Archivo diario: abril 2, 2009

Gran vino…

Ayer cayó en mi buzón electrónico un articulito curioso, proveniente, si no me equivoco, de una compañía a la que compré unos excelentes protectores de botellas que me permiten acarrear vino en mi equipaje cada vez que viajo. Les debo un gran agradecimiento, pues los vinos que he podido traerme de Nueva York gracias a estos protectores han contribuido en gran medida a la preservación de mi cordura en tiempos recientes. También les agradezco haberme hecho reir tanto en el día de los “April Fools”.

En fin, que los correos de esta compañía contienen “curiosidades del mundo del vino” y cosas así. En este caso cuentan de un billonario holandés que aspira a crear “vinos de 100 puntos” hidropónicamente, en un invernadero.

Ya, ya, que es una inocentada. Lo que no quita que al Camblor freudiano le dé por analizar lo de serio que pueda haber bajo la broma.

En mi entrada de ayer analizaba brevemente la curiosa (y sumamente ir”onica) yuxtaposición en una misma página de revista de dos reseñas, una de una guía de restaurantes económicos (apropiados para los tiempos de crisis que vivimos actualmente)  y otra de un vino nuevo “ultrapremium” de 159€ la botella. Me llamó la atención la sentencia “[A]quí si hay un gran vino, lo mejor de una bodega de estimables y correctas elaboraciones”, en el articulito sobre el vino. Al final se adjudicaba a este costoso caldo una nota de 9.3/10.

Resulta interesante cotejar la prosa de la reseña con la puntuación. Al final, dados los laudatorios comentarios, uno se queda pensando en lo que habrá provocado que este vino no obtuviera los 0.3 puntos restantes para la nota perfecta. Si uno se pone a monetizar la nota, pues, toca a 17.09€ el punto. Poquito menos de 1.71€ si uno opera en la escala de “100″ puntos de las más influyentes revistas norteamericanas de vino.

Mucho se ha hablado ya del fenómeno de las puntuaciones a los vinos como factor de creación de demanda (o, en el caso de las puntuaciones bajas, de destrucción de dicha demanda). Mi caprichito de “monetizar” los puntos adjudicados a ese rioja de la revista de ayer no es tan arbitrario. Estoy seguro de que, para mentes más matemáticamente analíticas que la mía, es completamente posible y probable llegar a una fórmula que nos dicte—tomando en cuenta el desempeño de ciertos vinos según su puntuación en X revista y cualquier aumento en la demanda de esos vinos por parte de un público—más o menos a cuántos euros o dólares debe equivaler cada punto adjudicado por los más prominentes críticos.

Claro, la cosa comienza a ponerse peliaguda si intentamos una ingeniería a la inversa del fenómeno y analizamos la manera en que ciertos precios en los vinos ultrapremium de cualquier bodega hoy día pueden “esperar” una cantidad de puntos.

A lo que quisiera llegar es a la alarmante correlación que existe entre los puntos y los precios y lo que hoy se entiende como “gran vino”. Recordemos al personaje (¿uruguayo? Nunca ha vuelto a sonar, o sea que nos quedaremos con la duda…) que consideraba que lo del vino “requiere mucho gasto y pasión”. Recordemos, sin irnos tan lejos, que la aspiración del (ficcional) billonario holandés de la (igualmente ficcional)  bodega “hidropónica” es “crear vinos de 100 puntos bajo techo”, siendo los “100 puntos” el marcador de la enoperfección y el permiso al precio-que-me-dé-la-gana. Luego hablaremos más de como el paradigma de los puntos permea a otros rangos de la industria, incluso aquellos en los que no es prudente aspirar a altos precios, dictando ciertos “parámetros requeridos” para que un vino sea considerado como válido—pero eso es ya otra entrada.

Creo que Joe Dressner dió la mejor suma del punto a que lleva el furor especulatorio de los puntos, los precios, la ambición desenfrenada, la pretenciosidad, el lujo inventado, etc. Léanlo a él. A mí me hacen caso sólo si les parece.

Hemos llegado a un punto en el que tenemos que embarcar en una ardua labor de reeducación, tras tanto tiempo (difícil de creer que son casi treinta años) de desinformación, especulación y pendejadas en torno al vino. Erase una época en la que “gran vino” era aquel capaz de comunicar, conmover, llevar hacia la más deliciosa inefabilidad, el que nos deleitaba sensualmente y nos enriquecía intelectualmente, conectándonos en iguales medidas a la naturaleza y a una tradición humana, a la inmediatez de un momento en un lugar y a toda la historia.Si, en cima, un vino lograba hacer todo esto manteniendo un precio que lo hiciese accesible a una buena cantidad de gente—si repetir sus placeres se nos hacía perfectamente asequible—, entonces aún más grande resultaba.

¿Se puede eso reducir de alguna forma a los putos puntos?

Creo que no.

Hora de dejar las pajas mentales. La vida real es lo que es.