En un momento de tranquilidad el pasado fin de semana, me dediqué a ponerme al día en mis lecturas internéticas. Ojo, “ponerme al día” porque había dejado pasar cuatro o cinco días sin dedicar mis madrugadas a leer los blogs de amigos y los diversos sitios de noticias sobre vino y gastronomía que tiendo a frecuentar.
No sé por qué, me dió por leer sobre política norteamericana y la ya global crisis financiera. A veces me pongo en ésas.
Pues caí en una entrega del genial Wine Camp de Craig Camp sobre las (erróneas) valoraciones de cosechas y vinos hechas a través de los años por James Suckling, crítico de vinos italianos para el Wine Spectator . En esencia, Craig denuncia la proclividad del Sr. Suckling a sobrevalorar añadas que, en regiones otrora caracterizadas por vinos sutiles y elegantes como Piamonte y Toscana, dan vinos hipermaduros, ostentosos, de taninos acolchados y con el obligatorio embarricamiento francés que caracteriza la más moderna enomodernidad. Suckling le planta puntuaciones de 99 y 100 a cosechas como 1997 y 2000 en Piamonte y Montalcino, premiando la opulencia de los vinos por encima de su tipicidad, su compatibilidad con comida, su longevidad o su mera bebibilidad (esto en oposición a la desgraciada “catabilidad” que tienen tantos vinos hipertróficos hoy por hoy, los que catas in poderte beber más de un sorbo o dos).
Craig alude a la forma en que Suckling y la publicación para la que trabaja parecerían penalizar la delicadeza en los vinos, recompensando con las más altas puntuaciones solamente lo grande y obvio, las supertetas por encima del carácter. También discute directamente como los elaboradores piamonteses habrán aceptado las valoraciones de Suckling en términos de puro marketing, para ayudarles a mover el vino, pero que no comparten esos juicios ni de lejitos, reconociendo que las añadas en cuestión tendrán sus virtudes, pero distan de la excelencia en términos tradicionales.
Donde esta excelente exposé me pierde es cuando Craig Camp insta al Wine Spectator a la autocrítica y la aún más importante autorrectificación.
¿Para qué? No vale la pena conceder a esa revista mayor valor o legitimidad, en términos de información verdaderamente usable para quienes de verdad sentimos pasión por el vino. Sus puntuaciones debemos tomárnoslas como lo que son, meras fabricaciones mercadológicas, y seguir de largo. Si nos cuesta creer que James Suckling no tenga ni puta idea, podemos ver de nuevo su momento en el film Mondovino y confirmar.
Craig, al final de su artículo, nos brinda un enlace a la “Carta abierta a los elaboradores italianos de vino” escrita por Tom Hyland en su interesantísima web Learn Italian Wine. Hyland también habla de las valoraciones de Suckling, pero llevando las cosas a un plano mucho más útil para nosotros, los consumidores que queremos verdadera diversidad y originalidad en nuestra experiencia vínica. En vez de pedir a Suckling y al Wine Spectator que reconsideren sus valoraciones de ciertas añadas y cierto tipo de vinos, insta a los elaboradores mismos a no caer en la trampa de hacer vino sólo para impresionar a un sector de la crítica. Porque al final de todo estamos hablando de eso: Un sector. Una voz en lo que debe ser una feliz discusión entre muchas voces distintas, todas con algo que aportar.
Hyland explica como muchos elaboradores italianos andan dedicados a producir vinos “como les gustan a los americanos”, o sea, rimbombantes, hipermaduros, siropescos, bajos en acidez, con taninos mullidos y con potente presencia de roble. Acto seguido, explica también que esta idea de “los americanos” es muy injusta y deja fuera a mucha gente con gustos diferentes. Hyland invita a estos vinateros a hacer vinos auténticos, asegurándoles que el mercado no es un monolito y hay gustos para todos los estilos. Hacer vino buscando puntos de Robert Parker o el Wine Spectator, considerando a estos representativos de la totalidad del mercado americano, es una idiotez de primer orden. Es, porque George W. Bush está en el poder y existe Sarah Palin, que es el W con moño y tetas, pensarse que eso es representativo de la totalidad de todos los norteamericanos.
O sea que vean ustedes como, saliéndome de la política gringa, vuelvo a caer en ella.
Ah, esta entrada quizás venga cociéndose en mi mente desde antes de leer a Craig Camp y Tom Hyland. La semana pasada me encontré con palabras ahora inmortales en el olimpo de la enoridiculez pos-posmoderna, emitidas (aunque en realidad se me ocurren otras designaciones más onomatopéyicas para la actividad que las produjo) por Ezio Rivello, ex-enólogo de Banfi y uno de los más vocales individuos en el escándalo del Brunello di Montalcino: “No se ganan 100 puntos del Wine Spectator usando sólo sangiovese”.
Es que algunos tienen una escala de prioridadessssssssssssssss…
Hablando de prioridades y en otro orden de ideas: El sábado me dí, navegando por YouTube, con una cosa feísima. Ya había leido las noticias sobre el pleito entre Prince y ese galáctico repositorio de videos. Prince pretendía prohibir el uso de sus videos y su imagen en YouTube, alegando “bastardeo” de su música. Al final lo que logró fue que se quitara el audio a todos los clips que incluyen música suya. O sea que nada de disfrutar videos de Prince en el tubo. Pero lo peor de todo es que Prince no se limitó a sus propias interpretaciones de las canciones de su autoría.
Iba yo en busca de la lindísima versión de “Starfish and Coffee” que hiciera Matt Nathanson y me encuentro que todos los videos vienen sin sonido. Busco otras versiones de canciones de Prince y la cosa es más extraña. Me encontré que el video “oficial” de “I Feel for You” por Chaka Khan (démosle la cara, esa canción es casi más de la fenomenal CHaka que de Prince) no tiene sonido. Sin embargo, dando un poco más de refinamiento a la cosa:
Igual pasa con “Nothing Compares 2 U” por Sinèad O’Connor. El video “oficial”, mudo. Pero…
Dos versiones magistrales de tremendas canciones. La “Starfish and Coffee” de Nathanson, si me creen, es lindísima. A mis hijitos les encanta y a mí me fascina cantársela. Pero video con sonido no hay. Por culpa de Prince y las locuras que le entran.
Esto de un artista al que hemos visto versionando cosas de otra gente muy frecuentemente. Incluso alguna vez, en la otra encarnación de este blog, apareció el pequeño genio llevando “While My Guitar Gently Weeps” a niveles que… Bueno, ustedes lo vieron. Prince rutinariamente hace versiones de canciones de James Brown, The Ohio Players, Led Zeppelin y un montón de gente más. Hace videos de concierto que incluyen esas versiones (por ejemplo, éste), pero no deja que otros artistas hagan lo propio con su música, aunque las versiones que hagan sean excelentes.
Me he declarado muchas veces “fan” de Prince, pero ahí me perdió. ¡Qué estupidez!