrrrrrrgh! Con Bernard Magrez. Ponen el 2000 y yo me pongo colorado. Pero al fin y al cabo, si alguien que está introduciéndose a esto del vino quiere “conocer” a Pape-Clément por primera vez, pues probablemente comience por una añada reciente, Magrirrollandizada. Lo que espero es que sea eso, sólo el comienzo, y que se le ocurra descubrir lo maravilloso que era este vino antes de Magrez. Y si, en ésas, descubre un 66, que me invite. 

También está la posibilidad de evitar el rayuelismo que yo asumí y leer este libro linealmente. No lo hice, pero lo imagino igualmente enriquecedor. En orden alfabético uno va encontrándose con vinos secos y dulces, blancos, rosados, tintos y quizás hasta de otros colores; se encuentra vinos tradicionales y vinos modernos, vinos ultramanipulados y vinos enteramente naturales, vinos del diario beber de los meros mortales y vinos del diario ostentar de quienes aspiran a la inmortalidad, o al menos a lucir más fi(s)nos de lo que son… El proceso en sí, esté uno de acuerdo con la selección o no (el prefacio y la introducción son obras maestras del curarse en salud, pues anuncian que quizás el aficionado podría pensar en otros 1001 vinos esenciales completamente distintos a los que aparecen en el libro), es lo mejor y, al final, lo que verdaderamente cuenta.

Pues, un muy buen libro con un título que lo haría pensar a uno otra cosa. Fíjense ustedes… No me pregunten cuantos de los 1001 vinos reseñados he probado. No quieren saber esa respuesta, se los garantizo. Igual que yo, retrospectivamente, tampoco quiero saberla, pues en el pasado me he zumbado cada cosaaaaaa… Además, estamos en tiempos de crisis y muchos de esos vinos… Pero si me pongo a pensar en este género de asuntos se me olvida que por el camino, aún con las experiencias negativas, he aprendido mucho. Este libro me pone a hablar la memoria con las facultades especulativas. Hablan del proceso. El camino. La vida. Eso.

Y ahora, videito de una de mis menos de 1001 cantantes de ahora que hay que oir antes de palmarla. Se llama Choklate y lo que hace es sencillamente delicioso:

Agua

Coincidencias de la vida… Mi amigo Jose me envía un enlace a un hilo enel foro de debate de Verema.com en el que se me reclama dar señales de vida. El interpelador, que me pide que me manifieste, se pregunta si me he pasado al bando de los del “agua del griifo”.

Por casualidad, hace unos días mi médico me ordenó pasarme dos semanas sin alcohol. Cero vino. Con lo dado que soy a repetir el dichoso dicho francés aquel de “Una comida sin vino es como un día sin sol”, se imaginarán lo fea que está la cosa, culinariamente hablando, chez Camblor, porque lo que estoy bebiendo más, desde hace cuatro días, es agua.

Claro, lo de los días sin sol es otra perversa coincidencia, pues Santo Domingo se ha pasado una temporada ya bajo torrenciales lluvias que no parecerían querer parar.

El agua que estoy bebiendo no es del grifo, no. Y eso me lleva a otra coincidencia entre lo sugerido en ese hilo de Verema y este momento en mi vida. Alguien manifestó en uno de los mensajes de esa discusión que la calidad de este blog había caido mucho, particularmente en el aspecto “vinícola”, pues desde que me mudé a Santo Domingo, según ese particular participante, lo tengo muy difícil para conseguir buenos vinos. 

En cierta medida eso es cierto, aunque creo haber seguido, tanto en la antigua casa de este blog como en esta nueva, dando lo mejorcito de mí y reseñando montones de vinos interesante a todos lso niveles. Okey, en lomejordelvinoderioja.com andaba un poco quejoso y oscuro de humor. Pero me las arreglaba para seguir encontrando cosas buenas que beber y segu7a en la misma onda a la hora de describir y debatir mis experiencias. Claro, Santo Domingo no es Nueva York ni de lejitos en cuanto a oferta vínica, pero le queda bastante cerca en cuanto a distancia real. A cada rato me monto en un avión y allá estoy, disfrutando.

Extraño criterio me pareció es de esta persona para juzgar el contenido de algo tan personal como un blog, el “vinícola”. ¿Es la identidad de los vinos discutidos lo único importante? ¿No cuentan para nada la experiencia y las idiosincrasias del cronista en la bitácora?

Pero a lo que iba… Que la oferta de vino de verdad es limitada en Santo Domingo, sí, pero la oferta de agua, si el grifo es la única opción y uno no quiere acabar con algún mal amebiano o algo peor, es nula. Eso ha requerido mucha botellita y mucho botellón en estos cuatro días.

Les parecerá raro que tome parte de esta entrega para responder a un hilo en un foro que nada tiene que ver con este blog. Pero es que a estas alturas me dan pereza todos los pasos que hay que dar para inscribirse y colgar esta misma respuesta allí. Como ya todos los que en esa conversación participaron conocen de la existencia de este espacio, pues, aquí me tienen a las órdenes.

Ah. otra cosita: ALguien opinó que yo soy “hombre de Vega Sicilia y no de Cirsion” por la imagen que aparece en el mástil de esta página. Esa botella es un mágnum de Vega Sicilia “Unico” 1968 que me abrió mi gran amigo el Dr. K en la ocasión de mis cuarenta, que celebré el pasado abril en Manhattan. El mágnum tenía TCA. Imagino una película codirigida por Woody Allen y M. Night Shyamalan en la que se explora suspenso-lúdicamente una conspiración para que esa botella llegara exactamente así a mi cuarenta cumpleaños, haciéndome al final descubrir que la botella soy yo y he sido creado por…

Nada, que al final no soy hombre de Cirsion ni de Vega Sicilia, si a lo que nos referimos como Vega Sicilia es el horror parkerizado que esa bodega saca al mercado hoy por hoy. El último “Unico” que para mí valió la pena era de los ochentas del siglo pasado. De ahí en adelante me dan lo mismo que un Cirsion cualquier día. Si alguien paga, los pruebo, pero no les pido matrimonio. Ni siquiera noviazgo.

Diez días más sin vino. Tengo mucho pendiente que contar y sustituiré las botellas reales de este período por la memoria de las ya consumidas. O les contaré sobre otras cosas. Para el resto del fin de semana, un videito de Jamie Lidell, porque cada día que pasa en esto es otro día…

Nueva York 5: Kori y epílogo con amigos y bellos vinos

Hoy aprendí muchísimo sobre como funciona el editor de WordPress. Tuve un pequeño contratiempo tratando de meterme en el blog desde mi oficina (usando Explorer en una máquina Windows, clave del problema) y pedí ayuda en uno de los foros de soporte técnico de WordPress. Una maravilla. En menos de una hora tenía la respuesta a mis preguntas y todo se había normalizado. Incluso aprendí que no debía copiar y pegar mis entradas desde Microsoft Word, algo que había venido haciendo, ignorantemente, desde el principio. Asumir que hay un solo estándar informático en procesadores de texto, y que este estándar es Word, resulta peligroso, como he podido descubrir. Borré la entrada en su versión original y la reescribo utilizando el editor de texto de WordPress. Creo que los resultados serán mucho más gratos a la vista.

 

Bueno, A la entrada…

 

Eramos seis en la mesa en Kori y queríamos olvidar rápidamente cualquier fiasco vínico de Chile o Ribera del Duero que nos ocupara en los últimos minutos, camino al restaurante.

 

Sentados a la mesa y con menús delante, hicimos borrón y cuenta nueva, comenzando en blanco. Lo mejor. Era un Huet, “Le Mont” Demi-Sec. Vouvray 2002 que el verdadero Jay Miller nos trajo. Muy intrigados estábamos todos por esta selección, pues se trata de un vino que supondríamos completamente cerrado a estas alturas, pero Jay nos dejó sorprendernos.

 

Y sí que nos sorprendimos por la accesibilidad de este vouvray jovencísimo. Donde esperaba yo impenetrabilidad absoluta, había una bella y amable presencia frutal: Melocotón, piña, limón en conserva, todo envuelto enroca triturada y mojado por agua de lluvia. La entrada en boca es suculenta y abocada, aunque casi inmediatamente el vino aprieta severamente, dejándote con la boca deliciosamente llena de minerales. Larguísimo. Fascinante como se comporta, particularmente por ese generoso inicio que tiene.

 

Miller, Coad y Kane en pose de leyendas de la comedia clásica hollywoodense

Miller, Coad y Kane en pose de leyendas de la comedia clásica hollywoodense

Llegaron pronto aperitivos coreanos diversos, mientras probábamos el Marcel Lapierre, Morgon 2006. Y es que la gamay y el granito forman el más feliz de los matrimonios. Armonía perfecta en la que, sin embargo, las voces de cada participante se mantienen perfectamente definidas. Profunda fruta roja que, aunque provoca el intelecto por su interacción con igualmente profunda mineralidad granítica, acaba por sacarte a bailar los sentidos con alegres notas florales y un delicioso amargor de cereza. Precioso vino, firme, vibrante y masticable.

 

Otro aporte de Jay fue el Chivite, “Colección 125″ Gran Reserva, Navarra 1988. La última vez que probé este vino fue de un mágnum estelar abierto en un cumpleaños mío, como cinco años atrás. Esta era una botella de tres cuartos de litro y se le sentía mucho más avanzada que lo que recordaba yo de la grande. Mucha madera de frente; todo cedro, chocolate y cuero nuevo. En boca se presntaba sedoso y con un agradable toque amarguito en el paladar medio. Sin embargo, el posgusto volvía a ser todo madera, con la fruta arrollada casi irremediablemente. Una muestra rarísima de lo que esperaba hubiese sido un excelente vino. Seguí de largo.

 

El plato que yo había ordenado era el Kimchee Sam Gyup Sal, un estofado de tocino, col y buñuelos de arroz, entre otras cosas buenas. El mismo plato lo había pedido la primera vez que estuve en Kori, hace unos meses. En aquella ocasión me trajeron la versión picante, un despiadado aniquilavinos. En esta vuelta me preocupé por especificarle a la camarera que lo quería con el menor picante posible. Me hizo caso la cocina y el maridaje con los vinos, aunque no siempre feliz, no estuvo mal. Eso sí, al que mejor le fue con este plato fue al morgon de Lapierre.

 

Lo próximo en cuanto a vinos venía en mágnum y a ciegas, pero como lo había traido mi querido amigo Victor, asymí que era burdeos. Una nariz perfumada, floral, que provocó una interesante discusión durante la cual comprobé que no tenía ni idea sobre violetas y lilas, que consideraba una misma flor, aunque en realidad son flores muy distintas. Aparentemente, mi memoria sensorial de violetas y/o lilas tenía más que ver con colonias para bebé que con las flores propiamente dichas (vainas de haber nacido y crecido en el Caribe urbano). Bueno, pues, fe de erratas, ignorancias, etc. Full disclosure.

 

La cuestión es que yo originalmente establecí que los aromas eran para mí de violetas, pero la mesa entera los identificó como lilas, flor de aroma supuestamente más delicado y etéreo. Pendiente a poder darme una vuelta por los parques de Manhattan en época de lilas, para confirmar dicha fragancia, cedo ante el consenso.

 

Pues andaba yo despistado, buscando referentes nasales que me afianzaran en mi sospecha de que esto fuese un Saint-Julien o Margaux, que era para donde tiraba mi mente la identidad de este vino. Elegante y gentil en su entrada, pero presenta a la vez una firmeza en su andar, una profundidad de voz y un tono en su fruta que me desconciertan. Pero su tacto es delicado, sedoso. Hay mucho de cuero. No cualquier cuero. Peletería fina de zapatos hechos a la medida. Y abundantes especias dulces. En el paladar medio la fruta adquiere densidad, deja sentir su musculatura, pero sin perder por un momento la delicadeza. Y siempre están presentes esas lilas, o violetas, o lo que sean.

 

Victor sonreía satisfecho al habernos puesto a todos a adivinar erróneamente. El vino era un Château Latour, Pauillac 1971. Una verdadera belleza. El paso gentil, pero firme, y la voz profunda debieron delatarlo, pero el todo es tan perfumado, tan femenino, que resulta difícil de aceptar como Latour. Otro vino maravilloso de 1971, una añada que no fue particularmente popular con los críticos y con quienes de ellos se llevan, pero en la cual los vinos han ido teniendo la última palabra.

 

Como de costumbre con nuestro grupo de amigos, nos enrrollamos mucho y se nos va volando el tiempo. Habiendo consumido solamente esos cuatro vinos notamos que el restaurante ya estaba vacío y todos simultáneamente nos dimos cuenta de que las amables camareras esperaban por nosotros, los últimos clientes en el local. Pedimos la cuenta y pronto partimos. Pero aunque ya era tardecito, no estábamos aún en las de claudicar. Regresamos a casa de Joe y allí, como era de esperarse, ocurrió alguito más.

 

Comenzamos la ronda extra con un Clos Rougeard, Saumur-Champigny 1997, vino que, en las tres o cuatro veces que lo he probado en los últimos dos años, me ha dado mucho placer. En este caso, una preciosa nariz floral con tonitos volátiles y el roble que esto lleva ocupando un sefundo plano. Humo y fruta roja muy pura. Excelente enfoque de aromas y sabores e impecable estructura en un vino amplio y sedoso. Ahora mismo está en un tremendo momento, aunque puede mejorar más con unos añosen botella. Verdaderamente rico.

 

Colección 125 Gran Reserva 1988

La gran sorpresa de la noche: "Colección 125" Gran Reserva 1988

Jay Miller nos tenía una sorpresa. Se había traido del restaurante la casi media botella que quedó del Chivite, al que cais nadie había hecho caso. El vino había dado un giro dramático. Donde había demasiada madera, ahora aparecían agua de rosas y una carnosidad melonesca. La fruta se decide a salir al frente y está vivísima, se apodera del escenario y revela que la madera era un mero accesorio. Impresionante cambio. Hay que dar un reconocimiento muy especial a Jay por ahber tenido la visión para darle una segunda oportunidad a este vino, que la merecía de sobra.

 

En mi mochila quedaban dos vinos. Saqué las botellas, no sin cierta trepidación, porque si me salían dos desastres como las primeras botellas que puse sobre la mesa se me caería la cara. La primera botella la había comprado en Les Caves Taillevent, creo que hace exactamente diez años. Me la había vendido un simpático chico en la tienda con quien había tenido una conversación sobre como encontraba tan poco de interesante en Languedoc, etc. Me recomendó este Domaine Sarda-Mallet, “Terroir Mailloles”, Côtes de Rousillon 1995 y me aconsejó darle algo de guarda.

 

Ya, adivinaron… Otro 95 que olvidé. Salió de la misma caja de botellas sueltas que el Don Melchor y el Teófilo Reyes. ¿Sería el que rompería el ciclo de la muerte? Estaba yo horrorizado ante el prospecto de que no lo hiciera.

 

Pero lo que salió de esa botella no sólo fue un vino vivito y coleando, sino, encima, bastante interesante y sabroso, prueba fehaciente de que algunos encargados de tienda sí que saben escuchar al cliente y recomendar bien. La nariz es sumamente garnachesca, con fruta que es un encantador cruce de melocotón con frambuesa negra y un golpe volátil que, por suerte, se las arregla para no molestar. Un vino térreo, con sorprendente mineralidad, taninos masticables y un deje de pasas maceradas en ron al final. Pero resulta equilibrado y muy bebible.

 

El Ardanza 73, por si creian que me lo estaba inventando

El Ardanza 73, por si creían que me lo estaba inventando

Aún más motivo para sentirme bien me dió la otra botella (¿qué querían, que me quedara sin hacerles ese jueguito de palabras que tan a mano se me ponía?). Era un La Rioja Alta, S.A., “Viña Ardanza” Reserva, Rioja 1973 y proveía prueba fehaciente de que la del 73 fue una añada espectacular para esta venerable bodega riojana. Nada más hay que recordar aquel perfecto “Centenario”, el sublime “Gran Reserva 890″ y el precioso “Gran Reserva 904″ y sumarles este Ardanza, que tampoco está nada mal, les digo. Especiado y con sutiles notas volátiles, esto está vivo y aún tiene una buena medida de fruta ciruelesca de frente. De fondo hay elementos de incienso y armario viejo, quizás un toquecito de aceite de naranja… Sedoso y, sobre todo, muy sabroso en boca. Un vino que está muy ahí, ya con su edad, pero enérgico y elocuente, cálido y largo.

 

¡Es que me reivindiqué, señoras y señores! ¡Me reivindiqué! Ahora lo que espero es que me queden al menos un par de botellitas más del Ardanza, porque me dan ganas de seguir viéndolo ser lo que es.

 

Sospecho que cayeron más botellas, pero en realidad me olvidé de tomar algunas notas. O me dí cuenta de que las notas que tomaba eran de la escuela alacenista y paré un rato de escirbir mientras seguía fluyendo el vino, para tratar de colocar mi pensamiento en la vía correcta. Pero ocurre que algunos epistemas son dificilísimos de soltar, y así me veo con nota sobre un Huet, “Le Haut Lieu” Sec, Vouvray 1989 abierta específicamente para enervar a Kane, porque se sabe lo que llora el chico cuando un vouvray no tiene azúcar residual…

 

Tremendo vino. Turrón de almendra con crocantes minerales y envoltura de heno. Pero en realidad ésa no es la acción principal, no señor. Lo grande de verdad es el nivel de toronja con que viene. I-M-P-R-E-S-I-O-N-A-N-T-E. En boca es perfectamente seco, con esa toronja viva, vibrante y suculenta. Ojo a ese adjetivo. “Suculenta”. Es un vino al que se le siente tremenda densidad y, sin embargo, resulta avispado y ágil, con un posgusto larguísimo, que adquiere firmeza y se trae una filigrana mineral que hace pensar en una especie de tiza marina.

 

Buen momento para concluir la crónica. Una noche de altas, con un bache causado por mí, con mis ideas de ponerme a traer aquello… Pero bueno, creo que los muchachos me perdonan.

 

Contándoles todo esto me han entrado unas ganas locas de volver a esa ciudad que dejé. Tanto así que ahora mismo me pondré a sacar pasaje. A los chicos, que les volveré a ver pronto. A ustedes, que pronto leerán más travesuras vínicas. Mientras tanto me quedo oyendo, porque estos párrafos me han puesto precisamente de ese humor, al siempre soberbio DJ Jazzy Jeff con Peedi Peedi, en una de las mejoresde uno de los mejores discos del año pasado, The Return of the Magnificent:

 

Nueva York 4: Preludio con funk, Concha, Toro y Reyes

Casi concluía mi visita a Nueva York y no había podido reunirme con lmuchos de mis amigos a beber bien. Uno a veces cae de sorpresa y la gente está fuera de la ciudad, o enredada en el trabajo… Así había ocurrido en esta vuelta. Pero la última noche apareció quorum para una buena.

 

Nos reunimos en casa de SFJoe para tomar un par de copas antes de ir a Kori, (http://www.korinyc.com/index.html), un excelente restaurante coreano a la vuelta de la esquina en el cual alguna vez ya nos recibieran anteriormente con todas las botellas que usualmente nos acompañan, sin castigarnos casi nada con tarifas de descorche. Fenomenal comida y un servicio esmeradísimo en esta perlita de local. Claro, la cocina coreana moderna de la chef Hyang Hwa Kim es un reto a la hora de maridar con algunos vinos, pero con un poquito de cuidado todo reto es sorteable.

“Nos” en este caso éramos el gran SFJoe, Brad Kane, Chris Coad, el verdadero Jay Miller, Victor Lederer y este servidor de ustedes. Todos llegamos temprano y no tardamos nada en ponernos p’al asunto.

 

Comenzamos con una botella de etiqueta a la vez muy artística y bastante inescrutable. Debatims buen rato sobre qué era qué hasta concluir que el vino era un Jean-Pierre Robinot, “Les Années Folles”, Vin de Table Français 2006, o sea,  rosado burbujeante natural de pineau d’aunis de Touraine llevado a clasificación “genérica” por alguna arbitrariedad u otra. El aroma instantáneamente me recordó como olía la ropa de algún amiguete de universidad muy de inclinación cannabística: Pachuli, hierbas, habitación cerrada, ceniza… Aparte de eso, hay un elemento de la plastilina con la que juegan mis hijos y un no-sé-qué de morbier sobre fresas frescas. Buena intensidad aquí, pero es un vino más bien rarón y apestosillo. Definitivamente no para los débiles de espíritu. Anís a raudales y muy masticable mineralidad en el final. Creo que lo de “más bien rarón” fue cosa de consenso.

 

Seguimos con una botella del Prager, Riesling Smaragd “Weissenkirchen Achleiten”, Wachau, Austria 1994, en lo que nos llegaba la hora de salir para el restaurante. Un maravilloso riesling seco, inmenso y opulento, pero con una elegantísima precisión de movimiento. La nariz es de miel, piña, melocotón, humo y una mineralidad oscura, seria, que surge para negar cualquier asomo de frivolidad sugerido por el dulzor de los demás aromas. En boca es cremoso, con abundantísima fruta de la que emergen elementos especiados y minerales. Largo y ancho. Delicioso. Uno de esos vinos que te dejan perfectamente satisfecho.

 

Hablando de satisfacción, en casa de SFJoe he podido yo descubrir y redescubrir la música de artistas cuya existencia ignoraba o había olvidado. Los gustos de Joe tienden a irse mayormente hacia country y folclore, acústico y meditativo. Hay interludios de jazz y otras cosas también. Lo que no me esperaba era una vena ultra-funky en mi amigo, la verdad, aunque no sé por qué me pilló tan sorprendido, pues es un individuo muy polifacético. La cuestión es que lo que salía de su servidor musical durante ese preludio a la cena me puso a mover los pies felizmente. Porque para mí si algo conjuga la feliz sensualidad de Nueva Orleans es… ¡The Meters!

 

 

 

 

Claro, tenía yo que venir y hacer una de las mías tras algo tan apoteósicamente rico como ese Prager. Había estado esa mañana en la bodega, buscando unas cuantas botellas para llevarme a Santo Domingo y algo para aportar esa noche. De una caja me salieron un par de botellas que juzgué “interesantes” para servírselas a estos amigos, pues se trataba de vinos de los que se había hablado bastante en aquellos primeros tiempos, cuando todos nos conocimos en aquel excelente rincón de la red el vino que era el Wine Lovers’ Discussion Group.

 

O sea, tenía que venir yo a introducir en esta civilizada compañía una botella de Concha y Toro, “Don Melchor” Private Reserve, Puente Alto Vineyard, Maipo, Chile 1995. Creo que aquí sobran las notas de cata convencionales. Me permito transcribir las impresiones de estos buenos amigos, todos ellos gente con quienes he compartido muchas copas y cuyos gustos conozco.

 

SF Joe: “Huele a vino sobremaquillado que ha visto mejores tiempos. Es como la mañana después del baile de la secundaria. Nadie se ha ido a casa aún y ves el maquillaje y la vestimenta decaer aceleradamente…”

 

Jay: “Monstruoso…”

 

Yo: “Esta es la “Cuvée After Eight, carajo. Menta con chocolate industrial.”

 

Bueno, por si no nos explicamos y en honor a mi querido amigo Felipe Méndez, que es tan aficionado a este tipo de producto de su patria, el vino estaba horrible. Amargo. descoyuntado. Compostado. Como algo artificial a lo que, misteriosamente, se ve envuelto en un proceso de descomposición biológica. Creo que dijimos algo sobre un esqueleto con tetas de silicona, no sé…

 

La cuestión es que, añadiendo dolor, puse también sobre la mesa una botella del Teófilo Reyes, Ribera del Duero 1995. Pensé que con lo buena gente que es el personal de Kori, no quería abusar con botellas potencialmente malas si no nos cobraban el descorche y no quería tener que pagar eldescorche por algo indisfrutable. En este caso la cosa iba de puro desgaste. Madera vivita y coleando y cereza cadavérica en la nariz. Hueco en la boca. Descarnado. Amargo. Granuloso. Los taninos ásperamente secantes de la madera y lo que parecería ser una adición de ácido se notan mucho en este penoso contexto.

 

Tanto el Don Melchor como el Reyes habían sido vinos altamente alabados por las revistas importantes del mundillo. Quizás cuando los compré no pensé en guardarlos el tiempo que los guardé, pero a veces uno pierde algo de vista y pasan estas cosas. Lo que me hace maravillarme es por qué diablos pensé yo que uno de estos vinos tenía la chicha y la estructura para mejorar con la guarda. Es que uno aprende mucho con los años. pero quizás nunca lo suficiente.

 

Hora de salir andando. Por suerte quedaba algo del riesling en la botella y todos pudimos lavarnos un poco el paladar antes de entrar en la verdadera materia de la noche. Mis amonestaciones me las llevé por las atrocidades presentadas. Me quedaban dos botellas en la mochila con las que reivindicarme. Bueno, eso si había suertecilla…

 

(Continuará)

¡Basta ya! 2: Medidas draconianas

Josie, de profesión, es periodista. Su especialidad es el mundo de la farándula y se mantiene muy al tanto de todo lo último. El jueves pasado me mandó un e-mail a la oficina con el siguiente enlace:

 

http://www.primerahora.com/noticia/musica/espectaculosasi/draco_lanza_hoy_vino_en_tiendas_digitales/234390

 

Para los que no están al tanto de estas cosas, “Draco” es el nombre adoptado por el artista puertorriqueño otrora conocido como Robi Rosa. Rosa es uno de los ex-integrantes de la agrupación juvenil Menudo (ocurrieron un poquito después de mi época; yo era más de tiempos de La Pandilla, pero marcaron la niñez de mi esposa muy vivamente), de la que también fuera miembro Ricky Martin. Difícil es de olvidar la actuación de Rosa en aquel clásico del cine, Salsa:

También difícil de olvidar es que Robi—perdón, Draco fue el autor de dos inmensos éxitos para su amigo y compañero de Menudo, Ricky Martin. Uno creo que fue “La copa de la vida” y el otro, nada más y nada menos que la infinitamente sobrerrepetida “La Vida Loca”.

Pero una cosa es el compositor de hits para los demás y otra es el Draco artista, que aparentemente (digo “aparentemente” porque, francamente, no tenía hasta ahora mucha conciencia de su obra) se especializa en especie de emo-pop-rock gótico-cantautoril con ideas fusionistas y melodramatismo a raudales.

Pues, según la noticia que me mandó mi mujer, Draco Rosa ha salido con un nuevo álbum en español titulado Vino. Ya. ya, tómenlo con calma, no salten a conclusiones, etc.  Quizás  se me adelantaron y ya vieron el video que acompaña la reseña de arriba. Si no, pues, aquí va:

No puedo menos que considerar las influencias de Draco Rosa a la hora de componer esta obra maestra. Utiliza con mucho panache la rima de “tinto” con “instinto”, que conocemos anteriormente de aquella bonita, si bien algo líricamente tropezona, salsa de su compatriota, Gilberto Santa Rosa titulada “Vino tinto”:

 

 

“Derrámate en mi copa…/Eres dueña de mi pensar/y mi bodega…” Ahí reside una relación amorosa completa, desde el kinkysmo sexual de esos primeros encuentros hasta lo que pasa invariablemente a la hora del divorcio, cuando la muy-muy se queda con la bodega y hace sangría con tus botellas de L’Ermita, Pingus. Masseto, Screaming Eagle y Château Pavie 2003.

¿Y cómo no recordar la rima de “tinto” con “distinto”, tan espléndidamente empleada por los Estopa de forma encantadoramente pueril en su clásico himno de romance callejero, igualmente titulado “Vino tinto”:

 

 

Aunque no me salta ninguna conexión lírica entre el tema de Draco Rosa y la magistral producción de Juan Pierre Giovanni—auteur internacional armado de una Roland 808 y un excelente instinto lingüístico—, no es difícil imaginar un nexo místico entre ambos temas. Además, considerando la genial rima del sonsonete de Giovanni, es que tenía que mencionarlo… Quizás podría ponerse a Giovanni como encargado de algún remix de la canción de Draco, a ver si así puede cambiar el carro.

 

Lo cierto es que, acordándome yo de algo que una vez ví en la red, sobre si “Tutankamón rima con Don Simón”, se me antoja que debería una nueva generación de compositores explorar otras posibilidades de rima para “vino tinto”.

Pero en serio: Me hacen subir la ceja derecha un par de líneas en el coro de esa canción:

Todo es vino.

Todo es natural.

 

Curioso, ¿no?

Observando la apariencia y las actitudes de Draco, uno podría esperarse a un apasionado por el vino natural de verdad, tenso, sin maquillaje, casi salvaje, con una conexión estrecha a la tierra. Pensaría uno a Draco como amante de un vino elemental, emotivo y auténtico, encantador con sus asperezas y todo. Ya me lo hacía yo bebiendo poulsard, o algún morgon de esos transcendentales, o cornas, o freisa, o txakolí tinto, o hasta alguna mencía impoluta de Ribeira Sacra no sé.

De ahí que me chocara tanto ver la foto que acompaña la nota de prensa que me mandara Josie.

¿Alguien con mejor vista y memoria que yo puede confirmarme las identidades de esas etiquetas en las botellas con las que posa el Draco? La caja no, que sé que es de Calvario. Pero lo otro… Pues tiene pinta de vino tecno, ¿no? Quizás me equivoco, pero las botellas se ven pesadas y las etiquetas tienen mucho design.

Acercándome a la web del cantante me encuentro con más detalles sobre sus proclividades vínicas y me quedo aún más sorprendido. Draco dixit, en una entrevista, hablando de sus vinos preferidos:

“I like Vega Cecilia [sic] 1997 from Spain, or some Amarones, from Italy….But generally I’ve been trying to stick to the Spanish ones, like Flor de Pingus. That stuff is off the hook. Also anything from 2001. That was a great year for all of them.”

¡Ay, el triste Vega Sicilia napificado de los últimos tiempos! Y el Sr. Sisseck será dizque “bio”, pero no se me ocurriría pensar en sus vinos como ejemplos de otra cosa que no sea rimbombancia, nuevorriquismo y aspiracionalidad burguesa. No digamos nada de que se trata de vinos bastante caros, muy VIP. Resulta que Draco es alternativo en su gestuario y, en cierta medida, musicalmente. Pero sus gustos en vino se van más bien a lo pop y lo pijo. En cuanto al vino, nos salió más Ricky Martin que Draco, el Draco. “Todo es madera (y billete), nada es natural”, podría cantar yo en respuesta. En este caso estamos, claramente, ante una víctima más de la moda del vino.

Hablando de esa moda, éste puede ser un excelente momento para mi segundo “¡Basta ya!” Porque seguramente no soy yo el único que está hasta los mismísimos de la “moda del vino”, del vino como posturita glamorística para disimular vacíos intelectuales. Hora es de que acabe de pasar la “moda” de marras, que se distinga el trigo de la paja y que los que van a quedarse apasionados por el vino lo hagan a cabalidad, sin temer a las profundidades del tema. Y a las celebridades, que por favor se abstengan de andar haciéndose los “sofisticados”, enganchándose al carromato de esta “moda” ¡Que se acabe de una vez la farsa y la ostentación, que se ha banalizado y venalizado demasiado el vino ya!

Pero bueno, quizás lo de esos enoproductos aspiracionales por los que se pirra mediáticamente Draco sea transitorio. Ojalá descubra la contradicción entre la imagen que pretende proyectar como artista y los vinos de los que habla públicamente. Perdón si parece que me ensaño con una celebridad que manifiesta haber “encontrado inspiración” en el vino y anda ufano por ello. Lo hago y no puedo evitarlo. Si se tratase de un ciudadano de a pie como ustedes y yo, le aplicaría lo del de gustibus no joderem la pacienciam, pero tratándose de una famosillo con fans y todo…

 

Ah, pero es que me fui por las ramas y embarqué en otra jodida diatriba más. Si estaba en lo de las influencias de la canción de Draco y se me olvidaba lo más importante. ¿Que “todo es vino”? Pues sí. Ese acercamiento holístico-zen lo conocía yo de algo:

Pin pirirín pin pin, wa-yo, wa yo-yo (añadiendo un toque de reggae a un repiquetear tan ibérico).