La otra botella

Nueva York 4: Preludio con funk, Concha, Toro y Reyes

Octubre 7, 2008 · 24 comentarios

Casi concluía mi visita a Nueva York y no había podido reunirme con lmuchos de mis amigos a beber bien. Uno a veces cae de sorpresa y la gente está fuera de la ciudad, o enredada en el trabajo… Así había ocurrido en esta vuelta. Pero la última noche apareció quorum para una buena.

 

Nos reunimos en casa de SFJoe para tomar un par de copas antes de ir a Kori, (http://www.korinyc.com/index.html), un excelente restaurante coreano a la vuelta de la esquina en el cual alguna vez ya nos recibieran anteriormente con todas las botellas que usualmente nos acompañan, sin castigarnos casi nada con tarifas de descorche. Fenomenal comida y un servicio esmeradísimo en esta perlita de local. Claro, la cocina coreana moderna de la chef Hyang Hwa Kim es un reto a la hora de maridar con algunos vinos, pero con un poquito de cuidado todo reto es sorteable.

“Nos” en este caso éramos el gran SFJoe, Brad Kane, Chris Coad, el verdadero Jay Miller, Victor Lederer y este servidor de ustedes. Todos llegamos temprano y no tardamos nada en ponernos p’al asunto.

 

Comenzamos con una botella de etiqueta a la vez muy artística y bastante inescrutable. Debatims buen rato sobre qué era qué hasta concluir que el vino era un Jean-Pierre Robinot, “Les Années Folles”, Vin de Table Français 2006, o sea,  rosado burbujeante natural de pineau d’aunis de Touraine llevado a clasificación “genérica” por alguna arbitrariedad u otra. El aroma instantáneamente me recordó como olía la ropa de algún amiguete de universidad muy de inclinación cannabística: Pachuli, hierbas, habitación cerrada, ceniza… Aparte de eso, hay un elemento de la plastilina con la que juegan mis hijos y un no-sé-qué de morbier sobre fresas frescas. Buena intensidad aquí, pero es un vino más bien rarón y apestosillo. Definitivamente no para los débiles de espíritu. Anís a raudales y muy masticable mineralidad en el final. Creo que lo de “más bien rarón” fue cosa de consenso.

 

Seguimos con una botella del Prager, Riesling Smaragd “Weissenkirchen Achleiten”, Wachau, Austria 1994, en lo que nos llegaba la hora de salir para el restaurante. Un maravilloso riesling seco, inmenso y opulento, pero con una elegantísima precisión de movimiento. La nariz es de miel, piña, melocotón, humo y una mineralidad oscura, seria, que surge para negar cualquier asomo de frivolidad sugerido por el dulzor de los demás aromas. En boca es cremoso, con abundantísima fruta de la que emergen elementos especiados y minerales. Largo y ancho. Delicioso. Uno de esos vinos que te dejan perfectamente satisfecho.

 

Hablando de satisfacción, en casa de SFJoe he podido yo descubrir y redescubrir la música de artistas cuya existencia ignoraba o había olvidado. Los gustos de Joe tienden a irse mayormente hacia country y folclore, acústico y meditativo. Hay interludios de jazz y otras cosas también. Lo que no me esperaba era una vena ultra-funky en mi amigo, la verdad, aunque no sé por qué me pilló tan sorprendido, pues es un individuo muy polifacético. La cuestión es que lo que salía de su servidor musical durante ese preludio a la cena me puso a mover los pies felizmente. Porque para mí si algo conjuga la feliz sensualidad de Nueva Orleans es… ¡The Meters!

 

 

 

 

Claro, tenía yo que venir y hacer una de las mías tras algo tan apoteósicamente rico como ese Prager. Había estado esa mañana en la bodega, buscando unas cuantas botellas para llevarme a Santo Domingo y algo para aportar esa noche. De una caja me salieron un par de botellas que juzgué “interesantes” para servírselas a estos amigos, pues se trataba de vinos de los que se había hablado bastante en aquellos primeros tiempos, cuando todos nos conocimos en aquel excelente rincón de la red el vino que era el Wine Lovers’ Discussion Group.

 

O sea, tenía que venir yo a introducir en esta civilizada compañía una botella de Concha y Toro, “Don Melchor” Private Reserve, Puente Alto Vineyard, Maipo, Chile 1995. Creo que aquí sobran las notas de cata convencionales. Me permito transcribir las impresiones de estos buenos amigos, todos ellos gente con quienes he compartido muchas copas y cuyos gustos conozco.

 

SF Joe: “Huele a vino sobremaquillado que ha visto mejores tiempos. Es como la mañana después del baile de la secundaria. Nadie se ha ido a casa aún y ves el maquillaje y la vestimenta decaer aceleradamente…”

 

Jay: “Monstruoso…”

 

Yo: “Esta es la “Cuvée After Eight, carajo. Menta con chocolate industrial.”

 

Bueno, por si no nos explicamos y en honor a mi querido amigo Felipe Méndez, que es tan aficionado a este tipo de producto de su patria, el vino estaba horrible. Amargo. descoyuntado. Compostado. Como algo artificial a lo que, misteriosamente, se ve envuelto en un proceso de descomposición biológica. Creo que dijimos algo sobre un esqueleto con tetas de silicona, no sé…

 

La cuestión es que, añadiendo dolor, puse también sobre la mesa una botella del Teófilo Reyes, Ribera del Duero 1995. Pensé que con lo buena gente que es el personal de Kori, no quería abusar con botellas potencialmente malas si no nos cobraban el descorche y no quería tener que pagar eldescorche por algo indisfrutable. En este caso la cosa iba de puro desgaste. Madera vivita y coleando y cereza cadavérica en la nariz. Hueco en la boca. Descarnado. Amargo. Granuloso. Los taninos ásperamente secantes de la madera y lo que parecería ser una adición de ácido se notan mucho en este penoso contexto.

 

Tanto el Don Melchor como el Reyes habían sido vinos altamente alabados por las revistas importantes del mundillo. Quizás cuando los compré no pensé en guardarlos el tiempo que los guardé, pero a veces uno pierde algo de vista y pasan estas cosas. Lo que me hace maravillarme es por qué diablos pensé yo que uno de estos vinos tenía la chicha y la estructura para mejorar con la guarda. Es que uno aprende mucho con los años. pero quizás nunca lo suficiente.

 

Hora de salir andando. Por suerte quedaba algo del riesling en la botella y todos pudimos lavarnos un poco el paladar antes de entrar en la verdadera materia de la noche. Mis amonestaciones me las llevé por las atrocidades presentadas. Me quedaban dos botellas en la mochila con las que reivindicarme. Bueno, eso si había suertecilla…

 

(Continuará)

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