Esto lo dedico a todo el que ha tenido que trabajar en una tienda, o algún otro negocio en el que haya que poner musiquita de navidad para “ambientar”. Mi despacho queda en un punto en el que es inevitable que entre constantemente algún “Jingle Bells”, o la del insufrible tamborilero del ro-po-pom-pom de #@$^%&… En fin, que las bocinas de mi computadora están activas tratando de aislarme de esas insoportables melodías. Tengo unos cuantos playlists en iTunes que me ayudan a mantener la cordura y en varios de ellos figura prominentemente lo nuevo de Nikka Costa (el álbum se llama Pebble to a Pearl).
La primera vez que ví a esta excepcional cantante—cuya voz y actitud la ponen en la categoría de una verdadera fuerza de la naturaleza—fue al lado de Prince en aquel DVD de Live at the Aladdin, Las Vegas donde está la versión de “Pop Life” que tanto gusta a mi hijito Julián. Pero me voy por la tangente… Que Nikka Costa hace en ese concierto, acompañada por Prince y su banda, una versión de su canción (de Nikka, digo) “Push and Pull” que nunca dejará de ponerme los pelos de punta. Ahí me enamoré perdidamente.
Lo que no sé es si me convence esta onda de vuelta a los sonidos de Motown y el soul de los sesentas y setentas que se traen muchos artistas hoy por hoy. En Amy Winehouse se me convirtió rápidamente en una farsa. Con Nikka Costa (o, para los efectos, con Raphael Saadiq, cuyo excelente tema “100-Yard Dash” participa del mismo feeling) ya puedo apreciar a una intérprete mucho más auténtica y musicalmente diestra intentando algo similar y, repito, difiero mi juicio. No estoy convencido. Será cuestión de oirla mil veces más, porque el disco está bueno, y llegar a una conclusión sobre si lo de “retro” está o no está.
Mientras tanto, el primer sencillo de Pebble to a Pearl (y bueno, el escote):
Cada vez que lo pienso, me parece increible. Sólo hace cuatro meses estaba yo sintiéndome con el moco caido, al borde de abandonar La otra botella; sentía que ya se me había gastado la chicha, que escribir de vinos desde Santo Domingo iba a ser imposible. Y sin embargo, ahora me encuentro ante un superavit de contenido. Páginas y páginas de notas de cata por transcribir me esperan en mi escritorio; la crisis económica global genera curiosísimas noticias diariamente sobre las que hay que comentar, particularmente si afectan mi consumo de vino; y están los amigos, que siempre dan de que hablar…
De repente, algún lector de este blog me escribe en privado y me llama la atención por lo “prolífico” que vuelvo a estar. ¿Quién lo hubiera pensado?
Pues ya hace un mes de mis vacacioncitas en Nueva York y todavía tengo material recopilado allí como para varias entradas más. Pero creo que archivaré un poco. Este impulso me viene de un excelente libro que me estaba leyendo: Passion Is a Fashion: The Real Story of the Clash. Me encontré reflexionando acerca de algo bastante obvio. Una gran banda de rock siempre tiene un catálogo de material que “se queda” a la hora de sacar sus discos. No se trata solamente de canciones. También quedan fotos, video, escritos diversos, dibujos, lo que sea… Esto venía a propósito de los famosos “Vanilla Tapes”, grabaciones de los ensayos de The Clash para su monumental álbum London Calling.
No que pretenda yo compararme con esos ídolos míos que son The Clash, pero me resulta simpática la idea de dejar de lado unas cuantas cosas que queden, quizás suscitando curiosidad en mí sobre por qué las dejé. En fin, que ésta es la última entrega sobre este viaje a Nueva York que tanto ha rendido. El ciclo “En casa, de vacaciones” acaba, reconfortantemente, en casa de Brad Kane.
Kane se queja de que no hay "fotos buenas" de él...
El grupo era reducido. Nuestro anfitrión, SF Joe, Chris Coad y su esposa Lisa Allen, Josie y este escribidorete calvo. El menú prometía. Brad había preparado lo que a todas luces era una vaca entera, estofada. Además, tenía una sopa de una exótica cucurbitácea cuyo nombre yo desconocía completamente, pero que parecía ser calabaza. Ah, y había bastante vino…
Recién entrado por la puerta me ví con una copa en la mano que contenía el maravilloso François Chidaine, “Les Argiles”, Vouvray 2005. Digo “maravilloso” por lo benéficamente seco que es—una benidción para este diab;etico. Además, porque desde que salió al mercado no ha querido cerrarse, como tienden a hacerlo todos los buenos vouvrays tras un tiempecito. Purísimo, con una mineralidad que se va desenvolviendo de talco a arena a anís y otras especias… De lo mineral a lo orgánico, digamos. Luego, notas de miel, lavanda, limón en conserva y melocotón blanco. Difícil diferenciar lo que aparece en nariz y lo que en boca. Un vino muy completo, muy preciso en lo que dice, aunque pasa de una cosa a otra rápidamente. Pero deja sus mensajes claros. Eterno en boca. Mineral. Con excelente garra y solamente marginal azúcar residual. Lo dicho: Maravilloso.
Esa tarde de sábado fue cuando estuve en Chambers Street Wines para el episodio de los barolos que les narré recientemente. Como siempre, salí “premiado” con unas cuantas botellas para llevarme a casa y alguna para consumir esa misma noche. Tal fue el caso del Guitián, Godello , Valdeorras 2006.
Había tenido en la tienda una breve conversación con el joven encargado del área española en estos tiempos. Cuando me señaló este vino de Guitián como ejemplo de algo puro e interesante dentro de mis habituales parámetros, le dije de plano que las últimas cinco o seis veces que lo había probado me había parecido más bien fabricadillo y spoofulístico. El me respondió que no, que no era tal cosa, ¡si no veía nada de madera!
Traté de explicarle que lo de la spoofulation va mucho más allá del roble y que el vino puede ser spoofulístico de toda una legión de diabólicas formas. Al final me porfiaba, diciéndome que la enóloga (Ana Martín, me entero después) que está a cargo de este vino hace un buen trabajo, etc., etc., hablando con una convicción que daba a pensar que la conociese personalmente. Como era baratiro más o menos, decidí llevarme una botella, a ver si el perfil había cambiado en algo. Estaba en una tienda con una filosofía muy afín a la mía, o sea que un esperpento no podía ser…
Huele saneado y fermentadito en frío, plasticote y sobreestabilizado. Vamos, huele a blanquito chileno… Limón y mandarina bastante fulanescos y aburridos en nariz y boca. Una virtud es que se siente algo de mineralidad de fondo. Otra es que tiene acidez decente. Pero podría ser cualquier cosa. Llano, cortito, y carente de definición.
La excelente sopa de calabazas míticas
Tras este interludio de vapidez ibérica continuamos con el F.X. Pichler, Grüner Veltliner Smaragd “Loibner Loibenberg”, Wachau, Austria 1992. Otro nivel, como es de esperarse… Intensa, temperamentalmente mineral. La pizarrería se siente estertóreamente, invadiéndote todos los sentidos desde la copa. Y si no viene de suelo pizarroso, pues, me disculpan, pero hace una imitación perfecta. Debajo, tonos de pimienta blanca, anís, lirios y claveles, cardamomo, limón y melocotón. Grande y graso en boca, pero con admirable nervio. Mucha tensión. Está enterito y es muy largo. Por cierto, un muy buen acompañante para la sopa de calabaza de Brad.
D. Ventura, "Viña Caneiro", Ribeira Sacra 2006
El primer tinto era otro aporte gallego mío. Cuando llegó al mercado neoyorquino, justo antes de mi mudanza, el D. Ventura, “Viña Caneiro”, Ribeira Sacra 2006 no me impresionó. Había pedido seis botellas a mi proveedor habitual sin conocer el vino, sólo tras haber probado su “hermanito menor”, el Viña do Burato. El Caneiro no me gustó la primera vez que lo probé. Me pareció hosco y un tanto alcohólico.
En casa de Brad, este vino no pudo estar más lejos de aquella impresión inicial. Ciruela fresca, frambuesa negra, canela, clavo dulce y mineralidad pizarrosa a raudales. Una mencía voluptuosa de líneas, pero ferozmente pura, vibrante y profunda. Jugoso, carnoso y sexy, sobre todo por tener un corazón firme y mineral. Dicho sea de paso, fue un vino hacedor de consenso entre Kane y yo, que habitualmente tanto diferimos en nuestros gustos. Bonito vino, de verdad. Mencía como debe ser.
Chris Coad reía cuando me puso enfrente el próximo vino. Declaraba que no fue justo que me perdiera yo la cena con Víctor de la Serna durante la última visita de éste a Nueva York y que por eso tenía que probar este Finca Sandoval, Manchuela 2004.
Aunque mi amistad con su creador es cosa ya del pasado, habiéndose transformado tras un montón de topetazos internéticos en no-sé-yo-qué-carajos, he intentado siempre ser justo con estos vinos. En alguna ocasión hasta acusé a alguna añada de “elegancia” y hablé de que me había gustado el vino, etc. Pero invariablemente resultaba ser una añada pachucha, atípica, de las que los puntistas premiarían con un nota en los ochentas medios, por lo de no hacer el feo… Lo que Coad me ofrecía era, obviamente, algo de una añada de las de cuidado. Un vino denso, opaco. Nariz oportesca con un flan enfriándosele encima. Alcohol en buena cantidad en boca, tras un empalagosamente pesado ataque mermeladesco-enroblado. Un vino que me resulta incómodo de entrada, lo que hace su largo posgusto algo no particularmente deseable. Pero claro, puedo entender como esto puede ser atractivo a ciertos contingentes que entienden que algo es bueno solamente si envuelve una soberbia zurra a los sentidos.
No quiero que parezca que me ensaño con este Finca Sandoval, pero ¡qué manera de no ser mi tipo, rediós!
A continuación apareció un Domaine de Trevaillon, Vin de Pays des BOuches du Rhône 2001, todo tocino y hierbas. Fruta roja muy mullida, pero sin perder frescura. Taninos granulosos en un posgusto medio-largo que me resulta más bien sencillito.
Chambers Street no fue mi única proveedora de cosas que traerme a Santo Domingo. También estuve un buen rato, dos tardes antes, metido entre mis propias existencias en el almacén refrigerado donde alquilo espacio en Manhattan para guardar mi bodega. Allí encontré un par de cosas, en el sector de “últimas botellas” que me requerían atención inmediata. Traje a casa de Brad el Château Fortia, Châteauneuf-du-Pape 1995, una de las como cuatro botellas provenientes de esta región que poseía (obviamente, ahora tnego menos…).
Bella botella. Piedras calientes y polvo perfumado con lavanda, tomillo fresco, té negro, jamón curado y un deje de volatilidad. Muy buena fruta ciruelesca—dulce, cálida y amplia, pero con frescura y tensión. Taninos bastante resueltos en un largo posgusto que resulta térreo y rústico de forma agradable.
Tignanello 1990: ¿Sabremos algún día la verdad?
El otro “final de lote” que me traje fue una botella del Antinori, “Tignanello”, Vino da Tavola di Toscana 1990. Esta botella la adqurió mi padre en Santo Domingo unos cuantos años atrás, directamente del importador, cuando el vino salió al mercado. Era parte de una caja comprada, si no me equivoco, y mi viejo me la regaló.
Desde el momento en que pasó a mis manos había estado en óptima conservación: Diversas Eurocaves y, finalmente, el almacén frío. Es por esto que me resultó sorprendente el bofetón de caramelo y acetaldehidos que salió de mi copa al servir el vino. Completamente cocinado. Una pena, pues yo hubiese querido probarlo a esta edad, o para constatar que estaba muerto por causas inherentes a su spoofulística elaboración, o para quedarme alucinando si vivía y estaba bueno. Creo que el resto de la mesa estaba de la misma disposición y todos nos llevamos el mismo chasco.
Dos que se quedaron enfrente mío, no sé por qué.
Extraño premio de consolación fue un Luddite Vineyards, Cabernet Franc “Thalia Vineyard”, Sonoma County, California 2003. Mi bromita sobre si esto venía de un viñedo propiedad de cierta cantante mexicana casada con un megamagnate disquero se queda en casi nada, pues sólo Josie la entiende. El vino es de la usual talla de los de Luddite, o sea, demasiado para mí. Medicinal. Gigantesco. Hiperglobular en su mermeladez. Pero, de su propia y rarísima manera, puro y varietalmente reconocible.
Hay cosas que mejor ni intento interpretarlas.
¿Les conté que la vaca estofada de Kane quedó muy buena? ¿No? Bueno. Pues eso. Lo que no sé es qué se haría con la vasta cantidad que sobró.
La última botella de la noche fue del René Renou, “Cuvée Zenith”, Bonnezeaux 2002. Huele a que tuvo sustancial contacto con hollejo. Albaricoque desecado, heno, miel, piedras trituradas… Tiene buena acidez, pero es demasiado dulce para mí. D-E-M-A-S-I-A-D-O. Y su consistencia siropesca no lo ayuda. Enseguida se oyeron los pitidos de mi bombita de insulina. Ver arriba, mi pronunciamiento sobre la interpretación de ciertas cosas.
No tuve o que decirlo cuando Josie y yo nos montábamos en el taxi. Era como si el tiempo no hubiese pasado, como si no viviéramos ahora a un par de miles de millas de donde estábamos. Por poco le decimos al taxista que nos llevase a la 63 y Segunda…
Nos dedicamos al tema de como podríamos reunir a este grupo en el Caribe. Sería simpático montar un jeebusito en alguna playa en Santo Domingo, con lechón asado.
Cosas de la vida. Estaba en mi oficina revisando el correo hoy domingo al mediodía, pues nuestra tienda abre los domingos en diciembre y he de hacer acto de presencia. Botaba de mi buzón montones de mensajes de tiendas de vino y casas de subastas que te ofrecen cosas caras como si no hubiese crisis. La incesante verborrea sobre la deseabilidad de cierto tipo de trofeo vínico, en combinación con el hecho de que ya va siendo hora de almorzar y tengo un poco de hambre, pongo una canción en mi iTunes y, simultáneamente, en La otra botella para que se la gocen ustedes también:
Los que me leyeron ayer ya saben lo de mi amigo Joe Dressner. Joe ha logrado, convirtiendo esa tragedia en una gigantesca y muy compleja broma, subvertir unos cuantos paradigmas de forma genial. Así es Dressner.
Comparto con él su ateismo. Joe pide a sus amigos, conocidos y a cualquier extraño que lea sobre su enfermedad que no rece por él, instándonos a todos a copartir una buena comida y una buena botella de vino con un ser querido y dedicarle, en el disfrute, un pensamiento feliz. Yo pensé en hacer precisamente eso con cada comida buena que disfrute y cada buena botella de vino que abra. También pensé en honrar la tremenda labor de Joe Dressner abriendo buena cantidad de botellas que llevaran su siempre confiable contraetiqueta. El problema es que lo que tengo aquí en Santo Domingo ha llegado muy recientemente y no quisiera abrirlo para encontrármelo descompuesto por la travesía de Nueva York acá. Además, como que las comidas verdaderamente memorables andan un poco escasas en mi barrio. Un arroz negro mojado con La Rioja Alta S.A., “Gran Reserva 904″, Rioja 1995 en Don Pepe, un muy buen restaurante cerca de mi casa era un comienzo. El arroz, la verdad, muy bien logrado. Y el vino, después de una fase inicial en el mercado un tanto torpe, comienza a tomar la forma de un gran 904. Está bastante compacto, pero sedoso y con el perfil clásico de la marca muy en evidencia. Creo que es uno que va para largo.
Pero ya les digo, como homenaje a Dressner tenía en mente otra cosa. Literalmente en mente, pues la cena que quería dedicarle había ocurrido hace semanas y era cosa de memoria y de un par de apuntes en mi libretita negra.
En nuestra cuarta noche en Nueva York, Josie y yo decidimos ir a un viejo favorito en 10ma. Avenida, Trestle on Tenth. Tenía de fuentes muy confiables que la cocina del chef Ralf Kuettel estaba como nunca y que la carta de vinos seguía tan repleta de cositas interesantes a precios razonables como siempre.
Mi amigo SFJoe me había recomendado que pidiese como primer plato los pescuezos de pato fritos, un plato que apela a mi vena más aventurera, pero cuyo atractivo no me parecería especialmente “universal”. Como yo siempre sigo los consejos de SFJoe, pues, pescuezos comí. Y estaban fenomenales. Empanados, perfectamente sazonados, fritos a la perfección y servidos con un aioli de anchoas, era verdad lo que dijera mi amigo: “Se comen como palomitas de maíz”. Josie, por su parte, fue mucho menos atrevida, ordenando un entrante de salmón ahumado que no por los sencillo dejara de estar excelente.
Me perdonarán si no recuerdo muy bien lo que comió mi mujer como plato principal. Yo pedí un suculento filete de salmón con papitas, nabos, tocino y salsa de perejil. O al menos eso creo. Estaba muy bueno, lo que fuera. La cosa es que no le dediqué nada de espacio en mis apuntes, absorto como estaba en el vino que seleccioné de la carta.
Felices son las ocasiones en que a Josie se le ilumina la cara ante una copa de vino y quiere saber lo que es. Ella no es mujer de notas de cata, ni de ruminaciones extensas acerca de los atributos de cualquier vino. Pero cuando algo la agarraaaaaaaa…
Tal fue el caso del Jacques Puffeney, Trousseau “Cuvée Les Bérangères”, Arbois 2006. No lo importa Dressner a Estados Unidos, pero no creo que le esté mal que en mi recuerdo levante una copa y brinde por él con esto. Es un vino de color rubí aframbuesado con tonos cobrizos, transparente, limpio, luminoso. La nariz comienza tímida, pero con unos minutos comienza a desplegar tonos florales y térreos, de cera caliente, de piedras, arbustos y especias, además de una fruta brillantemente roja. Su aroma es como su color.
En boca es un vino ligero, ultravivo, de una pureza y un desenfado geniales. El agarre tánico y la acidez en el posgusto invitan a la comida. Rico, rico, rico… Cuando mi esposa y yo, cenando solos los dos, comenzamos a ponderar si pedir otra botella, es señal de que algo anda muy bien con el vino, ¿no creen?
Así lo pienso, así lo cuento, en honor a un amigo.
Estaba yo pensando en lo que hubiese sido la banda sonora perfecta para esa cena, con ese vino. A decir verdad, un elemento negativo de la velada fue el individuo que nos cayó en la mesa de al lado. Parecía estar en una especie de primera cita con la mujer que tenía enfrente en su mesa. Ella no pronunció más de diez palabras en dos horas. El no dejaba de hablar, en un vozarrón estertóreo, sobre sus viajes y hazañas en Europa, Asia y Africa. Quizás la narración hubiese sido interesante de no haber sido el tipo, según transpiró por unos cuantos comentarios, de una posición política ultraderechista. Pero bueno, eso no tiene importancia. No sé ni para qué lo saco… Ah bueno, para ponerles un videito que esta mañana también puse en mi perfil de Facebook. Es un clásico de los de verdad, que ha sido reinterpretado por media humanidad (desde The Clash hasta The Specials e Izzy Stradlin, nada más en YouTube), pero me quedo con la versión original, natural, bella como ese trousseau…
Asimov hace muy certeros comentarios que resultan relevantes a nuestra reciente discusión sobre el copeo en los restaurantes neoyorquinos: Se va a las selecciones más económicas de la carta para analizarla desde ah’i. Intentando beneficiar a los no angloleyentes, les traduzco una parte:
“Una carta de vinos requiere análisis a la inversa. No debe juzgarse desde arriba hacia abajo, sino desde abajo hacia arriba. Debe ofrecer, a todos los niveles, selecciones bien pensadas, incluso excitantes. Como mínimo, una buena lista debe dar a los clientes de recursos moderados algo a que echar mano y poder disfrutar, que les haga sentir bienvenidos, en vez de meramente tolerados.
“Las botellas de bajo precio en una carta de vinos dicen tanto de la naturaleza e identidad del restaurante como las más costosas. No importa lo buena que sea la comida, un amante del vino consciente de su presupuesto se toma selecciones genéricas entre los vinos más económicos de la carta como seña de mediocridad. Por otro lado, aunque una carta imaginativa a todos los niveles de precio no excuse pecados culinarios, al menos motiva al cliente a otorgar el beneficio de la duda.”
Me parece que son puntos muy válidos. Uno, como cliente de restaurantes, llega con la mejor disposición de pagar por una buena experiencia. El que uno no tenga una tarjeta Visa Plutonio con la que pagarse tal o cual vino trofeo no debe ser un impedimento. De hecho, responsabilidad de cualquier restaurante que se precie es dar opciones a toda su clientela.
Pero me perdonar’an ustedes si esta entrega se siente un tanto desganada. Esta mañana recibí confirmación de algo que venía temiendo desde hacía un mes. Un buen amigo afronta lo peor con su habitual sentido del humor. Yo intento reir con él, no pensando en las consecuencias, pero en siento un agujero abríseme cuando leo…
“Perdonen la tristeza” es la frase que me viene a la mente, prestada.
Justo cuando piensas que el mundo del vino ha llegado al nadir de la barbarie hortera, te salen con esta vaina.
La historia, proveniente de Decanter, cuenta que ya hay por lo menos un comprador, cuya identidad no me sorprende en lo absoluto.
Algo que se les ha olvidado apuntar a los reporteros es que estos barriles X-Blend de Radoux, forrados en cuero caro y con tapón de cristal de Swarovski, viene a entregártelos uno de estos a la puerta de la bodega…
Anoten ahí los orgullosos bodegueros, sinceros productores de vinos ultrasuperpremium, que la frontera la han movío.
Era jueves por la tarde en Manhattan y probablemente acababa yo de pagar una de esas barbaridades que te piden allí en cualquier restaurante por un par de copas de vino. Sonó la campanita de mi Blackberry.
El mensaje era de mi buen amigo Greg dal Piaz, invitando a un grupo de gente a unirse a él para una degustación gratuita de grandes barolos en Chambers Street Wines, auspiciada por un nuevo portal de vinos con el que Greg colabora y que tiene pinta de que podría resultar sumamente interesante: Snooth.com.
Sí, leyeron bien: Degustación gratuita. De grandes barolos. No es una siniestra coña. Semejante cosa es posible. Sólo hay que saber estar en el lugar correcto, en el momento propicio y, como dijera el gran Sabina, “el diablo va y se pone de tu parte”. O bueno, una nueva empresa internética con mucha clase.
Me personé en el nuevo local de Chambers Street Wines el sábado a la hora acordada. La tienda estaba repleta de gente. Al parecer se riegan rápido las noticias de que hay vino gratis. Y si es vino de calibre, pues, la rapidez del riegue aumenta exponencialmente. Tenía intenciones de visitar Chambers de todas maneras esa última tarde de mis vacaciones, para hacerme de algunas botellas que traer a Santo Domingo. Lo de los barolos era el proverbial merengue encima del bizcocho.
Estaba Greg tras una mesa con una hilera de botellas. Junto a él estaba Candela Prol, de Chambers, asistiéndole en lo de servir y explicar los vinos. Yo fresqueé un poco, como amigo de la casa y me colé detrás de la mesa, parqueándome junto a Candela para conversar y probar los vinos sin la presión de la cola de gente que había esperando ser servida. Cosas…
Lo que probé. Sin pagar un centavo. Todos los vinos estaban en venta en Chambers, si alguno deseaba comprar al final, claro está. Pero era notoria la poca presión que sentía uno. En fin, yo probé, en porciones servidas por seres humanos sonrientes…
Ferrando, Etichetta Bianca, Carema 2004: La más reciente entrega del siempre fabuloso carema de Ferrando. Nariz con fenomenal detalle frutal y mineral. Arándanos, fresas, agua de rosas y roca triturada. Muy puro en boca, ligero, preciso y masticable de taninos. Un vino que, aunque se mueve con eminente delicadeza, no pierde nada de presencia. Largo y delicioso.
F.lli Brovia, Barolo 2004: De una de mis casas favoritas en Piamonte, un vino especiado, pulido al tacto, pero con gran nervio. Frambuesa negra y ciruela fresca tras la cual se asoman maravillosos aspectos térreos y anisados. Violetas también. Compacto y tánico. Muy largo. Necesita tiempo.
Massolino, Serralunga, Barolo 2004: Volátil y con un montón de madera por delante. “Otoñal” es como primero se me ocurre describirlo, pues encajonados en la madera vienen hojas secas, arándano pasificado y piel de naranja, Aunque el roble es una distracción inicialmente molesta, hay una cierta vivacidad que me hace interesarme un poco por este vino y darle el beneficio de la duda.
Oddero F.lli, barolo 2004: Térreo, salino, con notas de cuero y, de fondo, fruta que me hace pensar en la frase “pequeña, peluda y suave”. Un vino cálido, que se te ofrece en finas capas aromáticas y te invita a contemplar la aparición de una, luego la próxima… Taninos de grano bien fino en un final largo y ancho. Muy prometedor, sobre todo a este nivel.
Teobaldo Cappellano, “Pie Rupestris”, Barolo 2003: Muy maduro, como corresponde a la canicular añada. Y perturbadoramente facilón de acceso, esto… Cereza y ruibarbo en nariz y boca, con notas de fondo de tabaco y carne. Mullidisimo en su pureza, tanto así que parece simple. No sé…
Giacomo Conterno, “Cascina Francia”, barolo 2003: Volátil, con aromas de laurel, pétalo de rosa seco, tierra y frutillas rojas. Un vino sensual y cálido, pero a la vez con recia musculatura y erguida postura. Recios taninos y un toque cítrico en el posgusto.
F.lli Brovia, “Rocche”, Barolo 1982 (en mágnum): Un golpe de caramelo sobre alquitrán en la nariz. En un principio no quiere darme mucho más, pero con cierto juego de muñeca comienzo a obtener de mi copa notas de violetas, tierra, ciruela y canela. No, notitas, quedas, indecisas. Está cerrado a cal y canto, este vino. Necesitaba por lo menos unas cuantas horas aireándose.
Candela y Greg, desde donde cataba yo...
Francesco Rinaldi, Barolo 1970: Precioso. Enamorador. Para alguien que nunca hubiese probado un gran barolo, esto sería motivo para no querer beber más que barolos así el resto de su vida. Cuero antiguo, especias asiáticas, incienso, membrillo, cerezas y arándanos desecados, higo, polvo… Es que es de los que te provocan a apuntar la listica de aromas y sabores sólo para que no se te olvide ninguno. Yo dejé de apuntar ahí, pero hubiese seguido. Posgusto largo y vibrante, juvenil, refrescante, que te invita a beber. Mi vino de la tarde, por mucho.
Oddero F.lli, Barolo 1967: Tras el espectacular Rinaldi, un anticlimaxito. Aromas pálidos de lápiz, rosas secas y arbusto. En boca hay algo agradable de manzana y té negro, pero es un vino que se siente apagado, ya de capa caida.
Claro, la experiencia con los vinos se agradece, y mucho. También el rato con amigos, en mi tienda de vinos favorita. Si todas las historias que les contara fueran así…
Nos ha dado a los Camblor con escaparnos más frecuentemente al refugio playero, instados particularmente por Sabina, que dice. tan graciosa, “‘Amo ‘Aya”. Porque si no, ¿para qué vivimos en el Caribe? En la terraza de la casa, mirando el campo de golf, soné esto (entre otras maravillas ochenteras y setenteras que desconcertaban a los jugadores pasantes) y pensé en compartirlo con todos ustedes. Una versión magistral del clásico de Talking Heads, con Mavis Staples en la vocal. “Gente resbalosa”. En un mundo como el que vivimos, parecería el himno ideal. O bueno, al menos en la playa, donde todo el mundo brilla embadurnado de potingues antisol…
De todas las excrementalmente pestilentes monsergas propagadas por la prensa en las últimas dos décadas, posiblemente la más aromática sea aquella de la “democratización del vino”. Ya saben: Que se ha fomentado la “cultura del vino” de forma más amplia y envolvente, para llegar al público en general y hecer el vino asequible a todo el mundo, incluido Fulanito de los Palotes, bebedor de a pie y sin sustancial fortuna.
Lo contrario está ocurriendo. En vez de generalizarse un genuino interés por el vino como bebida para acompañar comidas, mejorar la cotidianeidad y actuar como lubricante conducente al desenfado y la calidez en reuniones sociales, lo que ha ocurrido es la decidida amplificación del “factor snob” y la aspiracionalidad. He dicho y diré siempre que me sorprende como, en nuestros artificialmente coloridos tiempos de “regiones emergentes” y vino de donde quiera, puede venir cualquier Hijo de Vecino™ (me encanta la indignación de algunos ante mi uso de esta frase, tanto que merece ser una marca registrada de este servidor de ustedes para uso a discreción; aún no lo es, pero se me ocurrió probarle el simbolito y las mayúsculas y la verdad es que se ve de lo más mona…) de una región sin prestigio vitivinicultural demostrado y sacar al mercado un vino “extramegaultrapremium” por el que pide lo que se le da la gana. ¿US$200 la botella? ¡No hay problema, sobre todo si median puntos de tal o cual gurú que añadan una buena dosis de valor fetichista al vino!
Llegó alguien no hace mucho a quejarse sobre mis frecuentes diatribas en contra del Hijo de Vecino™ en cuestión (les insto a verlo en singular, como símbolo de una especie). Alegaba que cualquier elaborador tenía el derecho a sacar medalaganariamente un vino de (alegado) hipersuperduperlujo y pedir por él cifras que le dieran una “justa ganancia” (o algo así) y “motivo para enorgullecerse” (o algo asá). A lo que yo digo: Sí, hombre, claro, si no hay nada como pasearse por las viñas en un Hummer para no enfangarse los mocasines nuevos de Ferragamo. Además, en estos tiempos tan credifáciles y vivalapepísticos, todo el mundo, aunque no sea millonario, puede sentirse como tal cogiendo fiado lo que se le dé la gana, incluyendo aquella botella de Pingus o El Nido o Cirsion o Screaming Eagle o… Pero… ¿Qué me dicen de la platea? ¡¿Que ya los tiempos no son ni tan credifáciles, ni tan vivalapepísticos? ¿Que aquellas “vacas gordas” de hace cinco o seis años habían sido meramente infladas con gas para crear ilusiones de prosperidad? ¿Que el mundo entero está entrando en una crisis financiera de proporciones, er, históricas? ¡No joooodaaaaassssss!
El vino y su industria no parecen haberse enterado. Sigue la democratización de la pretenciosidad, el esnobismo y el vino de estatus, al menos por parte de sus mercadeadores, como si nada. Y yo seguiré preguntándome quién compra.
Pero este tema ya lo he sobado y resobado yo bastante desde este ángulo. Hoy quisiera echar para otro lado. El mismo individuo que protestó por lo del Hijo de Vecino™ y su supervino aspiracional me llamó la atención muy justamente porque me iba a Nueva York de vacaciones y allí, de seguro, me tomaría algunas copas en algún restaurante a precios escandalosos.
Mucha razón llevaba. Y quizás lo más sintomático del mundo al revés que es esa tan flatulentamente cacareada “democratización del vino” sean los programas de “vino por copas” en los restaurantes de Nueva York. Bueno, del mundo entero, porque no nos engañemos, la cosa pica y se extiende. Otra especie de Hijo de Vecino™ participante en el mercado global se siente, al poner su restaurante, que tiene el deber de “hacer rentable” su oferta de vinos por copa cobrando al cliente del restaurante el precio que pagara el restaurante por la botella entera del vino ofertado, que usualmente es un vino bastante “básico”. Así nos encontramos con un montón de lugares que aspiran a venderte la copa del “L’Ancien”, de mi querido Jean Paul Brun, a US$12 la copa.
Es descabellado, sí. Se pretende “rentabilizar” el programa de vino por copas haciendo las copas prohibitivamente caras. Se añade, además, insulto a la herida cuando te enteras que ese vino que te cobran a 12 tacos la copa te lo venden por botella a 35. De repente, dada la cantidad que te da la botella, aunque el mark-up por botella también sea bastante difícil de tragar, te apetece más pagar los 26 que los 12.
Yo muchas veces viajo solo. Eso hace que ocasionalmente me encuentre comiendo en solitario en restaurantes. Si se trata de almorzar, generalmente no considero prudente consumir más de una copa de vino, máximo dos. Por lo de no restar productividad a la tarde si se trata de un viaje de negocios. En algunos casos, si ando con Josie, quizás limite ese consumo porque haya una nutrida agenda de tiendas u otra diversión enérgica por delante. Eso me hace frecuente víctima de la oferta por copas en los restaurantes. Incluso a la hora de la cena he caido en la trampa, apeteciéndome una copita de fino, como aperitivo, aunque me saque US$10 de la billetera el caprichito.
No dejo de preguntarme—y preguntar a boca de jarro a todos los restauradores que conozco—como semejante cosa se ha vuelto la norma. ¿No sería más deseable que el cliente consumiera el vino copa más despreocupadamente, sabiendo que un par de copas no van a costarle más que la botella entera? ¿O quizás seré yo demasiado tacaño y esto es perfectamente aceptable?
La cosa es que grito y pataleo, pero continúo cayendo en esto del vino por copas. Juez y parte y hay que joderse… No puedo quejarme de que me han cogido de bobo. Bobo soy. En mi más reciente vuelta por Nueva York fueron unas cuantas las copas de US$10 (que parece ser el mínimo estandardizado por muchos restaurantes manhattanianos), 12, 14, 16, o lo que fuera, por las que pagué consciente de que apoyaba una sinvergüenzura de marca mayor.
Tomemos, por ejemplo, el caso de nuestro primer almuerzo de esas vacaciones. Si la oferta de vino de; que me gusta en Santo Domingo anda escasa, no se imaginan la de quesos. El concepto de “queso”, aún en los sitios mejro surtidos, envuelve usualmente productos industriales más bien plasticoides. Josie, que es una estudiosa y amante ferviente de los grandes quesos de este mundo, al no haber salido de Santo Domingo en medio año, se traía un mono tremendo. Lo lógico era irnos a ese gran punto quesero neoyorquino que es Artisanal. Ahí tienen su propia cava de quesos y solo sirven artículos de primera. Justo lo que necesitábamos.
Ibamos en plan de comer y beber ligero, pues esa noche era la orgía vínica de Café Cortadito de la que ya les conté. Claro, aunque lo de la noche fuera en grande, tampoco íbamos a disfrutar plenamente de nuestros quesos si lo que bebíamos con el almuerzo era agua (dicen que eso es muy indigesto, o sea que tiendo a evitar la combinación). La única opción era irnos por copas. Claro, si exploran los menús en el enlace de más arriba verán que la situación en cuanto a eso… Pues era como en todas partes, con unos precios de los que no invitaban a beber. En la sección de vino por copas te ofrecen un precio mayor que el otro. El menor es de una porción “de cata” y el otro es “de copa”. Lejos de dar alternativas aceptables, pensar en que le quitan a uno por un par de cucharadas de vino lo que en realidad debiera costar la copa es echar sal en la herida.
He de decir que la cocina de Artisanal no me impresionó en esta vuelta. Una crema de calabaza con chutney de algo en el fondo estaba más bien aguadilla. Y un risotto de setas silvestres, aparte de andar pachucho de dichas setas, salió ensopado y quizás demasiado al dente. Eso fue mi prix fixe. Josie salió mucho mejro parada que yo, con un sandwich de cerdo asado y queso muenster que estaba verdaderamente excelente. Pero bueno, no vinimos a los platos, sino a los quesos. que sí estuvieron fenomenales, particularmente el ossau iraty, el garrotxa y el cheddar añejo.
Con la comida nos tomamos una copa de US$14 cada uno del Domaine Wachau, Grüner Veltliner Federspiel “Terrassen”, Wachau, Austria 2007. Un veltliner de cooperativa perfectamente aceptable para una comida de bistro, pero que en realidad ni de casualidad justifica el precio por una porción moderada. Ligero y correcto, con pimienta blanca sobre fruta amarilla y delicada mineralidad. A Josie le gustó, lo que me hizo más soportable pagarlo, pues me gusta verla feliz. Pero…
Igual decidimos pedir una tercera copa, ésta un dólar más cara aún y del Gérard Meillot, Sancerre Rouge 2007 para acompañar los quesos. La consumimos compartida no por especial frugalidad, sino porque en realidad ambos no queríamos beber más. Otro correcto para tabernear—¡si costara diez pesos menos la jodida copa! Floral y térreo pinot noir, con grácil fruta roja. Erguido, con taninos firmes y acidez refrescante en un final con abundante suculencia frutal y buena mineralidad. ¿Pero US$15? Pongamos las cosas en perspectiva: La fórmula prix fixe de almuerzo, incluyendo entrante, plato principal y postre, cuesta US$21.50, o sea, sólo US$6.50 más que esa copita de sancerre. ¿Alguien le ve la proporción en terminos de costos para el restaurante? De uno decidir tomar una copa de algo con el entrante y una copa de otra cosa con el plato principal, el costo del vino fácilmente aventajaría el de la comida. El mundo al revés.
Bueno, pero ni tanto, si consideramos lo que nos pasó un par de noches después. Nos fuimos a Tía Pol, el famoso bar de tapas en 10ma. Avenida, con la intención de tapear y copear en un ambiente alegre. Ahí, irónicamente, la selección de vinos por copa era casi inexistente en términos de cosas que me resultaran interesantes, o sea que automáticamente decidí pedir una botella del Palacio de Fefiñanes, Albariño, Rías Baixas 2007. Un Fefiñanes graso y especiado, más mullido de lo que esperaba. Azahar y orilla del mar dan paso a fruta carnosa, con buena acidez, pero quizás no la habitual estructura.
No fue problema el vino, pedido por botella, como les dije. La queja viene con las croquetas. Por US$9 pensamos que nos traerían una ración normal. Pero lo que llegó a nuestra mesa fue un plato con cuatro croqueticas. Muy buenas, eso sí, pero carajo, a US$2.25 cada una más vale. De hecho, hubiese esperado algún toque especial. No sé, un cachito de trufa blanca dentro de alguna, o un relleno masudito de langosta… Pero nada.
Es que si no te clavan por un lado, te clavan por otro.
Otro almuerzo nos vió en el siempre confiable Molyvos, no porque tuviésemos particulares deseos de ir allí, sino porque nos pilló un torrencial aguacero justo al lado. Ya saben, pulpitos a la parrilla, pescado fresco y echar la suerte con algunas copas de vinos griegos a espectacular sobreprecio.
Comenzamos con el Domaine Gerovassilou, Malagoussia, Epanomi 2006, que se traía una simpática nariz floral, con subtonalidades herbáceas y un golpe de bombones de manzana. Lo mismo en boca, más o menos. Moderno, sencillo y fácil de beber. Pero recordemos que la porción supera la docena de dólares.
En Molyvos por lo menos intentan ablandarte el golpe a nivel sicológico. Te traen el vino en una coqueta garrafita que probablemente no contiene más que una copa promedio, pero que te hace pensar que es más vino, pues puede uno servirse en dos golpes, en vez de uno solo. O, en nuestro caso, puede compartir el vino, para probar.
La segunda garrafita que compartimos fue del Porto Carras, Assyrtiko “Côte de Meliton”, Macedonia 2007, algo sobresulfurado, compacto y no particularmente amigable. En boca deja entrever una cierta complejidad, con notas cítricas, de hierbas secas de cocina y salinas. Pero está muy apretado.
Estuvimos un rato conversando sobre si pagar más de US$40 por tres mini-garrafitas de estos vinos exóticos (de nombre, si bien no tanto de aromas y sabores en el caso de los primeros dos) podía racionalizarse en términos de estarnos educando sobre los mismos. La conclusión iba por los lados de que si esto es lo que cuesta la cultura del vino hoy por hoy, bien fastidiada la veremos si la economía no mejora. Terminamos con el Gaia, Assyrtiko “Thalassitis”, Santorini 2007, un viejo amigo y valor seguro, aunque estábamos pagando US$16 por la garrafita. Firme, pizarroso, marino, con un leve elemento metálico. Apretado en boca, pero largo e interesante de posgusto por su pronunciada mineralidad.
El que les cuente en detalle todo este gasto quizás es un acto de autoflagelación pública. Viendo yo ahora, con distancia, lo que pagué en copas de vino en esas comidas en las que así bebimos, me siento como un perfecto c-o-m-e-m-i-e-r-d-a, en la acepción cubana del término, o sea, un imbécil. ¿Hay entre todos estos vinos alguno que sobrepase el nivel de meramente “aceptable”? Pues no. ¿Alguno me enseñó algo nuevo? Pues aparte de como están las cosas en los restaurantes, no.
En otro almuerzo, en un viejo favorito nuestro en SoHo al que no íbamos desde hacía años, me rebelé. Era L’Ulivo, una excelente y siempre acogedora pizzería en pleno meollo del fashionismo y el turisteo de la zona. Ví en la carta por copas un chardonnay de un tal “Armani”. Habiendo probado no hace mucho (por copas, nada menos) un excelente sauvignon de Albino Armani, pensé que este vino sería meritorio de mi tiempo. La copa costaba doce billetes. La botella, treinticuatro. No lo pensé mucho. El shopping de la tarde lo haríamos con esa botella entre pecho y espalda y ya. Luego me he enterado que este Armani, Chardonnay “Io Domenico”, Trentino 2007, limpio, sabroso y con buena mineralidad, aunque no especialmente excitante, cuesta en tiendas US$14. Ya saben. Pensaré mucho en el futuro cuando me vayan a servir cualquier vino en restaurantes, sea por copa o por botella. Las copas en L’Ulivo eran de buena calidad. El vino llegó a muy buena temperatura y nos lo dejaron en una elegante cubitera de vidrio. ¿Pero excusa eso un mark-up del 140% no sobre costo al por mayor, sino PVP en tienda?
En aquel colegio de curas donde me volvieron ateo rabioso me enseñaron que toda confesión debe venir acompañada de penitencia y propósito de enmienda. La penitencia creo que es haberme autozurrado aquí. Yo mismo no entiendo esta estafa que se ha vuelto lo del vino. Una estafa que—lo peor de todo—invitamos y perpetuamos los primos que queremos seguir amando el vino, pese a todo.
¿Cómo nos sublevamos? ¿Dejamos de ir a restaurantes? ¿Seguimos en estos Jáccuse, a ver si alguien nos hace caso y de repente el mundo del vino y el de la restauración sufren un arrebato de cordura y bondad?
Por lo pronto, publico esta vaina y les dejo que me comenten. Un almuerzo verdaderamente excelente y muy económico hicimos en SoHo otro día. Josie recordaba, de sus tiempos de reportera del mundillo de la farándula y las celebridades, una taquería llamada La Esquina, allá en el cuchillo de Lafayette y Broome. Allí nos pegamos tremenda panzada con media docena de tacos hechos con ingredientes de primerísima. Veinte dólares, o algo así, que para Nueva York es nada. Eso sí, si llega a haber vino, pues, un retrato de Benjamin Franklin nos hubiese costado, por lo menos. Es el castigo, si uno quiere vino, parece. Les dejo con una sabrosa foto, que da ganas…
Bueno, y porque en estos tiempos de vacas flacas con tetas de silicona, un videito de cierto hit de los ochentas que, de repente, ahora que vivimos los efectos de un cuarto de siglo de voodoo economics puras y duras, me parece muy apropiado:
Aunque, ahora que me lo pienso, va y esto es una de esas bromas de Decanter, como aquella de que Paris Hilton era la nueva portavoz de Burdeos.
Pero, pensándolo bien, no es que el personaje haya hecho algo en su vida para restar verosimilitud al autorretrato que se pinta, si hizo esos comentarios. Me lo imagino dando la entrevista en los tonos de aquel cantinero que tan tragicómicamente interpretara en Uranus, de Claude Berri, llevándoselo todo de encuentro.
Es que hoy es un día nutridito en estas cosas. Ahora me voy a ver un reportaje sobre “El radiante retorno de Britney Spears”, que para los efectos viene siendo como una especie de Freddy Kruger del mundo del entretenimiento.