La otra botella

Nueva York otra vez 4: “El pecado te descubrirá…”

Marzo 16, 2009 · 14 comentarios

Una advertencia sobre mi cabeza...

Hoy estoy enfermo. Me siento fatal, la verdad, presa de un virus caribeño que no cree en las vacunas que me administran mis doctores norteamericanos.  No sé ni siquiera si podré completar esta entrada. La escribo para ver si, acordándome de un mejor momento, logro levantar los ánimos e ignorar la tos, la fiebre y los dolores de cuerpo.

Y es que me parece la entrada apropiada en este caso, llena de factores externos y cosas raras.

El miércoles de mi más reciente  estadía en Manhattan había pasado a ver a mi amigo Joe Dressner. La última vez que estuve en Nueva York, le acababan de descubrir un tumor cerebral. Cosa harto jodida, ésa. Pero Dressner siendo Dressner, se lo ha tomado con filosofía y tremendas dosis de humor más bien colorido. Ya sé, ya sé… El que Joe haya llevado su aflicción a un blog humorístico a algunos no les parece apropiado. Favor no fastidiar hoy la paciencia, que no estoy para objeciones y tengo una tos muy fuerte.

La cuestión es que me encontré a Joe en sus oficinas del Village, junto a su esposa, la siempre genial Denyse Louis. Lo ví en buen ánimo, cosa que da alegría. Pasamos buen rato hablando sobre rasuradoras, estableciendo yo mi predilección—para mis afeitadas craneanas interdiarias—por la navaja recta, aunque me transaba por una Gilette de cuchilla doble, de las antiguas. O, fallando eso, pues, también estaba la nueva Gilette Fusion, mucho más segura para gente como nosotros, que tenemos ciertas limitaciones físicas (Joe por su pulso, yo por mi vista).

En mi cuarto de hotel, el Rayos Uva espera su destino.

En mi cuarto de hotel, el Rayos Uva espera su destino.

En fin, que antes de marcharme, los Dressner me regalaron una botella de algo que esperaban me gustase. No recuerdo si fue Denyse o yo quien describió el Olivier Rivière, “Rayos Uva”, Rioja 2007 como “un rioja al modo de un buen chinon”, pero quien fuese logró dejarme superintrigado.

Hagamos un jump-cut—que admitiré resulta un tanto forzado—a un par de días antes. Yo me metí en Crush Wines a ver lo que había de nuevo, si algo, o si la crisis económica mundial había motivado rebajas significativas  en algún vino  caro interesante.

Salí con algo precisamente así, que no hubiese comprado sin el descuento. El amable joven que siempre me atiende cuando visito la tienda juraba y perjuraba que era “el mejor grüner veltliner que había probado en su vida”. Yo, ante tanta vehemencia, tuve que llevarme la alargada botella. No sabía si la consumiría en Nueva York o me la llevaría en la maleta a Santo Domingo. El problema de muchas de esas botellas austriacas, o sea, un largo que las hace imposibles de meter en los protectores antirotura que uso para los vinos en mis viajes, decidió la jugada.

Brinquen conmigo de nuevo a la tarde antes de la noche que nos incumbe, la última del viaje (disculpen los que llegan tarde, estoy un tanto acronológico en estas crónicas, o sea que hay que estar al loro…)

El Dr. K y yo intercambiamos un gran número de llamadas, tratando de determinar posible quorum y lugar para una buena bebelata que serviría de despedida para mí y de recibimiento para nuestro gran amigo Jeff Connell, quien venía a visitarnos desde su nuevo hogar en Canadá.

El tiempo no estaba colaborando y temíamos retraso en vuelo, etc. Estábamos tratando de asegurarnos una mesa en un viejo favorito de SoHo, Cendrillon. Aparte de que la comida ahí siempre había sido extraordinaria y la política de descorche muy benévola para bebiendófilos empedernidos como uno, teníamos un motivo sentimental para empecinarnos en que fuese ahí la de esa noche. Cendrillon cierra sus puertas en SoHo y se muda a una recóndita esquina de Brooklyn. Ya se imaginan el pesar. El bajo Manhattan pierde la magistral cocina de Romy Dorotan. Brooklyn adquiere un tesoro.

Pero nos veíamso el Dr. K y yo ante la disyuntiva de si Jeff llegaría a tiempo para la reservación más tardía en Cendrillon esa histórica noche.

Al final optamos por algo con una política de reservaciones y horario de apertura más laxo, que fue como me encontré caminando desde mi hotel hasta los cincuenta y tantos en Novena Avenida para cenar con los compañeros en la sucursal de Midtown West de la siempre resultona Afghan Kebab House.

Yo llevaba las dos botellas ya mencionadas en ristre caminando por la calle 51. Aparte de Jeff estaría también Jayson Cohen, algo que siempre me agrada saber.

Lo dicho, que caminaba yo como a las nueve y media de la noche hacia el restaurante y, de repente, encima de mí, ví una cruz fluorescente con la leyenda “El pecado te descubrirá” (mi chapucera y nada exegética traducción).

Mi primera tentación fue declarar, ponendo acento argentino, un estertóreo “¡No jodás, che!”.  Pero me limité a tomar una foto. Me pareció que este momentillo de surrealismo manhattaniano estaría bueno para titular gratuitamente una crónica.

Jeff Connell, en fulgutante rojo.

Jeff Connell, en fulgutante rojo.

En lo que esperábamos por Jeff y Jayson, el Dr. K y yo nos sentamos en  la Afghan Kebab House. El interior del local tenía un peculiar brillo rojizo que pueden ver claramente en las fotos que acompañan a esta historia. Eco visual en mi mente de la cruz de neón.Nos veiamos caricaturescamente infernales en esa luz.

Nada, detalle anecdótico. No nos inventemos leitmotifs cristianos.

El gargantuano M, dándose un refrescante baño en el hotel, antes de salir.

El pantagurélico "M", dándose un refrescante baño en el hotel, antes de salir.

Como les decía, el Dr. K y yo tomamos asiento e inmediatamente metimos mano a la larga botella del F.X. Pichler, Grüner Veltliner Smaragd “M”, Wachau, Austria 2007. “¡Cagüentó, esto es una bestia!” (de nuevo mi chapucera y nada exegética traducción, pues el Dr. K y yo conversábamos en inglés), exclamé.

Masiva mineralidad. Enorme fruta amarilla. Inmensa concentración. Descomunales especias. Monumental glicerol.  Titánica acidez.  Galáctico  grado alcoholólico.

Get the picture?

El tipo de vino que es así porque no puede ser de otra manera. Su naturaleza parece ser inevitablemetne excesiva. Un extraño concepto de equilibrio opera aquí. Absolutamente todo es gigantesco.

Enfrascados en la evaluación de tanta enormidad estábamos el Dr. K y yo cuando llegaron, casi simultáneamente, Jeff y Jayson. Enseguida los metimos en el juego y fueron de la misma opinión sobre este “mejor grüner veltliner” que jamás hubiese probado el amable vendedor de Crush.

Jayson inmediatamente dió en el clavo, diciendo: “Es que esto es todo piezas”. En efecto. Hay un montón de cosas cuyo tamaño y peso se ve uno obligado a contemplar por separado, pues en ningún momento quieren unirse. El posgusto es larguísimo, tan intenso como lo garantiza un vino de componentes así de poderosos. Pero, ¿y qué?

Especular sobre la evolución de un vino de proporciones tan tremendas se convierte rápido en un ejercicio absurdista. Si en el presente su colosal volumen me lo hace indisfrutable, ¿para qué ir más lejos? Llega un momento en el que uno tiene muy clara la diferencia entre “vino grande” y gran vino.

Existe un corolario aquí sobre la subida de los niveles de alcohol en los Smaragds del Wachau en los últimos años. Con 14.5%, esto sería un pellizquito de ñoco en comparación con, digamos, ciertos blancos mediterráneos españoles o algún chardonnay californiano. Pero al paso que vamos, si muchos rieslings y veltliners austriacos continúan haciéndose más y más grandes, probablemente me concentre mucho más en los Federspiel en el futuro, que son más ligeros y de juego más ágil.

Tal como el “M” fuera unánimemente condenado, el “Rayos Uva” de Rivière nos complació—unánima opinión. Una emocionante sorpresa, este vino. Puro, vibrante, de expresión tan clara como honesta, esto es algo que quisiera ver mucho más a menudo en Rioja. Buscando información sobre este joven elaborador francés transplantado en la Rioja Alta, me encontré esta entrevista (que, dicho sea de paso, me resulta tan interesante por las ideas de Rivière como por los preconceptos que trae a la mesa el entrevistador). Rivière es una rareza en la Rioja actual, alguien que hace “el vino que le pide la uva” y busca maximizar la expresión del terruño a través de la misma.

Este “Rayos Uva” 2007 lo dice todo por sí solo. Sé que he dicho muchas veces que el tempranillo, vinificado monovarietalmente, no es particularmente excitante. Me trago esas palabras ante este vino. Es ahumado, especiado y muy afrutado, con tonos minerales por doquier. Se las arregla para entrar en boca sedosa y cálidamente, pero a la vez para mantener siempre un nivel de frescura y tensión que lo hacen sumamente estimulante al paladar. Largo y delicioso posgusto, con capas de sabor que acaban siendo una más cautivadora que la otra.

¿Les he dicho que esto me encantó?

No, por si acaso…

Claro, seguro que dentro de un rato viene alguno a decirme que si ese francés es esto o aquello, que si el vino no es lo que me imagino y que… Bueno, conocemos la canción. Me pongo gómezpallaresco y digo que lo que vale es lo que me bebí, que me lo bebí con un gustoooo…

El Dr. K si había encargado de las próximas dos botellas que nos ocuparían y acompañar”ian el delicioso plato de cordero kabulés qhe me trajeron. Primero fue el Domaine Bachelet, Gevrey-Chambertin 2004, un bello vino, térreo, especiado, pirazínico y con una leve dosis de volatilidad levantando la nariz y realzando fruta roja cálida y ligeramente confitada, así como delicadas notas de lavanda y pimiento morrón (a vueltas con las pirazinas, ¿no?). En boca es vibrante y claramente enfocado, con muy buena fruta y una cierta rusticidad natural que me agrada. Masticable, largo y con un deje de nueces en el final. Sabroso con el cordero.

Dos excelentes botellas, teñidas de rojo.

Dos excelentes botellas, teñidas de rojo.

Otro vino más y ya. Lo bueno de los viejos amigos es que saben lo que te da gusto y te lo suplen generosamente. Así, la otra botella del Dr. K era del Château Certan de May, Pomerol 1993, un vino del que he consumido lo suficiente como para sentir cierta intimidad con él y del que espero consumir bastante más en el futuro. ¡Porque mira que está bueno! Siempre que abro o me abren una botella, es un elogio a esas añadas dizque “desafortunadas” que los gurús irrespetan ignorantemente.

Tono altito, con los aspectos florales (ya no volveré a confundir jamás lilas con violetas) por delante, seguidos de tinta china, cedro y herrumbre. En boca es ligero, con jugosidad de ciruela fresquísima y algo que el Dr. K designó (citando nada menos que a Steve Tanzer) como “perfume intrabucal”.  La floralidad y la mineralidad se entrelazan en el paladar y permanecen ahí largo tiempo, etéreas, dejando que taninos vivos y excelente acidez te refresquen.  Delicioso vino.

A la mañana siguiente me regresaba yo a Santo Domingo. No podía quejarme. Claro, todavía no les he contado lo mejor de esta visita a mi vieja ciudad adorada. Eso queda para luego… Por ahora, sopa de pollo a ver si me despojo del muermo que me agobia.

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