Después de que resultara que el pánico por la pandemia del N1H1 era más bulto mediático que otra cosa (al final resulta que este virus es de letalidad similar a la influenza “común”) y, encima, una injusta campaña de difamación contra nuestros amigos los cerdos, la semanita se anduvo parca de noticias sensacionales. Lo que no quiere decir que se haya abstenido de motivar reflexión.
¿Noticias sensacionales? Que dos personas a quienes aprecio mucho celebraron hace unos días la renovación de sus votos matrimoniales. Ante un grupo selecto de sus amistades, Joe Dressner y Denyse Louis reafirmaron su unión en una ceremonia oficiada nada más y nada menos que por el incomparable David Lillie, saxo barítono de la Widespread Depression Jazz Orchestra y copropietario de la mejor tienda de vinos de Nueva York, Chambers Street Wines.
Mil felicitaciones para Denyse y Joe y todos mis mejores deseos.
Tirando un poquito más arriba en el blog de Captain Tumorman me encontré con un enlace a un artículo interesante publicado anteayer por Mike Steinberger (sí, el del follón con Mark Squires) en Slate.com. Steinberger llega a la conclusión de que, en el caóticamente hiperpoblado mundo actual del vino, la mejor guía para el consumidor desorientado que busca interesantes opciones en vinos extranjeros es… ¡La contraetiqueta de un buen importador! Nos cuenta de como un importador talentoso es un personaje importantísimo a la hora de forjar “cultura de vino” en lugares donde quizás no la había antes, ejerciendo una labor entre curatorial, proselitista y comercial.
Steinberger habla de importadores que yo admiro y de cuyos portafolios compro en cantidad. Y recomienda también importadores cuyas contraetiquetas me repelen de la peor forma posible. En una publicación como Slate.com tiene que haber para todo el mundo, y todos tenemos preferencias y alguna que otra fobia justificada, ¿no?
En fin que esto de ensalzar a lo que es esencialmente un comerciante apasionado del vino como mejor orientador de consumidores despistados me lleva un poco por la ruta del recuerdo. En los ochentas, cuando a mí me dió por primera vez por ponerme a leer sobre y comprar vino, el consejo más común era “encuentra un tendero confiable y sigue sus recomendaciones”. Apenas surgían las revistas de los puntos y no estaba tan sobresaturado el medio, de manera que sí, era excelente idea llevarte de los dependientes de aquellas tiendas. Te atendían pacientemente, te hacían preguntas, establecían lo que podía gustarte y tu presupuesto y habitualmente te ibas a casa con una buena botellita para cenar. En Leo’s Liquors y Sun Liquors en Miami, durante mis primeros años universitarios, había gente así. Conocían su mercancía, te la explicaban si querías y se interesaban porque quisieras repetir la experiencia.
Un par de giros de sesera y va a resultar que Steinberger está abogando por algo similar. Sustituimos el vendedor de tienda por el importador y aquí tienes un experto de confianza, aplicando determinados criterios, para “recomendarte” un vino que puede gustarte. La relación no es tan directa e inmediata como la que tenía yo con aquellos dependientes en aquellas tiendas de los ochentas, pero ir a buscar la recomendación del gordo Sam en el emporio de vinos de mi barrio e ir a buscar la contraetiqueta de, digamos, Neal Rosenthal o Louis/Dressner, viene equivaliendo a casi lo mismo en cuanto a resultado final.
¿Puntos? ¿Criticos endiosados que se las dan de “objetivos”? ¿Reclamitos publicitarios de cuarta? ¡Pfffffffffffffffftttttttché! Ya vendrán algunos a acusarme de algo, pero les diré que siempre prefiero la relación inmediata con un comerciante de carne y hueso que, mirándome a la cara e intentando figurarse lo que quiero, me recomienda un vino. Y a falta de esa inmediatez, pues, si conozco las idiosincrasias y filosofías de tal o cual importador y me parecen convincentes, me valen. Las motivaciones últimas del gurú me son un misterio. Las del comerciante no.
¿Señala esto que sugiere Steinberger un cambio paradigmático de las relaciones industria-consumidor en nuestra cultureta del vino? ¿Clamamos colectivamente por comerciantes del vino que en verdad sepan de lo que hablan y puedan informarnos más allá de puntos y porquerías de ese orden? Pues muy pronto es para saberlo. Aunque parecería, por la profusión de noticias recientes que intentan mostrarnos que aquel dichoso péndulo de las narices no solamente muestra señales de vida, sino que se mueve veloz de un extremo hacia el otro.
Tomemos, por ejemplo, esta noticia en Decanter.com. Dos grandes de Burdeos salen en primer y segundo lugar en una cata competitiva contra vinos de diversos puntos de Europa y América, rompiendo con los usuales resultados de estas idioteces en las que, de un tiempo a esta parte (digamos desde 1976, más o menos) siempre “ganan” los supermegas neomundistas. ¿interpretable como un cambio de gusto en los jueces, que ahora prefieren la elegancia y la sutileza de un burdeos dizque clásico al poderío hortera de un turbopuntos? Puesssssss… No. Ahí sigue imperante la misma tontería que ha sido tan desastrosa para el vino y desembocado en la trivialista cultureta que hoy nos ocupa. Estas competencias, estos circuitos de seudo autoridad y seudopoder, este prestigismo fetichista (¿o es fetichismo prestigista?), esta necesidad patológica de encontrar “el más-más” en base a comparaciones especiosas… Esas cosas son las que nos tienen como nos tienen.
Llévame esta última sentencia a una nueva práctica para La otra botella y “Cositas y cosotas”. Dado que el distinguido se muestre propicio, incluiré en esta entrega de los viernes una “Cita de la semana” que vendrá de los comentarios a alguna de mis otras entregas. Noto que muchas veces la gente dice cosas brillantes en sus comentarios a mis posts y sus palabras podrían perderse en esos recovecos interiores, algo que quiero evitar, si puedo. La de esta semana es de ese Clamence virtual de la industria española del vino que nos regala sus bons mots esporádicamente en este espacio, alguien a quien aún no he conocido “en directo,” pero que me gusta considerar un amigo, el gran Errepé, que dijo:
“Cada vez bebo más agua, porque me decepciona cada vez más el vino.”
Podemos, quizás, esperar que “el vino” en general, como elemento cultural, se reivindique algún día, reclame su identidad. Podemos, quizás, esperar que esto ocurra mientras estemos aún vivos. Aunque puede que lo que tengamos que hacer es dejarnos de boberías y sencillamente concentrarnos en esos vinos que sabemos que valen la pena. Esta noche tenemos reunión de nuestro grupo de cata aquí en la capital dominicana. En honor a amigos, creo que llevaré algo con contraetiqueta de algún importador querido, a ver si da que pensar.
Por otro lado, sigue la crisis. Y siguen los análisis de las causas y consecuencias de la misma.
Recordando aquella época de la segunda mitad de los ochentas en Miami, fue cuando oí por primera vez esta canción de la divina Dra. Nina. Alguien la puso en una de esas noches en las que estábamos algunos amiguetes en casa de alguien. Yo habría llevado un buen zinfandel con 12.5% de alcohol, recomendado por alguien en una tienda. Los discos eran de pasta. El vino no lo bebíamos en copas Riedel o Spiegelau, sino en lo que apareciera. Sin reverencia. Agarrando del pasado y del presente por igual. Era el ritmo de una embrionaria cultura: