Precisamente por el amor que le he tenido toda mi vida al pop, me siento realmente alarmada por lo que usted correctamente designa como “el pueril sentimentalismo” de la industria del entretenimiento. Mi generación fue educada por una rica gama de cultura popular, desde cine artístico europeo hasta álbumes de rock virtuósicos y vanguardistas. Algo ha dado un giro terrible. El cegador éxito del pop ha engendrado varias generaciones ya de parásitos del pop, que conocen únicamente lo que ha ocurrido justo antes que ellos. La historia artística ha pasado de moda y lo que se usa es la juvenilidad de sonrisita irónica…. Siendo alguien que ha dedicado su carrera (a gran costo para mí) a la pedagogía de las artes, me repele la crecinte banalidad y superficialidad de la cultura pop norteamericana, cundida como está de chiquillas tontas y niñatos insípidos. Existen tremendas oportunidades para logros artísticos, pero eso requiere personalidades fuertes y apasionadas. no posturitas de “mírenme qué chulo soy”.
-Camille Paglia en “Ask Camille” de Salon.com (Mi traducción)
Miren ustedes por donde… De repente estoy teniendo un acuerdo con una de las estrellas académicas que más aborrecía yo durante mi época como estudiante doctoral. Pero me parece que Camille Paglia aquí da justo en el blanco. Igual que Doña Camille (aunque no somos de la misma generación), me crié amando intensamente el pop de mi época. E igual que ella, ahora siento una extraña mezcla de horror, asco y risa ante la basura corporativamente pasteurizada, homogenizada y epiceneada que pasa por “pop” hoy día.
Paseémonos por una tienda de discos, o prendamos el televisor, o vayámonos al cine, o abramos una revista… Nos encontraremos con una procesión de productos formulaicos, carentes de pasión, de originalidad, de “chicha”. Vivimos un momento de insoportable fofera repetitiva y sacarinidad en cuanto a cultura popular se refiere. Me causa mucha ansiedad pensar en que es esta vaina tan desabrida, tan inauténtica y vacía, de lo que participarán mis hijos al crecer. Recuerdo el nombre de una banda de pop de los ochentas tardíos, que sonaba mucho en mi universidad: Pop Will Eat Itself. No puedo menos que preguntarme, ante lo que veo hoy, si de verdad lo hará y cuando…
¿Que por qué esta diatriba?
Pues la vengo anunciando desde hace unos días. Tras aquel post burlón sobre los nombres de los nuevos vinos mercadeados por el cantante puertorriqueño Wilkins, uno de los amigos de este blog y yo iniciamos una interesante conversación por correo electrónico. Este amigo se llama Javier Márquez y comparte conmigo dos importantes pasiones, la música y el vino. Javier me dijo: “En realidad el problema somos nosotros, que vemos al vino de una forma tal vez tradicional o formal, y en realidad esono deja de ser cierto ni válido, pero coexiste también una cultura pop del vino, así como hay pop en casi cualquier otra manifestación. Tal vez lo lamentable, lo que nos pesa (creo que a tí más que a mí) es que ambas manifestaciones (la normal/tradicional y la pop) se llamen ‘vino’”.
Mucha razón tiene Javier en cuanto a que me pesa tener que llamar ‘vino’ a muchos de los productos del complejo tecnoenológico-industrial que se venden actualmente. Parte el alma el asalto a la dignidad que representa para un vino de verdad—uno elaborado natural y artesanalmente, que refleja clara y elocuentemente su terruño y las idiosincrasias personales de su hacedor—el ser forzado a compartir categoría con cualquier tecnopotingue de los de levaduras de diseñador, tratamientos enzimáticos, osmosis inversa, MegaPurple, chips de roblazo nuevo y quién sabe qué más que haya pedido el departamento de marketing. Lo estoy diciendo para que se entienda. Hay cosas que pasan por ‘vino’ hoy que a mí me cuesta mucho reconocerlas como vino.
¿Me convierte este rechazo tajante del enoproducto tecnológico en un elitista o en un retrógrado ludita insoportable? Pues amén. Lo soy. No me da la gana de alterar mi definición de vino y me reservo el derecho a juzgar lo que hay en la copa sin el más mínimo ápice de misericordia. Es mi prerrogativa como consumidor.
Pero volvamos a la formulación original de Javier, que es requeteinteresante. Me parece que sí existe hoy un “vino pop” y que existe una analogía clarísima entre él y, por ejemplo, la música pop actual.
A ver, queridos amigos y amigas… Les propuse en la entrega anterior de La otra botella que se leyeran un articulito del 2005 sobre la estética vocal que impera en la canción pop actual. Levanten la manita los que hayan dedicado un ratico a esa lectura… ¡Tan poquitos! Pues a ver si le dedican un momento ahora. Para eso les he repetido el enlace. De verdad es interesante.
Okey. Para aquellos que ni así vencieron la pereza, o que sencillamente no leen inglés, un micro-microresumen: Barb Jungr, vocalista británica, analiza la manera tan similar de cantar que tienen muchísimas de las “estrellas” del pop actual. Como trampolín para sus juicios sobre la endémica extensión de este estilito vocal, Jungr nos propone a los concursantes de ese hiperpopular vomitivo televisivo que es American Idol, porque los aspirantes a “ídolos pop” que en él participan sencillamente emulan una tendencia comercialista ya tremendamente atrincherada. El resultado, ya que estos cantantillos de la tele lo que pretenden es sonar exactamente como “los que venden” es un verdadero desfile de fotocopias.
Jungr lamenta que hoy día los cantantes pop, sean del sexo que sean, cantan todos como adolescentes, el timbre de sus voces sublimado en cada sílaba por un millón de adornitos vocales que parecerían ser obligatorios. Aunque cantan sobre emociones, no se les siente la emoción real entre tanta gimnasia vocal que hacen. Sea de jadeos intentando parecer sexys o de vibratos, melismas y falsetes insertados forzosamente en una gritería histriónica que aspira a pasar por “sentimiento”, impera el sobreadorno en la canción de hoy de un modo que es, al parecer, era tan intolerable para Jungr hace tres años como lo es para mí mientras escribo estas líneas.
Lo grave de la cosa no es el uso o abuso de adornos. Mamarrachos musicales los ha habido desde siempre. No penalizaría yo—por ejemplo—a Beyoncé por su rococó hiperendulzado y ultrarrecargado de vibrato si detrás de éste se discerniera a la mujer de verdad, se sintiera una garra, se nos revelara, por así decirlo, un terroir humano de la cantante. Sin embargo, esto raras veces ocurre con esta chica y tantas otras como ella. Es sumamente cómoda a la vista. Tiene muy buena voz, técnicamente hablando. Pero su acercamiento al material parece depender mucho más de querer asegurar caber en un molde que de sacarle nada interesante a la pieza musical.
Pero Beyoncé, aunque viene al caso, quizás no es la peor de todas. A continuación, dos clips de la misma canción, en boca de intérpretes distintas, una de las de ahora, la otra de las de antes. Consideren esto:
¿Verdad que es magnífica Etta James? Una voz poderosa utilizada con sublime economía para transmitir universos enteros de sentimiento y vivencia.
Ahora consideren lo que hace con la misma canción una de las estrellas más ubicuas del pop actual, Christina Aguilera:
Dice mi mujer que ver los videos uno tras el otro le da “vergüenza ajena” por la Aguilera. El exceso sobre exceso sobre exceso de adorno superfluo es tan obvio… Pero eso es lo que hace, si uno se pone a escuchar pop moderno, a una “Gran Vocalista”. Recuerden a Whitney Houston. Recuerden a Mariah Carey. Beyoncé. Esta Aguilera. Tantas otras… Y no digamos nada de las contrapartes masculinas, cuya gimnasia es ligeramente distinta (los melosos suspiros y falsetes del muchachito que confunde “sensitividad” con su total emasculación; las griterías del exigente galán de telenovela traducido al canto, la canción de amor convertida en caricatura—para no quedarnos en gringos nada más, piensen en Luis Miguel), pero no menos ridícula.
El pop de hoy—o al menos este tipo de pop de inmensa difusión y que nos invade a diario por radio, por televisión, por internet, pues sus practicantes no se contentan meramente con cantar, sino que tienen que ser celebrities y tener al mundo pendiente de cada aspecto de sus glamorosas “vidas”—no entiende de sutilezas. Es todo “alta expresión”, por así decirlo.
¿Pueden imaginarse adónde voy con esto? Dirán algunos que hay pop y hay pop. Y yo los secundaré, recordándoles que también hay cosas por ahí que se llaman “vino” y hay vino. Pero eso es ya parte de la próxima entrega.
(Continuará)