No sé por qué, se me antojó que debía rescatar una nota de cata que incluí el mes pasado en una de las últimas diatribas que publiqué en la encarnación previa de este blog. En un lamento titulado “¿Proto-réquiem?” metí, de forma un poquito forzada, lo siguiente:

“Otra noche, ante una dietética ensalada con gambas y aguacate, me abrí el Schnaitmann, Riesling Trocken Uhlbacher, Wurttemberg 2006. Este lo compré en Chambers Street Wines durante mi última estadía en Nueva York. La nariz es más bien reservadita, con melocotón blanco y limón tocando una económica melodía (la sinestesia es lo único que queda, diría un amigo mío) sobre el poderoso y sincopado ritmo que marca una mineralidad tremenda. Lo importante aquí, queda claro inmediatamente, es una monumental mineralidad tizoso-cuárzica. Completamente seco y con excelente acidez para complementar su mineralidad, esto te hace la boca agua. La mineralidad se manifiesta en capas de textura, una de grano fino sobre otra de grano grueso, sobre otras diez más dando distintas impresiones. Largo y muy sabroso precisamente por esa texturalidad.”
Considero prudente este rescate porque hoy, en el noveno día de mi ciclo abstemio, consultaba mi libreta de apuntes y ví lo que ponía debajo del comentario arriba transcrito. Dice: “72h. Casi no se ha movido. La fruta se amplia, pero sin llegar a sobrepasar el rol de la mineralidad. Tras el melocotón se percibe una nota de humo y otra de pimienta verde. Al final, lo que rige aquí sigue siendo pura textura.”
Nueve días con sus respectivas noches sin vino. Ya, ya… Hice aquella pausa en este ciclo para lo de Col d’Orcia, pero aparte de eso, me he portado bien y, aunque el vino me ha hecho falta con las cenas de cada noche, lo llevo bastante bien. Aparte, siento que comienzo a deshincharme un poco. Los pantalones van aflojando. Quiero ver si al final de la experiencia puedo meterme en una talla menor.
Aprovecho para irme poniendo al día en cuanto a mis anotaciones de las últimas semanas. El inicio de esta nueva fase del blog no me ha permitido dedicarle un rato a la bebienda en casa, pero considero que sa, la cotidiana, la íntima, aquella que va en el presupuesto doméstico y de la que conversamos cada noche Josie y yo, es la verdaderamente importante. El vino, después de todo, no es para mí lujo, sino parte elemental del buen vivir, y eso no es cosa de “a ratos”, sino de siempre. Incluso una botella que no nos guste tanto, o una que francamente nos disguste, es enriquecedora por lo que nos hace hablar y compartir.
En una andábamos celebratorios, viernes por la noche y con algún pâté a la hora del aperitivo. Abrí el Drappier, Brut “Carte d’Or”, Champagne NV.
Debo confesar un poco de confusión. No sé lo que me pasa, pero últimamente abro botellas compradas en Santo Domingo de champañas que antes disfrutara rutinariamente en Nueva York y no me saben igual. Tomen, por ejemplo, el caso de mis comentarios recientes sobre el Pol Roger 98, que en repetidas ocasiones me he encontrado falto de enfoque y un tanto flácido… Pues esta Carte d’Or me hizo temer más de lo mismo y hacerme todo tipo de preguntas. Inicialmente es brioche tostada rellena de toronja y cereza sazonadas con jengibre, pero olisqueada en la distancia, a unas cuantas cuadras de la repostería. Tímido también resulta un airecillo mineral que se trae. Los aromas resultan tan distantes que no se sabe si vienen o van. En boca entra cremoso el vino, especiado y con buena acidez, pero, hablando de ir y venir, no va hacia donde yo hubiese esperado. La burbuja se siente gruesa, carente de elegancia, y hay un aspecto dulce que me hace pensar o en dosage torpe o en que esto contiene lo suyo del 2003. O las dos cosas… Falta nervio y decisión aquí. Se deja beber, si uno no espera mucho. Lamentablemente, su precio en este mercado es lo suficientemente elevado como para garantizar precisamente que uno espere.
Otra: Marqués de Riscal, Verdejo “Reserva Limousin”, Rueda 2007. No sé lo que me poseyó a darle una oportunidad. Todavía recuerdo una cena con Helio San Miguel en Nueva York, en el desaparecido Patria. Correría 1999. Yo llevé un par de añadas de esto, que serían de mediados de los noventas. La impresión en aquel momento fue muy similar a la de esta botella, o sea que si hay algo que pueda decirse de este vino, es que es muy consistente. Un verdejo decentito embadurnado con mantequilla y espolvoreado con vainilla e hinojo. Raro concepto, sí señor… En boca, entre notitas de manzana verde, se mete un amargor que Vacila entre lo vegetal y lo mineral. Un tallo de mata, entalcado para salir a bailar. El peor problema aquí es uno de dos: O el roble está haciendo a la fruta parecer insustancial, o la fruta es insustancial y es por ello que el roble le queda como un extraño disfraz.
Aunque en este clima mayormente lo que me apetece es beber blancos, no dejo de probar tintos. Así cayó el Valduero, Crianza, Ribera del Duero 2005 con algún bifecito. Según tengo entendido, en Ribera el 2005 fue punto menos (¿O punto más? Es que mi memoria en estos días deja mucho que desear…) que el 2003 en términos de la caló y las consiguientes supermadurez de la uva y densidad de los vinos. Esta añada de un viejo amigo, al menos,
eso es precisamente lo que refleja. Josie y yo nos tomamos una copita cada uno con la cena, dejando más de las dos terceras partes de la botella en la nevera para probar el vino la noche siguiente. Y la otra. Y la de más arriba.
Notas de cata idénticas en todas.
Huele y sabe a Three Musketeers (un dulce americano de chocolate malteado, para los que no hayan tenido esa experiencia. Los tonos lácteo-roblísticos, de primera intención, resultan incómodamente dominantes. Será porque más allá lo que se nota es una fruta confitada y de acieez marginal. Denso. Recio. Taninos un tanto rústicos, duros y de grano ancho. BUen largo, pero es un vino francamente incómodo de beber ahora mismo. ¿Evolucionará? No sé decirles. Durante cuatro noches estuvo esto en mi nevera y yo retorné a él en busca de afirmación, pues no es ningún secreto que he sido desde hace mucho tiempo admirador de los vinos de Valduero. Pero el avance aquí fue mínimo, casi nulo. Hmmmmm… Habrá que ver lo que pasa.
Bueno, ya les dejo por el fin de semana, a menos que explote algún notición en el mundo del vino y sienta el impulso incontrolable de comentar que tantas veces me entra. Chica de buen ver. Voz deliciosa. El videito que les pongo hoy, por si les apetece, va en una onda distinta a la que últimamente me traigo. Robin McKelle, cantando algo de Steve Miller (algunos amigos tengo que probablemente tengan el 45 original de este “hit” ochentero):