Lunes en la tardecita. Después de comer pondero el regreso a una oficina que lleva como una semana haciéndome la vida imposible. Encima de tener a mis bebés enfermitos, tenía la computadora principal en el trabajo vuelta un ocho y a personal técnico incapaz de resolver el problema. Al final, el “remedio” que puso en marcha el personaje a cargo del fiasco fue mucho peor que el mal original y me dejó informáticamente sordo, ciego y mudo durante días.
O sea, andaba algo desconectado, pudiendo solamente ver mi correo en el Blackberry. Pero ya la cosa se va resolviendo y hoy puedo intentar colgar algo aquí.
Chequeando las estadísticas del blog me encontré con un enlace entrante que me estaba dando a cada dos por tres un puñadito de visitas. Pinché y me llevó a un artículo de Patricio Tapia en su genial portal de vinos chilenos, Planeta Vino. Debo agradecer a Patricio esas palabras de admiración y aliento que me dedica. Hago lo que puedo acá. Bueno y como manifiesta deseos de conocerme ën vivo”, pues, le anuncio que bien pronto estaré de visita en Nueva York, o sea que, Patricio, si por allá andas en noviembre, quedamos.
Es que se siente uno alentado cuando le atribuyen tal puntadelanzismo. Yo meramente me siento a contar mis impresiones sobre una cultura que me apasiona. Esto es lo que sale.
Tomemos el caso de algo que dice Patricio de mi estatus actual, que estoy un poco “”apestado”por la falta de disponibilidad en Santo Domingo del tipo de vino que me hace vibrar. Definitivamente, esto no es Manhattan, el paraiso terrenal de todo practicante vínico de la perversidad polimorfa. Pero Nueva York me queda a escasas tres horas, por lo que puedo ponerme al día y deleitarme con relativa frecuencia. Además, aquí aparecen sus cositas, excepciones a la regla de mercado, que se dejan beber sin problemas.
Lo que me ha tenido entre curioso y perturbado últimamente no ha sido la antedicha falta de disponibilidad de grandes cantidades de vino de verdad. He estado observando las circunstancias de la afición local al vino y he encontrado otras cosas que me resultan problemáticas. Por ejemplo, está el claro machocentrismo de las catas y otros eventos que se celebran en Santo Domingo en torno al vino. No que no incluyan mujeres, pero su número es pequeñito y no se hace sentir su opinión. En algunos casos he llegado a pensar que ënófilo”es solamente masculino, siendo el contingente femenino que bebe vino acá relegado al mero consumo casual.
Ya se imaginarán que yo protesto, tomándome igualmente en serio los tres componentes de aquello de “música, mujeres y vino”. No es que no me haya encontrado el mismo machocentrismo en otros lugares. Lo ví mucho cuando vivía en Puerto Rico, e incluso en Manhattan, donde, hay que decirlo, las enochaladas en mi círculo eran más bien pocas.
¿Por qué se dará esto? Es la pregunta del millón.
Otra cosa que no puedo evitar observar, en el medio enomachocéntrïco caribeño, es la propensidad a consumir mucho tinto de puntos, con acento doble, en “tinto” y en “puntos”. Fluye poco el blanco y la conversación sobre los tintos descorchados tiende demasiadas veces a incluir tal o cual puntuación de las principales revistas norteamericanas de vino. Gran amante de grandes blancos como soy, y encima alérgico a los puntos, podrá entenderse el trabajo que me cuesta adaptarme a algo así. Lo intento, pero no puedo evitar también intentar ser especie de agente de cambio.
Ahí es donde viene a escena una nueva amiga que tenemos Josie y yo. La conocí cuando le mandé un e-mail cuestionando algo en el contenido de una revista de vinos que editaba. Por el título de la revista, El enófilo, había asumido (estúpidamente, lo confieso) que quien respondería sería un hombre, pero me sorprendí cuando quien me contestó fue Elizabeth Peña. Entablamos una abundante correspondencia sobre el vino en República Dominicana y nos reunimos alguna vez para cenar y probar algunos vinitos. Creo que eso ya lo conté en otra parte.
Pues con Elizabeth y Josie comencé yo a hablar de una idea que tenía: Quería formar un grupo de cata y beba que se reuniese periódicamente para explorar cosas nuevas del mundo del vino; pero sobre todo, quería que fuese un grupo mixto en términos de incluir masculino y femenino a todos los niveles de conocimiento sobre vino. Disfrutar de buenos vinos, aprender y reirnos un poco, tal es la base de la que pretendía yo partir.
Inicialmente lanzamos una convocatoria modesta. Queríamos seis u ocho personas en la mesa, número que luego podríamos ir ampliando. Nos pusimos a organizar y la primera reunión fue en Porterhouse, un restaurante que, por casualidad, queda justo al lado de mi oficina. Estábamos ahí Elizabeth, Josie y este servidor de ustedes, junto a José Antonio Alvarez y su esposa Cecilia y Avelino Rodríguez. No nos habíamos asignado ningún tema en particular, pues en realidad era cosa de tantear nuestras preferencias en cuanto a vino esta primera velada. Cada quien trajo algo que le gustaba, o que quería probar en compañía.
Empezamos con el Josef Leitz, Riesling “Eins-Zwei-Dry”, Rheingau 2007, una botella que tenía yo guardada desde hacía unos meses. Este vino, según cuenta el catálogo de Terry Theise, su importador a EEUU, proviene de viñedos Grosses Gewachs (el equivalente alemán del Grand Cru francés), pero su elaborador no utiliza esa designación en la etiqueta, prefiriendo restarle pretenciones a este vino y vendiéndolo a un precio muy módico.
Impresionantemente mineral en la nariz y completamente seco en boca, esto es puro, fresco, directo y extra-crunchy. La fruta se trae una onda de mutabilidad que resulta muy interesante, oscilando en cuanto a aromas y sabores entre manzana verde, cítricos, cereza silvestre y madreselva. Largo, con acidez y mineralidad deliciosamente marcadas.
Yo me había traido otro blanco, por lo de ofrecer algo que me gusta. En este caso era un vino jovencísimo de los que me traje de Nueva York para reafirmarme en momentos en los que flaqueara mi voluntad de salir adelante en Santo Domingo. En previsión de lo cerrado que podría estar, decanté el Luneau-Papin, “‘L’ d’Or”, Muscadet-de-Sèvre-et-Maine-Sur-Lie 2005 varias horas antes de la cena. No me ayudó. Fue un infanticidio absoluto y, he de decirlo, el vino estaba más bien apestosillo en esta etapa torpe.
La mesa discutió brevemente si el aroma que subía de las copas era de cabrales o morbier. Yo decía que morbier… Detrás de ese tufillo, que nunca se fue, había algo muy bonito, marino, mineral y cremoso. Alguna vez Lyle Fass me describió esto como “una gran champaña de blancas, sin burbujas” y puedo ver por que. Un muscadet opulento, profundo. Lástima la pestecita. Creo que será mejor revisitarlo en una década y ver si se le pasa.
Elizabeth nos trajo un Trimbach, Gewurztraminer “Cuvée des Seigneurs de Ribeaupierre”, Alsace 2000 que estaba sorprendentemente recatado para el exuberante perfil normal de esta cuvée. Un gewurz muy elegante, con sus aromas de litchi, piña verde, melocotón en almíbar y jabón expresándose en tono mesurado, pero claramente interpretable. En boca es voluptuoso, pero sin pasarse, con un deje de azúcar residual, muy buena acidez y mineralidad. Largo y muy buen acompañante para el chorizo a la parrilla que nos trajeron como parte de los entrantes. Lo más bonito que tiene es la ligereza de movimientos para un blanco amplio.
Pasamos a tintos. El primero fue un vino que me trajo una sonrisita perversa al cerebro. Hace unas semanas mi buen amigo Lyle Fass había redactado una implacable nota sobre la añada 1997 de esto mismo. Ahora tenía yo delante el Arnaldo Caprai, “25 Anni”, Sagrantino de Montefalco 2004. cortesía de Avelino, que quería catarlo por primera vez junto a nosotros.
Del 97 Lyle decía que debió ser mucho mejor en su juventud que lo que le tocó experimentar a él. Si el 2004 a sus cuatro años sirve como evidencia. este tratamiento hipermoderno de la sagrantino no resulta nada atractivo, aún joven. La nariz es de chocolate de leche, hinojo y cáscara de maní sobre mermelada de frutas negras con una rama más de hinojo metida en el medio por si la dosis inicial no resultó lo suficientemente agresiva y empalagosa. En boca es fofo, pesado, caliente y con un alarmante hueco en el medio por el que se va cualquier esperanza de interés. Lo único que queda al final es alcohol y madera. La mesa fue unánime en su desaprobación.
Siguió otro italiano decididamente moderno, el Masciarelli, “Villa Gemma”, Montepulciano d’Abruzzo 2003, que creo que se benefició de venir después del Caprai, al menos en mi juicio. Mi nota es bastante benévola. DIce que es un montepulciano lamentablemente ahogado en madera nueva. Pero identificable. La fruta negra se trae un airecillo polvoriento, con notas especiadas y un deje de silla de montar sudada. Se le nota el 2003 en cuanto a redondez y un cierto carácter rostizado, lo que era casi inevitable. Una pena que hayan decidido ser tan absurdamente agresivos con la madera. El aspecto granuloso y secante del posgusto me lo hace francamente incómodo. Aún con un churrasco bien sazonado al lado, la madera en este vino exige protagonismo. Da qué pensar, eso. Me gustaría, en una ocasión futura, que este grupo probara algún montepulciano de Valentini o Emidio Pepe y lo comparase con esto, a ver…
Había una botella de aquel primer Terreus de Mariano García, el 96, sobre la mesa. Me provocaba mucha curiosidad, pues es un vino del que estuve conversando abundantemente con José Fuentes y Chris Fleming en Nueva York y que se me quedó pendiente probar allá para reportar sobre su progreso. Pero la botella estaba cerrada y, entre charla, otras botellas y risas, ya se nos había pasado la medianoche. Decidimos que debía quedar para una reunión futura. Abierta un rato y aireándose, eso sí, teníamos mi tercera aportación a la noche, el Sylvie Esmonin, “Clos Saint-Jacques”, Gevrey-Chambertin 1er Cru 2000. Pensé que si había un borgoña que servir para que luciera bien ahora mismo, sería un 2000. dada la cantidad de botellas altamente amigables de esa añada que he probado recientemente.
El viñedo de Clos Saint Jacques es literalmente el “patio” de casa de los Esmonin, pues colinda directamente con ella y la familia posee una parcela respetable del mismo. En las manos correctas, un Clos Saint Jacques puede ser un vino a la altura de un grand cru, más que un premier cru. Sylvie Esmonin es para mí, de seguro, poseedora de un par de esas “manos correctas”. Aunque en sus otras cuvées usa menos roble nuevo, su Clos Saint-Jacques puede ver hasta un 75%. Pensé yo que, dado el perfil roblístico de la mayoría de los tintos que se beben en Santo Domingo, este bello borgoña no sería una ruptura con la familiaridad para la concurrencia. Ya habrá otro momento para introducirles a fenomenales tintos hechos prescindiendo de madera nueva. Pero por ahora…
Curiosamente, este Clos Saint-Jacques rompe parcialmente con el patrón de accesibilidad de tantos tintos borgoñones del 2000. Carnoso, achocolatado y con notas inmediatas de sotobosque en una nariz donde domina fruta roja muy pura y perfectamente madura. Emergen y se esconden coquetamente acentos de violetas y especias exóticas. Digo lo de la accesibilidad porque es un vino tenso y tánico en su amabilidad. Se nota que su mejor momento de consumo está aún por venir. En boca es de cuerpo medio, con excelente intensidad frutal marcada por sutiles tonitos balsámicos que tiran or momentos hacia menta fresca. Posgusto largo, vivo y suculento. Los taninos aprietan lo suyo, pero es un placer beberlo. Creo que me quedan un par de botellas más. Ojalá.
A la una de la mañana salió nuestro grupito del restaurante. No nos fuimos a los excesos que acostumbraba yo en Nueva York, pero eso en realidad no es para todos los días, ni todo el mundo. Se había cumplido muy felizmente el cometido original y creo que las chicas se divirtieron igual que los chicos. Ibamos hablando de a quienes invitaríamos para la próxima y el tema que le pondriamos. La próxima. Eso promete. Intento evitar ciertos clichés hipercursis al agradecer el inicio de este nuevo capítulo, pero…
7 respuestas hasta el momento ↓
Olaf // Noviembre 4, 2008 a 12:05 pm
Pues mucha suerte en el grupo recien formado. No hay nada como compartir el vino con un buen grupo de amigos.
Sobre la entrada de Lyle Fass… jejeje, muy graciosa, sobretodo uno de los comentarios que comienza con un “Most spoofilated wine you’ve had? “…
Saludos
Olaf
Víctor Franco // Noviembre 5, 2008 a 7:35 pm
Hola Manuel, suerte con las futuras catas con el nuevo grupo. Te leo lo de las “manos correctas” para los Clos Saint-Jacques y me pica la curiosidad. Contando que sólo existen cinco titulares con propiedad en la parcela (Rousseau, Bruno Clair, Esmonin, Jadot y Fourrier), sin contar los dos o tres negociants que lo trabajan (recuerdo que deben sacar botellas D.Laurent y Pierre Bourée, quienes precisamente le compran un par de piezas a los Esmonin), ¿qué productores te parecen que no le acaban de coger el punto a ese trozo de cielo?
Por cierto, totalmente de acuerdo con las alegrías que actualmente nos aportan la mayoría de los 2000 tintos. El otro día “también” cayeron sendos Clos St.Jacques 2000 de Rousseau y Volnay Caillerets 2000 de Jean Boillot y se mostraban deliciosamente abiertos, en menor medida el Rousseau.
Saludos.
Manuel Camblor // Noviembre 6, 2008 a 5:11 pm
Víc tor,
El Clos Saint-Jacques de Esmonin siempre ha tenido un lugar especial en mi corazón, especialmente por su tremendísima RCP. Piénsalo: Comparado con el de Rousseau acaba siendo un auténtico chollazo.
Los vinos de ROusseau, aún en añadas “fáciles” y de beba temprana, siempre tienen ese poquito de ëxtra”que los hace más reacios y más longevos. Todavía recuerdo una cata de 97s hace par de años en la que el único cerrado era el Chambertin de Rousseau.
Fourrier también hace magnífico trabajo en Clos Saint-Jacques. El vino es más denso que el de la Esmonin, en un punto medio entre ésta y Rousseau, para mí. Confieso que no recuerdo la última vez que probé uno de Bruno Clair, o sea que no opinaré. Por lo pronto, Esmonin, Fourrier y Rousseau me parecerían las estrellas en cuanto a este premier cru que merece un ascenso en el classement.
M.
Manuel Camblor // Noviembre 6, 2008 a 5:13 pm
Olaf,
Creo que Lyle exagera. He probado cosas mucho más spoofulísticas-esperpénticas que ese Caprai.
M.
Víctor Franco // Noviembre 6, 2008 a 5:51 pm
He de reconocer que me picaba la curiosidad por el hecho que para mi los 5 productores hacen grande dicha viña, incluso los vinos de Jacques Lardière.
Gracias por compartir tu opinión. Un saludo.
Manuel Camblor // Noviembre 6, 2008 a 6:01 pm
Es verdad, me olvidé de Jadot. No que haya probado tanto Clos Saint-Jacques hecho por Lardière como lo que he probado de Esmonin, Fourrier o Rousseau, pero mi experiencia de Clos Saint-Jacques de Jadot es definitivamente más extensa que de Bruno Clair,,,:-)
M.
Una buena idea, con burbujas… « La otra botella // Diciembre 23, 2008 a 12:45 pm
[...] elenco de aquella primera noche sólo faltó Avelino, que el pobre tuvo que perderse la champañada por motivos de trabajo. Con [...]