Archivo mensual: junio 2009

¡Pirañas!

Domingo por la mañana en Santo Domingo. Anoche, antes de acostarme, me leí un artículo muy interesante que había impreso. Me viene de un enlace proporcionado por SFJoe en Wine Disorder (Joe, a su vez, recibió dicho enlace de Alice Feiring, según nos dice). El artículo es una entrevista con Clark Smith en la revista Wines & Vines. Smith, fundador de la firma Vinovation, es uno de los principales proponentes de la remoción de defectos en el vino (alcohol excesivo, acidez volátil, bretanomices, etc.) a base de tecnologías como la osmosis inversa. Además, es un gran defensor de los chips de roble, entre otras cosas. Ha sido una especie de “Dr. Evil” para Alice Feiring desde hace tiempo y he observado yo con muchísimo interés sus debates a lo largo de los años.

Cuando me dormí, tuve un breve sueño en que la culminación de la Battle for Wine and Love de Alice culminaba con un flechazo tras una airada discusión en directo con el Sr. Smith. Acababan como una de esas “parejas disparejas” donde un integrante es facha y otro ultraliberal. O algo así. Hasta tenían su propio programa en la tele.

Pero suficiente ya sobre mis sueños, que son siempre rarillos y casi nunca de interés público. Espero que los anglolectores entre ustedes disfruten de esta entrevista, que da muuuuuuuuucha tela por cortar. Los no anglolectores, pues, una pena, porque se van a perder al individuo que declara cosas como:

Los enólogos están muy confusos, justo cuando una revolución de medios sociales demanda de ellos respuestas claras y honestas. Más que nunca, los consumidores se ven inspirados a amar el vino como “lo único puro” e inalterado por la manipulación tecnológica del siglo XX. La falta de hablar clara y directamente  por parte de los enólogos ha dado lugar a toda una generación de pirañas que se ganan la vida devorando a enólogos mal preparados, los pobrecitos. Esos depredadores han aprendido que pueden mercar en torno al miedo creciente que siente el público hacia la tecnología aplicada en el sagrado campo de la enología. Aunque los amantes del vino no estén de acuerdo en lo absoluto con esos sensacionalistas, no pueden evitar sentirse atraidos por su retórica (Mi traducción).

No que me gane yo la vida en esto. Es más, no que me quede clara la posibilidad de ganarse la vida discutiendo con tecnólogos de la enología a los cuales les falla el chip del claro hablar. Pero no puedo evitar sentirme parte de lo que ahí se discute… ¿Pirañas? Como diría mi hijo: ¡Guau, papá!

Pues a ver, a gozar y luego me cuentan. Ah, y por favor no dejen de echarle una buena ojeada a la discusión de Wine Disorder en torno a este tema, que está güeníiiiiiiiiiiiiijimaaaaaa…

Un videillo, para que no me les dé mono. Descubierto gracias a nuestro enópata amigo, Juan Ferrer y otro amigo más, que  colgaron otras del mismo artista en el Facebook, aquí tienen a una especie de Chet Baker andalú llamado Toni Zenet. Vamos, que muy domingo por la mañana, molletes y café a mi manera:

Cositas y cosotas: 26.06.2009

Una cosota que se lo tragó todo, en realidad… Iba a escribir una cartita cariñosa y consoladora a todos mis encorbatados amigos de la industria del vino que esta semana tuvieron que zumbarse ese más incordio de todos los enoshows corporativos: Vinexpo. Más de uno conozco cuyo dolor de pies en esa feria está directamente relacionado con un punzante dolor en el alma. Yo una vez hace diez años, ignorando muchas cosas acerca de la cultureta del vino, estuve en Vinexpo. Una experiencia que me marcó. Iba a meterme en el negocio del vino como importador y no lo hice, tanto fue lo que me perturbó aquella experiencia.

Vinexpo este año no ha estado sin follones cómicos. No solamente están los que se reportan en medios masivos (ese suena un poco a Aquí no hay quien viva, ¿no?). También están todos los chimentitos que te llegan por e-mail  o por Facebook. Mucha cosita y cosota.

Incluso iba a hacer un pequeño homenaje a Farrah Fawcett, cuyo icónico poster del bañador rojo  fue  único responsable de mi primer gran choque con mis hormonas, allá en la distante galaxia de mi preadolescencia.

Pero todo se lo cargó la noticia, ayer tarde, de la muerte de Michael Jackson.

Fue de mucho debate la noche de anoche. Gran cantidad de gente insistía en hablar del “legado del Rey del Pop” como algo a admirarse sin reserva alguna. Pero el padre de niños pequeños que soy puede más que el amante de la música que también soy. La última década y media de la vida de Michael Jackson me resultan demasiado perturbadoras. Las acusaciones de abuso de menores. La locura que lo llevó a convertirse en un espantajo siniestro a base de cirugía plástica. La total inercia creativa… Hablar del “legado del Rey del Pop” es hablar de algo asquerosa e indeleblemente manchado por el comportamiento del hombre trastornado detrás de la figura artística. Por un lado siento gran tristeza ante la muerte de un entertainer de talento inmenso e influencia infinita. Pero también no puedo evitar pensar que Michael Jackson, el artista, murió a finales de los ochentas, después de Bad.

Y entonces están las cirugías plásticas, el circo mediático y, sobre todo, los niños. Perdonen la crudeza, igual que la tristeza: De repente,  el gran astro que tanto brillaba se revelaba hecho de mierda incandescente. Me era imposible encontrar la manera de vindicar a Michael Jackson y, ahora que ya no está, los vítores me parecen absurdos.

¿Podría yo rendir tributo a Michael Jackson en la ocasión de su deceso? Pues sí y no. Una canción suya me viene a la mente. La imagino conspicuamente ausente de los “maratones Michael Jackson” con que seguramente castigarán al mundo las emisoras de radio populacheras en los próximos días. De hecho, la imagino interpretada a duo por dos difuntos, Jackson cantando y el inimitable Miles con su trompeta tan roja como el traje de baño de Farrah. Porque a Miles Davis, en sus últimos años, le gustaba mucho interpretar esa canción de Michael Jackson. Una canción sensual, provocadora, pero a la vez sinuosa, conflictuada, con demonios a flor de piel… Así, más o menos, como Michael Jackson.

Hablar hoy de esto era inevitable. Quizás tan inevitable como resumir su extraña vida en una línea de la canción que digo. Y si reguntan por qué, díganles que es naturaleza humana.

Viñetas de Manhattan 4: Carne, candela y Jesús…

Jesús Barquín, quiero decir. Tocó la grata coincidencia de que Jesús Barquín estuviese en Manhattan con su familia en el preciso momento en que llegaba yo. Aunque sus actividades de turisteo no le dejaron mucho rato para bebienda con enómanos amigos, algo se dió y pude verle, lo que es digno de celebrar.

Resulta que ese domingo, después del 10th Annual Birthday Jeebus, era la barbacoa anual que celebra Keith Levenberg (admirado autor de The Picky Eater, bon vivant y compañero ocasional mío de bebiendas diversas…) y Josie y yo estábamos invitados. Jesús también y prometió aparecer en cuanto ya no hubiese más turisteo y la familia le diese libertad.

De plano les digo que no utilicé mi libreta de apuntes. Preferí la cámara, dada la tremenda vista del atardecer sobre Manhattan desde la azotea del edificio de Keith. Mucha convivialidad y unos cuantos vinos excelentes. Tuve el gran placer de conocer a y compartir un buen rato de charla con Neil, el de Brooklynguy, un blog que he seguido durante buen tiempo.

Creo que esta vez no escribiré mucho, dejando que las imágenes hablen, que dicen mucho más ellas solitas…

Josie junto a Brooklynguy.

Keith, nuestro genial anfitrión y dueño del fuego.

Keith, nuestro genial anfitrión y amo del fuego.

Muchos tipos de carne devoramos, toda sensacional: Sirloin, churrasco, albóndigas de cordero, hamburguesas. La revelación de la tarde para Josie, eso sí, fueron los increibles perros calientes a la brasa. Nunca ha sido de este tipo de comida mi mujer, pero a estos les entró con un gusto inusitado.

Muchos tipos de carne devoramos, toda sensacional: Sirloin, churrasco, albóndigas de cordero, hamburguesas. La revelación de la tarde para Josie, eso sí, fueron los increibles perros calientes a la brasa. Nunca ha sido de este tipo de comida mi mujer, pero a estos les entró con un gusto inusitado.

Cae la tarde sobre el Hudson...

Cae la tarde sobre el Hudson...

El verdadero Jay Miller, con vino y esa puesta de sol. Del elenco de la noche anterior también estaban en la barbacoa Michel Abood y Verónica.

El verdadero Jay Miller, con vino y esa puesta de sol. Del elenco de la noche anterior también estaban en la barbacoa Michel Abood y Verónica.

Se tardó hasta la noche, pero al fin llegó. Los Camblor. Barquín.

Se tardó hasta la noche, pero al fin llegó. Los Camblor. Barquín.

Algunos vinos de la tarde. El Lessona 2003, por cierto, fue el que me salió corchado. La suerte: Que al otro día pude llevarlo enterito a la tienda y me cambiaron la botella sin problema ninguno.

Ya sé que es muy poco característico—incluso bastante desconcertante—de mí obviar los vinos. Cosas pasaron por mi copa. Algunas las recuerdo claramente, otras no. De los vinos del Equipo Navazos cayeron dos, uno cortesía de Brooklynguy, el otro del propio Jesús Barquín, que nos trajo. Ya me aclarará alguien cuál trajo cual, pero recuerdo que fueron un La Bota de Fino “Macharnudo Alto” No. 7 (creo) y la más reciente edición de La Bota de Manzanilla. Ambos espectaculares como la puesta de sol, marinos y provocadores tanto intelectual como sensualmente. También cayó un elegantísimo Michel Lafarge, Beaune-Grèves 1996, de perfume divinamente sutil y estructura impecable. Y un mágnum de Robert Mondavi, Cabernet Sauvignon “Reserve”, Napa Valley 1979, prueba fehaciente de la impresionante belleza que podían alcanzar los grandes vinos californianos de otra época, cuando aún no había cundido la tendencia al enotecnoesperpento  de los últimos quince años.  Otro ejemplo de nobleza californiana era el Ridge, Petite Sirah “York Creek”, Napa Valley 1990. Denso. Profundísimo de color y básicamente suspendido en el tiempo en cuanto a evolución. Pero delicioso. Un vino envolvente, rústico y auténtico. Yo me traje conmigo, entre otras cosas (una de las cuales me salió corchada), un Bodegas Riojanas, “Monte Real” Gran Reserva, Rioja 1981. Excelente botella de este viejo amigo, que está en un muy buen momento de consumo, aunque todavía le falta camino por recorrer. Enérgico y firme de carnes, especiado y con acentos férricos muy en plan Nuits-Saint-Georges. Bello vino. Joven aún. Además, recuerdo que Barquín nos trajo un Bodegas Bilbainas, “”Gran Zaco” Gran Reserva, Rioja 1962. Precioso color atejado y una nariz muy provocadora, aunque de boca ya va de capa caida.

¿Qué puedo decirles? Otra fiesta desenfadada, generosa en amigos viejos y nuevos y excelentes vinos. No tengo como agradecer a Keith Levenberg la invitación y a Jesús Barqu”in el esfuerzo por unírsenos, aunque sólo fuese un ratico… Este tipo de reunión es precisamente la que me hace valorar tanto a aquel grupo neoyorquino cuando estoy en la ciudad y extrañarlo cuando no estoy.

Viñetas de Manhattan 3.3: El cumpleaños

¡Que sí, que llegó Joe Dressner, acompañado de su esposa Denyse y todo!

Captain Tumorman & The Latin Liquidator: Mucha fue la coña de orden separados al nacer al hacer Josie esta foto. Somos una comedia de televisión en busca de autor...

Captain Tumorman & The Latin Liquidator: Mucha fue la coña de orden "separados al nacer" al hacer Josie esta foto. Somos una comedia de televisión en busca de autor...

Les salí al encuentro efusivamente, porque verles a ambos y expresarles lo mucho que les aprecio es algo crucial para mí. Vamos, que ver a Joe Dressner es algo que me motiva a dar cariño, fíjense ustedes. Y es que me encanta la cara que pone Joe cuando vas a darle un abrazo. No es de abrazos.

Pronto fuí desplazado en mis efusivas muestras por una marea humana que me dejó sentado al otro lado del salón y ocupó a Dressner con una botellita de sake2me, bebida dizque a base de saké sobre la cual Joe ha tratado muy abundantemente en su blog Captain Tumorman.

De hecho, ocurrieron cosas en torno a la botellita, que Brad Kane tenía guardada en su frigorífico a manera de sorpresa cuando apareciese Dressner. Dejo que el mismo Captain Tumorman explique en sus páginas, que yo ni me atreví a meterme en ese folloncete.

En mi copa, no sé como, tenía algo de un Cavalotto, Riserva Bricco Boschis, Vigna San Giuseppe, Barolo 2000 que estaba o en una etapa nefasta de su desarrollo, o simplemente nefasto, no sé decirles. Presa de un mutismo casi total, con queda fruta negra envuelta en lana mojada y sepultada a unos cuantos metros bajo tierra negra. Masticable. No, masticabilísimo. No, acojonantemente tánico, cosa que no es buena cuando lo agradable que precede es tan poco como parecer casi nulo. Acaba con desagradable  amargor cuasivegetal.

Noche de extremos, en cuanto a tintos.

Para que vean que me mantengo firme tomando notas, aún en circunstancias extremas.

Para que vean que me mantengo firme tomando notas, aún en circunstancias extremas.

Había tertulia en la mesita del estar en torno a unos cuantos vinos de postre. Se oyeron varios “pips” de mi bombita de insulina al administrarme la dosis requerida para lidiar con el Château Rayne-Vigneau, Sauternes 1971 y todo lo demás que vino después.

Bonito vino dorado con brillo cobrizo, hasta entonces desconocido para mí,  este Rayne-Vigneau. En un excelente momento de consumo, digo yo.  Cera caliente, limón en conserva, cáscara de naranja, melocotón, humo y jengibre en una nariz elegante. En boca se las arregla para ser carnoso y dulce, pero a la vez ligero y grácil. Delicioso y largo, con una cierta granulosidad al final que me recuerda a piel de ciruela.

Château Rieussec 1988

Château Rieussec 1988

Siguió el Château Rieussec, Sauternes 1988: Preciosa nariz de jengibre, anís, semilla de cilantro, agua de río, lirio, limón dulce y albaricoque. Más opulento que el anterior al paladar, pero no demasiado dulce y con una cierta acuosidad muy agradable en el medio. Final largo, con sabrosa mordida cítrica y acentos especiados.

Incurriendo en franca imprudencia, decidí probar también el Monarchia, Tokaji Aszù “6 Puttonyos” 1999. Desde una vez que visité Hungría allá a principios de los noventas me ha hecho mucha gracia la palabra “puttonyo” de una forma que admito es sumamente pueril. Pero no sé para que traigo eso a caldo… Huele a azahar, piedras, limón en conserva y mirabelle este tokaji. Primario en boca. En la frontera de lo tolerable para este diabético fácilmente empalagado. En boca hay un aspecto de bonbones de limón que me distrae. Un vino primario, con excelente amplitud. Masticable y muy cítrico en el posgusto.

Hasta ahí lo por mí bebido en una noche muy especial, aunqeu más vino por probar había. Hace poco más de un año que dejé Nueva York para venirme a vivir a Santo Domingo y, considerando que no me he perdido todavía un Birthday Jeebus de estos de Kane, es como si no me hubiese marchado nunca. En el taxi al hotel le decía a Josie: “¿Ves? Esto es lo que más extraño. Esto es lo que me hará regresar siempre…”

En honor a una bonita fiesta, les dejo una bonita imagen de Don Rice tomada y photoshopeada por este servidor de ustedes. En su copa hay sauternes.

Viñetas de Manhattan 3.2: El cumpleaños

No he dicho nada de la comida, pero todo el mundo se lució. JOsh Raynolds, como en tantas otras ocasiones, nos dió muestras de los poderes mágicos que tiene con cerdo y la ahumadora. Las costillitas que trajo (y un gumbo que sirvió de preámbulo) estaban sensacionales.

Kane, con la carne en la cara...

Kane, con la carne en la cara...

Yo, aprovechando precisamente la sensación que causaban las costillitas, aproveché para colar un tinto que había traido en plan experimental. Es que la botella salió de una de las cajas que abrí en el almacén y me dije que no había gran utilidad en seguirle dando el espacio. Se trataba del Pasanau Germans, “Finca La Planeta”, Priorat 1996. Eran otros tiempos. Cuando yo todavía me atrevía con un vino nuevo de alguna “región emergente” de ésas que dicen… De esto compré un par de botellas y abrí una cuando salió al mercado. En aquellos tiempos cargaba una cantidad insufrible de carpintería. Claro, yo me tragaba la patraña (que, por cierto, algunos morrudos aún insisten en venderte) de que “la madera se integrará” y puse esto de lado, olvidándolo completamente.

Pues ahora no sorprende. Es un cadáver en un ataud de roble nuevo. Velitas con olor a vainilla, hinojo, chocolatinas, guisantes y leche de coco… Si hay algo más—léase fruta o algún otro elemento de interés—es absolutamente marginal, apabullado por el barricazo. No puedo ni siquiera imaginarme un universo paralelo donde esto sea deseable. Pero bueno… Lo dejamos de lafo rapidito.

Sigue otro vino que, en su más temprana juventud, también cargaba bastante roble. Pero a diferencia del priorat, el Château La Roque, “Cupa Numismae”, Pic Saint-Loup 2001 sí que parece haberse tragado el tablón. Carnoso, con sus vainillas y canelas presentándose sutiles, sin delirios protagónicos. Jugoso en boca, pero aprieta en el paladar medio con taninos de cuidado. La fruta se siente fresca y redonda, con un toquecito polvoriento. El posgusto comienza sedoso, luego saca textura tánica. Excelente tensión en un tinto potente donde un poquito de rusticidad resulta encantadora.

Estoy contractualmente obligado a publicar aquí esta imagen de Chris Coad, como prueba de la asistencia a la fiesta de tan reclusivo personaje.

Estoy contractualmente obligado a publicar aquí esta imagen de Chris Coad, como prueba de la asistencia a la fiesta de tan reclusivo personaje.

Otra contribución mía fue una botella de Domaine du Pegau, Châteauneuf du Pape a la que no se le veía la añada por ningún lado. Al parecer se le había caido la banda de cuello que ponía esa información. Me la regaló un amigo que importa el vino en el centro de EEUU. Por la fecha del regalo más o menos triangulamos la cosecha a 1995 ó 1996. Por el carácter del vino—descarnado, sin foco ni verdadero centro, con cierta tonalidad vegetal—podemos deducir añada sin el calor típico de la zona, quizás lluviosa. ¿1995?

LOs dos tintos que aporté habían sido plastas. Estaba por lamentarme cuando me echaron en la copa el Jean Foillard, “Côte de Py”, Morgon 2007. Delicioso gamay que apunta directito a mi corazón. Fresas y cerezas  frescas con sobretonos de clavo dulce, humo, u deje de dulce de guayaba y un montón de granito. Vibrante, suculento y largo. Rico de verdad.

Como es enteramente posible que nadie me crea, aquí tienen la etiqueta del vino de Brad Kane.

Como es enteramente posible que nadie me crea, aquí tienen la etiqueta del vino de Brad Kane.

Kane se me acercó con una botella de algo que él decía “haber mezclado”. Temía un experimento casero que, considerando de lo que es capaz mi amigo, podía ser… Bueno, eso, peligrosillo. Luego Brad me aclaró que había ganado un concurso cuyo premio era crear su propia cuvée de zinfandel de la bodega californiana Seghesio. Así tenía yo delante ahora el Seghesio, “El Armadillo” Ambassador Zinfandel “Blended by Brad Kane”, California 2007 y, para mi sorpresa, estaba, estaba sumamente potable.

Frambuesa y fruta azul, especiadas y con buena acidez. Bueno, y flan. Que esto huele mucho a flan. Un vinote morado, mullido, inmediato y goloso, que está muy requetebién dentro de su género. Enhorabuena a Mr. Kane. Casi que ni me lo creo…

Hablando de vinos hechos por gente amiga, también teníamos una botella del Ominous Logic, “Cuvée Jérôme Kerviel“2007, que según entiendo fue elaborado por Eden Mylunsch, activo participante de Wine Disorder. Otro cremoso, moradote y madurón. Fruta grandota y amigable, sanbernardesca. Buen agarre en un posgusto largo y jugoso.

¡Coño, ya me he pasado de las seiscientas palabras y acaba de llegar Joe Dressner!

(Continuará)

Viñetas de Manhattan 3.1: El cumpleaños

Hablando de miel… Don Rice había traido algo muy especial, regalo del elaborador mismo: La Mile d’été de François Pinon, admirabilísimo elaborador de vouvrays geniales. Una miel cremosa, compleja de sabores, con tonos de muchas flores distintas. Vamos, que si tuviera algunas ganas de seguir siendo diabético, les juro que eso me las quitaría de sopetón. Sólo me dieron una gotica con queso.

No era lo único de Pinon. Yo me había traido conmigo del almacén donde guardo el vino una botella humilde, pero especialísima. Era el cumpleaños de Brad Kane y juzgué el momento ideal para abrir la primera botella que él me vendiera, allá antes del 2000, cuando yo aún vivía en Puerto Rico y Brad trabajaba en Garnet Wines. La botella era del François Pinon, “Cuvée Tradition”, Vouvray 1997. Aunque un poquito evolucionado, es un vino que está entero. Todavía conserva su deje goloso de vin tendre, ligeramente dulce, pero sólo lo justo. Comienza a soltar notas de pera, polen y salvia seca sobre bella mineralidad. Muy vivaz y largo. Me queda otra en el haber. Por cierto, sé que la de esa noche era la que me vendió Brad por la etiqueta de precio de Garnet que llevaba aún puesta.

Josh Raynolds y Sharon Bowman

Josh Raynolds y Sharon Bowman

Otro de los míos fue un error. Estaba yo abriendo cajas en el almacén y dí con un hatajo de chablis premier y grand cru del 2000. Botellas sueltas. Había cosas de Dauvissat, Raveneau, Picq y un par de productores más. Creí separar un Forest de Dauvissat para la fiesta, pero resultó que lo que me traje fue el Laurent Tribut, “Beauroy”, Chablis Premier Cru 2000.

Nada grave, siendo Tribut pariente de los Dauvissat y, encima, excelente productor también. Pero bueno, la fe de erratas hay que darla.

En mi libreta puse algo que he de transcribir textualmente: “Añada de putones verbeneros en Chablis, ese 2000″.

Ya tenía un par de experiencias más. En este caso, un anti-chablis… Regordete, sabrosón, simplísimo, juguetón; lo único que lo identifica como chablis es un cierto aspecto marino. Pero el resto es todo dulzor, zalamería y trago fácil. Palabras inmortales de Sharon Bowman: “No me gusta el chablis, pero éste está muy rico”. Iba particularmente bien con aquel cheddar del que les hablé y un queso de cabra de cuyo nombre ahora no me acuerdo. Buena acidez, buena persistencia. Para beber ya. Lo que no sé es lo que haré con los demás ejemplares de la añada que dejé guardados. Habrá que volver a Nueva York pronto.

Llego a mis narices otro blanco, pero estaba corchado. Anduve un rato buscando más blancos a los que dar gaznate, pero nada. Pasé a tintos. El primero fue un Georges Roumier, Chambolle-Musigny 2000 que tiraba en dirección contraria a la que llevara el chablis de Tribut.

He estado disfrutando mucho lo bien que se están bebiendo ahora mismo tantos borgoñas del 2000. Una añada muy madura, de inmediateces. Este chambolle está muy bueno ahora, pero parecería querer que lo dejen quieto. Compacto, salino, con notas de yodo y herrumbre. Aunque superficialmente es sedoso, debajo hay bastante musculatura tánica. Un vino aún primario,  amable de plano, pero que no duda en ponerse serio si uno se pasa de confianza.

Josie, conversadora. En el fondo está Michel Abood y, por la cara que tiene, me atrevo a pensar que lo que tiene en su copa es el Saint-Joseph.

Josie, conversadora. En el fondo está Michel Abood y, por la cara que tiene, me atrevo a pensar que lo que tiene en su copa es el Saint-Joseph.

Josh Raynolds se acercó a mí con una botella en mano en la cual quedaba poquito vino. Me sirvió. Algo increiblemente fino. De primera intención se le entendía perfectamente como syrah, con sus tonos de tocino, cuero, polvo y violetas, pero a la vez quería ser borgoña. Perfumado, delicado, con una sedosidad aromática que me puso las rodillas a temblar. Mucho granito en la fragancia también. En boca hay fruta carnosa, purísima y de expresión clara. Posgusto largo y etéreo, verdaderamente delicioso. Puse en la libreta: “Una de esas chicas bellas a las que sería sacrilegio imaginarlas con maquillaje”. Josh me dijo: “Ahora la pregunta es quién habrá plantado syrah en Chambolle…”

Esta belleza diáfana era del Pierre Gonon, “Les Oliviers”, Saint-Joseph 1989.

(Continuará)

Viñetas de Manhattan 3: El cumpleaños

Hay tradiciones entre la enochaladura neoyorquina que uno no sabe que son tradiciones hasta que viene Brad Kane y lo dice.

Lo malo de imágenes como ésta es que uno tiende a darse cuenta de la cantidad de vinos que no probó. Es lo que pasa con los jeebuses.

Lo malo de imágenes como ésta es que uno tiende a darse cuenta de la cantidad de vinos que no probó. Es lo que pasa con los jeebuses.

Así fue como estuve recibiendo mensajes a diario durante varios meses acerca del “10th Annual Birthday Jeebus”. Aparentemente es la bebelata en la que anualmente se celebran conjuntamente los cumpleaños de Kane y otros dos o tres buenos amigos que cuumplen en junio.

A mí se me había olvidado completamente el asunto, por lo menos hasta marzo. Pero de ahí en adelante los recordatorios eran tan frecuentes que… Bueno, al final sucedió que este viaje a Nueva York lo planeé para mediados de mayo, pues tenía que asistir a la International Contemporary Furniture Fair (una tradición anual con muchos mensajillos también; no quisiera tener que recordarles lo que hace Batman para pagarse los vicios…).  Se enfermó repentinamente mi hijo y cancelé todo (ya les he contado). Luego tenía billete de avión y reserva de hotel prepagado y a usar antes del principio de julio. Por suerte algunos expositores de la feria aquella volvían a Manhattan y podría verles. Además, se pintaba solito lo del cumpleaños. Encima, venía Josie, que siempre cae tan bien entre todos estos enómanos, aunque ella se rehusa a compartir nuestras proclividades lúdico-académicas.

La tradicional fiesta este año era de traerse algún plato a compartir, aparte de las obvias botellas. Nosotros, siendo out-of-towners desde hace año y pico, optamos por irnos primero a Murray’s a comprar quesos, luego a Amy’a a comprar geniales panes con cosillas (el de ajonjolí negro en verdad estaba divino). Cargábamos varios quesos que prometían, entre ellos un cheddar envejecido de Montgomery que me hacía la boca agua. Porque cuando un cheddar dice a ser bueno… En fin, que lo estaba. Maravilloso.

Lisa Allen, Michel Abood y su novia Verónica en plena festividad.

Lisa Allen, Michel Abood y su novia Verónica en plena festividad.

En casa de Kane estaba ya casi todo el selecto grupo cuando llegamos: Kane, el verdadero Jay Miller, Jeff Grossman, Don Rice, Josh Raynolds, Sharon Bowman, Eden Blum y su esposo Scott, Michel Abood y su encantadora nueva novia Verónica. Más tarde aparecieron Chris Coad y su mujer, la también cumpleañera Dra. Lisa Allen. Por último, bien entrada ya la noche, aparecieron el mismísimo Joe Dressner y la inimitabel Denyse Louis. Echamos en falta a luminarias como SFJoe, el Dr. K, Jayson y Laura Cohen… Pero bueno, no siempre puede todo el mundo.

Josie y yo habíamos tenido un extenuante día de shopping olímpico. Ya dice una amiga en Facebook que todos mis reportes de status del viaje parecían ser escritos delante de algún probador, sosteniendo bolsas y esperando para dar opiniones sobre alguna prenda. Pero eso es otra historia… En fin, que llegamos tardecito al guateque vinero. Ya sobre la mesa varias botellas estaban abiertas. Ví una del rosado 2007 de Château Wolffer en las Hamptons y la agarré para servirme, pero en el último momento decidí pasar.  Es que en pasadas versiones había sido un vinillo sin pena ni gloria. No estaba yo para comenzar la noche con algo aburrido. Así que metí mano a un Pierre Luneau-Papin, “L d’Or”, Muscadet de Sèvre et Maine Sur Lie 1997. Marino y con mucho nervio, amplio y firme todo el tiempo. Manzana, cítricos y mineralidad salina muy limpia y precisamente expresados. ¡Lástima que no tuviéramos ostras a mano!

Acto seguido alguien me echaba en la copa el Ratzenberger, Riesling Brut “Bacharacher Kloster Fürstental”, Mittelrhein Sekt 2004. Otro nivel de riesling espumante. Es que en mi vida no considero haber tenido mucha suerte con el Sekt hasta este momento. Floral y goloso de aromas. Melocotón, miel de acacia y aspirinas, con excelente textura y agarre. Muy sabroso. Tanto que por poco vuelvo a él cuando dí la primera olisqueada al Domaine du Closel, “Cuvée Spéciale”, Savennières 1996. Debajo de oxidación demasiado considerable ya, un tufillo a perro mojado. Casi te ahuyenta esa primera impresión. Pero por suerte soy más valiente que eso y me quedé con el vino un ratito. Tras acostumbrarse uno a las pestes—que nunca se van, en realidad—surgen aspectos de nueces, albaricoque desecado, canela, comino, miel… En boca es salino, carnoso y cálido. Buena persistencia. Esto lleva las cosas mucho más allá del disfrute simple. Es todo un conversation piece.

Hablando de miel…

(Continuará)

Mujeres: Un epílogo de niña…

No sé si ustedes recuerdan su primera nota de cata. O al menos la primera vez que algo en un vino les movió a decir lo que fuera, a identificar verbalmente, a opinar. Creo que la primera vez que hice eso yo tendría como doce o trece años. Me pusieron una copa de algo delante y yo comencé a pensar, luego me fuí a mi cuarto y escribí un versito.

El tema de la participación femenina en la enochaladura global tiene sus bemoles. Y se te revierte para darte lindas sorpresas.

Josie y yo, al terminar la cena, nos dedicamos a ver algún DVD en nuestra habitación (estoy ya muy adelantado en Aquí no hay quien viva; creo que me quedan sólo seis discos más) y consumir lo que quede de la botella de la cena. Las copas tienden a quedar sobre nuestras respectivas mesas de noche cuando nos vamos a dormir y son retiradas en la mañana.

Esta mañana, nuestra hijita  Sabina, irrumpió en el cuarto muy alegre. Yo me vestía para ir al gimnasio. Por alguna misteriosa razón, Sabina tiende a gravitar hacia la mesa de noche de su madre, a ver lo que se encuentra de interesante.

Esta mañana, lo que se encontró fue una copa Riedel tipo borgoña con un fondito de cierto pinot noir del Alto Adige que se bebe muy frecuentemente chez Camblor.

Yo estaba atento a las noticias de Irán en CNN, luego chequeando las pilas de mi iPod (tocaba cardio esta mañana, y la música del gimnasio es abismalmente horrible, o sea que sin el cachivachito de los auriculares blancos, mal me veía). Me dí la vuelta y ví a Sabina con aquella copa en la mano, oliéndola.

“¡Hué fesa, papá! iQué icoooo!”

Perdonarán ustedes, queridos amigos del distinguido público, que me emocione un poco. Sabina tiene dos años y tres meses (igual que su hermano Julián, mi otro tesoro). A las siete de la mañana de hoy 23 de junio del 2008 hizo pública su primera nota de cata (olfativa nada más, pero me vale perfectamente).

Por casualidad, coincidía muy mucho con la mía. Si bien está un poquito compactadillo y abonbonado en estos momentos, este vinito de color rubí granate brillante, con excelente transparencia, se trae bonitos aromas de jalea de fresa, cereza negra, especias, flores secas  y piedra triturada. Fresco y puro. Acaba de llegar a Santo Domingo y puede que aún esté un poquitín resentido por el viaje, pues parecería como que quiere dar más. Buena estructura en boca, aunque el final ahora mismo se queda mudo rapidito. Pero está sabroso, particularmente  con comida. Es, por si no se lo han figurado ya, el Abbazia di Novacella, Pinot Nero, Alto Adige 2007.

Sólo quería regalarles este episodio de precocidad cambloriana. Aunque Sabina está muy chiquitica para probar el vino, nariz y ligereza de expresión si que tiene…  Como estoy tan contento con mi niña, aquí una de sus canciones favoritas, que ya me hizo cantarle mientras desayunaba:

Mujeres…

Interrumpo momentáneamente mi colección de estampas neoyorquinas para dedicarles otra entrega de nuestra colección  ”Las 12 cosas que más joden a Camblor sobre la cultureta actual del vino”. Esta es la tercera. ¡Colecciónenlas todas, amigos!

Abrimos aquí remontándonos a la Grecia antigua, via el didáctico libro Cuisine and Culture: A History of Food and People, de Linda Civitello (Segunda Edición, John Wiley & Sons, New Jersey 2008):

A las mujeres raras veces se les permitía consumir vino. Por ejemplo, los banquetes públicos usualmente estaban limitados a los hombres. En las raras ocasiones en que se invitaban mujeres, no recibían el mismo vino bueno, fuerte y envejecido que se servía a los hombres. Se les servía “vino dulce o jugo de uva apenas fermentado”. (p. 29, mi traducción)

De vez en cuando se ve un nombre femenino en las secciones de comentarios de este blog. O igual me encuentro en un evento del vino de tantos a los que asisto,  delante de Alice Feiring, o Sharon Bowman, o hasta Elizabeth Peña… No es que no existan muchas mujeres del vino ya. El mundillo está lleno de destacadísimas profesionales de muy diversos países: Desde hacedoras de vino hasta escritoras de vino pasando por sumilleres, ejecutivas del vino, etc., etc.

Pero las enómanas certificables que me ha tocado conocer en mi ya larguito periplo por la cultureta vínica a nivel del sector consumidor  son, para ser conservadores en el estimado, más bien escasas. En miles y miles de catas y cenas he estado con apasionados del vino de muchos lugares donde todos los asistentes son, bueno, eso… “Apasionados”, o sea, hombres.

Todavía recuerdo cuando llegué a Santo Domingo y planteé por primera vez la posibilidad de formar un grupo de cata al que invitásemos sin reserva alguna a nuestras esposas, novias, etc. O en el que sencillamente participasen mujeres como algo natural y para nada raro. UNos cuantos me miraron raro. Luego he encontrado un conjunto de individuos que le ha entrado alegremente al concepto y nos lo pasamos muy bien cuando nos reunimos. Pero queda todo el resto. Hablas de entusiastas del vino y, el 99% de las veces, estás hablando de hombres.

¿Por qué diablos pasará esto? Incluso en ese más cosmopolita de todos los medios que es Manhattan te encuentras el fenómeno. Nada más tienen que ponerse a mirar fotos de jeebus y otras bebiendas que narro aquí y verán la predominancia absoluta de elementos varoniles.

¡Ni que fuera fútbol, carajo!

No piensen mal. En realidad celebro muchísimo las amistades masculinas que he hecho entre enochalados diversos. La camaradería y generosidad que se respiran en esas catas, cenas, etc. a las que rutinariamente asisto siempre me hacen maravillarme. Lo que no entiendo—y lo que, francamente, no deja de joderme—es por qué no hay más mujeres que se apasionen por el tema del vino como lo hacemos muchos hombres.

Tomo el caso de mi propia esposa y aumenta mi perplejidad. Como todos ustedes saben, me esfuerzo por incluirla en todo lo que puedo en cuanto a esta extraña pasión por el vino se refiere. No solamente trato de hacerle atractivas las catas y cenas con los amigos. También la tengo como coprotagonista de este espacio en el que vierto mis ideas. Pero ella, aunque es capaz de discernir la variedad de uva que compone a tal o cual vino, aunque disfruta el vino sensorialmente como lo haría cualquiera, no comparte en lo absoluto mi académico entusiasmo, mi obsesión adquisitiva, mi deseo de aprender cada día más, sobre el vino. Digamos que la enochaladura ni es ni será nunca una de las “afinidades electivas” que cementan nuestra relación.

Josie tiende a ver el vino como estimulante sensual y lubricante social. Más de ahí parecería que le cuesta ir.

Corríjanme ustedes si les parece que yerro, pero creo que el disfrute del vino para una buena tajada de las mujeres se queda en eso—bueno, igual que para la mayoría de la población, sin importar su sexo. Y no es que vaya yo a criticar ese tipo de apreciación del vino. De hecho, en muchos casos desearía poder limitarme a disfrutar así, sin las complicarme como lo hace cualquier buen enochalado ante aspectos geográficos, históricos,  geológicos, climatológicos, agrícolas, políticos, mercadológicos… No obstante, la preocupación: ¿Dónde están las enochaladas? Somos demasiados hombres metidos en esto. Eso me jode. Y me preocupa.  Las necesitamos entre nosotros. No puede ser que no hayamos evolucionado aunque sea un poquito desde la antigua Grecia. Estamos como los pobres marcianos en aquella película tan chipichape que salió en el año de mi nacimiento y que he visto mil veces por la tele, Mars Needs Women: Todos los hijos nos salen machos.

Entre tanto, aún no pierdo las esperanzas de despertarle la enochaladura en mi mujer. Va y se da.

Bueno, honor al tema antes de retomar lo de Nueva York: Meat Beat Manifesto con eso mismo.

Viñetas de Manhattan 2

La primera vez que probé la cocina del chef Scott Bryan fue en un coqueto restaurantico llamado Indigo. Todavía no llegaba el milenio. Josie estaba haciendo su maestría en NYU y yo a cada rato iba a visitarla desde Filadelfia, donde cursaba mi doctorado. Indigo nos encantaba. La cocina era a la vez sofisticada y hogareña—con toques comfort, como dicen los americanos, En la carta de vinos aparecían cositas interesantísimas. Recuerdo todavía que allí fue donde probé por primera vez el chinon “Les Picasses” de Olga Raffault.

Conocí personalmente a Scott una vez, en casa de mi gran amigo el Dr. K. Llegó tarde a una cata que allí teníamos. Ya vivía yo en Nueva York. Un tipo simpático, calmado. Bebimos buenas cosas. No me enteraba muy bien de quien era. Luego supe que era el chef estrella detrás de Veritas, ese templo de la gastronomía y el vino que sigue hoy día vigente en Manhattan, aunque ya sin Scott.

Las costillitas de res estofadas que servían en Veritas bajo Scott eran legendarias. Muchas fueron las veces que cené allí, casi más pendiente a que las costillitas siguiesen en el menú que a la superlativa carta de vinos del sitio.

Después de dejar Veritas, Scott como que desapareció de la escena durante un tiempo, haciendo apariciones breves en un par de sitios de los que oí, pero a los que no pude ir. Ahora vuelve con un nuevo restaurante en el East Village,  Apiary (60 3ra. Avenida, tel. 212 254 0888).

Al entrar al sitio, algo me resultaba sumamente familiar. Era el mobiliario. Tenía la impresión de haberlo visto en otra parte. Pregunté a la chica que nos condujo a la mesa y resulta que todo el diseño del sitio es de Ligne Roset (cosas de trabajar en el negocio del mueble, amigos, que uno siempre tiene las referencias claritas). El decorado es sencillo y elegante. Particularmente me gustaron los apliqués que iluminaban las paredes. Eran especie de pequeños pomos metálicos que proyectaban sobre la pared la silueta de un chandelier barroco. Muy simpático toque.

La cocina del sitio me la había descrito mi amigo SFJoe como “Scott Bryan redux, pero en onda purista” (bueno, algo así me dijo). En efecto. El ángulo culinario es de ingredientes óptimos presentados impecablemente en preparaciones relativamente sencillas. El encanto viene de la pureza imperturbable, la intensidad y enfoque de colores, aromas y sabores.

Lo que pedí yo mostraba una tendencia mediterránea, que no iberista. Mollejas crujientes sobre romesco con ensaladita de frisée primero, luego lubina al horno sobre alcachofas bebés con caldo que, si mal no recuerdo, era al azafrán. Simplicidad. Elegancia. Ambos platos, perfectos. Apiary es un sitio que puedo recomendar. Su estelar chef está—hay que decirlo—en plena forma.

Eso sí, alguito que no me impresionó: La carta de vinos. Quizás es que las curiosidades en aquella carta de Indigo o los tesoros de Veritas me crearon expectativas irreales, pero había muy poco de verdaderamente interesante para mí en la selección de Apiary. Acabé pidiendo una botella del R. López de Heredia, “Viña Tondonia” Rosado Gran Reserva, Rioja 1998. Sabía que era un vino que podía lidiar con la más variopinta combinación de platos que le echáramos. Un vino de comer sin miedo. Me resultó muy cómico que el camarero, al anunciar yo lo que deseaba, puso cara de no entender. Tras ir yo a señalarle la referencia en la carta,  repentinamente dijo: “¡Ah, el rosado viejo! Es muy rico, ¿no?”

Y sí que lo es. Un ganador con todo lo que llegó a la mesa. Un joven  Tondonia rosado más suave y afable que de costumbre, con fruta melonesco-naránjica a montones entre corrientes oxidativas, especiadas y minerales. Excelente estructura. Fenomenal ahora mismo.