Confieso que en los últimos tres días he estado un poco quitado de bulla con este blog. He estado dedicando un buen cacho de tiempo a cierta iniciativa que tomé en el trabajo, que inesperadamente desembocó en un proyectico que despegó con beneficios insospechados. O sea que casi se me olvidaba que existe La otra botella y tengo un imperativo moral de alimentarla.
No que tenga yo toda la culpa de este breve abandono. A diferencia de otros blogueros amigos, me interesan las estadísticas de mi blog y las veo frecuentemente, por lo de ver en qué anda la cosa, lo que más interesa a los visitantes, etc. Veo que hay un buen flujo de gente pasando por aquí y eso me gusta. Pero más allá del agradable calorcillo que produce saberse uno leido, se me despiertan dudas, Muchas entradas son las que se quedan sin comentario alguno. En otras, los comentarios están a cargo del mismo puñado de habitués amigos, planteándonos temas a debatir como si lo hiciéramos en el bareto del barrio.
La cuestión es que las estadísticas y este pequeño grupo de respondentes a lo que escribo no se corresponden. Hay mucha más gente leyendo estas barbaridades que salen de mi cabeza y me gustaría saber de todos ustedes, avivar discusiones que son necesarias, no sólo para inspirarme a escribir más, sino para seguir dando esa patadita a la cultura del vino que la lleva el proverbial “kilómetro extra”. En fin, a ver si se me animan. Que lo de los monólogos como que se gasta rápido…
Pero bueno, recientemente, en un par de los comentarios que sí aparecen, hanr esurgido trazas de aquel viejo debate de “clásicos” versus “modernos”, particularmente en referencia a Rioja. Me he sentido transportado al primer añito de este siglo XXIm cuando prácticamente sólo se hablaba de esas cosas y éramos dos gatos los que teníamos que enfrentarnos a una goliatesca mole de opinión que no solamente dictaba que aquellos riojas de “alta expresión” eran lo máximo, sino que los tondonias, bosconias, imperiales, monterreales, albinas, 904s, etc., que nos gustaban a los dos gatos eran una auténtica basura y resultaba impensable que los defendiésemos. Perdí yo unos cuantos amigos en las refriegas resultantes de ese debate. Y me dí cuenta de que otros que consideraba “amigos” valían lo que un papel de inodoro usado.
No que vaya a ponerme a rememorar esas batallas. Quienes estuvieron en la Wine Lovers’ Page, Elmundovino y Verema en aquellos tiempos las recuerdan bien. Y el auge que han vuelto a tomar los vinos clásicos de Rioja (porque démosle la cara, ahora es algo muy “in” decir que estuviste catando anteayer con María José López de Heredia y que tienes X botellas del Tondonia Blanco del 64 o el Bosconia del 47, ¡jómenudovinazo!) me hace sonreir con la satisdacción de haber tenido la razón en un debate fiero. Además, el tiempo y la experiencia tiendem a no ser nada mentirosos. Ante montones de riojas “modernos” (y sus primos, aquellos riberas que los inspiraron) que se caen a pedazos tras ´ßolo un lustrito de “vida”, los verdaeros clásicos riojanos demuestran lo que son en términos de equilibrio, elegancia, compatibilidad con comida y convivio, longevidad… Es bonito ver como las tendencias van y vienen en esto del vino. Es más bonito ver la perennidad de algunas bellezas. Y es aún más bonito estar ahí a través del tiempo para reconocer la diferencia entre una cosa y otra.
Lo que me lleva a un par de notas de cata recientes.
La primera vuelve inevitablemente a remontarme a qeullos tiempos del pleito entre “clásico” y ”moderno”. Alguno que otro impresentable gustaba de decir, sin fundamento alguno y menos pruebas, que yo era una especie de “agente pagado” de López de Heredia y otras bodegas históricas de Rioja por lo ardientemente que defendía sus vinos y el volumen de notas que sobre ellos publicaba. Pues si es por puro volumen, no faltará a quien le pase por la mente hoy que “Camblor” es una mera herramienta de marketing de La Rioja Alta S.A., ¡porque mira que bebo vinos de ellos desde que me mudé a Santo Domingo!
Claro, esto obedece a que los Alberdis, Aranas, Ardanzas, 904s y 890s que rutinariamente me paso por nariz y gaznate son de los pocos riojas disponibles aquí que en realidad me satisfacen, justificándome comprarlos una y otra vez. A los malpensados, que tomen nota.
En fin, que juzgo prudente colgar ahora mis apuntes en torno a una botella de La Rioja Alta S.A., “Viña Ardanza” Reserva, Rioja 2000 consumida esta semana. Una de como catorce ya en esta añada. Lo hago porque me parece que el vino ha llegado a un momento de transición muy bonito. No niego que las muestras anteriores me habían resultado un poco desencajadas y angulares, esquivas en cuanto a los habituales encantos suculentos de un buen Ardanza. Pero tuve confianza. A veces pasa que un vino se resiente y “oculta” tras el cruce del Atlántico y se toma su tiempo en volver a mostrarse plenamente. La recuperación puede ser cosa de años, meses o semanas. Pero es pruente esperar antes de juzgar.
Aunque sigue siendo un vino mucho más serio y austero en cuanto a personalidad que su hermano de 1999 (ése fue el vino de mi boda, de tan perfumadamente bella, ligera y sensual beba resultaba; virtudes de añadas “menores…”), la nariz comienza a abrirse y manifestarse cálida. especiada y térrea. Chocolate, cuero, arbusto y agua de lavanda cubren un corazón de cereza negra y naranja. Todo esto se traduce perfectamente en boca. Apretado, pero con mucho encanto. Un Ardanza de nervio, tánico, largo y salino de posgusto. Pensando yo en el 73 que nos bebimos no hace mucho en Nueva York, se me ocurre que debo guardar una cajita de este 2000 en alguna parte.
Un clásico de otra región y otra índole es el de la segunda nota positiva, el Bodegas Chivite, “Colección 125″ Reserva, Navarra 1994. Suerte tengo de tener un par más de “normales” y un mágnum de esto guardados, porque se comporta como un maravilloso médoc tradicional que comienza a alcanzar su madurez. Y eso de “maravilloso médoc tradicional” en el Médoc de verdad ya es especie en vías de extinción, o sea que mejor agarrarse de los sustitutos que aparezcan… Abre con hierbas secas, cuero, pimiento asado, cocoa y una notilla de caballo sudado. Con el aire salen luego aromas de borra de café, cedro, iedras de río, agua de violetas y fresas y frambuesas frescas. Notarán una secuencia de descriptores que indican “madera”, pero aquí no predomina la madera en lo absoluto. Es ese último término, la fruta fresca, lo que se adueña de la impresión, siendo todo lo demás un muy bien integrado complemento. Igual que en el vino anterior, los aromas se traducen a cabalidad en boca. Un vino de cuerpo medio, elegante y muy persistente. Sorprende como en el paladar medio hay una explosioncita de fresas frescas que dan ligereza al todo. Deliciosa botella.
Por curiosidad, me fui un momento a la web de Chivite, donde reseñan la añada 2001 del mismo vino. Ya me quedaba claro por como se comporta el 94 que es cuvée de tempranillo, cabernet y merlot. Lo que me pregunto es si ha cambiado el régimen de roble del 94 al 2001, pues dicen que este último pasa “14 meses en barrica nueva de roble francés Allier”. No hubiese imaginado que el 94 se criara en madera 100% nueva, pero si lo hizo, chapeau, porque vaya fenómeno de integración que es… Les pido a mis amigos de Chivite (a ver, Javier…) que comenten un poco y nos expandan la perspectiva, porque resulta intrigante, si el régimen de roble es el mismo, como este vino se integra tras tan poco tiempo. Claro, y si la bodega ha variado el régimen, también intrigan las razones por las que lo hayan hecho.
Ahora les dejo. Hacía tiempo que no blogueaba domingo por la mañanita. Ahora es hora de desayunar y se oye el tráfico en la cocina. Acabo de poner a sonar una musiquita, para que se sepa que estoy aquí y que el desayuno apetece. Randall Bramblett, un veterano del rock sureño y el country cantando una canción muy linda para este día, a esta hora…