Domingo por la mañana en Santo Domingo. Anoche, antes de acostarme, me leí un artículo muy interesante que había impreso. Me viene de un enlace proporcionado por SFJoe en Wine Disorder (Joe, a su vez, recibió dicho enlace de Alice Feiring, según nos dice). El artículo es una entrevista con Clark Smith en la revista Wines & Vines. Smith, fundador de la firma Vinovation, es uno de los principales proponentes de la remoción de defectos en el vino (alcohol excesivo, acidez volátil, bretanomices, etc.) a base de tecnologías como la osmosis inversa. Además, es un gran defensor de los chips de roble, entre otras cosas. Ha sido una especie de “Dr. Evil” para Alice Feiring desde hace tiempo y he observado yo con muchísimo interés sus debates a lo largo de los años.
Cuando me dormí, tuve un breve sueño en que la culminación de la Battle for Wine and Love de Alice culminaba con un flechazo tras una airada discusión en directo con el Sr. Smith. Acababan como una de esas “parejas disparejas” donde un integrante es facha y otro ultraliberal. O algo así. Hasta tenían su propio programa en la tele.
Pero suficiente ya sobre mis sueños, que son siempre rarillos y casi nunca de interés público. Espero que los anglolectores entre ustedes disfruten de esta entrevista, que da muuuuuuuuucha tela por cortar. Los no anglolectores, pues, una pena, porque se van a perder al individuo que declara cosas como:
Los enólogos están muy confusos, justo cuando una revolución de medios sociales demanda de ellos respuestas claras y honestas. Más que nunca, los consumidores se ven inspirados a amar el vino como “lo único puro” e inalterado por la manipulación tecnológica del siglo XX. La falta de hablar clara y directamente por parte de los enólogos ha dado lugar a toda una generación de pirañas que se ganan la vida devorando a enólogos mal preparados, los pobrecitos. Esos depredadores han aprendido que pueden mercar en torno al miedo creciente que siente el público hacia la tecnología aplicada en el sagrado campo de la enología. Aunque los amantes del vino no estén de acuerdo en lo absoluto con esos sensacionalistas, no pueden evitar sentirse atraidos por su retórica (Mi traducción).
No que me gane yo la vida en esto. Es más, no que me quede clara la posibilidad de ganarse la vida discutiendo con tecnólogos de la enología a los cuales les falla el chip del claro hablar. Pero no puedo evitar sentirme parte de lo que ahí se discute… ¿Pirañas? Como diría mi hijo: ¡Guau, papá!
Pues a ver, a gozar y luego me cuentan. Ah, y por favor no dejen de echarle una buena ojeada a la discusión de Wine Disorder en torno a este tema, que está güeníiiiiiiiiiiiiijimaaaaaa…
Un videillo, para que no me les dé mono. Descubierto gracias a nuestro enópata amigo, Juan Ferrer y otro amigo más, que colgaron otras del mismo artista en el Facebook, aquí tienen a una especie de Chet Baker andalú llamado Toni Zenet. Vamos, que muy domingo por la mañana, molletes y café a mi manera:
Incluso iba a hacer un pequeño homenaje a Farrah Fawcett, cuyo icónico poster del bañador rojo fue único responsable de mi primer gran choque con mis hormonas, allá en la distante galaxia de mi preadolescencia.
Jesús Barquín, quiero decir. Tocó la grata coincidencia de que Jesús Barquín estuviese en Manhattan con su familia en el preciso momento en que llegaba yo. Aunque sus actividades de turisteo no le dejaron mucho rato para bebienda con enómanos amigos, algo se dió y pude verle, lo que es digno de celebrar.

















De vez en cuando se ve un nombre femenino en las secciones de comentarios de este blog. O igual me encuentro en un evento del vino de tantos a los que asisto, delante de Alice Feiring, o Sharon Bowman, o hasta Elizabeth Peña… No es que no existan muchas mujeres del vino ya. El mundillo está lleno de destacadísimas profesionales de muy diversos países: Desde hacedoras de vino hasta escritoras de vino pasando por sumilleres, ejecutivas del vino, etc., etc.
Al entrar al sitio, algo me resultaba sumamente familiar. Era el mobiliario. Tenía la impresión de haberlo visto en otra parte. Pregunté a la chica que nos condujo a la mesa y resulta que todo el diseño del sitio es de Ligne Roset (cosas de trabajar en el negocio del mueble, amigos, que uno siempre tiene las referencias claritas). El decorado es sencillo y elegante. Particularmente me gustaron los apliqués que iluminaban las paredes. Eran especie de pequeños pomos metálicos que proyectaban sobre la pared la silueta de un chandelier barroco. Muy simpático toque.
Lo que pedí yo mostraba una tendencia mediterránea, que no iberista. Mollejas crujientes sobre romesco con ensaladita de frisée primero, luego lubina al horno sobre alcachofas bebés con caldo que, si mal no recuerdo, era al azafrán. Simplicidad. Elegancia. Ambos platos, perfectos. Apiary es un sitio que puedo recomendar. Su estelar chef está—hay que decirlo—en plena forma.
Eso sí, alguito que no me impresionó: La carta de vinos. Quizás es que las curiosidades en aquella carta de Indigo o los tesoros de Veritas me crearon expectativas irreales, pero había muy poco de verdaderamente interesante para mí en