Misa breve de lunes por la mañana para ventilar otro de mis hartazgos…
Hace ya como quince años me incorporé a un grupo de cata en Filadelfia. En aquellos tiempos hacía yo mi doctorado en una prestifiosa universidad de esa ciudad y, como buen estudiante doctoral, andaba bastante apretado de presupuesto. Un día me encontré con una chica que compartía mi entusiasmo por el vino y me presentó a varios de sus amigos, que participaban en ese grupo de cata. Me invitaron y, como nunca había pertenecido a algo así, pues fuí. Era una buena oportunidad de probar muchos vinos sin gastar tanto.
El grupo tenía un líder manifiesto, en cuyo apartamento nos reuníamos. Era un tipo con cierto espíritu competitivo que lo llevaba a comportarse como especie de “gurú”, entre sentando cátedra indisputable y sirviendo como maestro de ceremonias con la capacidad de acaparar la atención durante ratos largos.
En fin, que una de las muletillas “didácticas” de aquel personaje a la hora de dirigir las catas era preguntar insistentemente a la concurrencia si el vino que tenían delante era “elegante” o “exuberante”, “Viejo Mundo” o “Nuevo Mundo”, y el cliché que más me jodía, “Catherine Deneuve” o “Pamela Anderson”.
Tomemos en cuenta que les hablo de 1994 o algo así. Ha pasado el tiempo.
Anteayer comencé a leerme un libro que promete, Corkscrewed: Adventures In the New French Wine Country, de Robert V. Camuto. Estoy en la introducción y… ¿Qué me encuentro? Pues que para referirse al paradigma del vino hortera, parkerizado, spoofulead0-esperpentificado, bombástico, etc., la imagen que le surge a Mr. Camuto en el 2008 es aún… ¡Pamela Anderson!
Me sorprendí un poco por sentirme indignado. Pero me molestaba que aún se utilizara a la actriz/modelo canadiense como símbolo de todo lo que es exagerado en el mundo actual del vino. ¿Es que no tenemos otras actrices/modelos (canadienses o de cualquier otra nacionalidad) que servirían mejor como símbolos del esperpento enológico que Pamela Anderson? Y visto para sentencia, ¿tenemos que ser tan sexistas en nuestra valoración del vino que por fuerza el símbolo de una cosa o la otra ha de ser una mujer? Vergonzoso resulta que hayan pasado todos estos lustros y aún se encuentre uno con gente que anda en las mismas y utiliza esta vaina como si fuese una ocurrencia nueva…
Pamela Anderson es un año mayor que yo, información que obtuve gracias a la siempre utilísima Wikipedia. Tiene mucha más rueda dada que yo, y eso es seguro. No puedo menos que, a estas alturas, considerarla una señora con edad. Que haga el ridículo de vez en cuando, pues bien, eso corresponde a cualquier figura de la farándula actual. Pero no es ninguna muchachita, por lo que eliminamos un registro comparativo si queremos utilizarla como símbolo de los jóvenes supervinos hipermanipulados que supuestamente simboliza para quienes insisten en usar su nombre en vano.
Otra cosa: Si la memoria no me falla, Pamela Anderson ha sido muy honesta y abierta en cuanto a los “ajustes” que ha realizado a su físico. Aumentos de tetas. Reducciones de las mismas. Labios. Lo que sea… Nos hemos enterado. Pero los esperpentos supertecnovínicos de ahora, ¡vienen con información sobre todas las manipulaciones que sufren para llegar a su horrenda monumentalidad? ¿Verdad que no?
Pues otra que no vale.
Señoras y señores, hoy hago este llamado en defensa de Pamela Anderson. Dejémosla quieta. Adjudiquémosle al menos el respeto que le garantizaría la edad a cualquier cuarentón. Como símbolo de los peores excesos de la industria del vino en los últimos veinte años ya no vale. Busquemos otros. Mostremos algo de imaginación, que ya no estamos para tanto cliché.
Hasta aquí mi cameo en Borat II.