Archivo diario: diciembre 23, 2008

Una buena idea, con burbujas…

Ibamos en el carro hablando un poco de todo. Que si los bebés de Ricky Martin “están bellos”, declaraba Josie. Que si “¿Bellos? Yo me los encuentro igualitos a Gonzalo Lainez”, ripostaba yo. Que si era increible la cantidad de tráfico que había en la arteria otrora marginal por la que transitábamos. Que si podía constituir un acto de violencia doméstica contra mi persona el traer aquella copia del ¡Hola! con klas fotos de los churumbeles del antedicho Sr. Martin… Que si había que dar regalos navideños a fulano, doble sueldo a mengana, una propinita extra a la otra… Que si esto de las navidades es un joderse total. Que si Santa Claus es un vivo que se lleva todo el crédito por los regalos, pero me pasa la cuenta para que pague yo. En fin, cosas de las que conversa una pareja varada en un tapón,  de camino a una (sumamente prometedora) cata-bebienda de champañas.

Al fin llegamos a La Cava Baja, el salón de degustaciones de Alvarez y Sánchez. José Antonio Alvarez había tenido el detallazo de ponerlo a la disposición de nuestro joven grupito de cata para la segunda reunión de nuestra historia. Que histórica quedó, dicho sea de paso.

Elizabeth y Cecilia.

Elizabeth y Cecilia.

Del elenco de aquella primera noche sólo faltó Avelino, que el pobre tuvo que perderse la champañada por motivos de trabajo. Con nosotros estaban Elizabeth Peña, José Antonio y su esposa Cecilia. Además se nos unían caras nuevas: Elías del Llano y su esposa Shahily y Práxedes Castillo. Nuestro grupo crece con gente apasionada y divertida. Eso me tiene muy feliz.

El tema de la noche era efervescente, festivo… Yo soy de los que no te dejan los espumantes para ocasiones especiales. Me gusta poner una buena champaña en cualquier noche de semana, si la comida me lo pide. Pero claro, me van las Navidades y el fin de año igual, que cualquier momento es bueno.

Probamos unas cuantas cosas excelentes. Y—al menos que oyera yo—no se habló mucho más de los hijos de Ricky Martin.

Comenzamos con una contribución mía que pensé servir a ciegas, pero que al final cayó a botella vista, el François Pinon, Brut Non-Dosé (Mis en bouteille en 2006), Vouvray NV. Un espumante limpio y vivamente seco (2.5 gr./l. de azúcar residual, según leí) que, sin embargo, es muy, muy vouvray. Nariz delicada de frutas amarillas, limón en conserva, agua de lluvia y profunda mineralidad de tono calizo. Buen cuerpo en boca, especialmente para no tener azúcar añadido. La carnosidad, eso sí, es firme—de hecho, aprieta bastante en un posgusto muy largo que te deja un agradable amarguito entre frutal y mineral en la lengua. Sabroso, pero jovencísimo. Otro espumante de Pinon que tengo que comprar en cantidad para guardar, pues puedo imaginarlo evolucionando deliciosamente con unos cuantos añitos de botella.

Continuamos pronto con un Bollinger, Brut “2003 de Bollinger”, Champagne. Primera vez que veo a una casa de Champagne crear una etiqueta tan enfática de la añada. El énfasis parecería querer dejar dicho que se trata de más que una champaña vintage. O bueno, especulo, no sé… Lo que no entiendo es por qué hacer hincapié en el canicular 2003, un año cuyos calorazos provocaron vinos raros en casi toda Europa. Las champañas etiquetadas como 2003—o que meramente contenían una proporción de vino de esa cosecha—me habían resultado demasiado amplias e imprecisas. Que fue precisamente lo que hizo de ésta de Bollinger un choc. Aromas de bizcocho de vainilla, polvo de tiza, mantequilla y piel de naranja. Aunque tiene bastante cuerpo y cremosidad, resulta sorprendentemente ligero, fresco y enfocado en su paso de boca. Hay en el paladar medio un deje amarguito de cereza que yo tiendo a asociar con los vinos de Bollinger, por lo que siempre me han gustado. Largo y sabroso. Acariciante. De verdad, una sorpresa.

Tengo que decirles ahora que verán aquí bastante de Bollinger y, a seguir, algo de su casa hermana, Ayala. La razón es que la firma de José Antonio importa estas champañas a República Dominicana y él se nos puso muy espléndido, sacando unas cuantas galas como el Ayala, Brut “Perle d’Ayala” Grand Cru, Champagne 2001.

Otra sorpresa, esta cuvée prestige de una casa que confieso haber perdido de vista hace mucho. La nariz es relativamente austera, mineral con fondo de repostería, pero de una forma que inmediatamente me sugirió un dosage modesto, si es que lo hay. Otra cosa que me vino a la mente fue que quizás se trataba de un blanc de blancs (de lo que da fe una notita al margen de mi libreta que declara que “se me parece al blanc de blancs de Duval-Leroy, así de primera intención), hipótesis desmentida más tarde por la web de la bodega, que lo declara 80% chardonnay y 20% pinot noir, todo de viñedos grand cru.

Iba por lo de “nariz relativamente austera…”  Y sumamente atractiva también. Firme y elegantísimo en boca, un vino vibrante y erguido que se compacta en un posgusto largo y cremoso. Es un bebé. Un descubrimiento que quiero ver cumplir todo el potencial que se le nota.

Mi segunda contribución a esta cata fue el A. Margaine, Brut Rosé, Champagne NV.  Conozco a Margaine desde hace unos cuantos años ya. La primera vez que probé uno de sus vinos fue recomendado por mi gran amigo Jeff Connell, cuando éste todavía trabajaba en Astor Wines en Nueva York. Desde entonces habré podido consumir unas cuantas docenas de botellas, todas deliciosas.

Me entró una cierta trepidación cuando leí la nota de Terry Theise sobre este vino en específico en su más reciente catálogo. Ponía que “Unfortunately for me, this wine had the very miseries and I cannot describe it to you…” Eso lo deja a uno imaginando todo tipo de cosas. Decidí confiar en la trayectoria del productor y achacar el extraño juicio de Theise a algo personal. Quizás lo pilló en un mal momento, o él estaba de malas. Aposté…

Y les diré, orgulloso, que me salió bien la cosa de confiar en este pequeño elaborador de la Montagne de Reims. Degollado en enero de este año, este rosado pálido y asalmonado de color es—según el mismo catálogo de Theise—80% chardonnay del 2006 y 20% pinot noir, del cual luna fracción es vino quieto del 2005. Bonita coincidencia, la proporción varietal de éste y del Perle d’Ayala, aún con diferentes colores, ¿no?

Sexy, este rosadito. Afresado y coqueto de nariz, cremoso, con filigranas de pan tostado, clavel y arena. Gentil en boca, para un vino de tanto sabor. Excelente persistencia. Sumamente fácil de beber. Podría imaginarnos a Josie y a mí bajándonos una botella en casa en cuestión de media horita, casi sin darnos cuenta. El problema con esto es que se produce poquísimo (apenas 600 cajas) y probablemente no lo encuentre ya cuando vuelva a visitar a mi proveedor habitual en la Gran Ciudad.

Una botella de Pol Roger, Brut, Champagne 1995 estaba en un punto interesantísimo de consumo. Comienza ya a exhibir aromas secundarios muy bonitos y sus tostados se hacen sutilmente otoñales, con subtonos acaramelados. Nueces y flores secas. Cítricos limpios y mordelones típicos de Pol Roger, que tiran por momentos a pulpa de naranja. Largo y expansivo en boca. Final ligeramente salino.

Elias y José Antonio

Elías y José Antonio

Cortesía de Elizabeth vino después un Salon, Brut Blanc de Blancs, Le Mesnil, Champagne 1995. Estaba yo recordando mis problemas con botellas de Salon de los ochentas adquiridas en el mercado secundario y cruzando los dedos porque ésta fuera de las… Nada, que salió excepcional el especimen. Potentes tostados, turrón de almendras, un aire marino, cítricos de gran nervio… Un vino opulento en nariz y boca, típico Salon. Pero se nota que apenas está dejando entrever una partecita de sus glorias. Esto requiere tiempo de guarda para llegar a su mejor momento.

Las horas se nos fueron volando. Ya para el Salon estábamos completamente poseidos por esa camaradería y esa gregariedad que invariablemente ocurren con el libre flujo de buen vino. El no haber tenido ni una sola botella rana sobre la mesa ayudaba, pero le atribuyo la onda mayormente a un grupo de gente sensacional. Bueno, y uno que se puso sensacional con acento, reitero, fue José Antonio. El próximo vino que sacó fue el gran tesoro de Bollinger, un Bollinger, Brut “Vieilles Vignes Françaises”, Champagne 1999.

La historia es muy sabida: Pinot noir de pie franco proveniente de una parcela de vides viejísimas que se salvaron de la filoxera, etc. Un lujazo. Mi último “Uveuve-efe”, como le llamamos de cariño, antes de éste fue el 90, un vino de meditación donde los haya.

Este 99 llena todas las expectativas. Nariz sumamente distintiva, con elementos de grano de mostaza, anís y hongos secos sobre un fondo de cereza y algo curioso que me recuerda, de forma agradable, a cebolla dulce. Cremoso de entrada en boca, pero en realidad se te olvida rápido que es champaña, pues estás ante algo tremendamente concentrado y vinoso. Muchas capas de contenido aquí, que se van revelando a un paso glacial. Significativamente, un cierto aspecto térreo que me desconcertara en añadas anteriores por su exagerada intensidad aquí se manifiesta mucho más discretamente, como una nota de fondo muy distante que armoniza a la perfección con el todo. Este es un vino para dedicarle la noche entera, preferiblemente con comida incluyendo codornices a la brasa.. Claro, eso podría tomarse de otra forma, porque el posgusto tras cada sorbito parecería querer durar precisamente la noche entera. La única manera que tengo de describir su efecto total es que se trata, ante todo, de un vinazo, luego de una gran champaña y, por último, de un vehículo de sensaciones que te sacuden deliciosamente la mente y el cuerpo.  Lástima poder dedicarle sólo un ratito a semejante deleite.

Inmediatamente después, antes de irnos, probamos un Bollinger, Brut Rosé “Grande Année”, Champagne 1999 que, aunque muy bueno, sólo podía resultar anticlimáctico tras el fenómeno que es el Vieilles Vignes Françaises. Un rosado suave y redondeado, cremoso, con sutiles elementos florales y de té blanco entre sus aromas reposteros y de fresa silvestre. Fresco, amable y con buen largo. Pero vamos, era imposible dejarse llevar por él después de lo que acabábamos de beber.

De camino a casa ya no había tráfico. Ibamos Josie y yo hablando de lo afortunada que había sido la idea de este grupito de cata y beba. Poco característico de mi esposa, parecía recordar vivamente una cantidad inusitada de detalles sobre los vinos. No me hablaba simplemente de si éste “estaba bueno”, sino de un disfrute más curioso. Junto a viejos amigos que se hacen nuevos y a nuevos amigos que nos hacen sentir como si fuesen de siempre, lo pasamos muy bien. Y salimos contentos con lo mucho que promete esta, la mejor de las  iniciativas que se me han ocurrido en Santo Domingo,  para el 2009.

Bueno, ésta es la última crónica de cata de La otra botella en el 2008. Pronto me iré a casa a estar con mi familia delante de nuestra singular Mata de Navidad (una planta artificial con aires de arbusto faltón adornado por Josie con lazos y luces). Luego llegará el momento bombástico de los Premios El Botellazo™. Habiendo escrito estas líneas de mucho goce  hasta se me ha quitado un poco mi antinavideñismo. Les dejo con una cancioncita que lleva un mes sonando en mi oficina y que, contra toda probabilidad, se me ha pegado:

Ya, ya, un momento decididamente anticambloriano y cursilón. Pero todos tenemos licencia para actuar atípicamente alguna vez, ¿verdad? Mirando los regalos para mis hijos, que han ido amontonándose en mi despacho poco a poco y recordando una bonita velada de champañas me dejo llevar: Merry Christmas all, and to all a good night.