La otra botella

Entradas de Enero 2009

Siguen los consejos para la Casa Blanca…

Enero 28, 2009 · 6 comentarios

Mike Steinberger, en Slate.com pondera las posibilidades en cuanto a una nueva política de vinos en la Casa Blanca bajo el Presidente Obama.

Me ha resultado particularmente simpática la comparación entre los criterios de selección de vinos para eventos oficiales de Daniel Shanks, encargado de vinos en la mansión presidencial estadounidense, y la detestable política exterior del ex-presidente George W. Bush.

Y me parece sumamente acertado el dictamen de Steinberger de que la diplomacia es un arte sutil y, particularmente en la mesa, debe practicarse acorde.

Excelente artículo. Ojalá lo tomen en cuenta y se acabe la era del “Shock and Awe” y el intento de noqueo vínico.

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¿Quién lo hubiera pensado?

Enero 28, 2009 · Dejar un comentario

Cosas que te salen de donde menos las esperas… Estaba con un par de amigos en casa, copas, etc. Uno está hojeando publicaciones de una de las tantas pilas de revistas que tenemos. “¿Tú viste esto?”, me pregunta.

Me enseña un número reciente de Paste, una de las pocas revistas sobre música que consumo aún,  abierto a un anuncio de página completa en el que se ve un bajo con una copa de vino blanco encima.

El anuncio es de Kim Crawford, bodega neozelandesa de bastante gran alcance, cuyos vinos, cuando los he probado en el pasado, aunque no me hayan resultado particularmente memorables, sí me fueron bebestibles sin mayores objeciones. La bodega propone una alternativa novedosa de maridaje vino-música, con una web donde te permiten bajar gratis “una banda sonora avant garde” para tu próxima reunión, que de seguro querrás mojar con vino de Kim Crawford, etc.

A mí automáticamente me vienen a la mente repugnantes recuerdos de la bobería aquella patrocinada por Montes, en la que hasta había un “estudio” a cargo de “reputables académicos” avalando que algunos tipos de música iban mejor con ciertos tipos de vino y sacando a colación viejos y bastante cansados clásicos “seguros” de los sesentas y setentas para sustentar la cosa. El espíritu copión es algo que no puede subestimarse en la industria actual del vino. Va y los chilenos tuvieron éxito con la vaina aquella y ahora los neozelandeses…

De todas formas, decidí entrar al sitio de Kim Crawford, a ver con qué venían. Lo peor que podía pasarme era que me diesen tema para una entrada de blog.

Pues menuda sorpresa me llevé… A diferencia del showcito de la megabodega chilena, en el “Music Lounge” de Kim Crawford la música venía muy bien seleccionada. Te ponen un playlist que puedes bajar gratuitamente, tal y como decía el anuncio en Paste. La única pega es que tienes que darles algunos datos y probablemente pasar a formar parte de una lista de correo. Ah, y que solamente parecen aceptar direcciones postales en EEUU para la inscripción. Pero bueno, no tuve problemas por ese lado.

Lo dicho, la música no está nada mal. Aunque me salté la pista inicial, que es pura histeria masculina postadolescente a cargo de Ben Jelen, el resto lo bajé y lo estoy escuchando con gusto ahora, mientras escribo esto. Incluso hasta he descubierto un par de artistas que no conocía, por ejemplo, Chris Berry:

o los escandinavos Datarock:

Alguien de la industria global del vino que te da algo por nada y resulta, encima, ser algo bueno. ¿Quién lo hubiera pensado? Claro, si nos ponemos de nuestro habitual pesimismo, va y se trata de otra instancia de esta vaina.

Pero no, hombre, no, que pillé un par de downloads que no me costaron ni un centavo y hasta están buenos…

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Cosas de casa

Enero 27, 2009 · Dejar un comentario

Ya, ya, que llevo unos cuantos días de mucho argumento, mucho chisme y poca nota de bebienda… Pero eso enseguida se remedia echando mano a la libreta negra donde apunto el beber diario de casa.

Un rescate de mi bodega neoyorquina en el último viaje fue el Prager, Riesling Federspiel “Weissenkirchen”, Steinriegl, Wachau 2000. La botella era de un lote comprado en remate, de una tienda donde sencillamente tenían que salir de él a un precio sumamente ventajoso para mí. La compra fue hace ya varios años y desde entonces he venido probando botella tras botella, siempre con el mismo resultado: Un vino angular, de gran tensión, pero sin dejar de tener un peculiar encanto.

Esta botella—que si no es la última es la penúltima de la caja que adquirí—resulta ser la méjor de todas hasta ahora. Bonito color de oro pálido con destellos verdosos. Una nariz compacta, pero compleja. Aromas de flores frescas, agua de lluvia, pulpa de naranja, limón, plátano verde, cera, humo y pedernal. Con el aire, la mineralidad se va haciendo cada vez más poderosa y adquiriendo matices. En boca es firme, con una sabrosa mordida cítrica que conduce a melocotón blanco, miel y una tremenda mineralidad. Largo. Joven. Apretado de posgusto. Aunque no es de particularmente gran concentración, es un vino sustancial y  muy interesante, que aún podría dar más de sí con unos cuantos añitos de botella.

Ah, antes de que se me olvide y por lo de avivar un poco los chismes de entradas previas: El vápido chardonnay chileno del que les hablaba en el segundo capítulo de mi saga sobre el “Vino Pop”, por lo del full disclosure, era el Montes, Chardonnay “Classic Series”, D.O. Valle de Curicó, Chile 2007. Ya no se pueden quejar de que me ando con inuendos y cosas así. Poco más puedo decir aquí sobre este tecnovinito industrial  y anodino, o sea que los que quieran más señas, vean el artículo anterior. Eso sí, me encantaría saber qué diferencia a esta “Classic Series” de algo que sea quizás más “Avant-garde”, o como le llamen los de Montes…

Lo que no les conté fue que esa misma noche abrí también una botella que me quedaba del Cantina Terlan, Chardonnay “Kreuth”, Alto Adige 2006, un vino del que ya he hablado ampliamente en La otra botella, pues goza de la distinción de ser uno entre un mero puñadito de blancos potables disponibles a nivel local. La nariz de esto es de pequeña escala, aunque con ciertas aspiraciones: Turrón de Alicante, flan de limón, cera, flores silvestres y polvo de cantera, todos sutil pero claramente expresados. No le haría ascos si fuese un borgoñita básico, digamos… En boca es amplio, afrutado y especiado, definitivamente menos tímido que en la nariz. A medio paladar se combina aquello del turrón con un inesperado aspecto que me hace pensar en bórax. Buen largo, aunque sufre de la tediosidad de tantos chardonnays modernos. Definitivamente no es un vino estimulante para mí, pero se deja beber.

Celebrando la toma de posesión del Presidente Obama me abrí una botella que sobró de la despedida de año. Fue Taittinger, Brut Réserve, Champagne NV lo que bebimos en Nochevieja, pero siendo la ocasión lo que era, lo de tomar notas de cata me parecía harto impropio. En casa, claro, el juego es distinto. Buen mousse y burbuja fina. Generosa nariz de brioche  tostada y almendras, naranja en conserva, jengibre, talco y un no-sé-qué de caldo de pollo recién hecho. Cremoso en boca y muy afrutado, con aspectos de jalea de limón, naranja y pera. Crece en el paladar medio hasta un punto que resulta un tanto desconcertante, pues le resta elegancia al conjunto. Pero el posgusto es largo y tiene sabrosas notas salinas, además de excelente acidez y una buena veta mineral. Esa gordura de medio es el único defecto que le veo. ¿Habrá algo de vino canicular en la cuvée? Quizás eso lo explicaría. Retrospectivamente, su mayor virtud es que pasé toda la despedida de año bebiendo copa tras copa de esto (y nada más) y no amanecí al día siguiente con la habitual resaca mortal que acompaña siempre para mí al día de San Manuel.

Hablando de espuma y pensando en aquella historia sobre el brindis de prosecco que supuestamente hiciera el Presidente Obama el día de su investidura—historia que fue retirada de Decanter.com—, también abrí recientemente con unos piscolabis un Val d’Oca, Brut, Prosecco di Valdobbiadene NV que me recomendaron en una de las tiendas que frecuento en Santo Domingo. Agüita de limón con burbujas más bien gruesas y alguna que otra cosilla mineral elevando el posgustín. Por lo menos no se le nota tanto el dosage, algo que me espanta muy a menudo a la hora de beber prosecco. Eso sí, aunque me gusta el diseñito minimalista del etiquetaje, puntos menos en packaging por esa  freixenética botella negra.

Hasta aquí, una tandita de blancos. A veces el placer de bloguear es discreto, como el del noche a noche doméstico. Te contentas con que no haya disgustos.”Como tributo a esa domesticidad, para ustedes, una de Mates of State. Llegas a casa con tu mujer y la cosa toma su propio rumbo…

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¡Señor Presidente!

Enero 24, 2009 · 11 comentarios

Viendo las noticias del nuevo Superblackberry del Presidente Obama, me vino a la mente aquella famosa frase en la inolvidable peli de Mel Brooks:

Pero luego he recapacitado. Varias noticias en diversos medios me han puesto a pensar que el nuevo Leader of the Free World, poseedor de una bodega de mil botellas en su antigua residencia de Chicago, al que tanta gente hoy por hoy atribuye todo tipo de cualidades mesiánicas y que ha devuelto un módicum de lustre a los E.E.U.U., bebe muy mal.

Primero, recién pasadas las elecciones, me leí esto. No digo nada de la fuente más que que flipo: La verdad es que hay blogs de absolutamente todo. No importa cuan específico tu interés, cuan microorientado tu fetiche, cuan eztraño el tema de tu tesis, puedes estar seguro de que ya hay alguien blogueando extensamente al respecto. Así el sitio que me indicó que los Obama son frecuentes bebedores del chardonnay de Kendall-Jackson. Como diría mi hijita Sabina: ¡Wákala!

Luego (anteayer, para ser precisos), me leo en Decanter.com lo que se sirvió en las comidas y brindis diversos en torno a la toma de posesión de Obama. En el almuerzo inmediatamente después de la juramentación se bebieron vinos de Duckhorn y un espumante de Korbel. Eso es siguiendo, según cuenta Howard Goldberg en la noticia, la tradición idiota impuesta por Lyndon Johnson tras el asesinato de Kennedy de solamente servir vinos estadounidenses en los eventos presidenciales de E.E.U.U. Había ese mismo día en Decanter otra noticia que narraba como Obama había hecho un brindis con prosecco en la Casa Blanca la noche de la toma de posesión, pero parece que era relajo de la revista, o que les obligaron a retirarla, porque retirada ha sido. Lo del prosecco, pues, podía verse como un líder cuya plataforma es de “Cambio” rompiendo con la antedicha tonta costumbre.

Dice Goldberg al final de su artículo que la Casa Blanca no cuenta con una cava de vinos propiamente dicha y que el vino para eventos o se compra específicamente para ellos , o es donado por individuos o entidades.

No sé, quizás al Sr. Presidente le hace falta tomar acción en cuanto a lo que se bebe bajo su gobierno. Le propondría, en el espíritu del gobierno norteamericano de andar nombrando “zares” encargados de tal o cual tema (ya saben, la “Guerra Contra las Drogas” y la cómica propuesta de instituir a un “Car Czar” para sacar del hoyo a Detroit), que nombre un “Wine Czar” para asegurar el bienestar de los paladares y entrañas de la Primera Familia y sus invitados a lo largo de los próximos cuatro u ocho años. Sería inmodesto proponerme a mí mismo para el cargo, o sea que propondría a John Gilman. A ver si alguien con acceso se lo cuenta al Presidente, que creo que es una buena idea. ¿Dejar atrás la era de la spoofulation? Yes we can!

Categorías: Vainas obvias

Pop. Vino. Y “vino pop”. (y 3)

Enero 23, 2009 · 13 comentarios

Si es destilable el mensaje de esta diatriba a “No al tecnoenomamarracho y la esperpéntica canción, igual de corporativizados y formulaicos ambos”, ¿entonces por qué he escrito tanto?

Patricio Tapia, en un enigmático comentario a propósito de la primera parte de este tema, me sugiere que “escribo demasiado” y pregunta si eso es una suerte o una enfermedad. Le he dado mente al asunto y puedo decir que ninguna de ambas. Es un imperativo. Es como me sale esto. Si me pusiera a escribir menos porque puede molestar a algún segmento del público tener que leer mi profusión de material, o si fuera a alterar mi estilo sencillamente porque “los blogs exitosos” son así o asá, caería en lo mismo que esos cantantes y tecnoenólogos que acuso. Sería esclavo del comercio en vez de esclavo del arte.

Lo bueno de no tener ni la más mínima intención de ganarme la vida con lo que escribo es que puedo contraponer a cualquier imperativo mercantil el imperativo medalaganario.

¿Que a qué viene este interludio sobre propósitos personales? Pues, precisamente, al asunto de la personalidad del artista expresada a través de su obra, sea ésta una canción, un vino, un libro, o quizás un blog.

Le robo a mi amigo SobreVino una entrada de su blog.

Digo “le robo” porque no me ha dejado más remedio que llevármela entera, tal milagro de economía lingüística es. Se compone únicamente de una cita de Víctor de la Serna: “Estamos en un momento en el que va a importar casi más la personalidad que la calidad.”

Puede que sea cosa de tener una línea sacada del contexto de una charla, pero no creo que sea yo el único a quien le resulte curiosa la oposición de “personalidad” a “calidad”, con la consiguiente implicación de que ambos términos son mutuamente excluyentes. Invitaría a Víctor a explicarnos esto, pero como no me habla, no creo que se digne venir, asé que hemos de quedarnos especulando.

Hay un sonsonete en cuanto a la industria actual del vino que ya se ha convertido en cliché mediático. Pocos son los artículos sobre el estado de la industria hoy día que no lo repitan; menos aún son los debates acerca del tema donde no te salga uno con esa oracioncita:  “Nunca antes hubo tal cantidad de vino de calidad proveniente de tantas regiones distintas”.

No hay que buscarle mucho la vuelta. Si hablamos de calidad en términos de vinos que cumplen con un conjunto predeterminado de  parámetros, sin importar como lo hacen, pues es así. Hay mucho vino por ahí que es técnicamente irreprochable, pero que, sin embargo, a la hora de los mameyes, falla en cuanto a estimular los sentidos y el intelecto más allá del impacto primario. Este tipo de vino viene “completamente equipado”, con todos los periquitos que “el público demanda” en un vino “de calidad”. Lástima que su “calidad” ocurre en base a ser exactamente idéntico a otros cientos de miles de vinos.

La noción de “calidad” imperante en la industria post-agraria del vino hoy día—al igual que la imperante en la música pop del mainstream corporatista—tiende a crear producto en base a estrategias de mercado, en vez de en base a lo que da la naturaleza. Así, tiende a perderse ese  “grain of the voice”—laxamente traducible a “‘veta’ de la voz”—que hace la expresión de un vino, como la de un vocalista, única y especial.

Dirán algunos que lo que propone Víctor de la Serna satisface precisamente a alguien como yo, que busca vinos y música únicos, especiales—con personalidad. Pero se me queda la espinita… ¿Por qué aislar “personalidad” de “calidad” en ese dictamen? Queda implícita en eso una cierta admisión de falta de personalidad en los enoproductos que hasta ahora nos han ocupado y que ahora “el mercado” comienza a dejar de lado, ¿no? ¿Acaso se pone en riesgo a la “calidad” por ceder el  énfasis en  la “personalidad”?  El resultado, en el mejor mundo posible, de que las industrias del vino y la música repentinamente dejasen florecer las personalidades de una infinidad de artistas, terruños y vinos sería, al menos como lo veo yo, una feliz anarquía. Pero habría que ver hasta donde llega la cosa sin que se imponga el instinto del plan de marketing que va dizque “a la segura”. Como siempre, hay más preguntas que respuestas.

Hacer vino o música a partir de sondeos de opinión, basados en una idea necesariamente estrecha de “lo que piden los consumidores” es algo que—al menos como yo lo veo—atenta directamente contra la personalidad. Si los marcadores de “calidad” son fijos, necesariamente sucederá que todo el que aspire a “calidad” tendrá que basar su trabajo en alcanzarlos y nada más. Ahí muere la creatividad, la originalidad, la tensión. Ahí divorciamos el vino o la música de la posibilidad de ser arte.

Creo que la mejor manera de concluir esta—ya bastante larga—reflexión es pensando en buenas cosas, en buenos momentos. Les puse el otro día un video de la etapa más “pop” de The Clash. En ese video la tensión y la  energía son evidentes y contagiosas. Ya no estamos ante una banda categorizable como “punk”, sino ante artistas con un  indiscutible atractivo pop basado precisamente en esa energía. Piensen en Bill Haley, Chuck Berry, Buddy Holly, Elvis Presley, los Beatles, los Stones… En todos ellos, el atractivo pop viene de la energía, no de pretender diseñarse éxitos a base de fórmulas comerciales preestablecidas. Todos hubieran sido descalificados en American Idol, estoy seguro.

¿Es demasiado pedir algo así hoy? En los grandes artistas del pop, como en los verdaderos grandes vinos, la personalidad es el origen de la calidad.

Ponderemos esto con buen pop actual, que de que lo hay, lo hay… Por ejemplo, Mates of State:

O esos sublimes hijos del Brooklyn nocturno, 33Hz:

O quizás estos chicos ingleses que tanto me gustan desde hace un par de años y cuyas canciones se te pegan y no te sueltan:

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Pop. Vino. Y “vino pop”. (2)

Enero 21, 2009 · 10 comentarios

Lo peor de la industria disquera actual, si vamos a llegar al nivel más elemental, es una patológica falta de dirección causada por una aún más patológica falta de imaginación. Como bien dice Barb Jungr en su artículo del 2005 con el cual tan de acuerdo estoy, es poco el esfuerzo que dedican las disqueras de hoy a desarrollar artistas—en el sentido de ayudarlos a encontrar su propio estilo, a manifestar lo que tienen de especial, lo que los hace únicos. Hoy, la ley del menor esfuerzo corporativo dicta que hay que enfocarse en “lo que vende” y hacer más de lo mismo. Se presupone una inexhaustible voracidad del mercado por el mismo tipo de producto. Y allá van los clones de la estrella del momento, uno tras otro…

Anoche me abrí una botella de las que me habían llegado como regalo navideño. Era de un chardonnay chileno. Como estaba pensando ya en esta segunda parte de mi ensayo sobre el “vino pop”, me pareció un excelente momento para probar este producto, a ver si desmentía mis suposiciones y postulados.

No lo hizo. De mi copa emanaban aromas de palomitas de maíz bien enmantequilladas, coctel de frutas de lata y algodón de azúcar. En la boca el vino era goloso, fláccido, con una notoria falta de agarre. Tenía toda la complejidad de un chicle-bomba. Aunque exhibía “fruta” y “roble” como adornos obligatorios y poseía un peculiar equilibrio de producto industrial estandardizado—aunque hacía los ruidos a esperarse en el paradigma internacional de “chardonnay”—y, encima, hasta se dejaba beber, me dejó pensando que detrás de los adornos no había nada.

Más o menos como me pasa cuando me obligan a escuchar a uno de esos horripilantes “baladistas” o “salseros” latinos de ahora. Ya saben, los “románticos” con canciones asexuadas por lo babosas, pero que no obstante son todo “atrévete” y “una noche de locura”—esos eternos muchachitos jadeantes y gimientes a los que les encanta profanar el repertorio de los boleros clásicos para dejarlo a uno sintiéndose sucio tras oir lo que hacen con él. Lo digo hoy como lo he dicho siempre: ¡Chapurrear sacarinamente el cancionero de Agustín Lara no confiere automáticamente legitimidad como cantante!  

También más o menos como me pasa al ver ese espeluznante bastardeo que hace Christina Aguilera de “At Last” en uno de los videos que acompañó mi última entrada.

Y también más o menos lo que me pasa cuando escucho ad nauseam en la radio o la tele a cualquier niñata britneyspearesca cuya voz, si así puede llamársele, es un mejunje de griticos, suspiros, susurros y nasalidades manipulado en el estudio para hacerlo tonal y semicohesivo. Más o menos lo que me pasa también con X número de “artistas de rock”, británicos, norteamericanos, latinos o lo que sea… Armonías de sobrecito sobre guitarras más de latica y vocalistas a los que les han indicado que cantar como Richard Marx es algo deseable…

Dirán que me ensaño demasiado con un par de tipos de vocalistas y que ellos no son todo el pop. Verdad es. Igual hay basura formulaica en los repertorios del “rock alternativo”, el “hip hop”, el “country”, el “R & B” que auspician las grandes disqueras actuales (el colmo del cinismo es que esas mismas megacorporaciones del entretenimiento se la pasan creando subsidiarias “boutique” con nombrecitos alternativoides, por lo de seguir copando market share.  Son instantáneamente reconocibles estos productos corporativos insertados en géneros “de nicho”. Los hay en inglés, en español, en francés, en alemán, en italiano… Todos igualitos. Como son tantos y tan intercambiables, es imposible no pensar en ellos como algo ubicuo.

Usualmente en este punto los defensores del pop corporativo actual, igual que los del tecnovino corporativo actual,  alegarán que el inmenso público  que  consume, digamos, discos de Cristian Castro y botellas del chardonnay del que les hablé hace un momento,  justifica enteramente el tipo de producto como “de calidad”. Además, me soltarán con aire de superioridad moral aquello de De gustibus… Quizás me dirán que lo que tengo que hacer es “vivir y dejar vivir”. La música y el vino corporativos tienen derecho a existir y yo, despotricando contra ellos, soy minoría.

Tomemos la conclusión a la que llegó mi apreciado Javier Márquez en nuestro intercambio. Me dijo: “…Lo que te choca en la cabeza (y a ti más que a mí) es que [al tecnovino corporativo] se le llame vino. Y por lo que te leo, me da la sensación de que uno de tus mayores miedos es que mañana toda la industria se transforme en esa degeneración”.

Exacto.

He querido hacer estas entradas osbre pop y vino algo en plan escrito-cual-pensado; con lagunas, con tropezones lógicos, con referencias intertextuales sin las cuales pudiera cualquiera sentirse un poco perdido y dudar de mi cordura. Lo he hecho adrede. En estos tiempos en los que tanto nos viene empaquetadito en colores brillantes, estandardizado, predigerido y con bono-premio incluido, he pretendido ponérmeles un poquito difícil, a ver… Dogamos que este blog a veces quisiera ponérseme muy radical, muy anti-pop. Pero luego voy y reconsidero. Voy y “me abro a la posibilidad”. Voy y le tengo paciencia a uno de esos que viene a decirme que si gustos y colores.

Lo terrible es que en un mundo tan inmediatamente conectado e hipercorporativizado como el nuestro, sí existe un grave peligro de que nos secuestren la definición de “vino” y no volvamos a entenderla más nunca. El billete, real o virtual, no lo podrá todo. Pero es acojonante lo mucho que puede. Aunque existan artistas de la canción o el vino de integridad hasta ahora irrefutable, que insisten aún en conservar su autenticidad y hace música o vino de verdad, que manifiesta en vez de embobar, ¿qué nos hace pensar que las circunstancias del mundo no conspirarán para impedirles hacer lo que hacen? ¿Por qué hemos de tener fe ciega en que no vendrá alguien un día que los pillará aburridos y les ofrecerá suficientes villas y castillos como para que las ideas dejen de importar? Y peor aún, porque no me parece particularmente justo poner el peso de mi duda solamente sobre los artistas y elaboradores de vino: ¿Qué tal si llega un momento en que la mentalidad homogenizante obtiene hegemonía total sobre los canales de distribución? ¿Qué tal si a las tiendas donde compramos vino o discos ya sencillamente no llegan más que aquellos discos o vinos sancionados por los hacedores de gusto masivo? ¿Qué tal si, en una perversión irónica de la globalización, se crean nuevos ghettos artísticos, o vinícolas, o gastronómicos, a los que el acceso se nos comienza a hacer económicamente prohibitivo? Para no perder la cruel perspectiva de las cosas, dénle mente a esto.

Por poder imaginar fácilmente todas estas distopías y cien maneras perfectamente lógicas de implementarlas, querido Javier y queridos amigos, es que me pongo como me pongo. Consideren la cabeza del clavo debidamente golpeada. Pensar el momento en que impere completa y absolutamente la mediocridad que alimenta los gustos del mínimo común denominador es algo que me aterra, precisamente porque puedo pensarlo.

Ya, ya… Enfriémonos un poquito. Quizás estoy siendo demasiado fatalista. La rebeldía, por suerte, es algo inherente en el ser humano. Podemos vivir el momento, pues aún queda quien nos dé una copa de vino sabroso, real y elocuente. Aún quedan hombres y mujeres que nos cantarán una canción con todo y asperezas, que no temerán que nos ahuyente la acidez de sus letras, que no considerarán que la falta de vibrato al cantar esa línea le resta impacto, que no se sentirán obligados a arrebatos de coloratura melodramática porque si no “falta color…” Todo está en que los rebeldes, los que hacen vino, música, libros, arte de verdad al margen de la mentalidad corporativo-globalista no le pierdan las ganas a su asunto.

También quizás está en que haya una gran concientización, en que la gente… Pero no, que no lleva a nada bueno eso de ponerse a esperar que “la gente” como colectivo haga nada. 

Enfriar. Aligerar. Por el momento les dejo los éxitos “pop” de mis dos bandas favoritas de toda la vida. Para recordar lo que alguna vez me enamorara del pop…

Antes de la desintegración, The Clash:

Y un trocito de puro genio, cortesía de Talking Heads:

¿Considerarían ustedes ridículo añorar un momento histórico en el que canciones como éstas pudieron tener inmenso éxito comercial?

(Concluye en la próxima entrega)

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Pop. Vino. Y “vino pop”. (1)

Enero 19, 2009 · 5 comentarios

Precisamente por el amor que le he tenido toda mi vida al  pop, me siento realmente alarmada por lo que usted correctamente designa como “el pueril sentimentalismo” de la industria del entretenimiento. Mi generación fue educada por una rica gama de cultura popular, desde cine artístico europeo hasta álbumes de rock virtuósicos y vanguardistas.  Algo ha dado un giro terrible. El cegador éxito del pop ha engendrado varias generaciones ya de parásitos del pop, que conocen únicamente lo que ha ocurrido justo antes que ellos. La historia artística ha pasado de moda y lo que se usa es la juvenilidad de sonrisita irónica…. Siendo alguien que ha dedicado su carrera (a gran costo para mí) a la pedagogía de las artes, me repele la crecinte banalidad y superficialidad de la cultura pop norteamericana, cundida como está de chiquillas tontas y niñatos insípidos. Existen tremendas oportunidades para logros artísticos, pero eso requiere personalidades fuertes y apasionadas. no posturitas de “mírenme qué chulo soy”.

-Camille Paglia en Ask Camille” de Salon.com (Mi traducción)

Miren ustedes por donde… De repente estoy teniendo un acuerdo con una de las estrellas académicas que más aborrecía yo durante mi época como estudiante doctoral. Pero me parece que Camille Paglia aquí da justo en el blanco. Igual que Doña Camille (aunque no somos de la misma generación), me crié amando intensamente el pop de mi época. E igual que ella, ahora siento una extraña mezcla de horror, asco y risa ante la basura corporativamente pasteurizada, homogenizada y epiceneada  que pasa por “pop” hoy día.

Paseémonos por una tienda de discos, o prendamos el televisor, o vayámonos al cine, o abramos una revista… Nos encontraremos con una procesión de productos formulaicos, carentes de pasión, de originalidad, de “chicha”. Vivimos un momento de insoportable fofera repetitiva y sacarinidad en cuanto a cultura popular se refiere. Me causa mucha ansiedad pensar en que es esta vaina tan desabrida, tan inauténtica y vacía, de lo que participarán mis hijos al crecer. Recuerdo el nombre de una banda de pop de los ochentas tardíos, que sonaba mucho en mi universidad: Pop Will Eat Itself. No puedo menos que preguntarme, ante lo que veo hoy, si de verdad lo hará y cuando…

¿Que por qué esta diatriba?

Pues la vengo anunciando desde hace unos días. Tras aquel post burlón sobre los nombres de los nuevos vinos mercadeados por el cantante puertorriqueño Wilkins, uno de los amigos de este blog y yo iniciamos una interesante conversación por correo electrónico. Este amigo se llama Javier Márquez y comparte conmigo dos importantes pasiones, la música y el vino. Javier me dijo: “En realidad el problema somos nosotros, que vemos al vino de una forma tal vez tradicional o formal, y en realidad esono deja de ser cierto ni válido, pero coexiste también una cultura pop del vino, así como hay pop en casi cualquier otra manifestación. Tal vez lo lamentable, lo que nos pesa (creo que a tí más que a mí) es que ambas manifestaciones (la normal/tradicional y la pop) se llamen ‘vino’”.

Mucha razón tiene Javier en cuanto a que me pesa tener que llamar ‘vino’ a muchos de los productos del complejo tecnoenológico-industrial que se venden actualmente. Parte el alma el asalto a la dignidad que representa para un vino de verdad—uno elaborado natural y artesanalmente, que refleja clara y elocuentemente su terruño y las idiosincrasias personales de su hacedor—el ser forzado a compartir categoría con cualquier tecnopotingue  de los de levaduras de diseñador, tratamientos enzimáticos, osmosis inversa, MegaPurple, chips de roblazo nuevo  y quién sabe qué más que haya pedido el departamento de marketing. Lo estoy diciendo para que se entienda. Hay cosas que pasan por ‘vino’ hoy que a mí me cuesta mucho reconocerlas como vino.

¿Me convierte este rechazo tajante del enoproducto tecnológico  en un elitista o en un retrógrado ludita insoportable? Pues amén. Lo soy. No me da la gana de alterar mi definición de vino y me reservo el derecho a juzgar lo que hay en la copa sin el más mínimo ápice de misericordia. Es mi prerrogativa como consumidor.

Pero volvamos a la formulación original de Javier, que es requeteinteresante. Me parece que sí existe hoy un “vino pop” y que existe una analogía clarísima entre él y, por ejemplo, la música pop actual.

A ver, queridos amigos y amigas… Les propuse en la entrega anterior de La otra botella que se leyeran un articulito del 2005 sobre la estética vocal que impera en la canción pop actual. Levanten la manita los que hayan dedicado un ratico a esa lectura… ¡Tan poquitos! Pues a ver si le dedican un momento ahora. Para eso les he repetido el enlace. De verdad es interesante.

Okey. Para aquellos que ni así vencieron la pereza, o que sencillamente no leen inglés, un micro-microresumen: Barb Jungr, vocalista británica, analiza la manera tan similar de cantar que tienen muchísimas de las “estrellas” del pop actual. Como trampolín para sus juicios sobre la endémica extensión de este estilito vocal, Jungr nos propone a los concursantes de ese hiperpopular vomitivo televisivo que es American Idol, porque los aspirantes a “ídolos pop” que en él participan sencillamente emulan una tendencia comercialista ya tremendamente atrincherada. El resultado, ya que estos cantantillos de la tele lo que pretenden es sonar exactamente como “los que venden” es un verdadero desfile de fotocopias.

Jungr lamenta que hoy día los cantantes pop, sean del sexo que sean, cantan todos como adolescentes, el timbre de sus voces sublimado en cada sílaba por un millón de adornitos vocales que parecerían ser obligatorios. Aunque cantan sobre emociones, no se les siente la emoción real entre tanta gimnasia vocal que hacen. Sea de jadeos intentando parecer sexys o de vibratos, melismas y falsetes insertados forzosamente en una gritería histriónica que aspira a pasar por “sentimiento”, impera el sobreadorno en la canción de hoy de un modo que es, al parecer, era tan intolerable para Jungr hace tres años como lo es para mí mientras escribo estas líneas.

Lo grave de la cosa no es el uso o abuso de adornos. Mamarrachos musicales los ha habido desde siempre. No penalizaría yo—por ejemplo—a Beyoncé por su rococó hiperendulzado y ultrarrecargado de vibrato si detrás de éste se discerniera a la mujer de verdad, se sintiera una garra, se nos revelara, por así decirlo, un terroir humano de la cantante. Sin embargo, esto raras veces ocurre con esta chica y tantas otras como ella. Es sumamente cómoda a la vista. Tiene muy buena voz, técnicamente hablando. Pero su acercamiento al material parece depender mucho más de querer asegurar caber en un molde que de sacarle nada interesante a la pieza musical.

Pero Beyoncé, aunque viene al caso, quizás no es la peor de todas. A continuación, dos clips de la misma canción, en boca de intérpretes distintas, una de las de ahora, la otra de las de antes. Consideren esto:

¿Verdad que es magnífica Etta James? Una voz poderosa utilizada con sublime economía para transmitir universos enteros de sentimiento y vivencia.

Ahora consideren lo que hace con la misma canción una de las estrellas más ubicuas del pop actual, Christina Aguilera:

Dice mi mujer que  ver los videos uno tras el otro le da “vergüenza ajena” por la Aguilera. El exceso sobre exceso sobre exceso de adorno superfluo es tan obvio…  Pero eso es lo que hace, si uno se pone a escuchar pop moderno, a una “Gran Vocalista”. Recuerden a Whitney Houston. Recuerden a Mariah Carey. Beyoncé. Esta Aguilera. Tantas otras… Y no digamos nada de las contrapartes masculinas, cuya gimnasia es ligeramente distinta (los melosos suspiros y falsetes del muchachito que confunde “sensitividad” con su total emasculación; las griterías del exigente galán de telenovela traducido al canto, la canción de amor convertida en caricatura—para no quedarnos en gringos nada más, piensen en Luis Miguel), pero no menos ridícula.

El pop de hoy—o al menos este tipo de pop de inmensa difusión y que nos invade a diario por radio, por televisión, por internet, pues sus practicantes no se contentan meramente con cantar, sino que tienen que ser celebrities y tener al mundo pendiente de cada aspecto de sus glamorosas “vidas”—no entiende de sutilezas. Es todo “alta expresión”, por así decirlo.

¿Pueden imaginarse adónde voy con esto? Dirán algunos que hay pop y hay pop. Y yo los secundaré, recordándoles que también hay cosas por ahí que se llaman “vino” y hay vino. Pero eso es ya parte de la próxima entrega.

(Continuará)

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Esto puede ponerse muy interesante…

Enero 17, 2009 · 1 comentario

La próxima semana en La otra botella pienso dedicarla a varias entregas inspiradas por un diálogo con Javier Márquez sobre los paralelismos entre las industrias del vino y de la música actualmente, con énfasis en un concepto de Javier que me ha intrigado mucho: “Vino pop”.

Les propongo. al menos a los angloleyentes entre los amigos que me lean, un poquito de material preliminar, para ir abriendo el apetito e incitando las ideas. Este interesante ensayo del 2005, de la cantante Barb Jungr, lo encontré en Spiked Online,  una peculiar  web británica  con la que tengo buena medida de desacuerdos, aunque de vez en cuando tengo un acuerdo grande que hasta va y me compensa. Creo que los de Spiked y yo compartimos un cierto espíritu subversivo, aunque nuestro modo de ver el mundo difiera. Por lo compartido los considero bastante valiosos. Lo otro, pues, ya veremos…

En el caso de esta pieza de la Jungr, estoy enteramente de acuerdo y me la encuentro tan relevante hoy como hace tres años. Y no es sólo por el estado actual de la música pop, sino porque en el artículo bien pudiese cambiar “música” y “cantantes” por “vino” y “elaboradores” sin que el mensaje perdiera efecto alguno.

Nos vemos la semana que viene. Disfruten la lectura y, si después les apetece, miren este clip con tres grandes vocalistas de las de verdad, para que recuerden a lo que sabe eso…

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¿Goce en la repetición?

Enero 16, 2009 · Dejar un comentario

No es secreto que desde que vivo en Santo Domingo he tenido que volverme leal a un par de marcas de vino. Esto ocurre por el carácter de la oferta vínica aquí. Aunque hay una amplia gama de vinos altamente puntuados por las revistas internacionales y otros no tan premiados, pero aceptables para paladares menos quisquillosos que el mío, me las estoy viendo negras para encontrar cosas verdaderamente interesantes que beber.

De vez en cuando se me cruza algo novedoso, pero lejísimos estoy de aquella prodigiosa promiscuidad vínica que viví en Nueva York. Allá podía pasarme el año entero bebiendo un vino distinto cada día y encontrando una mayoría de vinos artesanales realmente fascinantes. Así era muy fácil llenar el blog con notas de cata.

Pero ahora… No creo que sea muy entretenido para el minúsculo segmento de la enochaladura hispana que me lee dispararse notas de quince botellas consecutivas de Viña Alberdi 2002, por más sabroso que esté el vino y por más bien que maride con muchos platos distintos (anoche lo serví junto a pollo con anacardos y mangetout y se portó requetebién). Igual pasaría con aquel riesling de Georg Breuer (cuyo tapón de rosca parece estarle causando ese extraño efecto que causan los tapones de rosca; ya el vino no tiene tanta garra como hace tres meses y comienza a sentirse ligeramente fatigado). No les diré nada de las ya casi incontables botellas del teroldego 2006 de Foradori, o de las de lo que viene aquí del portafolio de Abbazia di Novacella y Cantina Terlan. Mi relación con todos esos vinos, a base de pura repetición (y aquí se prueba o desprueba aquello de la balada de Prince que decía “There’s joy in repetition…“) es decididamente íntima. Estoy llegando, como hubiese dicho el Rey de la Rumba, a saber donde tiene su lunar María, al menos en cuanto a todos estos vinos se refiere.

Que es mucho preámbulo para desembocar en que hay una marcada carestía de notas de cata nuevas este mes para La otra botella, así que más me vale dosificarlas tal y como he tenido que dosificarme los vinos. Quizás así sea mejor, de todos modos, dándonos oportunidad de concentrarnos un poco más en un número menor de vinos.

Que quede claro, uno a veces se aburre… En esas ocasiones echo mano a las cositas que me he ido trayendo poquito a poco cada vez que he saltado a Nueva York. Como es el caso del Alzinger, Grüner Veltliner Federspiel “Mühlpoint”, Wachau, Austria 2007. Muy perfumado: Verbena, pimienta blanca, pasto recién cortado, agua de lluvia, azúcar pastelera, fruta de pan, limón, manzana verde y algo sutil de alcaravea sobre un atractivo fondo de piedra triturada. De cuerpo intermedio, fresco, puro y jugoso en boca; inmediato y amable de una forma que te engaña, pues tiene un paso de boca tan ágil que bien podría uno  no percatarse de lo complejo que es. Posgusto largo, con buena carnosidad  apretada alrededor de un firme centro especiado y  mineral. Delicioso veltliner para beber ya. Un vino alegre y provocador. Viene bajo tapón de rosca, por cierto.

De vuelta al mercado local… Tras aquel reciente debate sobre el sobreprecio del  “Quimera” de Achaval Ferrer, se me ocurrió que debía volver a probar el malbec “básico”, tercer vino de la bodega, que aquí se vende por veintipico largos de los verdes, que no es ninguna bicoca. Pero mi breve experiencia con muchas de esas jóvenes bodegas que se atreven a sacar segundos y terceros vinos es que tiende a ser mejor quedarse en lo barato. Así pruebas y no te sientes que has botado tanta plata si no te gusta.

Este Achaval Ferrer, Malbec, Mendoza, Argentina 2007 la verdad es que no está mal, aunque me parece muy debatible el precio (que probablemente sea mucho menor en otros lugares, pero que es lo que es donde vivo). Digamos que por veintitantos verdes, podría estar mejor.

En contraste con la del “Quimera”, la contraetiqueta de este malbec es muy parca en detalles, limitándose a un parrafito bucólico sobre que si Mendoza es sol y montaña, bla, bla, bla. Pero nada de datos utilizables. Salvo que el vino viene “sólo” con 13.5% de alcohol. El medio gradito menos que el “Quimera” se agradece en este clima, la verdad.

“Está pesado” y “Sabe a welchito” son las declaraciones inmediatas de Josie, siempre económica y precisa en sus apreciaciones. Con lo de “welchito” mi mujer hacía referencia al jugo  de uvas moradas (o jugo morado de uvas, mejor) mercadeada por la compañía norteamericana Welch’s, algo muy ávidamente  consumido aún por gran cantidad de niños en toda américa. O sea que para Josie decir “welchito” es hablar de vino con perfil goloso, infantilista.

Razón llevaba, porque se trata de un tinto sencillo y plasticón. En la nariz, leve volatilidad trementinesca que se disipa rápidamente para dar paso a una suave nota floral que no deja de recordarme al Misto;in con aroma de “flores frescas” con el que se baldea mi casa cada mañana. A esto siguen frambuesa y cereza negra abundantemente sazonadas con vainilla. Más o menos lo mismo en boca. Pero, dicho todo esto, no me desagrada. Es un tinto fácil, jugosillo, casi sin la más mínima arista. De hecho, el único mínimo punto de agarre que tiene en su redondez es una cierta masticabilidad y  erguidez de nalguitas  en su posgusto.

Ayer, a raíz de lo de los nuevos vinos del cantante Wilkins y en un e-mail,  Javier Márquez me puso a pensar. Me decía—y espero que no se me mosquee por utilizar un mensaje privado como trampolín para el blog—que debía entender precisamente el tipo de vino fácil que es este malbec como “vino pop” manufacturado para las masas, a diferencia de lo que yo considero como vino de verdad—el que me es auténtico y estimulante realmente y a un nivel tan visceral como intelectual. Creo que su punto es validísimo. El problema para mí es que hay pop y hay pop. No es lo mismo MGMT, The Ting Tings o Los  Super Elegantes que Celine Dion, Maroon 5 o Paulina Rubio.

Creo que ese problema, transportado al vino, se manifiesta claramente si consideramos las notas que escribo arriba sobre dos vinos muy fáciles de beber, vinos que cualificarían, si tenemos la mente abierta y definimos laxamente el término, como “vinos pop”.

Claro, estaríamos hablando a un nivel superficial, puramente estético. Pero luego vienen las consideraciones técnicas, los por qués de esa facilidad de beba y las intenciones de un elaborador u otro.

Este es un tema que nos ocupará la semana próxima. Tomen este pedacito de inicio de discusión como un anticipo. Mientras tanto, les dejo con un par de cositas que considero pop y que, sin embargo, jamás descalificaría:

o

o quizás

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Una de mi pasado y de por qué adoro la internet del vino

Enero 15, 2009 · 5 comentarios

He estado leyéndome Everyday Drinking: The Distilled Kingsley Amis. un recientemente publicado volumen que recoge los escritos de Kingsley Amis—autor de una de las novelas que más me marcaron durante mis años universitarios, Lucky Jim, y coautor de uno de mis novelistas favoritos durante esos mismos años, su hijo Martin Amis—sobre beber, estar bebido y la cultura del alcohol.

Cuando ví este librito en una tienda de Manhattan hace un par de meses, enseguida supe que tenía que comprarlo. Contiene un par de ensayos sobre vino cuyo contenido recordaba de los primeros tiempos de mi enochaladura, aunque había olvidado el libro y el autor de donde salieron. Habrán llegado a mí quizás en uno de esos paquetes de fotocopias que te endilgaban en la universidad con “lectura suplementaria” para algún curso.

El humor seco y mordaz de Kingsley Amis le va muy bien a este tema tan mojado. Les traduzco un cachito que me ha parecido casi tan relevante hoy día como en los setentas, cuando circuló On Drinking, el primero de los tres panfletos que componen el libro. Aconseja Amis sobre sumilleres y otros elementos que le sirven a uno vino en restaurantes:

…Ponga aprueba de la siguiente manera al camarero encargado de los vinos cada vez que coma usted en un restaurante: Si lleva una pequeña medalla de plata en la solapa, es mienbro del Gremio de Sumilleres y podría usted estar de suerte. Si al pedirle una recomendación el individuo no muestra interés en lo que va usted a comer, o se refiere al vino meramente por el número que tiene en la lista, envíelo usted derechito al infierno, silenciosa o vocalmente, según prefiera. Si al pedirle un Pommard de 1966 y embotellado por un elaborador en particular  se inclina sobre usted señalando la carta y dice “Ah, sí, una botella del número  65—muy bueno”, no es menos villano, pues ha demostrado que ni siquiera sabe donde están las cosas en su bodega, mucho menos lo que hay de bueno o no tan bueno en él. Si supera estos requerimientos preliminares y usted está de un estado mental relajado y poco exigente, puede elegir permitirle que le guíe. Pero si entonces este camarero o sumiller le trae algo que a usted le parece ordinario para su alto precio o malo a cualquier precio, dígaselo claramente y haga que lo pruebe él mismo (Everyday Drinking, p. 56; mi traducción).

Valiosas nociones, que quizás debiésemos aplicar con más vehemencia hoy día, en esta tan venal y banal cultureta del vino. Puedo pensar en por lo menos una centena de personajes que me han mal servido en restaurantes con los cuales debí ponerme radical en el momento, en vez de irme a internetear después.

Se me ocurre que, como clientes de la industria del vino y, por extensión, de la industria de la restauración, hoy día estamos demasiado dóciles y aguantones. Como consumidores debiéramos ser mucho más militantes y, sobre todo, exigentes.

Valioso libro que les recomiendo de todo corazón. Encima, trae un montón de recetas de cocteles…

En otro orden de ideas que siempre conectará con algo y nos traerá a lo mismo, esta mañana, pasando ya del follón sobre los vinos de Wilkins, me encontré con una agradable sorpresa que me recordó por qué adoro la internet del vino. De repente, pude ver eso que tanto me atrajo la primera vez que entré a un foro de debate: La erudición, la expresión del placer, la congenialidad, el humor… En fin, que si fuese a declarar un gran momento en la comunicación del vino en lo que llevamos de año, sería éste. Eco he de hacer a Sharon Bowman: “Coolest thread ever!

Y para seguirnos alegrando la tarde, un videillo de una canción que no he podido sacarme de la cabeza desde hace media semana ya. No pude encontrar la versión original, pero este remix por Dead Air de “Shining Bright” de los Gramercy Arms (otro tesorito neoyorquino)  tiene mucho encanto fiestero…

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