Archivo diario: abril 30, 2009

Sufrido narrador busca vino decente, paz y pérdida de peso

Es impresionante como un par de entradas recientes en este blog mío y de ustedes han generado lo que no me queda más remedio que designar como un cojonal de comentarios. Buen aumento de tráfico también. Hemos estado discutiendo cosas bastante abstractas: El novedoso concepto de la potelegancia, el terroir, las diversas nociones de “objetividad”, “subjetividad”, “calidad”, “goce”, “esfuerzo intelectual” y unas cuantas que ahora se me escapan.

Nuestro elenco de comentaristas se ha expandido. Eso también es excelente. Además, la gente sorprende por lo pausadamente que emiten opiniones. Los desacuerdos son amables. Así da gusto.

Pero me salgo de esa intelectual tertulia, pues me provoca regresar a la vida diaria, al trajin de buscar buenas cosas que beber en un medio no necesariamente propicio para ello.

Invariablemente, he de echar mano, si ya la frustración con la selección disponible en Santo Domingo me sobrecarga, a cositas adquiridas en mis cruciales escapadas a Nueva York. Tal fue el caso con la botella del Annie & Philippe Bornard, Trousseau “Le Ginglet”, Arbois-Pupillin 2006.

Un tinto de brillante transparencia. Muy bonito de ver. Y de oler. Nariz muy pura que me recuerda a ropa recién lavada—granito triturado, hojas y flores secas, jalea de fresa, jengibre y té blanco. No es particularmente compleja. Lo que seduce es la frescura. En boca es ligero, todo fresa y piedras. Buen largo. Vivaz y refrescante donde los haya, aunque en realidad no llega ni de lejitos a la intensidad de aromas y sabores de los tintos de Puffeney, Overnoy o Ganeval, por decir tres.

Ya dada la noticia de ocnformidad, podemos pasar a las inconformidades con vinos adquiridos localmente en Santo Domingo. Iré de menor a mayor desplacer. Primero el Paul Jaboulet Ainé, “Parallèle 45″ Blanc, Côtes du Rhône 2007. Ya, ya, no se pueden explicar qué demonios hago yo bebiendo esto. Yo tampoco. Será el aburrimiento. O querer llenar una caja con algo en la tienda. Pera, vaselina, anís y polvo es lo que hay en la nariz. Simple, regordete y no particularmente cómodo consigo mismo, este blanco. El aire le saca notitas de kumquat y pasas doradas. Corto e inelegante. Tiene uno que estar muy deseoso de un blanco del Ródano baratito…

Un tinto en la otra punta del espectro con respecto al trousseau lo fue el Leone de Castris, “Villa Santera”, Primitivo di Manduria DOC 2006. Oscuro, opaco, amenaza con una pesadez que… Bueno, vivo en el Caribe. Ya pueden imaginarse lo difícil que resulta este tipo de vino. Silla de montar sudada, ron con pasas, cereza en licor, una notilla ocmpostada, algo de aceite de motor: Mi instinto me dice que esto no va a gustarme en lo absoluto y les permito llamarme idiota por llevarme la copa a la boca. Eso hice. Aparatoso, torpe, denso, amargo, medicinal… Corto y oleaginoso de posgusto. La antifrescura hecha vino.

Claro, dirán algunos de ustedes que quien me manda a meterme con un primitivo, variedad que históricamente me ha dado muy poco placer en mis encuentros con ella.

No que sea el nadir de lo que probé. No señooooooooooor… Ese premio se lo lleva un Casa Lapostolle, Sauvignon Blanc, Valle del Rapel, Chile 2008. Recuerdo que a mediados y finales de los noventas el sauvignon “básico” de Lapostolle era consistentemente una excelente compra. Un blanquito ideal para cuando tenías a mucha gente en casa y no eran necesariamente wine geeks. Era un vinito fresco, sencillo y sabroso. Yo lo compraba por cajas.

Pues será el fuerte contingente chileno que últimamente se ve en este saloncito nuestro lo que me inspiró a incluir esta botella en una compra reciente. Viene con tapón de rosca y le han cambiado la etiqueta. Me intrigaba ver en qué estaba la relación calidad-precio de esto, ya que hacía tantos años que no lo probaba.

Sin que me quede nada por dentro les digo que no está en nada. Huele coctel de frutas de lata que, en vez de ser conservado en sirop, ha sido conservado en agua de una piscina con tratamiento químico bastante agresivo. Lo mismo en boca, con un vaselinazo de calor glicérico. Es insípido de la forma más ofensivamente artificial que puedo imaginar, con una textura lisa, resbalosa, fofoglobular. Desagradable amargor y calor alcohólico en un finalito grueso que, por suerte, es piadosamente corto. En letra de Josie aparece en mi libretita una palabra al pie de la página de la que estoy ahora transcribiendo: “Disgusting“. Vino muerto y no por muerte natural…

Deprimente producto, en su estado actual. Me quedo con la memoria que tengo de su pasado. Algo que quisiera ponderar aquí con mis amigos, ya que estamos tan dados a discutir conceptos generales sobre vino, las ideas de “vino viviente” y “vino muerto”. Un vino, como sugerí arriba, puede morir por causas naturales, tras una trayectoria de vida normal. En algún momento llega al final y listo. ¿Pero qué de los vinos tecnificados que, por ser productos tan esperpentificados, no llegan a estar vivos nunca—los que llegan a la botella momificados?

Cosas que se me ocurren.

En otro orden de ideas, que al final, como todo conecta, acaba siendo el mismo, sigo a dieta. No estoy teniendo mucho éxito, aunque mi programa de alimentación y ejercicios es sumamente riguroso. Cosas de la jodida diabetes, que juega a desequilibrarme. Quizás, dado lo mal que me ha ido en esta nota, deba abandonar la compradera y consumo de enoproductos por un tiempo, a ver… Va y así es que adelgazo. Mientras decido, videito: Kristoffer Ragnstam cantando una que me hace sonreir: