Archivo mensual: mayo 2009

Cositas y cosotas: 29.05.2009

Parece que ya pasa de un picante aroma de queso y se convierte en franco pestazo…

Digo el olor del escandalete en que se ve envuelto el Wine Advocate a causa de alegatos de violación por parte de un par de sus empleados del código de ética establecido por su fundador y gran gurú, Robert M. Parker, Jr.

Reporté hace unos días que la cosa había llegado hasta el Wall Street Journal. El Sr. Parker emitió una carta aclaratoria al editor de dicho diario, que hizo publicar además en eRobertParker.com, su portal de internet. En la carta admite ciertos lapsus de juicio por parte del Dr. Jay Miller, su corresponsal para España, Sudamérica, Australia y no sé donde más. Establece Parker a la vez que de ahora en adelante aplicarán los mismos estándares de conducta que obedece él mismo a todos los miembros de  su organización.

No vertiré ninguna opinión sobre el tono de la misiva. Me limito a reportar. No quiero que venga alguien luego a acusarme de tenerla cogida con Parker y “satanizarle”. Pero es interesante ver los derroteros por los que se ha ido el debate en Dr. Vino (donde, al menos desde mi punto de vista, tuvo sus inicios el follón) que ahora llega a los medios de gran difusión.

Siento gran curiosidad por lo que tendrán que decir los apologistas de Parker.

En otro orden de ideas, está este bocadito en Decanter.com bajo la rúbrica “Los consumidores asiáticos luchan por entender el lenguaje occidental del vino. ” No sé si alguien me hará caso, pero les diré que se despreocupen, por favor, que a muchos occidentales también nos trae sumamente jodidos el lenguaje occidental del vino hoy por hoy.

Eso sí, no les niego que tiene su morbo pensar en lo que haría Engrish.com con alguna de las traducciones asiático/informáticas de frases como “gobs of jammy blackfruit“.

Ah, y sigue la crisis, ¿eh?

No, por si se les olvidaba… A diario recibo nuevos anuncios sobre grupos corporativos que botan empleados, marcas que desaparecen, restaurantes que venden mucho menos vino, bodegas que no ven mucho futuro. Vamos, eso

Bueno, ya no tengo muchas más cosotas de las de la cultureta exterior, pero si quisiera tomarme un momento para aclarar un punto importante para mi paz como responsable de este blog.

Todo el que tenga un mínimo de familiaridad con el formato de WordPress sabe que la primera intervención de cada persona que quiere colgar un comentario aquí genera una notificación a mí, pidiéndome que apruebe dicho comentario y conceda via libre a su emisor para participar en futuras discusiones.

Tiendo a ser sumamente abierto y a dejar pasar muchísimos tipos de comentarios, considerándolos de potencial provecho, incluso algunos que me critican ferozmente y otros que hasta llegan a atacarme personalmente. Se puede aprender de todo.

Pero hay un par de tipos de comentario que no puedo aceptar precisamente por la naturaleza fieramente independiente de este espacio. El primero es mensajes promocionales de bodegas cuyos vinos ni he reseñado jamás aquí, ni conozco, presentándose a mis lectores e invitándonos a todos a comprar y catar esos productos. Eso, tout court, es spam y completamente inaceptable para mí.

El segundo tipo de comentario que se va inmediatamente al basurero consiste len mensajes de representantes de bodegas o grupos mercadeadores de vino solicitándome “colaboración”. Este blog lo hago por amor al arte y al vino. Eso es todo. Si miran alrededor de este texto, notarán una marcada ausencia de elementos publicitarios. Eso es porque no me gusta la idea de deberme a nadie, cosa que haría si acepto alguna de esas ofertas de “proyecto colaborativo”. Vamos, además, que eso no es cosa de colgar en foro abierto. Si me mandan un e-mail, al menos puedo decir que no en privado y no pasó nada.

Perdonen que dé este coñazo momentáneo, pero era necesario. Por lo de la transparencia, ¿saben?

Bueno, videito y hacia el fin de semana. Alguien el otro día me comentaba que a cierta edad una proclividad a cosas alternativas—punk, ska, etc.—tiende a muchos a olerle a “gamberrismo”. Graciosa palabra, “gamberro”. Me hacía reir mucho en aquellos días de mi infancia, cuando era devoto de los cómics de Zipi y Zape. Me sigue haciendo reir. Y a ver, una puntita gambérrica de viernes por la tarde, amigos y amigas,  Little Man Tate:

Pecadillos…

Todavía no puedo creer que esta mañana, en un comentario veloz, llamé a mi propio blog “la hoja de reclamaciones de la cultureta enoconsumista”, o algo por el estilo. Creo que recordándolo lo he ido mejorando. No sé. ¿Qué importa?

Para variar, les contaré una nochecita feliz. Era viernes y yo estaba decidido (a) a cenar en mi cama, viendo un par de episodios de Aquí no hay quien viva en DVD, (b) a romper momentáneamente la dieta de las ensaladas, que ya comenzaba a cargarme un poco, y (c) a abrir algo interesante de chardonnay, porque había tenido que sufrirme recientemente un par de ejemplos californicados  de lo que esa noble uva no debe ser.

Preparé un sencillo risotto de legumbres diversas y queso de cabra. Dadas las limitaciones del mercado local en cuanto a vegetales frescos de alta calidad, un par de las legumbres en cuestión eran de infinitamente menor nivel que el que hubiese preferido. Pero bueno, aquí estoy y me quedo. Con lo que hay sobrevivo en lo que (a) acabo de decidirme a comprar la tierra y comenzar mi propio cultivo, o (b) a alguien se le ocurre ponerle un poco más de amor a su producción.

Nada, que el plato final tampoco quedó feo ni estuvo nada mal. Uno logra. Por cierto, los puntitos negros que se ven sobre el risotto y el plato en la foto son de una excelente sal volcánica que me regalaron. Muy compleja de sabores, para sal. Y negra, fíjense ustedes.

Lo del vino fue de bastante fácil decisión. Desde hacía unos días en una de las neveras de casa me miraba a la cara el Bernard Morey, “Les Embrazées”, Chassagne-Montrachet 1er Cru 2000. Botella única en mi haber. No recuerdo cuando la compré. Me salió de una caja en una de mis visitas al almacén donde guardo el vino en Nueva York y decidí traérmela para despacharla pronto. Con tanta historia de terror sobre oxidación prematura en borgoñas blancos (yo soy responsable de un puñado de esos cuentos, dicho sea de paso), ésa es una estirpe de vinos en la que—poco característico en mí—antes parece mejor que después.

Que no, que no hay catástrofes hoy… En un principio, un tonito almendrado en la nariz nos preocupaba un poco tanto a Josie como a mí. Pero no era la temida oxidación precoz. El vino, con un poco de aire, comenzó a erguirse y mostrar capa aromática tras capa aromática: Mazapán, chocolate blanco, melocotón, mandarina, melón,  aceituna verde, humo y fina mineralidad talcosa. Hay una nota sulfurosa de fondo inicialmente también, pero se disipa pronto.

Amplio en boca, con cítricos dulces y carnosidad melonesca, pero todo alrededor de un centro firme, tenso. Posgusto muy largo, cremoso, con sutiles vainillas asomándose desde atrás de una oleada cítrico-mineral. No tremendamente complejo, la verdad, pero un placer de beber ahora mismo y un buen complemento para mi risottín.

Si toda la televisión fuese como Aquí no hay quien viva, sería yo un adicto perdido a la caja tonta en vez de a esto de la interné.

Por lo de ambientar como se debe la narración de esta cenita, una de Van Hunt que le va superbién—aunque en la superficie suene un poco triste—al arte de sacarse platos y vinos de la manga en cualquier circunstancia…

Lo que está, lo que es…

Elizabeth Peña, una amiga dominicana que edita aquí en Santo Domingo una revista de vinos titulada Vinalia, ha desarrollado un peculiar interés por el tema de la spoofulation—aquello que yo en mi momento traduje como “esperpentificación” del vino a base de aditivos y tecnologías ajenas a la naturaleza. En el número actual de la revista, Elizabeth publica lo que parece ser el primero de una serie de artículos para introducir a sus lectores a la idea de que el vino por el que se pirran quizás no es tan natural como piensan.

Hemos estado intercambiando correo respecto al tema. La iniciativa me parece un acto valiente en un mercado en el que la vasta mayoría del vino disponible probablemente experimenta un tipo de spoofulation u otro. Bueno, lo que no lo hace muy diferente de la vasta mayoría del mundo enoconsumidor, para los efectos…

No que quiera yo meterme de nuevo en esa piscina de agua sucia y fría que es la discusión sobre donde venden cosas de verdad o de mentira. En realidad escribo esta entradita porque al recomendar lecturas sobre lo que se hace con y lo que se mete en mucho del vino que se vende hoy día, dí con un maravilloso artículo que me leí hace un par de años en un blog que considero obligatorio, el del fotógrado francés Bertrand Celce. Un pie de párrafo en particular me trajo una sonrisa a los labios: “No es justo que vinos elaborados sin aditivos de ningún tipo compitan a oscuras frente a un consumidor que nada sospecha  contra vinos que han sido ‘mejorados’ con una combinación de aditivos químicos; podemos experimentar placer comiéndonos un jamón industrial bien hecho, pero por lo menos no quiere hacer ver que es elaborado como un buen jamón de Parma” (Mi traducción).

Veo en estas líneas el inicio de mi propia serie de artículos. No prometo que aparezcan uno tras otro, pero les propongo conocer “Las 12 cosas que más joden a Camblor sobre la cultureta actual del vino”.

La primera, conectando con la entrega de ayer sobre el código de ética que rige a cierta importante publicación (porque recuerden, todo conecta) de estas cosas tan molestas para mí—y probablemente una que contiene a todas las demás que vaya yo a enunciar—es la hipocresía. El que esos vinos que son jamón industrial, por más bien fabricados, no me digan lo que son y contienen en realidad, pretendiendo que debe darme lo mismo eso que un vino natural.

Llevo mucho tiempo ya (de hecho, la mayor parte de los veintipocos años que tengo enamorado del vino) oyendo y leyendo sobre  defensores del consumidor, guías para el consumidor, facilitadores para el consumidor… Sin embargo, de nada sirve toda la defensa, la dirección y la facilitación del mundo si no se habla claro. Igual oigo y leo sobre “entender de vino”. Para mí es innegociable el que la primera fase de ese entendimiento es conocer exactamente que te estás llevando a las narices, qué te estás metiendo en la boca y luego ingiriendo.

Es mi orden de prioridades.

Y a la historia le salieron patitas…

Y a la historia de los cuestionamientos sobre la ética periodística en el Wine Advocate de Robert M. Parker, Jr. le salieron patitas. Y emprendió la carrera, quizás imparable.

Hoy a las seis de la mañana me levanté y ví esto en la sección de “Media” del Wall Street Journal. Aparentemente, la trama adquiere sustancia y comienzan a surgir nuevas evidencias de inconsistencia tremenda chez Parker en cuanto a aceptar viajes, comelatas,  etc. pagados por productores cuyos vinos se reseñan en el Wine Advocate.

La verdad es que eso de andarse proclamando el más recto, incorruptible e irreprochable de todos va a acabar por ser la peor idea en toda la carrera de Parker. Bueno, junto con lo de rodearse de esos “contratistas independientes”, que también…

Muy significativamente, hasta Joe Dressner ha sonado de nuevo sobre el asunto, esta vez con una nota diferente.

Satisfacción me da no haberme fiado nunca de ninguno de esos prescriptores y gurús ni haber hecho su buen nombre parte de ningún edificio ideológico por mí habitable. Ahora puedo dedicarme a ese delicioso deporte de espectador de los pedos éticos de vociferantes moralistas. La verdad es que esto parece cosa de políticos gringos. No sé por qué, pero hasta me recuerda a cierto líder del Congreso norteamericano que fue sumamente vocal cuando la residenciación de Bill Clinton, sólo para ser pillado en una adúltera relación con una asistente congresional.

De que hay que jodeerse, hay que joderse… Les dejo con un videito, a propósito de nada en particular, pero que creo que sería bueno para la banda sonora de todo esto. Pop como debe ser, por Scissors for Lefty:

Cositas y cosotas: 22.05.2009

En realidad hoy lo que traigo es una sola cosa, que quizás se despliegue en un par. O varias.

Como vengo diciéndoles, tuve que cancelar el viaje que iba a hacer a Nueva York esta semana para atender una urgencia familiar. El martes 19 se suponía que asistiese en la mañana  a una cata con el tema “La evolución del rioja gran reserva” o algo así. Se presentaban una serie de vinos gran reserva de añadas entre 1968 (año de mi nacimiento) y 2001, de productores como López de Heredia, CVNE, Contino, La Rioja Alta S.A., Muga, Marqués Murrieta, Marqués  de Tomares y otros.

Lo dicho, que no pude estar. Pero a uno siempre le cuentan… Por ejemplo, me enteré de que el vino favorito de la mayoría de los asistentes fue, al parecer, el Gran Reserva 904 1982 de La Rioja Alta S.A. También me enteré de que puede que haya en marcha un plan por parte de la DOCa Rioja para devolver reconocimiento a los grandes reservas como verdaderos ejemplos de lo que hace a Rioja única en el mundo. Después de década y algo de “alta expresión” que al final no expresa nada en particular, resulta que en realidad lo mejor de Rioja es poder ofrecer al mercado vinos en punto óptimo de envejecimiento.

Digo “al parecer” y “puede que haya” sobre todo esto pues, aunque es de mi entera confianza  el reporte que recibí, no he recibido hasta ahora nada oficial al respecto. Quizás los buenos amigos del antiguo hogar de La otra botella, http://lomejordelvinoderioja.com, puedan darnos noticias más detalladas. A ver Casimiro, Alberto, Ramón…

En fin, que tiempo les ha tomado darse cuenta de algo que mi amigo Gerry Dawes y yo llevamos una buena década proclamando en diversos medios. No es que pretenda yo adjudicarnos crédito por nada. Sólo quiero disfrutarme un poco el poder repetir un ratico “Se los dije…”

Es que en cuanto a orientar al consumidor respecto a lo que debía esperar o no al comprarse esa botella de vino, lo de “Reserva” y “Gran Reserva” al final acababa siendo mucho más claro que los puntos. También que cualquier otra de esas frasecitas varietalistopaguísticomarketinguianas  que se pusieron de moda en los últimos quince años, no digamos nada de los latinajos que llevaban por nombre muchos vinos “top”. Con “Reserva” o “Gran Reserva” y la reputación de una marca era suficiente para entender. Tenías unos parámetros de crianza y en buen nombre establecido a lo largo de décadas, que no siglos. ¿Qué más hace falta?

Claro, también está la infinita bondad de poder llevarte a las narices y la boca una copa de vino que ya en realidad no necesita tiempo. Que agradezca un poquito más de guarda, pues okey… Pero de necesitar, pues… Se habló mucho en las incontables discusiones que sostuve con diversos interlocutores a lo largo de los años  sobre riojas tradicionales de que el modelo económico de bodegas con inmensos parques de barricas y botellas era insostenible. Pero, a decir verdad, ¿que tanto más sostenible es andar comprando barricas nuevas todos los años e invirtiendo en todo el flash que requieren los supervinos puntistas de los últimos tiempos?

Como todo conecta, les diré que me parece que al final la economía será a la vez motivadora y recompensa de cualquier jugada. Aparte de brindar al público vinobebiente un producto listo para consumir placenteramente, Rioja debería retomar su liderazgo en relación calidad-precio a nivel internacional. La hoguera de las vanidades fue lo que fue y se intentó lo de vender lujo, pero ahora la vida real llama, inmisericorde. Hacer cómodo al consumidor internacional el poder comprar un vino y repetir y repetir dentro de la misma región por lo mucho que da a precios asequibles es un excelente camino al éxito, aún en tiempos difíciles.

Hablando de estas cosas, un enlace a algo muy interesante en Dr. Vino. No me imaginaba que iba yo a estar tan de acuerdo con Bobby Kacher en algo, pero lo estoy. Dice Kacher: “En realidad, a mí me gusta beber vino, no idolatrarlo. ¿Crees que un viticultor de Côte Rôtie pone en la mesa cada día una botella de su vino de cincuenta dólares? No, compra vino de cinco dólares para beber cada día.”

Es una imagen sencilla, que ajusta las cosas a la cotidianeidad de alguien que ve el vino no como lujo, sino como artículo esencial.

Bueno, listo por hoy. Videito para ustedes, como siempre estos viernes en la tarde. Llueve sobre Santo Domingo desde hace días. Una de mis bandas favoritas de la última década brinda la banda sonora perfecta:

Densidad, peso específico, concentración…

Anteayer martes 19 de mayo se suponía que fuese un día muy vínicamente ocupado para mí. Estaba invitado a un par de catas organizadas por la DOCa Rioja en Nueva York y, además, había planes de bebienda con amigos en la noche. Pero ya saben, no se me dió.

La cancelación de mi viaje provocó que pudiese aceptar la amable invitación de José Antonio Alvarez, de la firma importadora de vinosAlvarez y Sánchez, a probar unas cuantas novedades que le llegaron recientemente. Era una cata para clientes y amigos en Mijas, un restaurante español cerca de mis oficinas que tenía pendiente visitar desde hacía meses. Josie me dijo de plano que no podría participar en la cata, pero que si la invitaba a cenar, pues con gusto me encontraría en el restaurante. O sea que fue un combo de Mijas lo de anoche.

José Antonio, como ya sabrán los que leen atentamente este espacio, participa del grupito de cata y beba del que les he contado ya un par de veces. Fue responsable por hacerme reevaluar el Grange 95, del cual opiné favorablemente—algo, dicho sea de paso, bastante inesperado en mí, porque ya se sabe que los australianos y yo…

La lista de los vinos a probar nos llegó por e-mail con anticipación a los asistentes, o sea que no había sorpresas, al menos en cuanto a identidad de los vinos. Yo, siendo como soy, dí unos cuantos golpes de Google al asunto para ponerme al día, pues al menos un par de los vinos eran de productores que (a) no conocía para nada, o (b) llevaba más de una década ignorando olímpicamente.

Comenzamos, mientras llegaba la gente al restaurante, con el Ayala, Brut Blanc de Blancs, Champagne 2002. Lo digo de plano: Para mí éste fue el vino de la noche. Ya, ya, de esperarse. Pero la verdad es que no dejo de sorprenderme ante el salto en calidad y elegancia de los vinos de Ayala desde que esta casa de champaña pasó a ser propiedad de Bollinger. Color pajizo pálido, con muy fina burbuja. Una nariz que te engaña con severidad inicial, pero que luego comienza a soltar bellezas: Crema de limón, mandarina, sutil floralidad, harina de pastelería y notas minerales que se turnan para hablar de talco, tiza y concha marina. Similar efecto en boca. Muy vibrante, cítrico, pero con una cremosidad muy bonita de fondo. Puro. Completamente seco. Te hace la boca agua en un posgusto que describí en mi libreta como “brillante, muy high contrast“. Cuvée de chardonnay proveniente de Le Mesnil sur Oger, Cramant y Chouilly. Se nota eso particularmente en la cambiante mineralidad. Un vino que acompañaría muy bien una comida entera con platos bastante diversos.

Todo lo otro era Tinto. Ojo a la mayúscula y las itálicas. Esperaba grandes densidades, concentraciones, pesos específicos, mucho roble francés nuevecito y todas esas jodiendas que me alteran la sangre en los supertintazos modernos. No hay que decir que hubo bastante de todo eso. Pero también me llevé alguna sorpresa.

Comenzamos con el Mapema, “PZ”, Mendoza, Argentina 2007. Esta marca, según cuenta esa vieja chismosa que es la internet del vino, es el vanity project de dos enólogos argentinos muy “top”, Pepe Galante y Mariano di Paola. Según la literatura que tenía en mano durante la cata, este PZ, del que sólo se produjeron 300 medias cajas, es “100% malbec de viñedos de 50 años, envejecido 12 meses en barricas nuevas francesas”.

Miré bien el líquido en mi copa. El color era un rubí-granate profundo, pero con buena luminosidad y hasta cierta transparencia. Claro, eso no quita… Es que tiendo a agarrarme a la silla, condicionado a esperar lo peor cuando se trata de catar cuvées argentinas de lujo. Compréndanme.

Les diré que lo que salía de mi copa no era aroma de supermegaenoproducto puntista. Sí, olía bastante a roble francés nuevo—mentol, comino, vainilla, pastelería diversa—pero debajo parecía haber algo auténticamente interesante. Entre aromas de cereza y frambuesa negras hay notas de tabaco rubio, perifollo desecado, agua de violetas y tierra negra, todos presentándose sin exuberancias excesivas, juntitos y muy primarios.

En boca el vino es sorprendentemente mediano de cuerpo, elegante y con buena acidez. Especiado y térreo, con fruta bien madura y carnosa. Según la etiqueta, carga 13.5% de alcohol, lo que merece una sincera enhorabuena de mi parte. Definitivamente no se extraña el tanganazo de calor etílico que pegan aquellos vinos que me hicieron cogerle miedo a Mendoza. El único problema que veo aquí es que. [pr ,p,emtps. el roble resulta muy intrusivo. Texturalmente afecta el posgusto, secándolo e introduciendo una granulosidad que me distrae de la verdadera acción. Muy buen largo, pero  menos madera nueva lo hubiese beneficiado bastante. Ahora la pregunta del millón es si la sustancia que hay debajo del roble será capazde integrarse bien con éste. Pero por lo demás hay finura y estructura, ante lo cual y muy contra mi habitual tipo, me inclinaría por dar el beneficio de la duda.

Tal y como este Mapema PZ me subvirtiera agradablemente ciertos preconceptos sobre malbec mendocino, el próximo vino  afianzó mis ideas sobre por que ya no presto atención a Ribera del Duero. El Hnos. Pérez Pascuas-Viña Pedrosa, “La Navilla”, Ribera del Duero  2004 me tenía, tras una olisqueada pasajera a la copa, tarareando al son del “Pacto entre caballeros” de Sabina, la frase “¡Mucha, mucha carpintería!” Apabullante carga de roble francés nuevo aportando notas balsámicas, de hnojo, pan quemado, cocoa amarga, cuero… Pero lo que no llega a aportar es algo de interés, vamos, una nubecilla sobre la que colgar la imaginación. La fruta que hay en algún lugar detrás del bosque talado se presenta como una masa globular, pesada, densa, inerte, con peculiares tonos ketchupescos y alcohol quemante. Podríamos hablar todo lo que quisiésemos sobre densidad, peso específico, concentración, etc., pero aquí lo que no encuentro por ninguna parte es vitalidad y tensión armónica entre los elementos. Y tanta madera, tanto alcohol…  El posgusto es medio-corto, con taninos severos que te agarran las amígdalas.

Seguro algunos me exhortarán a tenerle paciencia, que “es un vino muy joven” y “necesita tiempo para integrarse”, pero en realidad no lo veo. Echo en falta esa vivacidad, esa vitalidad en un vino joven (del tamaño que sea, que esto no es por prejuicio contra vinos grandes ni nada por el estilo) que  sustentaría cualquier promesa para el futuro. Si me equivoco, gustoso admitiré mi error algún día. Pero por el momento…

Otro caso raro para mí fue el del Simi, Cabernet Sauvignon “Landslide Vineyard”, Alexander Valley, California 2004, probablemente el favorito de la noche para el resto del grupo. Quizás es que soy un sangrón que sólo se enfoca en lo  que percibe como defectos. O quizás es que aquí hay algo que realmente no me convence. Este vino es un corte “bordelés” de 85% cabernet sauvignon, merlot, cabernet franc, petit verdot y malbec, todoproveniente de un viñedo en el que un alud volcánico provocó hace mucho una tremenda diversidad topográfico-geológica. Al menos  esto es lo que explica la web de Simi. Una nariz levantadita por volatilidades marginales, que a pesar de mostrar señas que habitualmente no son lo mío, no desagrada del todo: Eucalipto, cereza, vainilla, un toque de pimiento del piquillo, albahaca y tabaco rubio. Simple en boca, entra goloso, especiado y con un no sé qué que me recuerda a quinina. Comienza a repetirte todo lo de la nariz, pero luego tiene un hueco en el medio. Se desvanece repentinamente y, a manera de final, te deja roble, una corrientilla de cereza y mora, y alcohol (14 y pico porciento largo creo que carga). La cosa es que si te llevas de los aromas, se deja beber. Es cuando comienzas a pensarte lo que pasa en la boca que te entran todo tipo de dudas.

Estaba la cosa empate a dos que (de mayor o menor modo) me gustaron y dos que (de mayor o menor modo) no. Quedaba un vino que decidiría que bando quedaba en mayoría. Era el Château Duhart-Milon, Pauillac 2005.

Un vino sumamente primario ahora mismo, que presenta, de forma clara aunque discreta, las señas del estilo de la casa en añadas de fruta bien madura. Ligeramente rústico de nariz, con aromas de bestia sudada, chocolate amargo, tierra negra, sirop de maple, cuero, tomillo seco, piedra triturada y abundante fruta negra. En boca es compacto, erguido,  muy firme, pero con un agradable dulzor frutal de fondo. Notas salinas en un posgusto largo, tánico y convincente. Esto necesita tiempo, pues apenas comienza a dar de sí,

Ahí lo tienen. Sonreía yo con mi tres-a-dos. Me perturbaba un poco que estuviese desarrollando una tilerancia al roble nuevo, tras lo del Grange el otro día y lo del PZ ahora. Caos que habrá que investigar. 

Josie llegó a Mijas cuando acabábamos la cata. Nos prepararon una mesita y cenamos escuchando un torrencial aguacero tropical afuera. Dadas las terriblemente estúpidas andanadas que alguno ha venido a lanzarme aquí por lo que percibe como mis “descalificaciones” de la oferta gastronómica local, creo que voy a decirles alguito cada vez que visite un restaurante aquí, siendo tan honesto como lo soy siempre. Así, que cominos bien en Mijas, donde la cocina, a cargo del chef Karlos Martínez, es una especie de potpurrí pan-español. Las tapas, muy bien logradas. Montaditos y croquetas sabrosos, elaborados con ingredientes de muy buena calidad. Probamos unos montaditos de chorizo a la sidra sobre barquitos de fina masa, luego croquetas de queso y carpaccio de magret de pato con foie gras. De plato fuerte, una excelente pierna de cordero para dos, acompañada por gnocchi.

La carta de vinos di´ø lugar a una de mis pocas quejas. Siendo un restaurante español-creativo, la selección de vinos españoles es más bien modestilla. Quien la compuso se sintió obligado, parecería, a cubrir el mundo entero, a tener “de todo como en botica”, etc., optando por selecciones superficiales de X número de países, en vez de la posibilidad de explorar más profundamente la amplia variedad de posibilidades bajo la rúbrica  ”vino español”. No sé, que me hubiese parecido más acorde con el concepto del sitio, vamos… Ofrecer una gira gastronómica por diversos puntos de España y que la carta de vinos haga lo propio. Nada, una sugerencia.

El vino que pedimos fue algo que el sumiller se apuró a explicarme como de “una uva muy particular”. Era el Martín Sarmiento, Mencía, Bierzo 2005, producto del proyecto del Bierzo de Martín Códax. Ya saben que yo no hubiese sido partidario nunca, en otras circunstancias, de decantarme por un vino de estos de “grupo bodeguero” con marcas en diversas regiones de moda: Raras veces son el tipo de vino en el que encuentro verdadero duende. Pero a la carta le pesaban los tempranillos y yo no estaba en eso. Apetecía echar la suerte hacia una mencía (el único que he visto, dicho sea de paso, en algún restaurante o tienda de Santo Domingo, o sea que asumo que es el único disponible en este mercado y tomen nota aquellos a quien pueda interesar), ajustando las expectativas.

Al final no salimos mal parados. Creo que a Josie le gustó más que a mí este Sarmiento, pero ambos bebimos alegres y funcionó muy bien con la comida. Peso medio, con bonita brillantez y una nariz directa, atractiva. Especiado, con fruta roja muy vivaz, buena estructura, bastante frescor y un agradable amarguito medicinal en el posgusto. Único problema era un deje chocolato-vainillesco de roble que no venía al caso en el posgusto, ni en términos de sabor, ni texturalmente. Puro y sin esa vestimenta creo que me hubiese complacido mucho más.

¡Ah, yo siempre con mis sonsonetes sobre como me hubiesen gustado más las cosas! ¡Si nadie va a hacerme caso!

Pero bueno, una agradable noche lluviosa, con todo y todo… Eventualmente les contaré mucho más de Mijas, porque pienso volver a menudo.

Repruebas

Pues, fíjense ustedes que no pude irme a Nueva York ayer, a ese viaje de negocios, visitas médicas y renovación a base de una amplia gama de comida y vino de verdad. Falta me hacía el paseito por aquella, la ciudad que me adoptó y donde viví casi una década antes de venirme adonde resido ahora.

Lástima perderme las catas de riojas de mañana en City Winery, organizadas por la DOCa y la campaña Vibrant Rioja: Me hacía gran ilusión ver a buenos amigos como Chus Madrazo y María José López de Heredia y conocer a algunas personas que tengo pendiente conocer desde hace años.

Pero no. Cambio radical de planes y aquí estoy. No podré darme el viajecito sino hasta junio, o sea que a vivir con el material de la vida diaria.

He de confesarles que estoy adicto a una serie de TV que me han estado alimentando en dosis masivas a través de DVD. Para el contingente español es tema viejo este producto genial de Antena 3, que ya desapareció de las pantallas en su país de origen, pero que vive una vida adicional en mi casa noche tras noche. De verdad que no me imaginaba que Aquí no hay quien viva iba a engancharme como lo hizo. Pero es que es tremenda… Un extraño cruce entre 13 Rue del Percebe, El chavo del ocho y Seinfeld puesto en Madrid. Ya sé, ya sé… Me penalizarán algunos miembros del distinguido por este momento low-brow y yo les diré: “¡A vé, a vé, un poquito de por fabó!”

En fin, a lo de las “repruebas” de mi título de hoy. Es que, aunque les parezca mentira, cuando un vino me resulta inconvincente pero no ofensivo a la primera, tiendo a darle oportunidades adicionales. En algunos casos pasa algo y mi opinión cambia para positivo. En otros sencillamente puedo descartar algo que nunca iba para ninguna parte. Aún en otros, como los que les contaré hoy, aunque alguno de  los vinos en cuestión presenta una marcada mejoría con respecto a la primera vez, la cosa sigue tan ambigua como al principio.

Me pasa eso con el Ronco dei Tassi, Friulano, Collio 2007, probado recientemente en dos ocasiones. Hace unos meses, este vino acababa de llegarles a los de Bengodi, un deli italiano cerca de aquí donde compro vituallas y alguna que otra botellita curiosa. Estaba preso de un mutismo sorprendente el vino. Ahora parece haber encontrado su voz y estar entonando una canción que me tiene entre si me encanta o no—medio Björkesco, el friulano, o como una de tantas bandas hijas bastardas de Joy Division que andan por ahí…

Nariz carnosa, peludita y amarilla, con notas de melón, toronja, uva, arena caliente y cáscara de banano. En boca presenta un amargor quininesco sobre textura cremosa y sabores de melón, bonbones de manzana y canela. Larguito, gordito y salino-amarguete de posgusto.  No puedo decidirme si el efecto general me molesta o me gusta. Un vino extraño.

Otro que volví a probar después de una primera impresión un poquito rara fue el Mastroberardino, Lachryma Christi del Vesuvio DOC 2006. Este vino de Mastroberardino es viejo amigo, habiendo yo probado una buena cantidad de añadas, incluso algunas bastante viejas. Su perfil era rústico, potente, tremendamente tánico y orgulloso de sus tonazos de establo—exigía guarda. Que es lo que me desconcierta de este 2006, en botella con etiqueta muy modernilla, un transfer plástico sobre el vidrio. El que este vino, a sus escasos dos años de vida esté jugosito, sumamente bebestible, pulido, con fruta roja simple y directa con la que interfiere una cierta sequedad maderera, es algo que no consigo entender. De verdad que me encojo de hombros, pues donde muchos ejemplos anteriores me dejaban claro que Mastroberardino sentaba la pauta para el Lachryma Christi, éste me resulta difícil de interpretar. Y ojo a los amantes del brett, que aquí lo que queda es una traza remota, en vez de las oleadas odoríferas de antes.
Y sin embargo, es un tintito ligero y agradable para beber en el Caribe y olvidar inmediatamente. Vaya usted a saber…

Nada, que quería dejarles aunque fuera una cosita hoy, afincado aquí tras un domingo que me dejó física y emocionalmente exhausto.

¿Musiquita? ¿Pues por qué no? Esto es de Passion Pit,  un grupo que he estado escuchando mucho cuando quiero botar el golpe, del álbum más reciente. Se llama “The Reeling”:

Cositas y cosotas: 16.05.2009

Pues sí que creía tener cosas por comentar: Aquella “noticia” de las barricas de roble francés elaboradas de un ‘arbol plantado en 1850, cuando aún reinaba Louis XIV. Las compr’o Casa Lapostolle para usarlas en su Clos Apalta, al que no parecen poder hartarse de cacarear como “Mejor Vino del Mundo Según Wine Spectator“. Blablablablablaaaaa… Objeciones morales a montones podría tener a nivel de la destrucción del antiguo árbol, o de la soberana picuencia (en [peninsular "horterada") que representa lo de ufanarse de esta "adquisición". ¿Pero quieren que les diga la verdad? Pfej...

Del departamento de  pruebas de la imbecilidad humana llegó un curioso reporte: Al parecer, según uno de esos estudios realizados por instituciones que no tienen otra cosa en que botar el dinero, "los consumidores muestran un conocimiento muy pobre de las regiones vinícolas del Nuevo Mundo". Doble pfej. Me hace pensar en que allá están los de las Antípodas, tratando de acogerse a lo de "tenemos que simplificar nuestra nomenclatura para bacer el vino más accesible al consumidor promedio". Porque las ventas bajan y las excusas salen a flote como... Bueno, como tordos en playa. En fin, que me maravillaría con la capacidad de la gran industria del vino de subestimar la capacidad de la gente de no tener ni puta idea... Pero no me da la gana. Lo dicho, Doble pfej.

Sigue la crisis. Y seguirá. Muchos sectores de la industia del vino, así como también de la hospitalidad, están teniendo que tomar medidas drásticas. Algo me leí por ahí de restaurantes donde ahora los sumilleres esperan que se les regatee si uno piensa ordenar botellas de alg´¨n hipercaro vino de lujo, etc. Llegó el momento de las sub-subastas en restaurantes, como anuncia el New York Post. Ser'ia quizás un motivo para regocijarse en otro momento de mi vida el que de repente comencemos a explorar una evaluación del verdadero valor de las cosas. Pero hoy les digo: Pfej, pfej, pfej.

No estoy en las de hinchar sectores de la anatomía a nadie hoy. Mañana me largo a Nueva York. A trabajar, a ver médicos, pero sobre todo a renovarme un poco con comida y vino de verdad y a pasar algunos ratitos con amigos que extraño. He ahí la cosota. Incluso hasta me encontraré con amigos del otro lado del océano que estarán en la ciudad para un evento al que asistiré. Vienen Chus Madrazo, de Contino, y María José López de Heredia para un asunto de riojas el martes, el Rioja Grand Tasting organizado por el Consejo de la DOCa y la campaña Vibrant Rioja. Allá estaré. Por si acaso alguien me lee de cuya potencial asistencia no estoy enterado. Ya saben la pinta que tengo. No vacilen en hacerme notar su presencia.

Obviamente, estaré revisando los comentarios a La otra botella periódicamente desde mi Blackberry, pero no veo muy fácil lo de andar respondiendo, mucho menos andar respondiendo a mis habituales extensiones. El tecladito y la pantallita de mi comunicador intergaláctico son muy jodidos. O sea que les invito a charlar entre ustedes. Pórtense bien y cuando vuelva les cuento un cuento, ¿okey?

Por si acaso, les dejo una cancioncita buena. Puro pop es lo que pide el cuerpo este sábado en la mañana (no se me ha pasado que este "Cositas y cosotas" se retrasó, pero esas cosas pasan). Una tonadita feliz de una banda neoyorquina que me hace gracia. Se llama Plushgun. Este chupachup ochentero es "How We Roll":

Shiraaaaaaazzzz, con una gota de syrah…

Me asaltó una duda inmediatamente que acordamos el tema de “Syrah/Shiraz” para la más reciente reunión del joven grupito de cata que tenemos montado aquí en Santo Domingo. Hacía mucho que no consumía tintos australianos. ¿Seis años? ¿Siete? ¿Más? Recuerdo como si hubiese sido ayer aquel fin de semana en Michigan para el MoCool 2000—Below the Belt (aquellos con buen ojo reconocerán, en una de las fotos que acompañan a ese artículo de la Wine Lovers’ Page, a cierto bloguero). Alcoholes inmensos. Maderámenes insoportables. Extracciones impensables. Las más torpes acidificaciones imaginables.  Llanto. Rechinar de dientes. Trauma general. Cicatrices indelebles en el paladar y el alma.

Es que en mi memoria hay muy poco de positivo asociado al vocablo “shiraz”. “Syrah” ya son otros veinte pesos, particularmente si es del norte del Ródano y de alguno de esos elaboradores terroiristas que me chiflan.

Pero bueno, había que abrirse de mente y dejarse llevar. Con suerte, lo de volver a abordar vinos australianos no sería taaaaaaaan grave.

Llegamos casi todos los habituales a Don Pepe, uno de los mejores restaurantes españoles de Santo Domingo. Estaban Elizabeth Peña, Jose Antonio Alvarez y su esposa Cecilia, Elías del Llano y su esposa  Shahily, Práxedes Castillo y su esposa Maribel. Yo había ido solito. Josie andaba por Nueva York, para variar.

Esa tarde había yo pasado largo rato delante de la neverita de vinos en mi casa, pensando en qué podía aportar a la velada como aperitivo. Difícil estaba lo de encontrar syrah vinificado en blanco. También lo de un blanco del Ródano, pues muy pocos son los que compro con asiduidad. Había que buscar una conexión por otro lado y al final encontré una tenue. Mi syrah era del 2004. El blanco lo sería también, aunque de un lugar muy distinto.

Pues comenzamos con el Movia, Ribolla, Brda, Goriska, Eslovenia 2004. En realidad no tomé notas detalladas sobre este vino, pues es viejo amigo de La otra botella y mi apreciación, a decir verdad, no distó mucho de la última nota sobre él que aquí publiqué. Salino, graso, con mucho de polen y frutas de hueso. Largo y constantemente cambiante en boca, con excelente nervio. Uno de esos vinos que provocan tanto a beber más como a pensarlos.

Mi otro aporte cayó poco después, justo según llegaban quesitos y charcutería a la mesa. No sé exactamente por qué no propuse que lo dejáramos para más tarde. Quizás me temía que fuese muy ligero y quedase apabullado por los vinos más grandes que seguro aparecerían luego. Pero el Eric Texier, “Domaine de Pergault” Vieilles Vignes, Brézème, Côtes du Rhône 2004 en realidad, si bien elegantísimo, esbelto y muy erguido,  no es ningún “peso pluma”. 100% syrah de vides de sesenta años o más en una parcela muy especial de Brézème, éste siempre ha sido para mí uno de los vinos más interesantes del bueno de Eric. Pueden ver la ficha técnica-histórica aquí.

Había decantado la botella hora y media antes de salir de casa, devolviendo luego el vino a la botella y recorchándola. NO pareció haber tenido esa doble decantación gran efecto a los primeros minutos de servir el vino en Don Pepe. El aroma era sutil, con delicada floralidad y notitas ahumadas. Pero en un rato el vino comenzó a crecer en la copa, dando tonos de aceituna, té negro, polvo de cantera, caballo sudado y fruta negra purísima. Luego las flores cobraron protagonismo. En boca es un vino con muy buen cuerpo y suculencia frutal, pero a la vez de muy notable tensión. Tánico y con vibrante acidez. Por momentos parecía un poquito recogido de posgusto, pero no. Es de los que te engañan disipándose un momento y luego abriéndote un abanico de sabores y texturas en la boca. Claro, difícil explicar que esa “apertura de abanico” no ocurre como un grand geste o una explosión, sino discretamente.

Un bebé del que me alegra haber guardado bastante, pues su mejor momento aún está lejitos.

Elizabeth, vino, jamones...

Lo que siguió después me devolvió de una patada al MoCool 2000… El Jim Barry, “The Armagh”, Shiraz, McLaren Vale, Australia 2001 era precisamente todo lo que tiendo a temer de esos tintazos australianos. Un explosivo coctel de pasas, eucalipto y  volatilidades extremas—entre removedor de pinturas y spray de pelo de aquel Final Net que usaba mi abuela—con su 15% de alcohol bien reventado en nariz y boca. Masivo e incómodamente abrasivo al paladar. Como ponerse un pesado suéter de lana en pleno Caribe, vamos… Eso sí, a su inmenso, torpe y quemante modo aún sigue vivo—como en suspensión animada—cosa que me sorprendió y hasta me resultó irónica, considerando el fatal momento que viven en el mercado mundial los ultrapremium australianos. Raras criaturas, estos supervinos que han estado de moda en los últimos quince años, sí señor.

Que siguiera otro australiano era algo que en realidad no me reconfortaba para nada. Pero aquí una agradable sorpresita cortesía de Elías: El Penfolds, “RWT” Shiraz, Barossa Valley, Australia 1998 no estaba mal. Grandote, musculoso, goloso y con una dosis muy considerable de roble americano, probablemente nuevo, éste no sería el tipo de vino hacia el que yo gravitaría naturalmente. Pero no me disgustaba. Frutas rojas en licor, especias y madera logran una cierta integración, por lo menos hasta el final-final, en que el vino torna un poco secante.

Un poquito de cochinillo, un poquito de paletilla de cordero… Y cayó el Paul Jaboulet Ainé, “La Chapelle”, Hermitage 2000. La Chapelle es un vino del que he probado muchas añadas, varias de ellas que justificaron ampliamente su reputación. Sin embargo, las añadas recientes (pienso, digamos, entre 1994 y el 2003)  que he consumido me fallaron todas. Siempre me encontraba intentando explicar a algún principiante que no, eso en realidad no es el vino que mereció aquella gran fama. Claro, ha pasado lo mismo con muchas marcas históricas en las últimas dos décadas. Perfiles han cambiado, precios han subido, etc., etc.

La más concisa explicación que he visto de lo ocurrido chez Jaboulet—y lo que implica para los que conocieron la época de gloria de La Chapelle—la dió Jancis Robinson hace unos años. No reproduciré. Miren ustedes mismos el artículo.

En fin, que este 2000 correspondió casi exactamente a la breve descripción que da la Sra. Robinson. Ligero y sospechosamente abierto, sugiere una evolución mucho mayor que la que hubiese presentado en otros tiempos un La Chapelle de su tempranísima edad. Los aromas son agradables—arándano, frambuesa, aceituna negra, comino, regaliz, silla de montar—pero carecen de la gravitas que debe tener un joven gran hermitage, al menos a mi entender. Un côtes du rhône sencillo, sí, pero no una de las insignias de Hermitage… En boca es sencillo y vivaz, con buena mordida acídica en un final medianito. Se bebe muy bien, particularmente con cochinillo, pero choca que resulte un vino trivial.

JOsé Antonio, botella de Grange, Blackberry, enigma...

José Antonio, botella de Grange, Blackberry, enigma...

Hablando de vinos que se mostraban muy avanzados para su edad, el que nos trajo José Antonio fue el Penfolds, “Grange”  Shiraz, South Australia 1995.  Contaba yo a los amigos en la mesa que en alguna ocasión me tocó probar una vertical de Grange en la que aparecieron varias de las primeras versiones elaboradas por Max Schubert.  Eran vinos que, a su casi medio siglo de edad, aún denotaban que habían sido creados para evolucionar a paso glacial. Hablaban ronco y pisaban fuerte, tras tanto tiempo. Eso se me quedó grabado en la mente y marca todas mis expectativas en cuanto a Grange se refiere. Ah, no recuerdo que ninguna de aquellas botellas viejas pusiera “Shiraz” en la etiqueta. Deben ser cosas de ahora.

Este 95, aunque obviamente jovencísimo, se mostraba bastante accesible, cosa que definitivamente no me esperaba. La primera olida me hizo pensar en barriles en alguna destilería de Tennessee… Mucho roble americano. Muchísimo. Y nuevo. Aromas de bourbon, especias pasteleras, tierra, cuero, anís  y fruta negra muy madura que se presenta como una masa impenetrable. Resulta un poco sobrecogedor, así sin más. Pero si le das una oportunidad te deja entrever encantos y te crea la ilusión de que puede eventualmente integrarse muy bien. Grande en boca. Poderoso. El roble se te mete en todas partes, pero va acompañado de mucha sustancia. Es un peculiar equilibrio de cantidades colosales lo que hay aquí. Y no me desagrada. Largo, grave de voz y mullido, va apretándose y poniéndose seriote al final.

Reitero que no me hubiese esperado tal accesibilidad de un Grange tan joven. Pero aquí fallar a mis expectativas resultó algo positivo, fíjense.

Interesante grupo de vinos. Y fenomenal grupo de amigos con los que espero compartir una buena cantidad de noches más con vino y excelente compañía. Ya hasta tenemos otro tema atrevido para la próxima…

“Don Manuel, acaba de llegarle una caja…”

Leí por primera vez sobre ese vino en lo de Joan Gómez Pallarès. Me intrigó. La nota lo dejaba a uno en suspenso.

Jump cut a mi oficina en Santo Domingo. Me llama la recepcionista para decirme que ha llegado una caja para mí por DHL, o UPS, o lo que sea… No esperaba cajas ese día. No tenía ningún pedido de Amazon en tránsito, ni nada por el estilo. Me acerqué al mostrador y, en efecto, allí había una caja que me proclamaba como su destinatario.

La abri y—para mi mayúscula sorpresa—contenía seis botellas de vino. La enviaba mi buen amigo Alfredo Arribas, gran arquitecto ahora convertido en bodeguero. Los vinos que contenía la caja, excepto uno, eran de Portal del Montsant, su bodega.

Advierto al que se le ocurra venirme a joder con acusaciones de “amiguismo” que sí, me considero amigo de este ilustre personaje. Quizás influya eso en lo mucho que he disfrutado sus vinos las veces que me ha tocado probarlos. Pero prefiero pensar que Alfredo y su enólogo, Ricard Rofes, están haciendo un trabajo cojonudo y creando vinos verdaderamente bonitos, llenos de carácter, verdaderamente interesantes sin perder un cierto “brillito” moderno que los hace muy atractivos en el mercado.

Nada, que si persiste alguien en descalificar mi nota como “parcializada”, pues, a fastidiar a otro, que aquí no vamos de “objetivos” ni nada que se le parezca. Además, considerando la carestía de buenos vinos que hay por estos lados, cualquier cosa decente que alguien me mande me parece un detallazo.

En fin, que venía a hablarles del Portal del Motsant, “Brunus” Rosé, Montsant 2008, que salió de aquella caja y que me ventilé anoche junto a Josie. Acompañó brillantemente unos pinchitos “cubano-morunescos” de pollo servidos con ensalada de lentejas rojas, tomate, cebolla roja, berro y menta. Yo me había dado la vuelta por un bar de vinos/vinoteca que queda cerca de la ya antedicha oficina, ojeando la deprimente selección. ¿Sauvignon de Cloudy Bay al equivalente de cuarenta y cinco dólares? Pues mira que a la mitad de eso ya me parecía demasiado pagar… De repente desistí, tras considerar si hacía otro experimento masoquista con algo chileno o argentino. Pensé que algo habría a lo que entrarle en alguna de las neveritas de casa.

Me sorprendió enterarme que de este rosado—de color fresa-rubí-fucsia mediterráneo tan profundo que mi mujer en un principio lo llamó “ese clareta”)  se producen solamente 6200 botellas. Vamos, que una pena, porque me hubiese gustado empatarme al menos con una cajita más para mojar mis noches aciagas en la caló de la temporada ciclónica.

Si le dieron al enlace al blog de Joan, ya tienen toda la información técnica sobre el Brunus.  Garnacha de veintitantos años más o menos, sobre suelo arcilloso-arenoso-granítico en Montsant. Pues lo más bonito que se me ocurre decir sobre el vino en sí es que representa exactamente eso.

La nariz se presenta inicialmente discreta, pero con el aire va ganando intensidad. Hay sandía, cereza negra, grosella, fresa y una onda mineral delicada, pero presente. Aromáticamente no es complejo, en realidad. El golpe frutal entre cuyas reverberaciones se discierne una mineralidad que se resuelve eventualmente en polvo granítico.

Jugoso y directo en boca, con un amarguito agradable en el paladar medio. Un vino muy textural de posgusto, Fruta carnosa con acidez vibrante y esa mineralidad “voladita”, casi etérea. Una cierta fina  granulosidad al final. Todo está en su sitio y en equilibrio. Tiene 12.5% de alcohol, según la botella. Una maravilla para un rosado mediterráneo. La botella se vació casi sin darnos cuenta los que la consumíamos.

Me quedé pensando yo que si no conociese yo a Alfredo Arribas, ya este vino me hubiese provocado tremendas ganas de conocerle. De hecho, me mete en la cabeza que he de conocer a Ricard Rofes en algún momento y visitar el lugar de donde salen estas cosas tan sabrosas que está produciendo Portal del Montsant.

EL videito para concluir sale de un disco que también me llegó de regalo de parte de un amigo, fíjense ustedes. Desde hace un par de semanas estoy que no me sale de la mente este ritmito, bajo y flow de Scribbling Idiots: