Archivo mensual: marzo 2009

OB100 2.0: Lo peor de todo…

Es increible lo rápido que pasan algunas cosas aquí. Hace escasamente medio año tuve la revelación que me llevó a independizar mi blog de aquel portal riojano que lo viera nacer. Así salvé a La otra botella de la terrible crisis existencial que la afectaba (recuerden, quienes tengan memoria, el tono de aquellas últimas entradas en lomejordelvinoderioja.com) y miren ustedes… Creo que tanto el bog como yo hemos ganado en élan y agilidad.

Esta es, por segunda vez, la centésima entrada de La otra botella. Para celebrar aquel primer centenar, pedí a mis lectores que me sugiriesen el tema que quisieran que tratase. Alguito de bombo y platillo tendria la cosa. Al final acabé escribiendo una serie de predicciones para el futuro del mundo del vino, inevitablemente coloreadas por todo aquello que me tenía (y tiene aún) hasta los mismísimos sobre el ídem.

Tentado estuve a revisitar ese rol de pitoniso,  quizás a manera de “variaciones sobre un tema”, pero no. Estuve a punto de publicar una entrada, incluso, que analizara los diez factores para mí más exasperantes del vino hoy día. Todo bajo el canalsonyesco  título de 10 Things I Hate About You y con otra gráfica coquetona. Pero no. Poco sentido en que cayera otro diluvio sobre mojado. Aunque quizás su chorrito aún lo aguanta el territorio… Por eso hice lo más prudente. Calculé. Me deshice de todo lo que al fnal resultaba ser no imprescindible y aquí les tengo lo que más me jode hoy día en el mundo del vino. Cien entregas. Otra vez.  Jier wi go, guan, tu, tri…

Mensaje verídico recibido por mí en la sección de comentarios de La otra botella,  de un visitante (¿uruguayo?) que decidió limitar su participación solamente a un par de líneas fenomenalmente desubicadas:

“Tus comentarios parecen de una persona con poca experiencia en vino. Y por lo que veo, eres una persona que invierte poco dinero en este hobby, que la verdad, requiere de gasto y pasión.”

Esto, por casualidad cayó en una semana en la que había tenido que oir tres veces una pregunta recurrente en mi vida: “Manuel, ¿es verdad que para que un vino sea bueno tiene que ser caro?”

Y esta mañana leí unas palabritas redactadas por mi querido Joe Dressner que colocaban un certero (y merecidísimo) golpe de bota campera  medio a medio de las gónadas de lo peor que tiene el mundete del vino hoy. Por cierto, si se animan, les recomiendo leer también la entrada anterior y la siguiente en Captain Tumorman. Abundan muy inteligentemente sobre el mismo tema.

¿No lo han adivinado aún? Hablo del fetichismo lujista y del lujismo fetichista del vino “premium”, de la desasociación con la realidad socioeconómica de la gente, de esa manera de aparear draconianamente  el gasto no sólo a la “pasión”, sino, a un nivel más básico, al mero disfrute. Hablo del desprecio que conlleva semejante mentalidad hacia quienes queremos preservar el vino como placer cotidiano, a veces sencillo y sin pretención, a veces transcendente, a veces caro, a veces de un baratito que te hace sonreir con los labios y la cartera mientras convidas a tus amigos a un par de botellas más…

Lo peor que tiene el mundejo éste del vino hoy por hoy es, tout court, que se ha convertido en asunto de “gastar”, incluso cuando no se tiene. Incluso cuando lo ofertado ni de casualidad vale lo pedido. La locura crediticia que nos ha ocupado a tantos en los últimos cinco lustros—esa danza maldita de trillones fantasmas—nos ha dejado ciegos a muchos. Hace rato que no sabemos qué es qué.Me viene a la mente el dicho favorito del abuelo asturiano de un viejo amigo mío: “Porque cueste caro, no deja de ser irse de putas, hijo…” Quizás sea un non sequitur, quizás no.

Ahora tenemos la crisis, de la que no nos cansamos de hablar, con mucha razón. De repente la gente comienza a encontrarse con una mano alante y la otra detrás, lo que hace harto difícil sostener esa copa de vino “premium” galardonado por la revista tal o el gurú cual con cien puntos.

El colmo es que todavía vengan algunos a creerse el cliché lujista-fetichista. ¡Hay que gastar para demostrar la pasión? ¡Por favoooooooorrrrrrrrrrr! ¿Para ser confirmable como “bueno” tiene que ser caro? ¿Según quién? Lo que esta babosada ha hecho, en términos de crear una cantidad increible de porquería hipercara, es de todos conocido ya. Ojalá no sea yo el único molesto. Lo que dicha babosada ha hecho en franco detrimento de vinos de verdadero placer a precio módico es material para una entrada propia. Queda pendiente.

Hace ya más de veinte años, cuando afloró en mí el gran amor que aún siento por el vino (el de verdad, producto de terruño y tradición, no de marketing y tecnología), supe que la cosa era a largo plazo. Digamos que no se trataba de un candelazo momentáneo el asunto lo que quería yo del vino, sino de una unión para toda la vida. Quería compartir mis buenos y malos ratos, mis comidas, mis amistades, con el vino. Mi valoración de cada vino, cada día, era—y sigue siendo, tal como será siempre—algo personal que va mucho más allá de la plata que solté (o que soltó algún tacaño o generoso convidante) y de cualquier expectativa de retorno. Sea una botellita de beaujolais con un bocadillo en el jardín o—por decir algo—Vega Sicilia 42 en una cena de alto copete, al fin y al cabo es vino interactuando conmigo. Así de sencillo.

Cien entradas en esta plataforma, que ya no es tan nueva. Ya les conté lo peor. Ahora les doy un par de consejos para contrarrestarlo:  Amigos, sigamos en esto. Tengamos claro lo que somos, lo que queremos y por qué—tanto nosotros como el vino que bebemos.

Festejando la ocasión en plan de crisis, abriremos algo sencillo esta noche y escucharemos musiquita de la de todos los días, como ésta:

Cositas y cosotas: 27.03.2009

Lo primero es lo primero: Una felicitación para mi buen amigo Lyle Fass, que se recicla de nuevo y nos trae su primera intentona como videobloguero en el Organic Wine Journal:

“Real Wine for Hard Times” se titula la serie y me parece una excelente iniciativa, pues debe ser sagrado el derecho de la gente a beber bien sin gastar una fortuna. Aunque tengo emociones mixtas en cuanto a ver videos de  un tipo catando vinos—con los obligatorios ruidos nasobucales y gestos faciales que acompañan a ese tipo de actividad—Lyle le entra con panache al asunto. Buena información, fácil de absorber aún para principiantes y despistados crónicos. ¡Que se quite del medio Gary Vaynerchuk!

Se me ocurre, por cierto, que eso del videoblogueo sería un vehículo ideal para otro buen amigo mío, Gerry Dawes. Cuestión de hacerse con un par de buenas cámaras de video y documentar sus andaduras españolas durante un tiempo. Estoy seguro que de YouTube a un programa en la tele, poniéndole pasión y verdadero contenido al asunto, hay sólo un paso.

El resto de mis vueltas por la internet del vino como que no ha dado mucho esta semana que no sea más de lo mismo. Hay crisis. Las cosas están muy jodidas. Hasta los empujavinos de  ese bastión de la enoínfula que es Burdeos se han visto obligados a aplicar descuentos significativos a productos que en la actual coyuntura se han puesto de venta lenta.

La pregunta del millón, quizás literalmente, es cuánto tiempo tomará a otras regiones que se las dan de “premium” para comenzar a repensar sus absurdos precios…

En cuanto a la crisis: En estos días he estado leyendo bastante sobre esos grandes timadores financieros  que ahora están siendo sometidos a la justicia en Estados Unidos. Ya saben, Bernard Madoff y algún otro más. Además, no he podido evitar muchas noticias de quiebras de negocios, etc. Pues uniendo lo de la gente perdiendo dinero en inversiones más que cuestionables  con lo de las quiebras de compañías y mojándolo todo con vino, sale esto. Como diría el gran Sabina: “Con lo que eso duele, mire usté…”

Bueno, quizás valga dirigirlos a una entrada reciente en el blog de Alice Feiring, hablando de lo que mueve mercado y lo que perece en el intento. Alice aborda el tema de los posibles enogurús del futuro y llega a una conclusión tan divertida como digna de seria consideración, dada la naturaleza de la cultureta actual del vino. ¿Su gurú del futuro? Nada más y nada menos que el inigualable Kami No Shizuku, protagonista del popularísimo manga Las gotas de Dios. Ya ha sido comidilla de la blogosfera este cómic , o sea que no es que vaya yo a abundar sobre él aquí. Solamente quería alertarles sobre el acercamiento de Alice, que me gustó. Se me ocurre que quizás la nueva generación de videoblogueros—reales o imaginados por mí—podría considerar la animación como la próxima frontera a cruzar. Ya me encantaría a mí ser protagonista de mi propio tebeo, sí señor. Así va y hasta  me apunto a lo del video yo también.

En cuanto a videos, entre las toneladas métricas de spam vínico  que llegan a mi buzón de correo diariamente había hoy un mensaje con esto. Anjá. Un futurista dispositivo por medio del cual puedes “llevar tu afición por el vino al próximo nivel”, produciendo tu propio caldo “premium” en casa. El videito introductorio al artefacto vale la pena verlo, aunque sea sólo por los “pasos” que muestra para la enología casera. Porque las industrias paralelas del vino dan un perverso tipo de comedia, sí señor…

Antes de irme a hacer otras cosas, un clip que me surgió como de la nada hace un par de días. La canción no he podido sacármela de la mente. Otra onda retro de principios de este siglo que me devuelve a mi distantísima juventud:

Un video excelente…

Lo ví durante mi visita de hoy al blog de Dr. Vino y no quiero que nadie se lo pierda. Tina Caputo ha creado este interesante video de casi media hora de duración, titulado Robert Parker’s Bitch. A los angloparlantes entre quienes me leen, les recomiendo que se tomen el ratico para verlo, ponderar sus implicaciones y discutirlo. Igual lo que se dice en él sobre Napa aplica a tantos otros lugares, desde Sudamérica hasta Europa…

Pensando y repensando en Rioja 2

Ocurrió por casualidad. Y fue una perfecta coda para la monumental cena con riojas “de cierta edad” sobre la que les conté hace unos días.

Tanto me divertía que me olvidé de hacer fotos. Esta fue la única de la velada, con José Antonio, Avelino y Elías en acción...

Tanto me divertía que me olvidé de hacer fotos. Esta fue la única de la velada, con José Antonio, Avelino y Elías en acción...

La convocatoria llevaba como tema “Rioja” y una vez más acudieron los miembros de nuestro joven grupito de cata a la cita, esta vez en Sophia’s, uno de los restaurantes más “in” de Santo Domingo. Bueno, acudieron casi todos, pues algunos tuvieron que cancelar justo antes del evento—pensa, pena, pena… . Pero ahí estaban, riojas en ristre,  José Antonio Alvarez y su esposa Cecilia, Elías del LLano y su esposa Shahily, Avelino Rodrígues y su esposa Nicole, junto a Josie y el gordito calvo de las gafas y la libreta.

De antemano les contaré que la gente de Sophia’s se lució con nosotros. El chef Joaquín Renovales creó un excelente menú degustación para acompañar los vinos que traiamos y el servicio del vino fue esmeradísimo durante toda la velada.

El primer vino de la noche, el único blanco, lo había traido yo. Era el R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Reserva 1985, una de un lote de botellas adquirido a manera de remate del importador en Puerto Rico hará como diez años. La salvedad viene a que luego presentaría a la mesa otro vino adquirido similarmente, del mismo importador.

Decanté el vino en casa, hora y media antes de salir para el restaurante y luego lo devolví a la botella, pero no bastó eso para que nos diera lo mejor de sí inmediatamente. Toda la velada se hizo de rogar y sólo al final, terminada ya la larga cena, decidió abrirse. Aromas de almendra tostada, fruta amarilla, tiza, cereza blanca, limón en conserva, jengibre y discretos tonos florales y algo intrigante que me recuerda a incienso de iglesia—pero se trata inicialmente de una nariz que requiere esfuerzo; no hay un despliegue aromático sino hasta pasado un buen rato. Mucho nervio en boca. Un vino con garra, tenso y angular. Los sabores resultan tan reticentes como los aromas, pero al final se te muestran y te cautivan. Muy buena fruta en el paladar medio, compacta, vibrante… Potente acidez en un posgusto largo y especiado. Un Tondonia jovencísimo. Por suerte, la compra fue grande y me queda más, o sea que espero poder compartirlo con el grupo en de nuevo en el futuro, a ver como sigue evolucionando.

Curioso fue que este blanco maridara muy bien tanto con el primer plato como con el segundo. Primero,  un rollo de rib eye y espárrago sobre carpaccio de ternera. Para mí, tal y como lo logra un buen riesling austriaco, un Tondonia blanco es un vino que le puede a comida normalmente reservada para tintos. Luego vino algo de compatibilidad más obvia, lubina marinada en miso servida sobre hoja de plátano.

Pasamos a tintos, dejando yo de lado el blanco para volver a probarlo luego. El Remírez de Ganuza, Gran Reserva, Rioja 1994 era un vino que no conocía. Mucha experiencia tengo con los reservas de esta bodega (que prefiero beber jóvenes), pero no sabía que hiciesen un gran reserva. José Antonio nos explicó que este vino no se comercializó en España y que es de producción pequeña.

En un principio dominan la nariz aromas de reducción, “quesudos”, como dice Josie. Cuando se disipan, me sorprende esto al no estar dominado por roble—francés, nuevo y en profusión era lo que esperaba, pero no. La sazón vainillesca es relativamente sutil. Hay mucho de especias, que parecerían venir tanto de madera como de fruta. Y la fruta…  Oscura, compacta, muy pulida. De hecho, “compacta” es la clave aquí. En boca se presenta así mismo, con muy buena estructura al entrar y bastante densidad frutal en el paladar medio. Mi único problema viene en el posgusto, donde la madera sí se hace sentir en taninos bastante secantes. Pero hay fruta y una cierta complejidad. Y persistencia. Esto funciona, como interpretación moderna de gran reserva. Que tenga para evolucionar bien durante décadas, pues no sé, por lo de esa sequedad tánica, Pero se deja beber en el aquí y el ahora.

Seguimos con un gran reserva más tradicional—aunque “estrictamente tradicional” no es algo que vaya a ocurrírseme llamar a la bodega que lo produjo, que fue “moderna” avant la lettre. El CVNE, “Viña Real” Gran Reserva, Rioja 1996 es un Viña Real ligero, grácil y gentil. Un perfume etéreo de higos, cereza, cuero, especias de hornear, barro, cedro y lavanda. Lo mismo en boca. Delicado y sumamente agradable ahora mismo, con buena persistencia. Eso sí, la estructura no parecería ser la de uno de esos ejemplos clásicos de Viña Real hechos para durar eternidades—por ejemplo el increible 62 o los preciosos 64, 76 u 81.  Pero puedo equivocarme, y lo bonito de un gran rioja es que, si me equivoco, la prueba de mi error será eventualmente deliciosa.

Pasamos a un Conde de Valdemar, “Grandes Añadas”, Rioja 1985: Aromas de cedro, frambuesa, fresa, cuero, salvia, coco y menta—una nariz de tono alto, vivaz y cálida. Buena fruta en un paladar jugoso con acentos de coco tostado, hinojo y alcaravea. El posgusto es largo, pero un poquito secante. Funciona bastante bien con un cannelone de ternera estofada con gratin de manchego y salsa de tomatitos asados. Queda la preocupación de por qué tan seco el vino al final, pero bueno…

Lo próximo fue mi segunda aportación a la noche, otro ejemplar obtenido en Puerto Rico, de lote grande.

Debo apuntar—obligatoriamente, casi—que traje la botella del Bodegas Riojanas, “Monte Real” Gran Reserva, Rioja 1973 con cierto miedo. Es que anteriormente casi la mitad de las botellas de la sustancial compra que hice de este vino me salieron corchadas. Así mismo. Tiene una trayectoria bastante negativa conmigo el Monte Real. Claro, y como compré lo que compré a precio de remate, cedí el derecho a reclamo. Pero no el derecho a advertir sobre la incidencia de TCA, que ha sido tremenda.

Claro, las botellas que han salido buenas de ese lote han salido entre extraordinarias y sensacionales. Tal fue el caso de la que abrimos en Sophia’s.

Comenzó calladita, reductiva, apestosilla… Pero luego se irguió y creció, creció y siguió creciendo, al parecer imparable. Huele a humo de carbón, carne curada, rosas secas, té verde, cereza negra, pasas en ron, higos, nuez moscada, comino, lilas y mucho más, pero me canso de la lista de descriptores. Aromáticamente cálido, robusto, masculino. Inesperado en la medida en que otros ejemplares sanos de este vino han sido más bien florales, delicados y de tono alto. Pero aquí impacta, aparte del perfil de los aromas, la amplitud y carnosidad con que entra en boca. Vibrante, pero a la vez sedoso. Muy largo. Se va muy placenteramente a cítricos en el final, como debe hacerlo todo gran rioja tradicional.

Una de las mejores botellas de esto que he abierto. Y mira que he abierto unas cuantas… Me alegra mucho que ésta haya sido la introducción de este grupo a lo que puede dar un Monte Real Gran Reserva con edad.

Estaba yo ocupado dándome palmaditas mentales  en la espalda porque el Monte Real no fue un fiasco cuando Cecilia pronuncio una sentencia sobre uno de los vinos que probamos anteriormente. La frase que utilizó sobre el Remírez de Ganuza Gran Reserva  pasa ahora al salón de la fama de los descriptores pintorescos. Directa y gráfica, dijo que el vino le olía “a pintalabios viejo”.  Aunque es poquísimo el lápiz labial que me ha tocado usar en mi vida, pude hacer la asociación al aroma que describía Cecilia inmediatamente. Me recordé tirando a la basura las pertenencias que había dejado en mi casa una mujer que rompió mi corazón hace ya mucho. El olor a cera semirrancia de aquel bolso de maquillaje… En fin, que sí, el Remírez de Ganuza, en la copa que me pasaron, había desarrollado una pestecita reconocible como pintalabios pasado.

Los amigos y el sumiller me habían consultado repetidamente sobre el orden de servicio de los vinos. Mis miedos de una posible catástrofe con el Monte Real hicieron que propusiera dejar algo para depués de él, por si las moscas… Así, pues, teníamos para cerrar el CVNE, “Imperial” Gran Reserva, Rioja 1990. A decir verdad, este Imperial no está ahora mismo en su mejor momento de consumo. Ni cerca tampoco. Apestosillo, de plano, con mucho coco por delante, nam pla (salsa vietnamita de pescado fermentado), cuero y volatilidad que me recuerda a tinte de pelo. Primario, cerrado, con buena fruta en el paladar—ciruela fresca, cereza negra—y un aspectillo retronasal de manteca de cerdo. Pero es un bebé pasando por una etapa más bien feilla, ¿qué puedo decirles? Buena persistencia, con excelente estructura. Se va a cítricos en el final. Pero necesita guarda, mucha guarda.

Bonita cena. Bonito grupo.  Creo que la mejor manera de expresar lo complacidos que íbamos Josie y yo en el carro, durante el corto trecho entre el restaurante y nuestra casa, es que ya íbamos hablando de temas para la próxima reunión.

“Vicios como tatuajes…” Patricio Tapia: La contraentrevista

Sé que en estos tiempos ya no se lleva aquello de acordarse de lo que pasó hace una semana, mucho menos dos… Pero prometí que verían todos ustedes unas cuantas “Bonus Features” en torno a aquella entrevista conmigo que salió en Wikén, la revista del diario chileno El Mercurio.

Como lo prometido es deuda, pero en realidad no quería darles más el coñazo con bons mots míos, se me antojó que era hora de contraentrevistar a mi entrevistados, el periodista de vinos chileno Patricio Tapia.

Lo que hay que saber de Patricio es que es un tipo mordazmente simpático y que, al menos como yo lo veo, tiene las cosas bastante claras—lo claras que pueden tenerse en este mundillo y esta cultureta del vino que hoy nos ocupa. Aparte de El Mercurio, escribe para un montón de publicaciones “tradicionales” y digitales, entre ellas PlanetaVino y Wine & Spirits. Buscando información sobre él, me he topado con que Patricio…  ¡Tiene su propia entrada en la Wikipedia!

Palabras mayores, cuando uno está wikeao

Pues bien, agarré a Patricio y le dije que haríamos con él lo mismo que él había hecho conmigo. En base a nuestras conversaciones anteriores, yo le mandaría un puñado de preguntas a él y él me las contestaría. Pero creo que tenemos la obligación de aprovechar un poco las facilidades que brinda esta plataforma, donde lo dicho nunca tiene la finalidad que tiene aquello que aparece en prensa. Uno puede repensar, re-decir, abrir nuevas vías discursivas a partir de lo dicho y lo re-dicho, dar divertidas volteretas, irse por las ramas, etc., etc. Esta contraentrevista con Patricio Tapia aparece ahora no como artículo y ya. Espero lo tomemos como trampolín sobre el que ponernos a pegar brincos.

Cuando Patricio se lea esto, probablemente se encuentre que a las preguntas que hice originalmente les han salido colas y sombreros. Una libertad que me tomé, incorporar, al transcribir el documento, pequeños apuntes míos que explican algunas cosas dichas por mí, o replican a cosas dichas por él. Más sazón para el guiso, digo yo. Mi mujer dice que eso no está bien, que debí publicar tal cual. Pero ella es periodista de las de antes, de periódicos y revistas. Hoy la cosa es dinámica, interactiva y, sobre todo, jodedora. Las líneas en itálicas, las que usualmente acaban con signo de interrogación, son las mías. Las otras son las de mi interlocutor. Si alguien se confunde, pues, que la pase bien desconfundiéndose.

¡Patricio Tapia, ladies and gentlemen, Patricio Tapiaaaaaaaaaaaaaa!

En una palabra, ¿qué es lo que más te gusta encontrar en un vino?

Brett

En otra palabra, ¿qué es lo que más te disgusta encontrar en un vino?

Pasas.

Un buen amigo una vez resumió el problema de evaluar losvinos numéricamente como una confusión entre valores escalares y valores vectoriales. ¿Cómo defenderías el uso de valoraciones numéricas con el vino?

Esta la esperaba. No defiendo los puntajes;  me dan frío, no son algo de lo que me enorgullezca y nunca me vas a escuchar por ahí, alardeando del puntaje que le dí a a tal o cual botella. Pero son parte de mi trabajo y debo aprender a convivir con ellos porque no tengo los cojones para mandarlos al carajo. Espero algun día tenerlos, aunque sé que no se trata sólo de valentía. Sin embargo, hay gente cuyo trabajo es picar piedras a trescientos metros bajo tierra. Pensar en eso me consuela.

Hemos ya discutido las regiones “emergentes” que más prometedoras nos parecen (el Jura, Sicilia, etc.); ahora bien, encrespemos un poco la cosa: Del actual establishment en la industria del vino, ¿ves alguna región prominente donde se respire un cierto aire de cambio, de revolución hacia vinos menos marketingueros, tecnológicos y buscapuntos y más auténticos?

No. No veo ninguna región del establishment que gire, con toda su caballería, hacia esos vinos de los que hablas. Pero en todas ellas hay gente que sí está tomando o ya ha tomado otro camino. Las generalizaciones, como todos bien sabemos, siempre resultan odiosas, incluso en los peores lugares que te puedas imaginar.

Es que ésta te la debía por la de “los vinos de Chile, en general”, ¿eh? Bueno…  ”Robert Parker y el Wine Spectator han sido peores para el vino que la filoxera” (cuasi-cita verídica de un gran amigo mío, periodista y crítico de vinos). ¿Qué te parece?

Si, es posible, aunque también una buena cuota de responsabilidad la hemos tenido nosotros los imbéciles que compramos los vinos que ellos nos recomiendan. Aunque a veces caigo en la tentación (por rabia, por aburrimiento) de apuntarlos con el dedo y decir que ellos son el demonio, la verdad es que creo que la culpa no es del cerdo, sino de quien lo alimenta. El público consumidor, ese ente abstracto, bebe mermeladas llenas de madera, pero también lee porquerías, ve porquerías, come porquerías y hasta respira porquerías.

(No habiendo nunca estado suscrito al Wine Advocate y habiendo dejado lapsar su suscripción al Wine Spectator hace más de quince años, además de siempre haberse tomado las valoraciones de vinos realizadas por estas publicaciones a broma, Camblor da un suspiro de alivio, pues puede permanecer en los márgenes de ese diagrama de Venn que contiene a “nosotros los imbéciles”. Mejor irle a otra línea, antes de que se me pegue algo…) Dime tú ahora, sin bullshitearme, please, ¿qué te parecen los vinos de Chile, así, en general?

Crisis de identidad en el vino chileno: ¿Cómo olvidar aquella botella de Concha y Toro, con tapón de rosca, que venía con descorchador de obsequio?

Crisis de identidad en el vino chileno: ¿Cómo olvidar aquella botella de Concha y Toro, con tapón de rosca, que venía con "descorchador de obsequio"?

Tremendamente ansiosos de agradar al mercado, cometiendo los mismos abusos que cometen muchos países del Viejo y del Nuevo Mundo por ganar dinero, pero también descubriéndose a sí mismos, de a poco. Es un problema de saber quién eres. Los vinos chilenos y los chilenos por extensión no sabemos quiénes somos. En el caso de los vinos, creo que se ha comenzado un lento camino de autodescubrimiento. Por ahora, paciencia.

Publicaste en Wikén como billboard de tu artículo aquello de “quisiera que los vinos chilenos me olieran menos a laboratorio”. Tú cubres España y Sudamérica para varias publicaciones. Te pregunto yo ahora: ¿Qué tendencia viticultural o enológica te gustaría ver en las regions que cubres?

La verdad es que, por el momento, como para empezar—y ya que hay vicios que parecen tatuajes—lo único que me gustaría es que la gente macerara menos, lo que sea, lías, hollejos, duelas. Por favor, un poquito menos de maceración, qué les cuesta…

Los tatuajes se quitan con láser, ¿no? Claro, quedan cicatrices que luego cuesta un huevo quitarse con cirudía plástica. Eres periodista profesional del vino. O sea, te ganas la vida con esto. Honestamente, ¿qué piensas de la corriente de “periodismo ciudadano” y opinión—muchas veces muy erudita—redactada sin cobrar un centavo por la comunidad de blogueros? ¿No te jodemos un poco, a veces, amateurs invadiendo tu territorio?

Tal como en el mundo del periodismo de vinos, en el mundo de los blogueros, hay de todo. Los que me molestan son esos pendejos escribiendo sobre lo que tomaron la otra noche. “Con juanito y luchita nos tomamos este Lafite. Humm, que rico estaba..” Hay buenos, como este sitio, o el de Peter Liem o el de Dr. Vino o tantos otros que ya hemos citado. Creo que gente como ustedes, con voz, son necesarios para complementar la discusión. Aunque yo lo intento, la verdad es que no alcanzo a tener el tufillo a consumidor que aquí se siente. Y es por esa razón que los trato de incluir en lo que escribo, porque creo que es necesario que se les lea más. Habiendo dicho eso, tiendo a sospechar de la gente que está tan segura de lo que le gusta. Pero bueno, imagino que eso es ya más bien un problema mío. ¿O no, Manuel?

Yo nada más sé estar seguro de lo que no me gusta. Y de lo que estoy dispuesto a tolerar. El rango de “lo que me gusta” es todo posibilidad. Pero basta de mí… ¿Por qué y cómo le entraste a esto de escribir de vino? ¿Es en realidad la glamorosa profesión que la gente se imagina?

Estudié periodismo. Mi sueño era escribir sobre música, pero el primer trabajo que encontré fue saliendo de noche para escribir sobre bares. Allí conocí a un amigo que se dedicaba al vino. Me dijo que era un buen trabajo. Lo primero que me di cuenta era que quizás sería bueno tener una base teórica, así es que me fui a Burdeos a estudiar enología y degustación. Si era capaz de soportar, en francés, el tema del vino por un buen tiempo, lejos de mi casa y de mis amigos, pues entonces el asunto me gustaba. Lo soporté y aquí estoy. Y sí, es una profesión tremendamente glamorosa.

Esta va por una que me hiciste sobre la posible importancia de los blogs en motivar el consumo de vino: ¿Debe ser función de un comentarista completamente independiente de la industria, que escribre sus opiniones como consumidor, generarle ventas a la industria del vino?

Primero que nada, ya no soy tan pelotudo como antes como para proclamarme completamente independiente. Soy un ser humano y, como tal, creo lazos, hay gente que me cae bien, qué le voy a hacer. Y a esa gente le pongo mayor atención, las escucho más, les creo más. Sigo creyendo que los grandes vinos están hechos por grandes seres humanos. Y lo de generar ventas es algo que viene de refilón, un subproducto. Veo mi profesión como la posibilidad de mostrar perspectivas. Nada más.

Lo decía más bien por los blogueros. Los que no recibimos muestras de los productores  y nos pagamos el viaje, si es que vamos. Pero vale. Puede que en realidad no exista diferencia alguna dentro de poco. Bueno: Tres palabras sobre Gary Vaynerchuk…

¡No me jodas!

Gary Vaynerchuk, por cierto, es uno de los protagonistas de una reciente edición de la revista Wine & Spirits, para la que escribe Patricio, acerca de “Lo mejor del mundo del vino”. Y no sólo eso, la Wine Academy de Pancho Campo le considera “una de las personalidades más importantes de la industria vinícola mundial”. Yo meramente tripeo cuando le oigo pronunciar el “meunier” de “pinot meunier” como la palabra inglesa para caca de vaca. Pero perdonen, que va y me les quedo en la rama…

¿Qué tipo de gente crees tú que lee mi blog?

Wine geeks, internatutas desprevenidos que enganchan con tu prosa, abuelitas preocupadas por la música que escuchan sus nietos, enólogos disfrazados pelotudamente con nics de jardín infantil, periodistas chilenos asombrados y preocupados por la cantidad de caracteres que puedes producir, consumidores babosos… en fin, gente normal como la conocemos. De todos ellos, yo que tú me cuidaba de los wine geeks. Hay gente que cree que el vino es algo trascendental. Aléjate de ellos.

Solamente en preguntas y respuestas ya llevamos tú y yo 1284 palabras. Es que para hacer poesía sólo tenemos que mover los labios, amigo (paz, Sabina…) Una de las más peculiares casualidades en la historia de este blog: Cuando mencioné que a mis hijos les encanta Pocoyó y que el tema de su fiesta de cumpleaños había sido ése. Como resultado, muchísimas búsquedas en Google traen gente acá. Puede que tengas más razón de lo que imaginas con lo de los “internautas despistados”. ¿Qué planes te gustaría que tuviese para mi blog en el futuro?

Para ser honestos, yo espero que no cambies nada. Ahora, por si acaso, voy a comprar tickets en primera fila para ver cómo sucumbes o no a la tentación de ponerle fuegos artificiales al asuntillo.

“Ads by Gooooooooooooooooogle”. Y prepárate para mi “Twitter Feed”, no digamos nada de la comunidad de La otra botella en Facebook. Bueno, y lo de irme a video… Quizás sea bueno meter chicas en el asunto en plan Hefner-con-vino. Podríamos hasta montar un “rialiti chou”. Las posibilidades son ilimitadas. Si es que no me aburro un día de esta vaina. ltimo. Alguna vez, en otro artículo que te agradezco muchísimo, pues era francamente laudatorio, hablaste de que mi blog era “de actitud punk”. Te pido que me precises eso: ¿Sex Pistols? ¿Black Flag? ¿The Clash? ¿Buzzcocks?

Lo que no sé es si algún día se me permitirá apropiarme de aquella frase y transformarla a The Only Blog That Matters.

Lo que no sé es si algún día se me permitirá apropiarme de aquella frase y transformarla a "The Only Blog That Matters".

En mis días, nunca tuve mucha conexión con los Black Flag ni menos con los Buzzcocks. Mi grupo de cabecera eran los Sex Pistol, aunque también me rayaban los Exploited, si es que hablamos de punk, claro está. En eso de la “actitud punky” la verdad es que, ahora que lo pienso, mi cabeza estaba pensando en The Clash. Hay cierto desafío al establishment, hay batalla, hay lucha cara a cara, pero también hay un aire intelectual que los Sex Pistols nunca tuvieron (o más bien, que el bueno de Malcolm nunca les dijo que tuvieran). Tu confrontación es una batalla desde la trinchera intelectual, muy Clash. Esto, por cierto, dicho con cariño.

The Clash tenía a Bernie Rhodes, mucho más cabronzuelo que McLaren, diciéndoles qué hacer. A mí siempre me ha hecho gracia la idea de que ese gran grupo, gran símbolo para mí de tantas cosas, fue “armado” por un avivato empresario como quien arma a Menudo. Claro, luego la física y la química se encargaron de rizar rizos, prender mechas, etc. Algo así como esta conversación, ¿no?

Cositas y cosotas: 20.03.2009

Algunos dirán que le llego tarde a esta noticia, El actor español Antonio Banderas se une a la creciente lista de celebridades que incursionan en el negocio del vino. Se ha comprado la mitad de una joven bodega de Ribera del Duero que, según nos cuenta el reportaje de Elmundovino, jamás ha visitado físicamente (a su favor tiene que no se habla en lo absoluto de “compromiso con el terruño” o algo así, porque se me cortaba el tonito Pérez Hilton y me ponía en pie de guerra en menos que lo que tarda una de las más recientes producciones hollywoodenses de Banderas en irse directico a DVD). La bodega, originalmente llamada Anta Bodegas, ahora se llamará “Anta Banderas” y se traza como principal cometido “conquistar el mercado de “Estados Unidos y sudamérica”, que aparentemente aún abundan en gente a la que se les peude vender este tipo de cosas. “The Julio Iglesias Collection” anybody? Y habr’a que recomendarle a Banderas y C’ía. que consulten con la gente de Wilkins, que va y tienen algo que contar.

La bodega que se ha comprado por mitad el protagonista de algunas de las mejroes cintas de Almodóvar y hasta alguna de Robert Rodríguez que es decidido placer culpable mío (ver imagen; es que me gusta ese gestico que hace el Banderas  con la mano cuando susurra “Lessz pley…” y, además, está Salma Hayek en un momento de particular esplendor) actualmente produce una docena pastelera de vinos, entre tintos y blancos, de las DOs Ribera del Duero y Vino de la Tierra de Castilla y León.

Faltará ver ahora si esta movida de Banderas es una Atame o una My Mom’s New Boyfriend. Yo, por mi parte, le hubiera sugerido que en cualquier parte menos en Ribera del Duero, que ya eso no viste tanto como hace diez años. Pero bueno…

Lo que decía, que puede parecer que le llego tarde a lo del Banderas bodeguero, pero este miércoles me cayó en el buzón otra noticia con premio en el orden de los celebrity wines. Resulta que Sting ha puesto a parir la villa con finca que se compró en Toscana hace unos años y ahora va a comercializar su propio vino, una cuvée de sangiovese, cabernet sauvignon y merlot. :a finca de Sting es famosamente orgánica. Habrá que ver si las vides incorporan prácticas tántricas para incrementar el hamgtime antes de la orgásmica vendimia (ya sé, chiste mongo, pero ¿y?). Precedente hay en tierras toscanas de celebrity wine y Sting de seguro podrá buscar consejo de marketing de alguien que todos nos sabemos

De todas formas, valga para lo que he dicho ya anteriormente de los dos cantantes puertorriqueños que han venido a mercadear vino: ¡Basta ya!

En otro orden de ideas, que al final acabará siendo el mismo, porque hablaremos de fama, etc., ayer me alertaron que ya habían salido las puntuaciones Miller (que tanta gente insiste en llamar “puntuaciones Parker”, irrespetando así las credenciales del Dr. Jay Miller, quien es el puntuador oficial de vino español para el Wine Advocate (publicación que, cierto, iniciara el Sr. Parker, pero que cuenta con un número de degustadores/puntuadores que no son él).

Encontré algo al respecto en el blog de Paco Berciano, donde aparecen los vinos “premiados” con 90 puntos o más. Me intimidó un poco la inmensa cantidad de vinos así puntuados que había. De hecho, he de confesar que me mareé tras los primeros cien, así de primera intención. Abandoné el listado en la red un rato. Al volver, copiando y pegando a Excel, pude confirmar de que eran más de 400 los vinos y ver sus nombres en un formato ligeramente más fácil.

Algunas nociones al vuelo: ¿No estaban las dos marcas que sacan 100 este año entre las que también sacaron 100 el año pasado? Varios blogs y periódicos ya han hecho hincapié en la cantidad de vinos catalanes con más de 90 puntos que hay en el conjunto, pero lo que a mí me gustaría ver es una tabulación de las puntuaciones por importador, a ver si hay alguno que tiene más vinos noventeros o cieneros que los otros; nada, me intriga… No he podido sacar en claro cuántos vinos se cataron para este julepe, pero mi conteo chapucero saca que 400 y pico sacan más de 90. Tal profusión de “buenas notas” hace pensar que (a) la calidad de los vinos españoles realmente anda por niveles estratosféricos, o (b) es como que un tanto fácil ya ganarse los punticos. No me voy a lanzar hacia una hipótesis o la otra. Sólo quería ponerlas como opciones.

Creo que, aparte de estas consideraciones, sólo me queda felicitar o brindar mis condolencias a aquellos conocidos y amigos cuyos vinos aparecen en el listado: Alfredo Arribas de Portal del Montsant, Julio Sáenz de La Rioja Alta S.A. (fue para mí un mini-choce encontrar representados el Gran Reserva 890 y el Gran Reserva 904, dos vinos que yo compro y consumo de a mucho) y hasta la Dominic, cuyos priorats parece que molan cantidad en aquellos círculos.

Para terminar por hoy, cortesía de Jose, un artículo del departamento de “Bañarse bien después de leer”, noticias de las que me ponen en una disposición muy, muy negativa contra la industria actual del vino. Termina uno sintiéndose asqueado de que los estándares sean lo descrito entre algunos segmentos del gremio. Por cierto, si Amaya Cervera verdaderamente existe, me gustaría conocerla e invitarla a un par de copas, de la misma manera en que me hubiese gustado conocer e invitar a un par (o la cantidad que fuera) de copas a Arthur Fellig, el famoso  ”Weegee”, célebre fotógrafo neoyorquino de hampa, crímenes y siniestros en los años cuarenta. Quien reporta sobre este tipo de cosas, si no lo es naturalmente, tarda muy poco en convertirse en un individuo fascinante.

Bueno, y coda, por si la repugnancia no es suficiente: Ayer tarde me llega un e-mail con esto. Un congreso en Logroño organizado por Pancho Campo y su gente en el que reunirá, según la literatura, a “las personalidades más importantes de la industria vinícola mundial”.

¿Gary Vaynerchuk?

Flipar es lo que haría cualquiera con un ápice de cordura y verdadero respeto por el vino.

A asquearse liberalmente, chicas y chicos. No me carezcan…

Les dejo con un videillo, que hace días que no colgaba nada musical y siento una necesidad muy potente de limpieza. La deliciosamente cáustica Neko Case con “People Got a Lot of Nerve”:

Pensando y repensando en Rioja 1

Dejé la gorda para última. Legalmente, esta entrada debió ser “Nueva York otra vez, y 5″, pero siendo como soy y teniendo otras ideas, sale como sale. Les cuento.

Cuando a Brad Kane se le mete algo entre ceja y ceja, tiende a ser sumamente insistente. Le encanta planear catas temáticas:  Verticales, horizontales, vertizontales, transversales, metarregionales… Así se andaba desde hacía como tres meses con la idea de una noche de riojas de 1970 en Manhattan. A mí me entusiasmaba mucho el asuntillo y no vacilé en apuntarme, planeando mi viaje alrededor de esa noche de miércoles en que ocurrirían la cena y los vinos.

Claro, por el camino los temas pueden sufrir mutaciones, que fue lo que pasó aquí. Al final, en vez de riojas de 1970 pasamos a riojas “de los setentas”,  lo que luego se convirtió inesperadamente en “riojas de cierta edad”.

Feliz la mutación, les digo.

Así nos reunimos en el salón trasero de la popularísima tapería neoyorquina Tía Pol el antedicho Brad, el profesor John Gilman, SFJoe, Greg dal Piaz, Jayson Cohen, el verdadero Jay Miller, Christine Huang (que visitaba de San Francisco, o sea, desde más lejos que yo), Carlos Hübner-Arteta y un calvo regordete y con gafas vestido de negro, o sea, este servidor. Me hacía mucha ilusión encontrarme esa noche también con Gerry Dawes, a quien no veía desde hacía ya más de un año, pero el hombre canceló a último momento. Cosas de la vida.

Sentados a la mesa, pronto comenzaron a circular vinos y las tapas de Tía Pol. La cocina se botó con nosotros, sacando una maravillosa—y maravillosamente abundante—serie de platillos. Montaditos y croqueticas con esencia de trufa y piquillitos rellenos y gambas a la sal y choricito y carne y pinchitos morunos… Todo riquísimo y, si bien no hubo revelaciones de maridaje, pues, muy llevadero para los vinos.

En la mesa, cuando aún imperaba la seriedad, de izquierda a derecha: El verdadero Jay Miller, John Gilman y Jayson Cohen

En la mesa, cuando aún imperaba la seriedad, de izquierda a derecha: El verdadero Jay Miller, John Gilman y Jayson Cohen

Los vinos… Como suele suceder en las anárquicas veladas con mis amistades neoyorquinas, no nos poníamos de acuerdo sobre con que comenzar. De repente se abrió algo que parecía ser R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Reserva, Rioja 1970. Corchado. O por lo menos para mí corchado de plano, aunque algunos en la mesa fueron mucho más tolerantes e intentaron darle una oportunidad, esperando que se disipara el problema, cosa que no ocurrió.

El verdadero Jay Miller se paró de su asiento al otro lado de la mesa y vino a mí para servirme una copa del Gonzalez-Byass, Fine Dry Oloroso, 1964. Un magnífico oloroso de añada, memorable a la primera olisqueada. Pero no quise probarlo en ese momento. Nada más los aromas me sugerían un vino de suficiente poderío como para adueñarse irremediablemente de mi paladar y no dejarme apreciar nada más. Prometí probarlo con los quesos y eché esa copa a un lado.

Había delante de mí ahora un R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Gran Reserva, Rioja 1976 que se estaba comportando espectacularmente. Precioso perfume de nueces, flores blancas, miel, hierbas secas, cereza y albaricoque seco. Poderoso en boca, con la esperadas intensidad de sabores, profundidad y electrizante acidez. Larguísimo y muy enérgico, con los aspectos florales retornando junto a cera caliente y mineralidad talcosa en el final. Fenomenal botella de un vino del que he tenido el privilegio de probar muchas muy buenas.

Kane y Hübner-Arteta en su esquina.

Kane y Hübner-Arteta en su esquina.

Era el único blanco. Que continuáramos con un R. López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1981 me hizo pensar que el evento se nos convertiría en una franca lópezdeherediada. Cosa que no tiene nada de malo, pero vamos, que la publicidad prometía otros vinos… En fin, que tampoco iba a quejarme ante este espléndidamente juvenil Bosconia. Nariz muy viva que se abre en abanico dando manzana, concreto recién vertido, guisantes, cuero, ciruela fresca, arándano, grosella, tinta, lavanda desecada  y naranja rubí, entre muchas otras sugerencias aromáticas. En boca es un vino a la vez musculoso y delicado de tacto, con excelente nervio y la misma tendencia a abrirse en abanico. Muy largo. Aquí recurre la idea del “perfume intrabucal”, pues desde el paladar medio comienzan a sentirse elementos florales y minerales que hacen particularmente delicioso el posgusto.

Mis aportaciones a la velada siguieron después. Había yo vacilado bastante entre unos cuantos vinos de los setentas para esto hasta que dí, revisando el inventario de mi bodega neoyorquina, con una verticalita de las primeras tres añadas de Contino Reserva, regalo de mi gran amigo Jesús Madrazo, actual enólogo de la bodega. Viñedos del Contino se fundó en 1973, lo que hacía de esta verticalita algo muy emblemático y muy significativo si íbamos a considerar la época. Después de todo, fue la primera bodega riojana creada en plan château bordelés, o sea, produciendo vino de viñedos contiguos a la bodega—una innovación en la Rioja de aquellos días.

Tríptico de Continos

Fuimos de más joven a más antiguo, comenzando con el Contino, Reserva, Rioja 1978. Un vino compacto, cubierto, seriote… Aromas de cereza, frutas negras  y trufa con notas de volatilidad y establo. La volatilidad lleva, repentinamente, a un bonito tono de agua de violetas. En boca entra vivaz y fresco, con la fruta muy pura y una cierta cremosidad textural. Aún se siente  algo de madera por resolver e integrar completamente aquí. El posgusto es largo, tánico y apretado, con elementos de té negro y especias. Muy joven aún.

Continuamos con un vino que me ha encantado cada vez que lo he probado en el pasado, el Contino, Reserva, Rioja 1976—y ésta botella me llevó las cosas a otro nivel, sobrepasando cualquier recuerdo mío del vino. Una belleza. Perfume dulce, especiado, floral, cálidamente frutal. Una nariz elegantísima, madura,  generosa, sumamente seductora:  Higo, carne curada, naranja en conserva, agua de rosas, ciruela fresca, tierra, canela, comino y muchísimas cosas más. Entra en boca delicadamente, pero con un toque profundo. Acaricia y las reverberaciones de esa caricia te penetran la lengua deliciosamente. Largo, con fruta roja sorprendentemente presente, enfatizada por excelente acidez y taninos perfectamente sedosos. Te deja la boca palpitando. Fenomenal. Un vino de “apaga y vamos” donde los haya. Creo que no fuí el único en la mesa que me hubiese sentido completamente satisfecho si hubiésemos bebido sólo esto.

Finalizamos con el primer vino comercializado por Contino, el Contino, Reserva, Rioja 1974. Quizás fue un anticlímax después del maravilloso 76, hay que decirlo. Hubiese sido mejor abordar la vertical de viejo a joven en este caso. Mucho más aromáticamente discreto, en un principio parecía ya estar en declive. De hecho, la nariz en este vino alternaba entre debilitarse y fortalecerse por minutos. Aromas de cuero, flores secas, sándalo, ciruela fresca y cera. Esbelto y delicado en boca, sin remotamente acercarse a la provocadora intensidad del 76. Vaporosa fruta—aires de ciruela fresca, cereza y arándano—con acentos de cedro y piel de naranja en el posgusto, que no es ni corto ni largo y se siente ligeramente secante.

Ah, pero el 76… Me tomó buen rato pasar a lo próximo. Al fin le entré al CVNE, “Imperial” Gran Reserva 1973 que tenía delante. Un Imperial achocolatado, con cuero, ceniza, frutas negras y cedro en una nariz sabrosa, casi golosa. Fino en boca y sumamente disfrutable. Bonita fruta con notas de especias en el paladar. Jugoso y con buena persistencia. Quizás se le podría acusar de una determinada falta de complejidad, pero tiene buen nervio y agarre en el posgusto. Un buen vino para comer.

Hab;ia también un CVNE, “Imperial” Gran Reserva, Rioja 1970, más ancho de espaldas y de voz más ronca que el 73. Térreo, especiado, con buena intensidad frutal y un golpe de yerbabuena que en un principio me resultó un tanto desconcertante. Pero me acostumbré rápido. Compcto de carnes en boca, suave de taninos y listo para la fiesta, me resultó este Imperial, que gana marcadamente corpulencia en el paladar medio. Buen final, que se va a cítricos y presenta un agradable deje acaramelado.

Apareció entonces, como compensación por aquel Tondonia inicial corchado, un R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1970. Nariz de tono altito con aspectos de alcanfor, cuero, rosas secas, piel de manzana, herrumbre, azúcar prieta, malagueta,  ciruela roja, arándano,  piedra triturada, laurel… Muy compleja. De las que te obligan a hacer pausa.  P varias pausas. De las largas. En boca vibrante, pero también sedoso. Canela, hierbas secas y notas cárnicas acentúan fruta jugosa y multifacética. Muy largo y riquísimo. Todos sus elementos se presentan con una vivacidad que es tremendamente estimulante. Me encanta. Junto al Contino 76, definitivamente de lo mejor de la noche.

A continuación probamos el R. López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1970, que presentaba un marcado contraste con su hermano, el Tondonia. Compacto de aromas, especiado, con un golpe de bestia sudada, otro de cedro, una nota de ajonjolí tostado, otra de clavo dulce. Pero el término operativo aquí es “compacto”. Como buen Bosconia, está apretado y muy joven aún—necesitado de tiempo para relajarse y desplegar sus bondades. Muy buen largo. Aunque el posgusto está un tanto apretado, se intuye mucha complejidad. Para el futuro.

Apogeo...

Apogeo...

Ya la mesa estaba vivaracha y jaranera. Ya nos parábamos y circulábamos de un puesto al otro, cambiando impresiones. Comenzamos a mandar vino a la cocina y a compartir con el joven camarero que nos habían asignado en el saloncito privado de Tía Pol. “¿En qué año naciste, muchacho? ¿Y tu papá? ¿Tu abuelo?” Resultó que había vino de la edad de varias generaciones de cualquier familia sobre la mesa. El chico se quedaba más sorprendido con cada sorbo que probaba. No creía que un vino del año de su nacimiento (creo que era el Bosconia 81) estuviese tan brillante y fresco. Era una noche de compartir el placer de estos grandes vinos, que es tan sensual como intelectual. Es casi inevitable pensarlos, en sus edades, casi como personas. Inmediatamente te das cuenta de que si te consideras un adulto y estás probando un vino de tu propia edad, pues, corresponde que el vino sea tan adulto como tú.

Riojas adultos que son un ejemplo de civilidad, etc., etc. Claro, la gente es otra cosa y el relajo es el relajo. Brad y Christine. Sometido para interpretación.

Riojas adultos que son un ejemplo de civilidad, etc., etc. Claro, la gente es otra cosa y el relajo es el relajo. Brad y Christine. Sometido para interpretación.

¿Qué sé yo? Es que estos riojas hacen imperativo pedir más del vino que lo que los actuales prescriptores parecen inclinados a pedirle.No basta la espectacularidad inmediata de la muestra de cata, el impacto del vino grande. Un gran vino debe evolucionar como un ser humano, adquirir complejidad, suavizar sus modales, hacerse más interesante con el paso del tiempo. En su equilibrio y gracia, estos vinos de madurez se hacen compañeros de mesa inmejorables.

Elogiando al vino, que es lo adulto: Ejemplares ciudadanos de la comunidad enolúdica, en lo suyo.

Elogiando al vino, que es lo adulto: Ejemplares ciudadanos de la comunidad enolúdica, en lo suyo.

Seguimos con un Bodegas Riojanas, “Viña Albina” Reserva, Rioja 1964. Nariz otoñal de hojarasca, con notas achocolatadas, jamónicas y de frutas secas. Como suele ocurrir con los Albinas de cierta edad, el elemento de volatilidad es considerable, pero más que afectar, colabora a dar viveza a los demás aromas. Aunque en boca se manifiesta ya pasado de su mejor momento, mantiene un perfil dulce de especias, cedro, hongos y ciruela roja que lo hacen disfrutable. Saca pecho en el paladar medio, con una cierta carnosidad frutal-floral, aunque en el posgusto se hace un tanto difuso.

Palacio Reserva Especial 1942

Palacio "Reserva Especial" 1942

Honestamente, no pensé que íbamos a pasar de los sesentas, como mucho, en la edad de los vinos esa noche. Pero una sorpresa apareció: El Bodegas Palacio, “Reserva Especial”, Rioja 1942. Aquí estábamos ante un vino quizás de un pedigrí menor que los anteriores que habían caido. Se nota ya la fatiga, aunque todavía está vivo y perfectamente bebible. Aromas de ciruela tirando a pasificación, cuero, laurel seco, eucalipto, humedad y cardamomo manifestados discretamente. En boca se presenta de una pieza, completamente pulido y mullido, con los aspectos de ciruela pasa y oxidativos  acentuándose de forma que para mí rayaba en lo incómodo.  Posgusto redondeado, algo fláccido, medianito.

Marqués de Riscal Reserva 1925

Marqués de Riscal Reserva 1925

Y las sorpresas no paraban ahí, porque cuando los integrantes de esta peña se botan, se botan. Apareció acto seguido un decantador con el Marqués de Riscal, Reserva, Rioja 1925 que me puso los dientes largos. Mis experiencias con los vinos de Riscal en los veintes han sido todas magníficas, de las que alteran paradigmas y te obligan a olvidarte de ideas recibidas.

Este Riscal parecía ser dos vinos en uno, lo que me hizo especular un poco sobre si la botella había sido “refrescada” de forma no particularmente diestra con vino de una añada más joven. No pude verificar corcho, etc., y no teníamos suficiente información de origen como para llegar más lejos con esa línea de pensamiento, pero bueno, la duda queda… Inicialmente algo de humedad, polvo, setas, oxidación caramelesca y salsa de soja—olores de viejo que se disipan para dar paso a especias, frutas negras aún muy vitales, carne y notas herbáceas. Con aire, esas hierbas se van definiendo como té negro, del que hay mucho en esa nariz eventualmente. Grande y un tanto macizo en boca, salino, entra como vino antiguo y cobra vida en el paladar medio, haciéndose increiblemente vivo en un final que muestra bastante fruta de sorprendente frescor, pero en el que paralelamente surgen elementos terciarios y  notas oxidativas. Largo. Potente. Quizás demasiado. Quizás mis sospechas sean injustificadas, pero las tengo y, por honestidad, las expreso.

González-Byass, Very Fine Dry Oloroso 1964, al fin...

Con los quesos pude retornar a mi porción del sensacional oloroso 1964 que había puesto a un lado. Fue, modestia aparte, una sabia decisión, pues el vino me hubiera coloreado irremediablemente el resto de la beba y, además, iba de perlas con la selección de quesos españoles que nos pusieron. Caramelo, pero sin dulce. Lavanda. Panal de abejas. Dulce de membrillo, pero espolvoreado con sal. Jamón curado. Carbón. Pétalos de rosa. Avellanas tostadas. Chocolate amargo. Todo en una onda volátil que pone los aromas en impecable tensión y te pone, como diría mi amigo Camilo, “a buscar la peseta”. Un oloroso grande, que llega profundo. Largo, suculento y salino. Te deja tremendamente satisfecho. Otro fenómeno. Ya saben, mi tercer preferido de la noche.

Más o menos al momento del jerez y los quesos, Carlos Hübner vino a mi lado de la mesa y se sentó a conversar conmigo un rato.  Eso dió lugar a uno de los intercambios más interesantes de la noche entre él, SFJoe y yo.

La pregunta crucial, habiendo encontrado tanto de disfrutable aquí fue: ¿Por qué quedan tan pocas bodegas pensando el rioja de esta forma y elaborando vinos como estos?

SF Joe y Carlos Hübner-Arteta, exhibiendo las caras que inspiro en la gente que conmigo conversa.

SF Joe y Carlos Hübner-Arteta, exhibiendo los gestos faciales que habitualmente inspiro en la gente que conmigo conversa.

Las consideraciones de rigor fueron inmediatamente puestas sobre la mesa: Claro está que estos grandes riojas  son “vinos de bodega” en la medida en que los métodos de elaboración tienen tanto que ver con su carácter y longevidad como cualquier aspecto de terroir que queramos imputarles. El que los valoremos tanto podría, si uno llega con determinada mentalidad a contemplarnos, entrar en conflicto con la preferencia por la viticultura y enología  estrictamente natural y no intervencionistas que hemos sido vistos por ahí defendiendo. Ahí hay que entrar en mucha explicación, o sea que quizás sea mejor dejarlo en una paradoja:  Son vinos hechos de esta manera y, sin embargo, se las arreglan para ser inconfundiblemente ellos, a la vez que de su región. Encima, evolucionan magníficamente en el tiempo y llegan a poseer una sublime complejidad.

¿Por qué—reitero—abandonaron tantas bodegas en la Rioja este estilo de vino, favoreciendo cualquier moda tonta de los últimos veinte años? Muchas bodegas han parecido estar dando palos a ciegas, a ver si logran tronarse la piñata de los puntos y las ventas en el mundo mundial. Y sus vinos han ido perdiendo identidad. Donde antes hacían vinos deliciosos, conducentes a la convivialidad, disfrutables al salir al mercado pero con suficiente estructura y cuerpo para recompensar la guarda, ¿ahora qué logran? ¿De verdad han mejorado sus vinos?

Que quede claro:  Aquí ya no estamos hablando de los que llegaron recientemente y son “modernos” porque eso es lo único que saben, sino de aquellas casas que alguna vez elaboraron el tipo de vino que habíamos disfrutado esa noche, pero ahora han ido cambiando, movidos por contables y mercadólogos sin sentido alguno de la historia y la tradición  (a menos que sean  “Historia” y “Tradición” para meter como términos vacíos en parrafaditas mendaces de contraetiqueta). ¿Por qué?

Esa noche me fuí de Tía Pol muy feliz de haber compartido tanto vino excelente con un tan excelente grupo de viejos y nuevos amigos. Pero también iba un poco molesto por esa pregunta, que me hincaba como una espinita clavada  en algún punto inconveniente del pie.

Es que recuerdo muy bien la cantidad de veces en que tuve que debatir fieramente con algunos “moderneros” (bestia producto del cruce entre un modernista y un ternero, si alguien les pregunta) empedernidos, quienes promovían enérgicamente  la doctrina de la “alta expresión” y la “modernización” y muchas otras cosas que pusieran al rioja “a competir en el escenario global”. Como si no lo hubiese hecho antes.

Un homenaje a las estrellas de la noche.

Un homenaje a las estrellas de la noche.

Encima, no se limitaban a empujar  su nuevo tipo de vino como “lo que deben ser las cosas”, sino que se esforzaban por denostar los riojas tradicionales como “obsoletos”,  “sucios” o “cadavéricos”. Algunos eran tan violentamente insistentes en sus condenas, tan apasionados en su invectiva contra las bodegas históricas de Rioja que tal parecería que querían borrar este tipo de vino del mapa. ¿Por qué?

Esa noche en Nueva York, como en muchas otras de las que he tenido la dicha de participar, de las botellas salían verdades irrefutables.

Nueva York otra vez 4: “El pecado te descubrirá…”

Una advertencia sobre mi cabeza...

Hoy estoy enfermo. Me siento fatal, la verdad, presa de un virus caribeño que no cree en las vacunas que me administran mis doctores norteamericanos.  No sé ni siquiera si podré completar esta entrada. La escribo para ver si, acordándome de un mejor momento, logro levantar los ánimos e ignorar la tos, la fiebre y los dolores de cuerpo.

Y es que me parece la entrada apropiada en este caso, llena de factores externos y cosas raras.

El miércoles de mi más reciente  estadía en Manhattan había pasado a ver a mi amigo Joe Dressner. La última vez que estuve en Nueva York, le acababan de descubrir un tumor cerebral. Cosa harto jodida, ésa. Pero Dressner siendo Dressner, se lo ha tomado con filosofía y tremendas dosis de humor más bien colorido. Ya sé, ya sé… El que Joe haya llevado su aflicción a un blog humorístico a algunos no les parece apropiado. Favor no fastidiar hoy la paciencia, que no estoy para objeciones y tengo una tos muy fuerte.

La cuestión es que me encontré a Joe en sus oficinas del Village, junto a su esposa, la siempre genial Denyse Louis. Lo ví en buen ánimo, cosa que da alegría. Pasamos buen rato hablando sobre rasuradoras, estableciendo yo mi predilección—para mis afeitadas craneanas interdiarias—por la navaja recta, aunque me transaba por una Gilette de cuchilla doble, de las antiguas. O, fallando eso, pues, también estaba la nueva Gilette Fusion, mucho más segura para gente como nosotros, que tenemos ciertas limitaciones físicas (Joe por su pulso, yo por mi vista).

En mi cuarto de hotel, el Rayos Uva espera su destino.

En mi cuarto de hotel, el Rayos Uva espera su destino.

En fin, que antes de marcharme, los Dressner me regalaron una botella de algo que esperaban me gustase. No recuerdo si fue Denyse o yo quien describió el Olivier Rivière, “Rayos Uva”, Rioja 2007 como “un rioja al modo de un buen chinon”, pero quien fuese logró dejarme superintrigado.

Hagamos un jump-cut—que admitiré resulta un tanto forzado—a un par de días antes. Yo me metí en Crush Wines a ver lo que había de nuevo, si algo, o si la crisis económica mundial había motivado rebajas significativas  en algún vino  caro interesante.

Salí con algo precisamente así, que no hubiese comprado sin el descuento. El amable joven que siempre me atiende cuando visito la tienda juraba y perjuraba que era “el mejor grüner veltliner que había probado en su vida”. Yo, ante tanta vehemencia, tuve que llevarme la alargada botella. No sabía si la consumiría en Nueva York o me la llevaría en la maleta a Santo Domingo. El problema de muchas de esas botellas austriacas, o sea, un largo que las hace imposibles de meter en los protectores antirotura que uso para los vinos en mis viajes, decidió la jugada.

Brinquen conmigo de nuevo a la tarde antes de la noche que nos incumbe, la última del viaje (disculpen los que llegan tarde, estoy un tanto acronológico en estas crónicas, o sea que hay que estar al loro…)

El Dr. K y yo intercambiamos un gran número de llamadas, tratando de determinar posible quorum y lugar para una buena bebelata que serviría de despedida para mí y de recibimiento para nuestro gran amigo Jeff Connell, quien venía a visitarnos desde su nuevo hogar en Canadá.

El tiempo no estaba colaborando y temíamos retraso en vuelo, etc. Estábamos tratando de asegurarnos una mesa en un viejo favorito de SoHo, Cendrillon. Aparte de que la comida ahí siempre había sido extraordinaria y la política de descorche muy benévola para bebiendófilos empedernidos como uno, teníamos un motivo sentimental para empecinarnos en que fuese ahí la de esa noche. Cendrillon cierra sus puertas en SoHo y se muda a una recóndita esquina de Brooklyn. Ya se imaginan el pesar. El bajo Manhattan pierde la magistral cocina de Romy Dorotan. Brooklyn adquiere un tesoro.

Pero nos veíamso el Dr. K y yo ante la disyuntiva de si Jeff llegaría a tiempo para la reservación más tardía en Cendrillon esa histórica noche.

Al final optamos por algo con una política de reservaciones y horario de apertura más laxo, que fue como me encontré caminando desde mi hotel hasta los cincuenta y tantos en Novena Avenida para cenar con los compañeros en la sucursal de Midtown West de la siempre resultona Afghan Kebab House.

Yo llevaba las dos botellas ya mencionadas en ristre caminando por la calle 51. Aparte de Jeff estaría también Jayson Cohen, algo que siempre me agrada saber.

Lo dicho, que caminaba yo como a las nueve y media de la noche hacia el restaurante y, de repente, encima de mí, ví una cruz fluorescente con la leyenda “El pecado te descubrirá” (mi chapucera y nada exegética traducción).

Mi primera tentación fue declarar, ponendo acento argentino, un estertóreo “¡No jodás, che!”.  Pero me limité a tomar una foto. Me pareció que este momentillo de surrealismo manhattaniano estaría bueno para titular gratuitamente una crónica.

Jeff Connell, en fulgutante rojo.

Jeff Connell, en fulgutante rojo.

En lo que esperábamos por Jeff y Jayson, el Dr. K y yo nos sentamos en  la Afghan Kebab House. El interior del local tenía un peculiar brillo rojizo que pueden ver claramente en las fotos que acompañan a esta historia. Eco visual en mi mente de la cruz de neón.Nos veiamos caricaturescamente infernales en esa luz.

Nada, detalle anecdótico. No nos inventemos leitmotifs cristianos.

El gargantuano M, dándose un refrescante baño en el hotel, antes de salir.

El pantagurélico "M", dándose un refrescante baño en el hotel, antes de salir.

Como les decía, el Dr. K y yo tomamos asiento e inmediatamente metimos mano a la larga botella del F.X. Pichler, Grüner Veltliner Smaragd “M”, Wachau, Austria 2007. “¡Cagüentó, esto es una bestia!” (de nuevo mi chapucera y nada exegética traducción, pues el Dr. K y yo conversábamos en inglés), exclamé.

Masiva mineralidad. Enorme fruta amarilla. Inmensa concentración. Descomunales especias. Monumental glicerol.  Titánica acidez.  Galáctico  grado alcoholólico.

Get the picture?

El tipo de vino que es así porque no puede ser de otra manera. Su naturaleza parece ser inevitablemetne excesiva. Un extraño concepto de equilibrio opera aquí. Absolutamente todo es gigantesco.

Enfrascados en la evaluación de tanta enormidad estábamos el Dr. K y yo cuando llegaron, casi simultáneamente, Jeff y Jayson. Enseguida los metimos en el juego y fueron de la misma opinión sobre este “mejor grüner veltliner” que jamás hubiese probado el amable vendedor de Crush.

Jayson inmediatamente dió en el clavo, diciendo: “Es que esto es todo piezas”. En efecto. Hay un montón de cosas cuyo tamaño y peso se ve uno obligado a contemplar por separado, pues en ningún momento quieren unirse. El posgusto es larguísimo, tan intenso como lo garantiza un vino de componentes así de poderosos. Pero, ¿y qué?

Especular sobre la evolución de un vino de proporciones tan tremendas se convierte rápido en un ejercicio absurdista. Si en el presente su colosal volumen me lo hace indisfrutable, ¿para qué ir más lejos? Llega un momento en el que uno tiene muy clara la diferencia entre “vino grande” y gran vino.

Existe un corolario aquí sobre la subida de los niveles de alcohol en los Smaragds del Wachau en los últimos años. Con 14.5%, esto sería un pellizquito de ñoco en comparación con, digamos, ciertos blancos mediterráneos españoles o algún chardonnay californiano. Pero al paso que vamos, si muchos rieslings y veltliners austriacos continúan haciéndose más y más grandes, probablemente me concentre mucho más en los Federspiel en el futuro, que son más ligeros y de juego más ágil.

Tal como el “M” fuera unánimemente condenado, el “Rayos Uva” de Rivière nos complació—unánima opinión. Una emocionante sorpresa, este vino. Puro, vibrante, de expresión tan clara como honesta, esto es algo que quisiera ver mucho más a menudo en Rioja. Buscando información sobre este joven elaborador francés transplantado en la Rioja Alta, me encontré esta entrevista (que, dicho sea de paso, me resulta tan interesante por las ideas de Rivière como por los preconceptos que trae a la mesa el entrevistador). Rivière es una rareza en la Rioja actual, alguien que hace “el vino que le pide la uva” y busca maximizar la expresión del terruño a través de la misma.

Este “Rayos Uva” 2007 lo dice todo por sí solo. Sé que he dicho muchas veces que el tempranillo, vinificado monovarietalmente, no es particularmente excitante. Me trago esas palabras ante este vino. Es ahumado, especiado y muy afrutado, con tonos minerales por doquier. Se las arregla para entrar en boca sedosa y cálidamente, pero a la vez para mantener siempre un nivel de frescura y tensión que lo hacen sumamente estimulante al paladar. Largo y delicioso posgusto, con capas de sabor que acaban siendo una más cautivadora que la otra.

¿Les he dicho que esto me encantó?

No, por si acaso…

Claro, seguro que dentro de un rato viene alguno a decirme que si ese francés es esto o aquello, que si el vino no es lo que me imagino y que… Bueno, conocemos la canción. Me pongo gómezpallaresco y digo que lo que vale es lo que me bebí, que me lo bebí con un gustoooo…

El Dr. K si había encargado de las próximas dos botellas que nos ocuparían y acompañar”ian el delicioso plato de cordero kabulés qhe me trajeron. Primero fue el Domaine Bachelet, Gevrey-Chambertin 2004, un bello vino, térreo, especiado, pirazínico y con una leve dosis de volatilidad levantando la nariz y realzando fruta roja cálida y ligeramente confitada, así como delicadas notas de lavanda y pimiento morrón (a vueltas con las pirazinas, ¿no?). En boca es vibrante y claramente enfocado, con muy buena fruta y una cierta rusticidad natural que me agrada. Masticable, largo y con un deje de nueces en el final. Sabroso con el cordero.

Dos excelentes botellas, teñidas de rojo.

Dos excelentes botellas, teñidas de rojo.

Otro vino más y ya. Lo bueno de los viejos amigos es que saben lo que te da gusto y te lo suplen generosamente. Así, la otra botella del Dr. K era del Château Certan de May, Pomerol 1993, un vino del que he consumido lo suficiente como para sentir cierta intimidad con él y del que espero consumir bastante más en el futuro. ¡Porque mira que está bueno! Siempre que abro o me abren una botella, es un elogio a esas añadas dizque “desafortunadas” que los gurús irrespetan ignorantemente.

Tono altito, con los aspectos florales (ya no volveré a confundir jamás lilas con violetas) por delante, seguidos de tinta china, cedro y herrumbre. En boca es ligero, con jugosidad de ciruela fresquísima y algo que el Dr. K designó (citando nada menos que a Steve Tanzer) como “perfume intrabucal”.  La floralidad y la mineralidad se entrelazan en el paladar y permanecen ahí largo tiempo, etéreas, dejando que taninos vivos y excelente acidez te refresquen.  Delicioso vino.

A la mañana siguiente me regresaba yo a Santo Domingo. No podía quejarme. Claro, todavía no les he contado lo mejor de esta visita a mi vieja ciudad adorada. Eso queda para luego… Por ahora, sopa de pollo a ver si me despojo del muermo que me agobia.

Gerry Dawes les aclara las ideas a los gallegos

Uno de estos dos hombres es Gerry Dawes

Cosas del Facebook: En un intercambio de enlaces a entrevistas, mi buen amigo Gerry Dawes me ha mandado ‘esta que le hicieron para el diario La Voz de Galicia.

Llevo annos conociendo a Gerry y leyendo lo que escribe, o sea que para mí en este artículo hay pocas sorpresas más allá de que verdades tan gordas como las que explica Gerry se vean expresadas con tan exquisita concisión y precisión. Habiendo probado junto a él y por mi cuenta la mayoría de los excelentes vins de terroir gallegos que cita, doy fe de que son lo que dice y de que veo la misma promesa que él ve en zonas como Ribeira Sacra. Aunque a veces mi querido amigo es dado a arrebatos que, para quienes no le conocen, le hacen parecer una especie de Lou Dobbs del vino, aquí se luce. Dispara y da en el mismo medio del blanco.

A ver si me le hacen caso los bodegueros gallegos y no se nos tuercen.

Ah, y me hace mucha gracia que la entrevista concluya con el sonsonete sobre Robert Parker, no por Parker mismo, sino porque el encargado de cobertura española para él, que lo es el otro Jay Miller (no el verdadero, que es mi amigo y un hombre de exquisito gusto más inclinado a buenos borgoñas que otra cosa). Es que todavía se habla de “la influencia de Parker en España” como si el pobre Dr. Jay no existiese, o no pintase nada. ¡Qué cosas!

Cositas y cosotas: 13.03.2009

Como todas las semanas, ha habido mucho movimiento. O no. Según se vea.

Cuentan en mi habitual fuente noticiosa que prestigiosas casa británicas del comercio del vino ahora exigen garantías y sacan pólizas en caso de fallo económico de sus proveedores en Burdeos. Leyendo el artículo comencé a ponderar si en verdad tan jodidas andaban las cosas del lado bordelés. Pero de repente me dí cuenta de una cosa…

¿A mí qué me importa?

Es que tengo que darle la cara al asunto de una buena vez. Burdeos, como región, para mí es enteramente irrelevante. Ya no es aquella fuente de los grandes vinos con que me eduqué en este tema. Ya los terroirs de la región significan muy poco y muchísimos vinos no se parecen en nada a las glorias que una vez fueran. Además, ¿quién tiene ya el platal que haría falta para financiarse un hábito de burdeos?

De manera que es un tema menos del que preocuparse. Claro, entre un océano de producto rollandizado, parkerizado, puntista, o de cualquier otra forma desvirtuado,  queda un puñado de châteaux de los cuales aún sale vino que amerite mi atención y respeto. Pero esas excepciones ya son tan poquitas que en realidad las puedo considerar caso a caso, sin tener que andar mojándome en lo que hoy representa la región.

Ajem, hablando de desvirtuar y en un orden de ideas que no tiene nada y tiene mucho que ver con el vino, uno de mis cafés favoritos—por no decir una de mis regiones cafetaleras favoritas—se me ha ido al diablo.

Bien sabido de todos los amigos y parientes políticos puertorriqueños que me visitaban era que el impuesto de entrada a mi casa consistía en algunas laticas de Alto Grande, uno de los grandes cafés de Puerto Rico. Cuando vivía en esa isla, me acostumbré a tomarlo en casa y tanto mi máquina de espresso como yo lo adorábamos por su elegante textura, su amplitud de aromas y sabores y la perfecta crema que presentaba cada taza.

Pues en el último año he descubierto un extraño fenómeno, muy para mi consternación, que ha llevado a que la más reciente lata de Alto Grande sea la última que pruebe.

Sometido al mismo tratamiento de cada mañana durante décadas de mi vida y con la misma maquinita italiana, escrupulosamente mantenida, el Alto Grande de hoy no se parece en nada al de antes. Da unos extraños olores vegetales, casi compostados y a carobo quemado. La crema en taza es mediocre. Y al paladar se presenta amargo y hueco, donde antes fuese un café opulento, achocolatado y térreo, con montones de sobretonos agradables.

¿Qué ha pasado?Y lo más importante: ¡Devuélvanme mi café querido, carajo!

Pues mi eternamente diligente esposa, periodista puertorriqueña al fin, me pasa este artículo del periódico boricua El Vocero.

Al parecer, una nueva maquinaria implementada para efectivizar (o sea, acelerar y abaratar) el proceso de secado de los granos de café está chafando grandes cantidades de café puertorriqueño y ahora lo que sale, a causa de todo esto es un producto que huele fatal y sabe peor, donde antes hubiera un café excepcional.

¿Les suena? Porque a mí de repente me recuerda a ciertas cositas que rutinariamente “le pasan” al tecnovino actual.

Pero bueno, la cosota de este viernes…

No sé si se me habrán enterado los demás amigos que siguen La otra botella en el resto del mundo mundial, pero hoy salió en la revista Wikén del periódico chileno El Mercurio un artículo de Patricio Tapia basado en cierta entrevista que me hizo.

Quería dar las gracias a Patricio por la exposure y el consiguiente aumento de tráfico sureño que me ha creado, por no decir nada de todos los líos que me va a buscar en Chile por mis pronunciamientos sobre el estado actual de la industria del vino en ese país. Es que soy un frescachón, porque mira que andar diciendo que quisiera que los vinos chilenos dejasen de olerme a laboratorio.

No se crean, me tienta la noción de depositar aquí una especie de colección de Bloopers and Deleted Scenes de la entrevista, pues se realizó en una conversación en vivo y a través de e-mail, lo que deja, por así decirlo, bastante sedimento.

Por ejemplo, surgieron un par de interrogantes acerca de por qué prefiero esta plataforma, con un no-sé-qué implícito sobre si me gustaría llegarle a más gente, o tener influencia en el mundo del vino, o motivar o desmotivar el consumo de tal o cual cosa…

Cada vez que yo pienso en los gurús que nos han ocupado en los últimos años, los grandes próceres del vino actual, siento lo que sólo podría definir como repelús. Este blog lo veo como un punto de conversación a pequeña escala, léalo la cantidad de gente que lo lea. A todo el que me lee lo tengo en cuenta y le doy la bienvenida, mirándolo de frente e interpelándolo directamente en la medida en que lo vaya conociendo. Y a esa escala es que me gusta mantener las cosas.

¿Por qué? Pues quizás me inspiro en The Clash, aunque les parezca extraño. Esta tremenda, irremplazable, esencial banda de punks malgrés eux siempre manifestó a sus diversos agentes y contratantes que preferían tocar en locales pequeños, para tener un contacto directo con la gente que venía a escucharles.  Ese contacto directo permitía un intercambio muy inmediato de energía entre músicos y público.

Pues, en honor a esos ídolos míos que lo fueron y siempre serán Strummer, Jones, Simonon y Headon, así música, así blog.

También me tienta la noción de hacerle una especie de “contraentrevista” a Patricio Tapia, para publicar aquí. ¿Qué amigo, te animas? Cosa de “a calzón quitao” (como se dice en Puerto Rico, ya que de esa tierra he hablado hoy) y con un debo y pagaré de almuerzo con botella de trousseau, o de frappato…

Por cierto, que esta mañana, antes de comenzar a ponderar la subida o declive de mi perfil en Chile, estaba revisando a Wine Disorder y ví, con infinito gusto, que mi queridísimo Joe Dressner había iniciado un hilo. Joe rescata un ensayo suyo de hace algunos años que me parece extremadamente relevante hoy día y que todo el que aspira a educarse (de verdad) sobre vino (de verdad) debiera leer.

Ya les hablaré más de Joe en mi próxima entrega. Lo ví cuando estuve en Nueva York ahora y, para alguien con un tumor cerebral, estaba bastante bien, siempre sardónico y dressneriano. Pasamos un ratito discutiendo sobre las mejores navajas de afeitar.

Bueno, a aquellos que en Chile se enteraron de mi existencia hoy gracias al heroismo de Patricio Tapia, les pido que me tengan un poco de paciencia, que tal y como los vinos de trousseau o ploussard, a veces soy uno de esos “gustos adquiridos”. Y a los que sencillamente no puedan adquirir el gusto, pues, no se apenen e imagínenme cantando  ésta de John Wesley Harding: