Uno de los propósitos de mi viajecito a Nueva York fue mi rutinaria visita semestral al retinólogo para enterarme de en qué anda el ojo que me queda semisano.
Todo estuvo muy bien. Estable. Sin problemas. Pero salí, como suele pasar cuando voy a ver a este doctor, con la pupila sana dilatada, sin poder ver mucho.
Así me presenté en Insieme, el restaurante italiano que tiene en Times Square la gente de Hearth, un restaurante que fue el mejor descubrimiento de mi viaje anterior a la ciudad. Ya, ya, comer bien en Times Square puede parecer una idea absurda. Pero ocurre, como pude comprobar almorzando en Insieme con mi buen amigo Jayson Cohen.
La lista de vinos que Paul Grieco—director de vinos del grupo de restauración al que pertenecen Hearth e Insieme—presenta en Insieme es parecida a la de Hearth, con muy buena variedad de referencias interesantes de distintos paises y variedades de uva. Y mucho riesling. Me he dado cuenta de que ése es uno de los verdaderos fuertes de este genial sommelier. Sea en Hearth, en el wine bar Terroir o en Insieme, es casi imposible no considerar un riesling para acompañar la comida. Las referencias alsacianas, alemanas y austriacas que aparecían en la carta de Insieme automáticamente nos dejaron claro que sería un almuerzo no con un par de copas, sino de botella entera.
Y pocas uvas son tan versátiles en términos de maridar bien con un menú multiplatos como la riesling. Yo pedí el Market Menu, que incluía ensalada de pera con pecorino, luego risotto de setas silvestres, luego costillitas de res mechadas con una ensalada de farro (si hubo una cosa en el delicioso menú que no me tuvo mucho sentido fue que sirvieran risotto de primer plato y luego acompañaran el principal con granos; no sé, un poco redundante acaba siendo el arroz o el farro…) y un postre que por razones obvias cedí a mi amigo. El vino que más nos atrajo fue el Alzinger, Riesling Smaragd “Steinertal”, Wachau, Austria 2001.
Nariz expansiva de toronja blanca, madreselva, especias, menta, salvia y rocas trituradas. Compacto en boca, con bastante peso pero ligero y grácil de movimiento. Los aromas se ven perfectamente reflejados en los sabores. Acidez y mineralidad que te pone el paladar en atención durante todo el largo posgusto. Un fenomenal blanco que aún pide unos cuantos años más de botella, pero que se deja disfrutar si uno no es timorato en cuanto a cítricos y piedras.

¿Verdad que estaba linda la ensaladita?
La comida en Insieme fue verdaderamente disfrutable. Nada particularmente original, pero los ingredientes son de exquisita calidad y la ejecución es impecable. Como yo estaba rompetecheando durante todo el almuerzo, decidí tomar una foto de la ensalada de pera con pecorino, que a mi limitada vista me parecía muy, pero que muy bonita de presentación.
Bueno, pues, ya saben que no todo es comida chatarra a sobreprecio cuando uno está en Times Square. Se dan milagritos cuando uno menos lo espera…
Y hablando de milagritos, parecía que no se me iba a dar una reunión que había estado tratando de tener en este viaje, pero al final se dió. El periodista chileno Patricio Tapia y yo quedamos al día siguiente de lo de Insieme para almorzar en Trestle on Tenth. Originalmente Patricio me había propuesto ser panelista invitado en una de las catas de la revista Wine & Spirits, para la cual escribe, pero conflictos horarios y no sé qué sobre que si en realidad los vinos no valdrían la pena hicieron dejar de lado la idea.
Pero no podíamos quedarnos sin ese almuerzo, así que allí estábamos, dos tipos cuarentones con sendos cráneos rapados, sentados en la mesa de alante en Trestle on Tenth. Curiosa visión seguro que éramos.
El menú de Trestle on Tenth a la hora de almuerzo es de sandwiches, sopas, ensaladas y cositas ligeras. Yo comí una crema de nabos con ciertas entrañas de ave salteadas encima. Luego un bocatita que contenía pechuga de pato, chorizo y no sé qué agentes colesterólicos más. Patricio pidió pescado y me pasó la carta de vinos a mí. Mi elección casi que se caía de la mata. Cuando estuve allí con Josie en noviembre, un vino me había cautivado y lo ordené de nuevo, resultando la botella que nos trajeron ser la última que ten”ia el restaurante.
El vino: El Jacques Puffeney, Trousseau “Cuvée Les Bérangères”, Arbois 2006. Decidí no tomar nota de cata alguna, pues la impresión que me causó fue casi idéntica a la de la ocasión anterior. Digo “casi” porque quizás en compañía de hombres el vino se hace un poquito más angular, más firme que aquello que puso los ojos de mi esposa a brillar. Pero delicioso, vamos. Una maravilla. Ojalá más vino así hubiera en el mundo.
Cuento esto del almuerzo con Patricio Tapia para aliviar las dudas del amigo Coralo, que ya se ha enterado de uno de los subproductos más peculiares de ese encuentro lubricado con trousseau. Patricio me propuso una entrevista sobre vino, vida, historia y bloguismo que, según tengo entendido, aparecerá pronto en el periódico El Mercurio, en Chile. No diré más sobre el asunto hasta que salga el artículo. Luego, si es necesario, suplementaré con algún otro estribillo cambloriano.
Luego del almuerzo, Patricio y yo nos dimos un garbeillo hasta una interesante nueva tienda de vinos en 10ma. Avenida y la calle 20. O al menso nueva para mí, que nunca había estado. Se llama Appellation Wine & Spirits y tiene una selección interesantemente editada que fluctúa entre vinos de terroir para consumo cotidiano, joyitas esotéricas para enochalados naturaleros (como este servidor de ustedes) y alguno que otro trofeillo obvio, con dos o tres vinones punterones infiltrados por lo de ser todo para todos. Muy interesante, particularmente por una oferta de medias botellas que supera a ninguna otra que haya visto en Manhattan. Es que cualquier sitio que te venda el Morgon de Marcel Lapierre en medias tiene garantizado su lugar en mi corazón…
Ahora me voy a descansar un rato, que tengo que agarrar fuerzas para redactar unas cuantas notas más sobre este viaje y eventos posteriores. Otro de los discos que me compré en Nueva York fue el nuevo de Animal Collective. No sé por qué, pero esta cancioncita pegajosísima me recuerda a Wire. Es que se me sube una puerilidad tremenda, como si todavía tuviera veinte y estuviera en la universidad:



