Ocurrió por casualidad. Y fue una perfecta coda para la monumental cena con riojas “de cierta edad” sobre la que les conté hace unos días.

Tanto me divertía que me olvidé de hacer fotos. Esta fue la única de la velada, con José Antonio, Avelino y Elías en acción...
La convocatoria llevaba como tema “Rioja” y una vez más acudieron los miembros de nuestro joven grupito de cata a la cita, esta vez en Sophia’s, uno de los restaurantes más “in” de Santo Domingo. Bueno, acudieron casi todos, pues algunos tuvieron que cancelar justo antes del evento—pensa, pena, pena… . Pero ahí estaban, riojas en ristre, José Antonio Alvarez y su esposa Cecilia, Elías del LLano y su esposa Shahily, Avelino Rodrígues y su esposa Nicole, junto a Josie y el gordito calvo de las gafas y la libreta.
De antemano les contaré que la gente de Sophia’s se lució con nosotros. El chef Joaquín Renovales creó un excelente menú degustación para acompañar los vinos que traiamos y el servicio del vino fue esmeradísimo durante toda la velada.
El primer vino de la noche, el único blanco, lo había traido yo. Era el R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Blanco Reserva 1985, una de un lote de botellas adquirido a manera de remate del importador en Puerto Rico hará como diez años. La salvedad viene a que luego presentaría a la mesa otro vino adquirido similarmente, del mismo importador.
Decanté el vino en casa, hora y media antes de salir para el restaurante y luego lo devolví a la botella, pero no bastó eso para que nos diera lo mejor de sí inmediatamente. Toda la velada se hizo de rogar y sólo al final, terminada ya la larga cena, decidió abrirse. Aromas de almendra tostada, fruta amarilla, tiza, cereza blanca, limón en conserva, jengibre y discretos tonos florales y algo intrigante que me recuerda a incienso de iglesia—pero se trata inicialmente de una nariz que requiere esfuerzo; no hay un despliegue aromático sino hasta pasado un buen rato. Mucho nervio en boca. Un vino con garra, tenso y angular. Los sabores resultan tan reticentes como los aromas, pero al final se te muestran y te cautivan. Muy buena fruta en el paladar medio, compacta, vibrante… Potente acidez en un posgusto largo y especiado. Un Tondonia jovencísimo. Por suerte, la compra fue grande y me queda más, o sea que espero poder compartirlo con el grupo en de nuevo en el futuro, a ver como sigue evolucionando.
Curioso fue que este blanco maridara muy bien tanto con el primer plato como con el segundo. Primero, un rollo de rib eye y espárrago sobre carpaccio de ternera. Para mí, tal y como lo logra un buen riesling austriaco, un Tondonia blanco es un vino que le puede a comida normalmente reservada para tintos. Luego vino algo de compatibilidad más obvia, lubina marinada en miso servida sobre hoja de plátano.
Pasamos a tintos, dejando yo de lado el blanco para volver a probarlo luego. El Remírez de Ganuza, Gran Reserva, Rioja 1994 era un vino que no conocía. Mucha experiencia tengo con los reservas de esta bodega (que prefiero beber jóvenes), pero no sabía que hiciesen un gran reserva. José Antonio nos explicó que este vino no se comercializó en España y que es de producción pequeña.
En un principio dominan la nariz aromas de reducción, “quesudos”, como dice Josie. Cuando se disipan, me sorprende esto al no estar dominado por roble—francés, nuevo y en profusión era lo que esperaba, pero no. La sazón vainillesca es relativamente sutil. Hay mucho de especias, que parecerían venir tanto de madera como de fruta. Y la fruta… Oscura, compacta, muy pulida. De hecho, “compacta” es la clave aquí. En boca se presenta así mismo, con muy buena estructura al entrar y bastante densidad frutal en el paladar medio. Mi único problema viene en el posgusto, donde la madera sí se hace sentir en taninos bastante secantes. Pero hay fruta y una cierta complejidad. Y persistencia. Esto funciona, como interpretación moderna de gran reserva. Que tenga para evolucionar bien durante décadas, pues no sé, por lo de esa sequedad tánica, Pero se deja beber en el aquí y el ahora.
Seguimos con un gran reserva más tradicional—aunque “estrictamente tradicional” no es algo que vaya a ocurrírseme llamar a la bodega que lo produjo, que fue “moderna” avant la lettre. El CVNE, “Viña Real” Gran Reserva, Rioja 1996 es un Viña Real ligero, grácil y gentil. Un perfume etéreo de higos, cereza, cuero, especias de hornear, barro, cedro y lavanda. Lo mismo en boca. Delicado y sumamente agradable ahora mismo, con buena persistencia. Eso sí, la estructura no parecería ser la de uno de esos ejemplos clásicos de Viña Real hechos para durar eternidades—por ejemplo el increible 62 o los preciosos 64, 76 u 81. Pero puedo equivocarme, y lo bonito de un gran rioja es que, si me equivoco, la prueba de mi error será eventualmente deliciosa.
Pasamos a un Conde de Valdemar, “Grandes Añadas”, Rioja 1985: Aromas de cedro, frambuesa, fresa, cuero, salvia, coco y menta—una nariz de tono alto, vivaz y cálida. Buena fruta en un paladar jugoso con acentos de coco tostado, hinojo y alcaravea. El posgusto es largo, pero un poquito secante. Funciona bastante bien con un cannelone de ternera estofada con gratin de manchego y salsa de tomatitos asados. Queda la preocupación de por qué tan seco el vino al final, pero bueno…
Lo próximo fue mi segunda aportación a la noche, otro ejemplar obtenido en Puerto Rico, de lote grande.
Debo apuntar—obligatoriamente, casi—que traje la botella del Bodegas Riojanas, “Monte Real” Gran Reserva, Rioja 1973 con cierto miedo. Es que anteriormente casi la mitad de las botellas de la sustancial compra que hice de este vino me salieron corchadas. Así mismo. Tiene una trayectoria bastante negativa conmigo el Monte Real. Claro, y como compré lo que compré a precio de remate, cedí el derecho a reclamo. Pero no el derecho a advertir sobre la incidencia de TCA, que ha sido tremenda.
Claro, las botellas que han salido buenas de ese lote han salido entre extraordinarias y sensacionales. Tal fue el caso de la que abrimos en Sophia’s.
Comenzó calladita, reductiva, apestosilla… Pero luego se irguió y creció, creció y siguió creciendo, al parecer imparable. Huele a humo de carbón, carne curada, rosas secas, té verde, cereza negra, pasas en ron, higos, nuez moscada, comino, lilas y mucho más, pero me canso de la lista de descriptores. Aromáticamente cálido, robusto, masculino. Inesperado en la medida en que otros ejemplares sanos de este vino han sido más bien florales, delicados y de tono alto. Pero aquí impacta, aparte del perfil de los aromas, la amplitud y carnosidad con que entra en boca. Vibrante, pero a la vez sedoso. Muy largo. Se va muy placenteramente a cítricos en el final, como debe hacerlo todo gran rioja tradicional.
Una de las mejores botellas de esto que he abierto. Y mira que he abierto unas cuantas… Me alegra mucho que ésta haya sido la introducción de este grupo a lo que puede dar un Monte Real Gran Reserva con edad.
Estaba yo ocupado dándome palmaditas mentales en la espalda porque el Monte Real no fue un fiasco cuando Cecilia pronuncio una sentencia sobre uno de los vinos que probamos anteriormente. La frase que utilizó sobre el Remírez de Ganuza Gran Reserva pasa ahora al salón de la fama de los descriptores pintorescos. Directa y gráfica, dijo que el vino le olía “a pintalabios viejo”. Aunque es poquísimo el lápiz labial que me ha tocado usar en mi vida, pude hacer la asociación al aroma que describía Cecilia inmediatamente. Me recordé tirando a la basura las pertenencias que había dejado en mi casa una mujer que rompió mi corazón hace ya mucho. El olor a cera semirrancia de aquel bolso de maquillaje… En fin, que sí, el Remírez de Ganuza, en la copa que me pasaron, había desarrollado una pestecita reconocible como pintalabios pasado.
Los amigos y el sumiller me habían consultado repetidamente sobre el orden de servicio de los vinos. Mis miedos de una posible catástrofe con el Monte Real hicieron que propusiera dejar algo para depués de él, por si las moscas… Así, pues, teníamos para cerrar el CVNE, “Imperial” Gran Reserva, Rioja 1990. A decir verdad, este Imperial no está ahora mismo en su mejor momento de consumo. Ni cerca tampoco. Apestosillo, de plano, con mucho coco por delante, nam pla (salsa vietnamita de pescado fermentado), cuero y volatilidad que me recuerda a tinte de pelo. Primario, cerrado, con buena fruta en el paladar—ciruela fresca, cereza negra—y un aspectillo retronasal de manteca de cerdo. Pero es un bebé pasando por una etapa más bien feilla, ¿qué puedo decirles? Buena persistencia, con excelente estructura. Se va a cítricos en el final. Pero necesita guarda, mucha guarda.
Bonita cena. Bonito grupo. Creo que la mejor manera de expresar lo complacidos que íbamos Josie y yo en el carro, durante el corto trecho entre el restaurante y nuestra casa, es que ya íbamos hablando de temas para la próxima reunión.