En casa, de vacaciones 5: Entre copas, las copas…

De todas las excrementalmente pestilentes monsergas propagadas por la prensa en las últimas dos décadas, posiblemente la más aromática sea aquella de la “democratización del vino”. Ya saben: Que se ha fomentado la “cultura del vino” de forma más amplia y envolvente, para llegar al público en general y hecer el vino asequible a todo el mundo, incluido Fulanito de los Palotes, bebedor de a pie y sin sustancial fortuna.

Lo contrario está ocurriendo. En vez de generalizarse un genuino interés por el vino como bebida para acompañar comidas, mejorar la cotidianeidad y actuar como lubricante conducente al desenfado y la calidez en reuniones sociales, lo que ha ocurrido es la decidida amplificación del “factor snob” y la aspiracionalidad. He dicho y diré siempre que me sorprende como, en nuestros artificialmente coloridos tiempos de “regiones emergentes” y vino de donde quiera, puede venir cualquier Hijo de Vecino™ (me encanta la indignación de algunos ante mi uso de esta frase, tanto que merece ser una marca registrada de este servidor de ustedes para uso a discreción; aún no lo es, pero se me ocurrió probarle el simbolito y las mayúsculas y la verdad es que se ve de lo más mona…) de una región sin prestigio vitivinicultural demostrado y sacar al mercado un vino “extramegaultrapremium” por el que pide lo que se le da la gana. ¿US$200 la botella? ¡No hay problema, sobre todo si median puntos de tal o cual gurú que añadan una buena dosis de valor fetichista al vino!

Llegó alguien no hace mucho a quejarse sobre mis frecuentes diatribas en contra del Hijo de Vecino™ en cuestión (les insto a verlo en singular, como símbolo de una especie). Alegaba que cualquier elaborador tenía el derecho a sacar medalaganariamente un vino de (alegado) hipersuperduperlujo y pedir por él cifras que le dieran una “justa ganancia” (o algo así) y “motivo para enorgullecerse” (o algo asá). A lo que yo digo: Sí, hombre, claro, si no hay nada como pasearse por las viñas en un Hummer para no enfangarse los mocasines nuevos de Ferragamo. Además, en estos tiempos tan credifáciles y vivalapepísticos, todo el mundo, aunque no sea millonario, puede sentirse como tal cogiendo fiado lo que se le dé la gana, incluyendo aquella botella de Pingus o El Nido o Cirsion o Screaming Eagle o… Pero… ¿Qué me dicen de la platea? ¡¿Que ya los tiempos no son ni tan credifáciles, ni tan vivalapepísticos? ¿Que aquellas “vacas gordas” de hace cinco o seis años habían sido meramente infladas con gas para crear ilusiones de prosperidad? ¿Que el mundo entero está entrando en una crisis financiera de proporciones, er, históricas? ¡No joooodaaaaassssss!

El vino y su industria no parecen haberse enterado. Sigue la democratización de la pretenciosidad, el esnobismo y el vino de estatus, al menos por parte de sus mercadeadores, como si nada. Y yo seguiré preguntándome quién compra.

Pero este tema ya lo he sobado y resobado yo bastante desde este ángulo. Hoy quisiera echar para otro lado. El mismo individuo que protestó por lo del Hijo de Vecino™ y su supervino aspiracional  me llamó la atención muy justamente porque me iba a Nueva York de vacaciones y allí, de seguro, me tomaría algunas copas en algún restaurante a precios escandalosos.

Mucha razón llevaba. Y quizás lo más sintomático del mundo al revés que es esa tan flatulentamente cacareada “democratización del vino” sean los programas de “vino por copas” en los restaurantes de Nueva York. Bueno, del mundo entero, porque no nos engañemos, la cosa pica y se extiende. Otra especie de Hijo de Vecino™ participante en el mercado global se siente, al poner su restaurante, que tiene el deber de “hacer rentable” su oferta de vinos por copa cobrando al cliente del restaurante el precio que pagara el restaurante por la botella entera del vino ofertado, que usualmente es un vino bastante “básico”. Así nos encontramos con un montón de lugares que aspiran a venderte la copa del “L’Ancien”, de mi querido Jean Paul Brun, a US$12 la copa.

Es descabellado, sí. Se pretende “rentabilizar” el programa de vino por copas haciendo las copas prohibitivamente caras. Se añade, además, insulto a la herida cuando te enteras que ese vino que te cobran a 12 tacos la copa te lo venden por botella a 35. De repente, dada la cantidad que te da la botella, aunque el mark-up por botella también sea bastante difícil de tragar, te apetece más pagar los 26 que los 12.

Yo muchas veces viajo solo. Eso hace que ocasionalmente me encuentre comiendo en solitario en restaurantes. Si se trata de almorzar, generalmente no considero prudente consumir más de una copa de vino, máximo dos. Por lo de no restar productividad a la tarde si se trata de un viaje de negocios. En algunos casos, si ando con Josie, quizás limite ese consumo porque haya una nutrida agenda de tiendas u otra diversión enérgica por delante. Eso me hace frecuente víctima de la oferta por copas en los restaurantes. Incluso a la hora de la cena he caido en la trampa, apeteciéndome una copita de fino, como aperitivo, aunque me saque US$10 de la billetera el caprichito.

No dejo de preguntarme—y preguntar a boca de jarro a todos los restauradores que conozco—como semejante cosa se ha vuelto la norma. ¿No sería más deseable que el cliente consumiera el vino copa más despreocupadamente, sabiendo que un par de copas no van a costarle más que la botella entera? ¿O quizás seré yo demasiado tacaño y esto es perfectamente aceptable?

La cosa es que grito y pataleo, pero continúo cayendo en esto del vino por copas. Juez y parte y hay que joderse… No puedo quejarme de que me han cogido de bobo. Bobo soy. En mi más reciente vuelta por Nueva York fueron unas cuantas las copas de US$10 (que parece ser el mínimo estandardizado por muchos restaurantes manhattanianos), 12, 14, 16, o lo que fuera, por las que pagué consciente de que apoyaba una sinvergüenzura de marca mayor.

Tomemos, por ejemplo, el caso de nuestro primer almuerzo de esas vacaciones. Si la oferta de vino de; que me gusta en Santo Domingo anda escasa, no se imaginan la de quesos. El concepto de “queso”, aún en los sitios mejro surtidos, envuelve usualmente productos industriales más bien plasticoides. Josie, que es una estudiosa y amante ferviente de los grandes quesos de este mundo, al no haber salido de Santo Domingo en medio año, se traía un mono tremendo. Lo lógico era irnos a ese gran punto quesero neoyorquino que es Artisanal. Ahí tienen su propia cava de quesos y solo sirven artículos de primera. Justo lo que necesitábamos.

Ibamos en plan de comer y beber ligero, pues esa noche era la orgía vínica de Café Cortadito de la que ya les conté. Claro, aunque lo de la noche fuera en grande, tampoco íbamos a disfrutar plenamente de nuestros quesos si lo que bebíamos con el almuerzo era agua (dicen que eso es muy indigesto, o sea que tiendo a evitar la combinación). La única opción era irnos por copas. Claro, si exploran los menús en el enlace de más arriba verán que la situación en cuanto a eso… Pues era como en todas partes, con unos precios de los que no invitaban a beber. En la sección de vino por copas te ofrecen un precio mayor que el otro. El menor es de una porción “de cata” y el otro es “de copa”. Lejos de dar alternativas aceptables, pensar en que le quitan a uno por un par de cucharadas de vino lo que en realidad debiera costar la copa es echar sal en la herida.

He de decir que la cocina de Artisanal no me impresionó en esta vuelta. Una crema de calabaza con chutney de algo en el fondo estaba más bien aguadilla. Y un risotto de setas silvestres, aparte de andar pachucho de dichas setas, salió ensopado y quizás demasiado al dente. Eso fue mi prix fixe. Josie salió mucho mejro parada que yo, con un sandwich de cerdo asado y queso muenster que estaba verdaderamente excelente. Pero bueno, no vinimos a los platos, sino a los quesos. que sí estuvieron fenomenales, particularmente el ossau iraty, el garrotxa y el cheddar añejo.

Con la comida nos tomamos una copa de US$14 cada uno del Domaine Wachau, Grüner Veltliner Federspiel “Terrassen”, Wachau, Austria 2007. Un veltliner de cooperativa perfectamente aceptable para una comida de bistro, pero que en realidad ni de casualidad justifica el precio por una porción moderada. Ligero y correcto, con pimienta blanca sobre fruta amarilla y delicada mineralidad. A Josie le gustó, lo que me hizo más soportable pagarlo, pues me gusta verla feliz. Pero…

Igual decidimos pedir una tercera copa, ésta un dólar más cara aún y del Gérard Meillot, Sancerre Rouge 2007 para acompañar los quesos. La consumimos compartida no por especial frugalidad, sino porque en realidad ambos no queríamos beber más. Otro correcto para tabernear—¡si costara diez pesos menos la jodida copa! Floral y térreo pinot noir, con grácil fruta roja. Erguido, con taninos firmes y acidez refrescante en un final con abundante suculencia frutal y buena mineralidad. ¿Pero US$15? Pongamos las cosas en perspectiva: La fórmula prix fixe de almuerzo, incluyendo entrante, plato principal y postre, cuesta US$21.50, o sea, sólo US$6.50 más que esa copita de sancerre. ¿Alguien le ve la proporción en terminos de costos para el restaurante? De uno decidir tomar una copa de algo con el entrante y una copa de otra cosa con el plato principal, el costo del vino fácilmente aventajaría el de la comida. El mundo al revés.

Bueno, pero ni tanto, si consideramos lo que nos pasó un par de noches después. Nos fuimos a Tía Pol, el famoso bar de tapas en 10ma. Avenida, con la intención de tapear y copear en un ambiente alegre. Ahí, irónicamente, la selección de vinos por copa era casi inexistente en términos de cosas que me resultaran interesantes, o sea que automáticamente decidí pedir una botella del Palacio de Fefiñanes, Albariño, Rías Baixas 2007. Un Fefiñanes graso y especiado, más mullido de lo que esperaba. Azahar y orilla del mar dan paso a fruta carnosa, con buena acidez, pero quizás no la habitual estructura.

No fue problema el vino, pedido por botella, como les dije.  La queja viene con las croquetas. Por US$9 pensamos que nos traerían una ración normal. Pero lo que llegó a nuestra mesa fue un plato con cuatro croqueticas. Muy buenas, eso sí, pero carajo, a US$2.25 cada una más vale. De hecho, hubiese esperado algún toque especial. No sé, un cachito de trufa blanca dentro de alguna, o un relleno masudito de langosta… Pero nada.

Es que si no te clavan por un lado, te clavan por otro.

Otro almuerzo nos vió en el siempre confiable Molyvos, no porque tuviésemos particulares deseos de ir allí, sino porque nos pilló un torrencial aguacero justo al lado. Ya saben, pulpitos a la parrilla, pescado fresco y echar la suerte con algunas copas de vinos griegos a espectacular sobreprecio.

Comenzamos con el Domaine Gerovassilou, Malagoussia, Epanomi 2006, que se traía una simpática nariz floral, con subtonalidades herbáceas y un golpe de bombones de manzana. Lo mismo en boca, más o menos. Moderno, sencillo y fácil de beber. Pero recordemos que la porción supera la docena de dólares.

En Molyvos por lo menos intentan ablandarte el golpe a nivel sicológico. Te traen el vino en una coqueta garrafita que probablemente no contiene más que una copa promedio, pero que te hace pensar que es más vino, pues puede uno servirse en dos golpes, en vez de uno solo. O, en nuestro caso, puede compartir el vino, para probar.

La segunda garrafita que compartimos fue del Porto Carras, Assyrtiko “Côte de Meliton”, Macedonia 2007, algo sobresulfurado, compacto y no particularmente amigable. En boca deja entrever una cierta complejidad, con notas cítricas, de hierbas secas de cocina y salinas. Pero está muy apretado.

Estuvimos un rato conversando sobre si pagar más de US$40 por tres mini-garrafitas de estos vinos exóticos (de nombre, si bien no tanto de aromas y sabores en el caso de los primeros dos) podía racionalizarse en términos de estarnos educando sobre los mismos. La conclusión iba por los lados de que si esto es lo que cuesta la cultura del vino hoy por hoy, bien fastidiada la veremos si la economía no mejora. Terminamos con el Gaia, Assyrtiko “Thalassitis”, Santorini 2007, un viejo amigo y valor seguro, aunque estábamos pagando US$16 por la garrafita. Firme, pizarroso, marino, con un leve elemento metálico. Apretado en boca, pero largo e interesante de posgusto por su pronunciada mineralidad.

El que les cuente en detalle todo este gasto quizás es un acto de autoflagelación pública. Viendo yo ahora, con distancia, lo que pagué en copas de vino en esas comidas en las que así bebimos, me siento como un perfecto c-o-m-e-m-i-e-r-d-a, en la acepción cubana del término, o sea, un imbécil. ¿Hay entre todos estos vinos alguno que sobrepase el nivel de meramente “aceptable”? Pues no. ¿Alguno me enseñó algo nuevo? Pues aparte de como están las cosas en los restaurantes, no.

En otro almuerzo, en un viejo favorito nuestro en SoHo al que no íbamos desde hacía años, me rebelé. Era L’Ulivo, una excelente y siempre acogedora pizzería en pleno meollo del fashionismo y el turisteo de la zona. Ví en la carta por copas un chardonnay de un tal “Armani”. Habiendo probado no hace mucho (por copas, nada menos) un excelente sauvignon de Albino Armani,  pensé que este vino sería meritorio de mi tiempo. La copa costaba doce billetes. La botella, treinticuatro. No lo pensé mucho. El shopping de la tarde lo haríamos con esa botella entre pecho y espalda y ya. Luego me he enterado que este Armani, Chardonnay “Io Domenico”, Trentino 2007, limpio, sabroso y con buena mineralidad, aunque no especialmente excitante, cuesta en tiendas US$14. Ya saben. Pensaré mucho en el futuro cuando me vayan a servir cualquier vino en restaurantes, sea por copa o por botella. Las copas en  L’Ulivo eran de buena calidad. El vino llegó a muy buena temperatura y nos lo dejaron en una elegante cubitera de vidrio. ¿Pero excusa eso un mark-up del 140% no sobre costo al por mayor, sino PVP en tienda?

En aquel colegio de curas donde me volvieron ateo rabioso me enseñaron que toda confesión debe venir acompañada de penitencia y propósito de enmienda. La penitencia creo que es haberme autozurrado aquí. Yo mismo no entiendo esta estafa que se ha vuelto lo del vino. Una estafa que—lo peor de todo—invitamos y perpetuamos los primos que queremos seguir amando el vino, pese a todo.

¿Cómo nos sublevamos? ¿Dejamos de ir a restaurantes? ¿Seguimos en estos Jáccuse, a ver si alguien nos hace caso y de repente el mundo del vino y el de la restauración sufren un arrebato de cordura y bondad?

Por lo pronto, publico esta vaina y les dejo que me comenten. Un almuerzo verdaderamente excelente y muy económico hicimos en SoHo otro día. Josie recordaba, de sus tiempos de reportera del mundillo de la farándula y las celebridades, una taquería llamada La Esquina, allá en el cuchillo de Lafayette y Broome. Allí nos pegamos tremenda panzada con media docena de tacos hechos con ingredientes de primerísima. Veinte dólares, o algo así, que para Nueva York es nada. Eso sí, si llega a haber vino, pues, un retrato de Benjamin Franklin nos hubiese costado, por lo menos. Es el castigo, si uno quiere vino, parece. Les dejo con una sabrosa foto, que da ganas…

Bueno, y porque en estos tiempos de vacas flacas con tetas de silicona, un videito de cierto hit de los ochentas que, de repente, ahora que vivimos los efectos de un cuarto de siglo de voodoo economics puras y duras, me parece muy apropiado:

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24 Respuestas a En casa, de vacaciones 5: Entre copas, las copas…

  1. Felicitaciones por el valor al denunciarte y flagelarte públicamente. Tienes derecho a hacerlo, como todo hijo de vecino. Y lo tienes merecido, como muchos de nosotros, porque en ciertos casos la culpa no es solamente del chancho, sino de quien le da de comer. Después en un aparte podemos discutir los méritos del chancho. Cuando salimos a comer con mi mujer en ocasiones especiales lo hacemos teniendo en cuenta la carta de vinos del restaurante y en base a eso escogemos. Infelizmente es así. En ciertos restaurantes no queda más remedio que llevar su propio vino (aunque personalmente es mi última elección) y en algunos otros sabremos que el vino que tomaremos no será nada especial porque caso contrario habrá que oblar cuantiosos morlacos . Y así y todo, más de una vez me siento un poco huevón por lo que pago, como muy gráficamente lo describes en tu artículo. Pero es como que en las ciudades ya hay un acostumbramiento a que te claven un poquito. O dos. Y algo que creo que nos muestra patéticamente los sobreprecios de los vinos son los restaurantes que recientemente comenzaron con el vino a 50% del precio durante varios dias de la semana, en esta ciudad por lo menos. Ahi te das cuenta cómo te clavan el resto del tiempo. Estarán los que dicen que el margen porcentual en un plato de pastas es mayor al margen en una botella de vino, pero yo no gasto porcentajes, sino billetes. Y digo, esto está patas pa’rriba. Algun día lo vamos a terminar de asimilar y obraremos más activamente y masivamente al respecto. Y a veces me pregunto, qué ocurriría si estos restaurantes cobraran menos por los vinos? Algunos se fundirían? A otros les iría mejor? El libre mercado todo lo regula?

  2. En EEUU el precio del vino por copas es abusivo, yo casi cerraba los ojos al pedir algun vino por copas, porque eso de dejarme 10-12 pavos en una copita de vino, normalmente “del monton”, dolía bastante.
    Justamente el martes me enfadé también bastante en un restaurante. Salí con compañeros de trabajo, y en la carta de vinos, unas 30 referencias, precios de 8 a 16€ creo que era la botella mas cara… pero es que eran vinos de los que bebo en mi casa a diario y que compro en tienda a 2-6€!! Un vino de 3€ pasa a 9€ y yo me pregunto, ¿porque? ¿Temperatura de servicio? No, estaban todas las botellas a la vista en el restaurante. ¿Copas? Mejor no hablar de ellas, dudo que costasen mas de 20 centimos la unidad. Sumiller? No creo que sepan que es eso. Total que, como es un sitio al que van mucho los de mi trabajo, le pregunto a la camarera si puedo llevar botellas de casa la próxima vez y pagar algo por el descorche. Me miran con cara rara y dicen que no, que no se pueden traer cosas de fuera…
    Sería la solución a estos sitios, pero claro, como van a renunciar a esos beneficios de la !democratización del vino”! Mientras tanto en las otras mesas abrían botellas de Lambrusco sin pausa y a nadie parecía preocupar este tema.
    Saludos
    Olaf

  3. Manuel, tú que estuviste en colegio de esa guisa ya puedes repetir con ritmo y cadencia: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…” }:-P

    Aunque existan excepcionales excepciones lo de los restaurantes y el precio de las botellas, con la añadidura de los precios del vino por copas, es algo que oscila entre lo vergonzoso y lo sangrante. Sabiendo además cuánto cuestan en origen y cuánto en tienda. Luego además uno soporta estoicamente lo de la rotación, el gasto del inmovilizado, el servicio (¿¿¿???), las copas, los decantadores… A mitad de la frase acaba uno por ponerse como Homer y pensar en Duff, donuts y póngidos tocandos los bongos…
    Puede que el asunto vaya en la misma línea de la democratización del vino, esto es, a ver si una verdad muchas veces repetida es asumida como verdad.

    Saludos,

    Jose

  4. Amigos,

    Precisamente eso esperaba leer en los comentarios a este escrito: Confirmaciones de que no sólo es así la cosa en Nueva York, sino en el mundo entero. Me he encontrado copas de vinos bastante humildones a precios sumamente soberbios en demasiados lugares, desde Manhattan hasta Londres, París y San Juan. La racionalización de “amortizar la botella entera con la primera copa” se ha extendido por todo el mundo y, como el vino “está de moda”, “tiene demanda”, “viste mucho”, etc., ha pasado que sencillamente no la hemos cuestionado ni remotamente lo suficiente.

    Dejé fuera de discusión arriba lo del “servicio”. Indiscutiblemente que en Nueva York hay listas de vino por copas que muestran un cierto afán y talento curatorial. Son compuestas por gente que muy probablemente cree en los vinos que ofrece. Yo no haría ascos a la oferta de vinos por copa de ninguno de los restaurantes de los que hablo arriba. Incluso hasta conozco un montón de sumilleres muy talentosos que están a cargo de programas similares y que te hablan de ellos con orgullo. Lo que me auto-azora es que no se me hubiera ocurrido, o no me hubiera atrevido a llamarlos a un debate sano sobre este tema.

    Antes de redactar el artículo que nos ocupa ahora hice un par de rápidas búsquedas en la red, tratando de ver si se habían suscitado otras protestas como la mía en alguna parte. Encontré unas cuantas, incluso recientes, pero me sorprendió la poca tracción que encontraron. Lettie Teague expuso en la revista Foor & Wine unos cuantos parrafitos sobre que si “la frescura de las botellas que te sirven a esos precios”. Incluso sacó a relucir una teoría de su marido sobre si debían los restaurantes ofrecer un descuento significativo por cada día que lleve una botella abierta en el bar, sea cual sea el preservativo utilizado para “mantenerla”. Pero al final todas las protestas acaban con una encogida de hombros y un seguir con lo mismo.

    Lo que he querido hacer aquí es poner el foco no solamente sobre lo que se traen miles y miles de restaurantes, con el apoyo tácito de la industria, sino también sobre la hipocresía de la clientela. Porque si no sacamos el asunto y lo ventilamos, por conflictivo que resulte y sin tolerar explicaciones ridículas sobre que si costos de esto y aquello o “rentabilidad” de lo otro, en realidad los culpables somos nosotros, los consumidores que mantenemos este jueguito.

    Claro, habría que explorar más. Josie y yo, aunque preferimos el agua con gas en nuestras comidas, decidimos optar por la llamada “New York’s Finest” cuando nos ofrecían agua en los restaurantes. ¿Por qué? Pues porque una botella de San Pellegrino que en una tienda te cuesta un peso y pico te la pretenden cobrar a siete.

    Si hacemos un poco de gimnasia investigativa, quizás eso todo conecta con la idea de cobrar toda la bebida en un local “de placer” como se conbran los cubatas en las discotecas. Con toda la trama que ello conlleva, si es que va a explicarse.

    M.

  5. Sólo un comentario: BYOB

  6. Aún así, no son tantos los restaurantes que permiten BYO. Y algunos tienen unas políticas de tarifa por botella que hacen parecer benévolos los programas de vinos por copa. ¿Qué te parecería si te dijeran que el descorche son US$75 por botella? A mí me lo han dicho, aún con un gran vino que el restaurante en cuestión ni de casualidad tendría en su lista y ofreciendo el grupo ordenar varias botellas (bastante caras0 de la carta.

    M.

  7. Recientemente creo que he leído una queja parecida en el blog de De Vinis de Joan G. P.

    Quiere la suerte (o eso creo) que por el País Vasco este tema se lleva con algo más de sentido común de modo que el precio de las botellas en restaurantes no suele irse muy arriba, quizá un 50% más que en tienda, a veces ni eso. Que me corrija alguien si estoy equivocado. Ahora bien, la oferta por copas es casi inexistente. Cuando la hay puede rondar los 3 a 5 euros por copa (de botellas que anden entre los 10 a 20 euros en tienda…)

    Aprovecho para subrayar que existe un lugar en Getaria que es el restaurante Kaia, (y que ya conoces) donde hay cosas como (tengo a mano la carta de 2007): Contino crianza 1994 a 16,50 euros la botella, o el Tondonia tinto 6º año 1981 a 10 euros por botella… 99 euros el blanco de 1964, ó por 15,50 la botella de Do Ferreiro (el corriente, claro) 2005. Botellas bien conservadas. La carta de vinos tiene 64 páginas (A5) Con cartas así quién iba a querer traerse el vino desde casa.

    Mi opción particular es cada vez más la de disfrutar de la sencilla cerveza.

  8. Hombre, Norjillo, no me imaginaba que me pondrías como contrapeso al catálogo de barbaridades que expuse al restaurante con el programa de vinos más benévolo del mundo, que bien lo es Kaia.

    Lo que planteas, de lugares donde se ofrece vino a entre 3 y 5 euros la botella es algo que conozco bien. Lo veía siempre en muchas partes de Europa donde era preferible beber vino que cerveza o agua. Pero la demoglamorización del vino ha logrado que cada día esos lugares vayan tirando pa’rriba, por lo de dizque no quedarse rezagados. Así, eventualmente llegaremos a una copita de txakolí por 8 euros en la taberna de la esquina, si no ocurre algo.

    Curiosamente, yo aquí en Santo DOmingo también comienzo a disfrutar más y más de la deliciosa Presidente, tesoro cervecero nacional.

    M.

  9. Toca poner el dedo en la llaga así que viene muy oportuna esta crítica que expones. Lo de contrapesar con el Kaia es para “demostrar” que ha de ser posible otro modelo de gestión menos impaciente.
    Esta crisis económica ayudará en algo, pero quizá no afecte lo suficiente a esa tontería del lujo etc…
    Supongo que la cercanía geográfica a locus vinícola ayuda a mantener el sentido común y a poner las cosas en sus sitio, de modo que me imagino un precio desorbitado por copa a un txakoli en NY, pero no en zona vinícola.

    Efectivamente es más placentera una buena cerveza, o una sidrita normanda que el vino pretencioso pero ramplón que se nos pretende vender en tantas ocasiones como buena compra en su segmento y blablablá.

  10. Manuel, comparto y agradezco tu reflexión sobre el bulo de la democratización del vino y la perversión argumental que está suscitando: vino puro o auténtico es igual a vino para millonarios (sea en la Borgoña o en San Martín de Valdeiglesias). También suelo seguir tus catas y juicios, ajenas a los muchos otros bulos que proliferan en este mundillo. Por eso me permito hacerte una pregunta sobre un vino por el que tanto tú como Gerry Dawes, otra persona cuyos juicios tengo en consideración, tenéis cierta predilección. Me refiero al albariño de Fefiñanes, que creo que va por un camino no muy distinto al de otros Rías Baixas que te han decepcionado, o así lo has hecho ver en tu blog. No sé la cosecha del 2007, pero la del 2006 tiene un sensación dulzona que antaño no era habitual en Fefiñanes. Gracias por tus comentarios. Acertados o no, tienen terruño.

  11. El quejarse del alto precio del vino en la hostelería es como protestar porque un traje de Armani cuesta 3.000 euros cuando todos sabemos que en el Corte Ingles los hay por 250, y además nos consta que lo fabrican en China, donde les cuesta la décima parte. Se abstiene uno de ir donde los precios nos parecen poco adecuados, y el mercado pondrá a cada uno en su sitio. Cada restaurante tiene su política, y el paso del tiempo dirá si es acertada o no, porque el mercado no perdona. Si nos “clavan” algo que creemos desproporcionado no volvemos, y por el contrario, ese restaurante donde descubrimos lo que nos gusta repetimos, y probablemente más gente hace lo mismo. En Madrid, se abren y cierran docenas de restaurantes todos los años, pero si un jueves quieres reservar en uno de los ” buenos de siempre” para el fin de semana, te va a costar trabajo encontrar mesa incluso ahora que con la crisis se sale menos. Estoy de acuerdo que hay precios abusivos en la hostelería, pero también es cierto que si hablas con dueños de restaurantes, distribuidores y bodegueros cada vez les cuesta más vender vino, y el cliente pide mirando la lista de precios. Quizá les toque buscar otras fórmulas muy implantadas en otros países como es el vino por copas; y ahí era donde quería llegar.

    Ya me gustaría poder pagar 10 euros en cualquier restaurante de Madrid que tuviera una cartita mínimamente surtida de vinos- nacionales e internacionales -por copas; da igual lo que esté dispuesto a pagar porque no existe. Llaman a “vinos por copas” a una lista raquítica de vinos de las 4 DO españolas de siempre y poco más. En Lavinia hay alguna cosa, pero no abren por la noche, y 2 o 3 sitios más. Si el Sr. Camblor viene a Madrid y me pide que le lleve a a un Wine Bar, como los que hay en NY, SF o en Londres, le diré que apenas hay: o a un bar de vinos por copas, con solo algunos vinos españoles del montón, o a algunos de restaurante con buenas cartas – de eso si hay- pero el vino “por botellas”, y no precisamente baratas.

  12. Hombre Esteban, me parece coger el rabanillo por la hojarasca. Hay mucho vino (y restaurante) que presume de Armani “porqueyolovalgo” y no pasa a duras penas del más sencillo pret-a-porter.
    Me pongo quevediano, con el que hay mucho vino y restaurante que presume de hidalgo…
    Saludos,
    Jose

  13. Por aquí es escasa la oferta, en algunos te van permitiendo un canon de descorche…la conclusión es que al final, cada vez tomo más vino en casa o en casa de amigos. La apuesta de Monvinic en Barcelona es sugerente. Veremos, que dijo el ciego.
    Un saludo

  14. Esteban,

    Primero que nada, bienvenido.

    Y ahora, directo al grano: Me parece un poco retorcida la comparación del traje de Armani, etc., con el vino en restaurante, primero porque el traje que te venden en la boutique de Armani en Madrid (¿sigue en la Ortega y Gasset a unos metros de Lavinia?) a 1000 euros probablemente no sea exactamente el mismo que te vende El Corte Inglés a 250, estén o no ambos hechos en China. Digo “no es el mismo” porque cuando te vas a la boutique de un diseñador, usualmente no vas buscando gangas y para ti no da lo mismo un traje que el otro. De todas formas, yo prefiero Corneliani.:-)

    Lo otro, más importante aún, es que perdemos de vista que hablaba de vino por copas, o sea, de una “fraccionalización” que a la vez pretende ser una “multiplicación” de la ganancia. Amortizas (o mejor dicho, sobreamortizas) la botella vendiendo una copa y luego el resto, pa’ la caja… En el caso de Nueva York, lamento informarte, ya quisiera yo que esto fuese cosa de “algunos restaurantes”, pero en realidad estamos hablando de algo que se ha generalizado, desde el sitio de cadena que te sirve Chardonnay de Kendall-Jackson y alguna otra birria industrial en tinto hasta el restaurantito más coqueto, intimista, artesanal y detallista. Sencillamente es un modelo que ha resultado conveniente y que los consumidores no hemos peleado lo suficiente.

    Ahora bien, también dices que uno puede sencillamente opinar con la billetera e irse con los cuartos a otra parte si no le gusta la política de vinos por copa de un sitio. Pero, al menos para mí, la experiencia de un buen restaurante no puede reducirse a un solo aspecto. Así, quizás acababa perdonando lo del copeo a hipermegasobreprecio en base a que la cocina valía la pena y al final, si la cuenta iba a ser alta como quiera, pues veinte más o menos… Pero llega un momento en que la lógica te reclama y piensas que, si el menú prix fixe de un restaurante con X número de platos preparados con ingredientes de primerísima y ejemplarmente presentados, te cuesta 50 dólares y cada copa de vino (en cuya elaboración el restaurante no interviene y cuyo costo de almacenaje y servicio no es particularmente grande) te cuesta 16 ó 20, existe una desproporción que no podemos ignorar.

    Si la práctica de endilgar este tipo de sobreprecio a la copa de vinos (no hablemso de la carta por botellas en sí, que eso es otro tema) se ha generalizado, uno tiene opciones limitadas, a mi entender: (a) Como todos los restaurantes están así de abusones, pues, no salir a comer fuera; (b) ajo y agua (y tarjetazo); (c) protestar vocalmente, preferiblemente donde se sienta, o (d) pedir el vino por botella, aunque ande uno cenando solo, con todo lo que ello conlleva…

    En cuanto a Madrid, pues creo que no buscas donde debes, porque en muchas ocasioens he encontrado excelente oferta de vino por copas. Hay un puñado de sitios donde la selección ha merecido mención en mis escritos. Claro, yo iba buscando vinos españoles, turista vínico que era, y no me estaba mal una taberna con tremendo cocido los miércoles y una amplia gama de vinos de Madrid (pues claro, porque en Madrid está el sitio), como lo es La Pinta y la Viña en Infanta Mercedes. No que me vuelvan loco los vinos de la DO, pero vamos, si quería enterarme y aprender, pues no me costaba el ojo de la cara que me hubiera costado en Nueva York la fiestecita. Igual, otro sitio que siempre me ha encantado por sus tapas de cocina y por tener constantemente un buen puñado de vinos por copa de interés es El Tempranillo en la Cava Baja. Claro, mejor ir fuera de horas pico, o sea, por la tardecita antes de que cierre la cocina, y dejarse llevar del gusto. Recuerdo que una vez un amigo y yo comenzamos con un par de copas y acabamos con una soberbia botella de Chivite Colección 1991 a muy buen precio.

    Así mismo hay un montón de lugares más que me gusta visitar cuando estoy en tu ciudad, exclusivamente para copear. Su selleción “por copas” no es necesariamente “del mont’on”, los precios no son la indecencia neoyorquina, y encima tiende a haber buena cocina de respaldo. O sea que no sé… Además, pensando yo en la pizarrita del Tempranillo, aunque no tengan el “L’Ancien” de mi querido Jean-Paul Brun, no creo que palidezca mucho la selección con respecto a las de tantos restaurantes neoyorquinos con infinitamente mayores pretenciones.

    M.

  15. Albarello,

    Difícil de contestar a tu interrogante. Según mis notas, el Fefiñanes 2006 era un vino bastante apretado cuando llegó a Nueva York el año pasado. Desde entonces no lo cato, o sea que no puedo dar referencias más recientes, pero no recuerdo en lo absoluto esa “nota dulce”. De hecho, creo que la última vez que lo caté fue en compañía de mi amigo Gerry y algo así nos hubiese provocado a una animada discusión sobre si la bodega había cambiado su estilo. No lo hicimos, o sea que es bastante lógico pensar que no notamos nada del orden de tratamientos enzimáticos, fermentaciones pasmadas que dejaran azúcar residual, excesivo battonage que afectara la textura, etc.

    El 2007 me pareció en Tía Pol que era un vino más corpulento y mullido, con una consistencia que me recordaba un poquito al 2003, pero que no perdía su carácter austero y mineralista. De una de esas bodegas que aspiran a control absoluto no esperaría variación de una añada a la siguiente, pero en el caso de Fefiñanes, al menos como le conocía yo, es no solamente permisible, sino esperable.

    Ahora bien, si tienes algún comentario que hacer, respaldado por datos o experiencia, sobre cambios en la política de elaboración de Palacio de Fefiñanes, me encantaría que los compartieras con nosotros. Servirían para que yo reevaluara los vinos, si necesario fuere. De lo contrario, nos quedaríamos en terreno puramente especulatorio…
    \
    M.

  16. Cada uno tenemos nuestros problemas. Usted se queja que le clavan 20 dólares por una copa de chardonnay de Gallo, o de Kendall-Jackson, pero tiene la opción de comprar o no comprar, y no volver jamás a ese restaurante porque puede elegir entre muchos disponibles en NY. Yo me quejo que en Madrid y en España no se puede, porque la oferta es mínima.
    En Madrid, y me atrevo a decir que en toda España, salvo algo en Cataluña (Monvinic en BCN, algo puntual en Gerona), y en el País Vasco, no existe un establecimiento de vinos por copas que vaya más allá de las DO españolas de siempre y poco más; y los de Madrid los conozco todos. (Le puedo pasar una lista) Hay restaurantes que hacen cenas de maridaje y jornadas gastronómicas, pero un WINE BAR donde se puede pedir, por ejemplo, una copa de “cualquier” riesling; no existe.
    Se supone que somos un país con cultura de vino – si existe tal cosa- que viajamos, que hablamos idiomas, pero en temas de vino no miramos más allá de nuestras narices. Voy a poner un ejemplo. pero la semana pasada estaba en Londres y fui a The Sampler. http://www.thesampler.co.uk/ Es una pequeña tienda de vinos, no hay comida , pero tienen vinos por copas. Ya me gustaría tener algo así en Madrid, en España.
    ¿Cuánto pagaría estaría usted dispuesto a pagar por una copa de esta lista?
    • Screaming Eagle 1999
    • Le Pin 1995
    • Petrus 1983
    • DRC Romanee St Vivant 1993
    • Chateau Margaux 1934
    • Harlan Estate 2002
    • Mouton Rothschild 2000
    • Yquem 1983
    • Beaucastel 1990
    • Huet Haut Lieu Premier Trie 1990
    • Chapoutier Hermitage l’Oree 1997
    En España nos harían mucha falta más sitios de vinos del mundo por copas, que nos ayuden a entender mejor los nuestros, y hace falta que sean como los de la lista. La oferta es ridícula. Y ya nos quejaremos de los precios después.

  17. Ah, ahora entiendo, desea usted (he de rescindir mi habitual tuteo, Esteban, pues ya veo que no le va) un “Wine Bar” con una gran variedad de “Vinos Trofeo”. Al menos eso es lo que puedo asumir yo de su lista.

    En realidad no me sentiría dispuesto a pagar, en el contexto de un bar de vinos, por esas botellas, todas carísimas y, al menos algunas de las que valen la pena, no listas para el consumo (me consta del RSV 93 de DRC y del LHL 1T 90 de Huet).

    A ver, tomemos la lista referencia por referencia:

    1. Del Screaming Eagle paso olímpicamente. Las veces que he probado ese producto me ha parecido horrible. Y puedo imaginarme que lo venderían como a US$200 la copa, considerando los precios que pagaban algunos en subasta por esas cosas.

    2. Le Pin 95: Nunca he compartido el entusiasmo de la “crítica” norteamericana por esta propiedad, o sea que no pediría la copa a ningún precio. Si alguien invita, pues, no diré que no, aunque sospecho que no aparecerán candidatos.

    3. Pétrus 83: Añada interesante por ser subestimada y haber dado excelentes burdeos clásicos en ambas márgenes. Ahora bien, si por esto se pide en subasta mil y pico de tacos la botella y de una botella, siendo decentones en las porciones, salen seis u ocho copas, y además considerando la tendencia a la ganancia en grande que buscan los restaurantes, pues, estaríamos hablando de otros US$200-250 l copa. “Too rich for my money”, como dicen.

    Ya hablé del DRC, o sea que me salto al Margaux 34 con una interrogante que me asaltaría de todos estos vinos: ¿Sería posible viabilizar el servicio por copas de esto garantizando que la última copa va a estar en las mismas condiciones que la primera? ¿Verdad que no parece muy probable? Además, me asaltarían severas dudas acerca de la procedencia de dicha botella y muchas de ellas me verían encogiéndome de hombros y pronunciando “Hardy Rodenstock” antes de ver si hay algo más módico.

    Sorry, ésa no es el tipo de botella que me gustaría que me sirvieran sin yo inspeccionar antes, ver cuando la abren, cómo la decantan, etc. Si alguien la ofrece por copas en un bar, me gustaría hacerle algunas preguntas.

    6. Ver 1.

    7. No soy fan de Mouton, habiendo probado muchos especímenes ya. Menos de añadas calientes. Cosas mías. Si me lo brindan, okey. Pero pagando yo, ni de casualidad. Además, con tanto punto parkero-spectatoriano el precio sería obsceno y las posibilidades de una botella falsificada, pues, igual.

    7. Daría US$25. Pero nadie los aceptaría.:-)

    8. No sabría decir. No soy amante de casi ningún châteauneuf y me cuesta visualizar alguno como “vino a admirar”.
    9. Lo dicho anteriormente. De todos modos, si me lo ofrecieran por copa, no esperaría que me pidieran 1/6 de su precio en el mercado secundario, que es lo que estaría dispuesto a pagar.

    10. I don’t speak Chapoutier.

    Espero que no se me haya enfadado con esta revisión bromista de su lista, Esteban, pero es que creo que el copeo no es cosa de trofeos. Si uno va en plan de copas, que los vinos sean interesantes, que estén bien preservados y que los precios permitan pedir otra si apetece es lo único que quiero. A ese nivel es que me gusta comparar y contrastar los vinos de una región u otra. Lo otro es más bien un ejercicio en el derroche.

    Ahora, ¿no le intrigaría a usted que un bar pudiese tener la lista de vinos que usted postula para copearlos? ¿Sería remotamente posible ofrecer estos vinos a un precio menor que el costo de la botella entera para el restaurante? ¿No iría esto en contra de la noción de “amortizar a la primera”? ¿Quién, por más deseo de conocer esos vinos que tenga, se sentiría conforme pagando por una copa, aunque sea en el bar más pispireto, coquetón y deseable del mundo, lo que una botella, de encontrarla, le costaría para llevársela a casa?

    Estas preguntas sí que se las formulo en serio y esperando su respuesta.

    M.

  18. Manuel, el website de este Winesampler (tienda? bar?) en Londres muestra una carta con 70 u 80 etiquetas por copa, y me llamaron la atencion los precios por debajo de 1 Libra en algunos casos. El website no parece indicar la medida ‘sampling’ que sirven, pero si es algo razonable, la propuesta de la carta de vinos por copa me parece valida en el contexto que estamos discutiendo, que son lugares que te puedan brindar una buena y variada seleccion de vinos por copa, sin abusar en el precio. Saludos

  19. Javier,

    Anduve un ratito por la web de The Sampler, que es una tienda londinense:

    http://www.thesampler.co.uk/index.asp

    Ese concepto, con las máquinas que te expenden una muestra de X número de vinos si les metes una tarjeta prepagada es uno que he visto en San Francisco y… ¡Aquí en Santo Domingo! La tienda de uno de los importadores-distribuidores locales tiene precisamente una de esas máquinas de “sampling”. Lástima que nunca he visto un vino que me motive particular curiosidad.

    En San Francisco sí que pude tener la experiencia completa. Una amable chica en una tienda cerca de mi hotel que tenía dos de esas máquinas, cuando le pregunté como funcionaban, procedió a darme una muestrecita gratis con su propia tarjeta. Nota el diminutivo: Era una muestrica pequeñita, minúscula, por la que, si me hubiesen pretendido cobrar, me hubiese sentido muy, muy raro. Vamos, un “splashito” de un pinot noir californiano era, como para oler y mojarse la punta de la lengua.

    Si es por algo así que ocbran lo que cobran en The Sampler, pues no sé qué tan benévolo le resulte el concepto al amigo Esteban. Por otra parte, si lo que uno busca es meramente “probar” este o aquel trofeo enológico de forma rápida y estéril, sin ganas de tener la experiencia completa de beber el vino y compartirlo relajadamente, pues santos y buenos, eso es un palo. Pero, reitero, ese tipo de cosa no es mi estilo.

    La muestra gratis en aquella tienda de San Francisco (no me acuerdo como se llama) me motivó a gastar más en las botellas que fui buscando que lo que originalmente planeaba. Hizo la diferencia entre una champañita de batalla y una cuvée prestige, o sea que buena vendedora la chica y muy efectivo el sistema.

    Les he mandado un e-mail a los de The Sampler sobre la conservación del Margaux 34 después de abierto y si, por casualidad, han calculado cuanto tiempo les aguanta bajo el sistema de conservación.

    Por casualidad, mi próxima entrega es muy à propos de todo esto del “sampling”. Casi llega ya.

    M.

  20. En Lavinia-Madrid (el de Ortega y Gasset vaya, que acaban de abrir otro en La Moraleja) también han puesto un sistema de estos de tarjeta de prepago y “subebidagracias”. Lo que no sé es la cantidad de líquido que cae en la copa.
    Saludos,
    Jose

  21. Bueno, pues se apreciaría que alguien que le caiga cerca se dé una vuelta por Salamanca o La Moraleja y constate la cantidad de vino que te dan, la calidad y lo que cuesta, para tener parámetros con que considerar todo esto.

    Por mi parte, espero la respuesta del señor de The Sampler sobre el Margaux 34 en muestras, que me tiene muy curioso.

    M.

  22. Para solucionar el tema del restaurante cuando la medida de la botella es grande: ¿tan mal visto queda decir que te guarden el corcho para que te tapen la media botella que puede quedar si comes solo y llevártela a casa para el día siguiente?

    Igual somos un poco bobos a veces con esto…
    j.

  23. No es tan fácil, Jesús. En muchas ciudades de Estados Unidos existen leyes que prohiben llevarte a casa bebidas alcohólicas en contenedores abiertos y son aplicadas a lo que puedas llevarte de vino sobrante. Además, se complica si no estás en tu ciudad (nos pasa a los que salimos mucho…) ¿Y si te estás quedando en un hotel y la botella a medias no te cabe en el minibar? ¿Y si tienes una agenda llena de comidas en restaurantes diversos durante toda tu estadía y en realidad no ves el momento para consumir el vino que te llevas? ¿Y si se trata de un almuerzo y esa media botella con la que cargas no puedes dejarla en el hotel hasta mucho más tarde, después de terminar X número de gestiones vespertinas? Acaba siendo un engorro…

    Además: ¿Y si no te apetece pagar por una botella completa cuando lo que quieres beberte es una puñetera COPA DE VINO? Es el argumento básico. Como quiera pierde uno con tu solución.

    M.

  24. Pingback: After Party: De lo que se quedó y lo que no… « La otra botella

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