Archivo diario: junio 3, 2009

Hablando por no hablar…

No les mentiré: Hay semanas en que me fallan las ganas de bloguear. Es que, como bien dice un amigo mío, llega el momento en que uno se da cuenta de que son los mismos temas siempre, las mismas discusiones con variantes infinitesimales.  Rutina. Y eso, amigos y amigas, acaba por joderlo todo si uno no es capaz de meterle creatividad a sus asuntos.

Un buen número de borradores tenía en la bandeja, esperando que me diera por terminar de escribir y colgarlos. Pero los boté todos.

El primero en irse fue uno en que respondía a las inquietudes de un amigo sobre por qué bloguear. La respuesta, clara y concisa, es: Porque te da la gana. Con acento en “gana”. El resto es redundante. Si comienzas a imaginarte lectores, comenzarás casi inevitablemente a sentirte obligado a ellos. Y bueno, rutina.

Obligaciones: Ahí otro punto. Otro lector de esto, a quien he llegado a considerar  amigo pese a nunca haberle conocido “en vivo”,  se extrañaba de que no le había respondido inmediatamente a un mensaje en que me pedía mi “sabio” consejo.

A veces uno no contesta sencillamente porque la mente no quiere darle algo satisfactorio que contestar. Y contestar por contestar, particularmente cuando te abordan con un asunto serio, me parece cosa de impresentables.Vamos, querido, que pudiera decirte que cambiaras de carrera o que no cambiaras y discutir ambas posiciones con igual destreza, pero para eso…

Lo que me lleva, como todo conecta, a cosas hechas sencillamente por el hecho hacerlas (valgan todas las redundancias). Por ejemplo, está lo de beber por beber. A diario busco vinos diferentes que consumir con la cena, pensando en el disfrute inmediato de la noche, pero también en ustedes, los que me leen y se interesan por las descripciones de mis experiencias. A veces, lo admito, he comprado botellas con claras expectativas de que me diesen algo que decir—para bien o mal.

Llamémoslo un imperativo opinatorio.

Bengodi es un deli italiano que frecuento aquí en Santo Domingo. Su gente es amable y tienen una seleccioncita de vinos que, aunque a veces errática, me ha proporcionado bastantes cositas decentes que beber en el pasado año. Hace una semana y pico—tras un período sin la tienda recibir nada nuevo que ya se me iba haciendo largo—aparecieron en los estantes tres vinitos de Donnafugata, una bodega siciliana cuyo nombre había visto mencionado favorablemente en el blog de Joan Gómez Pallarès.

Tengo una extraña manía que me hace desconfiar terriblemente de cualquier etiqueta demasiado colorida en un vino. Allá aquellos a los que les caigo mal y que insisten en sicoanalizarme: Creo que les estoy dando una regüena para roer. El caso es que dos de las botellas en cuestión venían con etiquetas que… Bueno, la foto habla por sí sola. Llamemos a mi compra de esos tres vinos superciliar.

La web de Donnafugata parecería pródiga en informaciones. Te anuncia la misión de “Producir vinos de calidad mientras se respeta el medioambiente y promueve el terruño” y te da bastantes detalles sobre los viñedos. Lo que no hay—o sencillamente he sido capaz de encontrar—es mucha información sobre vinificaciones. Esto me hubiese gustado tenerlo, considerando lo que probé y lo que opiné.

La primera botella que abrí fue del Donnafugata, “Anthìlia”, Sicilia IGT 2007, un blanquito de las variedades autóctonas ansonica y catarrato, redondito, melonesco-naranjista, con toques de flores blancas y alguito de vaselina. Acidez justa en una boca golosona. Buena persistencia. La impresión general es limpia, aunque no especialmente interesante. Al final echo en falta textura y nervio. Los serví con una ensalada de puerro ancho, tomate a la plancha, garbanzos, pollo asado al limón y feta griego. No estuvo mal.

Sí sigo en la dieta de las ensaladas por la noche. Un par de kilitos ya he perdido.

El segundo vino, abierto la noche siguiente,  era un tinto: El Donnafugata, Nero d’Avola “”Sedàra”, Sicilia IGT 2006. Cereza oscuro de color, con su brillito en los bordes, pero completamente opaco en el centro. No se siente madera en la nariz, lo que de plano es un plus. Según la web,  esto envejece en tanques de cemento recubiertos en vidrio.  Especiado y muy voluminosamente frutal en nariz y boca. Mermelada de mora y cereza con su puntita de nuez moscada y canela en rama. Aunque tiene buena persistencia, el problema viene con la oleada de calor en el posgusto 9carga 14% de alcohol y se nota). Definitivamente, aunque proviene de tierra cálida, sería el último vino que me hablaría a mí del Caribe y no creo que vuelva a acercármele en estas latitudes.

La sorpresa positiva vino con la última botella del lote, del Donnafugata, Chardonnay “La Fuga”, Contessa Entellina DOC, Sicilia 2007. La compré no sé exactamente por qué. Quizás prevía una buena entrada de blog sobre los errores chardonnísticos de mi vida. Pero no… Para comenzar, la contraetiqueta pone 13% a.p.v., feliz detalle en que no me fijé en la tienda. Y, por suerte, se nota. No hay excesos aquí. Se trata de un chardonnay limpio, bastante bien delineado y—¡sapristi!—fresco de un modo que nunca hubiese sospechado siciliano. Otro Donnafugata donde la madera está afortunadamente ausente. Aromas de almendra, miel,  manzana verde y melocotón blanco. Hay de fondo un deje tropical (¿levaduras de paquetico?) al que siguen notas arenosas y algo que me recuerda a azahar. Sabrosa boca, limpia, muy frutal y con excelente acidez. Largo y jugoso.

Mire ujté por donde…

Lo serví con unas pechuguitas de pollo marinadas en mi mojo cubano-dominicano y luego puestas a la brasa, acompañadas de una ensalada de berenjena china, puerro ancho, ají cubanela y tomates asados. Feliz maridaje, por cierto.

Ya ven. Uno comienza semiquejoso por una baja en el blogolíbido y acaba zumbando mil palabras al éter. Es que esto es como es y con lo de no hablar, uno habla.

¿Videito?

Esto es Hal, de hace un par de años, pero hoy me suenan fresquitos. Esas influencias californianosesenteras llevadas en la manga son algo muy serio…