Lo peor de la industria disquera actual, si vamos a llegar al nivel más elemental, es una patológica falta de dirección causada por una aún más patológica falta de imaginación. Como bien dice Barb Jungr en su artículo del 2005 con el cual tan de acuerdo estoy, es poco el esfuerzo que dedican las disqueras de hoy a desarrollar artistas—en el sentido de ayudarlos a encontrar su propio estilo, a manifestar lo que tienen de especial, lo que los hace únicos. Hoy, la ley del menor esfuerzo corporativo dicta que hay que enfocarse en “lo que vende” y hacer más de lo mismo. Se presupone una inexhaustible voracidad del mercado por el mismo tipo de producto. Y allá van los clones de la estrella del momento, uno tras otro…
Anoche me abrí una botella de las que me habían llegado como regalo navideño. Era de un chardonnay chileno. Como estaba pensando ya en esta segunda parte de mi ensayo sobre el “vino pop”, me pareció un excelente momento para probar este producto, a ver si desmentía mis suposiciones y postulados.
No lo hizo. De mi copa emanaban aromas de palomitas de maíz bien enmantequilladas, coctel de frutas de lata y algodón de azúcar. En la boca el vino era goloso, fláccido, con una notoria falta de agarre. Tenía toda la complejidad de un chicle-bomba. Aunque exhibía “fruta” y “roble” como adornos obligatorios y poseía un peculiar equilibrio de producto industrial estandardizado—aunque hacía los ruidos a esperarse en el paradigma internacional de “chardonnay”—y, encima, hasta se dejaba beber, me dejó pensando que detrás de los adornos no había nada.
Más o menos como me pasa cuando me obligan a escuchar a uno de esos horripilantes “baladistas” o “salseros” latinos de ahora. Ya saben, los “románticos” con canciones asexuadas por lo babosas, pero que no obstante son todo “atrévete” y “una noche de locura”—esos eternos muchachitos jadeantes y gimientes a los que les encanta profanar el repertorio de los boleros clásicos para dejarlo a uno sintiéndose sucio tras oir lo que hacen con él. Lo digo hoy como lo he dicho siempre: ¡Chapurrear sacarinamente el cancionero de Agustín Lara no confiere automáticamente legitimidad como cantante!
También más o menos como me pasa al ver ese espeluznante bastardeo que hace Christina Aguilera de “At Last” en uno de los videos que acompañó mi última entrada.
Y también más o menos lo que me pasa cuando escucho ad nauseam en la radio o la tele a cualquier niñata britneyspearesca cuya voz, si así puede llamársele, es un mejunje de griticos, suspiros, susurros y nasalidades manipulado en el estudio para hacerlo tonal y semicohesivo. Más o menos lo que me pasa también con X número de “artistas de rock”, británicos, norteamericanos, latinos o lo que sea… Armonías de sobrecito sobre guitarras más de latica y vocalistas a los que les han indicado que cantar como Richard Marx es algo deseable…
Dirán que me ensaño demasiado con un par de tipos de vocalistas y que ellos no son todo el pop. Verdad es. Igual hay basura formulaica en los repertorios del “rock alternativo”, el “hip hop”, el “country”, el “R & B” que auspician las grandes disqueras actuales (el colmo del cinismo es que esas mismas megacorporaciones del entretenimiento se la pasan creando subsidiarias “boutique” con nombrecitos alternativoides, por lo de seguir copando market share. Son instantáneamente reconocibles estos productos corporativos insertados en géneros “de nicho”. Los hay en inglés, en español, en francés, en alemán, en italiano… Todos igualitos. Como son tantos y tan intercambiables, es imposible no pensar en ellos como algo ubicuo.
Usualmente en este punto los defensores del pop corporativo actual, igual que los del tecnovino corporativo actual, alegarán que el inmenso público que consume, digamos, discos de Cristian Castro y botellas del chardonnay del que les hablé hace un momento, justifica enteramente el tipo de producto como “de calidad”. Además, me soltarán con aire de superioridad moral aquello de De gustibus… Quizás me dirán que lo que tengo que hacer es “vivir y dejar vivir”. La música y el vino corporativos tienen derecho a existir y yo, despotricando contra ellos, soy minoría.
Tomemos la conclusión a la que llegó mi apreciado Javier Márquez en nuestro intercambio. Me dijo: “…Lo que te choca en la cabeza (y a ti más que a mí) es que [al tecnovino corporativo] se le llame vino. Y por lo que te leo, me da la sensación de que uno de tus mayores miedos es que mañana toda la industria se transforme en esa degeneración”.
Exacto.
He querido hacer estas entradas osbre pop y vino algo en plan escrito-cual-pensado; con lagunas, con tropezones lógicos, con referencias intertextuales sin las cuales pudiera cualquiera sentirse un poco perdido y dudar de mi cordura. Lo he hecho adrede. En estos tiempos en los que tanto nos viene empaquetadito en colores brillantes, estandardizado, predigerido y con bono-premio incluido, he pretendido ponérmeles un poquito difícil, a ver… Dogamos que este blog a veces quisiera ponérseme muy radical, muy anti-pop. Pero luego voy y reconsidero. Voy y “me abro a la posibilidad”. Voy y le tengo paciencia a uno de esos que viene a decirme que si gustos y colores.
Lo terrible es que en un mundo tan inmediatamente conectado e hipercorporativizado como el nuestro, sí existe un grave peligro de que nos secuestren la definición de “vino” y no volvamos a entenderla más nunca. El billete, real o virtual, no lo podrá todo. Pero es acojonante lo mucho que puede. Aunque existan artistas de la canción o el vino de integridad hasta ahora irrefutable, que insisten aún en conservar su autenticidad y hace música o vino de verdad, que manifiesta en vez de embobar, ¿qué nos hace pensar que las circunstancias del mundo no conspirarán para impedirles hacer lo que hacen? ¿Por qué hemos de tener fe ciega en que no vendrá alguien un día que los pillará aburridos y les ofrecerá suficientes villas y castillos como para que las ideas dejen de importar? Y peor aún, porque no me parece particularmente justo poner el peso de mi duda solamente sobre los artistas y elaboradores de vino: ¿Qué tal si llega un momento en que la mentalidad homogenizante obtiene hegemonía total sobre los canales de distribución? ¿Qué tal si a las tiendas donde compramos vino o discos ya sencillamente no llegan más que aquellos discos o vinos sancionados por los hacedores de gusto masivo? ¿Qué tal si, en una perversión irónica de la globalización, se crean nuevos ghettos artísticos, o vinícolas, o gastronómicos, a los que el acceso se nos comienza a hacer económicamente prohibitivo? Para no perder la cruel perspectiva de las cosas, dénle mente a esto.
Por poder imaginar fácilmente todas estas distopías y cien maneras perfectamente lógicas de implementarlas, querido Javier y queridos amigos, es que me pongo como me pongo. Consideren la cabeza del clavo debidamente golpeada. Pensar el momento en que impere completa y absolutamente la mediocridad que alimenta los gustos del mínimo común denominador es algo que me aterra, precisamente porque puedo pensarlo.
Ya, ya… Enfriémonos un poquito. Quizás estoy siendo demasiado fatalista. La rebeldía, por suerte, es algo inherente en el ser humano. Podemos vivir el momento, pues aún queda quien nos dé una copa de vino sabroso, real y elocuente. Aún quedan hombres y mujeres que nos cantarán una canción con todo y asperezas, que no temerán que nos ahuyente la acidez de sus letras, que no considerarán que la falta de vibrato al cantar esa línea le resta impacto, que no se sentirán obligados a arrebatos de coloratura melodramática porque si no “falta color…” Todo está en que los rebeldes, los que hacen vino, música, libros, arte de verdad al margen de la mentalidad corporativo-globalista no le pierdan las ganas a su asunto.
También quizás está en que haya una gran concientización, en que la gente… Pero no, que no lleva a nada bueno eso de ponerse a esperar que “la gente” como colectivo haga nada.
Enfriar. Aligerar. Por el momento les dejo los éxitos “pop” de mis dos bandas favoritas de toda la vida. Para recordar lo que alguna vez me enamorara del pop…
Antes de la desintegración, The Clash:
Y un trocito de puro genio, cortesía de Talking Heads:
¿Considerarían ustedes ridículo añorar un momento histórico en el que canciones como éstas pudieron tener inmenso éxito comercial?
(Concluye en la próxima entrega)



