La otra botella

Pop. Vino. Y “vino pop”. (y 3)

Enero 23, 2009 · 13 comentarios

Si es destilable el mensaje de esta diatriba a “No al tecnoenomamarracho y la esperpéntica canción, igual de corporativizados y formulaicos ambos”, ¿entonces por qué he escrito tanto?

Patricio Tapia, en un enigmático comentario a propósito de la primera parte de este tema, me sugiere que “escribo demasiado” y pregunta si eso es una suerte o una enfermedad. Le he dado mente al asunto y puedo decir que ninguna de ambas. Es un imperativo. Es como me sale esto. Si me pusiera a escribir menos porque puede molestar a algún segmento del público tener que leer mi profusión de material, o si fuera a alterar mi estilo sencillamente porque “los blogs exitosos” son así o asá, caería en lo mismo que esos cantantes y tecnoenólogos que acuso. Sería esclavo del comercio en vez de esclavo del arte.

Lo bueno de no tener ni la más mínima intención de ganarme la vida con lo que escribo es que puedo contraponer a cualquier imperativo mercantil el imperativo medalaganario.

¿Que a qué viene este interludio sobre propósitos personales? Pues, precisamente, al asunto de la personalidad del artista expresada a través de su obra, sea ésta una canción, un vino, un libro, o quizás un blog.

Le robo a mi amigo SobreVino una entrada de su blog.

Digo “le robo” porque no me ha dejado más remedio que llevármela entera, tal milagro de economía lingüística es. Se compone únicamente de una cita de Víctor de la Serna: “Estamos en un momento en el que va a importar casi más la personalidad que la calidad.”

Puede que sea cosa de tener una línea sacada del contexto de una charla, pero no creo que sea yo el único a quien le resulte curiosa la oposición de “personalidad” a “calidad”, con la consiguiente implicación de que ambos términos son mutuamente excluyentes. Invitaría a Víctor a explicarnos esto, pero como no me habla, no creo que se digne venir, asé que hemos de quedarnos especulando.

Hay un sonsonete en cuanto a la industria actual del vino que ya se ha convertido en cliché mediático. Pocos son los artículos sobre el estado de la industria hoy día que no lo repitan; menos aún son los debates acerca del tema donde no te salga uno con esa oracioncita:  “Nunca antes hubo tal cantidad de vino de calidad proveniente de tantas regiones distintas”.

No hay que buscarle mucho la vuelta. Si hablamos de calidad en términos de vinos que cumplen con un conjunto predeterminado de  parámetros, sin importar como lo hacen, pues es así. Hay mucho vino por ahí que es técnicamente irreprochable, pero que, sin embargo, a la hora de los mameyes, falla en cuanto a estimular los sentidos y el intelecto más allá del impacto primario. Este tipo de vino viene “completamente equipado”, con todos los periquitos que “el público demanda” en un vino “de calidad”. Lástima que su “calidad” ocurre en base a ser exactamente idéntico a otros cientos de miles de vinos.

La noción de “calidad” imperante en la industria post-agraria del vino hoy día—al igual que la imperante en la música pop del mainstream corporatista—tiende a crear producto en base a estrategias de mercado, en vez de en base a lo que da la naturaleza. Así, tiende a perderse ese  “grain of the voice”—laxamente traducible a “‘veta’ de la voz”—que hace la expresión de un vino, como la de un vocalista, única y especial.

Dirán algunos que lo que propone Víctor de la Serna satisface precisamente a alguien como yo, que busca vinos y música únicos, especiales—con personalidad. Pero se me queda la espinita… ¿Por qué aislar “personalidad” de “calidad” en ese dictamen? Queda implícita en eso una cierta admisión de falta de personalidad en los enoproductos que hasta ahora nos han ocupado y que ahora “el mercado” comienza a dejar de lado, ¿no? ¿Acaso se pone en riesgo a la “calidad” por ceder el  énfasis en  la “personalidad”?  El resultado, en el mejor mundo posible, de que las industrias del vino y la música repentinamente dejasen florecer las personalidades de una infinidad de artistas, terruños y vinos sería, al menos como lo veo yo, una feliz anarquía. Pero habría que ver hasta donde llega la cosa sin que se imponga el instinto del plan de marketing que va dizque “a la segura”. Como siempre, hay más preguntas que respuestas.

Hacer vino o música a partir de sondeos de opinión, basados en una idea necesariamente estrecha de “lo que piden los consumidores” es algo que—al menos como yo lo veo—atenta directamente contra la personalidad. Si los marcadores de “calidad” son fijos, necesariamente sucederá que todo el que aspire a “calidad” tendrá que basar su trabajo en alcanzarlos y nada más. Ahí muere la creatividad, la originalidad, la tensión. Ahí divorciamos el vino o la música de la posibilidad de ser arte.

Creo que la mejor manera de concluir esta—ya bastante larga—reflexión es pensando en buenas cosas, en buenos momentos. Les puse el otro día un video de la etapa más “pop” de The Clash. En ese video la tensión y la  energía son evidentes y contagiosas. Ya no estamos ante una banda categorizable como “punk”, sino ante artistas con un  indiscutible atractivo pop basado precisamente en esa energía. Piensen en Bill Haley, Chuck Berry, Buddy Holly, Elvis Presley, los Beatles, los Stones… En todos ellos, el atractivo pop viene de la energía, no de pretender diseñarse éxitos a base de fórmulas comerciales preestablecidas. Todos hubieran sido descalificados en American Idol, estoy seguro.

¿Es demasiado pedir algo así hoy? En los grandes artistas del pop, como en los verdaderos grandes vinos, la personalidad es el origen de la calidad.

Ponderemos esto con buen pop actual, que de que lo hay, lo hay… Por ejemplo, Mates of State:

O esos sublimes hijos del Brooklyn nocturno, 33Hz:

O quizás estos chicos ingleses que tanto me gustan desde hace un par de años y cuyas canciones se te pegan y no te sueltan:

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