Archivo diario: febrero 14, 2009

De amor, a la sombra…

Feliz 14 de febrero a todos ustedes.

Hay que joderse con lo del amor. Nunca es como te lo venden, sin importar lo amado. El problema del cupidesco flechazo a nivel de relaciones humanas es que no ocurre sin complicaciones. Lo del “y vivieron felices…” es el más falso de los reclamos. Le entras al julepe y cuando te llevas ese gran amor a casa, te enteras de que vive roto y no tiene garantía (te dan ganas de agarrar por el cuello al que escribió aquella cancioncita tan bonita que pone que su amor vino “fully equipped, with a lifetime guarantee“, ¿no? Digo para sacarle donde consiguió el suyo…)  Su supervivencia depende de las ganas que uno quiera meterle, de la paciencia que uno le aplique y de la disposición a transarse que uno tenga.

Miles de circunstancias conspiran a diario, aprovechando la fragilidad natural de ese amor. En muchos casos es heroico el esfuerzo que hay que hacer para mantenerlo vivo, o a flote, o en vuelo, o la metáfora que nos dé la gana para describirlo. Los que lo logramos quizás si nos merecemos un día de reconocimiento.

En mi caso, me gustaría recordar no la lucha, sino los momentos en que me he sentido que mi mundito va bien. Alguna que otra noche, tras un día de esos en los que la vida te  sabe a mierda, ocurre algo que compone, que te hace sonreir, que te hace olvidar lo delicado que es el equilibrio de las cosas.

Abres, por ejemplo, una botella que tenías guardada del Movia, Ribolla, Brda, Goriska, Eslovenia 2004 y el vino está cantando. Lo has bebido un montón de veces y has escrito otro tanto sobre él. Aunque tu esposa estaba contigo aquella vez hace dos años en que lo “descubriste” celebrando tu cumpleaños en un restaurante neoyorquino, actúa como si lo probase por primera vez. Y le encanta. Los aromas son de una belleza poco convencional, vivos y brillantes. Hay trigo tostado, pipas de girasol, miel de lavanda, madreselva, cera, cáscara de naranja, albaricoques secos, cardamomo, pimienta blanca… Es un vino complejo y te diviertes con tu mujer enumerando elementos que no parecen querer parar de surgir.

En boca es un vino especiado, sutilmente salino,  completamente seco pero de amplias espaldas. Su centro es de una tensión admirable. En el largo posgusto hay, entre notas minerales,  un amarguito agradable, que los pone a ambos a discutir alegremente sobre a qué fruta se parece. Tú acabas diciendo que es kiwi verde. Tu mujer no está segura.

Tienes la dichita de que la cena te quedó sabrosa y, encima, dietética. Tanto tu mujer como tú están en las de adelgazar. Nada de carbohidratos después de las seis. Tú te inspiraste en el menú de un restaurante en Perth, o Sydney, o algún lugar de Australia, y en algo que ella se comió cuando fueron juntos a Nueva York en noviembre. Aquel viaje parece tan lejano ya… Lo que se comió tu esposa, que tanto te impactó a ti,  fue esturión envuelto en prosciutto sobre vegetales horneados.

Claro, buena suerte consiguiendo esturión en Santo Domingo. De hecho, buena suerte consiguiendo algún pescado que valga la pena y que haya sido de captura reciente. Porque en esta ciudad caribeña casi todo el pescado es congelado y de una calidad terrible… Pero un filetico de dorada apetecible apareció.

Y buena suerte con los vegetales. Tierra fértil ésta. Pero casi imposible es encontrar nada producto de agricultura natural, sin el montón de basura química a la que parecen adictos los cultivadores locales. Acabas por usar una latica de esto, un frasco de aquello, con tal de que venga importado y con certificación orgánica. Pero unos tomaticos cereza decentes, una cebolla y una bolsa de alubias se te dan, si sabes donde buscar.

Ni hablar del prosciutto. De todos modos, lleva cocción, o sea que lo que debes procurar es que no sea demasiado mediocre. Opciones tienes. Aceite decente. Un poquito de azafrán. Un poquito del blanquito que sobró de anteayer. Fácil

Al final, aunque los ingredientes que tenías no eran ni de lejitos los que hubieses deseado, el plato te queda comible y—¡sapristi!—va de perlas con el vinito esloveno. El que a tu pareja le guste, el que se lo coma y beba todo con alegría, son motivos para sonreir. Elegiste a esa persona en particular. La haces destinatario de un montón de cosas que eres y que no eres, pero que vienen con tus circunstancias. Su satisfacción te valida. De repente, eso que te compraste, eso que te une a ella en las buenas y en las malas, se decide a funcionar. En San Valentín no te pusiste con cursilerías ni regalos. Ella tampoco. Abrirán una botella de champaña sentados frente a la tele por la noche, como si nada.

Hay que joderse con lo del amor, les digo. Hay bajas en la condición de uno bajo su influencia que pueden ser realmente abismales. Pero las altas, si uno tiene suerte, hacen que todo valga la pena. “What did you think about the sun-up today?“, le preguntas a esa mujer junto a quien te vas poniendo viejo, mientras miras a tus hijos en sus cunas. Y la respuesta suena más o menos así…