Dejé la gorda para última. Legalmente, esta entrada debió ser “Nueva York otra vez, y 5″, pero siendo como soy y teniendo otras ideas, sale como sale. Les cuento.
Cuando a Brad Kane se le mete algo entre ceja y ceja, tiende a ser sumamente insistente. Le encanta planear catas temáticas: Verticales, horizontales, vertizontales, transversales, metarregionales… Así se andaba desde hacía como tres meses con la idea de una noche de riojas de 1970 en Manhattan. A mí me entusiasmaba mucho el asuntillo y no vacilé en apuntarme, planeando mi viaje alrededor de esa noche de miércoles en que ocurrirían la cena y los vinos.
Claro, por el camino los temas pueden sufrir mutaciones, que fue lo que pasó aquí. Al final, en vez de riojas de 1970 pasamos a riojas “de los setentas”, lo que luego se convirtió inesperadamente en “riojas de cierta edad”.
Feliz la mutación, les digo.
Así nos reunimos en el salón trasero de la popularísima tapería neoyorquina Tía Pol el antedicho Brad, el profesor John Gilman, SFJoe, Greg dal Piaz, Jayson Cohen, el verdadero Jay Miller, Christine Huang (que visitaba de San Francisco, o sea, desde más lejos que yo), Carlos Hübner-Arteta y un calvo regordete y con gafas vestido de negro, o sea, este servidor. Me hacía mucha ilusión encontrarme esa noche también con Gerry Dawes, a quien no veía desde hacía ya más de un año, pero el hombre canceló a último momento. Cosas de la vida.
Sentados a la mesa, pronto comenzaron a circular vinos y las tapas de Tía Pol. La cocina se botó con nosotros, sacando una maravillosa—y maravillosamente abundante—serie de platillos. Montaditos y croqueticas con esencia de trufa y piquillitos rellenos y gambas a la sal y choricito y carne y pinchitos morunos… Todo riquísimo y, si bien no hubo revelaciones de maridaje, pues, muy llevadero para los vinos.

En la mesa, cuando aún imperaba la seriedad, de izquierda a derecha: El verdadero Jay Miller, John Gilman y Jayson Cohen
Los vinos… Como suele suceder en las anárquicas veladas con mis amistades neoyorquinas, no nos poníamos de acuerdo sobre con que comenzar. De repente se abrió algo que parecía ser R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Reserva, Rioja 1970. Corchado. O por lo menos para mí corchado de plano, aunque algunos en la mesa fueron mucho más tolerantes e intentaron darle una oportunidad, esperando que se disipara el problema, cosa que no ocurrió.
El verdadero Jay Miller se paró de su asiento al otro lado de la mesa y vino a mí para servirme una copa del Gonzalez-Byass, Fine Dry Oloroso, 1964. Un magnífico oloroso de añada, memorable a la primera olisqueada. Pero no quise probarlo en ese momento. Nada más los aromas me sugerían un vino de suficiente poderío como para adueñarse irremediablemente de mi paladar y no dejarme apreciar nada más. Prometí probarlo con los quesos y eché esa copa a un lado.
Había delante de mí ahora un R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Gran Reserva, Rioja 1976 que se estaba comportando espectacularmente. Precioso perfume de nueces, flores blancas, miel, hierbas secas, cereza y albaricoque seco. Poderoso en boca, con la esperadas intensidad de sabores, profundidad y electrizante acidez. Larguísimo y muy enérgico, con los aspectos florales retornando junto a cera caliente y mineralidad talcosa en el final. Fenomenal botella de un vino del que he tenido el privilegio de probar muchas muy buenas.

Kane y Hübner-Arteta en su esquina.
Era el único blanco. Que continuáramos con un R. López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1981 me hizo pensar que el evento se nos convertiría en una franca lópezdeherediada. Cosa que no tiene nada de malo, pero vamos, que la publicidad prometía otros vinos… En fin, que tampoco iba a quejarme ante este espléndidamente juvenil Bosconia. Nariz muy viva que se abre en abanico dando manzana, concreto recién vertido, guisantes, cuero, ciruela fresca, arándano, grosella, tinta, lavanda desecada y naranja rubí, entre muchas otras sugerencias aromáticas. En boca es un vino a la vez musculoso y delicado de tacto, con excelente nervio y la misma tendencia a abrirse en abanico. Muy largo. Aquí recurre la idea del “perfume intrabucal”, pues desde el paladar medio comienzan a sentirse elementos florales y minerales que hacen particularmente delicioso el posgusto.
Mis aportaciones a la velada siguieron después. Había yo vacilado bastante entre unos cuantos vinos de los setentas para esto hasta que dí, revisando el inventario de mi bodega neoyorquina, con una verticalita de las primeras tres añadas de Contino Reserva, regalo de mi gran amigo Jesús Madrazo, actual enólogo de la bodega. Viñedos del Contino se fundó en 1973, lo que hacía de esta verticalita algo muy emblemático y muy significativo si íbamos a considerar la época. Después de todo, fue la primera bodega riojana creada en plan château bordelés, o sea, produciendo vino de viñedos contiguos a la bodega—una innovación en la Rioja de aquellos días.

Tríptico de Continos
Fuimos de más joven a más antiguo, comenzando con el Contino, Reserva, Rioja 1978. Un vino compacto, cubierto, seriote… Aromas de cereza, frutas negras y trufa con notas de volatilidad y establo. La volatilidad lleva, repentinamente, a un bonito tono de agua de violetas. En boca entra vivaz y fresco, con la fruta muy pura y una cierta cremosidad textural. Aún se siente algo de madera por resolver e integrar completamente aquí. El posgusto es largo, tánico y apretado, con elementos de té negro y especias. Muy joven aún.
Continuamos con un vino que me ha encantado cada vez que lo he probado en el pasado, el Contino, Reserva, Rioja 1976—y ésta botella me llevó las cosas a otro nivel, sobrepasando cualquier recuerdo mío del vino. Una belleza. Perfume dulce, especiado, floral, cálidamente frutal. Una nariz elegantísima, madura, generosa, sumamente seductora: Higo, carne curada, naranja en conserva, agua de rosas, ciruela fresca, tierra, canela, comino y muchísimas cosas más. Entra en boca delicadamente, pero con un toque profundo. Acaricia y las reverberaciones de esa caricia te penetran la lengua deliciosamente. Largo, con fruta roja sorprendentemente presente, enfatizada por excelente acidez y taninos perfectamente sedosos. Te deja la boca palpitando. Fenomenal. Un vino de “apaga y vamos” donde los haya. Creo que no fuí el único en la mesa que me hubiese sentido completamente satisfecho si hubiésemos bebido sólo esto.
Finalizamos con el primer vino comercializado por Contino, el Contino, Reserva, Rioja 1974. Quizás fue un anticlímax después del maravilloso 76, hay que decirlo. Hubiese sido mejor abordar la vertical de viejo a joven en este caso. Mucho más aromáticamente discreto, en un principio parecía ya estar en declive. De hecho, la nariz en este vino alternaba entre debilitarse y fortalecerse por minutos. Aromas de cuero, flores secas, sándalo, ciruela fresca y cera. Esbelto y delicado en boca, sin remotamente acercarse a la provocadora intensidad del 76. Vaporosa fruta—aires de ciruela fresca, cereza y arándano—con acentos de cedro y piel de naranja en el posgusto, que no es ni corto ni largo y se siente ligeramente secante.
Ah, pero el 76… Me tomó buen rato pasar a lo próximo. Al fin le entré al CVNE, “Imperial” Gran Reserva 1973 que tenía delante. Un Imperial achocolatado, con cuero, ceniza, frutas negras y cedro en una nariz sabrosa, casi golosa. Fino en boca y sumamente disfrutable. Bonita fruta con notas de especias en el paladar. Jugoso y con buena persistencia. Quizás se le podría acusar de una determinada falta de complejidad, pero tiene buen nervio y agarre en el posgusto. Un buen vino para comer.
Hab;ia también un CVNE, “Imperial” Gran Reserva, Rioja 1970, más ancho de espaldas y de voz más ronca que el 73. Térreo, especiado, con buena intensidad frutal y un golpe de yerbabuena que en un principio me resultó un tanto desconcertante. Pero me acostumbré rápido. Compcto de carnes en boca, suave de taninos y listo para la fiesta, me resultó este Imperial, que gana marcadamente corpulencia en el paladar medio. Buen final, que se va a cítricos y presenta un agradable deje acaramelado.
Apareció entonces, como compensación por aquel Tondonia inicial corchado, un R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Gran Reserva, Rioja 1970. Nariz de tono altito con aspectos de alcanfor, cuero, rosas secas, piel de manzana, herrumbre, azúcar prieta, malagueta, ciruela roja, arándano, piedra triturada, laurel… Muy compleja. De las que te obligan a hacer pausa. P varias pausas. De las largas. En boca vibrante, pero también sedoso. Canela, hierbas secas y notas cárnicas acentúan fruta jugosa y multifacética. Muy largo y riquísimo. Todos sus elementos se presentan con una vivacidad que es tremendamente estimulante. Me encanta. Junto al Contino 76, definitivamente de lo mejor de la noche.
A continuación probamos el R. López de Heredia, “Viña Bosconia” Gran Reserva, Rioja 1970, que presentaba un marcado contraste con su hermano, el Tondonia. Compacto de aromas, especiado, con un golpe de bestia sudada, otro de cedro, una nota de ajonjolí tostado, otra de clavo dulce. Pero el término operativo aquí es “compacto”. Como buen Bosconia, está apretado y muy joven aún—necesitado de tiempo para relajarse y desplegar sus bondades. Muy buen largo. Aunque el posgusto está un tanto apretado, se intuye mucha complejidad. Para el futuro.

Apogeo...
Ya la mesa estaba vivaracha y jaranera. Ya nos parábamos y circulábamos de un puesto al otro, cambiando impresiones. Comenzamos a mandar vino a la cocina y a compartir con el joven camarero que nos habían asignado en el saloncito privado de Tía Pol. “¿En qué año naciste, muchacho? ¿Y tu papá? ¿Tu abuelo?” Resultó que había vino de la edad de varias generaciones de cualquier familia sobre la mesa. El chico se quedaba más sorprendido con cada sorbo que probaba. No creía que un vino del año de su nacimiento (creo que era el Bosconia 81) estuviese tan brillante y fresco. Era una noche de compartir el placer de estos grandes vinos, que es tan sensual como intelectual. Es casi inevitable pensarlos, en sus edades, casi como personas. Inmediatamente te das cuenta de que si te consideras un adulto y estás probando un vino de tu propia edad, pues, corresponde que el vino sea tan adulto como tú.

Riojas adultos que son un ejemplo de civilidad, etc., etc. Claro, la gente es otra cosa y el relajo es el relajo. Brad y Christine. Sometido para interpretación.
¿Qué sé yo? Es que estos riojas hacen imperativo pedir más del vino que lo que los actuales prescriptores parecen inclinados a pedirle.No basta la espectacularidad inmediata de la muestra de cata, el impacto del vino grande. Un gran vino debe evolucionar como un ser humano, adquirir complejidad, suavizar sus modales, hacerse más interesante con el paso del tiempo. En su equilibrio y gracia, estos vinos de madurez se hacen compañeros de mesa inmejorables.

Elogiando al vino, que es lo adulto: Ejemplares ciudadanos de la comunidad enolúdica, en lo suyo.
Seguimos con un Bodegas Riojanas, “Viña Albina” Reserva, Rioja 1964. Nariz otoñal de hojarasca, con notas achocolatadas, jamónicas y de frutas secas. Como suele ocurrir con los Albinas de cierta edad, el elemento de volatilidad es considerable, pero más que afectar, colabora a dar viveza a los demás aromas. Aunque en boca se manifiesta ya pasado de su mejor momento, mantiene un perfil dulce de especias, cedro, hongos y ciruela roja que lo hacen disfrutable. Saca pecho en el paladar medio, con una cierta carnosidad frutal-floral, aunque en el posgusto se hace un tanto difuso.

Palacio "Reserva Especial" 1942
Honestamente, no pensé que íbamos a pasar de los sesentas, como mucho, en la edad de los vinos esa noche. Pero una sorpresa apareció: El Bodegas Palacio, “Reserva Especial”, Rioja 1942. Aquí estábamos ante un vino quizás de un pedigrí menor que los anteriores que habían caido. Se nota ya la fatiga, aunque todavía está vivo y perfectamente bebible. Aromas de ciruela tirando a pasificación, cuero, laurel seco, eucalipto, humedad y cardamomo manifestados discretamente. En boca se presenta de una pieza, completamente pulido y mullido, con los aspectos de ciruela pasa y oxidativos acentuándose de forma que para mí rayaba en lo incómodo. Posgusto redondeado, algo fláccido, medianito.

Marqués de Riscal Reserva 1925
Y las sorpresas no paraban ahí, porque cuando los integrantes de esta peña se botan, se botan. Apareció acto seguido un decantador con el Marqués de Riscal, Reserva, Rioja 1925 que me puso los dientes largos. Mis experiencias con los vinos de Riscal en los veintes han sido todas magníficas, de las que alteran paradigmas y te obligan a olvidarte de ideas recibidas.
Este Riscal parecía ser dos vinos en uno, lo que me hizo especular un poco sobre si la botella había sido “refrescada” de forma no particularmente diestra con vino de una añada más joven. No pude verificar corcho, etc., y no teníamos suficiente información de origen como para llegar más lejos con esa línea de pensamiento, pero bueno, la duda queda… Inicialmente algo de humedad, polvo, setas, oxidación caramelesca y salsa de soja—olores de viejo que se disipan para dar paso a especias, frutas negras aún muy vitales, carne y notas herbáceas. Con aire, esas hierbas se van definiendo como té negro, del que hay mucho en esa nariz eventualmente. Grande y un tanto macizo en boca, salino, entra como vino antiguo y cobra vida en el paladar medio, haciéndose increiblemente vivo en un final que muestra bastante fruta de sorprendente frescor, pero en el que paralelamente surgen elementos terciarios y notas oxidativas. Largo. Potente. Quizás demasiado. Quizás mis sospechas sean injustificadas, pero las tengo y, por honestidad, las expreso.

González-Byass, Very Fine Dry Oloroso 1964, al fin...
Con los quesos pude retornar a mi porción del sensacional oloroso 1964 que había puesto a un lado. Fue, modestia aparte, una sabia decisión, pues el vino me hubiera coloreado irremediablemente el resto de la beba y, además, iba de perlas con la selección de quesos españoles que nos pusieron. Caramelo, pero sin dulce. Lavanda. Panal de abejas. Dulce de membrillo, pero espolvoreado con sal. Jamón curado. Carbón. Pétalos de rosa. Avellanas tostadas. Chocolate amargo. Todo en una onda volátil que pone los aromas en impecable tensión y te pone, como diría mi amigo Camilo, “a buscar la peseta”. Un oloroso grande, que llega profundo. Largo, suculento y salino. Te deja tremendamente satisfecho. Otro fenómeno. Ya saben, mi tercer preferido de la noche.
Más o menos al momento del jerez y los quesos, Carlos Hübner vino a mi lado de la mesa y se sentó a conversar conmigo un rato. Eso dió lugar a uno de los intercambios más interesantes de la noche entre él, SFJoe y yo.
La pregunta crucial, habiendo encontrado tanto de disfrutable aquí fue: ¿Por qué quedan tan pocas bodegas pensando el rioja de esta forma y elaborando vinos como estos?

SF Joe y Carlos Hübner-Arteta, exhibiendo los gestos faciales que habitualmente inspiro en la gente que conmigo conversa.
Las consideraciones de rigor fueron inmediatamente puestas sobre la mesa: Claro está que estos grandes riojas son “vinos de bodega” en la medida en que los métodos de elaboración tienen tanto que ver con su carácter y longevidad como cualquier aspecto de terroir que queramos imputarles. El que los valoremos tanto podría, si uno llega con determinada mentalidad a contemplarnos, entrar en conflicto con la preferencia por la viticultura y enología estrictamente natural y no intervencionistas que hemos sido vistos por ahí defendiendo. Ahí hay que entrar en mucha explicación, o sea que quizás sea mejor dejarlo en una paradoja: Son vinos hechos de esta manera y, sin embargo, se las arreglan para ser inconfundiblemente ellos, a la vez que de su región. Encima, evolucionan magníficamente en el tiempo y llegan a poseer una sublime complejidad.
¿Por qué—reitero—abandonaron tantas bodegas en la Rioja este estilo de vino, favoreciendo cualquier moda tonta de los últimos veinte años? Muchas bodegas han parecido estar dando palos a ciegas, a ver si logran tronarse la piñata de los puntos y las ventas en el mundo mundial. Y sus vinos han ido perdiendo identidad. Donde antes hacían vinos deliciosos, conducentes a la convivialidad, disfrutables al salir al mercado pero con suficiente estructura y cuerpo para recompensar la guarda, ¿ahora qué logran? ¿De verdad han mejorado sus vinos?
Que quede claro: Aquí ya no estamos hablando de los que llegaron recientemente y son “modernos” porque eso es lo único que saben, sino de aquellas casas que alguna vez elaboraron el tipo de vino que habíamos disfrutado esa noche, pero ahora han ido cambiando, movidos por contables y mercadólogos sin sentido alguno de la historia y la tradición (a menos que sean “Historia” y “Tradición” para meter como términos vacíos en parrafaditas mendaces de contraetiqueta). ¿Por qué?
Esa noche me fuí de Tía Pol muy feliz de haber compartido tanto vino excelente con un tan excelente grupo de viejos y nuevos amigos. Pero también iba un poco molesto por esa pregunta, que me hincaba como una espinita clavada en algún punto inconveniente del pie.
Es que recuerdo muy bien la cantidad de veces en que tuve que debatir fieramente con algunos “moderneros” (bestia producto del cruce entre un modernista y un ternero, si alguien les pregunta) empedernidos, quienes promovían enérgicamente la doctrina de la “alta expresión” y la “modernización” y muchas otras cosas que pusieran al rioja “a competir en el escenario global”. Como si no lo hubiese hecho antes.

Un homenaje a las estrellas de la noche.
Encima, no se limitaban a empujar su nuevo tipo de vino como “lo que deben ser las cosas”, sino que se esforzaban por denostar los riojas tradicionales como “obsoletos”, “sucios” o “cadavéricos”. Algunos eran tan violentamente insistentes en sus condenas, tan apasionados en su invectiva contra las bodegas históricas de Rioja que tal parecería que querían borrar este tipo de vino del mapa. ¿Por qué?
Esa noche en Nueva York, como en muchas otras de las que he tenido la dicha de participar, de las botellas salían verdades irrefutables.