Ya, ya, que llevo unos cuantos días de mucho argumento, mucho chisme y poca nota de bebienda… Pero eso enseguida se remedia echando mano a la libreta negra donde apunto el beber diario de casa.
Un rescate de mi bodega neoyorquina en el último viaje fue el Prager, Riesling Federspiel “Weissenkirchen”, Steinriegl, Wachau 2000. La botella era de un lote comprado en remate, de una tienda donde sencillamente tenían que salir de él a un precio sumamente ventajoso para mí. La compra fue hace ya varios años y desde entonces he venido probando botella tras botella, siempre con el mismo resultado: Un vino angular, de gran tensión, pero sin dejar de tener un peculiar encanto.
Esta botella—que si no es la última es la penúltima de la caja que adquirí—resulta ser la méjor de todas hasta ahora. Bonito color de oro pálido con destellos verdosos. Una nariz compacta, pero compleja. Aromas de flores frescas, agua de lluvia, pulpa de naranja, limón, plátano verde, cera, humo y pedernal. Con el aire, la mineralidad se va haciendo cada vez más poderosa y adquiriendo matices. En boca es firme, con una sabrosa mordida cítrica que conduce a melocotón blanco, miel y una tremenda mineralidad. Largo. Joven. Apretado de posgusto. Aunque no es de particularmente gran concentración, es un vino sustancial y muy interesante, que aún podría dar más de sí con unos cuantos añitos de botella.
Ah, antes de que se me olvide y por lo de avivar un poco los chismes de entradas previas: El vápido chardonnay chileno del que les hablaba en el segundo capítulo de mi saga sobre el “Vino Pop”, por lo del full disclosure, era el Montes, Chardonnay “Classic Series”, D.O. Valle de Curicó, Chile 2007. Ya no se pueden quejar de que me ando con inuendos y cosas así. Poco más puedo decir aquí sobre este tecnovinito industrial y anodino, o sea que los que quieran más señas, vean el artículo anterior. Eso sí, me encantaría saber qué diferencia a esta “Classic Series” de algo que sea quizás más “Avant-garde”, o como le llamen los de Montes…
Lo que no les conté fue que esa misma noche abrí también una botella que me quedaba del Cantina Terlan, Chardonnay “Kreuth”, Alto Adige 2006, un vino del que ya he hablado ampliamente en La otra botella, pues goza de la distinción de ser uno entre un mero puñadito de blancos potables disponibles a nivel local. La nariz de esto es de pequeña escala, aunque con ciertas aspiraciones: Turrón de Alicante, flan de limón, cera, flores silvestres y polvo de cantera, todos sutil pero claramente expresados. No le haría ascos si fuese un borgoñita básico, digamos… En boca es amplio, afrutado y especiado, definitivamente menos tímido que en la nariz. A medio paladar se combina aquello del turrón con un inesperado aspecto que me hace pensar en bórax. Buen largo, aunque sufre de la tediosidad de tantos chardonnays modernos. Definitivamente no es un vino estimulante para mí, pero se deja beber.
Celebrando la toma de posesión del Presidente Obama me abrí una botella que sobró de la despedida de año. Fue Taittinger, Brut Réserve, Champagne NV lo que bebimos en Nochevieja, pero siendo la ocasión lo que era, lo de tomar notas de cata me parecía harto impropio. En casa, claro, el juego es distinto. Buen mousse y burbuja fina. Generosa nariz de brioche tostada y almendras, naranja en conserva, jengibre, talco y un no-sé-qué de caldo de pollo recién hecho. Cremoso en boca y muy afrutado, con aspectos de jalea de limón, naranja y pera. Crece en el paladar medio hasta un punto que resulta un tanto desconcertante, pues le resta elegancia al conjunto. Pero el posgusto es largo y tiene sabrosas notas salinas, además de excelente acidez y una buena veta mineral. Esa gordura de medio es el único defecto que le veo. ¿Habrá algo de vino canicular en la cuvée? Quizás eso lo explicaría. Retrospectivamente, su mayor virtud es que pasé toda la despedida de año bebiendo copa tras copa de esto (y nada más) y no amanecí al día siguiente con la habitual resaca mortal que acompaña siempre para mí al día de San Manuel.
Hablando de espuma y pensando en aquella historia sobre el brindis de prosecco que supuestamente hiciera el Presidente Obama el día de su investidura—historia que fue retirada de Decanter.com—, también abrí recientemente con unos piscolabis un Val d’Oca, Brut, Prosecco di Valdobbiadene NV que me recomendaron en una de las tiendas que frecuento en Santo Domingo. Agüita de limón con burbujas más bien gruesas y alguna que otra cosilla mineral elevando el posgustín. Por lo menos no se le nota tanto el dosage, algo que me espanta muy a menudo a la hora de beber prosecco. Eso sí, aunque me gusta el diseñito minimalista del etiquetaje, puntos menos en packaging por esa freixenética botella negra.
Hasta aquí, una tandita de blancos. A veces el placer de bloguear es discreto, como el del noche a noche doméstico. Te contentas con que no haya disgustos.”Como tributo a esa domesticidad, para ustedes, una de Mates of State. Llegas a casa con tu mujer y la cosa toma su propio rumbo…