Archivo diario: mayo 14, 2009

Shiraaaaaaazzzz, con una gota de syrah…

Me asaltó una duda inmediatamente que acordamos el tema de “Syrah/Shiraz” para la más reciente reunión del joven grupito de cata que tenemos montado aquí en Santo Domingo. Hacía mucho que no consumía tintos australianos. ¿Seis años? ¿Siete? ¿Más? Recuerdo como si hubiese sido ayer aquel fin de semana en Michigan para el MoCool 2000—Below the Belt (aquellos con buen ojo reconocerán, en una de las fotos que acompañan a ese artículo de la Wine Lovers’ Page, a cierto bloguero). Alcoholes inmensos. Maderámenes insoportables. Extracciones impensables. Las más torpes acidificaciones imaginables.  Llanto. Rechinar de dientes. Trauma general. Cicatrices indelebles en el paladar y el alma.

Es que en mi memoria hay muy poco de positivo asociado al vocablo “shiraz”. “Syrah” ya son otros veinte pesos, particularmente si es del norte del Ródano y de alguno de esos elaboradores terroiristas que me chiflan.

Pero bueno, había que abrirse de mente y dejarse llevar. Con suerte, lo de volver a abordar vinos australianos no sería taaaaaaaan grave.

Llegamos casi todos los habituales a Don Pepe, uno de los mejores restaurantes españoles de Santo Domingo. Estaban Elizabeth Peña, Jose Antonio Alvarez y su esposa Cecilia, Elías del Llano y su esposa  Shahily, Práxedes Castillo y su esposa Maribel. Yo había ido solito. Josie andaba por Nueva York, para variar.

Esa tarde había yo pasado largo rato delante de la neverita de vinos en mi casa, pensando en qué podía aportar a la velada como aperitivo. Difícil estaba lo de encontrar syrah vinificado en blanco. También lo de un blanco del Ródano, pues muy pocos son los que compro con asiduidad. Había que buscar una conexión por otro lado y al final encontré una tenue. Mi syrah era del 2004. El blanco lo sería también, aunque de un lugar muy distinto.

Pues comenzamos con el Movia, Ribolla, Brda, Goriska, Eslovenia 2004. En realidad no tomé notas detalladas sobre este vino, pues es viejo amigo de La otra botella y mi apreciación, a decir verdad, no distó mucho de la última nota sobre él que aquí publiqué. Salino, graso, con mucho de polen y frutas de hueso. Largo y constantemente cambiante en boca, con excelente nervio. Uno de esos vinos que provocan tanto a beber más como a pensarlos.

Mi otro aporte cayó poco después, justo según llegaban quesitos y charcutería a la mesa. No sé exactamente por qué no propuse que lo dejáramos para más tarde. Quizás me temía que fuese muy ligero y quedase apabullado por los vinos más grandes que seguro aparecerían luego. Pero el Eric Texier, “Domaine de Pergault” Vieilles Vignes, Brézème, Côtes du Rhône 2004 en realidad, si bien elegantísimo, esbelto y muy erguido,  no es ningún “peso pluma”. 100% syrah de vides de sesenta años o más en una parcela muy especial de Brézème, éste siempre ha sido para mí uno de los vinos más interesantes del bueno de Eric. Pueden ver la ficha técnica-histórica aquí.

Había decantado la botella hora y media antes de salir de casa, devolviendo luego el vino a la botella y recorchándola. NO pareció haber tenido esa doble decantación gran efecto a los primeros minutos de servir el vino en Don Pepe. El aroma era sutil, con delicada floralidad y notitas ahumadas. Pero en un rato el vino comenzó a crecer en la copa, dando tonos de aceituna, té negro, polvo de cantera, caballo sudado y fruta negra purísima. Luego las flores cobraron protagonismo. En boca es un vino con muy buen cuerpo y suculencia frutal, pero a la vez de muy notable tensión. Tánico y con vibrante acidez. Por momentos parecía un poquito recogido de posgusto, pero no. Es de los que te engañan disipándose un momento y luego abriéndote un abanico de sabores y texturas en la boca. Claro, difícil explicar que esa “apertura de abanico” no ocurre como un grand geste o una explosión, sino discretamente.

Un bebé del que me alegra haber guardado bastante, pues su mejor momento aún está lejitos.

Elizabeth, vino, jamones...

Lo que siguió después me devolvió de una patada al MoCool 2000… El Jim Barry, “The Armagh”, Shiraz, McLaren Vale, Australia 2001 era precisamente todo lo que tiendo a temer de esos tintazos australianos. Un explosivo coctel de pasas, eucalipto y  volatilidades extremas—entre removedor de pinturas y spray de pelo de aquel Final Net que usaba mi abuela—con su 15% de alcohol bien reventado en nariz y boca. Masivo e incómodamente abrasivo al paladar. Como ponerse un pesado suéter de lana en pleno Caribe, vamos… Eso sí, a su inmenso, torpe y quemante modo aún sigue vivo—como en suspensión animada—cosa que me sorprendió y hasta me resultó irónica, considerando el fatal momento que viven en el mercado mundial los ultrapremium australianos. Raras criaturas, estos supervinos que han estado de moda en los últimos quince años, sí señor.

Que siguiera otro australiano era algo que en realidad no me reconfortaba para nada. Pero aquí una agradable sorpresita cortesía de Elías: El Penfolds, “RWT” Shiraz, Barossa Valley, Australia 1998 no estaba mal. Grandote, musculoso, goloso y con una dosis muy considerable de roble americano, probablemente nuevo, éste no sería el tipo de vino hacia el que yo gravitaría naturalmente. Pero no me disgustaba. Frutas rojas en licor, especias y madera logran una cierta integración, por lo menos hasta el final-final, en que el vino torna un poco secante.

Un poquito de cochinillo, un poquito de paletilla de cordero… Y cayó el Paul Jaboulet Ainé, “La Chapelle”, Hermitage 2000. La Chapelle es un vino del que he probado muchas añadas, varias de ellas que justificaron ampliamente su reputación. Sin embargo, las añadas recientes (pienso, digamos, entre 1994 y el 2003)  que he consumido me fallaron todas. Siempre me encontraba intentando explicar a algún principiante que no, eso en realidad no es el vino que mereció aquella gran fama. Claro, ha pasado lo mismo con muchas marcas históricas en las últimas dos décadas. Perfiles han cambiado, precios han subido, etc., etc.

La más concisa explicación que he visto de lo ocurrido chez Jaboulet—y lo que implica para los que conocieron la época de gloria de La Chapelle—la dió Jancis Robinson hace unos años. No reproduciré. Miren ustedes mismos el artículo.

En fin, que este 2000 correspondió casi exactamente a la breve descripción que da la Sra. Robinson. Ligero y sospechosamente abierto, sugiere una evolución mucho mayor que la que hubiese presentado en otros tiempos un La Chapelle de su tempranísima edad. Los aromas son agradables—arándano, frambuesa, aceituna negra, comino, regaliz, silla de montar—pero carecen de la gravitas que debe tener un joven gran hermitage, al menos a mi entender. Un côtes du rhône sencillo, sí, pero no una de las insignias de Hermitage… En boca es sencillo y vivaz, con buena mordida acídica en un final medianito. Se bebe muy bien, particularmente con cochinillo, pero choca que resulte un vino trivial.

JOsé Antonio, botella de Grange, Blackberry, enigma...

José Antonio, botella de Grange, Blackberry, enigma...

Hablando de vinos que se mostraban muy avanzados para su edad, el que nos trajo José Antonio fue el Penfolds, “Grange”  Shiraz, South Australia 1995.  Contaba yo a los amigos en la mesa que en alguna ocasión me tocó probar una vertical de Grange en la que aparecieron varias de las primeras versiones elaboradas por Max Schubert.  Eran vinos que, a su casi medio siglo de edad, aún denotaban que habían sido creados para evolucionar a paso glacial. Hablaban ronco y pisaban fuerte, tras tanto tiempo. Eso se me quedó grabado en la mente y marca todas mis expectativas en cuanto a Grange se refiere. Ah, no recuerdo que ninguna de aquellas botellas viejas pusiera “Shiraz” en la etiqueta. Deben ser cosas de ahora.

Este 95, aunque obviamente jovencísimo, se mostraba bastante accesible, cosa que definitivamente no me esperaba. La primera olida me hizo pensar en barriles en alguna destilería de Tennessee… Mucho roble americano. Muchísimo. Y nuevo. Aromas de bourbon, especias pasteleras, tierra, cuero, anís  y fruta negra muy madura que se presenta como una masa impenetrable. Resulta un poco sobrecogedor, así sin más. Pero si le das una oportunidad te deja entrever encantos y te crea la ilusión de que puede eventualmente integrarse muy bien. Grande en boca. Poderoso. El roble se te mete en todas partes, pero va acompañado de mucha sustancia. Es un peculiar equilibrio de cantidades colosales lo que hay aquí. Y no me desagrada. Largo, grave de voz y mullido, va apretándose y poniéndose seriote al final.

Reitero que no me hubiese esperado tal accesibilidad de un Grange tan joven. Pero aquí fallar a mis expectativas resultó algo positivo, fíjense.

Interesante grupo de vinos. Y fenomenal grupo de amigos con los que espero compartir una buena cantidad de noches más con vino y excelente compañía. Ya hasta tenemos otro tema atrevido para la próxima…