Archivo diario: noviembre 19, 2008

En casa, de vacaciones 1: Sichuan y jereces con el Profesor Barquín

Me siento obligado a declarar inequívocamente algo muy obvio: Esto de la interné es una maravilla.

Lo digo porque, como motor para la interacción social, ha abierto maravillosos horizontes en mi vida. Indiscutible que tenga sus defectos, sus pegas hiperdiscursivas y sus millones de posibilidades de perversión, pero a la vez me ha sido una herramienta incomparable para la creación de amistades basadas en puras afinidades electivas. Como debe ser. Conversar sobre vino en este extraño y eternamente mutante éter me ha unido a esa gente. Algunos, inclusive, han roto el estatus “virtual” de la red y se han convertido en amigos de carne y hueso, gente con la que frecuentemente comparto y a la que profeso un auténtico afecto.  Para nada quiere eso decir que aquellos que no se han hecho aún una presencia de carne y hueso en mi vida sean menos. Con la misma fe les digo a ellos, que tienen tan fenomenal registro de pasión compartida conmigo, que son “queridos amigos”, aunque no sepa ni siquiera qué pinta tienen.

Pero hay algo muy especial en conocer a la persona con quien has compartido horas y horas de charla electrónica sobre vino y vida, sobre todo si hay bebienda de por medio. La persona adquiere dimensiones a las que, aunque las intuyeras “online”, probablemente no prestabas suficiente atención.

Tomemos el caso de Jesús Barquín. Es un personaje con quien llevo años intercambiando mensajes en foros de vino. Creo que nuestro primer encuentro fue cuando aún yo participaba en Elmundovino, en los comienzos de esa web. Es que el tiempo se va volando… En fin, que mis conversaciones con Jesús han sido siempre agradables, incluso cuando estábamos en radical desacuerdo. A lo largo de los años nos hemos mantenido en contacto y recordado constantemente que “hay que reunirse”. Eso lo tenía yo muy presente. Aparte de abogado y profesor de Derecho Criminal en Granada, Jesús se ha convertido para mí en una de las grandes autoridades sobre los vinos generosos andaluces. Leo siempre con entusiasmo y atención lo que escribe, sea en la red o en The World of Fine Wine, revista con la que colabora. Encima, es uno de esos enochalados que, para robarme una expresión muy a lo norteamericano, “puts his money where his mouth is”. Junto a Alvaro Girón y Eduardo Ojeda formó el Equipo Navazos, una misión de tres apasionados por los vinos de Jerez y Montilla que parece querer ahora convertirse en todo un mini-négoce (aparecen Jesús, Alvaro y Eduardo muy positivamente reseñados en un reciente especial e la revista Wine & Spirits titulado “Rebels Rock the Best in the World of Wine”). El Equipo Navazos, con su tremendo conocimiento de las bodegas de la región, localiza las mejores botas de vinos antiguos, las adquiere y embotella los vinos en tiradas muy limitadas. Así han ido presentando a España y al resto del mundo vinos interesantísimos; es algo que me produce una cierta envidia, el llevar una iniciativa así a su fruición. Yo, que hablo tanto de lo que debe ser “vino de verdad”, pero no me he atrevido a entrarle a lo que es hacerlo, o al menos seleccionarlo. Quizás algún día, si me siguen inspirando…

Jesús Barquin y este servidor de ustedes, al fin...

Jesús Barquín y este servidor de ustedes, al fin...

Pero por ahora eso es tangente: Jesús me anunció que venía para Nueva York, a ver si podíamos organizar algo. El inconveniente era que yo ya no vivo en esa ciudad, pero a Josie y a mí nos hacía falta irnos juntos de vacaciones. Desde hace dos años no nos dedicamos tiempo a nosotros, solitos, sin bebés, sin trabajo, sin estrés… Claro, hubiéramos preferido que la escapada fuese uno de nuestros noviembres europeos, pero había cierta ansiedad en lo de apartarnos de nuestros preciosos hijitos por primera vez. Decidimos que volveríamos por una semanita a la antigua casa, a los viejos amigos, al buen vivir desenfrenado de Manhattan. De paso, podría yo al fin conocer “en vivo y a todo color” a Jesús Barquín.

Y nada, hicimos planes para pasarnos del 5 al 12 de noviembre en Nueva York, pero luego surgió la hospitalización de mi hijo Julián. Por un momento parecía que Jesús y yo no estábamos destinados a encontrarnos esta vez, pues se habló muy en serio de la cancelación del viaje. Por si acaso, dije que no me esperasen, aunque me mantendría intentando.

Con riesling sobre la mesa...

Con riesling sobre la mesa...

Al final resultó que Julián se repuso, salió del hospital y volvió a casa. Las cosas parecían lo suficientemente estables como para que Josie y yo pudiésemos darnos el tan deseado viajecito, después de todo, poquito menos de una semana tarde y logrando al fin una reunión con el Profesor Barquín.

Ocurrió la misma noche que llegamos. Apenas habíamos dejado las maletas en el hotel cuando tuvimos que arrancar para el Grand Sichuan de Chelsea, sede de tanta orgía vínica pretérita. Aunque  Josie frecuentemente protesta por la forma en que doy prioridad a mis “reuniones técnicas” de enómanos, le estaba muy bien la selección de restaurante. Le encantan los soup dumplings (paquetitos de wontn al vapor rellenos de cerdo, cangrejo y caldo) de Grand Sichuan y los tenía en su lista de las cosas que más ha extrañado en Santo Domingo.

Eramos pocos, pues no es tanto mi poder de convocatoria que pueda sonsacar a media Manhattan un domingo por la noche: Brad Kane, el Dr. K., Josie y yo al inicio. Pronto llegó Jesús, un tipo altísimo y con un acento andaluz marcado, primo de mi propio acento cubano. Final e inesperadamente apareció Jayson Cohen, que venía de algo obviamente informal en su oficina. ¡Es que ser abogado en Nueva York es lo último! 24 horas del día, siete días a la semana… Al menos andaba de vaqueros, sudadera y gorra, en vez del habitual traje legal.
Las libaciones comenzaron prontito después de los saludos. Un Dönnhoff, Riesling Spätlese “Niederhäuser Hermannshöhle”, Nahe 1999 se presenta inicialmente muy apretado y penetrantemente pizarroso, con nervio que resulta casi eléctrico. Cítricos exóticos se van a esa nota de frutas rojas tan característica de los mejores vinos de este elaborador. Sasha identifica la nota como “cerezas al marrasquino” y acaba por sugestionarme irremediablemente. Un vino de dulzor medio; largo, complejo y sabroso, con muchas capas que se van revelando una tras otra según se airea.

Siguió un François Cotat, “La Grande Côte”, Chavignol, Sancerre 1999 de salvaje mineralidad, tras el tufillo sulfúrico que uno siempre espera en vinos de los Cotat. Las exquisitas pedradas que llovían sobre mi lengua dejaban impresiones palpitantes que mutaban de tiza a pedernal a caliza… Otro de fenomenal nervio, herbáceo, anisado y con excelente profundidad cítrica. Fresco y ligero, pero también largo y delicioso. Un vino con mucha garra.

Se sucedían los platos. Los famosos soup dumplings, luego el igualmente famoso pato ahumado al té y unas anguilas en salsa dulce, cerdo con vegetales del que hubo que advertir que evitásemos las “pequeñas granadas de mano” que son esas guindillas sichuan. Una sola te invalida la lengua la noche entera.

Jesús nos había traido dos vinos del Equipo Navazos que, he de decirlo, sustentaron mi hipótesis sobre la compatibilidad de los generosos andaluces con ciertas comidas asiáticas. Me queda pendiente aún el jeebus de sushi y jereces que siempre he querido montar, pero voy llegando a ideas sobre las interacciones de estos vinos con las umamieces de la mejor cocina sinoamericana. Empezamos por el Eqipo Navazos, “La Bota de Fino No. 15″, Jerez NV. Se nota de inmediato que no estamos hablando de un fino convencional. El color es mucho más dorado, más profundo. En nariz y boca se muestra opulento, hasta cremoso, almendrado, ahumado, mineral y con algo muy rico de limón en conserva. En este contexto de mayor cuerpo en torno a impecable estructura, la salinidad se hace más pronunciada e interesante.

Dos del Equipo Navazos

Dos del Equipo Navazos

Lo próximo fue el Equipo Navazos, “La Bota de Manzanilla Pasada No. 10″, Sanlúcar de Barrameda NV. Pura miel de acacias a mi nariz, con algo que me recuerda a botritis, pero que Jesús atribuye a la “flor gris” bajo la cual se cría este vino. Igual de cremosa que el anterior, pero, si se puede, aún más profunda y suculenta: Una manzanilla pasada francamente dramática. Mi favorita de la velada. Original y fascinante.

Kane nos había traido un vino del que llevaba rato protestando. No sé qué del color del Marcel Lapierre, Morgon 2007 y una “falta de fruta” en una añada donde debía haber, etc. Es que nuestro querido Brad es así. Le das vinos ligeritos y carentes de azúcar residual y pone el grito en el cielo; por eso no le hicimos mucho caso, atribuyendo la cosa a su habitual actitud… Pero en este caso algo de razón creo que llevaba. El color es, en efecto, sorprendentemente ligerito y traslúcido y, tras el golpe de

¿Alarmante ligereza?

¿Alarmante ligereza?

granito morgonesco, se siente el vino bastante descarnado y pachucho. Podría ser que esta botella cruzó el charco muy recientemente y se encuentra correspondientemente descojonada. Habrá que darle tiempo a otras, a ver si se recomponen con el reposo. No juzgaré finalmente, aunque fue un desencantillo.

Cabe aclarar que habíamos comenzado nuestra cena pasadas las nueve y que, al menos los domingos, los restaurantes tienden a cerrar temprano. Vimos a Grand Sichuan vaciarse rápidamente después de las diez y ya a las diez y media las camareras daban señas claras de que debíamos comenzar a pensar en irnos con la música a otra parte. Sólo quedaba tiempo para una última, del Valdespino, Oloroso “Don Gonzalo” VOS, Jerez. Potentísima nariz de caramelo, lilas, lavanda, cola (en el sentido de “Coca”, no de pegamento, y para nada negativamente), cera y tomillo seco, entre muchas otras cosas. Suculento y vivaz, con un bonito deje amargo en el paladar medio. Largo. Rico.

El Dr. K, Kane, Cohen y Barquin al final de la noche...

El Dr. K, Kane, Cohen y Barquín al final de la noche...

Estoy seguro de que, en otro día, en otro local y con más quórum, nos hubiesen dado las diez y las once y las doce y la una y las dos y las tres, pues la conversación fluía muy interesantemente y los amigos manhattanianos parecían estar adquiriendo rápidamente mucho interés por los vinos de Jerez y Montilla. Pero bueno, esta cena en Grand Sichuan fue un premio de consolación, una improvisación a la carrera tras la cancelación prematura de los planes originales. No puedo quejarme. Cuando nos despedimos de Jesús Barquín fuera del restaurante, todos fuimos muy sinceros en la intención de que se repita. Ya digo yo, quizás la próxima vez del otro lado del charco, en Jerez con jerez.