La otra botella

Lecturas antes de guindar los tenis…

Octubre 14, 2008 · 11 comentarios

Los que me leen desde hace mucho saben que una parte crucial de mi enochaladura es la literatura del vino. Compro mucho vino. Consumo mucho vino. Casi obsesivamente. E igualmente adquiero y leo libros sobre vino. Cuando me acuerdo, hasta va y recomiendo la lectura de uno u otro, por lo del deleite edificante.

En su superficie, el que yo les recomiende el volumen (ojo a esta palabra, que es un volumen hecho y derecho y pesa como tal el tocho) que les voy a recomendar puede parecer bastante raro. Es que llevo años despotricando contra las guías de vino y éste, si nos ceñimos a una definición estricta de “guía”, podría ser visto como no más que eso.

Se trata de 1001 Wines You Must Taste Before You Die (Universe Publishing, Nueva York 2008), editado por Neil Beckett y con las colaboraciones de un elenco estelar de cronistas del vino de todo el mundo, muchos de ellos responsables, como bien lo pone un anuncio en el interior, de la que considero la mejor revista de vinos del mundo hoy día, The World of Fine Wine.

Me encontré con el tomo durante mi última visita a Nueva York, mientras hojeaba libros de arquitectura, historia del mueble e interiorismo (ya saben, mi métier postizo en virtud del negocio familiar…) en Rizzoli. La portada me motivó un poco de risilla burlona, con su ilustración de una botella de Château Pétrus sobre una bandeja. Imaginé que se trataría de un libro más sobre los vinos aspiracionales que todo neo-enosnob debe “darse” y dárselas de. Me acerqué y le eché un vistazo… Y acabé por llevármelo.

Resulta que la idea no es un compendio de “lo mejor de lo mejor” y no se andan con muchas valoraciones (aunque en alguna ocasión citan puntuaciones de Gault-Millau, o algún otro, pero son las menos). El prefacio de Hugh Johnson y la introducción de Neil Beckett ambos hacen ver que el libro a lo que aspira es a presentar una selección que abarca honestamente la inmensa diversidad del mundo vinícola de nuestros tiempos. Suelta una advertencia preventiva sobre la selección de 1001 vinos que se encontrará uno en las novecientas y pico de páginas que siguen, declarando que seguro habrá quien esté en desacuerdo y alguno que penalice la ejecución, etc., etc.

Yo, por mi parte y a mis años, he llegado a la conclusión de que los grandes libros en mi vida no han sido únicamente aquellos con los que me identifico, ante los cuales asiento vigorosamente, aceptando forma y contenido como irrefutable. También están grandes libros que me han contrariado lo suficiente como para hacerme pensar, reconsiderar, buscar la vuelta de las cosas, comprender otros puntos de vista… Claro, se requiere una fenomenal pericia para lograr un libro así, de los que te hacen discutir con ellos, practicar el arte de la subrayada irónica, meter cientos de comentarios al margen  y soltar interjecciones no aptas para menores, pero que a la vez no puedes soltar, que tienes la obligación de leerte hasta el final.

¡Y mira que peleé con 1001 Wines! Claro, Beckett declara saber que muchos de los vinos incluidos en esta relación están destinados a crear controversia” (¿Le apetece a alguien una copita de Château Pavie 2003? ). Yo puedo imaginar el por qué de esas selecciones y apreciar la importancia de esos vinos en el panorama actual. Esta mentalidad tan tolerante me viene facilitada por la inclusión en el paquete de una bombona de… ¡Mateus Rosé! Anjá. Parecería ridículo, pero pensemos un poquito en los enómanos como un servidor, que llevamos un tiempecillo en esto… ¿No ha pasado algún ejemplar de esa famosa versión portuguesa de la Bocksbeutel por nuestras vidas? ¿Quizás más de uno? Ahí es que uno se da cuenta de que este libro representa una educación en el vino a la antigua, con sus tropezones didácticos, sus encantos y desencantos. Dar cuenta e mil y una botellas sería ese tipo de labor, larga y tan generosa en altas y bajas como una montaña rusa. Incluso un vistazo rápido al “Indice de vinos” que aparece al principio tiende a no ser tan rápido. Engancha. La secuencia de nombres da seguidillas. Si te encuentras un error, como en el caso de quien colocara al Viña Mein en el Loira, eso te invita a ver lo que ponen de Galicia (mis apreciados Juanma Bellver y Luis gutiérrez se lucen ahí y me alegra saber como coincidimos en cuanto a albariños, sobre todo en los casos de Do Ferreiro y Palacio de Fefiñanes; aunque en realidad no es la coincidencia lo que debería de celebrar, sino sus excelentes participaciones, porque excelentes lo son). Luego, de paso, te vas a los generosos andaluces (ese departamento está mayormente a cargo del gran Jesús Barquín, imagínense…) o te das una vuelta por el Mosela o el Rin (les suena Terry Theise? No digamos nada de David Schildknecht), o contemplas las posibilidades en Suiza. Y vas buscando en las páginas indicadas las entradas, leyendo y aprendiendo sobre los vinos. O entrando en desacuerdos de esos míos, que también son muy divertidos.

Ejemplo de una de ésas: Un solo vino del Beaujolais. ¿A que no adivinan de quién? Pues el Georges Duboeuf. “La Madonne”, Fléurie 2005. Ya, ya… Lo que me evitó la trombosis fue ver al pie de la página que también aconsejaban otros productores en Fléurie como Pierre Chermette, Michel Chignard y Clos de la Roilette. Que si no… Porque mira que poner un vino duboeufizado como ejemplo primario de esa apelación. Y no poner más nada del Beaujolais… Ahí fallan.  Y otra: De Château Pape-Clément tal parecería que la verdadera calidad comenzó con… ¡Aaaarrrrrrrrgh! Con Bernard Magrez. Ponen el 2000 y yo me pongo colorado. Pero al fin y al cabo, si alguien que está introduciéndose a esto del vino quiere “conocer” a Pape-Clément por primera vez, pues probablemente comience por una añada reciente, Magrirrollandizada. Lo que espero es que sea eso, sólo el comienzo, y que se le ocurra descubrir lo maravilloso que era este vino antes de Magrez. Y si, en ésas, descubre un 66, que me invite. 

También está la posibilidad de evitar el rayuelismo que yo asumí y leer este libro linealmente. No lo hice, pero lo imagino igualmente enriquecedor. En orden alfabético uno va encontrándose con vinos secos y dulces, blancos, rosados, tintos y quizás hasta de otros colores; se encuentra vinos tradicionales y vinos modernos, vinos ultramanipulados y vinos enteramente naturales, vinos del diario beber de los meros mortales y vinos del diario ostentar de quienes aspiran a la inmortalidad, o al menos a lucir más fi(s)nos de lo que son… El proceso en sí, esté uno de acuerdo con la selección o no (el prefacio y la introducción son obras maestras del curarse en salud, pues anuncian que quizás el aficionado podría pensar en otros 1001 vinos esenciales completamente distintos a los que aparecen en el libro), es lo mejor y, al final, lo que verdaderamente cuenta.

Pues, un muy buen libro con un título que lo haría pensar a uno otra cosa. Fíjense ustedes… No me pregunten cuantos de los 1001 vinos reseñados he probado. No quieren saber esa respuesta, se los garantizo. Igual que yo, retrospectivamente, tampoco quiero saberla, pues en el pasado me he zumbado cada cosaaaaaa… Además, estamos en tiempos de crisis y muchos de esos vinos… Pero si me pongo a pensar en este género de asuntos se me olvida que por el camino, aún con las experiencias negativas, he aprendido mucho. Este libro me pone a hablar la memoria con las facultades especulativas. Hablan del proceso. El camino. La vida. Eso.

Y ahora, videito de una de mis menos de 1001 cantantes de ahora que hay que oir antes de palmarla. Se llama Choklate y lo que hace es sencillamente delicioso:

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