Archivo diario: marzo 30, 2009

OB100 2.0: Lo peor de todo…

Es increible lo rápido que pasan algunas cosas aquí. Hace escasamente medio año tuve la revelación que me llevó a independizar mi blog de aquel portal riojano que lo viera nacer. Así salvé a La otra botella de la terrible crisis existencial que la afectaba (recuerden, quienes tengan memoria, el tono de aquellas últimas entradas en lomejordelvinoderioja.com) y miren ustedes… Creo que tanto el bog como yo hemos ganado en élan y agilidad.

Esta es, por segunda vez, la centésima entrada de La otra botella. Para celebrar aquel primer centenar, pedí a mis lectores que me sugiriesen el tema que quisieran que tratase. Alguito de bombo y platillo tendria la cosa. Al final acabé escribiendo una serie de predicciones para el futuro del mundo del vino, inevitablemente coloreadas por todo aquello que me tenía (y tiene aún) hasta los mismísimos sobre el ídem.

Tentado estuve a revisitar ese rol de pitoniso,  quizás a manera de “variaciones sobre un tema”, pero no. Estuve a punto de publicar una entrada, incluso, que analizara los diez factores para mí más exasperantes del vino hoy día. Todo bajo el canalsonyesco  título de 10 Things I Hate About You y con otra gráfica coquetona. Pero no. Poco sentido en que cayera otro diluvio sobre mojado. Aunque quizás su chorrito aún lo aguanta el territorio… Por eso hice lo más prudente. Calculé. Me deshice de todo lo que al fnal resultaba ser no imprescindible y aquí les tengo lo que más me jode hoy día en el mundo del vino. Cien entregas. Otra vez.  Jier wi go, guan, tu, tri…

Mensaje verídico recibido por mí en la sección de comentarios de La otra botella,  de un visitante (¿uruguayo?) que decidió limitar su participación solamente a un par de líneas fenomenalmente desubicadas:

“Tus comentarios parecen de una persona con poca experiencia en vino. Y por lo que veo, eres una persona que invierte poco dinero en este hobby, que la verdad, requiere de gasto y pasión.”

Esto, por casualidad cayó en una semana en la que había tenido que oir tres veces una pregunta recurrente en mi vida: “Manuel, ¿es verdad que para que un vino sea bueno tiene que ser caro?”

Y esta mañana leí unas palabritas redactadas por mi querido Joe Dressner que colocaban un certero (y merecidísimo) golpe de bota campera  medio a medio de las gónadas de lo peor que tiene el mundete del vino hoy. Por cierto, si se animan, les recomiendo leer también la entrada anterior y la siguiente en Captain Tumorman. Abundan muy inteligentemente sobre el mismo tema.

¿No lo han adivinado aún? Hablo del fetichismo lujista y del lujismo fetichista del vino “premium”, de la desasociación con la realidad socioeconómica de la gente, de esa manera de aparear draconianamente  el gasto no sólo a la “pasión”, sino, a un nivel más básico, al mero disfrute. Hablo del desprecio que conlleva semejante mentalidad hacia quienes queremos preservar el vino como placer cotidiano, a veces sencillo y sin pretención, a veces transcendente, a veces caro, a veces de un baratito que te hace sonreir con los labios y la cartera mientras convidas a tus amigos a un par de botellas más…

Lo peor que tiene el mundejo éste del vino hoy por hoy es, tout court, que se ha convertido en asunto de “gastar”, incluso cuando no se tiene. Incluso cuando lo ofertado ni de casualidad vale lo pedido. La locura crediticia que nos ha ocupado a tantos en los últimos cinco lustros—esa danza maldita de trillones fantasmas—nos ha dejado ciegos a muchos. Hace rato que no sabemos qué es qué.Me viene a la mente el dicho favorito del abuelo asturiano de un viejo amigo mío: “Porque cueste caro, no deja de ser irse de putas, hijo…” Quizás sea un non sequitur, quizás no.

Ahora tenemos la crisis, de la que no nos cansamos de hablar, con mucha razón. De repente la gente comienza a encontrarse con una mano alante y la otra detrás, lo que hace harto difícil sostener esa copa de vino “premium” galardonado por la revista tal o el gurú cual con cien puntos.

El colmo es que todavía vengan algunos a creerse el cliché lujista-fetichista. ¡Hay que gastar para demostrar la pasión? ¡Por favoooooooorrrrrrrrrrr! ¿Para ser confirmable como “bueno” tiene que ser caro? ¿Según quién? Lo que esta babosada ha hecho, en términos de crear una cantidad increible de porquería hipercara, es de todos conocido ya. Ojalá no sea yo el único molesto. Lo que dicha babosada ha hecho en franco detrimento de vinos de verdadero placer a precio módico es material para una entrada propia. Queda pendiente.

Hace ya más de veinte años, cuando afloró en mí el gran amor que aún siento por el vino (el de verdad, producto de terruño y tradición, no de marketing y tecnología), supe que la cosa era a largo plazo. Digamos que no se trataba de un candelazo momentáneo el asunto lo que quería yo del vino, sino de una unión para toda la vida. Quería compartir mis buenos y malos ratos, mis comidas, mis amistades, con el vino. Mi valoración de cada vino, cada día, era—y sigue siendo, tal como será siempre—algo personal que va mucho más allá de la plata que solté (o que soltó algún tacaño o generoso convidante) y de cualquier expectativa de retorno. Sea una botellita de beaujolais con un bocadillo en el jardín o—por decir algo—Vega Sicilia 42 en una cena de alto copete, al fin y al cabo es vino interactuando conmigo. Así de sencillo.

Cien entradas en esta plataforma, que ya no es tan nueva. Ya les conté lo peor. Ahora les doy un par de consejos para contrarrestarlo:  Amigos, sigamos en esto. Tengamos claro lo que somos, lo que queremos y por qué—tanto nosotros como el vino que bebemos.

Festejando la ocasión en plan de crisis, abriremos algo sencillo esta noche y escucharemos musiquita de la de todos los días, como ésta: