Viendo el tocho de notas de cata recientes que tengo por transcribir, una me ha llamado la atención y le dedico un ensayito a manera de sondeo espontáneo de opinión.
Entre las canastas navideñas y los regalos que llegaron a mi oficina había mucho vino. Generalmente tiendo a dejar las botellas que vienen en esos obsequios para compartir con el personal de nuestra empresa, pero a veces alguna va a parar a mi casa. Tal fue el caso de una pesadota y de hombros anchos que decía ser de Carmelo Rodero, Crianza, Ribera del Duero 2005. Como ustedes bien saben, Ribera del Duero es una denominación a la que no le tengo mucha paciencia. Nos somete anualmente a un tsunami de vino de una mediocridad despampanante. Tiene un par de bodegas que hacen cosas buenas, pero por lo general ver el nombre de la denominación en una etiqueta casi garantiza que seguiré de largo.
El problema es que Ribera del Duero sigue estando muy de moda por estos lados. Y te regalan botellas…
Yo decidí dar una oportunidad a éste de Rodero, porque así de tonto soy. Puedo asegurar sin temor a equivocarme que la última vez que probé algo de este productor fue hacia 1999, o sea que tras una década, pues, no estaría de más enterarme de en qué andan.
La respuesta corta es que en nada.
Esto declara ser una cuvée de tempranillo con un poquito de cabernet sauvignon envejecida en roble francés y americano, etc., etc., bla bla bla. El color es un cereza renegrido, con un mínimo de transparencia. La nariz es pura Ribera, o sea, aburridísima. Vainillazo esperable, hinojo, leche de coco y dejes entre de trementina y de insecticida; chocolate de leche, chicle de bomba del que venía con las tarjetas de peloteros Topps que coleccionaba en mi infancia y, tras todo eso, jarabe para la tos. En boca entra globular, pesado y goloso. Más jarabe para la tos, que es lo que me trae a la mente ese sabor empalagoso de fruta bonbonesca rematado con un amargor y calor alcohólico harto incómodos. Hubiese preferido que no tuviera posgusto.
Ya, ya, otra nota negativa de Camblor. Eso es tan predecible como un Ribera aburrido, ¿no?
No me terminé una copa de este vino y me produjo una pesadez de cabeza nada agradable. Y aquí es que viene la pregunta del millón. Hoy día, en tiempos de crisis y con los precios que se traen los vinos en la isla en que vivo, no apetece lo de andar tirando muestras por el fregadero de la cocina. Si bien este tipo de vino me resulta impotable, sé que tiene un mercado. Además, me dan ganas de no ser tan botarate. Como encontrar alguien receptivo a quien re-regalar una botella abierta a veces no es fácil, me veo ante el prospecto de hacer algo para dar uso a la botella casi entera restante.
La salida más fácil sería “dejarlo para cocinar”, ahora bien, ¿no era mala idea cocinar con un vino que no me bebería? Como quiera me lo iba a tragar, y los aromas y sabores que me molestaron originalmente probablemente reciban una traducción bastante fiel en el caldero, permeando el plato.
Entonces, las preguntas que quiero dejarles: Si un vino no les sirve para beber, por la razón que sea, ¿cómo justificar echarlo en una salsa o un estofado? ¿Qué hacer con esa botella que sencillamente no nos da la gana de consumir pero que, por la razón que sea, no queremos ya botar por el fregadero?
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