Archivo diario: abril 17, 2009

La Semana Santa en el Caribe. Con vinos y verticalidad involuntaria.

Como bien me decía un buen amigo ayer por la mañana: “No te veo como muy adepto a las vacaciones obligatorias  en masa”. En efecto, soy de los que gustan de tomarse vacaciones no porque hay que hacerlo, sino porque quiero. Que no es el caso de Semana Santa. Digamos que pensaba tener mucho mejores cosas que hacer que irme a la playa. No soy nada playero. No soy creyente, mucho menos celebrante de nada religioso. Pero ahora vivo en Santo Domingo.  Había que unirse al mandatorio ocio playero y lo hice, Josie y camblorcitos en ristre.

Nos fuimos a nuestra coqueta villa en cierto resort de la Región Oriental de la República Dominicana. Se está bien allí. Quizás nos encontraríamos con conocidos, quizás no. Ibamos equipados para recargar pilas, o casi para lo que fuera…

Como hace tiempo que no les colgaba aquí un compendio de notas de cata—cosas; desde hace como mes y medio he estado dándome golpes craneanos contra las paredes, renovado mi esfuerzo por  escapar de la dinámica de los “descriptores” alacénicos y aún no lo logro. No obstante esa falta de éxito en la noble misión de reinventar mi lenguaje descriptivo para representar mejor el vino, les diré de lo que se bebió en aquel rinconcito tropical la semana pasada.

La primera noche se mojó con un Fillaboa, Albariño “Selección Finca Monte Alto”, Rías Baixas 2005, servido con filetes de bacalao envueltos en prosciutto sobre legumbres salteadas. No hacía ni diez días había abierto una botella del 2002 que, si bien un poquito cansada y corta de resuello ya, se las apañó para satisfacernos suficientemente a Josie y a mí. Quise ver como estaría uno más joven y enérgico y así, esta botella. Había comprado el 2002 directamente en la tienda del importador local. Volví y pedí un par de botellas del 2005, pensando en el contexto playero.

Se trata de un albariño carnoso y sabroso, pero no  especialmente emocionante, este 2005. Muy buena mineralidad, entre arena y talco, en una nariz amplia y vivaz que tira a tonos tropicales y ligeras notas medicinales. En boca se presenta cremosón, con esa textura merengadota que delata bastante influencia de lías. Según leí por ahí, esto es de viñedos de más o menos veinte años de edad y fermenta en inox con levaduras autóctonas. Pues muy bien… Excelente centro acídico-mineral, con bonitos acentos salinos. Quizás mi queja viene porque el posgusto no es tan largo como esperaba.

Pero se deja beber. Tanto así, que fuí a por la otra botella. Y ahí me llevé una singular sorpresa.

Resulta que la otra botella, comprada al mismo tiempo que la recién consumida y ahora reseñada, era del  Fillaboa, Albariño “Selección Finca Monte Alto”, Rías Baixas 2003. Una confusión en la tienda, probablemente, quizás de parte del muchacho que me llevó las botellas del estante a la caja, quizás mía… No sé. El caso es que inventario de una edad estaba ligado con inventario de otra al descuido, como si las añadas en realidad no importaran,  y yo acabé con una mini-vertical involuntaria que me lleva a poder formarme una opinión, si se quiere, más informadita. O sea que no hay mal que por bien no venga.

Claro, le entré al 2003 con cierta trepidación, pues esa añada no es que sea santa de mi devoción. Pero éste resultó muy satisfactorio, a su manera. A Josie hasta le gustó. Huele a manzanas asadas, a Ginger Ale, a compota de durazno, a claveles frescos, a arena caliente y pasas sultanas, con un leve deje fronterizamente oxidativo de fondo. Carnoso, pero completamente seco en boca. Potente acidez y una mineralidad le dan bastante agarre, incluso haciéndose la acidez muy aguda por momentos. Te agarra y te clava las uñas un poquito…  Aquí el problema es que la fruta, madurota y suculenta como es, presenta un carácter rostizado que resulta discordante con un centro acídico un tanto estridente. Eso distrae bastante, aunque al final el vino funciona y se bebe bien, especialmente con comida. Hay en el paladar medio una notita que fluctúa entre el laurel seco y la medicinalidad y que complementa bien el aspecto salino.  Problema: El mismo final que podía ser más largo, pero no llega.

En el interés de completar el panorama, les transcribo mi notita tomada días antes sobre el Fillaboa, Albariño “Selección Finca Monte Alto”, Rías Baixas 2002: El color dorado tirando a profundo advierte que ya el brillo de la juventud se le ha quedado atrás a este albariño. Flores blancas y guisantes, piña verde, toronja y albaricoque con sobretonos de cúrcuma y arena. Se siente una corriente oxidativa que amenaza con ambiciones de protagonismo. Buen impacto entrando a la boca, con cuerpo y estructura importantes. Excelente mineralidad. Cremosa textura. Sin embargo, me pierde a partir del paladar medio. No se cumple lo anunciado. El posgusto es cortito y difuso, de vino ya cansado.

Saquen ustedes sus propias conclusiones. Satisfactorio ver notas en común que indican la expresión del viñedo. También satisfactorio ver esa expresión variar sutil y no tan sutilmente de una añada a otra. Y notar evoluciones.

No es ningún secreto que algunas botellas las compro y pruebo porque se pintan solitas para entradas de blog. Tal es el caso de otra que me llevé de la misma tienda que los Fillaboa, el Marqués de Cáceres, Crianza “Vendimia Seleccionada”, Rioja 2005 . Obviamente, lo compré porque me intrigaba que este productor endilgara la dudosa frasecita “Vendimia Seleccionada” a su modesto crianza, un vino super mass market. Recuerdo que la primera vez que ví eso de “Vendimia Seleccionada” fue donde Mariano García. Con sus Mauros y en manos de un hacedor de vinos tan respetado, pues parecía significar algo. Pero luego la frase se ha vuelto casi ubicua y acompaña a casi cualquier cosa. Puedo imaginar como apela esta frase a ciertos mercadeadores de vinos. “Viste” lo suyo, aunque lo vestido sea el mono aquel del proverbio… Bueno, pero nada. “Vendimia Seleccionada”, como  siempre, commentez et discutez.

La cuestión es que el vinito no está mal. Lo serví con una salade panachée sencillita, ligerita  e hipocalórica (sigo intentando desesperadamente adelgazar, ¿les conté?) con aliño de mostaza y frambuesa. Es amplio, maduro y directo de nariz y boca, con notas e gelatina de frambuesa, cuero, especias, herrumbre y un toque de vainilla en grano. Todo está en buen equilibrio y, aunque tiene bastante peso, su paso de boca es gentil. Posgusto larguito, sabroso. No está mal, si bien tampoco es especialmente memorable. Me late que iría mejor con alimentos un poco más grasos y contundentes, pero la dieta es la dieta.

Mucho pescado teníamos. En una, acompañando una dorada de lo más bonita, abrí una botella que había capturado mi atención en cuanto la ví. Un producto de Bodegas Valduero, uno de los pocos productores de Ribera del Duero que aún compro, el García Viadero, Albillo, Vino de la Tierra de Castilla y León 2007 es eso, un monovarietal de una uva que nunca había visto en ese papel. No sé, no se me hubiese ocurrido nunca buscar un 100% albillo así, de primera intención… Pero aquí lo tenía. Un vinito sencillo, correcto, fresco,  de trago facilísimo—poco más que un agüita de cítricos con notas minerales y especiadas de fondo y el alcohol justo. Nada, que quería dejar constancia de haber probado algo así. Si algún día me pide alguna señora que le recomiende un blanco de precio módico para sus partidas de canasta de las tardes, puede que éste me venga a la mente.

La compra del Fillaboa, el  Marqués de Cáceres y el albillo también incluyó cuatro botellas de un vino que consumo regularmente. Creía que me darían cuatro botellas del riesling 2005 de Trimbach (el sencillito), pero me llevé otra sorpresa cuando abrí, para un almuerzo, una del lote. Para mi consternación, no era 2005, sino un Trimbach, Riesling, Alsace 2003. Y la culpa no pudo ser mía, pues simplemente pedí las botellas verbalmente y me las empacaron en una caja con el resto de la compra. A devolver la botella no iba, pues le había extraido su corcho y servido tres copas antes de percatarme de lo de la añada.

Nada, que me lo tomé en plan educativo, pero un coscorrón de crítica constructiva a esta firma importadora de vinos en Santo Domingo, si alguien de allí me leyera: Por favor, cuiden el inventario en la tienda para que no se les mezclen tanto las añadas rezagadas y uno no se lleve estas sorpresitas. Las añadas son importantes. Cruciales, diría. A veces uno está para explorar diferencias, pero otras quiere la añada que pensaba haber adquirido.

En fin, que tampoco estaba mal, aunque ya había visto mucho mejores días. Hay indicios ligeros  de oxidación en primer plano, entre notas de diesel y melocotón desecado. Con aire suelta piña, savia y panal de abejas. En boca es tan seco como el Fillaboa del mismo año, aunque su acidez no es tan agresiva como la de aquel vino. Se va en el paladar a notas salinas que luego llevan a algo de aceitunas verdes en salmuera. Buen largo, aunque el aspecto oxidativo se hace notar un poco más en el posgusto, de forma bastante molesta.

Y uno ahí, aprendiendo.

Las puestas de sol en nuestro refugito son muy bonitas. No tenemos vista directa al mar, sino al campo de golf, pero nuestro Caribe se luce como quiera. Tenía a mano una botellita  de Alvear, Fino en Rama, Jerez 2004 la tarde del viernes y la abrí de aperitivo, con el sol poniéndose de fondo.

Un fino hecho enteramente de pedro ximénez y de una añada, según dice la contraetiqueta. Y un fino que probablemente también vió mucho mejores días. Regordete, térreo, salino y muy seco, en boca presenta una frutosidad que me recuerda a mirabelles, pero sin dulce. Saladito, ahumado, con un golpe cítrico que te deja la lengua reverberando. Pero, aunque hay buena persistencia y se bebe bastante bien, aquí faltan vitalidad y tensión. Al final-final amarga un poco.

Bueno, nos largamos del resort el sábado por la tarde. No queríamos caer en los atascos del domingo, cuando todo el mundo regresaría a la capital. Además, había un concierto de Enrique Iglesias en Altos de Chavón esa noche y no quería ni remotamente correr el riesgo de que alguien conocido me viera y se pensara que estaba allí para unirme a ese aquelarre maldito. Mejor villadieguear.

La realidad es que no habíamos tenido particular excitación vínica esa semana. Aunque los vinos fueron mal que bien correctos y a las sorpresas decidimos  no permitirles afectarnos,  la selección estuvo aburridona.

De vuelta en casa decidí (a) improvisar una pasta con lo que encontrara en la nevera y la despensa, y (b) abrirme algo de lo que se pudiera esperar la requerida vibra.

En la repisa de arriba de la vinera de la cocina estaba un Azienda Agricola COS, Cerasuolo di Vittoria Classico 2006 que me había regalado Patricio Tapia aquella vez que almorzamos en Nueva York, recomendándome traérmela a casa y disfrutarla con calma. Eso hice y la verdad es que he de reiterarle mi agradecimiento a Patricio. Lindo vino.

Los aromas comienzan un poquitín confusos, oscilando rápidamente entre brett (ahora entiendo aquella respuesta de Patricio en mi “contraentrevista” a la pregunta sobre lo que más le gusta encontrar en un vino), agua de piscina, alcanfor, musgo, canela en rama, tocino ahumado, manzana, fresa, arándano y violetas. Más que compleja, la nariz inicialmente parece complicada por la velocidad y arbitrariedad con la que se revelan las facetas aromáticas. Pero esto se resuelve con un rato de aire. Las cosas van alineándose, integrándose, comienza a notarse una armonía natural que, aunque al principio no era fácil de interpretar, de repente se revela como algo que siempre estuvo. Me recuerda la nariz de este vino a la primera vez que oí a Radiohead.

Tras una hora, cualquier volatilidad y brett ha pasado a formar parte del fondo, cobrando todos los demás elementos protagonismo. Un vino fragante, profundo, que quieres seguir oliendo, porque siempre parece tener más que dar.

Agil en boca. Suculento y tánico, con una mineralidad marcadísima,  a la vez térrea y aspirinesca. Vivo, provocador y sí, profundo. La superficie es sumamente atractiva, pero inmediatamente sabes que sería estúpido concentrarte solamente en ella. Posgusto largo, puro. El patito feo al final es cisne arquetípico. Ya para el final de la noche sorprende que los aromas y sabores frutales han cobrado un carácter más “oscuro”, pasando de fresa y arándano a frambuesa negra. También, la mineralidad se une a los taninos para dar una textura placenteramente granulosa, que no raspa, sólo se percibe como un elemento que te agarra—la gentil caricia de una mano callosa.

Otra vez lo declaro, porque declararlo vale la pena: ¡Ñó, qué semanita! Me siento exhausto y presiento que los debates sobre potencia, elegancia, potelegancia, ética de críticos, censura, grado alcohólico,  radicalismo, naturalidad y tantas otras cosas no hacen más que comenzar. Yo, por mi parte, para coger fuerzas y lucidez, escucho una que me gusta y me recuerda la diferencia entre actitudes, entre decir y hacer…