Archivo diario: febrero 9, 2009

Los Camblor somos fans de…

¡Pocoyó!

Ya dirán que andamos rezagados, pero los mellizos pronto cumplirán dos años y esta serie animada—que no dudaría yo en calificar como un gran motivo de orgullo para España—es una de sus favoritas. Pero he aquí la confesión, casi tan adictos como nuestros niños  al chiquitín del atuendo azul y sus amigos lo estamos Josie y yo.

¡Bravo, Pocoyó! ¡Me paso todo el día tarareando tu canción tema! ¡Incluso he pensado hasta bajar el ringtone para mi móvil! ¡Sería la primera vez que haría semejante cosa!

Ahora, si me lo permiten, he de crear un epistema para hostiar a mi querido amigo Jose de la debida manera por condenar como lo hizo a esa magistral comedia que es There’s Something About Mary.

Otra de subproductos indeseables…

Le iba a poner a ésta, como eco de la del libraco sobre la Viuda Clicquot, “DVD busca zafacón”, pero me arrepentí. Creo que es hora de ponderar las cosas a una escala mayor. Además, como título no hubiese sido veraz, pues las películas alquiladas se devuelven, so pena de recargo, etc.

Anoche Josie y yo pasamos olímpicamente de la entrega de los Grammys, porque usualmente sirven para premiar música-basura  que detestamos, o para desvirtuar música de verdad que nos gusta, pero cuyos intérpretes se dañan inevitable e irremediablemente tan pronto reciben el premio en cuestión. No se imaginan la ansiedad que me causa el hecho de que mis admiradísimos Ojos de Brujo hayan obtenido un Grammy en el 2007; frecuentemente tengo pesadillas de que para un nuevo álbum  graban con Juanes, Daddy Yankee,  Shakira y Alejandor Sanz… No se han ido al lado oscuro hasta ahora, pero se requiere una particular fortaleza de espíritu para evitar la decadencia grammyana.

Pos nada, que no íbamos a ver los Grammys y nos pusimos, para acompañar la pizzita del domingo por la noche, el DVD de Bottle Shock, una dizque adaptación fílmica del libro Judgment of Paris: California Vs. France and the Historic 1976 Paris Tasting That Revolutionized Wine, de George Taber.

El libro de Taber no estuvo mal. Contaba la historia de aquella famosa cata a ciegas organizada por Steven Spurrier en París en 1976, en la que puso a competir los mejores vinos californianos de aquel entonces con los grandes nombres franceses y “ganaron” en la preferencia de los jueces-catadores los americanos. Central a la narración era el espíritu emprendedor de Spurrier y el esfuerzo de los vitivinicultores californianos cuyos vinos se destacaron en París, por lo que Taber no escatima detalles, creando personajes plenos y complejos. Vamos, como debe ser.

Pues Bottle Shock se las apaña para tomar solamente lo más trivial y estúpidamente chauvinista del libro, convirtiéndolo en un bodrio que fracasa como comedia, como drama, como vehículo para los actores y, sobre todo, como película de vino. Josie fue mucho más tajante que yo. Dejó de prestarle atención a la pantalla tras media horita. Yo, siendo como soy, me zumbé la película entera.

Ultimamente se ha puesto de moda hablar malo de Sideways—o como le llamaron en España, donde importa un bledo la coherencia de la relación original-traducción, Entre copas. Yo no me uniría al coro. Tengo el DVD y la he visto en repetidas ocasiones. Aunque encuentro algunas cositas un tanto cuestionables, aún me río. Y aún vibro de placer cuando veo y oigo aquel delicioso soliloquio de Virginia Madsen sobre el placer del vino.

No, no voy de non sequitur. Es que en Bottle Shock te zumban un discursillo similar, de boca de Gustavo Brambila, el personaje interpretado por Freddy Rodríguez. Rodríguez se las arregla para sonar vacío mientras habla del arte de  hacer vino en términos cuasirreligiosos. Es como una caricatura soltando cliché tras cliché, todo en predecible tono de macho latino sensualmente intenso, pero a la vez románticamente sensible. Honestamente, fuera del mérito que tuviese el personaje per se, la interpretación es como si Rodríguez estuviese leyendo un panfletillo de marketing de vino en una telenovela.

Igual con todos los otros personajes, la verdad. En términos de comedia filosófica, desaprovechar tanto el personaje real (y sumamente colorido) que es Steven Spurrier como el genial actor que es Alan Rickman en una presentación tan pusilánime como la que se hace de los hechos que condujeron a la gran cata parisina del 76 me parece fatal. Pero claro, hay que ver que el desaprovechamiento es a varios niveles y quizás no valga la pena ponderarlos todos, pues el desarrollo narrativo de la peliculita como que no nos da suficiente de ningún personaje  para hacernos una idea clara. No está claro quien es el protagonista de la historia, si Spurrier o el joven Bo Barrett, rebelde y melenudo post-hippy setentero hijo del propietario de Château Montelena (el libro de George Taber está lleno de personajes californianos igual o más interesantes, pero éste es el elegido aquí como principal representante de la California vitivinicultural de los setentas, go figure…)

Encima, hay personajes que entran en la trama como si fuesen importantes, sólo para desaparecer súbitamente (por ejemplo, el Gustavo Brambila de Freddy Rodríguez). Y está el individuo interpretado por Dennis Farina, que sólo me enteré que se llamaba “Maurice” viendo los créditos y que en realidad nunca se sabe exactamente que pito toca en el discurrir de Steven Spurrier.

No elaboraré mucho más. Una película estúpida de la peor forma—total pérdida de tiempo. Parte el alma que alguien haya metido millones de dólares en realizarla y que se gasten pendejamente derivados del petróleo para emitirla en DVD. Hasta me molesta la electricidad invertida en verla.

Cosas de la industria global del vino hoy día (de la cual, dicho sea de paso, Bottle Shock es mediocre celebración, como bien lo indica un monologuito de Spurrier/Rickman al final). No solamente nos enfrentamos a un tsunami de enoproducto diseñado para aprovecharse parasitariamente de la moda del vino.  También tenemos que bregar con indeseables subproductos “culturales” que pretenden, en el mejor de los casos, “complementar la experiencia” de un consumidor sumiso, borreguil. En el peor de los casos, películas como esta contribuyen a la creciente tergiversación de la historia. Eso y el hecho de ser un coñazo, me hace a Bottle Shock francamente intolerable.