La otra botella

En casa, de vacaciones 2: (Feliz) Caos y desorden, con cubano

Noviembre 20, 2008 · 1 comentario

Bien claro tenía que el que más renovación espiritual y satisfacción gustatoria necesitaba en estas vacacioncitas no era yo, sino mi mujer. Dejé que sus diversos monos gastronómicos dictaran la vasta mayoría de neustra agenda, preguntándole cada vez lo que le apetecía. Al comenzar nuestro segundo día de viaje, me habló de buena comida cubana y, concretamente, “de aquel cubano downtown del que tan bien has hablado”.

Ni corto ni perezoso, llamé a mi amigo Jorge Henríquez y le pregunté si le parecía bien formar un grupito para irnos a comer y beber cubano en el East Village. Me dijo que, coincidencialmente, tenía algo planeado para esa misma noche en ese mismo sitio y, si queíamos apuntarnos…

Yo no vacilé.

Café Cortadito (210 East 3rd. St., al lado de Avenue B) se ha vuelto una referencia obligada en casi todos mis retornos a Manhattan. El sitio es pequeño, alegre y encantador. Sus propietarios, Ricardo y Patricia, te dan una atención del tipo que hoy por hoy cada vez se encuentra menos, auténticamente amable y cálida. La comida es, para hacer el cuento corto, la mejor cocina cubana de Manhattan. Y punto. Años pasé yo buscando un restaurante así cuando vivía en esa isla y me llevé decenas de desencantos. No fue sino hasta los últimos días de mi residencia manhattaniana que, gracias a Jorge, allí llegué. Una virtud añadida es que cada vez que he asistido con un grupo nos han permitido llevar vino, por lo que se ha convertido en escenario de unas cuantas bebiendas memorables.

Llegamos Josie y yo puntuales al Café, conscientes de que no íbamos a conocer en la mesa a más nadie que Jorge Henríquez y  Greg dal Piaz. Según me explicara Jorge, el grupo era más bien proveniente del foro de vinos de erobertparker.com, lugar que, por razones que serán obvias a cualquiera que me haya leido durante un mínimo de tiempo, decididamente no frecuento. Sabiendo que Parker y sus más cercanos acólitas son una cosa y la gente que usa el foro como medio de conexión con otros enómanos son otra, íbamos con la mente abierta.

Lo que no nos esperábamos fue la cantidad de gente que apareció. Lkegado todo el mundo éramos una buena docena bastante bullanguera y sobrelubricada en la larga mesa, lo que en un lugar de las reducidas dimensiones de Café Cortadito se nota. El número de botellas de vino sobre la mesa también llamaba bastante la atención. Una cierta falta de comunicación que no fuese a grito pelado llevó a que muchas cosas ni siquera nos visitaran en el extremo en que estábamos sentados. De hecho, también llevó a no poder compartir para nada con la mitad del grupo, pues nos pasamos la mayor parte del tiempo en nuestra esquina, con un subconjunto muy reducido del mismo, contemplando el caos y el desorden de la bebienda en curso. No que no haya en ese tipo de orgiástico despelote lo suyo de disfrute, pero quizás algo un poquito más sereno hubiese sido mejor, considerando muchos de los vinos y los excelentes platos del restaurante, que me parece que quedaron medio ahogados en la bulla.

La situación, claro está, no se prestaba para tomar notas detalladas sobre nada, En mi libretica negra, un montón de garabatos apurados ilustrados con manchas de diversos tonos de granate, púrpura y marrón. Trataré de sacar algún sentido del enredo, pero no prometo nada.

Jorge H. y Josie, al principio de la noche. Envuelto en la bolsa de papel está el Latricières-Chambertin.

Jorge H. y Josie, al principio de la noche. Envuelto en la bolsa de papel está el Latricières-Chambertin.

El primer vino, a botella impacientemente recién abierta y sin decantar, fue el Camille Giroud, Latricières-Chambertin Grand Cru 1976, cortesía de Jorge. No entendí muy bien la idea de abrirlo y servirlo tan precipitadamente, pero bueno… Inicialmente sale de la botella apestosillo (de ahí mi énfasis en la falta de decantación), con fuerte volatilidad y olor a Nam Pla que luego se va a sardinas enlatadas y sudor. Pero con una hora y algo de aire (o sea que ésta, en realidad, es una nota en dos partes entre las cuales media mucho vino) esto se resuelve completamente y deja un bello borgoña tradicional de edad. Si mal no recuerdo, este vino habrá sido hecho por Lucien Giroud, décadas antes de que la bodega fuese vendida. Giroud elaboraba “a la antigua” y puedo imaginar como este vino, de joven, era tan intensamente tánico como los mejores Latricières. Pero ahora está redondeado por los años, calmado y con un perfume otoñal que no deja de tener una cierta rusticidad. Hojarasca, carne curada, flores secas, tierra, un toquecito de yodo y fruta negra sorprendentement presente. Largo e interesante. Hay aún en el posgusto una garrita tánica residual. Una muy buena botella, que ameritaba un servicio más cuidado.

La lógica pareció volver repentinamente a nosotros y comenzamos a probar los blancos que teníamos. El primero fue una aportación mía, el Reinhardt & Beate Knebel, Riesling Spätlese Feinherb “Winninger Brückstück”, Mosel-Saar-Ruerw 2007. Mucho era lo que había yo leido y escuchado sobre la superlatividad del 2007 en el Mosela, pero no había probado ningún vino todavía. Cuando ví esto en Crush esa tarde, decidí inmediatamente que quería comprarlo, beberlo y compartirlo esa misma noche. Potentemente, alegremente, mondilitondamente mineral—un vino de alta tensión, en ese aspecto, pues esa rocosidad llena el todo de energía de una forma que no puedo describir de otro modo. Incluso opaca a la acidez del vino y hace pensar que la estructura viene de la mineralidad misma. Aparte, aromas y sabores de polen, kiwi, té verde, jengibre en conserva y pimienta blanca. Resulta apenas abocadito, lo que me hace maravillarme, considerando que es un Spätlese. Aunque no debiera extrañarme, pues Feinherb, una de esas sutilmente complejas subdesignaciones germánicas del carácter de un vino, aparte de las connotaciones de “equilibrio” que tiene, al fin y al cabo va resultando indicar que el vino será semiseco. Fascinante vino del que tengo que comprar más.

Siguió un vino de un productor que casi siempre me hace echar mano a mi bombita de insulina para pegarme una dosis extra, pues tiende a tener la opulencia basada en glicerol y azúcar residual como sello de autor. Se trataba del Zind-Humbrecht, Pinot Gris “Clos Winsbuhl””, Alsace 1992 y era, en términos de untuosidad, como beber la más exquisita vaselina dulce. Una interpretación rubensiana de albaricoques y peras en conserva con atractiva mineralidad por debajo y buena acidez de fondo. Pero lo crucial es la masividad, aquí. Aunque reconozco como esto puede ser sumamente atractivo para algunos, definitivamente no es mi tipo y, pensando en mi salud, no es un vino del que quiera repetir muy frecuentemente.

Tal parecía que todos los comensales sosteníamos múltiples conversaciones, sin especial orden de prioridades temáticas. Se respondía a las preguntas y los comentarios inmediatamente, o se arriesgaba uno a que se perdiesen en el alegre bullicio de la mesa. Así mismo con los vinos. Pestañar era perderse algo potencialmente importante. Rápidamente después del Winsbuhl cayó una joyita de la vieja California, el Ridge, Petite Sirah, York Creek, California 1975. Inmediatamente se suscitaron comparaciones con el Ródano septentrional, porque esto cargaba elementos cornasianos de aceituna negra y tocino. Denso, profundo y de una rusticidad ganadora. Firme, salino, cárnico y bello sin necesidad de maquillaje alguno. Lástima que la muestra que me tocö fuese reducida, pues me hubiera gustado llegar a probarlo junto con la soberbia vaca frita de Café Cortadito.

Pero seguïan apareciendo cosas, sin particular coherencia: Algo con una incomprensible etiqueta magyar que declaraba ser Pannonhal e Apátsági, Pannonhalmi Tramin, o algo asï, sin añada discernible. Gewurztraminer híngaro, según creí escuchar a alguien. Los aromas son varietalmente correctos, aunque sorprenden por lo suavemente expresados. En vez de concentrado de perfume, eau de toilette, dije yo… Muy buena acidez y mineralidad calcárea en un posgusto sabrosamente ligero y fresco.

Burato y Bize delante de mi. Creo...

Burato y Bize delante de mí. Creo...

Echando mano a una de las botellas que habïa yo traido, que estaban tranquilamente aparcadas enfrente mIo, pedí que me prestaran un sacacorchos. El D. Ventura, “Viña do Burato”, Ribeira Sacra 2007 estaba delicioso. Vivaz, con aromas y sabores de fresa fresca, aceituna y arena. Un tinto ligero de paso, pero con estructura y suculencia. Agradezco a esta bodega el que no caigan en la tentación de meterles roble a sus maravillosas mencïas. La pureza y la expresión clara del suelo son virtudes dignas de preservar.

Parecïa estar emergiendo un patrön. O al menos eso me imaginë durante un par de nanosegundos cuando me cayö delante el Dönnhoff, Riesling Spätlese “Norheimer Kirschheck”, Nahe 2006: La secuencia sería de blanco-tinto-blanco, intermitentemente.  O no… ¡Qué carajos! Pizarra que se cree que es un cruce entre cereza y limön dulce. Crujiente en boca, largo y con una manera de despertarte todos los sentidos y ponértelos en atención que cualquiera dirïa que viene generosamente cafeinado. Tensamente mineral en un final largo que aprieta y aprieta.

Fue en este momento que Josie declaró que esta frenética ehiperdecibélica velada era demasiado para ella. Sin esperar su plato principal, me dijo que me quedara, que ella se marchaba al hotel a descansar. Se sentía aún un poco estragada por un gripazo que había sufrido días antes y el nivel de energía que era necesario sostener en esta cena era demasiado pedirle. La dejé marchar y yo continué, apenado porque no pudiera disfrutar plenamente de la cocina del restaurante.

Pero bueno, los vinos seguían. En algún momento Greg dal Piaz se había acercado a mí para decirme que tenía unos vinos italianos que quería que probara. Los había dejado en la mesa inmediatmaente al lado mío. Yo a cada rato echaba una mirada, pensando en meterlos en el flujo. Pero en una miré y en la mesa había una pareja sentada, pidiendo comida. Las botellas habían desaparecido. Nadie sabía nada. Yo me encogí de hombros y pasé a un Nicolas Potel, “Les Pruliers”, Nuits-Saint-Georges 2002 que estaba muy cerrado y sin ganas de fiesta. Fruta negra y polvo con discreta floralidad. Acidez y taninos vivos en un final que se hace ligero, como de aire perfumado. Antes de poder verificar mi hipótesis sobre un putativo orden de los vinos, serví el segundo tinto que  traje, un Simon Bize, “Aux Guettes”, Savigny-lès-Beaune 1er Cru 2002. Este me lo había recomendado encarecidamente Chris Cottrell en Crush esa tarde. Me lo describió como “suficientemente abierto, sin llegar a puterías frutales”, o palabras a tal efecto, y no pude resistir.

La otra mitad de la mesa, vista desde mi puesto...

La otra mitad de la mesa, vista desde mi puesto...

Tánico con ganas es lo que es. Y muy puro de fruta (fresa y cereza silvestres con un deje de naranja). Y deliciosamente mineral. De cuerpo medio en boca, con un centro densamente empacadito de sabor. Largo, con algo de piel de naranja entre taninos de grano fino que aprietan bastante al final. Un vino aún primario, con  los aromas y sabores que te da en este momento muy precisamente definidos. Promete para dentro de un lustro o dos.

Me dí cuenta de que ya había probado—jugando, jugando—todos los vinos de mi lado de la mesa. Comenzaron a llegar botellas desde el otro extremo, según mandábamos nosotros botellas hacia allá. Ahí fue donde las cosas se pusieron… Ejem, ¿cómo decir esto sin que nadie se mosquee?

Se pusieron pintorescas.

Lo primero fue un Lillian, Syrah, California 2006 que olía a palomitas de maíz rociadas con Desitin (para el contingente europeo, eso es crema de culero para bebés) en vez de mantequilla. También cargaba algo igualmente desagradable de salsa de barbacoa. Y de compostado. Y de chicle de canela. Una nariz tan abominable que no debí metérmelo en la boca, pero lo hice. Y es el tipo de acción que me hace frecuentemente pensar que soy o imbécil, o masoquista, o las dos cosas. Lo mismo, sobre un fondo de compota de ciruela. Plano, alcohólico y con todo lo malo que puede dar la madera mal empleada.

Hablando de madera mal empleada, el Fontalloro, Vino da Tavola di Toscana 1993 era todo roble secante. Lo que pudiera intuirse de sustancia frutal o mineral detrás parecía gemir desesperadamente desde el fondo de una cueva de la que no saldría jamás. Seco. Moribundo. Doloroso de beber.

Ya se imaginarán el vertiginoso declive en que entró mi disfrute sensorial con eso delante. Si no pueden imaginárselo, les diré que el Bodegas Roda, Roda, Rioja 2002 lo ví como un rayito de sol rompiendo las tinieblas. Ya en el pasado he hecho la controversialísima declaración de que éste es probablemente mi vino favorito de esa bodega riojana, lo que a sus productores y mercadeadores de seguro no les gusta mucho. Pero bueno, así soy.

Un rioja moderno que demuestra cuerpo esbelto, erquido y elegante. Se le siente su madera, sí, pero la fruta y el resto de la estructura hacen lo suyo porque el protagonismo se comparta equitativamente. Equilibrado y refrescante. Quizás lo que más lo marca como rioja modernazo es un golpe de hinojo que reverbera desde la primera olida hasta el posgusto.

Me pasaron un St. Innocent, Pinot Noir “Freedom Hill”, Willamette Valley, Oregon 1999. Ahumado, un amasijo de madera y roble en el que cuesta trabajo hallar mucho encanto. Me late que aquí pudo haber un pinot noir amplio, rusticón y no particularmente especial, pero bebible. Lo que me lo hace ofensivo por la forma tan fea en que lo ahoga es el lastre maderero.

Creo que cayeron un par de botellas más. Hubo algo de discusión acerca de cuán acidificado venía un pinot noir de Eyrie Vineyards y acerca del cabernet californiano que embotella el tío de uno de los presentes 9que no estaba del todo mal, a decir verdad). La última nota que tomé tiene un lamparón de grasa, pues dejé caer la libreta sobre el plato que un rato antes contuviera una portentosa ración de vaca frita. La nota es del Quivira, Grenache “Dry Creek Ranch˜, Dry Creek Valley, California 2006. Aunque el “vino” al que se refiere es francamente abominable, me provoca un cierto enternecimiento por haberme provocado prosa que me recuerda a F. T. Marinetti. Puse: “Como una farmacia que acaba de sodomizar a una estación de combustible brasilera”.

No me pidan que les explique más allá del etanol, por favor.

Cuando llegué al hotel, Josie me preguntó cómo habá terminado la cosa.

“Pues más o menos como la dejaste”, le dije.

“¡Qué caos!”, replicó ella.

“Sí. Pero la pasé bien”, dije yo, antes de meterme el cepillo de dientes a la boca.

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