Archivo diario: junio 4, 2009

Retinteces…

Hace unos días inicié lo que proponía como una especie de serie de artículos relacionados, pero publicados medalaganariamente en el tiempo, sobre “Las 12 cosas que más joden a Camblor sobre la cultureta actual del vino”. Aquella primera reflexión iba de falta de honestidad. Someto, a manera de preámbulo, una serie de líneas recogidas en enoactividades de los últimos meses. Ya me dirán ustedes si no hubieron (y han) de reventarme…

No entiendo como un conocedor como tú bebe tanto vino blanco. Eso es para gente que no entiende de vino.

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¿”Vino de verdad”, dices? Me imagino que te refieres a tinto…

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Yo dejo el blanco para las mujeres. A mí, que me den Ribera…

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¡Pero eso es blanco! ¿Estás seguro de que quieres que lo pruebe?
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Recuerda el mandamiento, que me lo enseñaron en las clases de cata: “El mejor blanco es un tinto”.

Ya, ya… Dirán ustedes que se trata de ejemplos sacados de conversaciones con cuatro gatos sumamente desfasados e ignorantes. Pero no. Es algo que oigo día a día, y no sólo aquí en Santo Domingo. Viajando por ahí me encuentro rutinariamente que las falacias del tintocentrismo siguen vivitas y coleando, o sea, jodiendo la paciencia.

Muchos de ustedes que me leen ya llevan unos añitos conociéndome. Algunos llegan ya a más del lustro, que no la década. Juntos nos hemos visto evolucionar, crecer en nuestro amor por el vino—o nuestra desilusión con su cultureta. Una constante que vengo viendo, aún en los medios más superficialmente  tintófilos (no nos engañemos, que en esos foros españoles siempre ha latido fuerte el tinteo) es que, a medida que un “enófilo” va convirtiéndose en un enochalado de veras—que no un enómano, enópata, enobseso, o tantas otras subcategorías de nuestra pintoresca proclividad—su apreciación por los grandes vinos blancos de este mundo va creciendo. Y la apoteosis de eso es cuando uno de estos personajes comienza a preferir  rieslings del Mosel o del Wachau, vouvrays de Huet o  aquellos sublimes Tondonias blancos viejos  a cualquier supertinto de esos por los que antes se pirrase.

Un amor por los grandes vinos blancos, basado en grata experiencia y conocimiento, es algo sumamente positivo. Bajo ningún concepto debe ser algo conflictivo con amor por buenos tintos. Quien verderamente ama el vino puede ver con igual interés el momento de un Le Mont Demi-Sec 1967 y el de un Viña Bosconia Gran Reserva 1976.

Obvio, ¿no?

Entonces, ¿qué es lo que me jode?

Que se sigue privilegiando al tinto por encima del blanco, en los medios, en la “enseñanza” sobre vino que se lleva hoy… Hordas de principiantes, sobre todo en mercados emergentes,  se embullan con el vino y se ven ahogados en un tsunami de tintería. De repente, si quieres ser “enófilo” o simplemente parecerlo, has de tener en la mano una copa de tinto, mientras más oscuro, mejor. El blanco—y ni hablemos de rosados, que donde vivo ahora eso, aparte de dos o tres excepciones potabilillas,  es equivalente a  “White Zinfandel”—queda como algo desechable, para tomar fresquito, de aperitivo antes de que aparezca el tinto.

Eso me jode,  sobre todo cuando la gente se la pasa hablando de que admiran “la diversidad” en sus experiencias vínicas, pero sólo beben retinto. Estaría bueno ya que dejaran los “educadores” del vino de favorecer estúpidamente a los tintos y que la gente que le entra a esto llegase verdaderamente abierta a todos los maravillosos colores del vino.

Quizás parezca trivial lo arriba expuesto. Pero no sé, en lo trivial a veces se esconden las peores patologías. Les regalo a Lesley Gore (sí, esa misma Lesley Gore) cantando una canción preciosa de Blake Morgan: