Nunca falla. Si me preguntan de donde soy, digo que aunque nací y crecí en el Caribe, mi única casa es Manhattan.
Llegué a las siete de la noche. Fácil pillar un taxi en el aeropuerto. Me hospedaba en un lujoso hotel de Central Park South, con una tarifa de risa. Cosas de la recesión. La última vez que había visitado el Essex House fue para un eventico en el desaparecido Alain Ducasse. Antes, siempre que pasaba por delante del hotel recordaba que en esa acera había sido encontrado muerto Donny Hathaway.
La conversación con el taxista haitiano fue toda recesionaria. “Cuando la crisis se siente en Nueva York es que las cosas están realmente malas”, me decía, tras preguntarme si mi visita era de “business or pleasure“.
Les anticipo que estas historias de Nueva York serán quizás distintas a crónicas anteriores. Viajé solo y no me fue tan fácil reunir a mis viejos amigos en grupos grandes, de manera que mis intercambios lúdico-vínico-gastronómicos ocurrieron a escala pequeña, íntimamente, conversando con un amigo—o dos, o tres—ante un par de botellas en algún sitio reconfortantemente familiar.
Capsularmente les puedo contar que no me apetecía andar mucho ese domingo en que llegué, pues estaba cansado y hacía un frío del carajo. Como siempre ocurre cuando me veo ante esa situación, me fuí a Molyvos en Séptima Avenida, el confiable griego de siempre. Pulpo a la parrilla, moussaka, un assyrtiko, un xinomavro… Nada que no les haya contado antes.
Más capsularmente aún, considerando, está el caso de que el lunes me encontré en Trestle on Tenth con SFJoe, su hermana Ann, Victor L y Mark Ellenbogen, el genial director de vinos del restaurante The Slanted Door en San Francisco. Conocía por primera vez a Mark. El resto de la compañía, pues, era de siempre.
Victor L y yo llegamos primero al restaurante y nos entretuvimos un ratito en el bar con una copa del Maison Vergues, Brut “Le Berceau”, Blanquette de Limoux que francamente no estaba en nada. Un espumante sin mucha dimensión, limpio y amarillamente afrutado, pero sin particular interés, ni a nivel textural, ni a nivel aromático.
Mal auguraba la cosa cuando, sentado el grupo a la mesa, la primera botella salió corchada. Era un Domaine de la Pépière, “Clos des Briords”, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 1988. Por suerte, de inmediato apareció un esplendoroso Dauvissat, “La Forest”, Chablis Premier Cru 1989.
Decir “esplendoroso” de este vino no es poca cosa, considerando la bárbara proliferación de botellas de borgoñas blancos varios en estado de oxidación prematura que me he encontrado en los últimos tres años. Pero este Forest estaba regio. Firme, con bellos tonos de madreselva y cera sobre mineralidad marina y fruta amplia. Excelente estructura. Estuve mencionando un rato que le sentía un cierto aspecto distante de jamón asado a la nariz que me resultaba harto interesante. Larguísimo, profundo y pleno, con una deliciosa nota melosa en el final-final.
Después del chablis decidimos ordenar de la siempre interesante carta de vinos de Trestle on Tenth. Lo primero fue el Emmanuel Houillon/Domaine Pierre Overnoy, Arbois Pupillin Rouge 2007, un tinto claro y brillante de la variedad ploussard (o poulsard, como también se le llama), todo besos de frutas rojas, hojas secas, carne y minerales. Jugoso y divinamente fresco. Como el chablis había resultado tan monumental, en realidad opacó completamente el entrante de mollejas salteadas, remolachitas y aliño de nueces que ordené. En realidad fue con este ploussard con que vine a disfrutar mejor el plato.
¿Les he dicho que el Jura ha comenzado a apasionarme en serio ;ultimamente? Tintos como éste de Houillon me encantan por su magnífica transparencia, su vivacidad y su elocuencia.
Siguió un Pierre et Cathérine Breton, “Clos Sénéchal”, Bourgueil 2005, también de la carta. Este es un vino que sorprende por no estar completamente cerrado ahora mismo. Pero es engañoso. En realidad lo disfrutable se queda a un nivel muy superficial de frutas rojas y negras muy frescas y golosas, con elementos especiados, térreos y minerales. Pero por debajo de esa primera capa juguetona hay una estructura tremenda, con infinidad de elementos apretados uno sobre otro, que meramente sugiere deleites por venir. Aunque está sabroso ahora, esto es un vino para el futuro. Algún perverso impulso me llevó a pedir hígado de ternera, algo que no comía desde hacía años. Venía con rösti y algún otro acompañante sabros que ahora me elude. Le iba de perlas al Sénéchal.
Estábamos comentando sobre opciones vínicas para acompañar los quesos. Tanto SFJoe como Ellenbogen se inclinaban hacia un Emmanuel Houillon/Domaine Pierre Overnoy, Arbois Pupillin Blanc 2004. Yo mencioné que había probado ese vino no hacía tanto y que había estado muy rico a partir del quinto día de abierto. Los chicos nada más oyeron la primera parte. Lo de los cinco días se les escapó y lo que nos llegó a la mesa fue un blanco jovencísimo de savagnin lacerantemente angular, austerísimo, en el que todo eran vagas sugerencias seguidas por rapapolvos acídico-mineralees. Lo mandamos decantar, pero ni así. Un bebé sacrificado. Mucho tiempo requerirá. O mucho aire. Más que el que teníamos esa noche…
Los siguientes días, entre visitas médicas y asuntillos de trabajo, me dediqué a merodear por la ciudad y contemplar la situación. Continuaré contándoles lo bonito y lo feo. En mi iPod tuve sonando buena parte del tiempo una bandita brooklyniana de dignos herederos de The Clash y PIL. Ayer les puse a The Buzzcocks, hoy esto de Radio 4, que tanto me suena a casa:




2 respuestas hasta el momento ↓
Javier // Marzo 9, 2009 a 6:36 am
…y es que la sorpresa de encontrarse con un buen vino siempre le alegra a uno el dia.
Javier
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Manuel Camblor // Marzo 11, 2009 a 7:23 am
Si lo dices por el chablis, pues no sé, Javier, porque mira que para encontrarse con una buena en estos tiempos hay que darse con muchas chafadas, en lo que a borgoña con algo de edad se refiere…
Si lo dices por el tinto de Houillon-Overnoy, pues eso le ilumina la noche a cualquiera.
M.