Los que me leyeron ayer ya saben lo de mi amigo Joe Dressner. Joe ha logrado, convirtiendo esa tragedia en una gigantesca y muy compleja broma, subvertir unos cuantos paradigmas de forma genial. Así es Dressner.
Comparto con él su ateismo. Joe pide a sus amigos, conocidos y a cualquier extraño que lea sobre su enfermedad que no rece por él, instándonos a todos a copartir una buena comida y una buena botella de vino con un ser querido y dedicarle, en el disfrute, un pensamiento feliz. Yo pensé en hacer precisamente eso con cada comida buena que disfrute y cada buena botella de vino que abra. También pensé en honrar la tremenda labor de Joe Dressner abriendo buena cantidad de botellas que llevaran su siempre confiable contraetiqueta. El problema es que lo que tengo aquí en Santo Domingo ha llegado muy recientemente y no quisiera abrirlo para encontrármelo descompuesto por la travesía de Nueva York acá. Además, como que las comidas verdaderamente memorables andan un poco escasas en mi barrio. Un arroz negro mojado con La Rioja Alta S.A., “Gran Reserva 904″, Rioja 1995 en Don Pepe, un muy buen restaurante cerca de mi casa era un comienzo. El arroz, la verdad, muy bien logrado. Y el vino, después de una fase inicial en el mercado un tanto torpe, comienza a tomar la forma de un gran 904. Está bastante compacto, pero sedoso y con el perfil clásico de la marca muy en evidencia. Creo que es uno que va para largo.
Pero ya les digo, como homenaje a Dressner tenía en mente otra cosa. Literalmente en mente, pues la cena que quería dedicarle había ocurrido hace semanas y era cosa de memoria y de un par de apuntes en mi libretita negra.
En nuestra cuarta noche en Nueva York, Josie y yo decidimos ir a un viejo favorito en 10ma. Avenida, Trestle on Tenth. Tenía de fuentes muy confiables que la cocina del chef Ralf Kuettel estaba como nunca y que la carta de vinos seguía tan repleta de cositas interesantes a precios razonables como siempre.
Mi amigo SFJoe me había recomendado que pidiese como primer plato los pescuezos de pato fritos, un plato que apela a mi vena más aventurera, pero cuyo atractivo no me parecería especialmente “universal”. Como yo siempre sigo los consejos de SFJoe, pues, pescuezos comí. Y estaban fenomenales. Empanados, perfectamente sazonados, fritos a la perfección y servidos con un aioli de anchoas, era verdad lo que dijera mi amigo: “Se comen como palomitas de maíz”. Josie, por su parte, fue mucho menos atrevida, ordenando un entrante de salmón ahumado que no por los sencillo dejara de estar excelente.
Me perdonarán si no recuerdo muy bien lo que comió mi mujer como plato principal. Yo pedí un suculento filete de salmón con papitas, nabos, tocino y salsa de perejil. O al menos eso creo. Estaba muy bueno, lo que fuera. La cosa es que no le dediqué nada de espacio en mis apuntes, absorto como estaba en el vino que seleccioné de la carta.
Felices son las ocasiones en que a Josie se le ilumina la cara ante una copa de vino y quiere saber lo que es. Ella no es mujer de notas de cata, ni de ruminaciones extensas acerca de los atributos de cualquier vino. Pero cuando algo la agarraaaaaaaa…
Tal fue el caso del Jacques Puffeney, Trousseau “Cuvée Les Bérangères”, Arbois 2006. No lo importa Dressner a Estados Unidos, pero no creo que le esté mal que en mi recuerdo levante una copa y brinde por él con esto. Es un vino de color rubí aframbuesado con tonos cobrizos, transparente, limpio, luminoso. La nariz comienza tímida, pero con unos minutos comienza a desplegar tonos florales y térreos, de cera caliente, de piedras, arbustos y especias, además de una fruta brillantemente roja. Su aroma es como su color.
En boca es un vino ligero, ultravivo, de una pureza y un desenfado geniales. El agarre tánico y la acidez en el posgusto invitan a la comida. Rico, rico, rico… Cuando mi esposa y yo, cenando solos los dos, comenzamos a ponderar si pedir otra botella, es señal de que algo anda muy bien con el vino, ¿no creen?
Así lo pienso, así lo cuento, en honor a un amigo.
Estaba yo pensando en lo que hubiese sido la banda sonora perfecta para esa cena, con ese vino. A decir verdad, un elemento negativo de la velada fue el individuo que nos cayó en la mesa de al lado. Parecía estar en una especie de primera cita con la mujer que tenía enfrente en su mesa. Ella no pronunció más de diez palabras en dos horas. El no dejaba de hablar, en un vozarrón estertóreo, sobre sus viajes y hazañas en Europa, Asia y Africa. Quizás la narración hubiese sido interesante de no haber sido el tipo, según transpiró por unos cuantos comentarios, de una posición política ultraderechista. Pero bueno, eso no tiene importancia. No sé ni para qué lo saco… Ah bueno, para ponerles un videito que esta mañana también puse en mi perfil de Facebook. Es un clásico de los de verdad, que ha sido reinterpretado por media humanidad (desde The Clash hasta The Specials e Izzy Stradlin, nada más en YouTube), pero me quedo con la versión original, natural, bella como ese trousseau…