Archivo mensual: abril 2009

Sufrido narrador busca vino decente, paz y pérdida de peso

Es impresionante como un par de entradas recientes en este blog mío y de ustedes han generado lo que no me queda más remedio que designar como un cojonal de comentarios. Buen aumento de tráfico también. Hemos estado discutiendo cosas bastante abstractas: El novedoso concepto de la potelegancia, el terroir, las diversas nociones de “objetividad”, “subjetividad”, “calidad”, “goce”, “esfuerzo intelectual” y unas cuantas que ahora se me escapan.

Nuestro elenco de comentaristas se ha expandido. Eso también es excelente. Además, la gente sorprende por lo pausadamente que emiten opiniones. Los desacuerdos son amables. Así da gusto.

Pero me salgo de esa intelectual tertulia, pues me provoca regresar a la vida diaria, al trajin de buscar buenas cosas que beber en un medio no necesariamente propicio para ello.

Invariablemente, he de echar mano, si ya la frustración con la selección disponible en Santo Domingo me sobrecarga, a cositas adquiridas en mis cruciales escapadas a Nueva York. Tal fue el caso con la botella del Annie & Philippe Bornard, Trousseau “Le Ginglet”, Arbois-Pupillin 2006.

Un tinto de brillante transparencia. Muy bonito de ver. Y de oler. Nariz muy pura que me recuerda a ropa recién lavada—granito triturado, hojas y flores secas, jalea de fresa, jengibre y té blanco. No es particularmente compleja. Lo que seduce es la frescura. En boca es ligero, todo fresa y piedras. Buen largo. Vivaz y refrescante donde los haya, aunque en realidad no llega ni de lejitos a la intensidad de aromas y sabores de los tintos de Puffeney, Overnoy o Ganeval, por decir tres.

Ya dada la noticia de ocnformidad, podemos pasar a las inconformidades con vinos adquiridos localmente en Santo Domingo. Iré de menor a mayor desplacer. Primero el Paul Jaboulet Ainé, “Parallèle 45″ Blanc, Côtes du Rhône 2007. Ya, ya, no se pueden explicar qué demonios hago yo bebiendo esto. Yo tampoco. Será el aburrimiento. O querer llenar una caja con algo en la tienda. Pera, vaselina, anís y polvo es lo que hay en la nariz. Simple, regordete y no particularmente cómodo consigo mismo, este blanco. El aire le saca notitas de kumquat y pasas doradas. Corto e inelegante. Tiene uno que estar muy deseoso de un blanco del Ródano baratito…

Un tinto en la otra punta del espectro con respecto al trousseau lo fue el Leone de Castris, “Villa Santera”, Primitivo di Manduria DOC 2006. Oscuro, opaco, amenaza con una pesadez que… Bueno, vivo en el Caribe. Ya pueden imaginarse lo difícil que resulta este tipo de vino. Silla de montar sudada, ron con pasas, cereza en licor, una notilla ocmpostada, algo de aceite de motor: Mi instinto me dice que esto no va a gustarme en lo absoluto y les permito llamarme idiota por llevarme la copa a la boca. Eso hice. Aparatoso, torpe, denso, amargo, medicinal… Corto y oleaginoso de posgusto. La antifrescura hecha vino.

Claro, dirán algunos de ustedes que quien me manda a meterme con un primitivo, variedad que históricamente me ha dado muy poco placer en mis encuentros con ella.

No que sea el nadir de lo que probé. No señooooooooooor… Ese premio se lo lleva un Casa Lapostolle, Sauvignon Blanc, Valle del Rapel, Chile 2008. Recuerdo que a mediados y finales de los noventas el sauvignon “básico” de Lapostolle era consistentemente una excelente compra. Un blanquito ideal para cuando tenías a mucha gente en casa y no eran necesariamente wine geeks. Era un vinito fresco, sencillo y sabroso. Yo lo compraba por cajas.

Pues será el fuerte contingente chileno que últimamente se ve en este saloncito nuestro lo que me inspiró a incluir esta botella en una compra reciente. Viene con tapón de rosca y le han cambiado la etiqueta. Me intrigaba ver en qué estaba la relación calidad-precio de esto, ya que hacía tantos años que no lo probaba.

Sin que me quede nada por dentro les digo que no está en nada. Huele coctel de frutas de lata que, en vez de ser conservado en sirop, ha sido conservado en agua de una piscina con tratamiento químico bastante agresivo. Lo mismo en boca, con un vaselinazo de calor glicérico. Es insípido de la forma más ofensivamente artificial que puedo imaginar, con una textura lisa, resbalosa, fofoglobular. Desagradable amargor y calor alcohólico en un finalito grueso que, por suerte, es piadosamente corto. En letra de Josie aparece en mi libretita una palabra al pie de la página de la que estoy ahora transcribiendo: “Disgusting“. Vino muerto y no por muerte natural…

Deprimente producto, en su estado actual. Me quedo con la memoria que tengo de su pasado. Algo que quisiera ponderar aquí con mis amigos, ya que estamos tan dados a discutir conceptos generales sobre vino, las ideas de “vino viviente” y “vino muerto”. Un vino, como sugerí arriba, puede morir por causas naturales, tras una trayectoria de vida normal. En algún momento llega al final y listo. ¿Pero qué de los vinos tecnificados que, por ser productos tan esperpentificados, no llegan a estar vivos nunca—los que llegan a la botella momificados?

Cosas que se me ocurren.

En otro orden de ideas, que al final, como todo conecta, acaba siendo el mismo, sigo a dieta. No estoy teniendo mucho éxito, aunque mi programa de alimentación y ejercicios es sumamente riguroso. Cosas de la jodida diabetes, que juega a desequilibrarme. Quizás, dado lo mal que me ha ido en esta nota, deba abandonar la compradera y consumo de enoproductos por un tiempo, a ver… Va y así es que adelgazo. Mientras decido, videito: Kristoffer Ragnstam cantando una que me hace sonreir:

Momento retro: Mis ideas sobre el terroir (El re-edit)

Había una vez un blog llamadoLa otra botella, que nació y vivió su primer añito y pico en un portal de internet español con el tortuoso URL de http://lomejordelvinoderioja.com. Al personaje responsable de ese blog se le comenzó a hacer un poco inconveniente aquella residencia y decidió, tras larga deliberación, cambiarse a una plataforma más cómoda y eficaz. Así nació http://laotrabotella.com.

El cambio de ciberlocalidad ocurrió de forma rápida y amigable, sin trastornos para casi nadie. El personal del viejo hogar del blog hasta ofreció traspasar todos los archivos antiguos allí generados a la nueva dirección, pero nunca lo hizo. Así, quienes querían ver las controvertidas entregas de hace un año o dos en La otra botella, por fuerza tenían que saltar de un sitio a otro.

Aparte de que le fallaran los de aquel portal, una cosa que molestaba al sufrido autor del blog era que a cada rato alguien respondía a algún post en la vieja versión del blog. El pobre tipo recibía notificaciones y tenía que ponerse a redirigir. Un lío. Encima, a dicho pobre tipo se le había olvidado su contraseña para ingresar a aquel lugar. En las secciones de comentarios de su viejo blog se apilaban montones de mensajes de spam en chino, proclamas políticas mexicanas, ofertas de viagra y cialis, diatribas llenas de tacos dirigidas a nadie en particular… No podía hacer nada por adecentar aquel antiguo barrio. Se limitaba, cuando tenía que visitarlo, a pensar: “Esto está del mismísimo carajo”.

Hasta aquí la puesta en antecedentes semidistantes. Esta mañana me llegó una de esas notificaciones de que había nuevo comentario en aquella versión del blog y fuí a cucutear, no fuera algo importante.

Resultó que sí. La entrada lleva el título de “Mis ideas sobre el terroir“. La firma del comentario era de Pedro Parra. El comentario decía:

Hola,

Excelente tu articulo.

Te cuento,  llegué a este blog por vinorama de Pato Tapia, quien me conoce bien.

Yo me dedico desde hace 9 años a esto del terroir. Hice de hecho un doctorado en Terroir en Francia y me he dado el gusto en mi vida de recorrer, conocer y entender bastante bien muchos viñedos franceses y europeos. Para terminar mi introduccion, me dedico a asesorar viñedos en Chile, Argentina, España y ahora en Portugal, respecto a este tema.

Por eso, para mi el tema es un tema… U el tema dificil de definir es qué  es un terroir, muy diferente a decir este es un vino de terroir. Y cual es la diferencia entre un terroir y un vino de terroir.

El terroir, para mi, parte en la cabeza, en tu educacion y cultura viticola, y es una forma de vida y de ver las cosas que trae, cuando es sincera, muchos riesgos, ya que el vino hay que venderlo.  Pienso que es imposible hablar de terroir o vino de terroir cuando el dueño o el winemaker son incapaces de entender en donde estan y lo que hacen.

Tambien existe un gran problema, que es la escala de percepcion: ¿Podemos decir que Uco es un terroir? ¿O que Vista Flores es un terroir? ¿O que el viñedo de Rolland Val de Flores es un terroir? ¿O que la parcela 4 de Rolland es un terroir? ¿O que el triangulo de la derecha de Val de Flores es un terroir? ¿Y de  qué sirve todo eso si después la intervención de Rolland modifica ese terroir?.Es super vago todo esto y super ambiguo, y a pesar de todo eso yo le dedico mi vida, a veces con demasiada pasión…

Para terminar, les puedo decir lo siguiente, basado en mi experiencia. El peor vino, en todos los lugares en donde he trabajado, viene siempre del mismo “sistema de terroir“, y el mejor vino, pasa lo mismo… En efecto, al enfretar una asesoría, y dado que vengo del mundo del Jazz, siempre parto haciendo un Blind Test mental: Observo el viñedo lo camino para todos lados, miro los colores de la vegetacion y del suelo, etc… Y al final del dia anoto en mi cuaderno lo que creo que son los mejores sectores y los peores sectores… Y espero pacientemente 24 meses que duran generalmente mis asesorias, para saber claamente como anduve. El terroir se lee amigos… Pero para eso hay que saber leer.

El texto de Pedro me gusta. Me provoca a pensar en unas cuantas cosas que dije y sigo diciendo. Me provoca también a retomar directamente este tema tan candente, del que hemos estado hablando mucho en tiempos recientes. Pero no sé, quizás hay que reenfocarse. Leía un artículo muy bueno de Forbes.com el otro día sobre el peor problema que afronta la crítica de vinos hoy día, que es la petulancia y disposición a atacarse entre sí que parece poseer eternamente a los más influyentes críticos, y sentí que a veces yo mismo, que bajo ningún concepto quisiera ser confundido con un crítico o periodista profesional, caigo en ese jueguito. Tanto señalar los defectos de los demás—o tan sólo pasársela provocando a esos prójimos—lo hace a uno olvidar cosas importantes.  Así, hablemos un poquito de terroir, de verdad.

Le agradezco a Pedro que entrase al viejo blog y que ofreciera venir a vernos aquí. Creo que el debate resultante puede ser muy interesante.

Nota curiosa que puede o no venir al caso: El que a Patricio Tapia lo apoden “Pato” me hace gracia. Tuve una novia en mis años mozos que me llamaba así mismo, a causa de mis pies planos y naturaleza cascarrabias.

En estos días—y esto es un dato que quizás preocupe a algunos—he estado pensando mucho en comprarme una finquita para cultivar vegetales orgánicamente en algún lugar alto y fresco de la República Dominicana (los hay). Pensar en terroir es casi automático para mí, dada esta circunstancia que les revelo. ¿Qué iré a plantar? ¿Por qu;é elegiré un sitio y no otro? Son preocupaciones que vienen de y van al mismo argumento.

Comenzaré por reproducirles el artículo mío al que respondía Pedro, debidamente revisadito para eliminar errores tipográficos y redundancias. Aparece en un atrevidamente  coqueto color rojo-Valentino, así, medalaganariamente. Además, lo acompaño con fotos tomadas por mí y por algunos amigos, ya publicadas anteriormente, pero que no dejan de ser deliciosas de mirar. Allá vamos…

Un nuevo eslogan de Starbucks, al que llama nuestra atención Mark Lipton en Wine Therapy (el hilo se titula “Terroir Goes Corporate“),  resulta en iguales medidas hilarante y alarmante: “Geography is a Flavor™”. Mark señala, muy acertadamente, que lo más curioso es el simbolito de “™” después de la frase, indicando que ésta es una marca registrada. Starbucks, un megagigante corporativo que ha logrado colocar sus tiendas de bebidas a base de café mediocre en casi todas las esquinas de todo el mundo civilizado, está intentando posesionarse de una versión de “terroir“.

Antes de ir más lejos, y por lo de la full disclosure, como se dice aquí, debo anunciarles que yo creo en el terroir. Lo he sentido en algunos vinos. Y he notado su ausencia en otros. Creo poder reconocer la diferencia cuando tengo uno u otro vino delante. Para mí el terroir es, para utilizar una analogía medio rara, como el funk. O lo tienes, o no lo tienes. La frasecita “abogado del diablo” me jode infinitamente, pues implica una especie de falsa imparcialidad, o el más absoluto cinismo. Yo sé donde están mis lealtades y lo declaro abiertamente. Que una megacorporación multinacional como Starbucks pretenda impregnar de “legitimidad” sus productos en base a terroir me motiva a pensar en muchas cosas. De abogados y de diablos, aquí, nadita de nada.

La motivación para escribir y reescribir estas páginas me vino de un comentario de nuestro amigo chileno Felipe Méndez, que me pidió mi opinión sobre ensayos publicados en el New York Times, uno por Harold McGee y Daniel Patterson y el otro por Eric Asimov en su blog “The Pour”.

McGee y Patterson, en un artículo considerado por muchos como bastante provocador (pueden encontrarlo, si no lo han hecho aún aquí), descartan el enlace estricto de la idea de terroir con el suelo. Parecerían, como bien dice Eric Asimov, abogar por un concepto más complejo de terroir, que incorpora al hombre como elemento igual de crucial que la geología, el clima, etc.

Empinadas laderas de viñedos pizarrosos en Ribeira Sacra: ¿Terroir o qué? (Foto: Gerry Dawes)

Empinadas laderas de viñedos pizarrosos en Ribeira Sacra: ¿Terroir o qué? (Foto: Gerry Dawes)

Entre las respuestas al blog de Asimov hay una con la que concurro plenamente. Su autor, que se firma como “Sommelier” define “terroir” de la siguiente forma: “El terroir es mucho más que la mera composición química del suelo, y mucho más que lo indicado por el término norteamericano ‘microclima’. El terroir incluye todo lo que hace único a un lugar particular: La composición del suelo, la pluviometría, el drenaje, la elevación, la pendiente, la orientación con respecto al sol, las horas de exposición solar, los grados de calor, la fuerza del viento y al humedad que acarrea, la distancia a un cuerpo acuático, la niebla… Cuando mis colegas y yo catamos borgoñas, la diferencia entre vinos, incluso de viñedos vecinos, es frecuentemente muy notable, hasta cuando los vinos son productos de un mismo elaborador. Negar la diferencia entre esos vinos no es cuestión de opinión, sino señal de inexperiencia o de un paladar pobre” (Mi traducción, ver el original aquí).


A lo que digo yo: ¡Bravo! Chapeau, Mr. Sommelier, chapeau.

Los viñedos del Château Léoville-Poyferré a finales de los noventas, cuando esta casa contrató a Michel Rolland como consultor: ¿Terroir, o qué?

Los viñedos del Château Léoville-Poyferré a finales de los noventas, cuando esta casa contrató a Michel Rolland como consultor: ¿Terroir, o qué?

Otra cosa que admito libre y rápidamente es el tener muy poca paciencia para quienes pretenden descalificar la idea de terroir como (a) una patraña romántica de tradicionalistas y reaccionarios, o (b) sencillamente una perniciosa y singular estrategia de marketing. Si creer ciegamente es malo, igualmente lo es descreer ciegamente. En ambos casos debe haber o alguna experiencia personal que respalde la creencia o su ausencia o, si posible, alguna prueba científica.


Hablando de pruebas científicas… Una actitud imperante entre los que tildan de patraña lo del terroir es descalificar la existencia de sabores y aromas minerales en el vino. “No hay manera de demostrar científicamente que los componentes minerales del suelo afecten el perfil de un vino”, va el sonsonete.

Bella vista de viñedos en Apalta: ¿Terroir, o qué?

Bella vista de viñedos en Apalta: ¿Terroir, o qué? (Foto: Felipe Méndez)

Para mí, esto no solamente descarta la posibilidad de que un vino exhiba aromas y sabores minerales (como exhiben aromas de hierro algunos saint-émilions y pomerols, o como exhiben aromas de conchas trituradas algunos chablis, o pizarra algunos prioratos y rieslings del Nahe; fíjense que no quiero entrar en Borgoña para que no se me acuse de que los “terroiristas” todos nos acostamos del mismo lado), sino que también resulta medio irrespetuoso en cuanto a la capacidad de avance de las ciencias. El que no se haya descubierto científicamente la forma en que aparecen en ciertos vinos aromas minerales asociados a los suelos de origen de dichos vinos no quiere decir que un día de estos algún geólogo, botánico, microbiólogo u otro científico no diga ”¡Eureka!”


El viñedo Brea de los Brovia en Piamonte: ¿Terroir, o qué?

El viñedo Brea de los Brovia en Piamonte: ¿Terroir, o qué?

¿Hay alguna hipótesis que me haga pensar así? Pues me leí esto en un artículo de David Schildknecht en The World of Fine Wine: “El terroir es inherentemente inclusionista, si no prosaico. El metabolismo de cualquier planta se ve influenciado por su entorno, lo que a su vez afecta el sabor de sus raíces, hojas y frutos. Cualquier persona con suficiente experiencia en cultivar vegetales o recoger bayas sabe esto. La influencia del terroir en el sabor del vino debe surgir de esos mecanismos, por mal comprendidos que sean, a través de los cuales el suelo y la exposición a los elementos influyen en el metabolismo de la vid, pues ningún sabor puede transmitirse a la uva salvo que sea por mediación metabólica” (David Schildknecht, “Terroir Is Where th Hearth Is”, en The World of Fine Wine No. 14, p. 73; mi traducción).


También encontré algo en un artículo de Rupert Joy en Decanter titulado “Terroir: The Truth”: “[Claude] Bourguignon (científico especializado en suelos y su microbiología) cree que microorganismos en el suelo, en particular los hongos llamados micorrizas [N.B. Para una explicación de lo que es una micorriza ver esto] son la clave de la expresión del terroir. (Declara Bourguignon): ‘Son las bacterias las que permiten a las raices de la vid asimilar nutrientes, así que es imposible distinguir entre vinos de diferentes terroirs si el suelo está biloógicamente muerto. Es por eso que el papel que juega el terroir divide a los científicos. Nunca consideran el nivel de actividad biológica en el suelo’” (Decanter, julio 2007, p. 45, mi traducción).

Claro, es especulación. Pero ¿no les da curiosidad? Pensemos en una cita de Lalou Bize-Leroy que aparece con el mismo artículo de Joy: “Felizmente, nadie ha mostrado aún que ciertos elementos en el suelo impartan particulares características al vino. Pero la ausencia de tal conocimiento no es razón para negar que cada vino posee su propia tipicidad” (Decanter, julio 2007, p. 51, mi traducción). No me explico lo que pueda querer decir Mme. Bize con que la falta de demostración es algo “feliz”. Pero bueno, da en un clavo interesante: Menciona tipicidad, elemento crucial en la identificación de todo terroir.

Algo muy curioso es que, aunque aparezca tanta gente que pretende negar la existencia de terroir, hay hoy día una proliferación inmensa de vinos de pago. Entras en una tienda de vinos y no das tres pasos sin encontrarte con una etiqueta que ponga “Pago de esto” o “Aquello Vineyard” o “Vigneto dellotro”. Incluso, como señala Eric Asimov, en California se dan muchos vinos elaborados de fruta proveniente de determinados bloques de un viñedo prestigioso. Al dar tal prominencia al nombre de un pedazo de tierra cultivado y utilizarlo como “marca de calidad”, incluso en tiempos en que la noción de terroir es controversial, ¿qué hacemos si no validar que hay tierras y tierras, hay terroirs y terroirs? El vino proveniente de un viñedo tan señalado (tiene nombre y apellido, ¿no?) deberá ofrecer consistentemente características propias, una tipicidad que diferencie su provenencia de cualquier otra. ¿O no?

Caigo, con esta pregunta, sobre los que condenan el terroir como “estrategia de marketing”.  Se habla de que es un invento de ciertos elementos franceses para aumentar el valor de sus tierras, ensalzando cualidades inefables de los vinos que producen y señalando que  “eso solamente se da en mi parcela”.  Lo que tiene mucho de verdad. Incluso, podíamos dedicarle otra tarde enterita a hablar de las leyes que rigen las designaciones de terroir en Francia, y como algunos viñedos borgoñones de nivel grand cru que quizás no merecen—tomando como evidencia los vinos que dan—tal designación, mientras que hay premiers crus que merecerían de sobra un ascenso. O podríamos dedicarnos a explorar las diferentes interpretaciones de “terroir” que hay de una región francesa a la otra, por ejemplo, de Borgoña a Burdeos, de Burdeos a Alsacia, de Alsacia a Champagne…

Lo nada extraño es que la mayor oposición al uso del concepto de terroir viene de sectores que tienen algo que ganar por esa oposición. De un lado tienes a productores tradicionales de vinos franceses o italianos que alegan que sus vinos poseen terroir y que dicho terroir es lo que hace especiales a los vinos. Por otro lado hay productores en regiones emergentes que quizás poseen excelentes  terroirs, pero donde nadie ha podido figurarse aún como se expresan dichos terroirs…  Un modo de competir al mismo nivel que los franceses e italianos, con sus terroirs de rancio abolengo, es negar que exista privilegio concedido por el terroir. Hasta ahora el terroir no es científicamente demostrable, ergo, cualquier lugar del mundo, dado talento de viticultores y enólogos, puede dar producto vínico de alta calidad, digno de ganarse todos los puntos y venderse al precio más alto.

Por si no es obvio, déjenme recordarles la bottom line: El vino es un negocio. Todo en un negocio tiende hacia vender. Cualquier reclamo que ayude a vender es una estrategia de marketing. Ufanarse del terroir o negar su existencia resultan igualmente cuestionables si alguien te los menciona y te dice que no está tratando de venderte algo. Por mi parte, que me hable de terroir, o que me hablen de que el terroir no existe. Yo solamente creo en lo que perciben mis sentidos, y compro acorde.

Sin quererlo. vuelvo a extenderme demasiado. Esto que escribo no pretende dar conclusiones, sino más bien invitar a pensar y discutir inteligentemente la utilidad de un concepto en que creo. Antes de cerrar, habiendo salido con eso de “lo que perciben mis sentidos”, creo que debo tocar otro puntito importante: La particular visión del terroir que se traen algunos elaboradores, muy notoriamente Randall Grahm, de Bonny Doon Vineyards en California.

Grahm ha escrito recientemente  varios artículos (éste es el primero, luego ha publicado “continuaciones en The World of Fine Wine). De plano, estoy de acuerdo con él en considerar el terroir un fenómeno complejo, que va mucho más allá de la mera mineralidad. También estoy de acuerdo en que la tipicidad—los razgos que identifican un vino como de un lugar específico  (la tan citadísima ”somewhereness“, como la llamara Matt Kramer en su libro Making Sense of Wine)—está “inextricablemente ligada a la belleza” en un buen vino. Donde Grahm me pierde es en establecer que hay que “buscar” el terroir como si fuese una especie de grial, o esa virgen más milagrosa, que siempre vive más lejos de donde uno está.

Les cité ya parte de un brillante ensayo de David Schildknecht que es, a un nivel básico, una refutación de la “búsqueda” del terroir foráneo. Schildknecht propone de forma muy lúcida que el terroir existe donde estamos, en cualquier lugar donde alguien cultiva la vid y hace vino. Dice:  “Es mi conceptualmente austera convicción que [gente como Randall Grahm] debe aceptar como terroir cualquier viñedo que tengan bajo sus pies, no preguntando ‘¿podemos alcanzar el terroir?’, sino ‘¿cómo podemos lograr vinos que sean deliciosos de una forma distintiva de su lugar de origen?’” (The World of Fine Wine No. 14, p. 73).

Circa 1999, Mariano García en su Pago de Cueva Baja, de donde sale el vino top de Mauro, Terreus: ¿Terroir, o qué?

Circa 1999, Mariano García en su Pago de Cueva Baja, de donde sale el vino "top" de Mauro, Terreus: ¿Terroir, o qué?

Creo que hay una lección muy importante para cualquier joven elaborador de vinos hoy día, particularmente si no se ha dejado endoctrinar acadmicamente por los Sam Harrops de este mundo y mantiene una mente verdaderamente abierta. Si, para adoptar y adaptar una frase de David Schildknecht, “el terroir comienza por casa”, es necesario enterarse precisamente de lo que es “casa”. Hay que ver la viña y su vino al desnudo, añada tras añada, hasta identificar qué es lo inherentemente típico en el producto. Esa constante es el terroir.


Claro, hoy día tal actitud, por loable que nos parezca, tiene poquísimas oportunidades de florecer en lugares donde la mentalidad del terroir no es tradición. En muchas partes de España, igual que en este llamado “Nuevo Mundo”, inmensas cantidades de jóvenes salen educaditos de “enología”, una disciplina que a veces me parecería equivaler a “maquillismo vínico”. Se aprenden métodos para crear productos homogéneos cosecha tras cosecha, que respondan exactamente a supuestas “demandas” del mercado determinadas a nivel corporativo. Saben todos los trucos de cigugía estética, “maquillaje” y “vestimenta” del vino. Vienen también preparadísimos para el marketing, para jugar el juego de los medios. Pero, desafortunadamente, son poquísimos los que también vienen con la capacidad de escuchar e interpretar lo que dicen la tierra, el clima y la vid. Concluyo pensando en el componente humano de la idea de terroir. Se habla de que la expresión del terroir depende de cadenas de decisiones humanas. Para mí el primer eslabón de esas cadenas, sin el cual no hay nada, es el hombre como buen entendedor.

Vale la pena añadir, a riesgo de llevar a lo completamente ridículo la exagerada hiperextensión de esta entrega, lo que apunta Pedro Parra sobre su trabajo consultorial: “He colaborado mucho con Casa Lapostolle, Concha y Toro para Don Melchor (ellos pagaron mi doctorado) y viña Montes tambien, entre otras]…] En Argentina, he participado en proyectos en donde mi amigo Alberto Antonini me ha invitado. Ahora viene SOGRAPE en Portugal, como veras, mucha experiencia en un tema delicado.
Delicado, pero al parecer crucial, el tema, si tomamos en cuenta—¿y cómo no hacerlo?—que megabodegas corporativas contratan asesores prestigiosamente titulados (Pedro Parra, según arroja un googlazo rápido, es, efectivamente, Doctor en Terroir del Instituto Nacional de Agronomía de París-Grignon y arriba tenemos una muestra de las empresas que ha asesorado)  en torno a él. Esto choca un poco, si uno se queda en el ámbito más neciamente purista de la cosa, pero también, si uno se deja llevar y abre un poco la mente,  resulta fascinante e invita a lo que considero una reflexión verdaderamente importante, a la que, sin más, les dejo ahora…

Cositas y cosotas: 24.04.2009

Se siente raro, cuando en una semana entera no cuelgo una entrada nueva. Pero el hilo de comentarios de “El misterioso misterio de la potelegancia” ha estado tan activo y variopinto  que pareceríaa veces pretender convertirse en una especie de “metablog” de La otra botella. Hemos discutido mucho y bonito. Eso me gusta. Pero hay que seguir adelante. Hoy es viernes. Hay cositas…

Lo primero es que tengo que dejar de dejarme llevar por las provocaciones de los amigotes. El buenazo de Jose me volvió con otro episodio delasérnico en Elmundovino. Fuera de cualquier coña, a uno le da por reflexionar cuando lee lo siguiente de Víctor de la Serna: “[L]o que me preocupa es esa ausencia de interés por el vino español de calidad en los foros de calidad que forjan el estado de opinión en los mercados de calidad“.

Bueno, fuera de cualquier coña hasta que te das cuenta de que tu reflexión te ha llevado a un punto en el que sólo sientes ganas de reirte—y no precisamente con aquella “risa de los ángeles” que decía Milan Kundera.

Víctor reconoce que hay un respeto a los vinos de López de Heredia por su consistencia y personalidad en esos foros internacionales. Igual con un par de otras excepciones a la regla. Pero el resto del “vino español de calidad” es una especie de Rodney Dangerfield entre la flor y nata de la  wine geekery angloparlante.

Menciona como ejemplo de “vino español de calidad” que no obtiene atención en esos foros, entre otros enotrofeos ibéricos, a Numanthia. Difícil veo yo que alguien en, por ejemplo, Wine Disorder, le tenga paciencia, mucho menos respeto, a un producto LVMH. Aunque bueno, Numanthia traía ya otras condiciones que lo hacían repelente a cierto tipo de enochalado menos susceptible al juego de los puntos y la hipérbole puntista.

Que conste, no pretnedo trivializar la preocupación de mi antiguo amigo Víctor. Es legítima, en la medida en que a alguien le importen la suerte de un tipo de vino en particular. Porque esa categoría de “vino español de calidad” tiende a referirse a cierto tipo de vino en particular: Uno inmenso, hiperpotente, con mucha madera nueva y más pretencion. Encima, caro.

Quizás lo que pasa es que hay demasiado vino idéntico que cae bajo esa rúbrica y quizás ha sido modelado en algo que, si somos perfectamente honestos, no era en verdad tan excitante como quisieron hacérnoslo ver los punteros. El que haya tanto vino igualito—de tantas regiones diferentes de España— que cualifica como “premium” no puede ser un activo. Lo de “premium” tiende a perder el efecto cuando no hay algo que haga especial a dicho vino con respecto a los demás. Un potentenmaderado resulta igual a otro y, dados los tiempos que corren, comienza a dar pereza seguir hablando de lo mismo, mucho menos andar sacando la tarjeta de crédito para endeudarse más.

Digamos que en tiempos de economía dura la gente va a comenzar a exigir mucho más carácter—mucha más diferenciación—del vino antes de desembolsar precios “premium”. “Más de lo mismo” just won’t do. Y el problema no es sólo de España. Piensen ustedes en como les va a los vinos australianos, chilenos, argentinos, californianos, supertoscanos, etc. en esos foros de los super wine geeks. No mejor, ¿verdad?

Existe tal cosa como la saturación del mercado, yo siempre he dicho.

Sigo insistiéndole a Don Víctor que se anime, que aquí seremos radicales, pero no mordemos. Hay un hilo con ciento y pico de respuestas y ahora esto, hombre…

La cosota es que se sigue hablando de lo jodida que está la cosa en el mundo. La campaña en primeur para la añada 2008 en Burdeos se convirtió en un jueguito de suspenso, con mucha gente clamando por bajas significativas en los precios. La crisis, ya saben, Algunos châteaux han obedecido, teniendo en cuenta las difíciles condiciones del mercado mundial para artículos de lujo, incluyendo vino “premium”.

Claro, está el problema de lo que significa esta bajada de precio en la añada de la campaña en curso para el inventario quedado de las cosechas inmediatamente anteriores. Decididamente no es un bonito momento para ser vendevino de gama alta, no señor.

Pero me pongo a preguntarme: Tras el apogeo enopretencioso de los últimos quince años, tras tanto lanzamiento de vino nuevo a precios escandalosos, tras tanto viciar el mercado con expectativas irrealistas sobre “lo que quiere” o “lo que aguanta” el consumidor, ¿no estamos listos para un reajuste de las cosas? ¿No es ésta una buena oportunidad para reevaluar lo que de verdad confiere mérito a esos vinos por los que han de pagar quienes para pagar tengan?

Una curiosa noticia publicada hoy, también en Decanter.com, sugiere una tendencia que me parecería muy imprudente ignorar.

El artículo habla de que en EEUU los consumidores gravitan hacia vinos “más baratos” para el consumo cotidiano, relegando los vinos “premium” para ocasiones especiales.

La pregunta del millón es cuánto tardará la industria en enterarse de que esa gente que reduce el presupuesto para consumo diario de vinos seguramente va a comenzar a exigir mucho más por lo que paga. Más vida. Más carácter. Más calidad.Por menos dinero.

Claro, siempre aparecerán abogados contra las reducciones de precio que no sacrifiquen en lo absoluto la calidad. Hay gente así de desubicada. Y el consumidor, pues,  existe para esquilarlo. Por ejemplo, esta entrevista con Charlotte Hey (editora de la revista británica Drinks Business) en el portal que antes albergara a mi blog. ¿”El batacazo australiano”? Pues señora, se lo pegaron contra algo muy recio: La realidad. A veces, amigos, no hay de otra.

Bueno, pero dejo por un momento la crisis. Me llegó también el otro día al buzón este artículo del magazine de la BBC.  Supermercados adaptando su agenda de degustaciones de acuerdo con los ciclos de la luna. No sé por qué, esta noticia me pareció que le interesaría a Joan Gómez Pallarès. ¡Ay luna lunera, cascabelera!

Lanzándonos por otra banda (aunque, al final y como yo siempre digo, todo conecta y muy probablemente acabemos en la misma de nuevo…), me he pasado el último par de semanas intentando adelgazar. Sí, de nuevo en ésas. Mi acercamiento ahora es de comer solamente ensaladas por las noches. Le estoy poniendo mucha creatividad al asunto, particularmente considerando las precariedades del mercado local en Santo Domingo. Lo que pasa aquí por “vegetales” hubiese sido para mí un terrible insulto en mi otra vida. Excedentes nefastos de agribusiness…  Ya aquellas maravillosas frutas y verduras de mi infancia caribeña han dejado de existir.

En fin, que los que sean amigos míos en Facebook ya habrán visto el álbum de fotos, semirrecetas, notas de maridaje o divorciaje vínico y análisis socioeconómico que tengo colgado en mi perfil y que actualizo a diario. No sólo está Camblor a dieta. Está a dieta en público.

Ah, y en cuanto a vinos con alcohol elevadillo: No será el 15% de aquel Jumilla con aspiraciones de arquetpo del que hablábamos el otro día, pero el Terre di Poliziano, “Lohsa”,  Morellino di Scansano 2007 carga 14% y no me desagradó en lo absoluto. Poliziano no es uno de esos productores inmediatamente asociables con esas filosofías “radicales” que se me atribuyen por ahí. Son más bien modernistas y dados a las variedades “mejorantes”. Pero si me llevo de lo que viene en la botella, repito, el resultado no me desagrada. En este caso se trata de 100% sangiovese de la DO costera de Morellino di Scansano, en la Maremma toscana.

Usualmente, Morellino da vinos de más color y potencia que el resto de Toscana. Son sangioveses corpulentos, pero que pueden ser muy bebibles. Tal es el caso de éste. Dos botellas cayeron el otro día en casa.

A Patricio Tapia le hubiese traido una sonrisa la nariz de esto, pues traía lo suyo de bestia, seguido por aromas de romero seco, regaliz, barro,  ciruela fresca, plástico caliente y un sutil deje de cocoa amarga. Una nariz accesible, cálida, directa. Compacto en boca, con bastante cuerpo. Hierbas secas entre fruta que tira por momentos hacia un aspecto amargo-especiado que me hace recordar al Campari. Posgusto medio, con taninos masticables y buena acidez. El alcohol amenaza con dejarse sentir si la temperatura del vino se deja subir. Pero no cumple la amenaza y al final la impresión es de calidez de vino robusto.

Lo que me sorprendió de este vino, tan mediterráneo como el que más, fue su capa. Aunque el color era un rubí oscuro, exhibía una excelente transparencia y un bonito brillo. Nada de negruras hiperextractivas. 14% de alcohol sigue no siendo ninguna bicoca, pero de que se bebe muy agradablemente, se bebe. Dicho sea de paso, el aroma brettesco de bestia era mucho menos señalado en la segunda botella.

Y ya, que se me hace tarde. Si esta entrega les parece un tanto fragmentaria, es que ha sido escrita con mil interrupciones. Les dejo disfrutarse ahora una bandita que creo ya desaparecida, que nos dejó unos cuantos buenos discos para considerar. Ojalá no sea como creo y sigan. Esto es The American Analog Set:

La Semana Santa en el Caribe. Con vinos y verticalidad involuntaria.

Como bien me decía un buen amigo ayer por la mañana: “No te veo como muy adepto a las vacaciones obligatorias  en masa”. En efecto, soy de los que gustan de tomarse vacaciones no porque hay que hacerlo, sino porque quiero. Que no es el caso de Semana Santa. Digamos que pensaba tener mucho mejores cosas que hacer que irme a la playa. No soy nada playero. No soy creyente, mucho menos celebrante de nada religioso. Pero ahora vivo en Santo Domingo.  Había que unirse al mandatorio ocio playero y lo hice, Josie y camblorcitos en ristre.

Nos fuimos a nuestra coqueta villa en cierto resort de la Región Oriental de la República Dominicana. Se está bien allí. Quizás nos encontraríamos con conocidos, quizás no. Ibamos equipados para recargar pilas, o casi para lo que fuera…

Como hace tiempo que no les colgaba aquí un compendio de notas de cata—cosas; desde hace como mes y medio he estado dándome golpes craneanos contra las paredes, renovado mi esfuerzo por  escapar de la dinámica de los “descriptores” alacénicos y aún no lo logro. No obstante esa falta de éxito en la noble misión de reinventar mi lenguaje descriptivo para representar mejor el vino, les diré de lo que se bebió en aquel rinconcito tropical la semana pasada.

La primera noche se mojó con un Fillaboa, Albariño “Selección Finca Monte Alto”, Rías Baixas 2005, servido con filetes de bacalao envueltos en prosciutto sobre legumbres salteadas. No hacía ni diez días había abierto una botella del 2002 que, si bien un poquito cansada y corta de resuello ya, se las apañó para satisfacernos suficientemente a Josie y a mí. Quise ver como estaría uno más joven y enérgico y así, esta botella. Había comprado el 2002 directamente en la tienda del importador local. Volví y pedí un par de botellas del 2005, pensando en el contexto playero.

Se trata de un albariño carnoso y sabroso, pero no  especialmente emocionante, este 2005. Muy buena mineralidad, entre arena y talco, en una nariz amplia y vivaz que tira a tonos tropicales y ligeras notas medicinales. En boca se presenta cremosón, con esa textura merengadota que delata bastante influencia de lías. Según leí por ahí, esto es de viñedos de más o menos veinte años de edad y fermenta en inox con levaduras autóctonas. Pues muy bien… Excelente centro acídico-mineral, con bonitos acentos salinos. Quizás mi queja viene porque el posgusto no es tan largo como esperaba.

Pero se deja beber. Tanto así, que fuí a por la otra botella. Y ahí me llevé una singular sorpresa.

Resulta que la otra botella, comprada al mismo tiempo que la recién consumida y ahora reseñada, era del  Fillaboa, Albariño “Selección Finca Monte Alto”, Rías Baixas 2003. Una confusión en la tienda, probablemente, quizás de parte del muchacho que me llevó las botellas del estante a la caja, quizás mía… No sé. El caso es que inventario de una edad estaba ligado con inventario de otra al descuido, como si las añadas en realidad no importaran,  y yo acabé con una mini-vertical involuntaria que me lleva a poder formarme una opinión, si se quiere, más informadita. O sea que no hay mal que por bien no venga.

Claro, le entré al 2003 con cierta trepidación, pues esa añada no es que sea santa de mi devoción. Pero éste resultó muy satisfactorio, a su manera. A Josie hasta le gustó. Huele a manzanas asadas, a Ginger Ale, a compota de durazno, a claveles frescos, a arena caliente y pasas sultanas, con un leve deje fronterizamente oxidativo de fondo. Carnoso, pero completamente seco en boca. Potente acidez y una mineralidad le dan bastante agarre, incluso haciéndose la acidez muy aguda por momentos. Te agarra y te clava las uñas un poquito…  Aquí el problema es que la fruta, madurota y suculenta como es, presenta un carácter rostizado que resulta discordante con un centro acídico un tanto estridente. Eso distrae bastante, aunque al final el vino funciona y se bebe bien, especialmente con comida. Hay en el paladar medio una notita que fluctúa entre el laurel seco y la medicinalidad y que complementa bien el aspecto salino.  Problema: El mismo final que podía ser más largo, pero no llega.

En el interés de completar el panorama, les transcribo mi notita tomada días antes sobre el Fillaboa, Albariño “Selección Finca Monte Alto”, Rías Baixas 2002: El color dorado tirando a profundo advierte que ya el brillo de la juventud se le ha quedado atrás a este albariño. Flores blancas y guisantes, piña verde, toronja y albaricoque con sobretonos de cúrcuma y arena. Se siente una corriente oxidativa que amenaza con ambiciones de protagonismo. Buen impacto entrando a la boca, con cuerpo y estructura importantes. Excelente mineralidad. Cremosa textura. Sin embargo, me pierde a partir del paladar medio. No se cumple lo anunciado. El posgusto es cortito y difuso, de vino ya cansado.

Saquen ustedes sus propias conclusiones. Satisfactorio ver notas en común que indican la expresión del viñedo. También satisfactorio ver esa expresión variar sutil y no tan sutilmente de una añada a otra. Y notar evoluciones.

No es ningún secreto que algunas botellas las compro y pruebo porque se pintan solitas para entradas de blog. Tal es el caso de otra que me llevé de la misma tienda que los Fillaboa, el Marqués de Cáceres, Crianza “Vendimia Seleccionada”, Rioja 2005 . Obviamente, lo compré porque me intrigaba que este productor endilgara la dudosa frasecita “Vendimia Seleccionada” a su modesto crianza, un vino super mass market. Recuerdo que la primera vez que ví eso de “Vendimia Seleccionada” fue donde Mariano García. Con sus Mauros y en manos de un hacedor de vinos tan respetado, pues parecía significar algo. Pero luego la frase se ha vuelto casi ubicua y acompaña a casi cualquier cosa. Puedo imaginar como apela esta frase a ciertos mercadeadores de vinos. “Viste” lo suyo, aunque lo vestido sea el mono aquel del proverbio… Bueno, pero nada. “Vendimia Seleccionada”, como  siempre, commentez et discutez.

La cuestión es que el vinito no está mal. Lo serví con una salade panachée sencillita, ligerita  e hipocalórica (sigo intentando desesperadamente adelgazar, ¿les conté?) con aliño de mostaza y frambuesa. Es amplio, maduro y directo de nariz y boca, con notas e gelatina de frambuesa, cuero, especias, herrumbre y un toque de vainilla en grano. Todo está en buen equilibrio y, aunque tiene bastante peso, su paso de boca es gentil. Posgusto larguito, sabroso. No está mal, si bien tampoco es especialmente memorable. Me late que iría mejor con alimentos un poco más grasos y contundentes, pero la dieta es la dieta.

Mucho pescado teníamos. En una, acompañando una dorada de lo más bonita, abrí una botella que había capturado mi atención en cuanto la ví. Un producto de Bodegas Valduero, uno de los pocos productores de Ribera del Duero que aún compro, el García Viadero, Albillo, Vino de la Tierra de Castilla y León 2007 es eso, un monovarietal de una uva que nunca había visto en ese papel. No sé, no se me hubiese ocurrido nunca buscar un 100% albillo así, de primera intención… Pero aquí lo tenía. Un vinito sencillo, correcto, fresco,  de trago facilísimo—poco más que un agüita de cítricos con notas minerales y especiadas de fondo y el alcohol justo. Nada, que quería dejar constancia de haber probado algo así. Si algún día me pide alguna señora que le recomiende un blanco de precio módico para sus partidas de canasta de las tardes, puede que éste me venga a la mente.

La compra del Fillaboa, el  Marqués de Cáceres y el albillo también incluyó cuatro botellas de un vino que consumo regularmente. Creía que me darían cuatro botellas del riesling 2005 de Trimbach (el sencillito), pero me llevé otra sorpresa cuando abrí, para un almuerzo, una del lote. Para mi consternación, no era 2005, sino un Trimbach, Riesling, Alsace 2003. Y la culpa no pudo ser mía, pues simplemente pedí las botellas verbalmente y me las empacaron en una caja con el resto de la compra. A devolver la botella no iba, pues le había extraido su corcho y servido tres copas antes de percatarme de lo de la añada.

Nada, que me lo tomé en plan educativo, pero un coscorrón de crítica constructiva a esta firma importadora de vinos en Santo Domingo, si alguien de allí me leyera: Por favor, cuiden el inventario en la tienda para que no se les mezclen tanto las añadas rezagadas y uno no se lleve estas sorpresitas. Las añadas son importantes. Cruciales, diría. A veces uno está para explorar diferencias, pero otras quiere la añada que pensaba haber adquirido.

En fin, que tampoco estaba mal, aunque ya había visto mucho mejores días. Hay indicios ligeros  de oxidación en primer plano, entre notas de diesel y melocotón desecado. Con aire suelta piña, savia y panal de abejas. En boca es tan seco como el Fillaboa del mismo año, aunque su acidez no es tan agresiva como la de aquel vino. Se va en el paladar a notas salinas que luego llevan a algo de aceitunas verdes en salmuera. Buen largo, aunque el aspecto oxidativo se hace notar un poco más en el posgusto, de forma bastante molesta.

Y uno ahí, aprendiendo.

Las puestas de sol en nuestro refugito son muy bonitas. No tenemos vista directa al mar, sino al campo de golf, pero nuestro Caribe se luce como quiera. Tenía a mano una botellita  de Alvear, Fino en Rama, Jerez 2004 la tarde del viernes y la abrí de aperitivo, con el sol poniéndose de fondo.

Un fino hecho enteramente de pedro ximénez y de una añada, según dice la contraetiqueta. Y un fino que probablemente también vió mucho mejores días. Regordete, térreo, salino y muy seco, en boca presenta una frutosidad que me recuerda a mirabelles, pero sin dulce. Saladito, ahumado, con un golpe cítrico que te deja la lengua reverberando. Pero, aunque hay buena persistencia y se bebe bastante bien, aquí faltan vitalidad y tensión. Al final-final amarga un poco.

Bueno, nos largamos del resort el sábado por la tarde. No queríamos caer en los atascos del domingo, cuando todo el mundo regresaría a la capital. Además, había un concierto de Enrique Iglesias en Altos de Chavón esa noche y no quería ni remotamente correr el riesgo de que alguien conocido me viera y se pensara que estaba allí para unirme a ese aquelarre maldito. Mejor villadieguear.

La realidad es que no habíamos tenido particular excitación vínica esa semana. Aunque los vinos fueron mal que bien correctos y a las sorpresas decidimos  no permitirles afectarnos,  la selección estuvo aburridona.

De vuelta en casa decidí (a) improvisar una pasta con lo que encontrara en la nevera y la despensa, y (b) abrirme algo de lo que se pudiera esperar la requerida vibra.

En la repisa de arriba de la vinera de la cocina estaba un Azienda Agricola COS, Cerasuolo di Vittoria Classico 2006 que me había regalado Patricio Tapia aquella vez que almorzamos en Nueva York, recomendándome traérmela a casa y disfrutarla con calma. Eso hice y la verdad es que he de reiterarle mi agradecimiento a Patricio. Lindo vino.

Los aromas comienzan un poquitín confusos, oscilando rápidamente entre brett (ahora entiendo aquella respuesta de Patricio en mi “contraentrevista” a la pregunta sobre lo que más le gusta encontrar en un vino), agua de piscina, alcanfor, musgo, canela en rama, tocino ahumado, manzana, fresa, arándano y violetas. Más que compleja, la nariz inicialmente parece complicada por la velocidad y arbitrariedad con la que se revelan las facetas aromáticas. Pero esto se resuelve con un rato de aire. Las cosas van alineándose, integrándose, comienza a notarse una armonía natural que, aunque al principio no era fácil de interpretar, de repente se revela como algo que siempre estuvo. Me recuerda la nariz de este vino a la primera vez que oí a Radiohead.

Tras una hora, cualquier volatilidad y brett ha pasado a formar parte del fondo, cobrando todos los demás elementos protagonismo. Un vino fragante, profundo, que quieres seguir oliendo, porque siempre parece tener más que dar.

Agil en boca. Suculento y tánico, con una mineralidad marcadísima,  a la vez térrea y aspirinesca. Vivo, provocador y sí, profundo. La superficie es sumamente atractiva, pero inmediatamente sabes que sería estúpido concentrarte solamente en ella. Posgusto largo, puro. El patito feo al final es cisne arquetípico. Ya para el final de la noche sorprende que los aromas y sabores frutales han cobrado un carácter más “oscuro”, pasando de fresa y arándano a frambuesa negra. También, la mineralidad se une a los taninos para dar una textura placenteramente granulosa, que no raspa, sólo se percibe como un elemento que te agarra—la gentil caricia de una mano callosa.

Otra vez lo declaro, porque declararlo vale la pena: ¡Ñó, qué semanita! Me siento exhausto y presiento que los debates sobre potencia, elegancia, potelegancia, ética de críticos, censura, grado alcohólico,  radicalismo, naturalidad y tantas otras cosas no hacen más que comenzar. Yo, por mi parte, para coger fuerzas y lucidez, escucho una que me gusta y me recuerda la diferencia entre actitudes, entre decir y hacer…

Cositas y cosotas: 16.04.2009

¡Es que la cosa está que arde! Llego a casa después de un brevísimo descanso en Semana Santa y me cae encima un diluvio de temas candentes… Tanto es así que adelanto la edición de “Cositas y cosotas” de este viernes a hoy jueves. Ya veremos lo que cuelgo mañana.

Aparte de mi cumpleaños, una entrevista que dí a otra revista en Chile y el artículo de Víctor de la Serna que estamos discutiendo en los comentarios a mi entrega anterior,  un reventón en la cultureta del vino me ha ocupado bastante en los últimos dos días. Me enteré de él gracias a Dr. Vino.

Resulta que Mike Steinberger, columnista de Slate.com, publicó un artículo recientemente sobre el abruptísimo declive en ventas de vinos australianos “premium”. El artículo, que no dice nada particularmente nuevo o explosivo, suscitó cierta controversia en el foro de debate de eRobertParker.com. La controversia, al parecer, cayó rápidamente en ataques personales y cuestionamientos sobre la labor profesional del Sr. Steinberger, viniendo los más notables entre estos ataques del propio moderador del foro, Mark Squires. Al parecer, Steinberger llamó a contar a Squires, pidiéndole que explicara acusaciones de “conflicto de interés” y “parcialización” que había hecho éste. Squires, por su parte, en vez de continuar la discusión civilizadamente, eliminó el hilo en el foro.

Aparentemente, es práctica habitual la eliminación del foro de eRobertParker.com de hilos que de alguna manera contengan críticas de Robert Parker o algún cuestionamiento “difçil” de  las posiciones de quienes controlan dicho foro. Bueno, tanto “parece” y “aparentemente” es porque yo tiendo a evitar esos predios. Nunca he sido suscriptor ni participado ahí. En realidad no conozco bien las políticas o la praxis del sitio. Lo que sí conozco son los chismes que me cuentan…

La eliminación del hilo sobre Steinberger  suscitó tremendo follón, que desembocó en la publicación en el blog de Dr. Vino  de un airado y muy pintoresco intercambio de correo electrónico entre Steinberger y Squires. Steinberger es muy correcto al protestar por un acto de clara censura  y exige explicaciones que parecería tener todo el derecho a exigir. Squires, por su parte… Bueno, léanlo ustedes mismos y saquen sus propias conclusiones. Es comiquísimo.  Se entera uno de que, aparte de ser un diplomado “summa cum laude” en periodismo, este personaje es también un autoproclamado as del arte de debatir y de la máquina elíptica.

La cuestión es que más allá de un guirigay entre foreros y moderadores, cosa bastante común, surgen en ese intercambio de e-mails ciertas serias preguntas  sobre la organización Parker  que no deben pasar desapercibidas, comenzando por la de hasta donde es justificable la censura si es medalaganaria. También, por ejemplo, escribe Stenberger a Squires:

No pude evitar observar que, mientras usted impugnaba mi integridad y la de los detallistas de vino citados en mi artículo, había [en el foro de eRobertParker.com] un hilo activo sobre una visita a Bern’s [restaurante de carnes en la Florida con un legendario programa de vinos] que incluía a Eric Solomon, Patrick Mata, José Pastor y un tal Jay Miller. ¿Era éste el mismo Jay Miller anteriormente mencionado, que cubre los vinos de España para el Wine Advocate? Por la foto que acompaña al escrito, parecería que sí, lo que me deja perplejo, pues Eric, Patrick y José son todos importadores de vinos españoles. Siempre me he tomado al pie de la letra la política de Bob [Parker] de evitar escrupulosamente  cualquier potencial conflicto de interés para el Wine Advocate. ¿Cómo cuadra este fin de semana en Bern’s de Jay con esa política? (Mi traducción)

Me limito aquí a reportar lo aparecido en otros sitios. Y les invito a considerarlo cuidadosamente, sacando ustedes sus propias conclusiones al respecto. Un influyente crítico de vinos, de juerga vínica con tres importadores especializados precisamente en una de las regiones cubiertas por dicho influyente  crítico. El cuadro está incompleto, no hay que decirlo. Pero lo que se ve, como que lo deja a uno pensando y no con el mejor sabor de boca.

Dr. Vino ha iniciado hoy la lógica pesquisa que motivaría en cualquier alma inquisitiva este asunto de Miller y los importadores. Publicó una nueva entrada que incluye otra correspondencia reveladora, en este caso más por lo que se rehusa a comentar una de las partes que por lo que comenta.

Podrá alguien declarar que hay problemas éticos en lo de publicar correspondencia privada entre individuos. Mi opinión sobre eso está un tanto conflictuada y no sé si yo haría lo mismo. Pero  el valor de esta exposé me hace pensar que quizás el fin sí justifica los medios. De todas formas, en este barrio vínobloguístico hay superhéroes. Cuando yo sea grande quiero ser Dr. Vino…

¿Que qué más pasó en el mundo del vino esta semana?

Pues se estableció definitivamente que la mayoría de lo que  los australianos tenían como albariño en sus tierras resultó no ser albariño, sino savagnin. Si es que a algún elaborador gallego le quitaba el sueño la idea de tener que competir contra una oleada de albariños australianos, ya puede dormir tranquilo.

¡Vaya semanita! ¡Y no se ha terminado aún! Por el momento, un videito que captura bastante bien el sentimiento que me posee:

El misterioso misterio de la potelegancia…

Esto es un vino mediterráneo.

Tengo un par de amiguetes en esta internet del vino a los que, me parece, les gusta buscarme la lengua. Se divierten mucho mandándome enlaces a artículos sobre el mundo del vino que, como ellos bien saben, me provocarán una determinada reacción. Lo agradezco. Sin ellos, muchas de las más coloridas entregas de este blog mío y de ustedes nunca se hubiesen dado.

En tal espíritu me llegó hace unos días el enlace a una reflexión de mi antiguo amigo Víctor de la Serna en Elmundovino.

Los veteranos en lo del vínico interneteo entre ustedes recordarán el caso: Hará como diez años, Víctor y yo nos hicimos una bonita amistad, lubricada con excelentes vinos y mucha convivialidad. Dicha amistad se agrío, al parecer irremediablemente, hacia el principio de este siglo. Diferencias de opinión sobre las virtudes de ciertos vinos tornaron en debates acrimoniosos de los que probablemente aún queda constancia en algún foro histórico, si es que los “depuradores” no los han borrado (caso, este último, que preferiría, aún con los matices stalinistas que conlleva, pues sí que fueron feos los episodios). Pues corría como el 2001 y yo era entonces una de las poquísimas voces que hablaba en defensa de un puñado de vinos tradicionales de Rioja, cuando ese tipo de vinos era denostado de forma general por la vasta mayoría de la prensa internacional, Víctor incluido. Eran os tiempos en que muchos iban de “alta expresión o nada”. Yo, por mi parte, ensalzaba las virtudes de los vinos de López de Heredia, La Rioja Alta S.A., CVNE, Bodegas Riojanas y Muga, pidiendo que se les reexaminase antes de echarlos al vertedero de los “riojas carrileros”, los “sucios” y  ”difuntos”, pues me constaba la elegancia y longevidad que podían exhibir.

¿Se acuerda alguien? Pues la cosa llegó a su nadir en la discusión sobre un Viña Bosconia 1942. La recuerdo como hoy. Fea, fea… Hasta se sugirió que yo era un agente pagado de López de Heredia, porque no había manera de que semejante vino estuviese vivo, mucho menos bueno. Luego de unos intercambios tremendamente desagradables, en los cuales mi principal antagonista era aquel Víctor de la Serna que consideraba yo un buen amigo,  me desaparecí de Elmundovino. Era claro que no podíamos llegar a un happy medium, pues la discusión en sí tendía a polarizarnos. Habremos tenido intercambios posteriores en otros foros. No mejores en su carácter. Para Víctor yo siempre fuí y seré un radical, un dogmático reaccionario, un “talibán” terminantemente opuesto al cambio y la modernidad.

Digo “siempre fuí y seré” porque, muy para mi sorpresa, me encuentro citado en una sección de este artículo que me mandaron. La sección se titula “Los radicales y sus contradicciones”, frase que dice mucho, ¿no?

Pero antes de llegarle a lo que dice Víctor de la Serna en torno a una cita mía, exploremos un poco el resto del artículo, que da mucho de sí. Una de las señas distintivas de Camblor en sus cuarentas, a diferencia de Camblor en sus veintes y sus treintas, es que, aunque aún apasionado, ahora domina lo de discutir sin estridencias, encabronamientos mayores, ni portazos. Víctor propone su artículo como continuación de una reflexión publicada en el mismo portal por Luis Gutiérrez (sabio artículo el de Luis, por cierto, que merece leerse y considerarse). Yo propongo, a mi vez, estas líneas como una continuación en direcciones caprichosas de la reflexión de Víctor, ya que más o menos los puse a ustedes en antecedentes sobre cualquier noción personal que pueda colorear mis argumentos.

Abre Víctor habalndo de como un puñado de viticultores y enólogos en el sur de España, a pesar de trabajar en la región más caliente del país, están haciendo vinos con elegancia y frescor. Atribuye a estos productores “un interés y un respeto por la viña y sus frutos que no eran nada comunes antaño”, procediendo luego a hablar de un momento en la España enológica de “los setentas” en que “lo importante eran la bodega y las diferentes analíticas y correcciones, imbuidos como estábamos de la nueva tecnología de vinificación y crianza, tan ‘limpia’ como intervencionista, que nos llegaba esencialmente de Francia”.

Problema no tengo con la noción de un grupo de elaboradores sureños logrando vinos que no sean hiperalcohólicos y pesados. Lo veo muy frecuentemente en regiones similarmente calientes y meridionales, digamos Sicilia o el sur de Francia. Pero detrás viene esa proclama general sobre la tecnología de hace treinta y tantos años… En términos estrictamente cronológicos, podríamos asumir que Víctor habla de las técnicas bodegueras introducidas en los setentas en Francia por, entre otros, Emile Peynaud. Pero al no haber especificación más allá de lo de “tan ‘limpia’ como intervencionista”, bien podría uno pensar que, en base a la obsesión con las analíticas, ciertos bodegueros españoles en los setentas andaban utilizando levaduras de diseñador, osmosis inversa, texturizantes, tanino en polvo, MegaPurple, el diablo y su hermana…

Calma, calma, que no es que quiera forzar esa conclusión así, sólo por un par de líneas. Ahora es que llegamos a aquella cita mía que utiliza Víctor. La introduce diciendo que  ”entre esos grupos de consumidores que se han encerrado en el radicalismo ‘antimanipulador’, la contradicción se hace patente cuando comprueban que en un país cálido como España lo que les gusta ya no es tan ‘natural”". Luego establece que lo que escribí yo le parece “revelador, y a la vez honrado”. Master of the backhanded compliment, lo es Víctor. En fin, a la cita en cuestión, que, curiosamente, extrae traducida de la versión inglesa publicada en Wine Disorder de una crónica publicada originalmente aquí, en español.  Go figure… Me traducen así:

Naturalmente, esos grandes riojas son vinos ‘manufacturados’, hechos quizá más en la bodega que en la viña. Los métodos empleados en la bodega tienen al menos tanto que ver con su carácter y su longevidad como cualquier aspecto natural del terruño como podamos aplicarles. El hecho de que valoremos tanto esos vinos podría –si uno llegase al escenario con una disposición mental específica- entrar en conflicto con las nociones de viticultura y enología no intervencionistas que muchos de nosotros defendemos. Claro, encontrar argumentos para extraernos de esa contradicción sería una ardua tarea, o sea que ¿puedo apelar un poco a mi derecho de no incriminarme a mí mismo y, sencillamente, disfrutar de la paradoja?

Aparentemente, mi reconocimiento de esta paradoja me enriquece y muestra una renuncia al “dogmatismo”. Etc., etc., etc.  Pero ahora me pongo yo a pensar: ¿Será tan irresoluble esa paradoja? ¿Serán vinos como los Tondonias, Bosconias, Continos, etc. que reseño en esa misma crónica tan “no naturales”? ¿Habré indicado yo que toda manipulación es labor diabólica y es exactamente lo mismo para mí una trasiega que unas vueltecillas de cono giratorio? ¿Una larga estadía en barricas de roble americano más bien usadillas que adiciones de esa maderita líquida con nombre de tónico crecepelo? Espero que me comprendan cuando, ante semejante lectura de lo que soy y lo que represento, me declare francamente anonadado. En buen cubano, no puedo menos que exclamar: “¡Ñó!”  Y lo peor es que se me concentraron completamente en lo de la “paradoja” y no en lo de “disfrutar”, que era la clave, porque el tono de ese pasaje rezuma ironía consciente, al menos como lo leo yo.

Pienso, por ejemplo, en un paseo por la bodega de López de Heredia en Haro, ese bastión del tradicionalismo riojano. Están esas viejas cubas de fermentación, con sus gruesas capas de tartrato en el interior. Ahí, según siempre me han explicado las hermanas López de Heredia, la fermentación es con levaduras naturales y la temperatura la controlan el fresquito o la caló que se meta. Tienen su taller de tonelería al lado de donde fermentan el vino. Ahí lo más tecnológico que ví fueron martillos, quizás un taladro. Entras en los calados y están los insectos, además de toda esa increible microflora a cargo de la higiene y el bioequilibrio del ambiente. Muy hi-tech. Luego están las barricas. Ahí ves a unos cuantos fornidos señores a cada rato en lo de trasegar. O clarificar. ¿O quizás filtrar algo? Ultra hi-tech, les digo. En algún momento habla Víctor sobre “acidificaciones” en Rioja. No me consta que las lleven a cabo en una bodega como López de Heredia, pero asumamos que lo hacen: ¿Y? Sería la capa más paradójica de todo el asunto para mí. el toque de verdadera “manipulación” que me haría entrar en conflicto si voy a ser un naturalista/anti-intervencionista estricto. Pero en realidad no creo que pueda yo condenar la acidificación como un acto imperdonable de spoofulation del mismo orden que, digamos, la osmosis inversa o las adiciones de potinguitos “mejorantes” de laboratorio.

Claro, utilizo el ejemplo de López de Heredia porque es el más claro y obvio. Además, como decía yo en esa crónica de la cena con riojas de edad en Nueva York, no puedo yo ya poner la mano en el fuego por casi ninguna otra bodega en Rioja. Confío en un par. Los actos de las otras, pues… Pero me regreso de las ramas, que no debo irme por ellas, al menos hoy.

Llego, poco después del citado y recitado “honrado” párrafo mío a un pronunciamiento de Víctor que me deja pensando. La receta para rar vinos originales, auténticos, etc., en vez de “remedos segundones” de otra cosa,  es “centrarnos en el terruño y en la naturalidad. Así lograremos ago con personalidad propia, no impostada.” El lío aquí es, leyendo antes y después en el artículo, como definimos “terruño” y  ”naturalidad”.

Ojo, que quisiera inicar esta parte del análisis con un parrafito que me presenta al Víctor de la Serna más abierto que haya yo jamás visto. Dice: “Nadie duda de que las ancestrales técnicas de Jerez y las más recientes de Rioja han producido y producen algunos vinos excelsos. Por eso quienes hemos regresado a unos vinos mucho más naturales pero no somos dogmáticos los respetamos, admiramos y disfrutamos. Hay lugar en la cultura del vino para ellos y para los nuestros. ” No les niego que me regocija ver a Víctor reconociendo las virtudes de algunos de los grandes riojas tradicionales. Ahí llega a la posición que sostenía yo hace diez años, cuando defendía a López de Heredia y un par de bodegas más contra los que descalificaban sus vinos de modo general. Veía las luces dentro de un panorama y las señalaba. En cuanto a Jerez, pues, tenía más suerte. Por apreciar sus vinos no se me consideraba “radical”, o “dogmático”, o “talibán”, o lo que estuviese de moda decirme en el momento. Una cultura del vino verdaderamente abierta a la diversidad, donde no solamente dominara el poderío y el inmediatismo, era lo que pedía entonces y sigo pidiendo ahora. Reitero, me alegra sobre todo leer la última oración en lo que acabo de citarles. “Hay lugar…”

La cosa es que lo del lugar es truculento. Hay que definirlo de modo muy específico, entendiendo distinciones antes de ponernos a inventar reglas. Tomemos, por ejemplo, el peculiar apartado titulado “Fidelidad al origen” en el artículo de Víctor. Nos habla de “un jumilla con 15% de alcohol”, a manera de símbolo de lo despreciado por  los “grandilocuentes” defensores del vino no manipulado, precisamente en virtud de ese nivel alcohólico. Apunta Víctor parentéticamente que dichos defensores, aunque objetan al 15% del pobre jumilla, nunca objetan al mismo grado, digamos, en un fino, o al 205 de un oporto. Ese grado alcohólico, para Víctor, es lo natural del origen “Jumilla”, la marca de un terruño caluroso. Rechazar ese vino de 15% es rechazar ese terruño en sí.

Pero no sé, como que la cosa tiene sus arruguitas y el razonamiento, particularmente a nivel de las comparaciones que hace , me parece un tanto especioso. Veamos…

1. Hasta donde lo entiendo yo, tanto el fino como el oporto al que no objetan esos señores que rechazan el jumilla de los quince son vinos fortificados, con algochol agregado en algún momento de su elaboración. El jumilla, sin embargo, suponemos que se mercadea como “vino de mesa”, que es una categoría distinta para propósitos tanto fiscales como de consumo. Hemos de asumir que hablamos de un nivel de  alcohol natural de 15% en el jumilla, en base a los azúcares de la uva en sí. En cambio, el fino y el oporto alcanzan su nivel de alcohol por una adición intencional (recordemos que la palomino para el fino tiende a dar como 12% de alcohol en el vino base, en condiciones normales). No me parecería injustificado rechazar un vino de mesa, cuyo uso es distinto al de un generoso, por comportarse como este último. Productos distintos con usos distintos. Acaba esta comparación siendo un extraño non sequitur…  O, como diría una amiga boricua de Josie: ¿Qué tiene que ver el culo con las pestañas?

2. Dejando de lado finos, oportos y otras cosas de categoría distinta, ¿es absolutamente obligatorio que un jumilla “ejemplar” tenga un grado alcohólico tan alto? La justificación dada es que en tierras calientes, el vino saldrá alcohólico, pero existe una abundancia de ejemplos en la historia reciente que indica que no es necesariamente así. Justo el otro día me bebí un magnífico cerasuolo di vittoria con 13% de alcohol (les cuento luego…) Y recordemos que eso es vino siciliano. O pensemos en muchos excelentes vinos de Châteauneuf du Pape hasta mediados de los noventas—se daban graduaciones de 13% asociadas a nombres como Château Fortia, entre otros; lo sé porque he consumido châteauneufs así en memoria reciente y quedado maravillado ante el frescor y la sabrosura que se traian.  Si Jumilla, representada por el sufrido vino de 15% que dice Víctor, es únicamente capaz de producir vino esa graduación, hay que sentar entonces los parámetros con los que evaluar semejante cosa, ponerle su plato aparte, digamos…

3. Pero aquí llegamos a un nudo viejo. Les hice alguna vez la historia de aquel pinot noir californiano vendimiado a 33 Brix. El elaborador del correspondiente vino decía que en realidad ésa era la manifestación de su terroir y así había que aceptar su pinot noir, con un alcoholazo bestial. Porque California da vinos de alto grado, vamos… Pero, pensando en los vinos de climas cálidos enumerados en el punto anterior, ¿no es de razón que los niveles de madurez a la que se vendimia la uva requieren de decisiones humanas, basadas en nociones particulares del viticultor? Recordemos las consecuencias que tiene una alta madurez frutal para todo lo que constituye el equilibrio del vino, y que a más madurez, menos de algunos de esos componentes, o sea que menos posibilidad de equilibrio si la cosa se hace exagerada.

Al final, el viticultor y el vinatero han de interpretar lo que da la vid en función del terruño y el clima. No nos perdamos. Me late que hay factores humanos que contribuyen tanto a que ese jumilla hipotético  cargue 15% de alcohol como el sol de la región.

Pero ya lo quisiera dejar aquí por el momento. A muchos les sorprendería la cantidad de puntos de encuentro, establecidas estas diferencias de las que aquí les hablo, que tenemos Víctor de la Serna y yo, al menos como leo lo que ha escrito. Creo que, fuera de nombretes y acusaciones, podíamos seguir en estas reflexiones hacia un debate muy productivo en un momento verdaderamente post-dogmatista. Sólo hay que aplicarle al asunto honestidad intelectual y ganas y estoy seguro de que en verdad “habrá lugar” para todo.

Hasta va y don Víctor se anima. Aunque [un par de días después de colgado esto y entrando a corregir un par de errores tipográficos] sospecho que no lo hará…

Yogurt

De antemano, una aclaración y advertencia para aquellos que objetan a las revelaciones personales en un blog supuestamente dedicado al vino: Dejen de leer esta entrada ahora mismo, pues lo que viene a continuación es de orden que pudiera parecerles mejor dejado en privado. El anuncio está. Guerra avisada no mata soldados, etc. Si se quedan y les jode, lo lamento. En fin, vamos allá…

Esta mañana temprano colgué el siguiente “status” en mi perfil de Facebook: “Today, what remains of me is officially 41 years old. Also, 30 years ago this week I was first diagnosed with Type 1 diabetes. Perhaps I am that pot of plain yogurt, forgotten in the fridge long past its expiration date….

Eso. Hoy cumplo cuarenta y un años y el asunto me deprime bastante. Digo que me siento como ese yogurt nature, abandonado en la nevera hasta mucho después de su fecha de expiración, pues precisamente en esta semana también se cumplen treinta años desde aquella vez en que se me diagnosticó la diabetes tipo 1.

Acababa de cumplir once años y fíjense ustedes el regalazo que me zumbó la vida. Ahí dejé de ser niño y tuve que asumir inmensas responsabilidades. Desde entonces todo ha sido sobrevivir con la mayor dignidad posible, pues esta cabrona enfermedad no tiene la decencia de matarte de una buena vez, sino que te come a pedacitos. Hoy las neuropatías no te dejan hacer el deporte que tanto te gustaba. Mañana pierdes la vista en un ojo. Pasado mañana te haces una heridita en un pie y se te infecta, te lo amputan, te jodiste. A la semana siguiente te dicen que has desarrollado anticuerpos contra la insulina que te inyectas y caes en un desastre metabólico de órdago que te hace engordar bárbaramente, aunque comas poco y te ejercites intensamente. Un mes después va y te da un derrame. O te fallan los riñones.  No es una bonita perspectiva, se los aseguro. Lo hace a uno desarrollar un sentido del humor a la vez fatalista y jodedor, definitivamente patibulario.

Todavía recuerdo como, a un año y algo de aquel diagnóstico inicial, mis padres me llevaron a un prestigioso hospital en Boston. Se hablaba mucho de que “la cura” estaba a la vuelta de la esquina, que en unos añitos no habría más diabetes, que no nos desesperanzáramos. Y aquí estoy, tres décadas más tarde, tan diabético como el primer día, pero infinitamente más deteriorado.

El gran anhelo de mi vida siempre ha sido decirle esto a mi enfermedad, mirándola a los ojos mientras me la curaban:

Quizás algún día ocurra. Pero por ahora no.

Y no es que no haya yo tenido pequeñas y grandes victorias en mi lucha contra la diabetes. Aprendí a cocinar para defender la salud que tengo. Eso ha complementado inmensamente mi amor por el vino. Estuve ciego completamente, pero gracias a un excelente cirujano logré recuperar la vista en un ojo. Aunque presumía que no podría tener hijos, ahí están dos que son mi triunfo más grande—a las siete de la mañana venía mi linda hijita en brazos de su madre, cantando “Cumpeayo feíiiii” y más atrás venía su delicioso hermano diciendo “Umpeayo papá”; eso no lo hubiese creido posible de las ruinas de mi pobre cuerpo, yo, este diabético veterano. Pero ahí está. Aparte, tengo vista y entusiasmo aún para trabajar y escribir, para alimentar mis amistades.

O sea que puedo sonreir.

Aparte, el Presidente Obama hoy me ha dado el regalo más magnífico que hubiese podido yo imaginar. Si algo me ha marcado en estos cuarenta y un años casi tanto como la diabetes, es el exilio que heredé de mis padres. Aunque me debo con afecto a muchos lugares, al final de todo me siento profunda e irrevocablemente cubano. La apertura de esa isla a la que hasta ahora no podía ir legalmente es algo que me hace muy feliz.

No sé qué beberemos Josie y yo esta noche. Hay que celebrar. Ya les contaré.

En breve retornamos a la programación regular, que tengo mucho que contarles. Perdonen el interludio, pero me sentía con la obligación de dedicarme esto. Por lo de darme a mí mismo valentía y razonar en torno a mis depresiones.  Se me retuerce el sentido de la ironía y lo dejo de lado. Siento el placer de la posibilidad y les dejo un disco:

Cositas y cosotas: 03.04.2009

Hoy comenzamos con la cosota: El exitazo que fue el Salón de Vinos Naturales celebrado este pasado 29 de marzo en el Convento de Sant Agustí, en Barcelona.

Mi más sincera enhorabuena a los organizadores y exhibidores, gente que me inspira por estar tan dedicada a hacer las cosas bien en España. Claro, también quiero felicitar a los asistentes, entusiastas del vino natural—del vino como debe ser… Bueno es que muestren sus números, que hagan ver que sí, hay tanta gente que ama el vino de verdad. Gracias por estar.

Y claro, que les envidio mi poquitico, pues estaban todos… Menos yo. Familia y trabajo hicieron que no pudiese dar el salto de charco requerido (JOan Gómez Pallarès, quien me sembró la semillita de una idea en la cabeza, no sabe qué tan en serio lo intenté), aunque ganas no me faltaban. El año que viene será, esperemos.

Mientras tanto, seguiré yo de mi lado alentando en todo lo que pueda a toda esta buena gente, elaboradores, comercializadores y consumidores de vino natural.Por cierto, la foto que aparece arriba me la envió Laureano Serres, pero nunca me dijo quien la tomó. Espero que no se me mosquee el fotógrafo por usarla aquí. Mil gracias y déjame saber para ponerle crédito.

En otro orden de ideas, ésta ha sido una semana de muchas cositas curiosas que ya hemos ido tratando en entregas anteriores. Pero podemos contar siempre con Decanter.com para dejarnos un bocadito sobre el cual rumiar durante el finde. Esta mañana me encontré un artículo sobre el “primer gran sondeo sobre la mujer y el vino”.  Aparentemente, las damas fueron bastante sorpresivas para los elementos sondeantes, pateando por los aires unos cuantos clichés abusados del marketing del vino.

No diré nada del detalle de que las sondeadas tienden a “preferir tintos y no blancos”. Pero un elemento al final de la historia me hizo arquear mi ceja izquierda, la que sube cuando se me prenden a la vez el aparato de reflexión y el sentido de la joda.

Resulta que, al menos las británicas entre las mujeres sondeadas, tienden a ser bastante frugales en sus compras de vino, gravitando hacia “lo que está en oferta” y prefiriendo no gastarse más de £10 por una botella.

¡Gracias, señoras y señoritas mías, por introducir una botella de cordura en este mundo tan cundido de sinvergüenzura,  mideverguismo y comemierdería macha “ultrapremium”! ¡Por eso las adoro! La responsabilidad fiscal es una virtud. Ustedes no lo olvidan. Y se maravillarían si supieran lo que piden y están dispuestos a pagar muchos hombres por algo que dizque es “vino”, estoy seguro.

Les invito, tras considerar todo lo que hemos conversado esta movidita semana, a leer este interesante artículo que apareció el martes en el New York Times. No hay nada como cuando la economía nos obliga a retomar el fundamento…

Aún en otro orden más de ideas, esta mañana veía en mi casa, mientras me vestía para irme a la oficina, como Barack Obama respondía las preguntas de un foro de estudiantes en Francia. A la pregunta final, sobre si alguna vez se arrepentía de haber ganado la presidencia, dada la actual situación. dijo algo bonito, pero desubicado. Lamentaba estar en Francia y no poder irse a caminar como una persona cualquiera, o sentarse a beber vino en un café en alguna acera parisina. Parece que al Sr. Presidente no le ha dicho nadie que el gobierno de su amigo Sarkozy ha prohibido el consumo de bebidas alcohólicas en la calle. O sea que…

Bueno, ahora me preparo para terminar la tarde y luego comenzar a finalizar los planes de Semana Santa. No que sea yo muy de turismo interno y playa, pero algo haremos. Ya les contaré. Me llevo comida y vino a algún punto al este de la isla. Me llevo el Blackberry para ver qué se mueve aquí, aunque en realidad sea muy jodido responder a comentarios con ese tecladito tan chiquito. Y me llevo unos cuantos discos que sonar en la semana de bebienda y bikini caribeñamente mayor.  Por ejemplo, hay que meter esto de Devin The Dude en la mezcla…

Feliz Semana Santa a todos ustedes. Buen cachondeo, o lo que sea que se lleve. Y nos vemos cuando regresemos todos.

Gran vino…

Ayer cayó en mi buzón electrónico un articulito curioso, proveniente, si no me equivoco, de una compañía a la que compré unos excelentes protectores de botellas que me permiten acarrear vino en mi equipaje cada vez que viajo. Les debo un gran agradecimiento, pues los vinos que he podido traerme de Nueva York gracias a estos protectores han contribuido en gran medida a la preservación de mi cordura en tiempos recientes. También les agradezco haberme hecho reir tanto en el día de los “April Fools”.

En fin, que los correos de esta compañía contienen “curiosidades del mundo del vino” y cosas así. En este caso cuentan de un billonario holandés que aspira a crear “vinos de 100 puntos” hidropónicamente, en un invernadero.

Ya, ya, que es una inocentada. Lo que no quita que al Camblor freudiano le dé por analizar lo de serio que pueda haber bajo la broma.

En mi entrada de ayer analizaba brevemente la curiosa (y sumamente ir”onica) yuxtaposición en una misma página de revista de dos reseñas, una de una guía de restaurantes económicos (apropiados para los tiempos de crisis que vivimos actualmente)  y otra de un vino nuevo “ultrapremium” de 159€ la botella. Me llamó la atención la sentencia “[A]quí si hay un gran vino, lo mejor de una bodega de estimables y correctas elaboraciones”, en el articulito sobre el vino. Al final se adjudicaba a este costoso caldo una nota de 9.3/10.

Resulta interesante cotejar la prosa de la reseña con la puntuación. Al final, dados los laudatorios comentarios, uno se queda pensando en lo que habrá provocado que este vino no obtuviera los 0.3 puntos restantes para la nota perfecta. Si uno se pone a monetizar la nota, pues, toca a 17.09€ el punto. Poquito menos de 1.71€ si uno opera en la escala de “100″ puntos de las más influyentes revistas norteamericanas de vino.

Mucho se ha hablado ya del fenómeno de las puntuaciones a los vinos como factor de creación de demanda (o, en el caso de las puntuaciones bajas, de destrucción de dicha demanda). Mi caprichito de “monetizar” los puntos adjudicados a ese rioja de la revista de ayer no es tan arbitrario. Estoy seguro de que, para mentes más matemáticamente analíticas que la mía, es completamente posible y probable llegar a una fórmula que nos dicte—tomando en cuenta el desempeño de ciertos vinos según su puntuación en X revista y cualquier aumento en la demanda de esos vinos por parte de un público—más o menos a cuántos euros o dólares debe equivaler cada punto adjudicado por los más prominentes críticos.

Claro, la cosa comienza a ponerse peliaguda si intentamos una ingeniería a la inversa del fenómeno y analizamos la manera en que ciertos precios en los vinos ultrapremium de cualquier bodega hoy día pueden “esperar” una cantidad de puntos.

A lo que quisiera llegar es a la alarmante correlación que existe entre los puntos y los precios y lo que hoy se entiende como “gran vino”. Recordemos al personaje (¿uruguayo? Nunca ha vuelto a sonar, o sea que nos quedaremos con la duda…) que consideraba que lo del vino “requiere mucho gasto y pasión”. Recordemos, sin irnos tan lejos, que la aspiración del (ficcional) billonario holandés de la (igualmente ficcional)  bodega “hidropónica” es “crear vinos de 100 puntos bajo techo”, siendo los “100 puntos” el marcador de la enoperfección y el permiso al precio-que-me-dé-la-gana. Luego hablaremos más de como el paradigma de los puntos permea a otros rangos de la industria, incluso aquellos en los que no es prudente aspirar a altos precios, dictando ciertos “parámetros requeridos” para que un vino sea considerado como válido—pero eso es ya otra entrada.

Creo que Joe Dressner dió la mejor suma del punto a que lleva el furor especulatorio de los puntos, los precios, la ambición desenfrenada, la pretenciosidad, el lujo inventado, etc. Léanlo a él. A mí me hacen caso sólo si les parece.

Hemos llegado a un punto en el que tenemos que embarcar en una ardua labor de reeducación, tras tanto tiempo (difícil de creer que son casi treinta años) de desinformación, especulación y pendejadas en torno al vino. Erase una época en la que “gran vino” era aquel capaz de comunicar, conmover, llevar hacia la más deliciosa inefabilidad, el que nos deleitaba sensualmente y nos enriquecía intelectualmente, conectándonos en iguales medidas a la naturaleza y a una tradición humana, a la inmediatez de un momento en un lugar y a toda la historia.Si, en cima, un vino lograba hacer todo esto manteniendo un precio que lo hiciese accesible a una buena cantidad de gente—si repetir sus placeres se nos hacía perfectamente asequible—, entonces aún más grande resultaba.

¿Se puede eso reducir de alguna forma a los putos puntos?

Creo que no.

Hora de dejar las pajas mentales. La vida real es lo que es.

Economía irónica, o económica ironía…

Lo más bonito de tener este blog es que me hace reconsiderar constantemente las nociones de “autoridad” y “autoría”, al menos en cuanto a mí se refiere. Escribo yo—diría Patricio Tapia que escribo muchísimo—a nivel de superficie. Pero debajo de cada entrada bullen muchos otros “autores”. Redactar algo en La otra botella es, casi por fuerza, un affaire colaborativo entre extraños, meros conocidos,  amigos, enemigos. Es la interacción constante, el juego, lo que hace que esto valga la pena para mí.

Tomemos el caso de esta entrada. Se trata, como mínimo, de una cooperación interblóguica en torno a un trozo de papel impreso, posteriormente digitalizado. Mi amigo Laureano Serres (ganador del Botellazo™ al Blog del Año) me pasó lo que ven ustedes arriba. Es, según puedo apreciar, de una publicación titulada El viajero. Aparecen dos piezas cortas. Si quieren ver la imagen a tamaño completo y leer los dos artículos, pueden hacerlo aquí.

La primera es sobre una nueva Guía Michelin de restaurantes en España y Portugal con menú a 35€35 o menos. Se hace el casi obligatorio preámbulo sobre los tiempos que corren, etc., y luego se cuentan algunas cositas sobre el libro. Nos enteramos que lo de los 35€ es una especie de “parámetro de base” que de seguro varía si uno se pone a añadir a una comida “extras” como bebidas y tal. Hasta ahí todo bien. Pero viene el “Ya está a la venta” y añade un primer revestimiento irónico. Resulta que la Guía Michelin de buenas mesas a menos de 35€ cuesta, en sí, 15.90€. Porque los chollos de hoy día tienen tarifa de entrada, claro está. Pero con la mención en el artículo de que la guía “contiene publicidad”, automáticamente comienza uno a rascarse la barbilla y decir “Hemmmmmmmm…”

Claro, la capa más gruesa de ironía aquí no está en la pieza sobre la Guía Michelin de restaurantes asequibles. Al lado vemos una reseña de vino a cargo de Carlos Delgado. El vino es una nueva entrada al mercado de Bodegas Heredad Ugarte en Rioja, el Anastasio 2005. De nuevo, ninguna queja sobre el artículo en sí. Y el vino no lo conocía, o sea que no lo he probado. No daré juicio cualitativo de ningún tipo. Lo que llamó mi atención, particularmente apareciendo justo al lado de un artículo sobre una Guía Michelin adecuada a estos tiempos de raquitismo vacuno crónico, es que el vino reseñado sale por primera vez al mercado con un precio de… ¡159€!

¿Seré yo solo, o hasta parece como cosa de otra época un precio así para el debut de una marca? ¿Estarán los de esa bodega estancados en el 2000? ¿No se habrán enterado de la hecatombe económica que se nos vino encima? ¿Podrá ser remotamente pensable vino así para los potenciales lectores de la guía de los 35€?

Que no vaya a parecerle a nadie que estoy criticando a la publicación en que salieron estas dos piezas. Ni siquiera quiero meterme con el vino reseñado. Repito que lo desconozco. Pero la yuxtaposición de la guía de restaurantes “económicos” con el vino “ultrapremium” con precio que—al menos si estamos verdaderamente afincados en este desafortunado presente global— resulta hasta anacrónico es una muestra de la disonancia cognitiva que se convirtió en la “nueva normalidad” durante los pasados diez o quince años. Aprendimos a aceptar cosas que iban contra toda lógica. Reconciliamos ideas completamente incompatibles. Justificamos lo que nos dió la gana… ¡Vaya tiempos!

Recordar el peculiar espíritu de aquella era de burbujas y gastadera desenfrenada, que nos parece ahora a la vez tan distante y tan dolorosamente cercana, resultará quizás duro ahora que debemos exigirnos a nosotros mismos responsabilidad. Pero es útil. Claro, en la onda burbujesca, un videito para que no se me descrien, del apropiadamente nombrado grupo The 1990s, “You Made Me Like It”: