Todavía no puedo creer que esta mañana, en un comentario veloz, llamé a mi propio blog “la hoja de reclamaciones de la cultureta enoconsumista”, o algo por el estilo. Creo que recordándolo lo he ido mejorando. No sé. ¿Qué importa?
Para variar, les contaré una nochecita feliz. Era viernes y yo estaba decidido (a) a cenar en mi cama, viendo un par de episodios de Aquí no hay quien viva en DVD, (b) a romper momentáneamente la dieta de las ensaladas, que ya comenzaba a cargarme un poco, y (c) a abrir algo interesante de chardonnay, porque había tenido que sufrirme recientemente un par de ejemplos californicados de lo que esa noble uva no debe ser.
Preparé un sencillo risotto de legumbres diversas y queso de cabra. Dadas las limitaciones del mercado local en cuanto a vegetales frescos de alta calidad, un par de las legumbres en cuestión eran de infinitamente menor nivel que el que hubiese preferido. Pero bueno, aquí estoy y me quedo. Con lo que hay sobrevivo en lo que (a) acabo de decidirme a comprar la tierra y comenzar mi propio cultivo, o (b) a alguien se le ocurre ponerle un poco más de amor a su producción.
Nada, que el plato final tampoco quedó feo ni estuvo nada mal. Uno logra. Por cierto, los puntitos negros que se ven sobre el risotto y el plato en la foto son de una excelente sal volcánica que me regalaron. Muy compleja de sabores, para sal. Y negra, fíjense ustedes.
Lo del vino fue de bastante fácil decisión. Desde hacía unos días en una de las neveras de casa me miraba a la cara el Bernard Morey, “Les Embrazées”, Chassagne-Montrachet 1er Cru 2000. Botella única en mi haber. No recuerdo cuando la compré. Me salió de una caja en una de mis visitas al almacén donde guardo el vino en Nueva York y decidí traérmela para despacharla pronto. Con tanta historia de terror sobre oxidación prematura en borgoñas blancos (yo soy responsable de un puñado de esos cuentos, dicho sea de paso), ésa es una estirpe de vinos en la que—poco característico en mí—antes parece mejor que después.
Que no, que no hay catástrofes hoy… En un principio, un tonito almendrado en la nariz nos preocupaba un poco tanto a Josie como a mí. Pero no era la temida oxidación precoz. El vino, con un poco de aire, comenzó a erguirse y mostrar capa aromática tras capa aromática: Mazapán, chocolate blanco, melocotón, mandarina, melón, aceituna verde, humo y fina mineralidad talcosa. Hay una nota sulfurosa de fondo inicialmente también, pero se disipa pronto.
Amplio en boca, con cítricos dulces y carnosidad melonesca, pero todo alrededor de un centro firme, tenso. Posgusto muy largo, cremoso, con sutiles vainillas asomándose desde atrás de una oleada cítrico-mineral. No tremendamente complejo, la verdad, pero un placer de beber ahora mismo y un buen complemento para mi risottín.
Si toda la televisión fuese como Aquí no hay quien viva, sería yo un adicto perdido a la caja tonta en vez de a esto de la interné.
Por lo de ambientar como se debe la narración de esta cenita, una de Van Hunt que le va superbién—aunque en la superficie suene un poco triste—al arte de sacarse platos y vinos de la manga en cualquier circunstancia…