Archivo mensual: febrero 2009

In memoriam: Teobaldo Cappellano

Acabo de leer en el blog de Lyle Fass que ha fallecido un gran viticultor y elaborador de vino, un hombre cuyo pensamiento y obra marcaron a muchos amantes del vino de verdad, el vino hecho como manda la naturaleza. Entre esos amantes del vino de verdad me cuento a mí mismo. El hombre de quien les hablo fue Teoblado Cappellano.

Recuerdo aquella vez que, con motivo de la centésima entrega de mi blog antiguo, alguien me pidió que presentara una revisión de mi manifiesto. Mucha gente pareció sentirse desencantada por no hallar grandes cambios entre la primera versión de ese escrito y la “nueva”. Yo, sin embargo, estaba consciente de un gran cambio, que fue la inclusión de palabras redactadas por el mismo Teobaldo Cappellano. En las contraetiquetas de sus botellas ponía el siguiente anuncio:

“A LAS GUIAS DE VINO, HABLANDO HUMILDEMENTE: En 1983 le pedí al periodista Sheldon Wasserman que no publicara puntuaciones de mis vinos. No solamente no publicó puntuaciones en su libro Italy’s Noble Red Wines, sino que también escribió que yo le había pedido que no me incluyera en ninguna clasificación en la que la comparación se hace en términos numéricos divisivos, en vez de expresar una labor humana compartida. No he cambiado de parecer. Mi pequeña finca, que produce sólo 20,000 botellas de vino, sólo interesa a un pequeño número de clientes amigos. Creo en la libertad de información, aún cuando se trata de juicios negativos. Pienso en mis colinas como un territorio anárquico, sin inquisidores ni facciones opositoras, cuya riqueza inherente se ve estimulada por crítica pensante y severa. Busco una comunidad que sea capaz de expresar solidaridad aún con aquellos que no hayan sido bien compensados por la Madre Naturaleza.”

La gente así va desapareciendo del mundo del vino. Esperemos que la inspiración que deja tras de sí nos siga propulsando a mejores cosas, sobre todo a ser esa “crítica pensante y severa” que nunca deja por ello de ser amiga. En ese espíritu leí con entusiasmo la última noticia sobre las actividades de Teobaldo Cappellano en vida. Fue una de las voces de la razón en el terrible escándalo que envolvió a Brunello di Montalcino el año pasado. No era su región, pero supo brindarle su sabiduría.

Me siento triste, pero a la vez sonrío. Aunque nunca le conociera personalmente. Sus vinos me hicieron pensar que le entendía claramente. La pena da paso al deseo de celebrar la memoria de uno de los grandes hombres del vino.




Cositas y cosotas: 20.02.2009

Los e-mails noticiosos que me llegan últimamente de Decanter.com son todos como para inspirar fatalismo, o quizás Schadenfreude… Otro me ha hecho preguntarme exactamente cuan imbéciles pueden llegar a ser algunos.

Fatalismo por lo de la baja en las ventas de rioja, pues porque hay que analizar bien los derroteros por los que andan los números. Quizás el hecho de que los más pronunciados declives sean de las cifras de grandes reservas y reservas indica la posibilidad de que estas clasificaciones se hagan vulnerables a nuevos ataques en nombre de competir globalmente. Cosas que ponderar.

Schadenfreude, o sea, el viciosillo placer ante el infortunio ajeno, porque nadie se merece más que la putocracia deluxe de Burdeos el que se les reviente de una buena vez la burbuja.

Y lo de los imbéciles, pues, porque puedo imaginar que vuelva a estar de moda la guillotina si esos organismos gubernamentales franceses del artículo se salieran con la suya.

Como si no fueran lo suficientemente deprimentes las noticias internacionales del vino, pues les reporto alguillo que me dijeron en el emporio de un importador-distribuidor-detallista local de Santo Domingo: “Aquí la gente lo que quiere son tintos que les agarren la boca, ¿sabes? De 14 y medio porciento para arriba…” Esto a propósito de que el otro día ofrecieron una tanda de blancos en cata gratuita abierta a la clientela y ni caso les hizo la dilecta.

Puede que yo haya venido a parar al lugar equivocado, después de todo.

Copio y pego una nota de cata que se me quedó “suelta” en un borrador, solita. Es de hace como semana y media y no sé por qué no llegué a publicarla, ni recuerdo ahora el artículo que la ponía en contexto…

Albert Boxler, Riesling Grand Cru “Brand”, Alsacia 2001: Un vino grande, pero sencillo, directo y con una dosis generosilla de dulzor. Mandarina, piña y un acento de limón amargo en un marco cremoso y especiado. En el paladar medio el aspecto de especias se saliniza y exotiza, desembocando en algo que no deja de recordarme a garam masala. Encima, lo de la cremosidad me hace pensar por momentos en leche de coco y puedo explicarme un irresistible deseo de maridar esto con comida hindú. En el posgusto hay buena acidez, pero la mineralidad resulta bastante difusa, desenfocada. Es un vino interesante si uno se queda en la superficie, pero trivial si uno se pone a buscarle fondo.

Para archivar bajo la rúbrica de “¡Mira que jode la gente!”, lo que le pasó a mi querido Joan Gómez Pallarés en su DE VINIS CIBISQVE con alguien que insertó comentarios un tanto conflictivos sin querer revelar su identidad. Lo que yo siempre digo:  Quien se quiera resguardar tras de nombretes o preservar el anonimato en un foro dedicado a la convivialidad no es alguien digno de ese foro.

Ah, y chequeen esta nueva iniciativa de mi buen amigo Lyle Fass: La WineEpedia. Desde hace tiempo se vienen intentando cosas similares. Claro, ninguna la ha montado alguien a quien yo aprecie como aprecio a Lyle, o sea que de ahora en adelante  ésta es la que vale…

También ah… Atención Patricio Tapia, que este fin de semana parto hacia aquella antigua ciudad mía que tanto extraño. Estaré en Nueva York una semanita, sometiéndome a una batería de exámenes médicos (pura rutina de viejo diabético) y recargando pilas a base de comida y vino de verdad. Con suerte, Don Patricio y yo coincidiremos.  Volveré, seguramente, con muchas historias que contar.

A ver si tengo tiempo mañana y les cuelgo otra entradilla más antes de marchar. Mientras tanto, algo de lo que se oye por acá esta semana. Aunque The Rosebuds no son neoyorquinos, el video está muy apropiado (significativamente, esa estación de metro queda a escasas tres cuadras de mi viejo apartamento en Manhattan):

La crisis: ¿Qué hay de la madera?

Andaba dando mi brujuleada rutinaria por diversos blogs amigos y me resultó curiosa una entrada de mi querido amigo I.G. Legorburu en su Baba O’Wines. Iñaki protestaba por el abominable exceso de madera de un Astrales 2004 (puedo dar fe de dicho exceso, habiendo sido no hace mucho víctima de una despistada oferta catatoria de dicho producto), lo que provoco algunos comentarios sobre el abuso de madera, tema harto trillado, pero aún con su juguito que sacarle.

Es que, de todas las pendejadas derrochadoras de las que ha sido culpable la industria del vino en los últimos veinticinco años (más o menos, no me vayan a linchar por inexactitud), probablemente la más idiota ha sido la fiebre de la barrica nueva—en particular de la barrica francesa nueva.

Por coincidencia, el sábado ví un reportaje en CNN sobre un par de compañías en Nueva York que—a diferencia de la vasta mayoría de empresas norteamericanas—no sólo estaban sobreviviendo durante la crisis económica, sino que se las estaban arreglando para continuar prosperando. ¿El secreto? Pues algo sumamente obvio: Cortar costos para poder pasar el ahorro a la clientela y controlar el crecimiento. Pero sobre todo, pues era lo que reiteraban los representantes entrevistados, cortar costos.

Seguro que ya se imaginan por donde voy con esto.

La industria del vino ha operado en un espíritu de  “exuberancia irracional” que son incompatibles con la actual coyuntura económica que vive el mundo. Se ha llegado a tratar el vino como un producto de lujo que “aguanta lo que le metan” y se han impuesto ciertos requerimientos para el “triunfo comercial” que no están necesariamente de acuerdo con la realidad. Uno de ellos es el de la madera, mucha madera.Y nuevecita, claro está. Porque si no es nueva la barrica, pues, eso es antihigiénico y de menos cachet, hombre…

La barrica nueva, o al menos el aroma a barrica nueva, se convirtió en sine qua non del vino de fin y principio de siglo. Como se vivía una auténtica danza de los millo—mejor dicho, del desmadre crediticio megamillonario, pues se valía pasar los costos de tanta madera nueva al consumidor, que parecía dispuesto a pagar con gusto lo que le requiesen. con tal de probar el último vino de moda. Así, mucha tonelería se forró. A US$600, 800, 1000 por barrica, no era para menos.

Pero, ¿y ahora? No dejo de leer noticias sobre ventas de vino que caen en picado. No dejo de oir rumores de bodegas panza arriba. No dejo de inferir cositas y cosotas de todo lo que leo y oigo. ¿Será posible que el modelo enológico que ha reinado en los últimos años pueda sostenerse sin que los costos de tanta madera causen serios estragos a las bodegas?

Puede que haya llegado el momento de despertar, de suspender la paja mental y adoptar un modelo comercial más modesto para el vino. Quizás no sean las constantes quejas de aquellos que estamos hartos de tanto gusto a barrica nueva y tanto tanino secante lo que provoque un cambio, sino la economía mundial misma.

Y no estaría mal que nos concientizáramos también del costo ecológico de tanta tala, tanto proceso y tanto transporte para generar la inmensidad de barricas que requiere esta industria del vino que abarca el globo.

No que esté yo opuesto tan tajantemente al uso de barricas nuevas para la crianza del vino. De hecho, si lo pensamos nada más a la ligerita, toda barrica fue nueva alguna vez. Pero la tendencia a regímenes de roble nuevo al 100% o más es algo cuyo tiempo debiera tocar a su fin. Vamos, si sólo por un poquito de responsabilidad fiscal…

¿Se imaginan que estemos al borde de una era de vinos con menos predominancia maderera? ¿Se imaginan que la industria se diese cuenta de que hacer mejores vinos cuesta menos que hacer los potingues ebanísticos que muchos han estado elaborando?

Claro, llegar a esa conclusión y tomar las acciones apropiadas requeriría una lucidez y un espíritu de cambio que vastos sectores de la industria del vino han sido notorios por no exhibir hasta ahora. Conociendo como es mucha gente, en pos de abaratar las cosas y recortar costos quizás, en vez de alargar la vida de las barricas, haya un “boom” de la viruta, el extracto de roble y todos esos truquillos para “emular”  aromas de roble obtenidos a base de crianza en barrica.

Hombre de poca fe soy. Espero siempre lo peor, a ver si me sorprenden con algo bueno… Y pensando yo en modelos de economía, o en hacer mucho con lo menos posible, me viene a la mente Gavin Castleton, un compositor de inmenso talento que hace precisamente eso. Me cuentan que tiene un nuevo álbum ya en la calle, aunque este clip es de hace ya un par de años:

Otra más: ¡Basta ya!

Misa breve de lunes por la mañana para ventilar otro de mis hartazgos…

Hace ya como quince años me incorporé a un grupo de cata en Filadelfia. En aquellos tiempos hacía yo mi doctorado en una prestifiosa universidad de esa ciudad y, como buen estudiante doctoral, andaba bastante apretado de presupuesto. Un día me encontré con una chica que compartía mi entusiasmo por el vino y me presentó a varios de sus amigos, que participaban en ese grupo de cata. Me invitaron y, como nunca había pertenecido a algo así, pues fuí. Era una buena oportunidad de probar muchos vinos sin gastar tanto.

El grupo tenía un líder manifiesto, en cuyo apartamento nos reuníamos. Era un tipo con cierto espíritu competitivo que lo llevaba a comportarse como especie de “gurú”, entre sentando cátedra indisputable y sirviendo como maestro de ceremonias con la capacidad de acaparar la atención durante ratos largos.

En fin, que una de las muletillas “didácticas” de aquel personaje a la hora de dirigir las catas era preguntar insistentemente a la concurrencia si el vino que tenían delante era “elegante” o “exuberante”, “Viejo Mundo” o “Nuevo Mundo”, y el cliché que más me jodía, “Catherine Deneuve” o “Pamela Anderson”.

Tomemos en cuenta que les hablo de 1994 o algo así. Ha pasado el tiempo.

Anteayer comencé a leerme un libro que promete, Corkscrewed: Adventures In the New French Wine Country, de Robert V. Camuto. Estoy en la introducción y… ¿Qué me encuentro? Pues que para referirse al paradigma del vino hortera, parkerizado, spoofulead0-esperpentificado, bombástico, etc., la imagen que le surge a Mr. Camuto en el 2008 es aún… ¡Pamela Anderson!

Me sorprendí un poco por sentirme indignado. Pero me molestaba que aún se utilizara a la actriz/modelo canadiense como símbolo de todo lo que es exagerado en el mundo actual del vino. ¿Es que no tenemos otras actrices/modelos (canadienses o de cualquier otra nacionalidad) que servirían mejor como símbolos del esperpento enológico que Pamela Anderson? Y visto para sentencia, ¿tenemos que ser tan sexistas en nuestra valoración del vino que por fuerza el símbolo de una cosa o la otra ha de ser una mujer? Vergonzoso resulta que hayan pasado todos estos lustros y aún se encuentre uno con gente que anda en las mismas y utiliza esta vaina como si fuese una ocurrencia nueva…

Pamela Anderson es un año mayor que yo, información que obtuve gracias a la siempre utilísima Wikipedia. Tiene mucha más rueda dada que yo, y eso es seguro. No puedo menos que, a estas alturas, considerarla una señora con edad. Que haga el ridículo de vez en cuando, pues bien, eso corresponde a cualquier figura de la farándula actual. Pero no es ninguna muchachita, por lo que eliminamos un registro comparativo si queremos utilizarla como símbolo de los jóvenes supervinos hipermanipulados que supuestamente simboliza para quienes insisten en usar su nombre en vano.

Otra cosa: Si la memoria no me falla, Pamela Anderson ha sido muy honesta y abierta en cuanto a los “ajustes” que ha realizado a su físico. Aumentos de tetas. Reducciones de las mismas. Labios. Lo que sea… Nos hemos enterado. Pero los esperpentos supertecnovínicos de ahora, ¡vienen con información sobre todas las manipulaciones que sufren para llegar a su horrenda monumentalidad? ¿Verdad que no?

Pues otra que no vale.

Señoras y señores, hoy hago este llamado en defensa de Pamela Anderson. Dejémosla quieta. Adjudiquémosle al menos el respeto que le garantizaría la edad a cualquier cuarentón.  Como símbolo de los peores excesos de la industria del vino en los últimos veinte años ya no vale. Busquemos otros. Mostremos algo de imaginación, que ya no estamos para tanto cliché.

Hasta aquí mi cameo en Borat II.

De amor, a la sombra…

Feliz 14 de febrero a todos ustedes.

Hay que joderse con lo del amor. Nunca es como te lo venden, sin importar lo amado. El problema del cupidesco flechazo a nivel de relaciones humanas es que no ocurre sin complicaciones. Lo del “y vivieron felices…” es el más falso de los reclamos. Le entras al julepe y cuando te llevas ese gran amor a casa, te enteras de que vive roto y no tiene garantía (te dan ganas de agarrar por el cuello al que escribió aquella cancioncita tan bonita que pone que su amor vino “fully equipped, with a lifetime guarantee“, ¿no? Digo para sacarle donde consiguió el suyo…)  Su supervivencia depende de las ganas que uno quiera meterle, de la paciencia que uno le aplique y de la disposición a transarse que uno tenga.

Miles de circunstancias conspiran a diario, aprovechando la fragilidad natural de ese amor. En muchos casos es heroico el esfuerzo que hay que hacer para mantenerlo vivo, o a flote, o en vuelo, o la metáfora que nos dé la gana para describirlo. Los que lo logramos quizás si nos merecemos un día de reconocimiento.

En mi caso, me gustaría recordar no la lucha, sino los momentos en que me he sentido que mi mundito va bien. Alguna que otra noche, tras un día de esos en los que la vida te  sabe a mierda, ocurre algo que compone, que te hace sonreir, que te hace olvidar lo delicado que es el equilibrio de las cosas.

Abres, por ejemplo, una botella que tenías guardada del Movia, Ribolla, Brda, Goriska, Eslovenia 2004 y el vino está cantando. Lo has bebido un montón de veces y has escrito otro tanto sobre él. Aunque tu esposa estaba contigo aquella vez hace dos años en que lo “descubriste” celebrando tu cumpleaños en un restaurante neoyorquino, actúa como si lo probase por primera vez. Y le encanta. Los aromas son de una belleza poco convencional, vivos y brillantes. Hay trigo tostado, pipas de girasol, miel de lavanda, madreselva, cera, cáscara de naranja, albaricoques secos, cardamomo, pimienta blanca… Es un vino complejo y te diviertes con tu mujer enumerando elementos que no parecen querer parar de surgir.

En boca es un vino especiado, sutilmente salino,  completamente seco pero de amplias espaldas. Su centro es de una tensión admirable. En el largo posgusto hay, entre notas minerales,  un amarguito agradable, que los pone a ambos a discutir alegremente sobre a qué fruta se parece. Tú acabas diciendo que es kiwi verde. Tu mujer no está segura.

Tienes la dichita de que la cena te quedó sabrosa y, encima, dietética. Tanto tu mujer como tú están en las de adelgazar. Nada de carbohidratos después de las seis. Tú te inspiraste en el menú de un restaurante en Perth, o Sydney, o algún lugar de Australia, y en algo que ella se comió cuando fueron juntos a Nueva York en noviembre. Aquel viaje parece tan lejano ya… Lo que se comió tu esposa, que tanto te impactó a ti,  fue esturión envuelto en prosciutto sobre vegetales horneados.

Claro, buena suerte consiguiendo esturión en Santo Domingo. De hecho, buena suerte consiguiendo algún pescado que valga la pena y que haya sido de captura reciente. Porque en esta ciudad caribeña casi todo el pescado es congelado y de una calidad terrible… Pero un filetico de dorada apetecible apareció.

Y buena suerte con los vegetales. Tierra fértil ésta. Pero casi imposible es encontrar nada producto de agricultura natural, sin el montón de basura química a la que parecen adictos los cultivadores locales. Acabas por usar una latica de esto, un frasco de aquello, con tal de que venga importado y con certificación orgánica. Pero unos tomaticos cereza decentes, una cebolla y una bolsa de alubias se te dan, si sabes donde buscar.

Ni hablar del prosciutto. De todos modos, lleva cocción, o sea que lo que debes procurar es que no sea demasiado mediocre. Opciones tienes. Aceite decente. Un poquito de azafrán. Un poquito del blanquito que sobró de anteayer. Fácil

Al final, aunque los ingredientes que tenías no eran ni de lejitos los que hubieses deseado, el plato te queda comible y—¡sapristi!—va de perlas con el vinito esloveno. El que a tu pareja le guste, el que se lo coma y beba todo con alegría, son motivos para sonreir. Elegiste a esa persona en particular. La haces destinatario de un montón de cosas que eres y que no eres, pero que vienen con tus circunstancias. Su satisfacción te valida. De repente, eso que te compraste, eso que te une a ella en las buenas y en las malas, se decide a funcionar. En San Valentín no te pusiste con cursilerías ni regalos. Ella tampoco. Abrirán una botella de champaña sentados frente a la tele por la noche, como si nada.

Hay que joderse con lo del amor, les digo. Hay bajas en la condición de uno bajo su influencia que pueden ser realmente abismales. Pero las altas, si uno tiene suerte, hacen que todo valga la pena. “What did you think about the sun-up today?“, le preguntas a esa mujer junto a quien te vas poniendo viejo, mientras miras a tus hijos en sus cunas. Y la respuesta suena más o menos así…

Cositas y cosotas: 13.02.2009

Ha sido una semana rara en cuanto al tipo de noticia vínica que me llama la atención. Independientemente de que deplore sus enoproductos y piense que allí se han perpetrado mucho de los grandes pecados contra el vino en las últimas dos décadas, lo que está pasando en Australia está francamente del carajo:

El que este siniestro haya sido provocado por criminales pirómanos es algo que me cuesta trabajo aceptar. Más de dos centenrares de muertos. Una inmensidad de daño material. Independientemente de lo que piense y haya pensado sobre los vinos de Australia, quisiera dejar manifiesta mi solidaridad con las víctimas de este terror.

En otro orden de ideas, otro desastre es la situación económica global. En EEUU, los planes de “estímulo” del Presidente Obama me tienen sumamente desesperanzado. Están sumamente bullshitosos, por así decirlo. Ojalá le funcione el julepe, pero hasta donde he podido comprender (es alarmante la falta de detalles sobre los planes de esta administración que tanta “transparencia” prometió) no sé como va a ser productivo el asunto. Recuerden que yo soy de los del bando del hombre y, si quieren, denme caña por lo ingenuo que fui hace apenas un par de meses.

Oues, ante la crisis económica siempre aparecen vivales. Y, claro está, era de esperarse que alguien del mundete vinícola encontrara una oportunidad de negocio y relajo… Así, Crushpad Winery, en California, ofrece un plan vínico de rescate económico con su Bailout Wine. El plan es relativamente sencillo: Compras el vino a US$39 por botella en futuros y si el Dow Jones cae entre el momento de tu compra y el momento en que el vino será embotellado (agosto), te devuelven US$2 de tu inversión original por cada cien puntos que baje la bolsa. Así, pues, al final tienes un “activo” (el vino) y un fondito de efectivo devuelto. Si la bolsa no cae, pues, pagaste US$39 la botella y tienes que atenerte a que los valga. La gente, que es muy ocurrente… Tienen un spot en el siempre pródigo YouTube:

Mis fuentes habituales de chismes, boberías y noticias, como sugerí al principio, han estado reacias recientemente. Pero un artículo en Decanter.com vale la pena mencionar. Aparentemente, las autoridades francesas pillaron y sometieron a la justicia a un timador que, haciéndose pasar por agente comercial de una compañía británica,  obtuvo muchísimo vino de prestigiosas bodegas sin pagarles ni un centavo. Esto instantáneamente me trajo a la mente conversaciones con amigos bodegueros que se indignan ante ciertos “blogueros” que les escriben para pedirles muestras gratuitas de sus vinos. Siendo de los que se pagan todo lo que beben o, al menos, van legítimamente invitados y no le andan pidiendo nada ni siquiera a amigos, mucho menos a extraños, comparto la indignación de quienes son blancos de este tipo de solicitudes. Decir que uno tiene un blog de vinos no debe ser condición suficiente para aspirar a muestras gratis, hombre… Eso se cae de la mata. Y piensen, si me lee alguno de esos “blogueros” con aspiraciones cacheterísticas, en el individuo del timo. Vamos, que es lo mismo, pero con mayor morro.

No quiero dejar fuera de esta edición de “Cositas y Cosotas” a quien inspiró estas entregas mías de los viernes, Tyler Colman, o sea, “Dr. Vino”. Entre reir y llorar estaba con un enlace que publicó en su entrada del martes pasado. Los comentarios sobre la decadencia de los EEUU y que se merezcan lo que les cae me los reservaré. Pero no puedo menos que considerar ciertos paralelismos entre esas imágenes de esperpentos culinarios gringos en “This Is Why You’re Fat” y ciertos aspectos salientes de la oferta “gastronómica” local en mi querido Santo Domingo.

Bueno, y para terminar… Ya parece una memoria distante aquello del vino y el pop. Pero varias conversaciones que he tenido en mi diario discurrir dominicano me devuelven a las ideas que expuse. Y he estado tarareando mucho una canción de una banda puertorriqueña a la que admiro mucho, Cultura Profética. Les dejo con “Nadie se atreve” entrecruzada con “Canción despojo” en un directo excelente:

Tres italianos y un ratón

Por cada subproducto de la cultureja del vino actual como Bottle Shock con que me topo, aparece algo verdaderamente simpático y valioso. Un ejemplo es esta historia reciente en The New Yorker, que descubro gracias a un post de SFJoe en Wine Disorder.

Vamos, sólo en el espíritu de compartir una que me hizo reirme un poco.

Es que últimamente estoy necesitado de reir. Extraño mucho la vida que tenía hace apenas un año y me maravillo ante las concesiones que he hecho, ante aquello por lo que he de transarme ahora que vivo en Santo Domingo.

Estoy dedicando tiempo y dinero a vinos que anteriormente no hubiese ni siquiera considerado. Resignado a que no voy a encontrar casi nada natural en términos de alimentos o bebida, trato de encontrar lo positivo en mi diario comer y beber mientras espero la próxima escapada a tierras más pródigas en lo que mi cuerpo de verdad me pide.

Hay un par de sitios aquí donde, si estiro y maleo un poco mis estándares, me encuentro uno que otro vinito potable para mojar mis modestas cenas. Del deli-market italiano del que ya les he contado, tres botellas…

Ca’di Frara, Pinot Grigio “Raccolta Tardiva”, Oltrepò Pavese 2007: En estos momentos, mucho más sabroso e interesante que el riesling “Apogèo” del que les hablé hace unos días. Esto se lo puedes echar encima a unos cuantos tipos de comida sin que haya desentones. Huele a flores recién cortadas, nectarina, pulpa de mandarina, limón dulce, té verde, jengibre, estragón y algo polvorientamente mineral. Muy presente y vivaz en boca, con bonitos cítricos y un sutil toque agridulce que me hace pensar en mango verde. No que esto de “toque agridulce” le quite que es un vino casi seco. Lo de “raccolta tardiva” más bien acaba por contribuir sólo carnosidad y algo de  untuosidad glicérica. Buen agarre en un posgusto bastante persistente. Uno que de seguro repetiré.

Servetti, Chardonnay “Nusei”, Piemonte IGT 2007: Ya sé, dirán ustedes “No te quejes, que tú sabías lo que te esperaba…” Y tendrán toda la razón. Difícil encontrar manifestaciones de esta variedad que me resulten satisfactorias fuera de Borgoña y algún lugar del Jura. En este caso, se trata de un chardonnay  que me resulta chilenamente tedioso. Pera enlatada al chocolate blanco, espolvoreada con almendras tostadas y mojada con un chorrito de vodka. Puedo imaginar a alguien ofendiéndose por lo que escribo y enumerándome veinte razones por las cuales esto es un chardonnay técnicamente correcto, world-class, etc., y al carajo con mis gustos tiquismiquis. A lo que yo responderé: Bueno, okey, puede que esté bebible, ¿pero para qué?

Ca’di Frara, “La Casetta” Bonarda, Oltrepò Pavese 2007: Como es una novedad en estas partes, decidí zumbarme todo lo que importó el que le suple a la tienda italiana de Ca’ di Frara. Junto a los dos blancos estaba este tinto que, debo decirlo, me ahuyentaba por su 14.5% de alcohol. Pero al final me dejé llevar. Me dije que va y era otra vaina de ésas vendimiadas tarde y que, si me incomodaba demasiado, con servirlo fresquito y añadir un poco de agua tenía.

A temperatura de bodega no está del todo mal. Grandote y frutón, con notas de hojas secas y anís sobre lo que sólo puedo describir como “uva negra de mesa”. Hay subtonalidades de fresa y frambuesa negra por allá adentro, en algún lugar, y luego vienen unos rusticones taninazos muy masticables. El alcohol comienza a sentirse según el vino agarra temperatura, por lo que me traigo una manga refrigerante inmediatamente. Posgusto medio y bastante limpio, mientras uno mantiene el alcohol a raya con frío. Creo que a Josie le hizo mucha menos gracia que a mí, eso sí.

Bueno, sumo y sigo. Les dejo con lo que tenía sonando en mi computadora mientras pasaba estas notas de la libreta, los australianos Resin Dogs con Haiku d’État, uno de mis grupos favoritos de rap alternativo:

Los Camblor somos fans de…

¡Pocoyó!

Ya dirán que andamos rezagados, pero los mellizos pronto cumplirán dos años y esta serie animada—que no dudaría yo en calificar como un gran motivo de orgullo para España—es una de sus favoritas. Pero he aquí la confesión, casi tan adictos como nuestros niños  al chiquitín del atuendo azul y sus amigos lo estamos Josie y yo.

¡Bravo, Pocoyó! ¡Me paso todo el día tarareando tu canción tema! ¡Incluso he pensado hasta bajar el ringtone para mi móvil! ¡Sería la primera vez que haría semejante cosa!

Ahora, si me lo permiten, he de crear un epistema para hostiar a mi querido amigo Jose de la debida manera por condenar como lo hizo a esa magistral comedia que es There’s Something About Mary.

Otra de subproductos indeseables…

Le iba a poner a ésta, como eco de la del libraco sobre la Viuda Clicquot, “DVD busca zafacón”, pero me arrepentí. Creo que es hora de ponderar las cosas a una escala mayor. Además, como título no hubiese sido veraz, pues las películas alquiladas se devuelven, so pena de recargo, etc.

Anoche Josie y yo pasamos olímpicamente de la entrega de los Grammys, porque usualmente sirven para premiar música-basura  que detestamos, o para desvirtuar música de verdad que nos gusta, pero cuyos intérpretes se dañan inevitable e irremediablemente tan pronto reciben el premio en cuestión. No se imaginan la ansiedad que me causa el hecho de que mis admiradísimos Ojos de Brujo hayan obtenido un Grammy en el 2007; frecuentemente tengo pesadillas de que para un nuevo álbum  graban con Juanes, Daddy Yankee,  Shakira y Alejandor Sanz… No se han ido al lado oscuro hasta ahora, pero se requiere una particular fortaleza de espíritu para evitar la decadencia grammyana.

Pos nada, que no íbamos a ver los Grammys y nos pusimos, para acompañar la pizzita del domingo por la noche, el DVD de Bottle Shock, una dizque adaptación fílmica del libro Judgment of Paris: California Vs. France and the Historic 1976 Paris Tasting That Revolutionized Wine, de George Taber.

El libro de Taber no estuvo mal. Contaba la historia de aquella famosa cata a ciegas organizada por Steven Spurrier en París en 1976, en la que puso a competir los mejores vinos californianos de aquel entonces con los grandes nombres franceses y “ganaron” en la preferencia de los jueces-catadores los americanos. Central a la narración era el espíritu emprendedor de Spurrier y el esfuerzo de los vitivinicultores californianos cuyos vinos se destacaron en París, por lo que Taber no escatima detalles, creando personajes plenos y complejos. Vamos, como debe ser.

Pues Bottle Shock se las apaña para tomar solamente lo más trivial y estúpidamente chauvinista del libro, convirtiéndolo en un bodrio que fracasa como comedia, como drama, como vehículo para los actores y, sobre todo, como película de vino. Josie fue mucho más tajante que yo. Dejó de prestarle atención a la pantalla tras media horita. Yo, siendo como soy, me zumbé la película entera.

Ultimamente se ha puesto de moda hablar malo de Sideways—o como le llamaron en España, donde importa un bledo la coherencia de la relación original-traducción, Entre copas. Yo no me uniría al coro. Tengo el DVD y la he visto en repetidas ocasiones. Aunque encuentro algunas cositas un tanto cuestionables, aún me río. Y aún vibro de placer cuando veo y oigo aquel delicioso soliloquio de Virginia Madsen sobre el placer del vino.

No, no voy de non sequitur. Es que en Bottle Shock te zumban un discursillo similar, de boca de Gustavo Brambila, el personaje interpretado por Freddy Rodríguez. Rodríguez se las arregla para sonar vacío mientras habla del arte de  hacer vino en términos cuasirreligiosos. Es como una caricatura soltando cliché tras cliché, todo en predecible tono de macho latino sensualmente intenso, pero a la vez románticamente sensible. Honestamente, fuera del mérito que tuviese el personaje per se, la interpretación es como si Rodríguez estuviese leyendo un panfletillo de marketing de vino en una telenovela.

Igual con todos los otros personajes, la verdad. En términos de comedia filosófica, desaprovechar tanto el personaje real (y sumamente colorido) que es Steven Spurrier como el genial actor que es Alan Rickman en una presentación tan pusilánime como la que se hace de los hechos que condujeron a la gran cata parisina del 76 me parece fatal. Pero claro, hay que ver que el desaprovechamiento es a varios niveles y quizás no valga la pena ponderarlos todos, pues el desarrollo narrativo de la peliculita como que no nos da suficiente de ningún personaje  para hacernos una idea clara. No está claro quien es el protagonista de la historia, si Spurrier o el joven Bo Barrett, rebelde y melenudo post-hippy setentero hijo del propietario de Château Montelena (el libro de George Taber está lleno de personajes californianos igual o más interesantes, pero éste es el elegido aquí como principal representante de la California vitivinicultural de los setentas, go figure…)

Encima, hay personajes que entran en la trama como si fuesen importantes, sólo para desaparecer súbitamente (por ejemplo, el Gustavo Brambila de Freddy Rodríguez). Y está el individuo interpretado por Dennis Farina, que sólo me enteré que se llamaba “Maurice” viendo los créditos y que en realidad nunca se sabe exactamente que pito toca en el discurrir de Steven Spurrier.

No elaboraré mucho más. Una película estúpida de la peor forma—total pérdida de tiempo. Parte el alma que alguien haya metido millones de dólares en realizarla y que se gasten pendejamente derivados del petróleo para emitirla en DVD. Hasta me molesta la electricidad invertida en verla.

Cosas de la industria global del vino hoy día (de la cual, dicho sea de paso, Bottle Shock es mediocre celebración, como bien lo indica un monologuito de Spurrier/Rickman al final). No solamente nos enfrentamos a un tsunami de enoproducto diseñado para aprovecharse parasitariamente de la moda del vino.  También tenemos que bregar con indeseables subproductos “culturales” que pretenden, en el mejor de los casos, “complementar la experiencia” de un consumidor sumiso, borreguil. En el peor de los casos, películas como esta contribuyen a la creciente tergiversación de la historia. Eso y el hecho de ser un coñazo, me hace a Bottle Shock francamente intolerable.

Kraftwerk y yo, con riesling…

Hay temas tan recurrentes en mi vida que me hacen sospechar que ésta fue ideada por un asociado menos talentoso de Borges, que intentaba impresionar al maestro.

Uno de esos temas con losque no puedo evitar encontrarme y reencontrarme constantemente es la tontería ésa de los maridajes música/vino.

El otro día en Facebook mensajeaba con una vieja amiga sobre música electrónica. Hablamos del peculiar concepto de “Death Disco”, un género que yo solamente había venido a conocer esa mañana, cuando bajaba de eMusic unos cuantos temas de Glass Candy, la agrupación que arriba aparece representada con su versión de “Computer Love”, de Kraftwerk.

Yo inmediatamente comencé a hablar que aspirantes a Kraftwerk hay muchos, pero Kraftwerk sólo hay uno y me confieso fan de este pionero grupo  alemana de música electrónica desde 1981, cuando adquirí mi primera copia de Trans-Europe Express.

Extraño fenómeno siempre ha sido para mí Kraftwerk, que de la supuesta frialdad de computadoras y sintetizadores saca música con gran complejidad armónica e hipnóticas melodías—música que al menos a mí me resulta inesperadamente cálida y estimulante.

Esa amiga, ocasional lectora de este blog, me preguntaba qué vino bebería yo acompañando un disco de Kraftwerk.

Claro que no hay una respuesta fácil a esa pregunta, aún para el confeso subjetivista empedernido que soy. Sencillamente puedo beber muchas cosas distintas y Kraftwerk me provocaría con igual seguridad, pero quizás enfatizando sutilezas diferentes. No sé.

Lo que menos hubiese querido era hacer una conexión a nivel nacional, enfatizando un teutonismo un tanto forzado. Fue en mi resistencia a ese asunto que encontré, si no una respuesta satisfactoria, al menos un trampolín argumental. Con Kraftwerk, de preferencia bebería riesling.

¿Que por qué?

Pues tararear el coro de la canción “Trans-Europe Express” siempre me lleva a Bambaataa:

Esto ocurre de forma muy directa, pues “Planet Rock” cita directamente a “Trans-Europe Express”. Independientemente de lo que esto implica en cuanto a la relación de Kraftwerk con los orígenes del hip hop—y, por extensión, todo lo importante que ha ocurrido en el pop después de los setentas—, la cosa se me manifiesta de la misma forma que ciertos rieslings alemanes o austriacos, por ejemplo, conectan directamente con sus suelos. Bebiendo buen riesling jamás se me ocurriría dudar de la existencia del terroir. Incluso, no podría imaginar la existencia del uno sin el otro. Así Kraftwerk y tantas cosas.

Errática meditación y perdonarán ustedes, pero era lo que me daba ganas de escribir hoy como preludio a dos notas sobre dos rieslings consumidos esta semana en mi casa.

Recuerdo que alguien me pidió una vez que le hablara sobre la DOC italiana Oltrepò Pavese y yo repliqué que el nombre significaba “Más p’allá del Pò, donde asan los pavos”. Lo que no está muy lejos de la realidad, pero bueno… Esta zona del suroeste de Lombardía me ha dado unas cuantas sorpresas agradables en los últimos tiempos, con vinos de bajo precio que me resultaron bastante placenteros. En Bengodi, ese deli-market italiano donde hago compras para las cenas de tantos días en Santo Domingo, me encontré recién llegado el Ca di Frara, Riesling Racolta Tardiva “Apogèo”, Oltrepò Pavese 2007 y lo compré.

Resulta que, según Vino Italiano de Joe Bastianich y David Lynch, la riesling en esta región italiana promete. 13.5% de alcohol en la etiqueta. Pensé automáticamente que se trataría de una especie de Spätlese Trocken puesto en italiano, pues azúcar residual a ese grado estaba un tanto difícil.

Buscando en la red mientras escribo esto, encuentro que se trata de una cuvée de “Riesling renano 85%, restante riesling italico” plantados sobre suelo “calcareo, gessoso, con affioramiento di marna.

¿Qué da esto en la copa? Pues según mi libreta, no mucho. Una ligera pestecilla a lata de bolas de tenis recién abierta, luego melocotón verdoso, té, uva, limón verde y una mineralidad decididamente… Calcárea.

No es por ufanarme de destrezas o fastidiar la paciencia, pero esta nota la tomé varios días antes de leer la web de Ca di Frara. Lo de la transparencia al suelo en riesling es verdad, pura verdad.

Completamente seco en boca, bastante ligero para su grado y con vibrantes cítricos en un marco de melocotón pintón y crujiente.  Su fruta no permite a uno ni por un segundo ignorar una impresión palatal de austeridad. Según le sube la temperatura se le va saliendo un deje glicérico. Se deja beber, pero es sencillo y no particularmente largo. Hmmm…

Mucho más agradable y narrable la experiencia con una botella del Müller-Catoir, Riesling Kabinett Halbtrocken “Haardter Bürgengarten”, Pfalz 2001 que me traje de Nueva York en noviembre pasado.

No recuerdo por qué lo hice, pero creo que después de los 2001 dejé de comprar los vinos de esta prestigiosa bodega alemana. Si me contrarié por algo años atrás, la verdad es que ahora se me escapa lo que fue. Pero fueron del 2001 mis últimas adquisiciones, según puedo constatar en el inventario de mi bodega.

Lo dicho, otro panorama totalmente. Capas aromáticas se suceden, con agua de lluvia, lirios recién cortados, un toquecito de mango, mandarina, una caricia de diesel, albaricoque fresco y piedra triturada. Aunque hay una cierta carnosidad y  un cierto exotismo sugeridos por esta nariz, lo bonito que tiene es lo inexplosivamente que se expresan los aromas, dejándote apreciar detalle tras detalle relajadamente.

La boca es definitivamente tropicalista, pero sin perder elegancia ni autenticidad. Mango y piñasobre toronja blanca y mandarina en un vino de peso medio y paso gentil, con una sabrosa salinidad arenosa de fondo. En el paladar medio aligera un poco, arriesgándose a parecer levemente difuso, pero pronto retoma su actitud original. Al final ese aligeramiento tiendo a verlo como un toque de “acuosidad” que hace a este vino particularmente fácil de beber. Muy largo y sabroso, con delicada mineralidad pulsando tras una firme mordida cítrica. Delicioso ahora mismo y no lo dejaría para luego.

Ya, ya, paradójico, pero en mi mente el duradero placer es familia del que me produce algo así: