Anteayer martes 19 de mayo se suponía que fuese un día muy vínicamente ocupado para mí. Estaba invitado a un par de catas organizadas por la DOCa Rioja en Nueva York y, además, había planes de bebienda con amigos en la noche. Pero ya saben, no se me dió.
La cancelación de mi viaje provocó que pudiese aceptar la amable invitación de José Antonio Alvarez, de la firma importadora de vinosAlvarez y Sánchez, a probar unas cuantas novedades que le llegaron recientemente. Era una cata para clientes y amigos en Mijas, un restaurante español cerca de mis oficinas que tenía pendiente visitar desde hacía meses. Josie me dijo de plano que no podría participar en la cata, pero que si la invitaba a cenar, pues con gusto me encontraría en el restaurante. O sea que fue un combo de Mijas lo de anoche.
José Antonio, como ya sabrán los que leen atentamente este espacio, participa del grupito de cata y beba del que les he contado ya un par de veces. Fue responsable por hacerme reevaluar el Grange 95, del cual opiné favorablemente—algo, dicho sea de paso, bastante inesperado en mí, porque ya se sabe que los australianos y yo…
La lista de los vinos a probar nos llegó por e-mail con anticipación a los asistentes, o sea que no había sorpresas, al menos en cuanto a identidad de los vinos. Yo, siendo como soy, dí unos cuantos golpes de Google al asunto para ponerme al día, pues al menos un par de los vinos eran de productores que (a) no conocía para nada, o (b) llevaba más de una década ignorando olímpicamente.
Comenzamos, mientras llegaba la gente al restaurante, con el Ayala, Brut Blanc de Blancs, Champagne 2002. Lo digo de plano: Para mí éste fue el vino de la noche. Ya, ya, de esperarse. Pero la verdad es que no dejo de sorprenderme ante el salto en calidad y elegancia de los vinos de Ayala desde que esta casa de champaña pasó a ser propiedad de Bollinger. Color pajizo pálido, con muy fina burbuja. Una nariz que te engaña con severidad inicial, pero que luego comienza a soltar bellezas: Crema de limón, mandarina, sutil floralidad, harina de pastelería y notas minerales que se turnan para hablar de talco, tiza y concha marina. Similar efecto en boca. Muy vibrante, cítrico, pero con una cremosidad muy bonita de fondo. Puro. Completamente seco. Te hace la boca agua en un posgusto que describí en mi libreta como “brillante, muy high contrast“. Cuvée de chardonnay proveniente de Le Mesnil sur Oger, Cramant y Chouilly. Se nota eso particularmente en la cambiante mineralidad. Un vino que acompañaría muy bien una comida entera con platos bastante diversos.
Todo lo otro era Tinto. Ojo a la mayúscula y las itálicas. Esperaba grandes densidades, concentraciones, pesos específicos, mucho roble francés nuevecito y todas esas jodiendas que me alteran la sangre en los supertintazos modernos. No hay que decir que hubo bastante de todo eso. Pero también me llevé alguna sorpresa.
Comenzamos con el Mapema, “PZ”, Mendoza, Argentina 2007. Esta marca, según cuenta esa vieja chismosa que es la internet del vino, es el vanity project de dos enólogos argentinos muy “top”, Pepe Galante y Mariano di Paola. Según la literatura que tenía en mano durante la cata, este PZ, del que sólo se produjeron 300 medias cajas, es “100% malbec de viñedos de 50 años, envejecido 12 meses en barricas nuevas francesas”.
Miré bien el líquido en mi copa. El color era un rubí-granate profundo, pero con buena luminosidad y hasta cierta transparencia. Claro, eso no quita… Es que tiendo a agarrarme a la silla, condicionado a esperar lo peor cuando se trata de catar cuvées argentinas de lujo. Compréndanme.
Les diré que lo que salía de mi copa no era aroma de supermegaenoproducto puntista. Sí, olía bastante a roble francés nuevo—mentol, comino, vainilla, pastelería diversa—pero debajo parecía haber algo auténticamente interesante. Entre aromas de cereza y frambuesa negras hay notas de tabaco rubio, perifollo desecado, agua de violetas y tierra negra, todos presentándose sin exuberancias excesivas, juntitos y muy primarios.
En boca el vino es sorprendentemente mediano de cuerpo, elegante y con buena acidez. Especiado y térreo, con fruta bien madura y carnosa. Según la etiqueta, carga 13.5% de alcohol, lo que merece una sincera enhorabuena de mi parte. Definitivamente no se extraña el tanganazo de calor etílico que pegan aquellos vinos que me hicieron cogerle miedo a Mendoza. El único problema que veo aquí es que. [pr ,p,emtps. el roble resulta muy intrusivo. Texturalmente afecta el posgusto, secándolo e introduciendo una granulosidad que me distrae de la verdadera acción. Muy buen largo, pero menos madera nueva lo hubiese beneficiado bastante. Ahora la pregunta del millón es si la sustancia que hay debajo del roble será capazde integrarse bien con éste. Pero por lo demás hay finura y estructura, ante lo cual y muy contra mi habitual tipo, me inclinaría por dar el beneficio de la duda.
Tal y como este Mapema PZ me subvirtiera agradablemente ciertos preconceptos sobre malbec mendocino, el próximo vino afianzó mis ideas sobre por que ya no presto atención a Ribera del Duero. El Hnos. Pérez Pascuas-Viña Pedrosa, “La Navilla”, Ribera del Duero 2004 me tenía, tras una olisqueada pasajera a la copa, tarareando al son del “Pacto entre caballeros” de Sabina, la frase “¡Mucha, mucha carpintería!” Apabullante carga de roble francés nuevo aportando notas balsámicas, de hnojo, pan quemado, cocoa amarga, cuero… Pero lo que no llega a aportar es algo de interés, vamos, una nubecilla sobre la que colgar la imaginación. La fruta que hay en algún lugar detrás del bosque talado se presenta como una masa globular, pesada, densa, inerte, con peculiares tonos ketchupescos y alcohol quemante. Podríamos hablar todo lo que quisiésemos sobre densidad, peso específico, concentración, etc., pero aquí lo que no encuentro por ninguna parte es vitalidad y tensión armónica entre los elementos. Y tanta madera, tanto alcohol… El posgusto es medio-corto, con taninos severos que te agarran las amígdalas.
Seguro algunos me exhortarán a tenerle paciencia, que “es un vino muy joven” y “necesita tiempo para integrarse”, pero en realidad no lo veo. Echo en falta esa vivacidad, esa vitalidad en un vino joven (del tamaño que sea, que esto no es por prejuicio contra vinos grandes ni nada por el estilo) que sustentaría cualquier promesa para el futuro. Si me equivoco, gustoso admitiré mi error algún día. Pero por el momento…
Otro caso raro para mí fue el del Simi, Cabernet Sauvignon “Landslide Vineyard”, Alexander Valley, California 2004, probablemente el favorito de la noche para el resto del grupo. Quizás es que soy un sangrón que sólo se enfoca en lo que percibe como defectos. O quizás es que aquí hay algo que realmente no me convence. Este vino es un corte “bordelés” de 85% cabernet sauvignon, merlot, cabernet franc, petit verdot y malbec, todoproveniente de un viñedo en el que un alud volcánico provocó hace mucho una tremenda diversidad topográfico-geológica. Al menos esto es lo que explica la web de Simi. Una nariz levantadita por volatilidades marginales, que a pesar de mostrar señas que habitualmente no son lo mío, no desagrada del todo: Eucalipto, cereza, vainilla, un toque de pimiento del piquillo, albahaca y tabaco rubio. Simple en boca, entra goloso, especiado y con un no sé qué que me recuerda a quinina. Comienza a repetirte todo lo de la nariz, pero luego tiene un hueco en el medio. Se desvanece repentinamente y, a manera de final, te deja roble, una corrientilla de cereza y mora, y alcohol (14 y pico porciento largo creo que carga). La cosa es que si te llevas de los aromas, se deja beber. Es cuando comienzas a pensarte lo que pasa en la boca que te entran todo tipo de dudas.
Estaba la cosa empate a dos que (de mayor o menor modo) me gustaron y dos que (de mayor o menor modo) no. Quedaba un vino que decidiría que bando quedaba en mayoría. Era el Château Duhart-Milon, Pauillac 2005.
Un vino sumamente primario ahora mismo, que presenta, de forma clara aunque discreta, las señas del estilo de la casa en añadas de fruta bien madura. Ligeramente rústico de nariz, con aromas de bestia sudada, chocolate amargo, tierra negra, sirop de maple, cuero, tomillo seco, piedra triturada y abundante fruta negra. En boca es compacto, erguido, muy firme, pero con un agradable dulzor frutal de fondo. Notas salinas en un posgusto largo, tánico y convincente. Esto necesita tiempo, pues apenas comienza a dar de sí,
Ahí lo tienen. Sonreía yo con mi tres-a-dos. Me perturbaba un poco que estuviese desarrollando una tilerancia al roble nuevo, tras lo del Grange el otro día y lo del PZ ahora. Caos que habrá que investigar.
Josie llegó a Mijas cuando acabábamos la cata. Nos prepararon una mesita y cenamos escuchando un torrencial aguacero tropical afuera. Dadas las terriblemente estúpidas andanadas que alguno ha venido a lanzarme aquí por lo que percibe como mis “descalificaciones” de la oferta gastronómica local, creo que voy a decirles alguito cada vez que visite un restaurante aquí, siendo tan honesto como lo soy siempre. Así, que cominos bien en Mijas, donde la cocina, a cargo del chef Karlos Martínez, es una especie de potpurrí pan-español. Las tapas, muy bien logradas. Montaditos y croquetas sabrosos, elaborados con ingredientes de muy buena calidad. Probamos unos montaditos de chorizo a la sidra sobre barquitos de fina masa, luego croquetas de queso y carpaccio de magret de pato con foie gras. De plato fuerte, una excelente pierna de cordero para dos, acompañada por gnocchi.
La carta de vinos di´ø lugar a una de mis pocas quejas. Siendo un restaurante español-creativo, la selección de vinos españoles es más bien modestilla. Quien la compuso se sintió obligado, parecería, a cubrir el mundo entero, a tener “de todo como en botica”, etc., optando por selecciones superficiales de X número de países, en vez de la posibilidad de explorar más profundamente la amplia variedad de posibilidades bajo la rúbrica ”vino español”. No sé, que me hubiese parecido más acorde con el concepto del sitio, vamos… Ofrecer una gira gastronómica por diversos puntos de España y que la carta de vinos haga lo propio. Nada, una sugerencia.
El vino que pedimos fue algo que el sumiller se apuró a explicarme como de “una uva muy particular”. Era el Martín Sarmiento, Mencía, Bierzo 2005, producto del proyecto del Bierzo de Martín Códax. Ya saben que yo no hubiese sido partidario nunca, en otras circunstancias, de decantarme por un vino de estos de “grupo bodeguero” con marcas en diversas regiones de moda: Raras veces son el tipo de vino en el que encuentro verdadero duende. Pero a la carta le pesaban los tempranillos y yo no estaba en eso. Apetecía echar la suerte hacia una mencía (el único que he visto, dicho sea de paso, en algún restaurante o tienda de Santo Domingo, o sea que asumo que es el único disponible en este mercado y tomen nota aquellos a quien pueda interesar), ajustando las expectativas.
Al final no salimos mal parados. Creo que a Josie le gustó más que a mí este Sarmiento, pero ambos bebimos alegres y funcionó muy bien con la comida. Peso medio, con bonita brillantez y una nariz directa, atractiva. Especiado, con fruta roja muy vivaz, buena estructura, bastante frescor y un agradable amarguito medicinal en el posgusto. Único problema era un deje chocolato-vainillesco de roble que no venía al caso en el posgusto, ni en términos de sabor, ni texturalmente. Puro y sin esa vestimenta creo que me hubiese complacido mucho más.
¡Ah, yo siempre con mis sonsonetes sobre como me hubiesen gustado más las cosas! ¡Si nadie va a hacerme caso!
Pero bueno, una agradable noche lluviosa, con todo y todo… Eventualmente les contaré mucho más de Mijas, porque pienso volver a menudo.