La otra botella

Una linda fiesta

Marzo 9, 2009 · 14 comentarios

 

Este sábado celebramos aquí en Santo Domingo el segundo cumpleaños de mis adorados hijitos Julián y Sabina. Como la celebración del primero el año pasado fue modestilla (est;abamos en vísperas de mudarnos de Nueva York), este año era claro que había que tirar la proverbial casa por la también proverbial ventana. No me canso de felicitar a los chiquitines, que tan tremendos son y tanto me hacen vibrar. Esta noche, ya que ha pasado todo,  procuraré abrir algo bueno y de preferencia espumante para celebrar lo bien que salió todo.

La autora intelectual del fiestón de los mellizos fue su madre, claro está. Josie se botó. Mínimo de errores, máximo de satisfacción para niños y para los adultos que tanto querían verlos disfrutar. DJ CamblorNO se convirtió en DJ Papa e hizo lo que tenía que hacer. Entre Prince, La Pandilla, Celia Cruz, la gallina turuleca, la vaca lechera, Pin Pon, la salsa, el reggaetón y un montón de cosas más, grandes y chicos se gozaron el sonido. Ahora me toca hacer copias de mis discos de mezclas infantiles para un buen puñado de  gente.

¿El tema de la fiesta? Pues no podía ser otro… El patio de Bee Creative, el preescolar donde van los camblorcitos a diario, fue magistralmente decorado en Pocoyó total. Les muestro…

 

Categorías: Cosas que me pasan

Nueva York otra vez 2: Un par de amigos, algo que beber…

Marzo 9, 2009 · 6 comentarios

Ya les dije que este viaje a Nueva York fue de un carácter especial. No hubo tanto de grandes catas, sino más bien experiencias a menor escala, compartiendo de forma más íntima algunos vinos con buenos amigos.

Así nos encontrábamos el Dr. K y yo en Grand Sichuan un martes por la noche, cada uno con una botella en mano, pidiendo favoritos de siempre como los maravillosos soup dumplings de cerdo y cangrejo, el pato ahumado al té y los guisantes salteados con cerdo molido. Teníamos un par de botellas de regiones distantes una de la otra, pero cuyas etiquetas, por alguna peculiar coincidencia estética, iban coordinaditas de colores.

El blanco era el Do Ferreiro, Albariño “Cepas Vellas”, Rías Baixas 2007, aportado por mí. Lo encontré en Crush y tenía que probarlo, como ocurre con toda añada de este siempre magnífico vino—el albariño gallego que para mí marca la pauta a seguir.

Claro, lo de “siempre magnífico” admite una cierta latitud de interpretación. El 2007 no está, debo decirlo alante, entre mis añadas favoritas de albariño. Ya hace unos meses comenté sobre un Palacio de Fefiñanes que me había resultado quizás demasiado graso y desenfocado. Pues más o menos lo mismo le pasa a éste de Do Ferreiro. La aguda precisión del 2006—por ejemplo—aquí no la encuentro. La nariz comienza con una pronunciada mineralidad salina sobre limón en conserva. Esto, con un poco de aire, pasa a tonos anisados y de manzana. Lo que interrumpe la progresión aromática es cierto aspecto de perfumería—algo en plan de aceites esenciales que, lejos de definir mejor el todo, le imparten un brillo difuso. Raro fenómeno en un vino de Do Ferreiro… En boca es carnoso, con un aspecto goloso de compota de manzana, acentos de melón verde y té sencha. Aunque es afrutado y carnoso, acaba por resultar completamente seco, con la mineralidad muy presente en un posgusto largo.

Un vino sabroso. El problema es que los aromas y sabores, aunque logran buena armonía, no tienen la exquisitamente clara definición y pureza que tanto he admirado en añadas anteriores del mismo vino.

Quizás son cosas mías.

La otra botella era de un vino jovencísimo. Me daba mucha curiosidad por qué el Dr. K. había insistido en traer algo que nosotros, teniendo amplia experiencia con el elaborador, bien sabíamos que iba a estar bastante arisco.

Pero de todas maneras le entramos al Henri Gouges, Nuits-Saint Georges 2005.

En un principio el vino se mostraba implacable y cabreadamente cerrado. Alguna nota especiada era seguida por otra entre herrumbre y sangre, antes de que el vino sencillamente se callara y con su silencio pareciera mandarte al diablo por infanticida. Dando muñeca para ver si el aire le disuadía de este hostil mutismo, logramos que el vino soltase matices de vainilla que repentinamente se convertían en canela, para luego volver a lo del hierro, pero con un bonito sobretono de azúcar prieta. Pero poco era lo que estaba dispuesto a darnos.

En boca hay generosísima fruta, pero los taninos aprietan que eso mete miedo. Un vino hecho no para el 2009, sino para el 2025, por lo menos.

Con más aire comienzan a surgir acentos de agua de violetas por entre las especias.

Lo curioso, en este vino jovencísimo e impenetrable, es que hay una cierta sensación textural que hace pensar en madera. Inclusive, los taninos en boca nos pusieron a hablar sobre la posibilidad de que Gouges haya usado roble nuevo para esto.

Yo recordé una línea de pensamiento con la que me había encontrado hacía años en Piamonte y con la que me volví a topar hará como tres semanas, en un libro que entonces me leía. Iba de como ciertos vinos elaborados a partir de racimos de uva sin despalillar pueden presentar ese aspecto maderoso, pues los tallitos de vid bien maduros se “enmaderan” y eso se transmite al vino. Es una noción interesante en términos de un productor como Gouges, cuyos vinos generalmente son muy puros, sin adornos obvios de roble nuevo. Algo para ponderar.

Los restos de esta botella me los llevé al hotel terminada la cena. Volví a probar el vino tres días después. Se había movido muy poco.

Otra viñeta…

Mi buen amigo Jorge Henríquez es padre de una bella bebita de dos meses. Yo, como estaba de visita en Nueva York, aproveché para ir a conocer a Bella, que así se llama la pequeñita,  y ver como Jorge se desenvolvía de padre. El jueves en la tarde nos encontramos en Grand Central Station y tomamos un tren hacia el idílico suburbio al que decidió mudarse, tras años viviendo en Manhattan.

Yo traía un par de botellitas conmigo, claro, porque eso de reunirnos sin buenas libaciones de por medio como que no iba. Pero Jorge, ni corto ni perezoso, quiso mostrarme las virtudes de la vida suburbana, entre las cuales se encuentra poseer una cavita subterránea en su propia casa. Y comenzó a sacar botellas…

En lo que la bebé se dormía, comenzamos a preparar la cena. Jorge abrió un Domaine des Baumard, Savennières 2002 que me recordó inmediatamente la antisocialidad del Nuits-Saint Georges de dos noches antes. Una nota de frutas amarillas, otra de piedras trituradas, otra de vaselina, otra de alcaravea… Pero en realidad no quiere marcha este savennières. Compactísimo de carnes y parquísimo de expresión.

Lo intentamos de nuevo con una de las que traje yo, que sabía que estaría mucho más amigable: El Rudolf Fürst, Weiβburgunder “Pür Mineral”, Franken 2007.

Ya he escrito varias veces sobre el maravilloso müller-thurgau que saca Fürst bajo su serie “Pür Mineral”. Quería probar más y me aventuré con este pinot blanc, que resultó deliciosamente ligero y lindo. Su mineralidad me recuerda a talco, lo que lo hace un vino ideal para una primera visita a un bebé. No sé, asociaciones que hace mi mente. Sabrosa fruta entre cítricos y melocotón blanco, con  sutiles notas especiadas. El posgusto es largo, pero a la vez delicado como una suave brisa frutal y mineral. Un auténtico vinito de puro placer donde los haya.

Para acompañar el steak au poivre con papitas al horno que preparamos Jorge y yo, me había traido el Mugneret-Gibourg, Vosne-Romanée 2006. Después de la experiencia con el 2005 de Gouges me había entrado miedo de que los 2006—una añada de mucha madurez en que los tintos se han mostrado irresistiblemente sabrosos en su juventud y con estructura sólo para mediana guarda en los mejores ejemplos—se me hubieran cerrado de repente.

Pero no. Esto era uno de los habituales despliegues de pureza, transparencia y precisión a los que nos tienen acostumbrados las hermanas Mugneret. Fruta roja perfecta, fresca y vital, encuelta en fina mineralidad.  Aunque entra en boca con una cierta angularidad, es suculento y de vibrante frescura. Los taninos tienen buen agarre, pero sin llegar a demasiada firmeza. Hay aspectos de té negro, rosas secas, piedras y humo en un posgusto largo y delicado. Sabroso vino que invita a seguir bebiendo.

Nos quedamos un buen rato hablando de lo de ser padres primerizos, las trasnochadas, las sensaciones nuevas, lo que uno se cree que sabe, lo que uno no sabe…  No recuerdo si le dije a Jorge que me maravillaba ante lo tranquila que había sido la velada, considerando que había bebita de por medio, con todos los potenciales desastres que ello conlleva cuando uno recibe invitados. Bella se comportó inmejorablemente.

Teníamos muy en cuenta el horario de los trenes y yo no quería regresar muy tarde a Manhattan. Estaba bastante cansado. Antes de marcharme, Jorge insistió en abrir otra… Bueno, era una media del Freiherr Heyl Zu Herrensheim, Riesling Auslese Nierstein Pettental, Rheinhessen 2001.

Nariz muy primaria aún, con notas de botritis sobre naranja, cera y agua de lluvia. Limpio, ligero y muy vivaz en boca, con dulzor moderado y cítricos juguetones. Un vino que no es ni particularmente serio, ni profundo, pero que se las arregla para ser muy placentero en su frivolidad.

Luego les seguiré contando más, porque más que contar hay… Ahora voy a atender otros asuntillos y les dejo con una que tengo en rotación constante en estos días. Un par de amigos, algo que… Bueno, Byrne, Eno… Y esto:

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