Cada vez que lo pienso, me parece increible. Sólo hace cuatro meses estaba yo sintiéndome con el moco caido, al borde de abandonar La otra botella; sentía que ya se me había gastado la chicha, que escribir de vinos desde Santo Domingo iba a ser imposible. Y sin embargo, ahora me encuentro ante un superavit de contenido. Páginas y páginas de notas de cata por transcribir me esperan en mi escritorio; la crisis económica global genera curiosísimas noticias diariamente sobre las que hay que comentar, particularmente si afectan mi consumo de vino; y están los amigos, que siempre dan de que hablar…
De repente, algún lector de este blog me escribe en privado y me llama la atención por lo “prolífico” que vuelvo a estar. ¿Quién lo hubiera pensado?
Pues ya hace un mes de mis vacacioncitas en Nueva York y todavía tengo material recopilado allí como para varias entradas más. Pero creo que archivaré un poco. Este impulso me viene de un excelente libro que me estaba leyendo: Passion Is a Fashion: The Real Story of the Clash. Me encontré reflexionando acerca de algo bastante obvio. Una gran banda de rock siempre tiene un catálogo de material que “se queda” a la hora de sacar sus discos. No se trata solamente de canciones. También quedan fotos, video, escritos diversos, dibujos, lo que sea… Esto venía a propósito de los famosos “Vanilla Tapes”, grabaciones de los ensayos de The Clash para su monumental álbum London Calling.
No que pretenda yo compararme con esos ídolos míos que son The Clash, pero me resulta simpática la idea de dejar de lado unas cuantas cosas que queden, quizás suscitando curiosidad en mí sobre por qué las dejé. En fin, que ésta es la última entrega sobre este viaje a Nueva York que tanto ha rendido. El ciclo “En casa, de vacaciones” acaba, reconfortantemente, en casa de Brad Kane.

Kane se queja de que no hay "fotos buenas" de él...
El grupo era reducido. Nuestro anfitrión, SF Joe, Chris Coad y su esposa Lisa Allen, Josie y este escribidorete calvo. El menú prometía. Brad había preparado lo que a todas luces era una vaca entera, estofada. Además, tenía una sopa de una exótica cucurbitácea cuyo nombre yo desconocía completamente, pero que parecía ser calabaza. Ah, y había bastante vino…
Recién entrado por la puerta me ví con una copa en la mano que contenía el maravilloso François Chidaine, “Les Argiles”, Vouvray 2005. Digo “maravilloso” por lo benéficamente seco que es—una benidción para este diab;etico. Además, porque desde que salió al mercado no ha querido cerrarse, como tienden a hacerlo todos los buenos vouvrays tras un tiempecito. Purísimo, con una mineralidad que se va desenvolviendo de talco a arena a anís y otras especias… De lo mineral a lo orgánico, digamos. Luego, notas de miel, lavanda, limón en conserva y melocotón blanco. Difícil diferenciar lo que aparece en nariz y lo que en boca. Un vino muy completo, muy preciso en lo que dice, aunque pasa de una cosa a otra rápidamente. Pero deja sus mensajes claros. Eterno en boca. Mineral. Con excelente garra y solamente marginal azúcar residual. Lo dicho: Maravilloso.
Esa tarde de sábado fue cuando estuve en Chambers Street Wines para el episodio de los barolos que les narré recientemente. Como siempre, salí “premiado” con unas cuantas botellas para llevarme a casa y alguna para consumir esa misma noche. Tal fue el caso del Guitián, Godello , Valdeorras 2006.
Había tenido en la tienda una breve conversación con el joven encargado del área española en estos tiempos. Cuando me señaló este vino de Guitián como ejemplo de algo puro e interesante dentro de mis habituales parámetros, le dije de plano que las últimas cinco o seis veces que lo había probado me había parecido más bien fabricadillo y spoofulístico. El me respondió que no, que no era tal cosa, ¡si no veía nada de madera!
Traté de explicarle que lo de la spoofulation va mucho más allá del roble y que el vino puede ser spoofulístico de toda una legión de diabólicas formas. Al final me porfiaba, diciéndome que la enóloga (Ana Martín, me entero después) que está a cargo de este vino hace un buen trabajo, etc., etc., hablando con una convicción que daba a pensar que la conociese personalmente. Como era baratiro más o menos, decidí llevarme una botella, a ver si el perfil había cambiado en algo. Estaba en una tienda con una filosofía muy afín a la mía, o sea que un esperpento no podía ser…
Huele saneado y fermentadito en frío, plasticote y sobreestabilizado. Vamos, huele a blanquito chileno… Limón y mandarina bastante fulanescos y aburridos en nariz y boca. Una virtud es que se siente algo de mineralidad de fondo. Otra es que tiene acidez decente. Pero podría ser cualquier cosa. Llano, cortito, y carente de definición.

La excelente sopa de calabazas míticas
Tras este interludio de vapidez ibérica continuamos con el F.X. Pichler, Grüner Veltliner Smaragd “Loibner Loibenberg”, Wachau, Austria 1992. Otro nivel, como es de esperarse… Intensa, temperamentalmente mineral. La pizarrería se siente estertóreamente, invadiéndote todos los sentidos desde la copa. Y si no viene de suelo pizarroso, pues, me disculpan, pero hace una imitación perfecta. Debajo, tonos de pimienta blanca, anís, lirios y claveles, cardamomo, limón y melocotón. Grande y graso en boca, pero con admirable nervio. Mucha tensión. Está enterito y es muy largo. Por cierto, un muy buen acompañante para la sopa de calabaza de Brad.

D. Ventura, "Viña Caneiro", Ribeira Sacra 2006
El primer tinto era otro aporte gallego mío. Cuando llegó al mercado neoyorquino, justo antes de mi mudanza, el D. Ventura, “Viña Caneiro”, Ribeira Sacra 2006 no me impresionó. Había pedido seis botellas a mi proveedor habitual sin conocer el vino, sólo tras haber probado su “hermanito menor”, el Viña do Burato. El Caneiro no me gustó la primera vez que lo probé. Me pareció hosco y un tanto alcohólico.
En casa de Brad, este vino no pudo estar más lejos de aquella impresión inicial. Ciruela fresca, frambuesa negra, canela, clavo dulce y mineralidad pizarrosa a raudales. Una mencía voluptuosa de líneas, pero ferozmente pura, vibrante y profunda. Jugoso, carnoso y sexy, sobre todo por tener un corazón firme y mineral. Dicho sea de paso, fue un vino hacedor de consenso entre Kane y yo, que habitualmente tanto diferimos en nuestros gustos. Bonito vino, de verdad. Mencía como debe ser.
Chris Coad reía cuando me puso enfrente el próximo vino. Declaraba que no fue justo que me perdiera yo la cena con Víctor de la Serna durante la última visita de éste a Nueva York y que por eso tenía que probar este Finca Sandoval, Manchuela 2004.
Aunque mi amistad con su creador es cosa ya del pasado, habiéndose transformado tras un montón de topetazos internéticos en no-sé-yo-qué-carajos, he intentado siempre ser justo con estos vinos. En alguna ocasión hasta acusé a alguna añada de “elegancia” y hablé de que me había gustado el vino, etc. Pero invariablemente resultaba ser una añada pachucha, atípica, de las que los puntistas premiarían con un nota en los ochentas medios, por lo de no hacer el feo… Lo que Coad me ofrecía era, obviamente, algo de una añada de las de cuidado. Un vino denso, opaco. Nariz oportesca con un flan enfriándosele encima. Alcohol en buena cantidad en boca, tras un empalagosamente pesado ataque mermeladesco-enroblado. Un vino que me resulta incómodo de entrada, lo que hace su largo posgusto algo no particularmente deseable. Pero claro, puedo entender como esto puede ser atractivo a ciertos contingentes que entienden que algo es bueno solamente si envuelve una soberbia zurra a los sentidos.
No quiero que parezca que me ensaño con este Finca Sandoval, pero ¡qué manera de no ser mi tipo, rediós!
A continuación apareció un Domaine de Trevaillon, Vin de Pays des BOuches du Rhône 2001, todo tocino y hierbas. Fruta roja muy mullida, pero sin perder frescura. Taninos granulosos en un posgusto medio-largo que me resulta más bien sencillito.
Chambers Street no fue mi única proveedora de cosas que traerme a Santo Domingo. También estuve un buen rato, dos tardes antes, metido entre mis propias existencias en el almacén refrigerado donde alquilo espacio en Manhattan para guardar mi bodega. Allí encontré un par de cosas, en el sector de “últimas botellas” que me requerían atención inmediata. Traje a casa de Brad el Château Fortia, Châteauneuf-du-Pape 1995, una de las como cuatro botellas provenientes de esta región que poseía (obviamente, ahora tnego menos…).
Bella botella. Piedras calientes y polvo perfumado con lavanda, tomillo fresco, té negro, jamón curado y un deje de volatilidad. Muy buena fruta ciruelesca—dulce, cálida y amplia, pero con frescura y tensión. Taninos bastante resueltos en un largo posgusto que resulta térreo y rústico de forma agradable.

Tignanello 1990: ¿Sabremos algún día la verdad?
El otro “final de lote” que me traje fue una botella del Antinori, “Tignanello”, Vino da Tavola di Toscana 1990. Esta botella la adqurió mi padre en Santo Domingo unos cuantos años atrás, directamente del importador, cuando el vino salió al mercado. Era parte de una caja comprada, si no me equivoco, y mi viejo me la regaló.
Desde el momento en que pasó a mis manos había estado en óptima conservación: Diversas Eurocaves y, finalmente, el almacén frío. Es por esto que me resultó sorprendente el bofetón de caramelo y acetaldehidos que salió de mi copa al servir el vino. Completamente cocinado. Una pena, pues yo hubiese querido probarlo a esta edad, o para constatar que estaba muerto por causas inherentes a su spoofulística elaboración, o para quedarme alucinando si vivía y estaba bueno. Creo que el resto de la mesa estaba de la misma disposición y todos nos llevamos el mismo chasco.

Dos que se quedaron enfrente mío, no sé por qué.
Extraño premio de consolación fue un Luddite Vineyards, Cabernet Franc “Thalia Vineyard”, Sonoma County, California 2003. Mi bromita sobre si esto venía de un viñedo propiedad de cierta cantante mexicana casada con un megamagnate disquero se queda en casi nada, pues sólo Josie la entiende. El vino es de la usual talla de los de Luddite, o sea, demasiado para mí. Medicinal. Gigantesco. Hiperglobular en su mermeladez. Pero, de su propia y rarísima manera, puro y varietalmente reconocible.
Hay cosas que mejor ni intento interpretarlas.
¿Les conté que la vaca estofada de Kane quedó muy buena? ¿No? Bueno. Pues eso. Lo que no sé es qué se haría con la vasta cantidad que sobró.
La última botella de la noche fue del René Renou, “Cuvée Zenith”, Bonnezeaux 2002. Huele a que tuvo sustancial contacto con hollejo. Albaricoque desecado, heno, miel, piedras trituradas… Tiene buena acidez, pero es demasiado dulce para mí. D-E-M-A-S-I-A-D-O. Y su consistencia siropesca no lo ayuda. Enseguida se oyeron los pitidos de mi bombita de insulina. Ver arriba, mi pronunciamiento sobre la interpretación de ciertas cosas.
No tuve o que decirlo cuando Josie y yo nos montábamos en el taxi. Era como si el tiempo no hubiese pasado, como si no viviéramos ahora a un par de miles de millas de donde estábamos. Por poco le decimos al taxista que nos llevase a la 63 y Segunda…
Nos dedicamos al tema de como podríamos reunir a este grupo en el Caribe. Sería simpático montar un jeebusito en alguna playa en Santo Domingo, con lechón asado.




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