Andaba dando mi brujuleada rutinaria por diversos blogs amigos y me resultó curiosa una entrada de mi querido amigo I.G. Legorburu en su Baba O’Wines. Iñaki protestaba por el abominable exceso de madera de un Astrales 2004 (puedo dar fe de dicho exceso, habiendo sido no hace mucho víctima de una despistada oferta catatoria de dicho producto), lo que provoco algunos comentarios sobre el abuso de madera, tema harto trillado, pero aún con su juguito que sacarle.
Es que, de todas las pendejadas derrochadoras de las que ha sido culpable la industria del vino en los últimos veinticinco años (más o menos, no me vayan a linchar por inexactitud), probablemente la más idiota ha sido la fiebre de la barrica nueva—en particular de la barrica francesa nueva.
Por coincidencia, el sábado ví un reportaje en CNN sobre un par de compañías en Nueva York que—a diferencia de la vasta mayoría de empresas norteamericanas—no sólo estaban sobreviviendo durante la crisis económica, sino que se las estaban arreglando para continuar prosperando. ¿El secreto? Pues algo sumamente obvio: Cortar costos para poder pasar el ahorro a la clientela y controlar el crecimiento. Pero sobre todo, pues era lo que reiteraban los representantes entrevistados, cortar costos.
Seguro que ya se imaginan por donde voy con esto.
La industria del vino ha operado en un espíritu de “exuberancia irracional” que son incompatibles con la actual coyuntura económica que vive el mundo. Se ha llegado a tratar el vino como un producto de lujo que “aguanta lo que le metan” y se han impuesto ciertos requerimientos para el “triunfo comercial” que no están necesariamente de acuerdo con la realidad. Uno de ellos es el de la madera, mucha madera.Y nuevecita, claro está. Porque si no es nueva la barrica, pues, eso es antihigiénico y de menos cachet, hombre…
La barrica nueva, o al menos el aroma a barrica nueva, se convirtió en sine qua non del vino de fin y principio de siglo. Como se vivía una auténtica danza de los millo—mejor dicho, del desmadre crediticio megamillonario, pues se valía pasar los costos de tanta madera nueva al consumidor, que parecía dispuesto a pagar con gusto lo que le requiesen. con tal de probar el último vino de moda. Así, mucha tonelería se forró. A US$600, 800, 1000 por barrica, no era para menos.
Pero, ¿y ahora? No dejo de leer noticias sobre ventas de vino que caen en picado. No dejo de oir rumores de bodegas panza arriba. No dejo de inferir cositas y cosotas de todo lo que leo y oigo. ¿Será posible que el modelo enológico que ha reinado en los últimos años pueda sostenerse sin que los costos de tanta madera causen serios estragos a las bodegas?
Puede que haya llegado el momento de despertar, de suspender la paja mental y adoptar un modelo comercial más modesto para el vino. Quizás no sean las constantes quejas de aquellos que estamos hartos de tanto gusto a barrica nueva y tanto tanino secante lo que provoque un cambio, sino la economía mundial misma.
Y no estaría mal que nos concientizáramos también del costo ecológico de tanta tala, tanto proceso y tanto transporte para generar la inmensidad de barricas que requiere esta industria del vino que abarca el globo.
No que esté yo opuesto tan tajantemente al uso de barricas nuevas para la crianza del vino. De hecho, si lo pensamos nada más a la ligerita, toda barrica fue nueva alguna vez. Pero la tendencia a regímenes de roble nuevo al 100% o más es algo cuyo tiempo debiera tocar a su fin. Vamos, si sólo por un poquito de responsabilidad fiscal…
¿Se imaginan que estemos al borde de una era de vinos con menos predominancia maderera? ¿Se imaginan que la industria se diese cuenta de que hacer mejores vinos cuesta menos que hacer los potingues ebanísticos que muchos han estado elaborando?
Claro, llegar a esa conclusión y tomar las acciones apropiadas requeriría una lucidez y un espíritu de cambio que vastos sectores de la industria del vino han sido notorios por no exhibir hasta ahora. Conociendo como es mucha gente, en pos de abaratar las cosas y recortar costos quizás, en vez de alargar la vida de las barricas, haya un “boom” de la viruta, el extracto de roble y todos esos truquillos para “emular” aromas de roble obtenidos a base de crianza en barrica.
Hombre de poca fe soy. Espero siempre lo peor, a ver si me sorprenden con algo bueno… Y pensando yo en modelos de economía, o en hacer mucho con lo menos posible, me viene a la mente Gavin Castleton, un compositor de inmenso talento que hace precisamente eso. Me cuentan que tiene un nuevo álbum ya en la calle, aunque este clip es de hace ya un par de años: