Archivo diario: octubre 15, 2008

Iberoamérica en cata 12: ¿Ya es otoño?

Como tengo nueva casa para mi blog, decidí que debía participar en la más nueva edición de Iberoamérica en cata. No es que se me hayan puesto fáciles las cosas. Lo primero, el evento caía medio a medio de dos semanas abstemias que me habían sido prescritas por mi médico. Lo segundo, el tema sugerido por el buenazo de Joan Gómez Pallarès como que no le va a esta isla donde ahora vivo. Porque lo de “vinos de otoño” en realidad me ponía en la ruta de la nostalgia de nuevo, pensando en Nueva York y en mi época favorita cada año.

Me encanta el otoño, especialmente en Nueva York. Comienza a hacer un poquito de frío, pero no lo suficiente como para hacer necesario abrigarse mucho. Uno puede tirar tela, complacer al dandy y andar con algún abrigo de peso ligero o mediano, abierto, o con una chaqueta bien hecha sobre uno de esos suéters de cuello de tortuga que me gustan tanto. Además, se acaban las sudoraciones que me hacen tan odioso el verano… Y la temporada es generosa con vegetales que me encantan. Ir a buscar tanta bella cucurbitácea al farmer’s market era una de mis actividades favoritas. Bueno, quizás después de lo que hacía con las cucurbitáceas en cuestión cuando llegaban a casa. Y no digamso nada de la magia de Central Park cuando los árboles cambian de color. El parque parece presa de un incendio benévolo. 

La cuestión es que ahora vivo en el Caribe, donde las hojas sólo conocen el verde la temperatura se limita a variantes de calorazo. Lo más cercano a “otoño” que puedo concebir en estas latitudes es el final de la temporada ciclónica. Si quiero frío, subo el aire acondicionado. Todo lo demás, en cuanto a otoño se refiere, vive en mi imaginación.

¿El vino del otoño? Pues, el mismo de ayer y mañana. Nada de adaptar el vino al clima aquí. Más bien, la única opción es hacerlo al revés y beber cualquier cosa, esperando que el calor nos sea leve y nos deje disfrutarla.

Y estaba lo de la orden médica. A mis años oné un estertóreo “¡No me joda nadie!” y decidí que haría un hiato en el hiato alcohólico. Pasó una semana desde que había comenzado la pausa. Decidí darme una noche de licencia e iniciar la otra semana al otro día, o sea, hoy. Tenía una invitación de Alvarez y Sánchez, una casa importadora local que ahora comienza a explorar el vino italiano. Ponían anoche los brunellos de Col d’Orcia, una casa antigua y muy reputada de la zona de Montalcino, en Toscana.

El nombre de Col d’Orcia lo había yo leido por última vez la pasada primavera, cuando estalló el escándalo de la alegada adulteración de brunellos por parte de algunas grandes bodegas, entre ellas Argiano, Banfi y Antinori. Pueden leer un interesantísimo, bastante apasionado y sumamente informativo artículo del fenomenal Juancho Asenjo sobre el tema en:

http://elmundovino.elmundo.es/elmundovino/noticia.html?vi_seccion=12&vs_fecha=200804&vs_noticia=1208987495

El escándalo consistió en que un magistrado de Siena ordenó que se investigara a varias bodegas tras acusarlas de “adulterar” sus brunellos, vinos que deben ser monovarietales de sangiovese grosso sometidos a estrictas normas de vinificación y crianza, con cabernet sauvignon, merlot y otras cositas de esas que dan más color, más de esto, de lo otro, y molan más en “el mercado internacional”. Pues el conde Francesco Marone Cinzano, propietario de Col d’Orcia, es a la vez el presidente del consorcio de productores de brunello de Montalcino y, como es de esperarse, una de las figuras más mentadas en la cobertura de prensa del “Brunellopoli”, que es el nombre con el que se conoce este guirigay. Ah, y que no se me olvide, Col d’Orcia, según ciertas fuentes, es una de las bodegas implicadas en la investigación.

Yo, por mi parte, llegaba a probar los vinos tratando de sacarme de la mente todo lo leido sobre el escándalo del Brunello de un tiempo a esta parte. Recordaba vinos más viejos de Col d’Orcia que había catado en el pasado y que me habían gustado y quería dar el beneficio de la duda. Allá la investigación en Italia que saque lo que saque, yo iba a romper mi ayuno alcohólico con un par de brunellos, que son vinos muy otoñales e invernales para mí, o sea, vinos que nada más se me ocurriría beber cuando la temperatura baja dramáticamente.

Me presenté con Josie en el Caffè Milano, un restaurante italiano muy de moda aquí en Santo Domingo, que tiene, dicho sea de paso, tremenda bodega con muchas botellas interesantes. Ahí era el evento de Col d’Orcia. me sorprendió un poco, aunque quizás no debía, encontrarme con un salón lleno de caballeros trajeados bebiendo vino tinto. Yo venía en mangas de camisa, o sea, en el “smart casual” que es el código de vestimenta del lugar donde trabajo. Vino recio. Traje y corbata. No quería ni imaginarme el calor que debían estar pasando muchos ahí, aún con el aire acondicionado. Pero bueno…

Josie estaba concentrada en otra cosa. Ella era una de un puñadito de mujeres. La predominancia masculina era absoluta y mi mujer se sentía, muy a las claras, como bicho raro. Gran parte de nuestra conversación se centró en como podíamos introducir más mujeres en el giro del vino aquí. Necesario. A mí tampoco me va muy bien cuando estoy en compañía exclusivamente de hombres. Inmediatamente echo en falta la gracia y la sensibilidad femeninas. No que esté mal andar entre hombres y beber vino, pero siempre he dicho que con mujeres la cosa mejora.

Lo que probamos… 

El primer vino que nos sirvieron fue el Col d’Orcia, Brunello di Montalcino DOCG 2003. De color no está especialmente profundo. De hecho, muestra bonita transparencia y brillo, aún en la escasa luz del local. A través del vino puedo ver los contornos de mis dedos agarrando el tallo de la copa, lo que es muy buena señal.

Aromáticamente es muy brunello joven: Austero, salino, térreo, con una fruta que no sonríe, sino que te mira con cierta intensidad esperando que hagas algo. Entre la salinidad se desprende un cierto asuntico de tabaco rubio que torna repentinamente en violetas desecadas. En realidad no surge en la nariz casi nada de la sobremadurez que hubiese esperado en un 2003.  Hay algo leve de carácter rostizado en la fruta, pero no me parece particularmente significativo, considerando lo que pasó en muchas otras regiones europeas.

En boca el vino entra suave, sedoso, con fruta negra en la que se aprecia un poquito más ya el calorazo de aquel verano. Pero sorprende por su relativa ligereza. En el paladar medio se manifiesta esa salinidad que por momentos sugiere mineralidad calcárea igual que cuero. Casi inmediatamente golpean los taninos, que no por ser maduros y tener sus aristas redondeaditas dejan de ser muy considerables. Te secan las amígdalas su poquito y es inevitableadvertirr que hay en este vino bastante madera, probablemente en buena proporción madera nueva, por los subsaborcitos cremosos que acompañan a esa sequedad. El posgusto es bastante largo y en él el vino parece ganar peso. Quizás en el calorcito alcohólico que te queda sobre la lengua es que más se siente la añada canicular. No me dan ganas de pensar si esto ha sido manipulado, o si tiene adiciones de alguna variedad que no sea sangiovese grosso. Como comentábamos Josie y yo, se deja beber bastante bien ahora e incluso promete para la guarda. No hay excesos y tiene bastante carácter de brunello, como ya dije.  

Bueno, lo de “se deja beber bastante bien” es relativo. Hay que aclarar que yo, probando este brunello, me encontraba directamente debajo de una de las salidas del aire acondicionado, la cual me daba de pleno en mi rasurado cráneo. Y aún así sentía que sudaba un poquito. Aparte de que los taninos de este vino piden, a falta de tiempo en botella, una comida bastante otoñal y grasa, decididamente el todo pide también un flujo sanguíneo menos animado que el que propica este clima supertórrido en el que ahora vivo.

Pero bueno, procurando no perder de tacto el fresquito de la ventanilla de aire, circulé y saludé a unos cuantos conocidos, hasta verme con una copa del Col d’Orcia, Brunello di Montalcino Riserva DOCG 2000. Aquí el color es similar al del brunello básico, aunque quizás un poquito más claro y con un tono cobrizo entre destellos. Hay un toque de volatilidad en el aroma y un claro achocolatamiento detrás de un impacto de silla de montar sudada y tomillo seco. Luego, antes de llegar a la fruta, otra vez rostizadilla, hay algo de nuez moscada y canela. Hay que decir que todo esto lo presenta algo reticentemente. Hay que darle manigueta a la copa para ir notando los aromas. En boca la impresión es de un vino cerrado, potentemente tánico y un poquito subidito de alcohol. Sin que nadie me mostrara nada adiviné que podía cargar 14% como mínimo y, cuando Josie me mostró el volante con referencias y apuntes bodegueros, resultó que acerté.

Tocaban las ocho de la noche cuando decidimos marcharnos. Acabamos la velada eventualmente comiendo pizza de jamón y hongos en un sitio favorito, acompañándola con una botella del Cantina Terlan, Pinot Bianco “Vorberg”, Alto Adige 2006, floral, suculento, fresco y con una interesante mineralidad aspirinesca. Una cena ligera. Un sabroso blanco. Otoño tropical. 

Hoy ya he vuelto al hiato. Tan rápido redacté esta entrada para poder estar a tiempo con ella el 15 de octubre que se me olvidó incluirles un videito. A esas nociones de otoño tropical con las que concluí, añadamos esta banda, que tan rÉpidamente se ha convertido en una de mis favoritas. Si tuviera veinte años menos, quisiera tener este tipo de energ7a y poder hacer este tipo de música, la de The Kooks: