Archivo diario: abril 14, 2009

Yogurt

De antemano, una aclaración y advertencia para aquellos que objetan a las revelaciones personales en un blog supuestamente dedicado al vino: Dejen de leer esta entrada ahora mismo, pues lo que viene a continuación es de orden que pudiera parecerles mejor dejado en privado. El anuncio está. Guerra avisada no mata soldados, etc. Si se quedan y les jode, lo lamento. En fin, vamos allá…

Esta mañana temprano colgué el siguiente “status” en mi perfil de Facebook: “Today, what remains of me is officially 41 years old. Also, 30 years ago this week I was first diagnosed with Type 1 diabetes. Perhaps I am that pot of plain yogurt, forgotten in the fridge long past its expiration date….

Eso. Hoy cumplo cuarenta y un años y el asunto me deprime bastante. Digo que me siento como ese yogurt nature, abandonado en la nevera hasta mucho después de su fecha de expiración, pues precisamente en esta semana también se cumplen treinta años desde aquella vez en que se me diagnosticó la diabetes tipo 1.

Acababa de cumplir once años y fíjense ustedes el regalazo que me zumbó la vida. Ahí dejé de ser niño y tuve que asumir inmensas responsabilidades. Desde entonces todo ha sido sobrevivir con la mayor dignidad posible, pues esta cabrona enfermedad no tiene la decencia de matarte de una buena vez, sino que te come a pedacitos. Hoy las neuropatías no te dejan hacer el deporte que tanto te gustaba. Mañana pierdes la vista en un ojo. Pasado mañana te haces una heridita en un pie y se te infecta, te lo amputan, te jodiste. A la semana siguiente te dicen que has desarrollado anticuerpos contra la insulina que te inyectas y caes en un desastre metabólico de órdago que te hace engordar bárbaramente, aunque comas poco y te ejercites intensamente. Un mes después va y te da un derrame. O te fallan los riñones.  No es una bonita perspectiva, se los aseguro. Lo hace a uno desarrollar un sentido del humor a la vez fatalista y jodedor, definitivamente patibulario.

Todavía recuerdo como, a un año y algo de aquel diagnóstico inicial, mis padres me llevaron a un prestigioso hospital en Boston. Se hablaba mucho de que “la cura” estaba a la vuelta de la esquina, que en unos añitos no habría más diabetes, que no nos desesperanzáramos. Y aquí estoy, tres décadas más tarde, tan diabético como el primer día, pero infinitamente más deteriorado.

El gran anhelo de mi vida siempre ha sido decirle esto a mi enfermedad, mirándola a los ojos mientras me la curaban:

Quizás algún día ocurra. Pero por ahora no.

Y no es que no haya yo tenido pequeñas y grandes victorias en mi lucha contra la diabetes. Aprendí a cocinar para defender la salud que tengo. Eso ha complementado inmensamente mi amor por el vino. Estuve ciego completamente, pero gracias a un excelente cirujano logré recuperar la vista en un ojo. Aunque presumía que no podría tener hijos, ahí están dos que son mi triunfo más grande—a las siete de la mañana venía mi linda hijita en brazos de su madre, cantando “Cumpeayo feíiiii” y más atrás venía su delicioso hermano diciendo “Umpeayo papá”; eso no lo hubiese creido posible de las ruinas de mi pobre cuerpo, yo, este diabético veterano. Pero ahí está. Aparte, tengo vista y entusiasmo aún para trabajar y escribir, para alimentar mis amistades.

O sea que puedo sonreir.

Aparte, el Presidente Obama hoy me ha dado el regalo más magnífico que hubiese podido yo imaginar. Si algo me ha marcado en estos cuarenta y un años casi tanto como la diabetes, es el exilio que heredé de mis padres. Aunque me debo con afecto a muchos lugares, al final de todo me siento profunda e irrevocablemente cubano. La apertura de esa isla a la que hasta ahora no podía ir legalmente es algo que me hace muy feliz.

No sé qué beberemos Josie y yo esta noche. Hay que celebrar. Ya les contaré.

En breve retornamos a la programación regular, que tengo mucho que contarles. Perdonen el interludio, pero me sentía con la obligación de dedicarme esto. Por lo de darme a mí mismo valentía y razonar en torno a mis depresiones.  Se me retuerce el sentido de la ironía y lo dejo de lado. Siento el placer de la posibilidad y les dejo un disco: