Hoy aprendí muchísimo sobre como funciona el editor de WordPress. Tuve un pequeño contratiempo tratando de meterme en el blog desde mi oficina (usando Explorer en una máquina Windows, clave del problema) y pedí ayuda en uno de los foros de soporte técnico de WordPress. Una maravilla. En menos de una hora tenía la respuesta a mis preguntas y todo se había normalizado. Incluso aprendí que no debía copiar y pegar mis entradas desde Microsoft Word, algo que había venido haciendo, ignorantemente, desde el principio. Asumir que hay un solo estándar informático en procesadores de texto, y que este estándar es Word, resulta peligroso, como he podido descubrir. Borré la entrada en su versión original y la reescribo utilizando el editor de texto de WordPress. Creo que los resultados serán mucho más gratos a la vista.
Bueno, A la entrada…
Eramos seis en la mesa en Kori y queríamos olvidar rápidamente cualquier fiasco vínico de Chile o Ribera del Duero que nos ocupara en los últimos minutos, camino al restaurante.
Sentados a la mesa y con menús delante, hicimos borrón y cuenta nueva, comenzando en blanco. Lo mejor. Era un Huet, “Le Mont” Demi-Sec. Vouvray 2002 que el verdadero Jay Miller nos trajo. Muy intrigados estábamos todos por esta selección, pues se trata de un vino que supondríamos completamente cerrado a estas alturas, pero Jay nos dejó sorprendernos.
Y sí que nos sorprendimos por la accesibilidad de este vouvray jovencísimo. Donde esperaba yo impenetrabilidad absoluta, había una bella y amable presencia frutal: Melocotón, piña, limón en conserva, todo envuelto enroca triturada y mojado por agua de lluvia. La entrada en boca es suculenta y abocada, aunque casi inmediatamente el vino aprieta severamente, dejándote con la boca deliciosamente llena de minerales. Larguísimo. Fascinante como se comporta, particularmente por ese generoso inicio que tiene.

Miller, Coad y Kane en pose de leyendas de la comedia clásica hollywoodense
Llegaron pronto aperitivos coreanos diversos, mientras probábamos el Marcel Lapierre, Morgon 2006. Y es que la gamay y el granito forman el más feliz de los matrimonios. Armonía perfecta en la que, sin embargo, las voces de cada participante se mantienen perfectamente definidas. Profunda fruta roja que, aunque provoca el intelecto por su interacción con igualmente profunda mineralidad granítica, acaba por sacarte a bailar los sentidos con alegres notas florales y un delicioso amargor de cereza. Precioso vino, firme, vibrante y masticable.
Otro aporte de Jay fue el Chivite, “Colección 125″ Gran Reserva, Navarra 1988. La última vez que probé este vino fue de un mágnum estelar abierto en un cumpleaños mío, como cinco años atrás. Esta era una botella de tres cuartos de litro y se le sentía mucho más avanzada que lo que recordaba yo de la grande. Mucha madera de frente; todo cedro, chocolate y cuero nuevo. En boca se presntaba sedoso y con un agradable toque amarguito en el paladar medio. Sin embargo, el posgusto volvía a ser todo madera, con la fruta arrollada casi irremediablemente. Una muestra rarísima de lo que esperaba hubiese sido un excelente vino. Seguí de largo.
El plato que yo había ordenado era el Kimchee Sam Gyup Sal, un estofado de tocino, col y buñuelos de arroz, entre otras cosas buenas. El mismo plato lo había pedido la primera vez que estuve en Kori, hace unos meses. En aquella ocasión me trajeron la versión picante, un despiadado aniquilavinos. En esta vuelta me preocupé por especificarle a la camarera que lo quería con el menor picante posible. Me hizo caso la cocina y el maridaje con los vinos, aunque no siempre feliz, no estuvo mal. Eso sí, al que mejor le fue con este plato fue al morgon de Lapierre.
Lo próximo en cuanto a vinos venía en mágnum y a ciegas, pero como lo había traido mi querido amigo Victor, asymí que era burdeos. Una nariz perfumada, floral, que provocó una interesante discusión durante la cual comprobé que no tenía ni idea sobre violetas y lilas, que consideraba una misma flor, aunque en realidad son flores muy distintas. Aparentemente, mi memoria sensorial de violetas y/o lilas tenía más que ver con colonias para bebé que con las flores propiamente dichas (vainas de haber nacido y crecido en el Caribe urbano). Bueno, pues, fe de erratas, ignorancias, etc. Full disclosure.
La cuestión es que yo originalmente establecí que los aromas eran para mí de violetas, pero la mesa entera los identificó como lilas, flor de aroma supuestamente más delicado y etéreo. Pendiente a poder darme una vuelta por los parques de Manhattan en época de lilas, para confirmar dicha fragancia, cedo ante el consenso.
Pues andaba yo despistado, buscando referentes nasales que me afianzaran en mi sospecha de que esto fuese un Saint-Julien o Margaux, que era para donde tiraba mi mente la identidad de este vino. Elegante y gentil en su entrada, pero presenta a la vez una firmeza en su andar, una profundidad de voz y un tono en su fruta que me desconciertan. Pero su tacto es delicado, sedoso. Hay mucho de cuero. No cualquier cuero. Peletería fina de zapatos hechos a la medida. Y abundantes especias dulces. En el paladar medio la fruta adquiere densidad, deja sentir su musculatura, pero sin perder por un momento la delicadeza. Y siempre están presentes esas lilas, o violetas, o lo que sean.
Victor sonreía satisfecho al habernos puesto a todos a adivinar erróneamente. El vino era un Château Latour, Pauillac 1971. Una verdadera belleza. El paso gentil, pero firme, y la voz profunda debieron delatarlo, pero el todo es tan perfumado, tan femenino, que resulta difícil de aceptar como Latour. Otro vino maravilloso de 1971, una añada que no fue particularmente popular con los críticos y con quienes de ellos se llevan, pero en la cual los vinos han ido teniendo la última palabra.
Como de costumbre con nuestro grupo de amigos, nos enrrollamos mucho y se nos va volando el tiempo. Habiendo consumido solamente esos cuatro vinos notamos que el restaurante ya estaba vacío y todos simultáneamente nos dimos cuenta de que las amables camareras esperaban por nosotros, los últimos clientes en el local. Pedimos la cuenta y pronto partimos. Pero aunque ya era tardecito, no estábamos aún en las de claudicar. Regresamos a casa de Joe y allí, como era de esperarse, ocurrió alguito más.
Comenzamos la ronda extra con un Clos Rougeard, Saumur-Champigny 1997, vino que, en las tres o cuatro veces que lo he probado en los últimos dos años, me ha dado mucho placer. En este caso, una preciosa nariz floral con tonitos volátiles y el roble que esto lleva ocupando un sefundo plano. Humo y fruta roja muy pura. Excelente enfoque de aromas y sabores e impecable estructura en un vino amplio y sedoso. Ahora mismo está en un tremendo momento, aunque puede mejorar más con unos añosen botella. Verdaderamente rico.

La gran sorpresa de la noche: "Colección 125" Gran Reserva 1988
Jay Miller nos tenía una sorpresa. Se había traido del restaurante la casi media botella que quedó del Chivite, al que cais nadie había hecho caso. El vino había dado un giro dramático. Donde había demasiada madera, ahora aparecían agua de rosas y una carnosidad melonesca. La fruta se decide a salir al frente y está vivísima, se apodera del escenario y revela que la madera era un mero accesorio. Impresionante cambio. Hay que dar un reconocimiento muy especial a Jay por ahber tenido la visión para darle una segunda oportunidad a este vino, que la merecía de sobra.
En mi mochila quedaban dos vinos. Saqué las botellas, no sin cierta trepidación, porque si me salían dos desastres como las primeras botellas que puse sobre la mesa se me caería la cara. La primera botella la había comprado en Les Caves Taillevent, creo que hace exactamente diez años. Me la había vendido un simpático chico en la tienda con quien había tenido una conversación sobre como encontraba tan poco de interesante en Languedoc, etc. Me recomendó este Domaine Sarda-Mallet, “Terroir Mailloles”, Côtes de Rousillon 1995 y me aconsejó darle algo de guarda.
Ya, adivinaron… Otro 95 que olvidé. Salió de la misma caja de botellas sueltas que el Don Melchor y el Teófilo Reyes. ¿Sería el que rompería el ciclo de la muerte? Estaba yo horrorizado ante el prospecto de que no lo hiciera.
Pero lo que salió de esa botella no sólo fue un vino vivito y coleando, sino, encima, bastante interesante y sabroso, prueba fehaciente de que algunos encargados de tienda sí que saben escuchar al cliente y recomendar bien. La nariz es sumamente garnachesca, con fruta que es un encantador cruce de melocotón con frambuesa negra y un golpe volátil que, por suerte, se las arregla para no molestar. Un vino térreo, con sorprendente mineralidad, taninos masticables y un deje de pasas maceradas en ron al final. Pero resulta equilibrado y muy bebible.

El Ardanza 73, por si creían que me lo estaba inventando
Aún más motivo para sentirme bien me dió la otra botella (¿qué querían, que me quedara sin hacerles ese jueguito de palabras que tan a mano se me ponía?). Era un La Rioja Alta, S.A., “Viña Ardanza” Reserva, Rioja 1973 y proveía prueba fehaciente de que la del 73 fue una añada espectacular para esta venerable bodega riojana. Nada más hay que recordar aquel perfecto “Centenario”, el sublime “Gran Reserva 890″ y el precioso “Gran Reserva 904″ y sumarles este Ardanza, que tampoco está nada mal, les digo. Especiado y con sutiles notas volátiles, esto está vivo y aún tiene una buena medida de fruta ciruelesca de frente. De fondo hay elementos de incienso y armario viejo, quizás un toquecito de aceite de naranja… Sedoso y, sobre todo, muy sabroso en boca. Un vino que está muy ahí, ya con su edad, pero enérgico y elocuente, cálido y largo.
¡Es que me reivindiqué, señoras y señores! ¡Me reivindiqué! Ahora lo que espero es que me queden al menos un par de botellitas más del Ardanza, porque me dan ganas de seguir viéndolo ser lo que es.
Sospecho que cayeron más botellas, pero en realidad me olvidé de tomar algunas notas. O me dí cuenta de que las notas que tomaba eran de la escuela alacenista y paré un rato de escirbir mientras seguía fluyendo el vino, para tratar de colocar mi pensamiento en la vía correcta. Pero ocurre que algunos epistemas son dificilísimos de soltar, y así me veo con nota sobre un Huet, “Le Haut Lieu” Sec, Vouvray 1989 abierta específicamente para enervar a Kane, porque se sabe lo que llora el chico cuando un vouvray no tiene azúcar residual…
Tremendo vino. Turrón de almendra con crocantes minerales y envoltura de heno. Pero en realidad ésa no es la acción principal, no señor. Lo grande de verdad es el nivel de toronja con que viene. I-M-P-R-E-S-I-O-N-A-N-T-E. En boca es perfectamente seco, con esa toronja viva, vibrante y suculenta. Ojo a ese adjetivo. “Suculenta”. Es un vino al que se le siente tremenda densidad y, sin embargo, resulta avispado y ágil, con un posgusto larguísimo, que adquiere firmeza y se trae una filigrana mineral que hace pensar en una especie de tiza marina.
Buen momento para concluir la crónica. Una noche de altas, con un bache causado por mí, con mis ideas de ponerme a traer aquello… Pero bueno, creo que los muchachos me perdonan.
Contándoles todo esto me han entrado unas ganas locas de volver a esa ciudad que dejé. Tanto así que ahora mismo me pondré a sacar pasaje. A los chicos, que les volveré a ver pronto. A ustedes, que pronto leerán más travesuras vínicas. Mientras tanto me quedo oyendo, porque estos párrafos me han puesto precisamente de ese humor, al siempre soberbio DJ Jazzy Jeff con Peedi Peedi, en una de las mejoresde uno de los mejores discos del año pasado, The Return of the Magnificent:
Gran vino el Chivite, sí señor. Buenas colección en general, se nota que no conoces la crisis jejejee
Hola Alberto,
Chivite ha hecho muy buenos vinos en su historia, los cuales se han caracterizado, al menos a mi ver y aún en la “gama alta”, por una excelente relación calidad-precio (no te digo nada de ese nuevo rosado de cuarenta euros con que se andan, porque no lo he probado todavía…)
La crisis la conozco igual que todos. Los tumbos del Dow en estos últimos días me han dejado bastante afectado, pero no es nada que no vaya a sobrevivir.
En cuanto a los vinos, pues, es una suerte estar guardando cosas en bodega desde hace años y tener amigos que hacen lo propio y, encima, que son infinitamente generosos a la hora de compartir las botellas. Puedo imaginar que ese Colección 125 1988, comprado cuando salió al mercado, fue un chollazo. Como no somos un grupo de los que compra para especular, sino para disfrutar eventualmente de lo adquirido y abandonado, no puedo imaginar mejor momento para abrir ese Chivite que en medio de la crisis. Así te das un gustazo y te sientes debidamente frugal, pues en realidad no es que te estés tirando un Pingus o alguno de esos otros “vinos trofeo”. Creo que lo mismo puede decirse de todos los otros vinos de esta velada, incluso el Latour de añada “menor”.
Ya ves, como el título de aquel disco de Supertramp, “Crisis? What Crisis?”:-)
M.
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