La otra botella

Más apuntes de la bebienda diaria

Noviembre 6, 2008 · Deja un comentario

Ya en algún momento de la otra vida de este blog me dediqué a rezongar por la selección de vinos que encontraba en las tiendas de mi nueva residencia, Santo Domingo. Claro, viniendo de aquella meca de los enómanos que es Manhattan, podía entenderse que me encontrase presa de un mono acojonante. La falta de vino de verdad me deprimía, no sabía lo que iba a hacer, bla, bla, bla…

Quizás sea la alegría residual por la elección de Barack Obama como presidente de EEUU, o que ya me voy aclimatando mejor a mi nueva vida, o algún ajuste sicoquímico de mi organismo, pero como que estoy últimamente dado a pillar ángulos que me hacen ver el vaso medio lleno.

Analizando bien mi situación actual, resulta que creo que estoy bebiendo de forma más cercana al promedio de los consumidores regulares de vino, lo que quizás dé para un más eficiente escrutinio de la Gran Industria del Vino. Como el vino natural y sin emperifollamiento puntista es la excepción aquí y estoy hasta el cogote metido en la norma, pues, a darle caña a la norma con verdadero conocimiento inmediato de causa y divertirnos, si posible, digo yo.

En ese rosadito y rubicundo espíritu, unas cuantas botellas abiertas en casa en fechas recientes…

Condes de Albarei, Albariño, Rías Baixas 2007: Erase una vez una época en la que uno podía contar con una abundancia de albariños de un perfil decididamente cítricoceánico, tan fresco como puro y auténtico. Erase una vez… Pero hoy por hoy algo así, cuando aparece, es otra excepción a una regla que me fastidia infinitamente. Es que tantos albariños de ahora son criaturas de tecnología y marketing… Al caso, éste COndes de Albarei. Una nariz de melocotón de lata conservado en néctar de piña Goya. Globular. Fofo. Aburridísimo. En el paladar medio se manifiesta buena acidez y hasta algo de arenoso, pero dado el patéticamente inestimulante contexto, poco importa.

Abbazia di Novacella, Müller-Thurgau, Alto Adige 2007: Y aquí un opuesto polar al Condes de Albarei. Ya se dirán ustedes que estoy bebiendo mucho de esta bodega más septentrional de Italia. Pues sí. Es que aquí, cuando uno se encuentra algo bueno en donde algún importador, hay que echarle mano y consumir mientras lo sigan trayendo. Es más, se siente uno en la obligación de consumir en cantidad precisamente para que vendan y lo sigan trayendo… Un blanco sencillo de aromas cítricos muy limpios y fina mineralidad. Juguetea entre piña verde y limón dulce, con un asuntillo vegetal que me recuerda a hojas de tomate entrometiéndose y llamando la atención. En boca es pura mordida cítrica al entrar, seguida por una oleada mineral-textural de grano fino. Bastante largo, aunque simple. Muy bueno para acompañar la ensaladacon mariscos  que cenamos.

Pazo Pondal, Albariño, Rías Baixas 2006: Un golpe sulfúrico en la nariz es lo primero. Luego, dejando el vino al aire, surgen aromas playeritos, limoneros y cáscarademanzanescos. Un vinito sencillo, sanitario, con suficiente de frescura, si bien insuficiente de estímulo gustatorio. Olvidable.

Marqués de la Concordia, Reserva, Rioja 2003: Si llego a mirar la contraetiqueta, jamás lo hubiese comprado. 2003. 100% tempranillo. Envejecido en barricas nuevas. Coño. El aburrimiento, sazonado con tablón y a la brasa. Como que estamos para esas cosas… Pero no salten a conclusiones. Meramente describo mi prejuiciado proceso mental al encontrarme en una tienda con semejante manifiesto en una contraetiqueta, En realidad el vino no está tan mal. La falta de profundidad del tempranillo monovarietal es obvia. Viene vestida de cuero, humo y especias. Aromas de cereza-frambuesa con aire rostizado y un ligero deje compostado. En boca el vino tiene buen peso, aunque resulta plano y sobrepulido. Al final se va a cítrico en un amago de aligerar y tener gracia, pero el todo es demasiado aburrido y al final el toque se queda sin tener mayor consecuencia. Posgusto corto con taninos secantes y un golpe de calor.

Bernard Baudry, Rosé, Chinon 2007: Una botella que le traje a Josie, recordando en mi último viaje a Nueva York que la selección de rosados disponible en Santo Domingo es verdaderamente terrible, no incluyendo casi ningún producto ni remotamente potable (¿En qué cabeza cabe tanto White Zinfandel? ¡Es el 2008, rediós, no 1986!) Había buena bresaola en el deli y buena rúcola en lo de los vegetales, o sea que una ensalada no nos la quitaba nadie. El color de esto es un bello fresa-asalmonado. La nariz está hecha de susurros de té verde, pimienta blanca, agua de rosas, azahar, sandía y manzana verde sobre un exquisito fondo calcáreo. En boca se mueve como una brisa, deliciosamente delicado, pero sin perder precisión en sus deleites. Y la cosa es que algo tan ligero al tacto posee un cuerpo firme y tenso… Agua de lluvia, melón, mandarina, fresa, manzana verde y cítricos con mineralidad que torna inesperadamente hacia lo marino y te electriza la lengua. Final largo, de una pureza preciosa. Que algo tan sutil en su trato como este vino sea a la vez tan sinestéticamente evocador es para mí una maravilla.

Bueno, todo por el momento. Este fin de semana parto en unas pequeñas vacaciones con Josie, nuestras primeras desde que somos padres y la primera separación de nuestros adorados bebés. ¿Adónde decidimos ir? Pues, de vuelta a casa, a Nueva York. Es que nos llama.

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